LOS DOMINGOS

«No creo en la existencia de los ángeles, pero mirándote me pregunto si será verdad», dice la letra de Into My Arms, un tema de Nick Cave & The Bad Seeds que interpreta el coro en el que canta Ainara, la protagonista de «Los domingos», a quien vemos tararear también el Callaíta de Bud Bunny mientras comparte cascos con su mejor amiga en el bus escolar. Y es que -como observa con acierto Oskar Belategi, en la reseña que publica sobre ella en El Correo- la música juega un papel fundamental en la última película de Alauda Ruiz de Azúa, que arranca con la imagen de un crucifijo mientras suena de fondo el Quédate de Quevedo y Bizarrap («el sábado teteo, el domingo a misa») y concluye con los acordes de Aitormena (Confesión) de Hertzainak («Sin darnos cuenta nos hemos acostumbrado. Sin darnos cuenta hemos llegado al fin») orquestando su emocionante escena final.

Ganadora de la Concha de Oro en la última edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, la directora de “Querer” y “Cinco Lobitos” vuelve a plantearnos un dilema moral endiablado en su tercer trabajo cinematográfico, cuyo título hace referencia al “Día del Señor” en el que se oficia el sacramento de la Santa Misa, pero también al día de la semana en el que las familias vascas se reúnen tradicionalmente en torno a una mesa. Dos espacios de comunión en el seno de dos instituciones sociales -la Familia y la Iglesia católica- no menos poderosas en su respectivo ámbito de influencia sobre el individuo, que compiten aquí por atraer o retener a uno de sus miembros.

Esa persona es Ainara (la debutante Blanca Soroa), una angelical joven de 17 años que, a punto de acabar la secundaria para entrar en la universidad, se plantea en lugar de eso hacerse monja de clausura, para lo que inicia un “proceso de discernimiento vocacional”, alentada y asesorada espiritualmente por el padre Txema (Víctor Sainz), el sacerdote del colegio al que asiste desde que era niña (en el que también estudiaron su padre y su tía) y por la hermana Isabel, la madre superiora del convento de las Betinas, sedientas de novicias, en el que desea ingresar.

Como era previsible, la decisión de Ainara, que es la mayor de tres hermanas huérfanas de madre, provoca un movimiento telúrico en su familia -de clase media alta, de las que mandan a sus hijos a un colegio religioso concertado- desencadenando reacciones opuestas en su padre Iñaki, (Miguel Garcés), atrapado por las deudas de un cuantioso crédito con el que intenta reflotar su negocio de restauración, quien vive con cierta indiferencia la elección de su hija, aliviado quizá por tener una boca menos que alimentar. Mientras su hermana Maite (la regia Patricia López Arnaiz), gestora cultural, una mujer de fuerte temperamento, tozuda e insobornable que atraviesa su propia crisis de fe en el amor, con Pablo (Juan Minujín), su pareja y padre de su único hijo, reacciona con furia e incomprensión.

Atea impenitente como reacción a la educación católica recibida en la infancia, es ella quien más se resiste a la idea de dejar que su sobrina, a la que quiere con locura, se encierre en un convento no habiendo cumplido aún los 18 años y renuncie a hacer una carrera profesional y a relacionarse con otros chicos y chicas de su edad, prestando votos de obediencia, silencio, pobreza y castidad, antes de conocer lo que es el sexo o el amor carnal.

Incapaz de comprender las motivaciones espirituales de Ainara, Maite lo atribuye a una especie de confusión transitoria, provocada por los estragos psicológicos de la ausencia materna, la falta de atención paterna y el entorno conservador en el que ha crecido, y responsabiliza directamente a la enigmática y sonriente abadesa del convento (Nagore Aranburu, encarnando con inquietante opacidad zen a esa monja de clausura algo sui géneris, que vive enganchada al móvil) y al cura del colegio de haberle “comido el tarro” a su sobrina, haciéndole creer que ha sido elegida por Dios. Al tiempo que reprocha a su hermano Iñaki la falta de apego hacia su hija mayor y que egoístamente vea con buenos ojos su ingreso al noviciado, pensando que con ello se va a librar de costearle los estudios universitarios (hay una línea invisible entre el revelador primerísimo primer plano de Ainara, en el que se atisba cierto grado de decepción cuando su progenitor accede a que pase unos días con las monjas toda vez que sabe que su estancia no le costará ni un euro y la angustiosa escena de su éxtasis final, cuando entre sollozos le suplica a Dios que le hable y despeje de una vez todas sus dudas, porque Él es “su verdadero padre”).

La desesperación de la tía es tal que, en vista del ascendente que la imperturbable madre superiora tiene sobre su pupila, decide pedirle a esta que aconseje a Ainara que espere un tiempo y se permita vivir un poco antes de tomar la decisión definitiva. Pero la hermana Isabel no parece estar por la labor de dejar escapar una nueva vocación, ahora que tanto escasean. Y le contesta que lo que le pide no está en su mano, sino en la mano del Señor.

Ruiz de Azúa vuelve a hacer gala de su capacidad para recrear escenas y conversaciones con gran naturalismo y filma con una belleza y sensibilidad casi poéticas el conflicto interior de Ainara, cuyos sentimientos y angustia conocemos más por sus silencios que por sus escasas líneas de diálogo. De ella apenas sabemos que le seduce la idea de darse por completo a Dios, a quien cree escuchar en sus oraciones, pero que también le atrae un chico del coro con el que se ha besado en alguna ocasión y hasta hubiera llegado a tener sexo con él de no haber sido pillada in fraganti, con lo que las dudas sobre su vocación se acrecientan.

La película subraya esas contradicciones y no esconde los sutiles mecanismos de captación (colegio católico, coro mixto, ejercicios espirituales en bucólicos parajes proclives al recogimiento y la melancolía) que pueden haber influido en la determinación de Ainara de renunciar a los placeres mundanos a cambio de ser digna de pertenecer a una congregación, un colectivo humano, donde sentirse arropada y en el que poder confiar a ciegas (véase el juego de los ojos vendados y su conversación con el padre Txema a propósito de la relación con el chico que le gusta o el tono maternal y condescendiente con el que la hermana Isabel resta importancia a la atracción que ha llegado a sentir por Miguel. “Yo también dejé un novio fuera, y bien guapo que era”, le dice en un intercambio de confidencias). Pero evita posicionarse o cargar demasiado las tintas pues, como la propia directora ha dicho, su intención no es apoyar ni ir en contra de creyentes o agnósticos. La película se limita a escuchar y dar voz a ambos, sin juzgar sus razones ni tomar partido. Lo que no quiere decir que Ruiz de Azúa no tenga una opinión al respecto, pues “querer entender algo, no quiere decir validarlo”.

La realizadora barakaldesa ha admitido en alguna entrevista su interés en abrir con esta película un debate acerca de la vulnerabilidad de los menores frente el adoctrinamiento ideológico y la libertad de culto. Su intención es advertirnos sobre lo que hacemos con nuestros hijos, cuyas mentes extraordinariamente maleables y vulnerables dejamos en manos de extraños (de los profesores que los educan, de los monitores de las actividades extraescolares a los que los apuntamos…)

En una de las escenas más lúcidas, Pablo, el tío de Ainara, pregunta a esta cómo se manifiesta ante ella Dios y termina parodiando una conversación en voz alta con este, suplicándole que no se la lleve porque su familia la necesita. Maite se enfada por la broma y Pablo le reprocha su intolerancia: «Ella cree en Dios, como tú crees en el cambio climático», le dice y el símil resulta de lo más ilustrativo pues, aunque no faltarán quienes la tachen de reaccionaria, “Los domingos” es una historia de una complejidad endiablada, cuya mayor virtud está en huir de todo maniqueísmo.

Como dice una monja anciana al recibir a Ainara en el convento: «Cuando no sé algo, lo pregunto». A eso se limita la película, a plantear un sinfín de interrogantes que no admiten respuestas sencillas y que colocan a la audiencia en un brete respecto a sus propias creencias y prejuicios: ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a respetar la voluntad del otro sin imponer la nuestra? ¿Qué sucede cuando reivindicamos la libertad para decidir, pero alguien muy querido decide emprender un camino o abrazar una ideología contraria a nuestras convicciones? En la lucha por la emancipación de las mujeres, ¿dónde nos colocamos –y dónde se colocan ellas– cuando una opta por renunciar voluntariamente al mundo y abrazar los valores ultracatólicos? ¿Hasta dónde llega nuestra tolerancia? ¿De verdad existe el libre albedrío o el contexto y las circunstancias vitales condicionan nuestra toma de decisiones?

“Alauda Ruiz de Azúa no teme pisar todos los charcos y deja al espectador, como a Cristo en la cruz, en paños menores y con apenas un clavo al que aferrarse”, escribe Enric Albero en El Español. Un único clavo apuntalado por la propia mochila que cada uno trae de casa.

De lo que no hay duda es de que se trata de una obra mayúscula, inabarcable, polémica, honesta y sugerente, abierta a múltiples interpretaciones, que confirma la madurez de una cineasta en estado de gracia capaz de obrar el milagro de hacernos pensar. Y eso, en los tiempos que corren, ya es bastante.

Título original: Los domingos

Año: 2025

Duración: 110 min.

País: España

Dirección: Alauda Ruiz de Azúa

Guion: Alauda Ruiz de Azúa

Reparto: Blanca Soroa, Patricia López Arnaiz, Nagore Aranburu, Miguel Garcés, Juan Minujín, Mabel Rivera, Víctor Sainz, Lier Alava, Begoña Aristegui..

Fotografía: Bet Rourich

Compañías: Buena Pinta Media, Colosé Producciones, Encanta Films, Sayaka Producciones, Movistar Plus+, Los Desencuentros Película AIE, Think Studio, ICAA, Le Pacte, Crea SGR, BTeam Pictures.

Género: Drama. Familia. Religión. Adolescencia

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