LA EXCAVACIÓN

“Los arqueólogos somos como detectives de la Antigüedad. Investigamos el pasado de las civilizaciones perdidas para tratar de reconstruir su memoria y su cultura antes de que se disipen para siempre entre las brumas del tiempo”, decía un personaje de una de las novelas de José Vicente Alfaro (fenómeno de ventas por su primera novela “La esperanza del Tíbet”). Exactamente el mismo espíritu que anida en los personajes de «La excavación», uno de los últimos estrenos de Netflix que, pese a no ofrecer una acción trepidante ni un carrusel de emociones fuertes, ha debutado con buen pie en el catálogo de la plataforma de streaming con mayor número de visitas.

Se trata, por el contrario, de una película sosegada y melancólica, de esas a las que el cine costumbrista británico suele ser tan aficionado, que narra -sin darse demasiadas prisas- una historia basada en hechos reales: el descubrimiento del famoso barco funerario de Sutton Hoo bajo uno de los montículos de tierra situados en una granja de propiedad privada, junto al río Suffolk, durante los albores de la II Guerra Mundial. Seguramente el hallazgo arqueológico más importante de la cultura anglosajona, a decir de los expertos.

El guión es una adaptación de la novela homónima de John Preston, “The Dig”, si bien Moira Buffini se toma algunas licencias que terminan desviando innecesariamente la atención del motivo real de inspiración del relato, que no es otro que el de la bendita corazonada que impulsó a Edith Pretty (etérea, Carey Mulligan), una joven viuda terrateniente, convencida de que bajo su propiedad existía un tesoro que debía ser desenterrado, a contratar para tal empresa a Basil Brown (enorme y convincente, como siempre, Ralph Fiennes, casualmente oriundo de Ipswich, capital del condado de Suffolk, en uno de sus innumerables registros interpretativos), un apasionado arqueólogo autodidacta de la localidad, igualmente aficionado a la astrología, quien no cejará en el empeño hasta dar con el oro de Sutton Hoo. Y todo ello en un momento histórico en el que la guerra se cierne como un ominoso presentimiento de fatalidad remarcado, cada cierto tiempo, por el paso de los aviones de combate que sobrevuelan la comarca, preparándose para la ineludible contienda.

Unidos por la misma ilusión y un objetivo común que por momentos parece crear entre ellos un vínculo casi familiar y tal vez el velado deseo de que la relación laboral trascienda hacia un plano más íntimo, la Sra. Pretty y el Sr. Brown son como esas almas gemelas que, pese a su proximidad física, están condenadas a no encontrarse o hacerlo a destiempo. Un afecto no resuelto en el plano romántico, truncado por las circunstancias del matrimonio de él y el frágil estado de salud de ella, que sin embargo se sublima con la amistad y la lealtad mutuas.

He ahí -en esa contención sentimental, emocional y sexual- donde radica, desde mi punto de vista, el mayor atractivo de la película de Simon Stone y no tanto en las tramas secundarias a las que se presta atención después, con la aparición de otros personajes, como el irrelevante grupo de catedráticos y arqueólogos del British Museum, que quieren apropiarse del yacimiento y arrebatar el mérito de la excavación a Brown -a quien consideran un paleto aficionado- una vez que se hace de dominio público la relevancia de su descubrimiento, en el que destaca la presencia de una mujer, Peggy Preston (personaje inspirado en la propia tía del autor de la novela, John Preston, quien a los 25 años era ya una reconocida arqueóloga y prehistoriadora británica, especialista en hallazgos, si bien la película parece obviar ese hecho).

Pese a los mejores esfuerzos de Lily James, el personaje de Peggy sin embargo no llega a despuntar, aún teniendo todos los elementos dramáticos para ello: joven arqueóloga que lucha por hacer carrera en un medio dominado por hombres y mujer insatisfecha, a la vez; recién casada con un colega incapaz de consumar su matrimonio, de quien descubrirá que le oculta su verdadera condición homosexual, arrojándose de manera un tanto gratuita -yo diría que como concesión comercial de la película- a los brazos del primo de Edith, a quien acaba de conocer.

Como en el caso de “El inglés que subió una colina pero bajó una montaña” y otros muchos largometrajes donde los ingleses han sabido poner en valor su vocación exploradora y su contribución a la arqueología y a las ciencias geográficas, no hay duda de que “La excavación” goza de una manufactura visual impecable.

Pero insisto en que, su principal valor no reside tanto en lo bien ambientada que está, ni en la fotografía de ensueño que utiliza para retratar la campiña británica, con sus bucólicos atardeceres ocres y sus repentinas tormentas torrenciales, sino en la entereza y determinación de sus personajes principales, seres humanos con grandes dosis de resiliencia, curiosidad infinita y un ferviente deseo de dejar un legado trascendente para las generaciones futuras. Desde la Sra. Pretty, a quien el tiempo se le agota en esta tierra, aquejada de una insuficiencia cardíaca letal; hasta su pequeño hijo, Robert, resignado a dejarla marchar de este mundo, pero decidido a que lo haga sin la angustia de saber qué será de él. O el propio Sr. Brown, laborioso y concienzudo autodidacta, determinado a acabar su trabajo aunque tenga que renunciar al mérito por no poseer una titulación académica y su discretísima mujer, May (Mónica Dolan), un personaje que pasa algo desapercibido y que, sin embargo, tiene una importancia capital, dando una verdadera lección de confianza marital y de amor incondicional al permitir a su marido la libertad para llevar a cabo su trabajo con total entrega y saber ser su acicate y su sostén en los momentos en los que la vocación flaquea.

El verdadero Basil Brown
Título original: The Dig

Año: 2021

Duración: 112 min.

País: Reino Unido

Dirección: Simon Stone

Guión: Moira Buffini (Basada en la novela de John Preston)

Fotografía: Mike Eley

Reparto: Carey Mulligan, Ralph Fiennes, Lily James, Johnny Flynn, Ben Chaplin, Ken Stott, Monica Dolan, Arsher Ali, Joe Hurst, Paul O'Kelly, Eileen Davies, James Dryden, Chloe Stannage, Kate Margo, Kevin Nolan

Compañías: BBC Films, Clerkenwell Films, Magnolia Mae Films, Netflix

Género: Drama. Biográfico. Años 30

MA RAINEY’S BLACK BOTTOM Y DA 5 BLOODS

“Espero servir siempre a mi raza y a la industria cinematográfica. Dios los bendiga”. Ha llovido casi el diluvio universal desde que Hattie McDaniel, pronunciara estas sentidas palabras al recibir un Oscar en 1939, por su entrañable papel de Mammy en “Lo que el viento se llevó”, sin que se le permitiera asistir a la ceremonia de entrega de los premios, por ser una actriz de raza negra.

Una situación que sería impensable hoy, y no sólo porque la gala de este año vaya a ser virtual, sino porque los vientos de alivio que soplan en Hollywood tras el desalojo de Trump de la Casa Blanca (ya es casualidad que se llame así) y el poderoso influjo de las encendidas consignas de #blacklivesmater, han hecho girar las tornas justo en sentido contrario.

En honor a la verdad, la reivindicación racial se hizo presente en los célebres premios, ya desde 2016, cuando el director y activista SpikeLee, uno de los cineastas afroamericanos más influyentes (quizá el que más) de Hollywood y la actriz Jada Pinkett Smith decidieron boicotear la gala de aquel año, al saber que solo había un actor negro nominado.

Bajo el slogan de #OscarSoWhite iniciaron entonces una movilización que se quejaba de la invisibilidad de los actores de raza negra, poniendo en evidencia que, en las dos últimas ediciones, cuarenta actores habían sido nominados para ganar la preciada estatuilla y ninguno de ellos era de piel oscura.

Y a la vista está que su llamado de atención surtió efecto. Pues las sucesivas ceremonias de entrega que ha habido desde entonces han estado marcadas por la presencia y homenaje al talento de una pléyade de actores, actrices, directores, productores y demás gentes del cine de origen afroamericano. Tendencia que ha ido en aumento y que algo me dice que alcanzará su apoteósis en la gala de este año, que se perfila ya como un potente revival de la defensa de los derechos civiles de los negros y la integración racial, frente a quienes aún abanderan la supremacía blanca en USA.

Y ello por razones obvias. A la espera de conocer la lista definitiva de los nominados el 15 de marzo, no hay más que echar un vistazo a la producción cinematográfica del pasado año en aquel país, para notar que ha estado marcada por el clima de opinión generado tras el asesinato del negro George Floyd a manos de la policía blanca de Trump, suceso que desató una oleada de violentas protestas callejeras y supuso la aparición en escena de Black Lives Mater.

Bajo ese vigoroso paraguas racial reivindicativo, se cobijan dos películas que suenan muy fuerte para hacerse con algún galardón la noche de autos, ambas producidas y distribuidas por el gigante del streaming Netflix, como casi todo el cine en tiempos de la Covid.

Hablo de «Da 5 bloods» (último trabajo de Spike Lee) y de «Ma Rainey’s Black Bottom«. Dos producciones que, aun abordando temáticas distintas, hablan el mismo idioma.

En el primer caso, se trata de una oda a la amistad y la lealtad entre hermanos de raza y de armas, protagonizada por un grupo de veteranos de guerra negros que lucharon juntos en Vietnam, sin que su sacrificio se viera después recompensado por una sociedad que los sigue discriminando por el color de su piel.

Paul (Delroy Lindo, uno de los posibles candidatos a una nominación), Otis (Clarke Peters), Eddie (Norm Lewis) y Melvin (Isiah Whitlock Jr.) vuelven a Saigón, cuarenta años después, para buscar los restos del líder de su escuadrón, Norman (memorable, Chadwick Boseman), una especie de Malcom X caído en combate, y recuperar de paso un tesoro en lingotes de oro que escondieron en la selva, decididos a repartírselo en compensación a los servicios prestados al Tío Sam.

Al margen de los delirios tragicómicos que desata la fiebre del oro en sus pintorescos protagonistas (psicológicamente devastados por la experiencia bélica) y que motivan la trepidante acción de la película, Spike Lee vuelve a utilizar su obra cinematográfica para honrar a su raza y rendir un homenaje a algunos de sus referentes más representativos, como Mohamed Ali o Areta Franklin, a quienes se nombra casi a modo de sagrada invocación, así como a otros héroes negros menos conocidos para el gran público, como Milton Olive, un soldado que, a los 18 años, sacrificó su vida para salvar a su escuadrón, al saltar sobre una granada activa sofocando con su cuerpo la explosión; o Crispus Attucks, probablemente un esclavo fugitivo de procedencia africana, de quien poco se sabe, a excepción de que fue el primer mártir de la Revolución Americana, asesinado durante la Masacre de Boston.

A ellos se refiere el malogrado Norman, cuando decide esconder el tesoro encontrado de manera fortuita durante la contienda, a modo de indemnización, lanzando la siguiente soflama: “Nosotros fuimos los primeros en morir por nuestra bandera. Hemos muerto por el país desde el principio, esperando que nos dieran el sitio que nos corresponde, pero lo que nos dieron fue una patada el culo. Nuestro país nos lo debe. Nosotros lo creamos. Embarguemos este oro por todos los soldados negros que nunca volvieron a casa, los hermanos negros de nuestra madre África, llevados a Jamestown (Virginia), en 1619. Le daremos este oro a nuestra gente”.

No será la única. Spike Lee se hace cargo de la rabia de su gente en un momento histórico especialmente convulso, comparándola con la de aquel en el que se produjo el asesinato de Martin Luther King, e intenta contenerla, con un diálogo que parece dirigido a quienes, tras el asesinato de Floyd, daban rienda suelta a su ira en las calles de Estados Unidos y de medio mundo.

La escena tiene lugar cuando los cinco soldados se enteran, en plena selva, del asesinato del Dr. King: “Los negros son solo el 11% de la población estadounidense, pero entre las tropas de Vietnam sois el 32%. Soldados negros. ¿Es justo servir al país, más que los blancos que os han enviado aquí?”, emponzoña la locutora de la radio oficial de Saigón, intentado minar la moral de la tropa enemiga.

“Los putos blancos se han pasado. La biblia dice ojo por ojo y diente por diente. Hay que matar a algún blanco, nuestros hermanos están quemando cosas en casa”, vociferan Paul, Otis, Eddie y Melvin, presos de la indignación. A lo que su mesiánico jefe de batallón (o el propio Spike Lee) contesta, intentando apaciguar los ánimos: “Estáis hablando del Dr. King. Un hombre de paz. Yo estoy igual de cabreado. Tenemos derecho a estarlo, pero somos hermanos. Que no usen nuestra rabia contra nosotros. Nosotros la controlamos. Lo que queréis hacer ahora no va a cambiar nada. Así que dejad esa rabia. Es una orden”.

Una rabia a la que sí sucumbirá, en cambio, el personaje que interpreta el mismo actor, Chadwick Boseman (casi seguro merecedor de un Oscar a título póstumo, pues esta fue la última película que rodó antes de su fallecimiento el pasado año, a causa de un cáncer colorrectal), en “Ma Rainey’s Black Bottom”, la impactante película producida por otro actor negro dispuesto a reivindicar su orgullo de raza, Denzel Washington, que retrata la vida de la conocida como “madre del blues”, laureada por la crítica.

Basada en la obra teatral homónima de August Wilson, la historia está ambientada en el Chicago de finales de los años veinte y transcurre durante la tensa y sofocante sesión de grabación de un disco de Ma Rainey (poderosa e irreverente, Viola David, toda una fuerza de la naturaleza con su maquillaje languideciente, sus pechos colganderos y sus kilos de más), junto a su banda de músicos (todos negros), en la que Boseman interpreta a un trompetista atormentado por el pasado y psicológicamente marcado por el atroz asesinato de sus padres a manos del KuKluxKlan, ante sus ojos, siendo apenas un niño.

Seguramente se trata de una de las películas mejor actuadas del pasado año, como ha dicho la revista Vanity Fair y un cierre perfecto para la carrera de un artista que se fue demasiado pronto. De hecho, “Ma Rainey. La madre del Blues” es ya, sobre todo, la última película de Chadwick Boseman, probablemente la más oscura de cuantas hizo, pero también la mejor, en la que demuestra todo su potencial. Desde su encantador descaro, “levantándole” la novia a su intimidante jefa, hasta sus descontrolados ataques de furia, todo en él rezuma verdad.

Más allá de ser “un tributo a una leyenda del blues y a la cultura afroamericana en general”, como dijo de ella Rotten Tomatoes, se trata de un drama emotivo, indignante y desgarrador, que tiene la evidente intención de conmover y mover a la reflexión al espectador mediante diálogos de gran calado, como cuando Glynn Turman, el pianista de la banda, pronuncia un monólogo sobrecogedor sobre las injusticias cotidianas sufridas por los negros en los años veinte (que no distan mucho de las sufridas en décadas anteriores y aún en el siglo posterior) para concluir amargamente que “los negros son las sobras en el guiso de la vida”.

Título original: Ma Rainey's Black Bottom

Año: 2020

Duración: 94 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George C. Wolfe

Guión: Rubén Santiago-Hudson (Obra de teatro de August Wilson )

Música: Branford Marsalis

Fotografía: Tobias A. Schliessler

Reparto: Viola Davis, Chadwick Boseman, Glynn Turman, Colman Domingo, Joshua Harto, Taylour Paige, Jonny Coyne, Jeremy Shamos, Michael Potts, Scott Matheny, Dusan Brown, Phil Nardozzi, Daniel Johnson, Roger Petan, Ron L. Haynes, William Kania, Gregory Bromfield, Jordan Rhone, DaJuan Rippy, Antonio Fierro, Tony Amen, Shane McNair, Jacob Wright, Chris McCail, Malik Abdul Khaaliq, Sierra Stewart, Patrick Raffaele, Brent Feitl, Eric Sharpe, Remington Sinclair

Compañias: Netflix (Productor: Denzel Washington) (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama. Biográfico. Música. Racismo. Años 20
Título original: Da 5 Bloods

Año: 2020

Duración: 154 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Spike Lee

Guión: Spike Lee, Kevin Willmott, Danny Bilson, Paul De Meo

Música: Terence Blanchard

Fotografía: Newton Thomas Sigel

Reparto: Delroy Lindo, Clarke Peters, Norm Lewis, Isiah Whitlock Jr., Chadwick Boseman, Jonathan Majors, Jean Reno, Mélanie Thierry, Paul Walter Hauser, Veronica Ngo, Jasper Pääkkönen, Rick Shuster, Mav Kang, Alexander Winters, Devin Rumer, Casey Clark, Lê Y Lan, Andrey Kasushkin, Sandy Huong Pham, Lam Nguyen

Compañías: 40 Acres & A Mule Filmworks (Distribuidora: Netflix)

Género: Bélico. Guerra de Vietnam

LOS BRIDGERTON

He tardado en decidirme a ver la serie de moda de Netflix de la que todos hablan y que los más entusiastas definen como “una serie ligera de época (por contradictorio que eso pueda sonar) que deja a los espectadores con ganas de más”. Estoy hablando, como ya adivinarán, de “Los Bridgerton”.

Confieso que la expectativa de enfrentarme a la adaptación de una -ya de por sí- edulcorada novela rosa, ambientada en la época georgiana (concretamente, durante el reinado de Jorge III y en el conocido como Período de la Regencia del por entonces Príncipe de Gales y futuro rey, Jorge IV), a manos de quien hasta no hace mucho prestaba sus servicios a la factoría Disney (la exitosa productora televisiva Shonda Rhymes, creadora de “Anatomia de Grey”) me daba cierta pereza, más por el previsible tufo a romance folletinesco, de príncipe azul y final feliz, que por el dispendio de lazos y frufrús que suele ir asociado a este tipo de producciones. Pero obviamente tales reticencias partían del prejuicio, así que siguiendo mi propia máxima de que hay que verlo todo para poder opinar, me armé de valor y me dispuse a engullir los ocho episodios de la primera temporada de una sentada.

El resultado fue el previsible, aunque debo decir que no del todo desagradable.

La serie se basa en la saga de novelas de Julia Quinn (seudónimo de Julie Pottinger, una de las escritoras románticas más populares de los Estados Unidos), y narra las aventuras y anhelos amorosos de ocho hermanos pertenecientes a una acaudalada familia de la alta sociedad británica, los herederos del Vizconde de Bridgerton, cuya hija mayor, la señorita Daphne (Phoebe Dynevor) hace su ingreso como debutante en el competitivo mercado matrimonial de la aristocrática Regencia londinense, teniendo que asistir a un sinfín de bailes y festejos, en donde las jovencitas casaderas son exhibidas casi como ganado mayor, a la espera de poder elegir al marido ideal entre sus posibles pretendientes, y así ejercer al fin el papel para el que han sido educadas, que no es otro que el de ser esposas y madres.

La juiciosa, ingenua y virginal Daphne -nombrada por la mismísima reina como “el diamante más preciado de la temporada”- espera poder casarse por amor, mientras su hermano mayor, Anthony, cabeza de familia a la muerte de su padre, se propone organizar para ella un matrimonio de conveniencia.

Es entonces cuando aparece al rescate el seductor Simon Basset, Duque de Hastings, atormentado por una infancia carente de afecto, quien lleva una vida un tanto disoluta hasta conocer a Daphne, de la que cae rendidamente enamorado.

Pero, como en todo drama romántico que se precie, surgen dificultades que los separan. En este caso, la promesa que el duque le hizo a su cruel padre en el lecho de muerte, en venganza por haberlo repudiado desde niño, y que implica su firme decisión de no casarse ni procrear, para que su linaje empiece y acabe en él. Algo que Daphne (educada para tener hijos) se tomará como alta traición.

En torno a estos mimbres y a una serie de peculiares personajes secundarios, entre los que destaca la rebelde y libertaria Eloise Bridgerton (quien no está dispuesta a seguir los pasos de su hermana mayor, pues tiene otros planes para su vida que no incluyen el matrimonio), se tejen una serie de subtramas en un tono más o menos sarcástico, a veces casi cómico, en las que subyace una manida crítica a los usos y costumbres de la época, especialmente en lo que a los prejuicios sociales y a la educación femenina se refiere (muy deficitaria en el terreno de las relaciones sexuales), explicitada a través de una narradora anónima (cuya voz encarna Julie Andrews) que ejerce, bajo el pseudónimo de Lady Whistledown, como misteriosa y ácida comentarista de los líos y cotilleos de la encorsetada burguesía de la época, en donde la virtud de las jovencitas casaderas compromete el honor de toda la familia, por lo que los caballeros se ven obligados a salvaguardarlo batiéndose en duelo, si hace falta.

Es verdad que la serie peca de cierta obviedad y ligereza argumental, pasando de un tema a otro de manera un tanto atropellada, sin agotar los pormenores ni entrar a profundizar en las razones que motivan a los personajes (algo que de entrada la aleja bastante de otras películas de época de culto, como “Sentido y Sensibilidad”, “Orgullo y Prejuicio” o “La edad de la inocencia”, cuyo ritmo narrativo suele ser más bien atemperado y reflexivo, casi contemplativo); así como que el relato no guarda un mínimo rigor histórico, algo de lo que ya se ha hablado y que es singularmente perceptible en la incorporación al elenco de personas de raza negra para encarnar a personajes que ostentan títulos nobiliarios, cosa que difícilmente hubiese sido posible en la Inglaterra del s. XIX

Sin embargo, tales aspectos, así como otros anacronismos intencionados, como la utilización de temas musicales modernos y bien conocidos por el público más joven (como algunos de Billie Eilish), interpretados por un coro de violines o un cuarteto de cuerda en los fastuosos bailes a los que acude la alta sociedad londinense o el vocabulario empleado por los personajes, desenfadado y actual, se ven compensados (o complementados, según se mire) por otras gracias que adornan a esta superproducción, como la abundancia de medios que hacen que destile una gran exhuberancia, belleza y colorido visual, o su atractivo elenco de actores y actrices que interpretan sus papeles con solvencia y credibilidad, sin el engolamiento propio de los intérpretes de este tipo de películas de corte clásico.

Quizá eso sea lo mejor (o lo peor) de «Los Bridgerton». Que, siendo pretendidamente un drama de época, resulta ser una propuesta novedosa, ágil y actual, lo que la hace entretenida y fácil de digerir.

Por lo demás, estoy básicamente de acuerdo con lo que de ella se ha dicho, en el sentido de que se trata de una obra menor que abusa de los tópicos de moda (feminismo, homosexualidad, integración racial…) haciendo un cóctel algo volátil de todo ello, con una gran visión comercial, y sin olvidar la guinda del que hoy es el ingrediente seguro del éxito: el morbo de unas escenas de sexo de alto voltaje que ya rulan por los principales portales de pornografía de internet.

La serie juega hábilmente esa baza del erotismo, la sensualidad y la sexualidad, abordando sin tabúes la pérdida de la inocencia y otros temas acerca de los cuales, en la época que se retrata, era impensable que una señorita virtuosa pudiera saber: como la masturbación femenina, la “marcha atrás” como método anticonceptivo y hasta lo que algunos han creído ver como una violación (solo que esta vez es ella quien abusa de él).

En este sentido, más que una “Gossip Girl” escrita por Jane Austen, como se ha dicho, creo que esta primera entrega de “Los Bridgerton” se acerca a “365 Días” o a “Cincuenta Sombras de Grey”, solo que dirigida a un público de menor edad. En suma, un producto para adolescentes con las hormonas disparadas que engancha fácilmente por su frescura y por la innegable química que existe entre sus protagonistas, Phoebe Dynevor -cuya delicada fisionomía de frágil muñeca de porcelana recuerda bastante a las heroínas de Jane Austen- y ese adonis negro, de torso musculado, que es Regé-Jean Page, cuyo imponente físico lo ha catapultado como el hombre más sexy del momento.

Título original: Bridgerton 

Año: 2020

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Chris Van Dusen (Creador), Sheree Folkson, Alrick Riley, Julie Anne Robinson, Tom Verica

Guion: Chris Van Dusen, Sarah Dollard, Janet Lin, Abby McDonald, Joy C. Mitchell, Julia Quinn

Música: Kris Bowers

Fotografía: Jeff Jur, Philipp Blaubach

Reparto: Phoebe Dynevor, Regé-Jean Page, Golda Rosheuvel, Jonathan Bailey, Luke Newton, Luke Thompson, Claudia Jessie, Nicola Coughlan, Ruby Barker, Sabrina Bartlett, Ruth Gemmell, Adjoa Andoh, Polly Walker, Bessie Carter, Harriet Cains, Jason Barnett, Joanna Bobin, Kathryn Drysdale, Jessica Madsen, Ben Miller, Ruby Stokes, Molly McGlynn, Martins Imhangbe, Julian Ovenden, Ned Porteous, Joseph Macnab, Freddie Stroma, Sandra Teles, Jamie Beamish, Anand Desai-Barochia, Nikkita Chadha, Celine Abrahams, Frank Blake, Teri Ann Bobb-Baxter, Tom Christian, Michael Culkin, Amerjit Deu, Chris Fulton, Pippa Haywood, Ash Hunter, Robert Jarvis, Jonathan Jude, Marek Lichtenberg, Helene Wilson, Karishma Navekar, Paul G. Raymond, Robert Ryan, Nicholas Shaw, Alfredo Tavares

Compañias: ShondaLand y Netflix.

Género: Romance. Drama de época. S. XIX

SUPONGAMOS QUE NUEVA YORK ES UNA CIUDAD

No puede decirse que no estuviésemos advertidos. Ya desde el primer episodio de “Supongamos que Nueva York es una ciudad”, su protagonista absoluta, Fran Lebowitz (New Jersey, 1950), dice tener una opinión sobre todas las cosas y, lo que es peor, amenaza con estar dispuesta a compartirla.

Mordaz, parlanchina y desacomplejadamente snob (“Hay cierto esnobismo que veo negativo. Pero mi esnobismo no tiene nada que ver con: ‘¿Quién es tu padre? ¿Dónde estudiaste? ¿Dónde te criaste?’. Tiene que ver con: ‘¿Estás de acuerdo conmigo?”), la conocida crítica y escritora neoyorquina, considerada por algunos como una Dorothy Parker moderna desde que saltara a la fama, en los años 70, por una colección de ensayos que tituló “Metropolitan Life”, presume de no llevarse demasiado bien con sus semejantes y le confiesa a su viejo amigo Martin Scorsese su enfado con el mundo por estar “llena de opiniones” y, sin embargo, “no tener poder para cambiar nada”.

Lo que queda sobradamente demostrado a lo largo de los siete episodios de media hora de duración en los que se divide esta miniserie documental algo sui géneris producida por Netflix, en la que, como alguien ha dicho, “no sucede nada, excepto que varias personas inteligentes hablan de lo que les apetece” y que supone una impagable plataforma de presentación de la polémica escritora neoyorquina a nivel global, así como de relanzamiento de su popularidad, amén de un púlpito de oro para impartir su criterio sobre Cultura, Deporte, Feminismo, Urbanismo, Cambio Climático…

Ataviada con el vestuario masculino del que ha hecho santo y seña, Lebowitz ofrece su visión más corrosiva de cuanto sucede y le rodea, legando a la audiencia un rosario de frases lapidarias, como “el talento es lo único que está distribuido aleatoriamente entre la población. No puedes comprarlo ni heredarlo”, “Vivimos en un mundo donde aplauden el precio, no el Picasso” o “Ser mujer ha sido lo mismo desde Eva hasta hace ocho meses, cuando apareció #metoo”.

Se nota que tiene tablas. De hecho, es toda una experta en incursiones televisivas. Interpretó doce veces el papel de la Juez Janice Goldberg en la serie “Law & Order”, el mismo que retomaría años más tarde en una breve aparición en “El Lobo de Wall Street”, precisamente a las órdenes de Scorsese, quien recupera ahora algunas de sus mejores intervenciones en programas de entrevistas con Alec Baldwin, Jimmy Fallon o Spike Lee, en donde se confirma que la escritora no ha parado de disertar en público sobre lo divino y lo humano, asociándolo a Nueva York y a su íntima relación con esta ciudad que recorre a diario con su cara de pocos amigos y de la que se siente propietaria, desde que paga sus impuestos en ella.

Abiertamente lesbiana (aunque no se hable de ello en la serie) y de origen inequívocamente judío, aunque se declare atea desde los siete años, Lebowitz afirma odiar el dinero (“Siendo niña, mis padres no me educaron para saber cómo se gana”) aunque confiesa tener un problema con ello. (“Odio el dinero. Pero me encantan las cosas. Odio el dinero, pero me gustan los muebles. Lo odio, pero me gustan los automóviles. Lo odio, pero me encanta la ropa. Odiar el dinero está bien si odias las cosas, porque entonces eres el Dalai Lama”).

Por hablar de todo y de todos, habla hasta de la anunciada escasez del agua de aquí a cincuenta años (“no me importa mucho porque ya estaré muerta”) y de Andy Warhol, con quien invariablemente se la asocia desde que la contrató como columnista de la revista Interview. “Me llevo mejor con él desde que está muerto”, bromea ante una audiencia entregada, a la manera en que lo hacía en sus intervenciones en el Late Night de David Letterman, mientras el director de “Taxi Driver” la escucha hipnotizado y celebra con una sonora carcajada cada una de sus hilarantes ocurrencias.

Cuando se le pregunta acerca de cuáles son sus placeres culpables, Frany recurre una vez más a la ironía: “Creo que es increíble que exista una expresión como esa. Mis placeres son absolutamente benignos, lo que significa que no muere nadie”, para declararse a continuación fanática de la diversión y de las fiestas.

Precisamente fue en una de ellas donde conoció a Martin, con quien comparte el gusto por la buena conversación. Juntos hablan de cine, de cuando vio una vez a Gary Grant por la calle y de cómo solía colarse en los estrenos, para escribir después las reseñas de las películas “por tener algo divertido sobre lo que escribir”.

De las crisis creativas que ha sufrido afirma: “De pequeña me encantaba escribir. Hasta que recibí mi primer encargo para hacerlo por dinero. Pasé a odiar escribir. Solo he conocido a una escritora muy buena a la que le encantara escribir. A la mayoría de personas a las que le gusta se les da fatal”.

Pero no solo de Cultura con mayúsculas trata el documental de Scorsese sobre su brillante amiga Frany, la serie habla (y mucho) de la ciudad de NY, en donde hubo un tiempo en que Lebowitz ejerció de taxista (“un oficio en el que no aprendí nada” y donde sufrió discriminación de género), de chófer y hasta de limpiadora de casas. La escritora se queja amargamente del actual estado del transporte público, del desastre arquitectónico perpetrado a lo largo de los años y de la absurda gestión presupuestaria que se lleva a cabo en una ciudad que todos visitan y en la que solo algunos consiguen (sobre)vivir, teniendo en cuenta el prohibitivo precio de la vivienda.

Durante 26 años, vivió en The Osborne, uno de los clásicos edificios de lujo de la gran manzana. Pero, desde 2017, tiene una casa en el barrio de Chelsea de 210 metros cuadrados, que no suele mostrar y que incluye una biblioteca privada con más de 12 mil títulos (“nunca he entendido a la gente que dice que no se ve a si misma en un libro, los libros no son un espejo, son una vía de escape”).

Duramente criticada por su tendencia a la misantropía y por abanderar la resistencia a la colonización tecnológica (no tiene móvil, tablet y ordenador), Lebowitz carga contra sus conciudadanos, los transeúntes distraídos con los que tropieza a diario en las calles de Manhattan (“debo de ser la única persona que sabe a dónde va en esta ciudad”) y se refiere, en general, con cierto desprecio al ciudadano medio neoyorquino, especialmente a los millenials (“nunca pienso en ellos”), a diferencia de los niños pequeños, a quienes encuentra “más interesantes” porque “aún no están llenos de clichés, de modo son más originales, pero se le pasa bastante rápido. No saben lo que son las cosas, así que se lo inventan o hacen preguntas y generalmente no están tratando de convencerte de que saben algo que no saben”.

Sin embargo, no duda en lanzar un mensaje a los más jóvenes que vale para el resto de la audiencia que tenga a bien escuchar lo que tiene que decir: “Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar. Una buena jugada a cualquier edad, pero sobre todo a los 17 años, cuando corres el peligro de llegar a conclusiones molestas”.

Título original: Pretend It's a City 

Año: 2021

Duración: 30 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Martin Scorsese

Guión: Martin Scorsese

Fotografía: Ellen Kuras

Reparto:
Documental, (intervenciones de: Fran Lebowitz,
Martin Scorsese, Alec Baldwin, Spike Lee, Olivia Wilde, Toni Morrison)

Productora: Netflix (Distribuidora: Netflix)

Género: Documental | Miniserie de TV

MANK

Las buenas películas tienen la peculiaridad de permanecer en la retina y andar rondando nuestros pensamientos, aún mucho después de que haya desaparecido de la pantalla hasta la última línea de los créditos finales.

Es lo que sucede con «Mank«, una película rodada en blanco y negro, a la usanza del viejo celuloide, pero con cámaras digitales, añadiendo algo de suciedad y rayas a la imagen para darle ese toque vintage, que destaca en el catálogo de Netflix por no tener nada que ver con lo que uno esperaría encontrar en una plataforma de streaming de las llamadas palomiteras.

Siendo a priori una apuesta muy poco comercial, el último trabajo de David Fincher (nominado al Óscar a mejor director por “El curioso caso de Benjamin Button”, en 2008 y “La red social”, en 2010) es de esas películas con intención de trascender, no solo porque cuenta con una manufactura cinematográfica que aspira a estar a la altura del mejor cine clásico de los 40´s y 50´s (y, muy especialmente, de la película que es su objeto de estudio), sino por la historia que cuenta, que no es otra que la que obsesionaba a su difunto padre, el escritor Jack Fincher, la de la consagración y casi simultáneo descenso a los infiernos del célebre periodista, crítico teatral y guionista de la Metro Goldwyn Mayer, Herman J. Mankiewicz, recordado por su humor cínico y algo temerario (fue capaz de bromear sobre el trasero de Jack Warner en su presencia, siendo este uno de los más poderosos e irascibles productores de Hollywood), su genialidad y su notorio alcoholismo, cuyo mayor éxito había sido producir alguno de los trabajos de los Hermanos Marx, hasta que recibe el encargo de escribir el guion de una película para Orson Welles, por entonces “niño prodigio” del cine neoyorquino, haciendo de “negro” para él.

Así nació “Ciudadano Kane” (considerada una de las mejores, si no la mejor película que hasta ahora se haya hecho, que aún hoy sirve de ejemplo en las escuelas de cinematografía de todo el mundo y cuya autoría compartieron, a regañadientes, el propio Mankiewicz y su director y protagonista, Orson Welles, recibiendo un Óscar al mejor guion original, en 1941). Y es que, finalmente, el bueno de Mank decidió renunciar al dinero, pero no a la gloria de figurar como (co)autor del que, sin duda, fue el mejor trabajo de su carrera como escritor y guionista. Un argumento que, según nos cuenta David Fincher en su pelicula, Mankiewicz alumbró en tiempo récord, aislado del mundo, mientras se encontraba convaleciente de un accidente automovilístico que le dejó temporalmente inmovilizado.

El consagrado director de títulos tan memorables como “Alien” (1993), “Seven” (1995) o “El Club de la Lucha” (1999), además de tener un papel decisivo en la creación de exitosas series de televisión como “Mindhunter” o “House of Cards”, ambas de Netflix, utiliza como mera excusa argumental la ya legendaria polémica en torno a la verdadera autoría de “Ciudadano Kane” para hablarnos de un conflicto de mucho mayor interés humano y social: el que se le plantea a un hombre íntegro, un intelectual dotado de conciencia y de una lengua tan afilada como su pluma, con cierta tendencia a decir en todo momento lo que piensa, al desafiar con ello a quien era, por aquel entonces, el mandamás de la industria de Hollywood y prácticamente el dueño del país entero, como queda de manifiesto en la maravillosa escena en la que su amante, la explosiva pin-up Marion Davies (Amanda Seyfried no puede estar más convincente en su tierno papel de bobalicona actriz rubia platino, eterna aspirante a un rol protagónico que la consagre) confiesa, algo borracha e imprudente: “una vez, oí a papi ayudar a seleccionar el gabinete del presidente como el reparto de una película…”.

Ese “papi” no es otro que el todopoderoso magnate de la prensa: William Randolph Hearst (magníficamente bien interpretado por el actor británico Charles Dance, últimamente omnipresente en las series de streaming), siempre rodeado de una corte de aduladores comandada por su fiel escudero, el empresario cinematográfico y destacado miembro del partido republicano, Louis B. Mayer (Arliss Howard), igualmente magistral en su papel de redomado hipócrita, especialmente en la escena en la que pide sacrificios a los trabajadores de sus estudios, hasta salir de la recesión económica.

En ese ecosistema de Hollywood, rodeado de lujo, excesos y excentricidades, que Truman Capote definió tan bien como “la hoguera de las vanidades”, sobrevive a duras penas nuestro guionista charlatán, permitiéndose el lujo de discrepar en voz alta, como cuando establece la diferencia entre el socialismo y el comunismo (“el primero es el justo reparto de la riqueza, mientras el segundo reparte la pobreza”) ante los amigos de Hearst, una audiencia indignada (gran retrato de la clase pudiente de origen judío estadounidense que condena y se escandaliza por los crímenes del nazismo, al mismo tiempo que manifiesta su repulsión y rechazo hacia el comunismo bolchevique) que únicamente lo tolera como se tolera al bufón de la Corte, mientras al rey le haga gracia.

Algo que deja de ocurrir una noche aciaga en la que, estando como una cuba, Mank se pasa de la raya en una de sus cínicas alocuciones (emocionante Gary Oldman, en el que probablemente sea uno de los mejores monólogos que ha interpretado en el cine), recordándole a Hearst su pasado y comparándolo con una especie de Quijote moderno que, al igual que exige ahora que hagan otros, traicionó sus propios ideales por afán de poder.

Es así como Mank se convierte en un “apestado” (“estoy quemado” le confiesa a su hermano Joseph L. Mankiewicz), en castigo por haber olvidado la principal enseñanza de “la parábola del mono y el organillero” que, en esencia, viene a decir que los bufones de la corte deben callarse sus opiniones políticas, especialmente si son contrarias a los intereses de quien les da de comer.

Es evidente que Mankiewicz era uno de esos seres, dotado de enorme sensibilidad y talento, cuyo sentido de la integridad y la justicia le jugó malas pasadas a lo largo de toda su vida, predisponiéndolo al autosabotaje (formado en la escuela de cine de Berlín, se dice que estuvo involucrado en la resistencia al nazismo y que el mismísimo Goebbles llego a prohibir la exhibición en Alemania de las películas que llevaran su nombre en los créditos).

“Me he convertido en una rata en una trampa que he fabricado yo mismo, una trampa que voy reparando siempre que empieza a abrirse una brecha por donde escapar”, dicen que dijo cuando ya era un árbol caído. Una frase que sirve de broche final a la película de Fincher y que resume fielmente la esencia de cuanto en ella se expresa.

Título original: Mank

Año: 2020

Duración: 132 min.

País: Estados Unidos

Dirección: David Fincher

Guión: Jack Fincher

Música: Trent Reznor, Atticus Ross

Fotografía: Erik Messerschmidt (B&W)

Reparto: Gary Oldman, Amanda Seyfried, Arliss Howard, Charles Dance, Tom Burke, Lily Collins, Tuppence Middleton, Tom Pelphrey, Ferdinand Kingsley, Jamie McShane, Joseph Cross, Sam Troughton, Toby Leonard Moore, Leven Rambin, Madison West, Adam Shapiro, Monika Gossmann, Paul Fox, Jessie Cohen, Amie Farrell, Alex Leontev, Stewart Skelton, Craig Robert Young, Derek Petropolis, Jaclyn Bethany, Arlo Mertz

Productora: Netflix

Género: Drama. Biográfico. Años 30-40. Cine dentro del cine

FRAGMENTOS DE UNA MUJER

fragmentos de una mujer

“Triste, conmovedora, humana” garabateé ayer en una servilleta de papel estos adjetivos, mientras veía “Fragmentos de una mujer” en Netflix. Una película no apta para quienes soportan mal que el cine no se dedique a edulcorarnos la vida, sino a representarla en su dimensión real, no exenta de crudeza, y cuyo dilatado prólogo, filmado en un trepidante plano secuencia de una intensidad emocional que va “in crescendo”, ha merecido grandes elogios por parte de la crítica especializada, que lo ha calificado como “un espectáculo en sí mismo”.

Lástima que no suceda lo mismo con el resto del metraje.

“Lo malo de empezar una película con un tsunami es que luego bajan las aguas y solo queda un mundo devastado«, se puede leer en la revista Fotogramas. «Los primeros 30 minutos de «Fragmentos de una mujer» son ese tsunami. Un parto filmado en tiempo real que acaba en tragedia, te atropella, te arruga el corazón, te deja sin aliento. Más tarde, el trauma se ensancha y pierde su energía inicial”.

No estoy de acuerdo. Es verdad que necesariamente el ritmo narrativo se ralentiza, porque el drama del que parte el argumento es tan bestia que su desarrollo requiere de una atmósfera y un tempo agónicos que subraye el peso de la desgracia vivida. Pero vayamos por partes.

Marta (sensacional Vanessa Kirby en su entrega a este personaje que le valió el León de Oro como Mejor actriz en el Festival de Venecia) es una embarazada primeriza a punto de dar a luz que decide, junto a su pareja, hacerlo en casa, con ayuda de una comadrona. Pero el trabajo de parto se complica y su bebé fallece en sus brazos a los pocos segundos de nacer, a causa de lo que parece ser una “muerte súbita”.

Lo que se desencadena a continuación es un durísimo proceso de duelo que afecta a la joven madre y a su pareja (Shia LaBeouf, en su versión más hipster) levantando un muro infranqueable entre ambos, como si un mal rayo hubiese partido en dos lo que antes era uno, dejando su relación hecha añicos.

El motivo de este distanciamiento es el hecho de que ambos viven y reaccionan de modo desigual ante la pérdida de su hija. Mientras él se empeña en mantener vivo su recuerdo, enredado en un bucle autodestructivo, ella se esfuerza en digerir lo sucedido, intentando racionalizarlo, sin aferrarse a nada material, ni siquiera al cuerpo sin vida de la pequeña que decide unilateralmente donar a la ciencia, en lugar de darle sepultura como desearía su controladora madre (Ellen Burstyn), empeñada en demandar a la matrona por negligencia, como si el hecho de buscar un culpable pudiese aliviar su dolor y remediar lo irremediable.

Ninguno de los personajes es capaz de rescatar al otro de las garras del sufrimiento. La película trata de eso. De cómo lidiar con el dolor, la depresión y la culpa que nos aísla de los otros y nos parte en mil pedazos la vida, haciendo saltar por los aires el amor y el equilibrio emocional, y empujándonos a actuar de forma extraña.

Unos necesitan venganza, otros evadirse a través del alcohol o del sexo; y algunos sencillamente dejar que el tiempo pase hasta sanar de sus heridas. Nada se puede hacer excepto acostumbrarse a convivir con la pena y seguir adelante.

Como el bebé de Marta, la película de Kornél Mundruczó huele a manzana, cuyas semillas la protagonista hace germinar, en una alegoría bastante obvia de la fertilidad y de la esperanza en una segunda oportunidad para su malograda maternidad.

A decir verdad, el cineasta húngaro tiene cierta tendencia a echar mano de metáforas evidentes, como la insistencia en el plano detalle (tan recurrente en el cine de autor) que muestra las delicadas manos de Vanessa Kirbi con sus uñas enlutadas por un esmalte que se va descascarillando, y que dan idea de cierta fragilidad o abandono; o el puente que no termina de construirse hasta que ya el duelo está concluido. Pero, en estos tiempos donde prima el artificio injustificado, casi se agradece que aparezca alguien que domine la técnica cinematográfica, para ponerla al servicio de la veracidad de una historia creíble de principio a fin.

Título original: Pieces of a Woman

Año: 2020

Duración: 128 min.

País: Canadá-Hungría

Dirección: Kornél Mundruczó

Guión: Kata Wéber

Música: Howard Shore

Fotografía: Benjamin Loeb

Reparto: Vanessa Kirby, Shia LaBeouf, Ellen Burstyn, Molly Parker, Iliza Shlesinger, Jimmie Fails, Domenic Di Rosa, Alain Dahan, Sarah Snook, Ben Safdie, Vanessa Smythe, Sean Tucker, Tyrone Benskin, Dusan Dukic, Noel Burton, Letitia Brookes, Leisa Reid, Joelle Jeremie

Compañías: Bron Studios, Creative Wealth Media Finance. (Productor Ejecutivo: Martin Scorsese)

Género: Drama.Familia

EL BESO DE SINGAPUR

Pocos pueblos, como el británico, hay que sean lo bastante maduros para hacer mofa de su propia historia, sin mayores remilgos, pretendidos remordimientos ni aspavientos patrios, ejercitando la catarsis social mediante el humor y la ironía.

Desde los Monthy Python hasta Mr. Bean, los ingleses han sabido reírse de sí mismos, con el elegante sarcasmo y la flema que les caracteriza, ridiculizando todo lo ridiculizable, empezando por la mismísima Reina y su conflictiva prole.

Quizá por ello no resulte una gran novedad el hecho de que una serie de ficción, como “El beso de Singapur” se atreva a desacralizar a una de las instituciones más respetadas por el pueblo británico, como es su ejército, poniendo en cuestión, a la manera en que lo haría nuestro inolvidable Gila, el papel que ciertos militares y generales ineptos ejercieron, en momentos decisivos de la historia de la Commonwealth, al menospreciar la capacidad invasora del enemigo.

Las peroratas de Winston Churchill para fortalecer el espíritu y la cohesión del país y levantar la moral de sus tropas durante la II Guerra Mundial ha dejado, además de un coleccionable de frases célebres que circulan a diario en las redes sociales, la idea de una Armada británica invencible, honorable y sacrificada, siempre al servicio de los intereses del Imperio y la Corona. Pero «The Singapore Grip«, la novela de James Gordon Farrell en la que está basada la miniserie de seis capítulos que estos días puede verse en Filmin, revela que no es oro todo lo que reluce.

La historia sucede en los años 40, y se sitúa en la por entonces colonia del sudeste asiático, donde un reducido grupo de familias de la alta sociedad inglesa controlaba el próspero negocio del caucho, días antes de que Japón decidiera invadir el territorio, en lo que Winston Churchill consideró como “el peor desastre de la historia militar británica”.

Es precisamente esa frase la que se dice que inspiró a Farrell y al oscarizado guionista Christopher Hampton («Las amistades peligrosas«, «Carrington«), para hacer de «El beso de Singapur», una mordaz y, sin embargo, elevada sátira sociopolítica, cuyo título hace referencia a una práctica sexual de origen oriental, muy apreciada en occidente, al tiempo que alude al “enganche” de la población asiática local a la cultura colonialista.

A partir de ahí, nos encontramos con una despiadada farsa que refleja el declive del Imperio Británico en un tono casi caricaturesco que no deja títere con cabeza, denunciando a un tiempo la torpeza del alto mando militar y la hipocresía de la alta sociedad británica, tan estirada, prepotente y frívola, como egoísta, racista e incapaz; y las corruptelas del sistema colonial, en manos de funcionarios desaprensivos y empresarios tiranos y avariciosos, que se comportan como auténticos corsarios pues, no conformes con explotar a los nativos como mano de obra esclava, ven la oportunidad de hacer negocio aprovechando las necesidades de la guerra.

Dirigida por Tom Vaughan («Press«), “El beso de Singapur” es, en suma, una serie amena e inteligente de estructura clásica, que sería injusto catalogar de simple drama romántico, pese a que la historia pivota sobre el duelo entre dos mujeres (una inglesa y otra asiática) por el mismo hombre, pues persigue una indisimulada intención de crítica social.

No en vano está escrita por quien ya demostrara su capacidad para reflejar la podredumbre y doble moral de las clases pudientes en “Las Amistades Peligrosas”. De la pluma, siempre afilada, de Christopher Hampton emanan líneas de diálogo memorables que trazan una semblanza corrosiva de unos personajes bien interpretados por actores que encajan a la perfección con las necesidades del guion, incluido el veterano Charles Dance (el inolvidable Tywin Lannister de «Juego de Tronos» y Lord Mountbatten en «The Crown«), Oficial de la Orden del Imperio Británico y efectivo reclamo publicitario, aunque su aportación a la serie sea casi testimonial.

Dotada de una realización y una estética impecables, dignas de mención son sin duda la ambientación, decorados, vestuario y localizaciones, a la altura de las mejores series británicas, así como la banda sonora que echa mano de los ritmos de jazz, una auténtica maravilla desde los créditos iniciales.

Entretenida y aleccionadora, ¿alguien da más?

Título original: Yhe Singapore Grip

Año: 2020

Duración: 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Tom Vaughan

Guión: Christopher Hampton (Basado en la novela de J.G. Farrell)

Música: Anne Dudley

Fotografía: John Lee

Reparto: Luke Treadaway, David Morrissey, Colm Meaney, Charles Dance, Elizabeth Tan, Georgia Blizzard, Luke Newberry, Bart Edwards, Christophe Guybet, Ed Birch, Julian Wadham, Nicholas Agnew, Jane Horrocks, Richard Lumsden, Martin Wenner, Bradley Hall, Sam Cox, Joe Bannister, Tom Edden, Masa Yamaguchi, Paul Sharma, Nicola Harrison, Alfred Loh, Leigh Barwell, John Bowe, Daniel Gan, Geoffrey Giuliano, Stuart McQuarrie, Eoin O'Brien, Mark Tandy, Joseph J.U. Taylor

Productora: Mammoth Screen

Género: Serie de TV. Drama. Comedia. Romance. Colonialismo. S. XX

EL CIELO DE MEDIANOCHE

Se llama Caoilinn Springall, tiene 8 años y es la protagonista absoluta de «Cielo de medianoche«, la última película dirigida y protagonizada por el oscarizado George Clooney, que se ha estrenado esta Navidad en Netflix. Lo cual tiene doble mérito, si tenemos en cuenta que el personaje que interpreta apenas articula palabra en las dos horas (eternas) que dura el largometraje, rodado en las gélidas tierras de Islandia. Más concretamente, en el descomunal glaciar Vatnajökull, el tercero mayor del mundo, con unos 8.000 kilómetros cuadrados y hasta uno de espesor, que ha servido de escenario de otras producciones cinematográficas, como “Muere otro día” (Lee Tamahori, 2002), “Batman Begins” (Christopher Nolan, 2005) o las secuencias de “Más allá del Muro” de “Juego de tronos” (David Benioff y D. B. Weiss, 2011-2019).

El caso es que la pequeña Caoilinn se planta frente a la cámara con esos enormes ojos del color de las profundidades del océano y no necesita hablar para conquistar nuestro corazón. Tan grande es el magnetismo que irradia su angelical rostro que incluso consigue que pasemos por alto el no saber quién es ni qué demonios hace ahí, interrogantes esenciales para entender el sentido de la cinta y que solo serán despejadas, en una cabriola argumental, al final de la misma.

Sin desvelar nada ni incurrir en spoilers, diremos que se trata de un drama postapocalíptico y a la vez de una aventura espacial, basado en la novela “Good Morning, Midnight”, de Lily Brooks-Dalton y que relata los afanes de Augustine Lofthouse, experto astrónomo destacado en una base del Ártico quien, después de que un misterioso cataclismo asole la Tierra, intenta contactar con una nave espacial enviada hace años a explorar el espacio exterior, en busca de otro planeta que la especie humana pudiese colonizar, para avisar a sus tripulantes de que no regresen y den media vuelta, pues la Tierra ya no es un lugar habitable.

Haciendo analogía del propio desarrollo de la película, creo que Clooney parte del acierto, pero se pierde en mitad de la tormenta. La premisa que la inspira resulta interesante y cobra una actualidad inusitada, en la medida en que enlaza con las predicciones de gente tan cualificada como Stephen Hawking (quien ya advirtió de que la especie humana tendría que buscar pronto una alternativa para su supervivencia, pues el planeta Tierra no podría dar mucho más de sí, teniendo en cuenta la irresponsable actitud de quienes lo habitan) e intenta recrear las expediciones a otros planetas que ya están llevando a cabo la NASA y otros, anticipándose a esos malos augurios.

A partir de ello, se construye esta historia cuyo desarrollo argumental, sin embargo, deja demasiados cabos sueltos. Así, por ejemplo, nunca llegamos a saber a dónde huyen los desesperados pobladores de la base del Ártico, dejando a Augustine en la más absoluta soledad nada más empezar la historia ni qué ha sido exactamente lo que ha hecho que el aire en la tierra se vuelva irrespirable (¿una hecatombe nuclear? ¿Un escape de uranio enriquecido?) o si ello es la causa de que el personaje que interpreta Clooney padezca una enfermedad terminal (¿cáncer?) que le obliga a hacerse transfusiones de sangre a diario y a tomar una medicación que le provoca nauseas (¿quimioterapia?).

Por si esto fuera poco, el periplo que emprende el científico hacia el Lago Hazel, en busca de una mejor señal para comunicarse con los exploradores del espacio, se parece en demasía al de otros filmes, como “El Renacido” de Leo Di Caprio y se excede, en tiempo y forma, al intentar recrear la crudeza de las condiciones meteorológicas, con escasos destellos de emoción y belleza visual, en momentos como el acecho de los lobos y la inmersión en el agua helada al romperse la placa de hielo a sus pies o la inquietante imagen de las gotas de sangre de un astronauta herido flotando en un espacio ingrávido, de un frío y peculiar aliento lírico; pasando de puntillas por lo realmente importante a nivel argumental que es la relación de Augustine con esa misteriosa niña, llamada Iris, que le acompaña como una sombra silenciosa.

Básicamente estoy de acuerdo con quienes han dicho que en “El Cielo a medianoche” conviven en realidad dos películas potencialmente interesantes, pero cuyo atractivo no termina de despegar en ninguno de los dos casos y que sus diferencias, de hecho, en vez de complementarse, se anulan parcialmente hasta coincidir en un nexo común algo arbitrario.

Ciertamente, el espectador tiene la sensación de estar haciendo zapping entre lo que sucede en la tierra y los apuros técnicos a los que se enfrentan los viajeros de la estación espacial Ether, cuyo equipo de astronautas intenta volver a casa portando la buena nueva de que existe una luna habitable en Saturno, sin saber muy bien qué tiene que ver una historia con la otra. Aunque no creo que el esfuerzo sea enteramente desdeñable por todo lo ya expuesto y porque George Clooney tiene a estas alturas el suficiente olfato, experiencia y talento, para saber reunir a un staf protagónico de primer nivel, con él mismo y la gran Felicity Jones (en su momento de mayor popularidad tras protagonizar “La Teoria del Todo”, precisamente un biopic sobre la vida del visionario científico Stephen Hawking, y “Una cuestión de género”) a la cabeza y ese portentoso diamante en bruto que es Caoilinn Springall. Merece la pena soportar las casi dos horas de marcha en la nieve, solo por ver lo que tiene que decir sin apenas pronunciar palabra.

Título original: The Midnight Sky 

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George Clooney

Guión: Mark L. Smith (Basado en la novela de Lily Brooks-Dalton)

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Martin Ruhe

Reparto: George Clooney, Felicity Jones, David Oyelowo, Demian Bichir, Kyle Chandler, Tiffany Boone, Caoilinn Springall, Ethan Peck, Lilja Nótt Þórarinsdóttir, Tia Bannon, Sophie Rundle, Tim Russ, Miriam Shor, Jill Buchanan, Kishore Bhatt, Bharat Mistri, Natasha Jenssen, Olivia Noyce, Edan Hayhurst, Atli Oskar Fjalarsson, Grant Crookes

Compañías: Anonymous Content, Netflix, Syndicate Entertainment, Smoke House Pictures, Truenorth Productions

Genero: Fantástico. Apocalíptico

A LA MIERDA EL 2020

El difunto 2020 ha sido un año tan prolijo en desgracias, sobresaltos, convulsiones sociales y enredos de todo tipo que no queda más remedio que tomárselo a risa. O al menos eso es lo que han debido de pensar los dueños de Netflix que han contratado a Charlie Brooker y Annabel Jones (creadores de la distópica “Black Mirror”) para que nos expliquen los principales acontecimientos acaecidos el pasado año a través de un falso documental que es, en realidad, una exquisita, inteligente y mordaz sátira social, en la que un puñado de famosos de postín (desde Samuel L. Jackson hasta Hugh Grant, pasando por Lisa Kudrow, Tracey Ullman, Diane Morgan, Leslie Johns, Cristin Milioti, Kumail Nanjiani o Joe Keery) desgranan la actualidad reciente (especialmente en lo que a los EE.UU. afecta) con ojo crítico, intentando encontrarle la puñetera gracia.

En su relato, adoptan diferentes roles que les convierten en voces autorizadas para interpretar y juzgar los hechos que cuentan de manera cronológica: desde el devastador incendio que asoló Australia recién estrenado el mes de enero hasta la pandemia, la cuarentena y la esperada aparición de la vacuna contra el coronavirus. La cumbre del cambio climático celebrada en Ginebra, en la que Greta Thunberg abroncó a los principales líderes del mundo, el tira y afloja del Brexit, el impeachment de Trump y su polémica derrota electoral, la avanzada edad y escaso carisma de Biden (regresando de entre los muertos, “como el fantasma de un viejo mayordomo”), el auge del fascismo, la polarización social y la explosión racial y el surgimiento del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de George Floyd; las muertes del general Soleimani, que casi nos pone a las puertas de la III Guerra Mundial y de la juez feminista Ruth Baden. Todo está ahí. Contado como si fuera un gran meme que hace mofa de la incompetencia de quienes se supone que debían llevar el timón y conducir la nave a buen puerto, Donald Trump (y sus absurdas recomendaciones de ingerir legía para matar el virus), Boris Johnson (cuya falta de cualificación se compara a la de un calcetín) y hasta Su (tozuda) Majestad, la reina Isabel II que acaba de descubrir las ventajas de Youtube y de contratar a una community manager de cabecera.

Singularmente magistral está Hugh Grant derrochando toda su flema británica al meterse en la piel de un excéntrico, repelente y puntilloso historiador, de lengua afilada, al que se le hace difícil distinguir entre la realidad y un episodio del Señor de los Anillos o Juego de Tronos, pero no lo están menos Samuel L. Jackson en el papel de un indignado periodista de prestigio obsesionado por el color de la piel; Leslie Jones, como una psicóloga social defensora de las minorías (especialmente las mujeres y los negros), el desalmado multimillonario de las tecnológicas, Kumail Nanjiani o la increíble Lisa Kudrow (“Friends”), que empieza siendo una furibunda y cínica portavoz de la campaña de Trump y termina negándolo todo, incluyendo que alguna vez lo haya sido.

Pero si he de quedarme con algún personaje, me quedo con los que interpretan Diane Morgan y Cristin Milioti, poniendo de relieve la estulticia del ciudadano medio, alienado por “la verdad revelada” en las redes sociales y por lo que le cuenta la televisión, de cuyo influjo es incapaz de escapar, debido a su escasa preparación e inteligencia.

En definitiva, un buen divertimento para hacer memoria y echar unas risas, y un desahogo para el sentido crítico en un año frenético, peligroso, convulso y luctuoso, en el que hemos andado bastante escasos de ello.

Título original: Death to 2020

Año: 2020

Duración: 70 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Al Campbell, Alice Mathias

Guion: Charlie Brooker, Alan Connor, Jason Hazeley, Thanyia Moore

Fotografía: Jamie Cairney

Reparto: Samuel L. Jackson, Hugh Grant, Lisa Kudrow, Kumail Nanjiani, Tracey Ullman, Samson Kayo, Leslie Jones, Diane Morgan, Cristin Milioti, Joe Keery, Lily Sullivan

Productora y distribuidora: Netflix.

Género: Comedia. Coronavirus (COVID-19). Sátira. Falso documental

THE PROM

the prom

Acabo de ver esto en Netflix y siento una extraña mezcla de decepción y vergüenza ajena.

Meryl Streep, Nicole Kidman… ¿Qué necesidad? Todavía lo entiendo del histriónico y pelota James Corden, que aún debe de estar sin poderse creer el haber compartido cartel con semejantes superestrellas, a quienes a lo máximo que hubiera aspirado hasta ahora es a entrevistar en su coche. ¿Pero dos grandes divas de la actuación como ellas? Su afición y exitosa experiencia en el género de los musicales no parece ser suficiente razón para aceptar protagonizar un film tan mediocre como «The Prom» plagado de estereotipos y moralina pseudoprogre, que desaprovecha y desmerece su enorme talento.

Bajo el pretexto de reivindicar el poder del teatro y la celebridad para transformar el mundo y cambiar (a mejor) la vida de las personas (“no somos monstruos, somos perturbadores culturales”; “un entretenimiento es pasajero, una evasión es curativa”) lo que hace Ryan Murphy -autor de otros desastres cinematográficos, como ‘Recortes de mi vida‘ (2006) o ‘Come, reza, ama‘ (2010)- es pervertir y sabotear el argumento que sirvió de base a un discreto espectáculo estrenado hace un par de años en Broadway, con una adaptación penosa, plagada de tópicos y de un infantilismo conceptual y visual que atenta contra las buenas intenciones que inspiran la película, concebida como un gran musical cinematográfico y que, sin embargo, parece más una secuela de «High School Musical«.

La historia es simple: un grupo de actores teatrales narcisistas y venidos a menos, arruinados por la mala crítica, deciden relanzar su popularidad a través del activismo oportunista, para lo cual eligen al azar “una buena causa” que abanderar, que preferiblemente sea tendencia en las redes sociales. Es así como irrumpen en la reunión de padres de un instituto de Indiana -la América profunda que vota(ba) a Trump- para apoyar públicamente a una estudiante a la que se prohíbe asistir al baile de graduación, tras haberse declarado lesbiana.

A partir de esa premisa, la película desbarra de todas las maneras posibles, abusando de lo obvio de forma grotesca, como la insistencia en utilizar la paleta de colores primarios en un vestuario, maquillaje y decorados increíblemente horteras, en reiterada y manida alusión a la bandera arcoiris y a cierta estética a medio camino entre Barrio Sésamo y el Día del Orgullo Gay.

Pero, siendo esto penoso, lo peor es sin duda la manera tan superficial y hasta ñoña (“happy end” coreografiado incluido) en la que se aborda y se resuelve el que se supone es el nudo dramático -el problema de aceptación al que se enfrentan aun muchos adolescentes al “salir del armario”- que a menudo queda eclipsado por el exceso de artificio y el inevitable peso que las celebridades y sus respectivos números musicales de lucimiento tienen en el desarrollo argumental, así como por unas canciones insulsas a más no poder que, como apoyo al desarrollo de la historia, dejan mucho que desear.

En definitiva, de todo lo visto y leído acerca de ella, me quedo con las duras pero merecidas palabras que Alejandro Alegré le dedicaba en El Confidencial y que suscribo de principio a fin: “The Prom trata —entre otras cosas—de rendir homenaje a la magia del teatro, y para ello no solo recurre al descuido narrativo, la falsedad emocional, la fealdad visual y la superioridad moral, sino que además es una película tan chillona a la hora de predicar la tolerancia que llega a resultar difícilmente tolerable. En última instancia, el tratamiento que da al problema de la homofobia y el fundamentalismo es tan simplista y genérico, tan orgullosamente ajeno a los problemas reales que la comunidad LGTBI sigue sufriendo en muchos lugares, que al final acaba pareciéndose demasiado a los vanidosos actores de Broadway que la protagonizan y adoptando la misma actitud deshonesta (yo añadiría oportunista) y autocomplaciente que trata de ridiculizar”.

FICHA TÉCNICA:

Título original: The Prom

Año: 2020

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Murphy

Guion: Jack Viertel (Basado en el musical de Chad Beguelin, Bob Martin)

Música: Matthew Sklar

Fotografía: Matthew Libatique
Reparto:
Meryl Streep, Nicole Kidman, James Corden, Andrew Rannells, Kerry Washington, Keegan-Michael Key, Kevin Chamberlin, Nico Greetham, Jo Ellen Pellman, Logan Riley Hassel, Ariana DeBose, Monroe Cline, Nathaniel J. Potvin, Kiara T. Romero, Briana Price, Ryan Kendrick, Tori Kostic, Jillana Laufer, Sydney Cope, Chelsea Corp, Jeni Jones, Erica Lynn, Sofia Deler, Donyea Martin, Jade Patteri, Marcus Bailey, Joe Abraham, Morgan Dudley, Annie Ruby, Matthew Moseley, David Eby, Sierra Puett, Tasha Casberg, Anna Berg, Jeffrey Lynn White Jr.

Productora: Netflix, Ryan Murphy Productions (Distribuidora: Netflix)

Género: Musical. Comedia. Drama | Homosexualidad