Decía Julio Cortázar que “el humor está pasando continuamente la guadaña por debajo de todos los pedestales, de todas las pedanterías, de todas las palabras con muchas mayúsculas”. En una palabra, que el humor desacraliza. Solo a través de él se pueden tratar determinados asuntos que de otra forma serían inabordables e intentar trascender viejos (y nuevos) mitos y dogmas, esquivando la furia y la censura de los más intransigentes y ortodoxos.
Laura y Alberto Caballero -creadores de series televisivas de gran éxito, como “La que se avecina” o “Aquí no hay quien viva”, en las que ya habían dado probadas muestras de saber conectar con la manera de pensar, de expresarse y de sentir del españolito medio traduciéndolas al esperpento costumbrista- lo intentan ahora aventurándose en terrenos más pantanosos al abordar, desde la comedia ligera, un tema tan manido, como socialmente espinoso, como es el de la «guerra de sexos» que, lejos de aburrir al personal, se diría que «le pone», a juzgar por la rapidez con la que su nueva serie, estrenada en Netflix el 30 de diciembre, se ha convertido en el gran bombazo de la temporada navideña, rompiendo al alza todas las previsiones de audiencia.
Centrada en el conflicto existencial que se le plantea al hombre de hoy -o más bien al machirulo de siempre- al sentirse despojado de su identidad y de los privilegios que tradicionalmente ha ejercido en razón de su género, «Machos Alfa» es una comedia de situación, ambientada en un entorno eminentemente urbano que, a través de un humor algo gamberro y más bien facilón, permite hacer una doble lectura acerca del debate abierto en canal en nuestra sociedad desde que la Cuarta Ola del Feminismo ha conseguido promover y posicionar como lo “políticamente correcto” el mantenimiento de una actitud vigilante destinada a identificar y denunciar todas aquellas conductas discriminatorias para con la mujer que, por nuestra cultura y educación, hemos normalizado a lo largo de los siglos.
Santi, Pedro, Luis y Raúl son cuatro amigos cuarentones en plena crisis de masculinidad que se enfrentan a las exigencias de la nueva era de la igualdad, en la que ser un macho alfa hace ya tiempo pasó de moda y donde términos como “micromachismo”, “heteropatriarcado”, “empoderamiento”, “techo de cristal” o “masculinidad tóxica” son ya expresiones de uso corriente que los millenials emplean con normalidad, mientras las generaciones que les preceden no terminan de metabolizar.
A través de una serie de flashbacks y pequeños gags al estilo de «Escenas de matrimonio«, la historia muestra la dinámica en la que se desenvuelven cada uno de estos cuatro «machos alfa» dentro de su entorno social y familiar.
Pedro Aguilar (Fernando Gil) es un corpulento y engreído ejecutivo con un puestazo de alta dirección en una cadena de televisión y una vida de ensueño que incluye un todoterreno de lujo, un mini y una elevada hipoteca por el casoplón con asistenta inmigrante incluida que comparte con su novia pibón, Daniela Galván (María Hervás), todo lo cual ve peligrar cuando es reemplazado en su trabajo por una mujer. “El techo de cristal se ha roto y se me ha caído encima” se lamenta atribuyendo su despido fulminante a la política de “feminismwashing” que practica la empresa, procurando ocultar su situación de desempleado a amigos y familiares y mantener la fachada de profesional exitoso, mientras Daniela (una ex azafata que ha vivido como mujer-florero desde que ella y Pedro se hicieron pareja de hecho) decide, ni corta ni perezosa, volver a la vida activa, llegando a convertirse en una influencer de éxito a base de anunciar absurdos productos de estética y dietética en las redes sociales, haciéndose cargo de los gastos de ambos. Algo humillante para el ego de Pedro que no se resigna a ser un mantenido ni a figurar como el “acompañante” de una diva.
Luis (Fele Martínez), por su parte, es un policía municipal casado y con dos hijos, cuyo matrimonio con Esther (Raquel Guerrero) se resiente desde hace años por la rutina y la escasa frecuencia con la que ambos mantienen relaciones íntimas. Aunque asisten a terapia de pareja y Luis decide seguir en secreto un tratamiento de inyecciones de testosterona, Esther se siente sexualmente insatisfecha y busca consuelo en los fornidos brazos de su joven entrenador personal iniciando una apasionada relación extramatrimonial en el gimnasio al que asiste.
El caso de Raúl (Raúl Tejón) es de manual. Los celos son el rasgo dominante de su personalidad y es sin duda el más machista y controlador de los cuatro amigos. Pese a engañar en secreto a su novia Luz (Kira Miró), una guapa y eficiente abogada matrimonialista a la que le ha estado poniendo los cuernos durante años con la mujer de su socio, se niega a aceptar su propuesta de mantener una relación abierta y, cuando al fin accede a ello por miedo a perderla, es incapaz de llevarlo a cabo por la enorme carga de prejuicios que en materia sexual cultiva.
Y finalmente está Santi (Gorka Otxoa), divorciado hace diez años y aún enamorado de su exmujer que lo abandonó por un dentista, con una hija adolescente (Paula Gallego) que se instala en su casa sin previo aviso y decide por él que ha llegado el momento de que retome su vida sexual, para lo cual le abre un perfil en Tinder gestionándole una cita con una mujer distinta cada noche que resultan ser a cuál más desastrosas (y no siempre por culpa de la parte masculina). Lo que no parece tener la menor relevancia para Álex, quien vive a su vez sus primeras relaciones íntimas de acuerdo a los códigos actuales de la pansexualidad, dado que su intención no es que su padre inicie una relación sentimental con alguna de esas mujeres (a cual más piradas), sino que conozca en sentido carnal «diez cuerpos nuevos» -uno por año de separación- como quien conquista nuevas tierras, para borrar la huella de su ex mujer que sigue siendo el amor de su vida. Lo que en sentido estricto equivaldría a una «cosificación» en toda regla.
Superados por sus propias circunstancias, quizá por influencia de su hija o por una cuestión de carácter, de los cuatro amigos, es Santi el que muestra una mentalidad más abierta y el más proclive a aceptar que andan bastante perdidos y algo desfasados en esto de relacionarse con el mal llamado “sexo opuesto”, por lo que llega a una primera conclusión errónea: la de que les vendría bien tener un amigo gay que les asesorara, para al final descubrir que ser homosexual no tiene por qué estar reñido con hacer gala de algunos de los rasgos propios de un verdadero «machirulo» desmontando así uno de los estereotipos socialmente más extendidos, el del gay delicado y sensiblero. Si bien es este nuevo amigo, reclutado en las inmediaciones del arquetípico barrio de Chueca, quien les recomienda apuntarse a un curso de “deconstrucción de la masculinidad” que les ayude a entender las nuevas reglas del juego de una sociedad donde se supone que el patriarcado ya es historia y las relaciones sexuales y amorosas experimentan un cambio radical de paradigma.
El resultado de ese intento de reeducación conductual al que Santi consigue arrastrar (no sin cierta resistencia) al resto de la cuadrilla será -como cabe esperar- bastante desigual, pues no todos progresan adecuadamente en esto de poner en práctica el nuevo manual de estilo de lo que se espera del hombre moderno ahora que los tiempos son otros. Pero curiosamente sitúa el debate en una cuestión poco abordada, como es la de que también hay quien se está sabiendo aprovechar de la confusión generalizada en materia de roles de género para explorar y explotar una lucrativa oportunidad de negocio.
En definitiva que, sin ser la serie más inteligente que se ha escrito sobre el tema, los hermanos Caballero consiguen al menos con “Machos Alfa” algo de lo que andamos escasos en un momento en el que la discrepancia de criterios se traduce en un insalvable choque de trenes en este y en otros muchos asuntos, y es que nos asomemos con sentido del humor a uno de los temas más controvertidos y que más polémica y división suscita hoy en nuestra sociedad, permitiéndonos reconocer, mediante la caricatura y la exageración, que unos y otras podemos estar sacando las cosas de quicio.
Título original: Machos alfa
Año: 2022
Duración: 10 episodios de 30 min.
País: España
Dirección: Laura Caballero (Creador), Alberto Caballero (Creador)
Guion: Laura Caballero, Alberto Caballero, Daniel Decorador, Araceli Álvarez de Sotomayor
Fotografía: Juan Luis Cabellos
Reparto: Fernando Gil, Fele Martínez, Gorka Otxoa, Raúl Tejón, Kira Miró, María Hervás, Raquel Guerrero, Paula Gallego, Karol Luna
Productora: Contubernio.
Distribuidora: Netflix
Género: Serie de TV. Comedia. Guerra de sexos
Quien aprecie las películas de Tim Burton, uno de los autores más personales y únicos de la historia del cine, estará al tanto de su gusto por las historias macabras, los ambientes lúgubres y tenebrosos y los personajes introvertidos, cuyo comportamiento escapa a la comprensión del común de los mortales. Todo lo cual tiene reflejo en su último trabajo para Netflix, “Miércoles”, una deliciosa y misteriosa serie juvenil de ocho capítulos, protagonizada por uno de los miembros de la loca Familia Addams, concretamente la hija mayor de Gómez (Luis Guzmán) y Morticia (Catherine Zeta-Jones), a quien encarna la joven actriz de origen mexicano Jenna Ortega, cuyo rostro se dio a conocer en películas y series de terror como “You” o “Scream”.
Aun compartiendo autoría con Miles Millar y Alfred Gough en la creación de este spin-off de la película de Barry Sonnenfeld, la mano y las obsesiones de Tim Burton -quien se encarga de dirigir los cuatro estupendos capítulos con los que arranca la serie, además de ser su productor ejecutivo- se dejan notar tanto en la estética gótica de la misma, como en la singularidad y el humor negro del que hace gala en todo momento su personaje principal interpretado por Ortega, que guarda evidentes similitudes con la Winona Ryder de ‘Bitelchús‘ o el Johnny Depp en ‘Charlie y la fábrica de chocolate‘, ‘Eduardo Manostijeras‘ o ‘Sleepy Hollow‘. Miércoles es una adolescente renegada, mordaz y algo muerta por dentro, decidida a escapar del determinismo familiar, cuyo inexpresivo rostro resulta tan elocuente como sus punzantes y sesudas reflexiones.
El denominador común de todos ellos se halla en su aislamiento interior, una constante en los personajes de las películas del director de origen californiano, quien en numerosas ocasiones ha contado cómo el hecho de crecer en una urbanización le llevó a desarrollar un instintivo rechazo hacia lo normativo, las etiquetas y la falsedad de las convenciones sociales.
Lo interesante en el caso de Miércoles Addams es que, lo que para ella es “la norma”, vendría a ser lo que para el resto del mundo resulta ser “anormal”, haciendo honor a la célebre frase del propio Burton de que «la locura de una persona es la realidad de otra».
Esta Miércoles de Tim Burton, fría, sarcástica y perversa, no proviene de la serie de televisión original, que se mantuvo al aire los años 1964 a 1966, en la cual la hija de la familia Addams, interpretada por la pequeña Lisa Loring, apenas tenía relevancia. Se basa más bien en el carácter dado al personaje por Christina Ricci, en las películas dirigidas por Barry Sonnenfeld, en los años 1991 y 1993, una niña larguirucha, de grandes ojos negros y cabello “como ala de cuervo a medianoche” que es expulsada del instituto por intento de homicidio tras defender a su hermano Pugsley (lsaac Ordonez), víctima de bullying, al soltar pirañas en la piscina donde nadaban sus agresores.
Miércoles es siniestra, morbosa, una chica rarita, de apariencia gótica, inadaptada, díscola y muy rebelde, dotada de una extraordinaria inteligencia e intuición y de un corrosivo sentido del humor, con grandes habilidades para la música, la escritura y la defensa personal que toca el cello, escribe novelas, resuelve misteriosos crímenes y, como todos los adolescentes a su edad, busca distanciarse de la figura paterna/materna para autoafirmarse como persona adulta e independiente. En realidad, ansía estar alejada de todo y de todos, salvo de Cosa, la mano remendada a costurones, con vida propia, que ha estado siempre con los Addams y que ejerce literalmente como la mano derecha de la protagonista, o del Tío Fétido encarnado por Fred Armisen.
Los traumas del pasado que la persiguen tienen que ver con la crueldad del mundo que la rodea y que no llega a aceptar ni a respetar su singularidad y la de los suyos, algo que la mantiene en constante alerta haciendo que desconfíe de todo y de todos e inhibiendo por completo la expresión de sus emociones. Aunque a lo largo de la serie vemos cómo el personaje evoluciona desde la insensibilidad absoluta hacia un ser que toma consciencia de sí misma, al desarrollar inesperados sentimientos de sincera amistad por su compañera de cuarto, la lobita Enid Sinclair (Emma Myers) que, muy a su pesar, llena su enlutado mundo de color (ambivalencias que, en el universo visual de Burton, sirven para crear bellas antítesis cargadas de significado); confusos y novedosos estados de atracción romántica por el guapo camarero e hijo del Sheriff, Tyler Galpin (Hunter Doohan) o por su enigmático compañero de clase Xavier Thorpe (Percy Hynes); o un profundo instinto de solidaridad con el débil, que se demuestra tanto en el instinto de protección hacia su hermano Pugsley (Isaac Ordonez) de quien cuida con devoción maternal, como en su simpatía hacia Eugene (Moosa Mostafa), un friki criador de abejas.
Y es que, al igual que ocurre con el resto de la filmografía de Burton, se trata nuevamente aquí de hacer un relato sobre el triunfo del inadaptado o, como se les llama en la propia serie, los “marginados”. Adolescentes que, como Miércoles Addams, poseen una cualidad que los distingue o una habilidad paranormal que los condena al rechazo del resto del mundo que los ve como una amenaza.
Las referencias a Edgar Allan Poe o a Mary Shelley y su criatura Frankenstein obran en este sentido y nos remiten de nuevo a las propias vivencias del director, para quien “los monstruos son malinterpretados y tienen un alma más sensible que los humanos que les rodean» (“A mí la realidad me resulta una fantasía. Yo me ponía a ver películas y me identificaba más con los monstruos por sentirme raro y diferente”, declaraba en una visita a El Hormiguero).
A semejanza del Howards End de Harry Potter, Burton, Millar y Gough crean Nevermore (Nunca Más), bautizado así por el verso de Poe. Un internado para aprendices de sirenas, vampiros, licántropos, medusas y hydes (monstruos de ojos saltones, garras afiladas y apetito insaciable al servicio de quien libere su agresividad contenida) o videntes novatas, como la hija mayor de los Addams, en el que las paredes se abren con un chasquido de dedos que suena familiar para descubrirnos el acceso a hermandades secretas y misterios añejos.
La academia, dirigida por Larissa Weems (Gwendoline Chrstie, a quien muchos recordarán como la mujer gigante de “Juego de Tronos”), en cuyo patio central hay una fuente de bronce con la escultura de la Ofelia shakesperiana ahogada y en la que “los excluidos”, personas con habilidades mágicas, se forman por expreso deseo de sus progenitores (muchos de ellos exalumnos del centro) está ubicada en un pueblo llamado Jericó, donde tuvo lugar un genocidio a manos de los primeros peregrinos o colonos «normies» que ajusticiaron y condenaron al fuego eterno a quienes consideraban brujas y hechiceros, tal y como ocurriera en 1692 en el pueblo de Salem, símbolo del violento prejuicio histórico hacia la mujer que osara actuar de forma libre y diferente.
El argumento detectivesco de la serie (en el que muchos han creído ver también semejanzas con «Stranger Things» por tratarse sus protagonistas de adolescentes con habilidad psíquicas) pivota sobre la indagación acerca de unos extraños y sanguinarios asesinatos de los que el Sheriff del condado hace responsable a los alumnos de “Nunca Más”, cuya reputación intenta a toda costa salvar su directora, dispuesta a hacer generosas donaciones a la comunidad y a la autoridad política local, para mantener la paz social.
Mientras intenta dominar el don de la videncia, Miércoles va recabando pistas que la ayuden a averiguar la autoría de los atroces crímenes que parecen provocados por una bestia feroz, al mismo tiempo que se dispone a desentrañar la causa de los conflictos que enfrentaron a algunos de los antiguos alumnos de Nevermore con los pobladores de Jericó, algunos de ellos con muchos siglos de antigüedad pero con gran impacto en la actualidad, dándole a cada episodio el suspense necesario en el proceso de averiguar quién o qué ha sido la causa de los mismos. Especialmente memorable es la escena del extravagante y arrítmico baile mientras suena el ‘Goo Goo Muck’ de The Cramps que se ha hecho viral.
En suma, una serie divertida, inteligente y original, que recupera el mejor tono y estilo de Tim Burton, con un buen background filosófico y cultural, en la que los fanáticos de “La Familia Addams” -que han visto tanto la ficción televisiva de 1964, como las míticas películas de los años 90, sus versiones de animación e incluso el musical- encontrarán múltiples referencias a la serie original, si bien “Miércoles” discurre por su propio camino creativo y argumental, como ocurre con los hijos que consiguen independizarse de sus progenitores.
Título original: Wednesday
Año: 2022
Duración: 45 min. (8 episodios)
País: Estados Unidos
Dirección: Alfred Gough (Creador), Miles Millar (Creador), Tim Burton, James Marshall, Gandja Monteiro
Guion: Alfred Gough, Miles Millar, Kayla Alpert, April Blair, Matt Lambert.
Música: Chris Bacon, Danny Elfman
Fotografía: David Lanzenberg, Stephan Pehrsson
Reparto: Jenna Ortega, Luis Guzmán, Catherine Zeta-Jones, Riki Lindhome, Jamie McShane, Hunter Doohan, Gwendoline Christie, Emma Myers, Thora Birch, Christina Ricci...
Compañías: MGM. Distribuidora: Netflix
Género: Serie de TV. Fantástico. Comedia. Adolescencia. La familia Addams
Para comprender la dimensión e importancia de “El amante de Lady Chatterley”, novela tachada de obscena y proscrita en su tiempo, que narra la apasionada relación entre una aristócrata británica y uno de sus sirvientes, es obligado tomar distancia temporal y acercarse al propio drama de su autor, D.H. Lawrence, perdidamente enamorado de una mujer casada que tenía tres hijos, algo intolerable para los rígidos cánones sociales de la Gran Bretaña de finales del siglo XIX y principios del XX, en la que la infidelidad era consentida solo a condición de que no se hiciera pública, en cuyo caso la ruina, el desprecio y el escarnio públicos estaban garantizados, especialmente para la parte femenina de la ecuación, pues se consideraba que al contraer matrimonio la mujer pasaba a ser propiedad del marido.
Es en ese contexto en el que se desarrolla la novela más famosa y transgresora del escritor y poeta británico, acusado de “pornógrafo” en los años veinte por escribir un relato en el que dos amantes que pertenecen a clases sociales distintas dan rienda suelta a su deseo carnal, para descubrir finalmente que lo suyo no es solo sexo, sino amor del bueno. La clase de amor por el que una mujer estaría dispuesta a dejarlo todo -nombre y posición social- y a soportar el escándalo, con tal de poder vivir libremente junto al hombre que ama.
Adaptada al cine en infinidad de ocasiones sin que ninguna de esas adaptaciones haya conseguido hacerle justicia a un relato que por algo ha sido continuamente reeditado durante más de un siglo, ni haya conseguido trascender la simple historia de amor o el cuento erótico para estar a la altura de “una obra tan vitalista y dionisíaca (naturalista, solar, apegada al humus fecundante…)” como la describe Pedro Paunero, no es que la película de Clermont-Tonnerre aporte grandes novedades al respecto ni se aproxime ni de lejos al apasionado arrebato que alentó a su autor al momento de escribirla, si bien es cierto que la trama original, guionizada por David Magee (“La vida de Pi”, 2012), es vista y tratada aquí, bajo el prisma de la sensualidad femenina, gracias a su directora y a la fotografía de Benoît Delhomme, un verdadero experto en películas de corte erótico como “El olor de la papaya verde”, capaz de retratar la belleza que anida en un plano corto del cuello de la protagonista, en los rayos de sol o bajo el manto de niebla que se cierne sobre la campiña inglesa, sabiendo otorgarle a cada mirada, cada caricia y cada abrazo la atención y el tempo que merecen; sin mencionar la desinhibición de una pareja protagónica extremadamente sexy: Emma Corrin (“The Crown”) y Jack O’ Connell (“Money Monster” o “This is England”) cuya química, sin embargo, no consigue traspasar la pantalla.
Y es que, pese a la abundancia de desnudos frontales y planos cortos del pubis de Corrin, los encuentros de Lady Chatterley con su amante clandestino resultan en exceso coreografiados y hasta un punto desabridos para llegar a ser porno blando. Quizá porque, como advierte Paunero: “Emma, alta y esmirriada, se apega a la descripción de la Connie de la novela, pero carece de su pasión, y a O’ Connell, le hace falta esa parte salvaje del personaje, su lenguaje grosero, su tosquedad y, a la vez, su viveza y su deseo”.
Sea como fuere, lo que está claro es que el tiempo no ha transcurrido en vano y lo que a principios del siglo pasado pudiera haber resultado escandaloso (una escena de masturbación femenina, un cunnilingus, dos cuerpos desnudos correteándose bajo la lluvia, comiéndose a besos o retozando en los prados) no resulta hoy ninguna novedad, son escenas más bien inocuas y hasta un punto naif, para un público que ha pasado ya demasiadas pantallas como para que el morbo al que apela la publicidad de la película surta su efecto.
Sin desgarro ni desmesura, con un mínimo de apasionado realismo, solo nos queda aferrarnos al valor del relato, cuya sinopsis, vista desde la perspectiva actual, no diferiría mucho de la de cualquier culebrón turco.
Collie Reid –“Connie”- es una joven y hermosa mujer, llena de vida, que contrae matrimonio con Clifford Chatterley (Matthew Duckett), un rancio aristócrata, dueño de una heredad, Wragby Hall, y del título de “baronet”, a la muerte de su padre. Al momento de su matrimonio Connie tenía veintitrés años y Clifford veintinueve. Ella había tenido antes un amante alemán, lo que significaba que el amor y el sexo no le eran desconocidos. Pero a Clifford no parecía importarle. Al volver este paralítico de prestar servicio en la guerra, su vida cambia y Connie, perteneciente a una familia de clase alta londinense, con ansias de vivir y conocer mundo, se encuentra atrapada en un matrimonio claustrofóbico y soporífero con un noble terrateniente condenado a vivir postrado en una silla de ruedas, quien decide confinarse junto a su mujer en sus dominios, colindantes con un mísero pueblo minero.
El marido amantísimo se torna entonces una especie de tirano egoísta que la toma a su servicio como cuidadora, ignorando sus sentimientos y necesidades, mientras se concentra en hacer prosperar sus negocios explotando a sus trabajadores.
Corrin está espléndida atrapada en el tedio de esa relación y lo está aún más cuando, a raíz de una insólita conversación con su marido Lord Chatterley, en la que éste la anima a mantener relaciones sexuales con otro hombre a fin de poder engendrar un heredero al que estaría dispuesto a darle su apellido a condición de que nunca se sepa quién es su verdadero padre, empieza a fantasear con la idea del sexo y a procurarse placer sola o acompañada.
Es entonces cuando aparece en escena el guardabosques Oliver Mellors, un ex militar, lector de clásicos, pero de naturaleza huraña y solitaria, a quien una mala mujer le rompió el corazón, por lo que huye del mundo que queda más allá de su coto de caza. Espoleada por esa conversación con su marido, aparentemente muy liberal para la época pero que lleva implícita la consideración de la mujer como simple contenedor de los futuros herederos de la aristocracia, una alerta interior se despierta en ella que la lleva a plantearse si debería vivir su vida como realmente desea o continuar obedeciendo unas normas en las que ya no cree, optando finalmente por dar rienda suelta a la pasión y embarcándose en un tórrido romance lleno de erotismo, sensualidad y deseo.
Y es en esa decisión desprejuiciada donde reside el valor de la novela de Lawrence, un autor plagado de contradicciones, a medio camino entre el cristianismo y el paganismo, para quien la respuesta está en la valentía de defender el amor y el libre albedrío a costa de lo que sea y en la naturaleza como representación de la libertad, frente al contexto urbano y a todo aquello susceptible de ser domesticado, doblegado y explotado por la mano del hombre.
Lamentablemente la película de Clermont-Tonnerre no termina de explotar ese registro quedándose en una bonita historia de amor, sin erotismo auténtico.
Título original: Lady Chatterley's Lover
Año: 2022
Duración: 103 min.
País: Reino Unido
Dirección: Laure de Clermont-Tonnerre
Guion: David Magee. Novela: D.H. Lawrence
Fotografía: Benoît Delhomme
Reparto: Emma Corrin, Jack O'Connell, Joely Richardson, Faye Marsay, Ella Hunt, Matthew Duckett, Marianne McIvor, Sandra Huggett, Nicholas Bishop, Eugene O'Hare, Ellie Piercy
Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; 3000 Pictures, Blueprint Pictures, Netflix. Distribuidora: Netflix
Género: Drama romántico. Años 20
La quinta temporada de “The Crown” llegó con cierta expectativa por la muerte de Isabel II, quien lideró el reinado más largo de la historia británica. Pero lo cierto es que esta nueva entrega no ha podido ser más decepcionante para los seguidores de la serie.
Menos mal que sus guionistas (Peter Morgan, Tom Edge y James Graham) acabaron cediendo a las presiones y colocaron una advertencia que nos recuerda que lo que vamos a ver no es un documental sino una historia de ficción inspirada en hechos reales (“Esta obra dramática ficticia cuenta la historia de la reina Isabel II y los acontecimientos políticos y personales que marcaron su reinado”, reza textualmente). De lo contrario, no se entendería que, precisamente en vísperas de la coronación del rey Carlos III, el tratamiento que se le dé a este personaje no sólo sea extremadamente indulgente sino manifiestamente apologético, buscando blanquear y ensalzar su imagen y la de su reina consorte, Camila Parker Bowles, hasta extremos sonrojantes.
Y es que ha querido la fatalidad que el estreno de esta quinta temporada de la serie que, según el desarrollo de la trama, debía centrarse en el “annus horribilis” de la Corona británica (como lo definió la propia monarca tras el devastador incendio del Castillo de Windsor, bautizando así a la más polémica y turbulenta etapa de su reinado, cuando la monarquía sufrió su mayor caída de popularidad a causa de los escándalos e infidelidades protagonizados por algunos de sus miembros y la guerra abierta con Lady Diana Spencer) coincidiera con la muerte de Isabel II, a los 96 años, y el acceso al trono de su primogénito, a los 74 años, con lo que la polémica iba a estar servida.
Sin embargo sus autores parecen haber optado por el camino más fácil, pues la manera en la que se ha procurado ofrecer una imagen moderna y reformista del nuevo regente se diría que forma parte de la estrategia de comunicación diseñada por sus propios asesores y que la misma serie desvela al mostrarnos cómo, una vez se produce el divorcio entre Carlos y Diana, la pareja contrata a un “spin doctor” (“un vende humos”, en palabras de la propia Camila) para que normalice su relación y mejore la imagen pública de la duquesa de Cornualles, haciéndola aparecer como una mujer profundamente enamorada, capaz de sacrificarlo todo (desde su matrimonio hasta su reputación) por permanecer junto al futuro rey, para quien resulta ser un soporte fundamental en su poliédrico papel de amante, amiga, consejera y confidente.
Más allá de que la legión de seguidores de Lady Di no terminen de perdonarle su traición conyugal a la llamada “reina de corazones”, al ofrecer una imagen tan favorable de Carlos III, a quien se presenta como un líder moderno, reformista y resolutivo, ansioso por ocupar el trono para poner a la monarquía al cabo de la calle, normalizando lo que hasta ese momento había sido tabú (divorcios, infidelidades…) toda vez que sus vergüenzas habían salido ya a la luz, la serie no hace sino plegarse al relato que más conviene a los intereses de quien hoy se ciñe la Corona.
Pero no es sólo en eso en lo que falla esta quinta temporada de «The Crown», cuyos actores y actrices han sido sustituidos por otros cuya apariencia y desempeño en los papeles principales distan mucho de la credibilidad de quienes los han interpretado en temporadas anteriores. Lo cual es especialmente molesto en el caso del propio Carlos, encarnado por el actor Dominic West, quien no solo no guarda ningún parecido con el original, sino que ofrece una actuación plana y anodina, así como en el de la reina Elizabeth recreada por Imelda Staunton, a la que resulta difícil dejar de ver como la Dolores Umbridge de la saga de «Harry Potter«, por más que se esmere en jugar con la gestualidad mínima para extraer del personaje de la reina el máximo posible.
No ocurre lo mismo con Elizabeth Debicki, cuyo notable parecido físico, gestual y corporal con Ladi Di resulta sorprendente, haciendo un calco perfecto de la princesa Diana, principalmente de su forma de mirar, una peculiaridad de este personaje a quien se nos presenta como una mujer desequilibrada que tiene un único conflicto: su matrimonio malogrado, lo que la lleva a victimizarse en exceso, haciendo partícipe de su desgracia a todo el que se le acerca y, muy especialmente a su hijo mayor, Guillermo, a quien por momentos llega a abrumar con sus confidencias.
Esa imagen de Diana como una mujer conflictiva, dolida y vengativa, desesperadamente necesitada de apoyo y de una figura masculina que le ofreciera el amor y la atención que le habían sido negados, pasando por alto o haciendo escasa referencia a su destacada faceta humanitaria que le grajeó el cariño y admiración de miles de seguidores en todo el mundo, tampoco es inocente y, aún a riesgo de reproducir las obsesiones que atormentaban a la propia Diana, resulta casi inevitable no ver tras ello la alargada sombra de Buckingham Palace.
En esta nueva temporada se abordan temas que generaron un gran revuelo mediático en la década de los noventa, como la escandalosa conversación sobre el “támpax” entre Carlos y Camila, interceptada por un radioaficionado de manera fortuita y convenientemente explotada por los tabloides sensacionalistas, la entrevista de Lady Di en la BBC en medio de un duro proceso de divorcio, declarando que desde el principio en su matrimonio eran tres, la vigilancia y las escuchas a las que esta creía estar sometida y las tensiones de Carlos y su madre ante el dilema de “renovarse o morir” que en opinión del sucesor natural se le presentaba a la monarquía, ofreciéndose a sí mismo como “la gran solución”. Algo en lo que la opinión pública británica no siempre estuvo de acuerdo, levantándose numerosas voces que preferían que el trono pasara directamente de manos de la reina a las de su nieto Guillermo, ante la conducta poco ejemplar del Príncipe de Gales.
El primer episodio sugiere de hecho que, impaciente por reinar, Carlos quiso forzar a su madre a abdicar con la ayuda del ex primer ministro “tory” John Major, tras publicarse una encuesta en el Sunday Times en donde se revelaba que el pueblo británico consideraba que Elizabeth II sufría el “síndrome de la Reina Victoria”, a quien sus súbditos veían como alguien obsoleto y anticuado. Un extremo que el propio Major se apresuró en desmentir en declaraciones a The Daily Mail. Según la serie, Carlos lo intentaría de nuevo con Tony Blair, una vez que los laboristas conquistasen el poder tras diez años de gobiernos conservadores. Pero a la vista está que Isabel II reinó hasta el último de sus días, pese a que en esta nueva entrega de la serie nos la presenten ya casi como una mujer anciana y derrotada, que a menudo roza el desaliento y la extenuación y que alberga la frustrante sensación de que, a pesar de sus muchos esfuerzos y décadas de entrega al mantenimiento de la institución monárquica, la pervivencia de la casa real británica puede verse amenazada por la imprudencia de sus hijos o por el propio devenir transformador de los tiempos, cuyos cambios no llega a entender aunque se ve obligada a aceptar. Tal vez por ese motivo, una de las primeras frases que pronuncia la monarca es reflejo del peso del deber sobre sus hombros y de su conciencia de lo que la historia demanda de ella como símbolo emblemático en el organigrama de poder de su país: “No quiero romper ninguna regla”.
La quinta temporada de «The Crown» aborda con todo lujo de detalle algunos episodios de la historia reciente que aún tenemos muy frescos en la memoria, como la forma en la que se gestó, mediante engaños, la llamada “entrevista del siglo” de la princesa Diana con Martin Bashir, periodista de la BBC, espoleada por la entrevista de Carlos de Inglaterra con Jonathan Dimbleby en la que su marido admitió el adulterio, y el enfrentamiento que su emisión generó entre el director de la radiotelevisión pública británica, cuya licencia se renueva cada año por orden real, y el presidente de su Consejo de Administración, un excombatiente monárquico cuya mujer era una de las primeras damas en la corte de la reina; o cómo llegó Mohamed Al Fayed a la vida de Diana y de la familia real británica.
Aunque sin duda una de las subtramas más interesantes y mejor resueltas es la que hace referencia al momento que atraviesa el matrimonio del Príncipe Felipe (interpretado en esta recta final por el gran actor Jonathan Pryce) y la reina Isabel, toda vez que llegados a la tercera edad ambos tienen una visión distinta de lo que esperan el uno del otro. Mientras la monarca se muestra muy enamorada de su marido, planteándose un viaje oficial de ambos a Egipto, como una segunda luna de miel, Felipe se resiente por las diferencias de carácter que los separan y hace responsable de su soledad a su mujer, reprochándole su falta de curiosidad intelectual y su escaso interés en seguirle el ritmo.
En realidad, el desencadenante de este conflicto conyugal no es otro que la aparición en la vida del duque de Edimburgo de una mujer treinta años más joven que él, Penny Knatchbull, también llamada lady Romsey o lady Babourne, esposa de su ahijado, Norton Knatchbull, tercer conde Mountbatten de Birmania.
Tras perder a su hija Leonora de cinco años debido a un cáncer de riñón, Penny se convirtió en la amiga inseparable de Felipe de Edimburgo, con quien compartía la afición por las carreras de carruajes. Ambos mantuvieron una íntima amistad durante los últimos años de vida de este. De hecho, era una visitante habitual en Wood Farm, la cabaña al borde de Sandringham en Norfolk, donde el marido de la reina pasó gran parte de su retiro de la vida pública, desde 2017 hasta su muerte en 2020, siendo la única persona que no era de la familia real que fue invitada a su funeral íntimo. Pero lady Romsey no solo tuvo una relación muy estrecha con el duque de Edimburgo (de quien se dice que fue la segunda mujer más importante en su vida), también la tuvo con la reina Isabel II a quien, según nos cuenta «The Crown», Felipe acaba imponiendo su presencia, llegando a pedirle que se deje ver con ella en público y la acoja como una de sus damas de compañía a fin de no levantar sospechas. Algo a lo que la reina accede teniendo que anteponer, una vez más, la estabilidad y reputación de la Corona a sus propios y más íntimos sentimientos como mujer. Tanto la conversación que el matrimonio mantiene en la suite real del hotel en el que se alojan en Egipto, como el encuentro entre Isabel II y Penny Knatchbull (Natascha McElhone) en la biblioteca del Castillo de Windsor, en el que la reina hace gala de la legendaria flema británica, ahogando sus celos e invitando a su rival a ser su acompañante en la misa de Acción de Gracias, se inscriben entre las escenas más antológicas de esta nueva entrega de la serie que, por lo demás, ofrece pocas novedades dignas de mención.
Y ello pese a que técnicamente sigue siendo una producción irreprochable y narrativamente mantiene la sobriedad y elegancia de sus entregas anteriores. Magnífica en cuanto a fotografía y exquisita en su dirección de arte. El problema está en la necesidad de estirar la trama en base a hechos que nos resultan ya demasiado conocidos o cercanos en el tiempo. Es lo que hace que esta quinta entrega sea un producto aburrido y sin alma, tan gélido como la propia corona a la que busca diseccionar.
De seguir por estos derroteros, mucho me temo que «The Crown» esté condenada a agonizar lentamente, hasta sufrir el mismo destino que su propia protagonista, tras la decisión de sus creadores de estirarla lo más posible y esta nueva actitud complaciente que busca irritar lo menos posible los ánimos del actual regente.
Título original: The Crown
Año: 2016
Duración: 60 min.
País: Reino Unido
Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron, Jessica Hobbs, Alex Gabassi, May el-Toukhy
Guion: Peter Morgan, T. Edge, J. Graham
Música: Rupert Gregson-Williams, Martin Phipps, Lorne Balfe
Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt
Reparto: Imelda Staunton, Jonathan Pryce, Natascha McElhone, Dominic West, Elizabeth Debicki...
Productora: Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International
Género: Serie de TV. Drama Histórico. Biográfico. Política. Corona británica
“Señores jueces: Nunca Más”. La última frase del contundente alegato del fiscal Julio Strassera, durante el que fuera el primer juicio civil a una Junta Militar celebrado en el mundo y que tuvo como resultado la condena a cadena perpetua del dictador argentino Jorge Rafael Videla y de algunos de sus más cercanos y sanguinarios colaboradores por el asesinato, secuestro, desaparición y tortura de miles de ciudadanos sospechosos de profesar ideas cercanas al socialismo, pone los pelos de punta, como en los mejores finales de Hollywood.
De hecho, “Argentina 1985” es una película confeccionada en base a la épica clásica de “Los juicios de Nüremberg”, con el aliciente -y a la vez gran desafío- de que los hechos narrados en ella aún resultan de difícil digestión por estar demasiado cercanos en el tiempo.
Así pues, no es de extrañar que, pese al éxito y repercusión que la cinta ha tenido en los circuitos internacionales (con casi ocho minutos de ovación en su estreno en el Festival de Venecia y el Premio del Público en el último Zinemaldia), se hayan levantado ya ciertas voces críticas que reprochan a su director Santiago Mitre y a su coguionista Mariano Llinás, las escasas licencias dramatúrgicas que se han permitido al relatar tan oscura, estremecedora y dolorosa página de la historia contemporánea, aligerándola con ciertos toques de humor y omitiendo algunos detalles políticamente relevantes, como la creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas a iniciativa del Presidente Raúl Alfonsín a los pocos días de asumir el cargo y, con él, la difícil responsabilidad de restaurar la democracia en un clima aún enrarecido, donde el ejército y la armada argentina seguían siendo un peligroso poder fáctico (si bien esto último queda bastante claro con las reiteradas amenazas que vemos que sufren, tanto el propio Strassera, como su familia y equipo de trabajo, antes y durante el juicio).
La CONADEP estuvo presidida por el escritor Ernesto Sábato y tenía el mandato de investigar las violaciones de derechos humanos, particularmente las desapariciones ocurridas en 1970 y 1980, a resultas de lo cual recibió miles de declaraciones y testimonios, y verificó la existencia de cientos de lugares clandestinos de detención y tortura en todo el país, dando como resultado un voluminoso informe final conocido como el “Nunca Más” que fue utilizado como prueba en el juicio a las Juntas Militares. Lo que no se cuenta exactamente así en la película.
O el episodio en el que Strassera es llevado por los servicios de inteligencia en secreto para ver al presidente a petición de este, cuando en realidad fue éste quien pidió audiencia con Alfonsín, al llegarle rumores de que el Gobierno quería que rebajara su petición de penas para los encausados. Lo que el presidente le negó diciéndole que «que actuase como tenía que actuar… pero que no se volviera loco”, según explicaría el propio hijo del fiscal, años más tarde.
Omisiones más o menos políticamente interesadas aparte, “Argentina 1985” cumple a carta cabal lo que se espera de ella y de su protagonista, Ricardo Darín, que una vez más lo borda poniéndose en la piel de un alto funcionario de la Administración de Justicia decepcionado del hasta entonces inexistente sistema de separación de Poderes, inicialmente temeroso de la magnitud y consecuencias de su propia responsabilidad y enormemente celoso de la seguridad de los suyos, acostumbrado a ver, oír y callar durante la dictadura, una pesada mochila moral que le hace sentirse culpable quien, sin embargo, llegado el momento de la verdad, es capaz de trascender todos esos miedos y reparos para sacarla a la luz y hacer que se haga justicia.
Se trata, en suma, de un simple servidor público que acabaría convirtiéndose en héroe nacional, quién sabe si a pesar de sí mismo, al verse obligado a poner en marcha una exhaustiva investigación para demostrar que los nueve excomandantes de lo que se llamó «Proceso de Reorganización Nacional» eran en realidad los responsables de un plan sistemático de aniquilación del adversario político que derivaría en un genocidio indiscriminado, clandestino, cruel y amoral llevado a cabo mediante el terrorismo de Estado autorizado por Videla, Viola, Massera, Agosti, Lambruschini, Graffigna, Galtieri, Lami y Anaya.
Para acometer esta arriesgada y difícil tarea, el responsable de la fiscalía se rodea de un grupo de jóvenes tan entusiastas como inexpertos, algunos aún estudiantes de derecho, seleccionados por Luis Gabriel Moreno Ocampo (conmovedor Peter Lanzani), un letrado sin experiencia judicial alguna, designado fiscal adjunto por ser el único dispuesto a implicarse en este caso, empeñado en hacer entender a las clases medias y acomodadas de su país -a las cuales pertenece por extracción social y familiar- la magnitud de la injusticia y el horror de lo que estaba sucediendo mientras miraban para otro lado.
Hijo de una familia de tradición conservadora y castrense, cuyo tatarabuelo, Francisco Ortiz de Ocampo, fue el primer comandante en jefe de la historia argentina, y cuya madre iba a misa con Videla, el compromiso del joven abogado con la ley y la defensa de los derechos humanos constituye toda una lección de idealismo y conciencia democrática, como el de esos jóvenes que se integran en su equipo de trabajo y que, a contrarreloj, recorren el país en busca de pruebas, revisando cientos de folios con testimonios de torturados y entrevistando a víctimas y familiares de desaparecidos sin apenas poder contener el llanto, a fin de conseguir en tiempo récord la prueba necesaria para sacar a la luz el macabro plan que finalmente queda expuesto ante el jurado cuando estas personas son llamadas a declarar, sin duda la parte más dura e impactante de la película, los desgarradores testimonios de las víctimas.
“Fuimos armando el rompecabezas pieza a pieza”, narra el propio Luis Moreno Ocampo en el ensayo “El Estado no puede torturar”, publicado por Anfibia. “Buscamos casos que hubieran ocurrido en distintas partes del país, en diferentes épocas y cometidos por personal dependiente de cada uno de los comandantes. Presentamos más de 700 casos individuales y durante el juicio quedó demostrado que eran la consecuencia de una operación militar aprobada y supervisada por los jefes de cada fuerza”.
En esto se basaron Mitre y Llinás para escribir el guion de su película, tras documentarse durante más de cuatro años.
Pero “Argentina 1985” no solo se centra en los pormenores del proceso judicial. Su visión de ese momento bisagra en la historia del país sudamericano –maltratado por los sucesivos acontecimientos económicos y políticos que le ha tocado vivir- es también periférica, prestando atención a lo que ocurría fuera de los tribunales de justicia, en la sala de estar de los Strassera -muy de clase media- donde la familia se reúne, como tantas otras en tantos otros hogares, para seguir el acontecer político frente al televisor y en los trabajos preliminares del caso, en la presión y las amenazas de muerte a los fiscales y en la insistencia desde determinados sectores sociales y mediáticos de justificar el uso represivo de la fuerza del Estado por la supuesta amenaza de una guerrilla subversiva que, en la práctica, estaba ya totalmente sofocada…
El director se enfoca en el lado más humano de los personajes y en cómo estas personas se tuvieron que enfrentar al poder real (el mismo de siempre, infiltrado y blanqueado en las nuevas instituciones democráticas) para conseguir que se hiciera justicia. Algo que nunca llegó a ocurrir en la transición española donde los culpables de la represión durante la postguerra y en los años de la dictadura franquista se fueron de rositas y siguieron ocupando posiciones destacadas en la estructura del Estado.
En el caso de Strassera, vemos a un hombre para quien la opinión de su familia tiene un peso muy importante en sus decisiones, especialmente la de su mujer, Marisa (Alejandra Flechner). Es ella quien lo apoya, pero también quien lo interpela en momentos de debilidad. “Vas a tener que escribir una linda acusación, una flor de acusación, y tendrá que ser impactante porque de eso dependen muchas cosas, tal vez todo dependa de eso…”, le recuerda la trascendencia de su deber, para a continuación confesarle su orgullo por estar casada, “no con un malhumorado descreído” como pensaba hasta ese momento, sino con “un héroe nacional”. A lo que el personaje de Darín contesta que “los héroes no existen”. Al menos no como los conocemos en los cómics. El héroe aquí es un ciudadano, una persona que se afana en cumplir con su deber de trabajar para hacer justicia. Así de simple y cada vez más complejo.
Los hijos de la pareja juegan también un rol fundamental en la historia, especialmente el hijo menor (Santiago Armas) quien no solo ejerce de espía para su padre montando guardia a su hermana y al novio de esta, sino que se implica en el desarrollo del proceso a los milicos e incluso le ayuda a corregir el texto del alegato final, haciendo sus propias aportaciones al mismo.
Y es que, “Argentina, 1985”, elegida para representar a su país en la carrera al Oscar a la mejor película internacional en 2023, no es solamente una película de juicios y tribunales, es un trabajo de Memoria Histórica con visión de presente y de futuro.
Emotiva, entretenida, dolorosa y necesaria: es una cinta que llega en un momento más que propicio; una carta de amor a la defensa de los derechos humanos y las libertades públicas, dirigida a las generaciones nacidas en democracia, que nos invita a estar alerta y recuerda lo vigente de esta lucha. Porque cuando el fiscal Julio Strassera dijo “Señores jueces: Nunca Más”, alzó la voz del pueblo argentino apelando también a la conciencia universal.
Título original: Argentina, 1985
Año: 2022
Duración: 140 min.
País: Argentina
Dirección: Santiago Mitre
Guion: Santiago Mitre, Mariano Llinás
Música: Pedro Osuna
Fotografía: Javier Juliá
Reparto: Ricardo Darín, Peter Lanzani, Alejandra Flechner, Carlos Portaluppi, Norman Briski, Héctor Díaz, Alejo García Pintos, Claudio Da Passano, Gina Mastronicola, Walter Jakob, Laura Paredes
Productora: La Unión de los Ríos, Kenya Films, Infinity Hill, Amazon Studios.
Distribuidora: Amazon Prime Video
Género: Drama judicial. Memoria Histórica. Años 80. Dictadura argentina
He querido esperar hasta el capítulo siete de la primera temporada de “La Casa del Dragón” (esperada precuela de “Juego de Tronos”) para emitir un juicio sobre ella, pues considero que una ficción de semejante envergadura debería ir siempre de menos a más, al igual que sucede con su predecesora. Y, aunque no pierdo la esperanza de que la cosa mejore en adelante, creo haber visto ya lo suficiente como para decir unas cuantas cosas acerca de ella.
En primer lugar, sobre la calidad de sus imágenes (más allá de la espectacularidad de los escenarios naturales en los que ha sido rodada) y específicamente sobre su fotografía, con cegadores contraluces y una especie de efecto neblina de los que se abusa en exceso, no sabemos si para recrear la nebulosa del tiempo, al tratarse de una historia que nos retrotrae a una era ancestral (nada menos que 200 años antes de los hechos narrados en “Game of Thrones” tuvieran lugar) o por un fallo técnico de iluminación que dificulta el visionado de muchas de sus escenas, como en el último episodio emitido por HBO “Marcaderiva”, en el que se hace difícil distinguir lo que hacen sus protagonistas en penumbras. Algo a lo que los creadores de la saga nos tienen acostumbrados. Recordemos la polémica generada por el último episodio de GoT, irónicamente titulado “La noche más larga”, donde los Stark y los Targaryen se enfrentaban a los Caminantes Blancos prácticamente a oscuras, sin que los espectadores pudieran apenas adivinar lo que estaba ocurriendo en pantalla.
En cuanto a la historia de “La Casa del Dragón” solo haré un par de consideraciones: me resulta en exceso folletinesca y me agota tanta corrección política, tanto voluntarismo inclusivista y tanta reivindicación feminista en bucle, con un argumento que gira una y otra vez sobre un mismo eje: las dificultades de que una mujer se haga con el Trono de Hierro en una sociedad patriarcal.
Adaptación de la novela “Fuego y sangre” (2018) guionizada por el propio autor de la saga, George R.R. Martin, junto con Ryan Condal y Mikel Sapochnik (quien ya fuera showrunner y director de algunos episodios de GoT), “La Casa del Dragón” se centra en las luchas intestinas dentro de la Casa Targaryen por la sucesión del rey Viserys I (Paddy Considine), elegido monarca de los Siete Reinos por los señores de Westeros.
El problema con el bueno de Viserys es que resulta demasiado amable e inofensivo y los señores de las casas de Poniente verán en ello una muestra de debilidad, acrecentada por su progresiva degradación física, a causa de una enfermedad similar a la lepra.
Viudo de su primera mujer, cuya vida se ve obligado a sacrificar para salvar al bebé que esperaban (el anhelado primogénito varón que acabará muriendo a las pocas horas de nacer, durante un parto complicado), Viserys decide que su heredera sea su hija mayor, la adolescente Rhaenyra (a quien encarna en los primeros episodios la extraña joven Milly Alcock cuya actuación resulta en general bastante plana, reemplazada en su edad adulta por Emma D’Arcy de quien puede decirse otro tanto). Lo que desata la furia de los miembros del Consejo del Rey y en especial de su tío Daemon (Matt Smith), hermano de Viserys, quien reclama su lugar en la línea sucesoria y al que veremos sobresalir en el campo de batalla como jinete de dragones.
Además de la audaz Rhaenyra en rebelión contra el patriarcado, el otro personaje femenino de interés es Alicent (Emilia Carey/Olivia Cooke), hija de Otto Hightower (Rhys Ifans), “Mano” del rey y gran conspirador de la corte. De ser la mejor amiga y confidente de Rhaenyra, Alicent pasa a ser su peor antagonista al desposarse con Viserys siguiendo las “recomendaciones” de su padre, convirtiéndose así en su madrastra y su reina, y dando a luz a dos hijos varones, Aegon (Tom Glynn-Carney) y Aemond (Ewan Mitchell), a los que la repentinamente ambiciosa Alicent desea ver en el Trono de Hierro, como corresponde a su legítimo derecho sucesorio, según la ley sálica.
Otro personaje importante en la trama es lord Corlys Velaryon, señor de Marcaderiva (interpretado por el actor británico de origen barbadense Steve Toussaint) y sus descendientes albinos de piel oscura, Laenor (Theo Nate/ John MacMillan) y Laena (Nanna Blondell), con quien sus padres intentaron que el rey se desposara al enviudar, pese a ser sólo una niña de doce años. Una elección de reparto que ha provocado algunas reacciones racistas en el fandom de la serie, que sus creadores se han apresurado a atajar citando expresamente a los movimientos #MeToo y #BlackLivesMatter en una entrevista con Jeremy Egner en el Time. “Estamos en un mundo radicalmente distinto al de hace diez años -dijeron- y tenemos que reflejar los cambios en el mundo actual”.
“En La Casa del Dragón los dragones son más grandes, más escamosos y sacan más fuego que en Juego de tronos. Y la misoginia habitual y los tropos raciales perturbadores de la primera serie se han atenuado”, observa Jeff Yang en The New York Times.
Y es que, a diferencia de GoT donde la mayoría de los personajes protagónicos eran de origen caucásico, en su precuela se impone esa “otra sensibilidad”, que da cabida a intérpretes de otras etnias, (como la asiática Sonoya Mizuno que da vida a Mysaria, la prostituta y concubina de Daemon) y cuya tercera pata, como no podía ser de otra forma, hace referencia al movimiento LGTBI. Si bien la cuestión de género que inquieta al movimiento queer, del que Emma D’Arcy (actriz que se identifica como persona no binaria) es un referente, queda de momento aparcada al asumir esta un papel (el de la princesa Rhaenyra) que responde claramente al género femenino.
Como hemos dicho, hacia mitad de temporada la serie apuesta por un cambio de intérpretes que se ajustan mejor a la edad que se supone tendrían los personajes, momento que aprovechan sus guionistas para introducir el factor de la diversidad sexual, al mostrar una relación abiertamente gay entre Laenor Velaryon (Theo Nate/ John MacMillan) y su fiel escudero, Ser Joffrey Lonmouth (Solly McLeod), quien pierde la vida de manera atroz, en una escena que recuerda mucho a aquella en la que Ser Gregor Clegane (La Montaña) le hunde los ojos y aplasta con sus propias manos el cráneo de la Víbora Roja (Oberyn Martell) en GoT, solo que esta vez la mano asesina es la de un descontrolado Ser Criston Cole (Fabien Frankel), guardia real de Rhaenyra, a quien la princesa convierte en su amante ocasionándole un gran dilema moral y uno de los pocos personajes cuyo orgullo herido y sed de venganza promete darnos momentos de gloria.
Hijo de Lord Corlys Velaryon y de la princesa Rhaenys Targaryen (Eve Best) (autora de la famosa frase de «los hombres preferirían ver el reino arder antes que ver una mujer sentada en el trono», algo que sabe por experiencia propia, ya que sería a ella y no a Viserys a quien correspondería reinar en Desembarco del Rey), pese a que su corazón y su cuerpo pertenecen a Seir Joffrey, Laenor acaba convirtiéndose en el consorte de la princesa Rhaenyra, merced a un pacto en el que ambos deciden unir sus vidas y sus casas con la esperanza de reinar juntos y vivir una relación abierta y discreta, en la que cada uno se reserva el derecho de satisfacer sus apetencias sexuales como le plazca. Cuestión que se complica cuando Rhaenyra empieza a dar a luz a los hijos bastardos de su nuevo amante, Ser Harwin Strong (Ryan Corr), sin que ninguno de ellos tenga el pelo blanco característico de los Targaryen, dando pie a toda clase de murmuraciones que ponen en cuestión la legitimidad de sus vástagos en la línea sucesoria.
De momento no ocurre mayor cosa en la serie que, si bien aparentemente conserva toda la esencia de “Juego de Tronos”: batallas, sangre, vísceras, sexo, incesto, poder y traiciones, se hace repetitiva y carece de la profundidad psicológica que mostraban las tramas y los personajes de la serie original, repleta de inteligentes reflexiones que en “La Casa del Dragón” brillan por su ausencia.
La diferencia estriba en que si “GoT” era una exhibicionista lucha de poder entre las casas de los Siete Reinos por gobernar Poniente, su precuela es una riña íntima que confronta a los miembros de una misma familia: los Targaryen, sentando las bases de una futura guerra civil que cubrirá de ríos de sangre las calles de Desembarco del Rey (como anticipan las imágenes de los créditos iniciales, en donde podemos volver a escuchar la sintonía original de “Juego de Tronos” que nos hace sentirnos de nuevo en casa).
Mientras llega el momento de la batalla final que acabará por destruir a casi toda la dinastía (recordemos que Daenerys es una de sus últimas supervivientes), sus creadores han decidido echarle mucha épica, quizá para distraernos de la escasez de subtramas y de hilos argumentales de los que tirar. De ahí que, desde el primer episodio, en el que se sacrifica a una parturienta abriéndole el vientre con una daga, hasta el anteúltimo en el que, en similares circunstancias, Laena le suplica a su dragón que la calcine al grito de “¡drakaris!”, la cosa se convierta en un festival de partos malogrados e intrigas palaciegas (Targaryen contra Targaryen), violentas justas a caballo y escenas propias del cine gore, en las que se cortan brazos, genitales y cabezas. Todo narrado de forma bastante obvia (tampoco GoT fue, en ese sentido, precisamente un ejemplo de sutileza) con abuso de montajes paralelos en busca de mayor ritmo y tensión.
Veinte millones de dólares por episodio (200 millones en total para la primera temporada) dan para un enorme despliegue de espectacularidad y sofisticados efectos visuales con dragones voladores. Lástima que, en este festival de excesos, tórridas escenas de sexo, orgías en lupanares y relaciones incestuosas, nadie haya reparado en que hay que dotar a los personajes de mayor carisma, profundidad e interés, a excepción hecha del príncipe Daemon (magnífico Matt Smith) un ser enigmático y temible, a quien todos desprecian en la corte de su hermano por su carácter violento y su vida disoluta, que sin embargo parece ser capaz de lo mejor y lo peor, fiel a su sangre y enamorado secretamente de su sobrina Rhaenyra, con quien acuerda compartir el Trono de Hierro; y de los dos grandes conspiradores de Desembarco del Rey: Otto Hightower (siempre convincente Rhys Ifans) y Larys Strong (Matthew Needham) una especie de Rasputin pegado a las faldas de la reina Alicent, por quien es capaz de asesinar incluso a su padre y a su hermano.
Los Targaryen proseguirán con su danza de fuego en la segunda temporada de “La Casa del Dragón”, después de que el primer capítulo de la serie consiguiera batir todos los récords al ser visto por 20 millones de espectadores solo en los Estados Unidos y otros tantos en el mundo. La cuestión es si conseguirá finalmente estar a la altura de las expectativas creadas.
Ojalá y la segunda temporada suponga su despegue definitivo. De momento, una serie bastante normalita, previsible y más bien aburrida, sin los brutales giros dramáticos de “Juego de Tronos” que, si no estuviera relacionada con esta, pasaría totalmente desapercibida.
Título original: House of the Dragon
Año: 2022
Duración: 60 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Ryan Condal (Creador), George R.R. Martin (Creador), Miguel Sapochnik, Clare Kilner, Geeta V. Patel, Greg Yaitanes
Guion: Ryan Condal, George R.R. Martin, Miguel Sapochnik
Música: Ramin Djawadi
Fotografía: Pepe Avila del Pino, Fabian Wagner, Alejandro Martínez
Reparto: Paddy Considine, Matt Smith, Milly Alcock, Emma D'Arcy, Rhys Ifans, Olivia Cooke, Emily Carey, Steve Toussaint, Eve Best, Fabien Frankel, Sonoya Mizuno, Ryan Corr..
Desgarradoramente cruda, estremecedora y excesiva, a ratos vulgar y por momentos elegante y creativa, técnicamente impecable, tan controvertida como la novela en la que se inspira (el bestseller de la cinco veces finalista al Premio Pulitzer Joyce Carol Oates) «Blonde» es una película dolorosa y extenuante que desnuda a su protagonista (física y metafóricamente) despojándola del disfraz de mito erótico para mostrarnos sus lágrimas en lugar de su eterna y sensual sonrisa. Lo que parece haber molestado a un importante sector de la crítica cinematográfica más iconoclasta que ha puesto a su director, Andrew Dominik, de vuelta y media, por mancillar la glamorosa leyenda de “la tentación rubia” de nalgas turgentes, para contarnos la triste historia del ser humano malherido que se escondía detrás del personaje, Norma Jeane Mortenson, una mujer frágil, atormentada e insegura, sumida desde la infancia en una profunda depresión por una vida de carencias afectivas y abusos hacia su persona, que el consumo excesivo de pastillas, barbitúricos y alcohol no hizo sino agravar, hasta su trágico final por una sobredosis a los 36 años.
Con la polémica servida desde mucho antes de su presentación en el último Festival de Venecia, la película ha llegado esta semana a Netflix y he de decir que a mi no me ha disgustado. Quizá porque entiendo que el reto que el director neozelandés tenía ante sí cuando decidió aceptar este proyecto (producido, entre otros, por Brad Pitt) era mayúsculo (¿cómo contar algo novedoso de quien se sabe ya casi todo?) y porque quienes insisten en despreciar su punto de vista, no pueden ignorar que la leyenda de Marilyn Monroe que ha llegado hasta nuestros días no sólo obedece a su rol de sex symbol consagrado en películas legendarias, como «Niágara» (1953), “Con faldas y a lo loco” (1959), “La tentación vive arriba” (1955) o “Los caballeros las prefieren rubias” (1953), sino que se construye y se sustenta también en el morbo que suscita la trágica biografía de la desdichada mujer que encarnó la leyenda.
A Dominik, un hombre que disfruta desmontando mitos y sacando a flote las miserias humanas, como pudimos comprobar en “El asesinato de Jesse James”, se le acusa acertadamente de un exceso de efectismo, por rodar un biopic brutal y atípico, en el que se incluyen fetos que hablan o planos subjetivos desde el interior de una vagina abierta con fórceps, así como de haber abusado del histrionismo de su protagonista, Ana de Armas (“Blade Runner 2049”, “Sin tiempo para morir” y “Puñales por la espalda”), quien es cierto que aparece hecha un mar de lágrimas en las casi tres horas que dura el (largo)metraje; así como por haber hecho una adaptación selectiva, primando aquellos pasajes de la novela de Oates más truculentos que inciden en la condición de víctima de Norma Jeane, despreciando o pasando por encima de otros más edificantes que la redimirían ante nuestros ojos como una actriz de método, poeta amateur y ávida lectora de Chejov, interesada en prepararse para ser tomada en serio en su profesión; una mujer comprometida con las grandes causas de su tiempo, como el antirracismo que la llevó a plantear al dueño de un conocido pub neoyorquino que dejara cantar allí a su buena amiga Ella Fitzgerald a cambio de que ella acudiese todas las noches al local; o su vinculación con las amistades de su entonces marido, el dramaturgo Arthur Miller (a quien interpreta en la película Adrian Brody), investigado por el FBI y llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes por simpatizar con el comunismo, que a punto estuvo de llevarla a ella misma ante el tribunal presidido por el Senador McCarthy.
Pero, si bien es cierto que “Blonde” obvia algunos de esos y otros asuntos (como las dos violaciones que la actriz sufrió con solo 12 años, cuando las crisis nerviosas de su madre la llevaron a saltar de hogar en hogar de acogida, o su primer matrimonio a los 16 años con James Dougherty, de 21) que sí aparecen en la novela original, el afán de superación de la actriz queda en mi opinión suficientemente esbozado en su decisión de viajar a Nueva York y audicionar para una obra del propio Miller, (quien acabó siendo su tercer y último marido en el periodo de su vida en el que Norma Jeane fue menos Marilyn) y a quien expresamente le manifiesta su intención de prepararse para interpretar papeles de calado en Broadway y así dejar atrás a la falsa rubia tonta de quien los directores, productores y mandamases de los estudios de Hollywood abusaron sexual y comercialmente, como queda explícito también en el filme.
Y es que la «Blonde» de Andrew Dominik pertenece a lo que empieza a ser ya casi un género dentro de una industria caníbal y vampírica que por primera vez se cuestiona a sí misma y es capaz de reflexionar sobre el martirio existencial de aquell@s a quienes termina por hacer picadillo.
En palabras de Mariona Borrull, “tener acceso a la «biografía definitiva» de Marilyn Monroe implica mancillarse del dolor que su sonrisa perfecta nos ha permitido omitir durante tantos años”. “Físicamente nauseabunda, moralmente obscena, cuestionable incluso en algunos de sus pasajes más sensacionalistas: si nos adentramos en las casi tres horas de biografía no autorizada, aceptaremos también ser víctimas colaterales de una violencia insoportable”, escribió sobre la película, durante su estreno en el último Festival de Venecia.
En este sentido, si algo queda claro tras ver la película es que lo que muchos han calificado como la versión MeToo de la historia de Marilyn-Norma Jeane, no es sino un acto de justicia reparadora para con una mujer vulnerable que fue maltratada y abusada, no ya solo por Hollywood, sino casi desde el propio vientre materno.
Con música de Nick Cave y Warren Ellis, dos auténticos genios que, aun manteniendo su esencia sureña, pareciera que juegan a ser el compositor de cabecera de David Lynch, Angelo Baladamenti, contribuyendo a crear una atmósfera tóxica y densa, Dominik nos sumerge en los momentos más íntimos y pesadillescos de la desoladora biografía de la actriz: la dura niñez junto a su madre, Gladys (excepcional Julianne Nicholson), una enferma mental que la culpa del abandono de su amante (un padre que la repudió antes de nacer y al que nunca llego a conocer); la humillante violación en el despacho de “Mr.Z” (David Warshofsky), el poderoso Darryl F. Zanuck, jefazo de los estudios de la 20th Century Fox, quien después de eso le daría entrada en la industria; las brutales palizas de su segundo marido, Joe Di Maggio, la estrella del béisbol de los Yankees de Nueva York, un tipo muy posesivo, violento y celoso interpretado por Bobby Cannavale.
Todo lo cual compone un relato salvaje acerca de una mujer que pasó su corta vida muerta de miedo, intentando desesperadamente escapar del escrutinio público de una sociedad en aquellos años sumamente conservadora que la tachaba de tonta y de prostituta, y de su propio alter ego, un personaje que le fue impuesto para complacer la mirada lasciva de los hombres que la rodeaban y que acabó por destruirla física, moral y emocionalmente. Especialmente revelador resulta el plano de la actriz sentada en el patio de butacas observando su propia imagen en “Los caballeros las prefieren rubias” y diciendo “Yo no soy esa”, con las lágrimas rodando por sus mejillas, o cuando se justifica ante DiMaggio explicándole que «Marilyn sólo existe en la pantalla».
Con un primer acto dedicado a la infancia que adquiere tintes de película de terror cuando la cámara filma en primera persona cómo la propia madre de Norma Jean, una niña de apenas cinco o seis años (Mia McGovern), intenta ahogarla en una bañera de agua hirviendo; y un segundo tramo dedicado a su primera juventud y al menage a trois con sus amigos Cass, (Xavier Samuel) y Eddy (Evan Williams), hijos descarriados de Charlie Chaplin y Edward G. Robinson, quienes se sienten tan huérfanos y abandonados por sus famosos padres como ella… aunque Norma Jeane no renuncie nunca a buscar esa figura -la del padre ausente- en todos sus maridos y amantes, a quienes no casualmente llama «dady» sucumbiendo al complejo de Electra. Sin duda la parte más dura y difícil de digerir es la recta final de la película, donde encontramos ya a una Marilyn totalmente degradada, adormecida y desorientada por el abuso del alcohol y los barbitúricos que apenas distingue los sueños de la realidad.
Con el maquillaje corrido, sostenida en vilo por dos agentes de la CIA que la sacan arrastras de la alcoba del más «cool» y respetado de los presidentes estadounidenses, JFK (Caspar Phillipson), quien la obliga a hacerle una felación mientras habla por teléfono, antes de violarla salvajemente, Marilyn se pregunta a sí misma “¿dónde ha quedado, al final, Norma Jeane?”.
Una de las escenas más impactantes de la película, en la que la bellísima Ana de Armas, sometida a un auténtico tour-de-force al tener que desdoblarse en dos personajes tan antagónicos, pone toda la carne en el asador, al igual que lo hace durante el resto del filme, en el que su expresivo y angelical rostro se hace omnipresente teniendo que interpretar escenas de una enorme dureza emocional. Por no hablar de su gran trabajo físico y corporal, imitando los gestos, posturas y expresiones de la Monroe en escenas míticas por todos conocidas. Lo que (polémicas sobre su acento latino aparte) la convierte en favorita para hacerse con alguna estatuilla la próxima noche de los Oscar´s.
De tendencia caleidoscópica, la fotografía del canadiense Chayse Irvin es sencillamente sublime, haciendo que la icónica actriz resplandezca por igual en el elegante claroscuro del cine noir que en la intensidad del technicolor, o con el grano ligeramente saturado de una imagen de archivo falseada, cambiando a capricho de formato y de ancho de pantalla. En su estética febril, caótica y contradictoria, a ratos producto del propio estado alterado de conciencia del personaje, Dominik incorpora efectos digitales que vuelven irreconocibles a la legión de hombres que rodean a la Marilyn superstar y monstruosos a los fotógrafos que la deslumbran con sus flashes, obligándonos a sostener la mirada ante un mundo masculino aberrante e irracional.
Y es que, sin poder enmarcarse formalmente como una película feminista, tal y como indica Juan Pulgarin en The Objective, la cinta “deja en evidencia al hombre como un depredador, con más o menos tendencias violentas, pero que encuentra en el cuerpo femenino su alimento. Lo cual queda establecido desde la primera entrevista de trabajo de Norma Jeane hasta el último encuentro «amoroso» con el presidente de Estados Unidos. Norma-Marilyn pasa por ser el objeto de deseo de actores de medio pelo, deportistas, escritores y, finalmente, políticos, casi todas las profesiones que en menor o mayor medida los hombres buscan para llenar un ego maltrecho”.
Hasta que, convertida ya en despojo o en juguete roto, convencida de su propia condición fallida: como hija (aunque nunca dejó de visitar en el psiquiátrico a su madre), como esposa (tres veces divorciada) y sobre todo como madre, a causa de los abortos más o menos involuntarios que sufre a lo largo de su vida y que esta película convierte en una de las experiencias más doloras, gráficas e impactantes que se habrán visto en la gran pantalla, los últimos años de la joven actriz se reducen a un compás de espera autodestructivo, encerrada en su casa de Brentwood (California) como un animal solitario y asustadizo, sin poder distinguir las alucinaciones de la realidad, resignada ante una muerte que está ya al caer. Dominik nos propone un epílogo que se asemeja a un réquiem de silencio mortuorio, durante el cual el propio cineasta parece pedir perdón al mito de Marilyn en las palabras que supuestamente le escribe el padre ausente a Norma Jean: «Solo te he conocido en la distancia. Nunca he querido ser cruel».
Título original: Blonde
Año: 2022
Duración: 166 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Andrew Dominik
Guion: Andrew Dominik. Novela: Joyce Carol Oates
Música: Nick Cave, Warren Ellis
Fotografía: Chayse Irvin
Reparto: Ana de Armas, Bobby Cannavale, Adrien Brody, Julianne Nicholson, Evan Williams, Xavier Samuel, Caspar Phillipson, Toby Huss, Sara Paxton, Chris Lemmon, Dan Butler, Garret Dillahunt, Lucy DeVito, Mia McGovern...
Productor: Plan B Entertainment.
Distribuidora: Netflix
Género: Biopic. Drama psicológico. Años 50-60. Cine dentro del cine
Con el espinoso asunto de la legalización de la prostitución y su hipotética función social como telón de fondo y un par de acertadas y oportunas variantes respecto a la edad y el género de lo que tradicionalmente ha sido la parte “contratada” y la parte “contratante” en este negocio, el tercer largometraje de la directora australiana Sophie Hyde, “Buena suerte, Leo Grande”, plantea una oportuna reflexión acerca de la sexualidad femenina, actualizando conceptos y desmontando prejuicios sobre cuestiones espinosas, y por ello largamente ignoradas, como el derecho al disfrute del sexo tras el climaterio, con todos los condicionantes físicos, morales, emocionales e incluso materiales que ello implica y la reconciliación con el propio cuerpo en esa etapa de la vida que llamamos vejez, en la que las carnes se descuelgan, en un contexto social como el actual que prima la estética juvenil y los músculos tonificados.
El camino al placer como fin en sí mismo y a poder mirarse desnudo o desnuda frente al espejo sin sentir vergüenza o rechazo (como logra hacer la protagonista, en una escena que ha dado mucho que hablar), es más difícil de transitar de lo que parece y qué duda cabe de que lo es, mucho más, para la mujer que para el hombre. Pero de eso se trata esta película aclamada en el Festival de Sundance y en la Berlinale: de romper con las inhibiciones y con las convenciones sociales de épocas pasadas que todavía pesan lo suyo.
Siguiendo un esquema teatral remarcado por el hecho de que toda la acción transcurra en un mismo escenario (una impoluta, impersonal y minimalista habitación de hotel, decorada en tonos neutros, donde los protagonistas se encuentran bajo nombres falsos, parapetados tras esa coraza de autoprotección que, en las relaciones en las que están riesgo nuestras emociones o nuestra reputación, otorga el anonimato), la película cuenta la historia de Nancy Stokes, una profesora de ética jubilada que recientemente se ha quedado viuda, con cuyo difunto marido nunca llegó a disfrutar plenamente del sexo.
Durante las varias décadas que duró su matrimonio, Nancy nunca tuvo un orgasmo, nunca dio ni recibió sexo oral, nunca experimentó una vida sexual satisfactoria más allá de una rutina tediosa llevada con católica resignación conyugal, por lo que, a sus 63 años, pese a sus muchos miedos, pudores e inseguridades, decide contratar los carísimos servicios de “Leo Grande”, un trabajador sexual, a través de una agencia de contactos, citándose con él en secreto, en esa habitación de hotel cuya claustrofóbica perfección es, a su vez, reflejo de la propia personalidad de la protagonista, planificada, esquemática y correcta (todo lo opuesto a esa experiencia sexual primitiva y plena que busca experimentar por primera vez) y que, curiosamente acaba convirtiéndose en un lugar de liberación, para darse la oportunidad de conocer y experimentar (previo pago) todo lo que en ese terreno no tuvo oportunidad de vivir en su matrimonio.
A partir de ese sencillo planteamiento, lo que Sophie Hyde y su guionista Katy Brand consiguen es magia pura, gracias a un texto muy cuidado, repleto de diálogos ingeniosos cargados de intencionalidad, con abundantes golpes de humor y situaciones propias de una comedia ligera que funcionan bien, sin restar seriedad al argumento.
Bajo un prisma de naturalidad y sencillez, casi doméstico, la película se construye en base a los estereotipos que durante años han regido las relaciones sexuales entre hombres y mujeres y a las expectativas con las que ambos protagonistas abordan la situación, cuya falta de coincidencia queda de manifiesto cuando Nancy le confiesa a Leo: “Eres la única libertad que he tenido”, mientras éste le dice a ella: “Soy lo que tú quieras que sea”.
No debemos de perder de vista que, lo que para el chico se trata de un trámite rutinario, del que ha hecho su forma de vida, para Nancy supone una situación anómala, un acto de valentía del que íntimamente no termina de estar muy convencida. De ahí que Leo aborde sus encuentros con la profesionalidad propia de un actor que se sabe objeto de deseo y catalizador de fantasías no resueltas, distanciándose de lo que para él no es más que un juego de rol, un personaje inventado en el marco de una transacción comercial que nada tiene que ver con su propia vida; mientras Nancy, en cambio, se empeñe en dotarlos de una pátina de realidad, hablando sin parar, ofreciendo detalles de su propia vida íntima y familiar, e intentando escarbar en la verdadera historia e identidad de Leo en un intento, más o menos consciente, de establecer un vínculo emocional entre ambos, para poder perdonarse a sí misma por contratar los servicios de un prostituto y tener intimidad con alguien a quien no conoce de nada. Algo que, en su fuero interno, sigue siendo una conducta vergonzosa y reprobable. Lo que inmediatamente nos lleva a la pregunta retórica de si sentiría la misma culpa o vergüenza un hombre que contrata los servicios de una chica de compañía o si se comportaría de la misma manera.
Haciendo gala de su excelente tempo cómico y de su gran carisma en pantalla, la oscarizada Emma Thompson vuelve a estar sobresaliente en el que quizá sea su mejor protagónico en toda su dilatada y prestigiosa carrera como actriz dramática. Mientras su compañero de reparto, el irlandés Daryl McCormack, salido de las canteras de la popular serie ‘Peaky Blinders’, no lo está menos en su encarnación del sexy y enigmático Leo Grande, produciéndose una curiosa química entre ambos, no necesariamente de carácter sexual, sino más bien maternofilial.
Como escribe Marta Nebot, en el Diario Público: “lo mejor es verla pelear con sus prejuicios; cómo ve en el joven a su hijo, cómo se siente monstruosa, cómo se pone a cuidarlo por la neurosis de las cuidadoras compulsivas”. Y, finalmente, cómo consigue librarse de ellos transformando su mirada sobre sí misma y sobre el mundo en una mirada más comprensiva y permisiva, y menos compasiva o represiva.
Y es que, al margen de la subtrama familiar (algo forzada) que tiene que ver con Nancy y su relación con sus hijos o con Leo y su madre que lo repudia por dedicarse a la prostitución, la progresión de la película está claramente marcada por la evolución del personaje femenino que llega a relajarse y a reinventarse a sí misma, pasando de la culpa al disfrute y a la valoración del placer como fuente de autoestima y motivación, a medida que adquiere conciencia de su propia libertad de acción y aprende a no juzgar.
Nancy se descubre a sí misma a través de los ojos de Leo, primer hombre que ve en ella a una mujer graciosa, deseable y fascinante y, curiosamente, es solo una vez que lo consigue, cuando puede llegar al clímax del placer sin precisar ayuda de nadie, por sí misma.
Pero, como he dicho al principio, “Buena suerte, Leo Grande” no es solo una película sobre sexo y liberación femenina tras la menopausia, también explora la estigmatización y precariedad del trabajo sexual, aunque en ese sentido es quizá donde el guion de la película se sienta más impostada o se quede más en la superficie, limitándose a esbozar algunos interrogantes que están de rabiosa actualidad en la agenda pública de algunos países europeos, como si es lícito cobrar por satisfacer las necesidades físicas de otros, si existen diferencias entre el modo en que se valora el trabajo sexual femenino y el masculino o si debería ser este un servicio público sufragado por las instituciones. Preguntas que quedan para el debate y la reflexión del espectador, una vez que desaparezcan los créditos de pantalla.
Título original: Good Luck to You, Leo Grande
Año: 2022
Duración: 97 min.
País: Reino Unido
Dirección: Sophie Hyde
Guion: Katy Brand
Música: Stephen Rennicks
Fotografía: Bryan Mason
Reparto: Emma Thompson, Daryl McCormack, Isabella Laughland, Charlotte Ware, Carina Lopes, Les Mabaleka, Lennie Beare
Productora: Genesius Pictures, Cornerstone Films, Align, Searchlight Pictures. Distribuidora: Movistar Plus
Género: Comedia dramática | Prostitución. Sexualidad
No recuerdo en qué lugar leí una vez que, más que para el amor, los seres humanos estamos programados para compartir soledades, pero debe de ser cierto a juzgar por cómo personas malheridas, cuyo corazón y autoestima han resultado gravemente dañados por la arriesgada experiencia de amar, reinciden una y otra vez en el intento de vivir en pareja, incluso resultando tan complicado conciliar mundos tan distintos y distantes, como los de “Ali & Ava” (“los protagonistas más inesperados de una historia de amor imposible”, según se ha escrito en algún portal digital). Personajes cuyos nombres de pila dan título a la cuarta película de la cineasta británica Clio Barnard, presentada en la Quincena de Realizadores de la última edición del Festival de Cannes y nominada a los Premios Bafta de este año, en las categorías de Mejor Película Británica y Mejor Actor Protagonista.
Con pleno dominio de la narrativa del cine de carácter social centrada en la vida de gente sencilla, común y corriente (cuyo máximo exponente en el Reino Unido es Ken Loach), Barnard nos cuenta la emotiva historia de un hombre y una mujer de mediana edad, pertenecientes a distintas etnias que a duras penas conviven en el extrarradio de cualquiera de las grandes urbes europeas de hoy en día. En este caso Londres, donde Ali (Adeel Akhtar), un dj de origen pakistaní reciclado en buscavidas que ocasionalmente ejerce de taxista o de recaudador de alquileres, perteneciente a una familia conservadora a la que no se atreve a confesar que, aunque sigue viviendo bajo el mismo techo que su joven y bella esposa (también de origen indio-bangladeshí), ya no comparten el mismo lecho; y Ava (Claire Rushbrook), víctima de violencia de género, madre de cuatro hijos de distinto padre (uno de ellos skinhead), joven abuela y profesora auxiliar de una escuela pública infantil, se conocen manera casual y entablan una relación de amistad que pronto pasa a mayores.
A simple vista se observa que se trata de dos buenas personas que no tienen casi nada en común, cuyo primer nexo de unión sin embargo es la música que les sirve de catarsis y de refugio emocional ante una vida que no ha sido demasiado benévola con ellos. Aunque, también en eso, se impone la diferencia entre ambos, pues mientras a ella le van el country y el folk de Karen Dalton que la conecta con sus orígenes irlandeses, Alí disfruta con ritmos más contemporáneos, como el punk o el rap, que tienen para el un efecto casi curativo, pues le ayudan a relajarse y a descargar la frustración acumulada, especialmente desde la dolorosa pérdida del bebé que esperaba con su mujer, Runa (Ellora Torchia) y la decisión de esta de separarse de él, un hecho que no termina de aceptar.
Por las rendijas de esta relación de amor adulto, Barnard cuela con sutileza las distintas problemáticas sociales a las que deben hacer frente los habitantes de estos suburbios, pintando un cuadro casi hiperrealista de ese entorno de gente humilde y trabajadora, de clase social baja, en donde la desigualdad social, la ignorancia y la pobreza se convierten en caldo de cultivo del racismo, el odio y la intolerancia y en el que se hace difícil sobrellevar determinados problemas psicológicos, derivados o no del propio estrés que genera el contexto social, como el principio de autismo de Sofía, la hija de los inquilinos eslovacos de Ali, a la que Ava sirve de profesora de apoyo en una escuela pública que visiblemente apuesta por la integración, o el de su amiga y vecina que padece un trastorno bipolar de la personalidad.
Frente a ello, la película quiere ser un canto a la solidaridad y a la aceptación del otro sin reservas, con su cultura, su religión, su presente y su pasado incluidos. Así como un homenaje al concepto más contemporáneo de familia, valiéndose de la música (desde temas de Sammi Smith, The Specials, los Buzzcocks o Bob Dylan, hasta un concierto de piano de Rachmaninoff), como punto de unión y de hermandad de todas las razas, al atribuirle el poder de eliminar las diferencias y crear un lugar de encuentro.
Nacida al norte de Inglaterra, Barnard recuerda cómo cuando era joven, en los años 80, había allí «un racismo muy explícito». «The Specials, un grupo que escuchábamos, eran antirracistas y muy buenos a la hora de reunir facciones con gustos muy diferentes. La ironía es que muchos de los skinheads que eran explícitamente racistas entraron en la música jamaicana y el ska», contaba la directora con motivo de la presentación de la película y, tras verla este fin de semana, no he podido evitar acordarme de la manera en la que los ritmos caribeños de origen afroamericano (la salsa, el merengue, la bachata…) y sus derivadas contemporáneas (el reguetón o el latin trap) se han popularizado en la última década, poniendo a bailar y a inventar coreografías en Tik Tok a millones de fans de origen caucásico alrededor de medio mundo.
La cineasta británica se esmera en convencernos de que la música puede acercarnos a una cultura desconocida y ayudarnos a vencer así los prejuicios y las barreras del rechazo. Aunque mucho me temo que el problema del racismo hunde sus raíces mucho más profundo, pues detrás de él se esconden en realidad actitudes clasistas, que es lo que hace que no reciba el mismo trato un rapero negro multimillonario que un africano del “top manta”.
Con todo, “Ali & Ava” es una película bien contada y bien intencionada, que habla con inteligencia y delicadeza de las complejidades de la vida, de los prejuicios, los desequilibrios mentales, la violencia y el desarraigo de ese duro mundo de extrarradio en el que la inmigración juega un papel predominante y de las dificultades de volver a enamorarse a cierta edad, de cómo surge el afecto y el deseo entre dos personas adultas de razas y etnias diferentes que ya llevan una vida con algunas cicatrices y responsabilidades a sus espaldas, con lo que ello implica de renovada ilusión por tener una nueva oportunidad en el amor y de temor ante la posibilidad real de sufrir un nuevo fracaso.
Las magníficas actuaciones de sus protagonistas, Akhtar y Rushbrook (dos excelentes intérpretes normalmente condenados a roles secundarios), que lo dan todo a nivel expresivo y la cautivadora química entre ambos son, en este sentido, sin duda lo más destacable de esta, quizá ingenua, pero honesta, tierna y compasiva historia de amor romántico.
Título original: Ali & Ava
Año: 2021
Duración: 95 min.
País: Reino Unido
Dirección: Clio Barnard
Guion: Clio Barnard
Música: Harry Escott
Fotografía: Ole Bratt Birkeland
Reparto: Adeel Akhtar, Claire Rushbrook, Ellora Torchia, Shaun Thomas, Natalie Gavin, Mona Goodwin, Krupa Pattani, Vinny Dhillon, Tasha Connor, Macy Shackleton
Productora: BBC Films, BFI Film Fund, Moonspun Films
Género: Drama romántico.
Figura desde hace algunas semanas, en el catálogo de Netflix, la película “The Post” (en español, “Los archivos del Pentágono”). Un canto (o más bien una nostálgica elegía) a la libertad de prensa, cuyo hilo argumental atañe a cuestiones históricas, políticas, periodísticas y jurídicas que tienen que ver con el hermetismo del poder y con su capacidad para restringir o impedir el acceso al conocimiento de las actividades que llevan a cabo los organismos y altos funcionarios del Estado, declarándolas “materia reservada” en aras a preservar la seguridad nacional.
Un tema de rabiosa actualidad, que las deficiencias de una legislación anticuada y su necesidad de reforma han vuelto a poner de relieve en la agenda pública española, debido a un anteproyecto de Ley que (no de forma inocente) el Ejecutivo ha dado a conocer en los distraídos meses de verano y que fija sanciones de hasta tres millones de euros para aquellos medios que se atrevan a publicar o difundir el contenido de documentos clasificados de “alto secreto, secreto oficial, confidencial o restringido”, en el marco de sus investigaciones periodísticas.
El asunto tiene su miga pues por todos es sabido que el derecho a informar y a ser informado vive en constante tensión con los intereses de los gobiernos de turno, pero nunca en la historia de la democracia española (ni en ninguna otra) un gobierno se había reservado el derecho a sancionar “a discreción” a aquellos medios o profesionales que divulguen secretos oficiales con multas millonarias que, solo a posteriori, podrán ser recurridas ante la Justicia. Lo que constituye un ataque inédito a la libertad de prensa que este gobierno pretende sacar adelante, en ausencia de un debate serio sobre la propia legitimidad de los secretos de Estado y sus excepciones, el cual se nos ha hurtado a los ciudadanos españoles desde el proceso constituyente mismo, reservándose el Poder Ejecutivo el derecho a decidir qué es confidencial y qué no lo es, con el pretexto de no interferir en asuntos que ponen en riesgo la seguridad de la Nación.
Hasta ahora, los periodistas y sus editores dormían relativamente tranquilos sabiendo que el acceso más o menos ilícito a informaciones reservadas y las consecuencias jurídicas y/o económicas de tales sustracciones y su publicación, eran dirimidos por los tribunales de Justicia, con todas las prerrogativas de un sistema garantista (teniendo en cuenta temas propiamente periodísticos, como el derecho a la no revelación de la identidad de las fuentes o el alcance e influencia del avance tecnológico en la forma en la que se obtiene y se difunde hoy la información) pero, de ser aprobada esta ley en el Parlamento, el Gobierno de España asumirá un papel sancionador que a todas luces no le corresponde, lo que puede interpretarse como un intento de coacción que hará que los medios se autocensuren (más si cabe de lo que ya lo hacen) al informar sobre lo que ocurre en el inframundo de las cloacas del Estado.
De ahí que el visionado de la película dirigida en 2017 por Steven Spielberg resulte tan oportuno como esclarecedor. Como periodista y aficionada al cine recomiendo verla, no solo para deleitarnos con las actuaciones de dos de los mejores intérpretes de nuestra era (la inigualable Meryl Streep, en el papel de Katharine Graham (1917-2001), propietaria de la empresa editora de The Washington Post, y Tom Hanks, en el de su jefe de redacción, Ben Bradlee), sino porque la película ofrece todas las claves éticas y deontológicas del caso, a partir de una crónica sobre las tensiones internas que precedieron a la decisión de este diario de publicar, en 1971, documentos reservados sobre la implicación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam, entre 1945 y 1967, un proceso político, periodístico y judicial que acabó sentando jurisprudencia a nivel internacional sobre el derecho de la gente a estar informada y sobre la naturaleza estratégica de la libertad de informar.
Dicho de otra forma. Si en las democracias occidentales los ciudadanos hemos gozado de ambos derechos hasta ahora se lo debemos, en buena medida, a la valentía de periodistas vocacionales como Ben Bradlee y a la templanza de editores como la señora Graham, protagonistas de esta película cuyo argumento se extrae directamente de los libros de Historia.
Por ofrecer un poco de contexto, quizá convenga recordar en qué circunstancias se produce la intervención militar de los Estados Unidos en el sudeste asiático donde, desde finales de los años cuarenta, Francia veía peligrar el dominio de sus colonias y le resultaba casi imposible conjurar el avance comunista. Las fuerzas de liberación nacional de Vietnam no le estaban poniendo las cosas fáciles. De ahí que solicitase la ayuda de su aliado estadounidense sin que, transcurridos veinte años de durísima contienda, nadie en Washington tuviese ya claro si lo que procedía era mantener sus tropas desplegadas en Vietnam o disponer de un plan de evacuación que fijase cómo y cuándo salir de lo que se había convertido en un atolladero infernal.
Robert McNamara (Bruce Greenwood), Secretario de Defensa del presidente Lyndon Johnson, decide solicitar entonces a una treintena de académicos un informe sobre las razones por las que su país se había implicado en las escaramuzas (al principio de carácter civil) entre los habitantes de Vietnam del Sur (con capital política en Saigón, gobernada por una casta de políticos corruptos sostenidos desde Washington como “el mal menor”) y los rebeldes guerrilleros independentistas del Vietcong, Vietnam del Norte, desde cuya capital, Hanoi, se expandía el poder personal de un líder de implacable obstinación estalinista, llamado Ho Chi Minh, quien contaba con el respaldo de China y de la Unión Soviética. .
El informe ordenado por McNamara debía recoger los distintos planes y estrategias de asesoramiento a los sucesivos presidentes estadounidenses –Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson…– por parte de los Generales del Pentágono, así como los informes de inteligencia e instrucciones presidenciales a lo largo de esas dos décadas, para dilucidar por qué los Estados Unidos se hallaban en esa aciaga encrucijada de la Historia.
Como presidente de la empresa Ford, McNamara había sido uno de los prebostes de la industria automovilística de su país y, en su nueva posición de responsable de Defensa, se ve que intentaba aplicar los mismos métodos de medición de calidad para indagar sobre los errores estratégicos en la conducción de la guerra. Se preguntaba si aquellos presidentes habían tenido claro en qué lío se estaban metiendo y lo que estaba ocurriendo, según escribió más tarde en sus memorias, o si habían actuado de manera irresponsable, parapetados tras una “conveniente” política de secretos militares. Y es que la gravedad del asunto no era para menos.
La Guerra de Vietnam (parte sustancial de la antigua Indochina, junto con Laos y Camboya, trágicamente bombardeadas con napalm) diezmó a toda una generación de jóvenes estadounidenses. En total, las bajas sobrepasaron el millón de hombres. Más de 55.000 soldados fueron abatidos y muchos regresaron a casa desfigurados, sin brazos o sin piernas. Por no hablar de los que perdieron la cabeza por las drogas y estimulantes que sus mandos les hacían consumir para exacerbar su ardor guerrero y su instinto asesino, ni de los que se suicidaron al no conseguir superar el trauma del horror vivido durante una lucha brutal y sanguinaria, en la que el ejército estadounidense lanzó más bombas de las que había disparado durante toda la Segunda Guerra Mundial.
En 1968, en pleno apogeo de la contienda, los Estados Unidos tenían desplegados sobre el terreno medio millón de soldados, jugándose el tipo en medio de la jungla, entre los húmedos manglares que el enemigo dominaba, teniendo que sortear toda clase de trampas, laberintos infranqueables y sofocantes túneles cavados bajo la espesa vegetación; mientras, en casa, la opinión pública norteamericana, jaleada por el pacifismo del movimiento hippie, empezaba a dar muestras de cansancio y repulsa ante un conflicto bélico cuyas causas no llegaba a comprender y mucho menos a compartir, como quedó de manifiesto en la legendaria edición del Woodstock de ese año.
Para la primera presidencia de Richard Nixon (1969-1974), la reconstrucción histórica encargada por McNamara estaba terminada. En total eran 47 volúmenes, 7.000 páginas (3.000 de análisis histórico y 4.000 documentos oficiales) de cuyo original se extrajeron varias copias, pese a que en la película solo se habla de la que se guardaba en los archivos de la Rand Corporation, un think tank encargado de la coordinación y custodia del trabajo.
Uno de los expertos que había colaborado en la elaboración del exhaustivo informe era Daniel Ellsberg (Matthew Rhys), un ex militar graduado en Economía por las universidades de Harvard y Cambridge, entre cuyos méritos académicos destacaba su interés por la “teoría de la decisión humana” y, más en concreto, sus disertaciones acerca de cómo influyen factores como la incertidumbre, la desinformación y la ambigüedad, a la hora de asumir determinadas posturas y tomar ciertas determinaciones. Consideraciones que abundaban en los papeles del Pentágono que Ellsberg extrajo, de forma subrepticia, con la ayuda de Anthony Russo (un ex empleado de la Rand Corporation), utilizando las claves que le habían confiado, y que se tomó la molestia de fotocopiar, tomo a tomo, durante meses, en la máquina Xerox instalada en las oficinas de una pequeña agencia de publicidad, llegando a estremecer a Washington con las revelaciones de su contenido.
En palabras de José Claudio Escribano, en La Nación: “si Ellsberg era un lunático, como afirmaban quienes lo maldijeron por la filtración de secretos de Estado, al menos era un lunático ilustrado”. Se había especializado en la psicología de los procesos de resolución de conflictos y, al apoderarse de los papeles del Pentágono y enardecer con su divulgación las críticas contra la guerra, como poco dejaría una impronta en la historia de los Estados Unidos.
Tanto él como Russo comulgaban con los movimientos contestatarios de la época. Los unía la convicción cívica de que varios presidentes, y en particular Johnson, habían mentido a la ciudadanía sobre temas de enorme trascendencia y calado institucional, y debían de pagar por ello. Como ejemplo, los bombardeos en zonas rurales de Laos y Camboya, en cuyos límites con Vietnam se desplazaba el enemigo, se habían realizado como misión encubierta llegándose a experimentar por primera vez con armas químicas, extremo que nunca se dio a conocer a la prensa ni al Congreso de los Estados Unidos. Por lo que ambos resolvieron realizar una denuncia pública que revelara la trama oculta de una guerra comandada en serie por varias presidencias consecutivas.
El primer diario al que Ellsberg intentó vender sus informes robados fue The New York Times, contactando a un viejo conocido suyo, el reportero Neil Sheegan, por recomendación de uno de los dos senadores (William J. Fulbright, presidente de la influyente Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, cuyo apellido da nombre a las famosas becas; y George McGovern, el candidato del Partido Demócrata a quien Nixon aplastaría en las elecciones de 1972), ambos con credenciales de incuestionable militancia liberal, a los que inicialmente acudió para que le ayudasen a divulgar el contenido de los documentos. Los dos se excusaron tras evaluar la naturaleza de la filtración y los riesgos políticos y legales del caso. Pero se sabe que fue McGovern quien sugirió a Ellsberg llamar a las puertas del Times.
De hecho fue ese periódico, y no el Post, quien dio la primicia adjudicándose el Premio Pulitzer por la publicación de los papeles del Pentágono (lo cual no desmerece el comportamiento ejemplar de Graham y Bradlee, cuyos nombres adquirieron relevancia mundial con las posteriores revelaciones sobre el caso Watergate). Un equipo de redactores y abogados los examinaron minuciosamente durante tres meses, encerrados en una suite del Hotel Hilton de Nueva York. Y, solo al final de tan concienzuda tarea, la dirección del periódico autorizó la publicación del material recibido, en sucesivas ediciones que comenzaron a ver la luz en junio de 1971, a condición de que ninguna palabra arriesgara vidas u operaciones militares en curso.
Ellsberg facilitó las cosas en ese sentido, pues se guardó tres o cuatro volúmenes en los que se mencionaban negociaciones secretas sobre intercambio de prisioneros. Pero el presidente Nixon contraatacó ordenando al fiscal general, John Mitchell, que actuara de oficio contra el Times por violación de la Ley de Secretos de Estado y Seguridad Nacional y un tribunal federal ordenó al periódico neoyorquino el cese de las publicaciones, ante lo que sus dueños apelaron a la Corte Suprema de Justicia, mientras los papeles del Pentágono llegaban al Washington Post y a otros diecisiete diarios, cuyos editores y responsables de redacción se vieron de pronto ante una encrucijada histórica: ¿qué hacer cuando una empresa periodística que se ha abierto a la cotización bursátil recibe presiones de abogados, accionistas y funcionarios de primer nivel gubernamental, para callar lo que el instinto profesional y la ética ciudadana indican que debe darse a conocer; cuando tiene uno la oportunidad de grabar su nombre con letras de oro en la Historia haciendo lo que es debido y cuando sus editores pueden sufrir hasta penas de cárcel por ello?
El Times ya había hecho su apuesta: “Todas las noticias que sean dignas de imprimirse deben darse a conocer”. Publicar o no publicar, se convierte a partir de ese momento en el centro de la cuestión para el resto de sus competidores.
Tras unos días de indecisión e inseguridad (que constituyen el corazón de la película de Spielberg) la señora Graham decidió ponerse del lado correcto de la Historia dando luz verde a la publicación de lo que a priori parecía impublicable. Una decisión valiente a la que no tardaron en sumarse otros diarios. Lo que produjo un giro inesperado de los acontecimientos.
En solo unos días, la Corte Suprema de Justicia declaró, en el caso de “The New York Times Company vs. United States”, que “es lícita la publicación de documentos oficiales referentes a la política militar desarrollada con motivo de una guerra, a menos que se acredite que el medio de prensa ha incurrido en un acto de espionaje para obtener dicha información”. Pero quizá lo más llamativo de la sentencia, a los efectos que por estos lares nos ocupan, sea lo que escribió uno de los seis jueces que apoyaron la resolución judicial frente a los tres que votaron en contra: “cuando todo es secreto, nada lo es”.
La resolución del caso de los papeles del Pentágono constituye una notable reválida de la primera enmienda de la Constitución estadounidense de 1787 y de su potestad para asegurar la libertad de prensa e impedir cualquier intento de censura previa, que Steven Spielberg decidió poner en valor con esta película estrenada (no de forma casual) en el año 2017, nada más acceder a la presidencia Donald Trump.
Se trata de un drama sólido, técnicamente impecable, con cierto exceso de monólogos solemnes, como todo lo que esta especie de «cronista-entertainer» acostumbra a rodar.
En la línea de “El puente de los espías” (estrenada dos años antes) y de casi todas sus películas, el director estadounidense insiste en la exaltación de los valores americanos, que no son sino los viejos ideales de la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad) y el deber cívico del individuo por preservarlos, tocando las mismas cuerdas emotivas para abordar otro de sus mitos: la lucha del héroe contra la adversidad, consciente de que buena parte del atractivo de estas historias procede del mito de David contra Goliath (sólo que en este caso la batalla se libra en la arena de la información y el periodismo de investigación).
La dueña del Post, Kay Graham es un pequeño David provisto apenas de un tirachinas: la empresa periodística que ha heredado en su condición de viuda (un pequeño diario local con problemas económicos que persigue cierta notoriedad nacional y lucha por competir en la misma liga del todopoderoso New York Times).
Se trata de una mujer insegura enfrentada a su tiempo, lanzada al ruedo de la industria mediática por la inesperada muerte de su marido y menospreciada por los hombres de traje oscuro que la rodean, quienes dudan de su capacidad para regentar un periódico casi tanto como lo hace ella misma. Lo que no es de extrañar, teniendo en cuenta el rol que la sociedad norteamericana de la época reservaba a la mujer burguesa. Nada mejor para ilustrarlo que la escena en la que la madre y la hija de Bradlee (Sarah Paulson y Austyn Johnson) ponen “su granito de arena” llevando limonada y pastas de té a los periodistas que trabajan a destajo en su salón, intentando unir las piezas de un complicado puzzle con miles de papeles desperdigados.
El personaje de Hanks, en cambio, representa la astucia y el arrojo del periodista de raza. Un veterano sabueso dispuesto a jugársela en la defensa de la libertad de expresión. Al igual que el reportero Ben Bagdikian (inmenso Bob Odenkirk) quien protagoniza las mejores secuencias del filme con sus escaramuzas para conseguir los papeles y sus contactos con el inframundo de “gargantas profundas” que conectan directamente con el cine de Pollack, Lumet y Pakula.
Si en la historia del séptimo arte, las películas sobre periodismo han representado tradicionalmente a sus profesionales como paladines de la democracia o como individuos moralmente cuestionables, está claro que Ben Bradlee (Tom Hanks) y Ben Bagdikian pertenecen a la primera categoría, la de los héroes que pretenden influir y cambiar el panorama social y político, tomando complejas decisiones con las mangas de camisa arremangadas, en medio de una nube de humo de tabaco y el bullicio incesante de una sala de redacción en la que no paran de sonar los teléfonos, estremecida por una especie de terremoto que hace vibrar todo el edificio cuando la imprenta se pone en marcha al cierre de la edición.
Teniendo en cuenta que el Post fue el encargado de destapar años después el escándalo del Watergate, hay quien ha dicho que “Los archivos del Pentágono” bien podría ser una precuela de “Todos los hombres del presidente” (1976). Un filme que bebe de las mismas fuentes de la célebre “Primera plana”, de Billy Wilder, en la medida en que mira con nostalgia a esos tiempos, ya lejanos, de esa prensa escrita que se nutría de los chivatazos de fuentes secretas contactadas en cabinas de teléfonos públicos que funcionaban con monedas (una de las secuencias más bellas de la película, casi coreográfica, es la que sigue el proceso de impresión y empaquetado del periódico para su distribución).
En este sentido, más que una palmadita en la espalda a la profesión, se diría que la película es una elegía a los héroes de la sala de redacción y un necesario recordatorio del verdadero propósito y utilidad de quien se dedica a informar, que peca de sentimentalismo, sobre todo hacia el final, debido a la forma en que la música enfatiza ciertas escenas, lo que ya es un sello de autor tratándose de Steven Spielberg (a las lágrimas derramadas durante el final de “El imperio del Sol” o “La lista Schindler” me remito).
El núcleo central de la trama está compuesto por una serie de decisiones que el director envuelve en un clima de suspenso y de urgencia, materia prima de un oficio vibrante, como es (o debe ser) el periodismo, apoyándose en una cámara inquieta, que se desplaza por la redacción con una mezcla de curiosidad, vértigo y aplomo, como si de un asistente editorial que asoma la cabeza a las salas de juntas donde se toman las grandes decisiones se tratara.
Esa tensión creativa y el bonito detalle de otorgar reconocimiento a cada uno de los miembros del engranaje que permite sacar a la luz una exclusiva periodística de semejante dimensión y calado (reporteros, editores, departamento legal, accionistas, dueños, trabajadores de la imprenta, informantes, periódicos de la competencia) es algo que no suele verse en otras cintas del género y que le da una nueva perspectiva a “The Post”, con la que Spielberg envía un mensaje inequívoco: el de que la verdad y las palabras aún tienen el poder de cambiar al mundo.
No sé si Ellsberg y Russo llegaron a tanto. Pues, a pesar del escándalo que dejó al descubierto que el gobierno de Nixon sabía que la Guerra de Vietnam era una causa perdida, este siguió enviando soldados a morir al menos durante cuatro años más, hasta abril de 1975, cuando las fuerzas norteamericanas se retiraron para no volver, mientras los comunistas asumían el control del territorio, en el marco de la Guerra Fría. Pero es un hecho documentado que, pese a que ambos afrontaron imputaciones por robo de documentos, conspiración y espionaje, la Justicia acabó sobreseyendo la causa, a consecuencia de que el gobierno de Nixon y la Fiscalía General habían cometido contra ellos no menos delitos de prevaricación, supresión de pruebas, ocultamiento de testigos y obstruido, en suma, el proceso.
En cuanto al papel y motivación de los informantes, en los últimos años se ha escrito bastante sobre la diferencia entre un leaker (“garganta profunda” o soplón al uso, como Daniel Ellsberg quien, a sus 91 años, vive en California junto a su segunda mujer convencido de que hizo lo mejor por su país) y un hacker experto en quebrantar sistemas de seguridad informática, como Edward Snowden, analista de sistemas de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos refugiado en Rusia por haber divulgado documentos de Estado de Alto Secreto, a quien Ellsberg mostró su apoyo en un artículo publicado en el británico The Guardian, en 2013. O el creador de WikiLeaks, el australiano Julian Assange, pendiente de deportación tras años de encierro en la embajada de Ecuador en Londres, por sacar a luz 250.000 documentos clasificados sobre la guerra de Irak y Afganistán. Pero en esencia todos tienen en común la intención de revelar lo que está oculto, algo para lo que el periodismo suele ser útil.
Pero las cosas nunca son tan fáciles, ni los caminos tan rectos como en los mapas. En ocasiones es preciso que David desafíe a Goliat y a los que nos quieren amordazar, para defender lo que tanto ha costado asegurar.
Título original: The Post
Año: 2017
Duración: 116 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Steven Spielberg
Guion: Liz Hannah, Josh Singer
Música: John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
Reparto: Meryl Streep, Tom Hanks, Bruce Greenwood, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Sarah Paulson, Matthew Rhys, Alison Brie, Carrie Coon, Jesse Plemons, Bradley Whitford, David Cross, Michael Stuhlbarg...
Productora: Amblin Entertainment, DreamWorks SKG, Pascal Pictures, Participant Media. Distribuidora: 20th Century Fox.
Género: Drama. Periodismo. Basado en hechos reales