SUPONGAMOS QUE NUEVA YORK ES UNA CIUDAD

No puede decirse que no estuviésemos advertidos. Ya desde el primer episodio de “Supongamos que Nueva York es una ciudad”, su protagonista absoluta, Fran Lebowitz (New Jersey, 1950), dice tener una opinión sobre todas las cosas y, lo que es peor, amenaza con estar dispuesta a compartirla.

Mordaz, parlanchina y desacomplejadamente snob (“Hay cierto esnobismo que veo negativo. Pero mi esnobismo no tiene nada que ver con: ‘¿Quién es tu padre? ¿Dónde estudiaste? ¿Dónde te criaste?’. Tiene que ver con: ‘¿Estás de acuerdo conmigo?”), la conocida crítica y escritora neoyorquina, considerada por algunos como una Dorothy Parker moderna desde que saltara a la fama, en los años 70, por una colección de ensayos que tituló “Metropolitan Life”, presume de no llevarse demasiado bien con sus semejantes y le confiesa a su viejo amigo Martin Scorsese su enfado con el mundo por estar “llena de opiniones” y, sin embargo, “no tener poder para cambiar nada”.

Lo que queda sobradamente demostrado a lo largo de los siete episodios de media hora de duración en los que se divide esta miniserie documental algo sui géneris producida por Netflix, en la que, como alguien ha dicho, “no sucede nada, excepto que varias personas inteligentes hablan de lo que les apetece” y que supone una impagable plataforma de presentación de la polémica escritora neoyorquina a nivel global, así como de relanzamiento de su popularidad, amén de un púlpito de oro para impartir su criterio sobre Cultura, Deporte, Feminismo, Urbanismo, Cambio Climático…

Ataviada con el vestuario masculino del que ha hecho santo y seña, Lebowitz ofrece su visión más corrosiva de cuanto sucede y le rodea, legando a la audiencia un rosario de frases lapidarias, como “el talento es lo único que está distribuido aleatoriamente entre la población. No puedes comprarlo ni heredarlo”, “Vivimos en un mundo donde aplauden el precio, no el Picasso” o “Ser mujer ha sido lo mismo desde Eva hasta hace ocho meses, cuando apareció #metoo”.

Se nota que tiene tablas. De hecho, es toda una experta en incursiones televisivas. Interpretó doce veces el papel de la Juez Janice Goldberg en la serie “Law & Order”, el mismo que retomaría años más tarde en una breve aparición en “El Lobo de Wall Street”, precisamente a las órdenes de Scorsese, quien recupera ahora algunas de sus mejores intervenciones en programas de entrevistas con Alec Baldwin, Jimmy Fallon o Spike Lee, en donde se confirma que la escritora no ha parado de disertar en público sobre lo divino y lo humano, asociándolo a Nueva York y a su íntima relación con esta ciudad que recorre a diario con su cara de pocos amigos y de la que se siente propietaria, desde que paga sus impuestos en ella.

Abiertamente lesbiana (aunque no se hable de ello en la serie) y de origen inequívocamente judío, aunque se declare atea desde los siete años, Lebowitz afirma odiar el dinero (“Siendo niña, mis padres no me educaron para saber cómo se gana”) aunque confiesa tener un problema con ello. (“Odio el dinero. Pero me encantan las cosas. Odio el dinero, pero me gustan los muebles. Lo odio, pero me gustan los automóviles. Lo odio, pero me encanta la ropa. Odiar el dinero está bien si odias las cosas, porque entonces eres el Dalai Lama”).

Por hablar de todo y de todos, habla hasta de la anunciada escasez del agua de aquí a cincuenta años (“no me importa mucho porque ya estaré muerta”) y de Andy Warhol, con quien invariablemente se la asocia desde que la contrató como columnista de la revista Interview. “Me llevo mejor con él desde que está muerto”, bromea ante una audiencia entregada, a la manera en que lo hacía en sus intervenciones en el Late Night de David Letterman, mientras el director de Taxi Driver la escucha hipnotizado y celebra con una sonora carcajada cada una de sus hilarantes ocurrencias.

Cuando se le pregunta acerca de cuáles son sus placeres culpables, Frany recurre una vez más a la ironía: “Creo que es increíble que exista una expresión como esa. Mis placeres son absolutamente benignos, lo que significa que no muere nadie”, para declararse a continuación fanática de la diversión y de las fiestas.

Precisamente fue en una de ellas donde conoció a Martin, con quien comparte el gusto por la buena conversación. Juntos hablan de cine, de cuando vio una vez a Gary Grant por la calle y de cómo solía colarse en los estrenos, para escribir después las reseñas de las películas “por tener algo divertido sobre lo que escribir”.

De las crisis creativas que ha sufrido afirma: “De pequeña me encantaba escribir. Hasta que recibí mi primer encargo para hacerlo por dinero. Pasé a odiar escribir. Solo he conocido a una escritora muy buena a la que le encantara escribir. A la mayoría de personas a las que le gusta se les da fatal”.

Pero no solo de Cultura con mayúsculas trata el documental de Scorsese sobre su brillante amiga Frany, la serie habla (y mucho) de la ciudad de NY, en donde hubo un tiempo en que Lebowitz ejerció de taxista (“un oficio en el que no aprendí nada” y donde sufrió discriminación de género), de chófer y hasta de limpiadora de casas. La escritora se queja amargamente del actual estado del transporte público, del desastre arquitectónico perpetrado a lo largo de los años y de la absurda gestión presupuestaria que se lleva a cabo en una ciudad que todos visitan y en la que solo algunos consiguen (sobre)vivir, teniendo en cuenta el prohibitivo precio de la vivienda.

Durante 26 años, vivió en The Osborne, uno de los clásicos edificios de lujo de la gran manzana. Pero, desde 2017, tiene una casa en el barrio de Chelsea de 210 metros cuadrados, que no suele mostrar y que incluye una biblioteca privada con más de 12 mil títulos (“nunca he entendido a la gente que dice que no se ve a si misma en un libro, los libros no son un espejo, son una vía de escape”).

Duramente criticada por su tendencia a la misantropía y por abanderar la resistencia a la colonización tecnológica (no tiene móvil, tablet y ordenador), Lebowitz carga contra sus conciudadanos, los transeúntes distraídos con los que tropieza a diario en las calles de Manhattan (“debo de ser la única persona que sabe a dónde va en esta ciudad”) y se refiere, en general, con cierto desprecio al ciudadano medio neoyorquino, especialmente a los millenials (“nunca pienso en ellos”), a diferencia de los niños pequeños, a quienes encuentra “más interesantes” porque “aún no están llenos de clichés, de modo son más originales, pero se le pasa bastante rápido. No saben lo que son las cosas, así que se lo inventan o hacen preguntas y generalmente no están tratando de convencerte de que saben algo que no saben”.

Sin embargo, no duda en lanzar un mensaje a los más jóvenes que vale para el resto de la audiencia que tenga a bien escuchar lo que tiene que decir: “Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar. Una buena jugada a cualquier edad, pero sobre todo a los 17 años, cuando corres el peligro de llegar a conclusiones molestas”.

Título original: Pretend It's a City 

Año: 2021

Duración: 30 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Martin Scorsese

Guión: Martin Scorsese

Fotografía: Ellen Kuras

Reparto:
Documental, (intervenciones de: Fran Lebowitz,
Martin Scorsese, Alec Baldwin, Spike Lee, Olivia Wilde, Toni Morrison)

Productora: Netflix (Distribuidora: Netflix)

Género: Documental | Miniserie de TV

MANK

Las buenas películas tienen la peculiaridad de permanecer en la retina y andar rondando nuestros pensamientos, aún mucho después de que haya desaparecido de la pantalla hasta la última línea de los créditos finales.

Es lo que sucede con «Mank«, una película rodada en blanco y negro, a la usanza del viejo celuloide, pero con cámaras digitales, añadiendo algo de suciedad y rayas a la imagen para darle ese toque vintage, que destaca en el catálogo de Netflix por no tener nada que ver con lo que uno esperaría encontrar en una plataforma de streaming de las llamadas palomiteras.

Siendo a priori una apuesta muy poco comercial, el último trabajo de David Fincher (nominado al Óscar a mejor director por “El curioso caso de Benjamin Button”, en 2008 y “La red social”, en 2010) es de esas películas con intención de trascender, no solo porque cuenta con una manufactura cinematográfica que aspira a estar a la altura del mejor cine clásico de los 40´s y 50´s (y, muy especialmente, de la película que es su objeto de estudio), sino por la historia que cuenta, que no es otra que la que obsesionaba a su difunto padre, el escritor Jack Fincher, la de la consagración y casi simultáneo descenso a los infiernos del célebre periodista, crítico teatral y guionista de la Metro Goldwyn Mayer, Herman J. Mankiewicz, recordado por su humor cínico y algo temerario (fue capaz de bromear sobre el trasero de Jack Warner en su presencia, siendo este uno de los más poderosos e irascibles productores de Hollywood), su genialidad y su notorio alcoholismo, cuyo mayor éxito había sido producir alguno de los trabajos de los Hermanos Marx, hasta que recibe el encargo de escribir el guion de una película para Orson Welles, por entonces “niño prodigio” del cine neoyorquino, haciendo de “negro” para él.

Así nació Ciudadano Kane” (considerada una de las mejores, si no la mejor película que hasta ahora se haya hecho, que aún hoy sirve de ejemplo en las escuelas de cinematografía de todo el mundo y cuya autoría compartieron, a regañadientes, el propio Mankiewicz y su director y protagonista, Orson Welles, recibiendo un Óscar al mejor guion original, en 1941). Y es que, finalmente, el bueno de Mank decidió renunciar al dinero, pero no a la gloria de figurar como (co)autor del que, sin duda, fue el mejor trabajo de su carrera como escritor y guionista. Un argumento que, según nos cuenta David Fincher en su pelicula, Mankiewicz alumbró en tiempo récord, aislado del mundo, mientras se encontraba convaleciente de un accidente automovilístico que le dejó temporalmente inmovilizado.

El consagrado director de títulos tan memorables como “Alien” (1993), “Seven” (1995) o “El Club de la Lucha” (1999), además de tener un papel decisivo en la creación de exitosas series de televisión como “Mindhunter o “House of Cards”, ambas de Netflix, utiliza como mera excusa argumental la ya legendaria polémica en torno a la verdadera autoría de “Ciudadano Kane” para hablarnos de un conflicto de mucho mayor interés humano y social: el que se le plantea a un hombre íntegro, un intelectual dotado de conciencia y de una lengua tan afilada como su pluma, con cierta tendencia a decir en todo momento lo que piensa, al desafiar con ello a quien era, por aquel entonces, el mandamás de la industria de Hollywood y prácticamente el dueño del país entero, como queda de manifiesto en la maravillosa escena en la que su amante, la explosiva pin-up Marion Davies (Amanda Seyfried no puede estar más convincente en su tierno papel de bobalicona actriz rubia platino, eterna aspirante a un rol protagónico que la consagre) confiesa, algo borracha e imprudente: “una vez, oí a papi ayudar a seleccionar el gabinete del presidente como el reparto de una película…”.

Ese “papi” no es otro que el todopoderoso magnate de la prensa: William Randolph Hearst (magníficamente bien interpretado por el actor británico Charles Dance, últimamente omnipresente en las series de streaming), siempre rodeado de una corte de aduladores comandada por su fiel escudero, el empresario cinematográfico y destacado miembro del partido republicano, Louis B. Mayer (Arliss Howard), igualmente magistral en su papel de redomado hipócrita, especialmente en la escena en la que pide sacrificios a los trabajadores de sus estudios, hasta salir de la recesión económica.

En ese ecosistema de Hollywood, rodeado de lujo, excesos y excentricidades, que Truman Capote definió tan bien como “la hoguera de las vanidades”, sobrevive a duras penas nuestro guionista charlatán, permitiéndose el lujo de discrepar en voz alta, como cuando establece la diferencia entre el socialismo y el comunismo (“el primero es el justo reparto de la riqueza, mientras el segundo reparte la pobreza”) ante los amigos de Hearst, una audiencia indignada (gran retrato de la clase pudiente de origen judío estadounidense que condena y se escandaliza por los crímenes del nazismo, al mismo tiempo que manifiesta su repulsión y rechazo hacia el comunismo bolchevique) que únicamente lo tolera como se tolera al bufón de la Corte, mientras al rey le haga gracia.

Algo que deja de ocurrir una noche aciaga en la que, estando como una cuba, Mank se pasa de la raya en una de sus cínicas alocuciones (emocionante Gary Oldman, en el que probablemente sea uno de los mejores monólogos que ha interpretado en el cine), recordándole a Hearst su pasado y comparándolo con una especie de Quijote moderno que, al igual que exige ahora que hagan otros, traicionó sus propios ideales por afán de poder.

Es así como Mank se convierte en un “apestado” (“estoy quemado” le confiesa a su hermano Joseph L. Mankiewicz), en castigo por haber olvidado la principal enseñanza de “la parábola del mono y el organillero” que, en esencia, viene a decir que los bufones de la corte deben callarse sus opiniones políticas, especialmente si son contrarias a los intereses de quien les da de comer.

Es evidente que Mankiewicz era uno de esos seres, dotado de enorme sensibilidad y talento, cuyo sentido de la integridad y la justicia le jugó malas pasadas a lo largo de toda su vida, predisponiéndolo al autosabotaje (formado en la escuela de cine de Berlín, se dice que estuvo involucrado en la resistencia al nazismo y que el mismísimo Goebbles llego a prohibir la exhibición en Alemania de las películas que llevaran su nombre en los créditos).

“Me he convertido en una rata en una trampa que he fabricado yo mismo, una trampa que voy reparando siempre que empieza a abrirse una brecha por donde escapar”, dicen que dijo cuando ya era un árbol caído. Una frase que sirve de broche final a la película de Fincher y que resume fielmente la esencia de cuanto en ella se expresa.

Título original: Mank

Año: 2020

Duración: 132 min.

País: Estados Unidos

Dirección: David Fincher

Guión: Jack Fincher

Música: Trent Reznor, Atticus Ross

Fotografía: Erik Messerschmidt (B&W)

Reparto: Gary Oldman, Amanda Seyfried, Arliss Howard, Charles Dance, Tom Burke, Lily Collins, Tuppence Middleton, Tom Pelphrey, Ferdinand Kingsley, Jamie McShane, Joseph Cross, Sam Troughton, Toby Leonard Moore, Leven Rambin, Madison West, Adam Shapiro, Monika Gossmann, Paul Fox, Jessie Cohen, Amie Farrell, Alex Leontev, Stewart Skelton, Craig Robert Young, Derek Petropolis, Jaclyn Bethany, Arlo Mertz

Productora: Netflix

Género: Drama. Biográfico. Años 30-40. Cine dentro del cine

FRAGMENTOS DE UNA MUJER

fragmentos de una mujer

“Triste, conmovedora, humana” garabateé ayer en una servilleta de papel estos adjetivos, mientras veía “Fragmentos de una mujer” en Netflix. Una película no apta para quienes soportan mal que el cine no se dedique a edulcorarnos la vida, sino a representarla en su dimensión real, no exenta de crudeza, y cuyo dilatado prólogo, filmado en un trepidante plano secuencia de una intensidad emocional que va “in crescendo”, ha merecido grandes elogios por parte de la crítica especializada, que lo ha calificado como “un espectáculo en sí mismo”.

Lástima que no suceda lo mismo con el resto del metraje.

“Lo malo de empezar una película con un tsunami es que luego bajan las aguas y solo queda un mundo devastado«, se puede leer en la revista Fotogramas. «Los primeros 30 minutos de «Fragmentos de una mujer» son ese tsunami. Un parto filmado en tiempo real que acaba en tragedia, te atropella, te arruga el corazón, te deja sin aliento. Más tarde, el trauma se ensancha y pierde su energía inicial”.

No estoy de acuerdo. Es verdad que necesariamente el ritmo narrativo se ralentiza, porque el drama del que parte el argumento es tan bestia que su desarrollo requiere de una atmósfera y un tempo agónicos que subraye el peso de la desgracia vivida. Pero vayamos por partes.

Marta (sensacional Vanessa Kirby en su entrega a este personaje que le valió el León de Oro como Mejor actriz en el Festival de Venecia) es una embarazada primeriza a punto de dar a luz que decide, junto a su pareja, hacerlo en casa, con ayuda de una comadrona. Pero el trabajo de parto se complica y su bebé fallece en sus brazos a los pocos segundos de nacer, a causa de lo que parece ser una “muerte súbita”.

Lo que se desencadena a continuación es un durísimo proceso de duelo que afecta a la joven madre y a su pareja (Shia LaBeouf, en su versión más hipster) levantando un muro infranqueable entre ambos, como si un mal rayo hubiese partido en dos lo que antes era uno, dejando su relación hecha añicos.

El motivo de este distanciamiento es el hecho de que ambos viven y reaccionan de modo desigual ante la pérdida de su hija. Mientras él se empeña en mantener vivo su recuerdo, enredado en un bucle autodestructivo, ella se esfuerza en digerir lo sucedido, intentando racionalizarlo, sin aferrarse a nada material, ni siquiera al cuerpo sin vida de la pequeña que decide unilateralmente donar a la ciencia, en lugar de darle sepultura como desearía su controladora madre (Ellen Burstyn), empeñada en demandar a la matrona por negligencia, como si el hecho de buscar un culpable pudiese aliviar su dolor y remediar lo irremediable.

Ninguno de los personajes es capaz de rescatar al otro de las garras del sufrimiento. La película trata de eso. De cómo lidiar con el dolor, la depresión y la culpa que nos aísla de los otros y nos parte en mil pedazos la vida, haciendo saltar por los aires el amor y el equilibrio emocional, y empujándonos a actuar de forma extraña.

Unos necesitan venganza, otros evadirse a través del alcohol o del sexo; y algunos sencillamente dejar que el tiempo pase hasta sanar de sus heridas. Nada se puede hacer excepto acostumbrarse a convivir con la pena y seguir adelante.

Como el bebé de Marta, la película de Kornél Mundruczó huele a manzana, cuyas semillas la protagonista hace germinar, en una alegoría bastante obvia de la fertilidad y de la esperanza en una segunda oportunidad para su malograda maternidad.

A decir verdad, el cineasta húngaro tiene cierta tendencia a echar mano de metáforas evidentes, como la insistencia en el plano detalle (tan recurrente en el cine de autor) que muestra las delicadas manos de Vanessa Kirbi con sus uñas enlutadas por un esmalte que se va descascarillando, y que dan idea de cierta fragilidad o abandono; o el puente que no termina de construirse hasta que ya el duelo está concluido. Pero, en estos tiempos donde prima el artificio injustificado, casi se agradece que aparezca alguien que domine la técnica cinematográfica, para ponerla al servicio de la veracidad de una historia creíble de principio a fin.

Título original: Pieces of a Woman

Año: 2020

Duración: 128 min.

País: Canadá-Hungría

Dirección: Kornél Mundruczó

Guión: Kata Wéber

Música: Howard Shore

Fotografía: Benjamin Loeb

Reparto: Vanessa Kirby, Shia LaBeouf, Ellen Burstyn, Molly Parker, Iliza Shlesinger, Jimmie Fails, Domenic Di Rosa, Alain Dahan, Sarah Snook, Ben Safdie, Vanessa Smythe, Sean Tucker, Tyrone Benskin, Dusan Dukic, Noel Burton, Letitia Brookes, Leisa Reid, Joelle Jeremie

Compañías: Bron Studios, Creative Wealth Media Finance. (Productor Ejecutivo: Martin Scorsese)

Género: Drama.Familia

EL BESO DE SINGAPUR

Pocos pueblos, como el británico, hay que sean lo bastante maduros para hacer mofa de su propia historia, sin mayores remilgos, pretendidos remordimientos ni aspavientos patrios, ejercitando la catarsis social mediante el humor y la ironía.

Desde los Monthy Python hasta Mr. Bean, los ingleses han sabido reírse de sí mismos, con el elegante sarcasmo y la flema que les caracteriza, ridiculizando todo lo ridiculizable, empezando por la mismísima Reina y su conflictiva prole.

Quizá por ello no resulte una gran novedad el hecho de que una serie de ficción, como “El beso de Singapur” se atreva a desacralizar a una de las instituciones más respetadas por el pueblo británico, como es su ejército, poniendo en cuestión, a la manera en que lo haría nuestro inolvidable Gila, el papel que ciertos militares y generales ineptos ejercieron, en momentos decisivos de la historia de la Commonwealth, al menospreciar la capacidad invasora del enemigo.

Las peroratas de Winston Churchill para fortalecer el espíritu y la cohesión del país y levantar la moral de sus tropas durante la II Guerra Mundial ha dejado, además de un coleccionable de frases célebres que circulan a diario en las redes sociales, la idea de una Armada británica invencible, honorable y sacrificada, siempre al servicio de los intereses del Imperio y la Corona. Pero «The Singapore Grip«, la novela de James Gordon Farrell en la que está basada la miniserie de seis capítulos que estos días puede verse en Filmin, revela que no es oro todo lo que reluce.

La historia sucede en los años 40, y se sitúa en la por entonces colonia del sudeste asiático, donde un reducido grupo de familias de la alta sociedad inglesa controlaba el próspero negocio del caucho, días antes de que Japón decidiera invadir el territorio, en lo que Winston Churchill consideró como “el peor desastre de la historia militar británica”.

Es precisamente esa frase la que se dice que inspiró a Farrell y al oscarizado guionista Christopher Hampton («Las amistades peligrosas«, «Carrington«), para hacer de «El beso de Singapur», una mordaz y, sin embargo, elevada sátira sociopolítica, cuyo título hace referencia a una práctica sexual de origen oriental, muy apreciada en occidente, al tiempo que alude al “enganche” de la población asiática local a la cultura colonialista.

A partir de ahí, nos encontramos con una despiadada farsa que refleja el declive del Imperio Británico en un tono casi caricaturesco que no deja títere con cabeza, denunciando a un tiempo la torpeza del alto mando militar y la hipocresía de la alta sociedad británica, tan estirada, prepotente y frívola, como egoísta, racista e incapaz; y las corruptelas del sistema colonial, en manos de funcionarios desaprensivos y empresarios tiranos y avariciosos, que se comportan como auténticos corsarios pues, no conformes con explotar a los nativos como mano de obra esclava, ven la oportunidad de hacer negocio aprovechando las necesidades de la guerra.

Dirigida por Tom Vaughan («Press«), “El beso de Singapur” es, en suma, una serie amena e inteligente de estructura clásica, que sería injusto catalogar de simple drama romántico, pese a que la historia pivota sobre el duelo entre dos mujeres (una inglesa y otra asiática) por el mismo hombre, pues persigue una indisimulada intención de crítica social.

No en vano está escrita por quien ya demostrara su capacidad para reflejar la podredumbre y doble moral de las clases pudientes en “Las Amistades Peligrosas”. De la pluma, siempre afilada, de Christopher Hampton emanan líneas de diálogo memorables que trazan una semblanza corrosiva de unos personajes bien interpretados por actores que encajan a la perfección con las necesidades del guion, incluido el veterano Charles Dance (el inolvidable Tywin Lannister de «Juego de Tronos» y Lord Mountbatten en «The Crown«), Oficial de la Orden del Imperio Británico y efectivo reclamo publicitario, aunque su aportación a la serie sea casi testimonial.

Dotada de una realización y una estética impecables, dignas de mención son sin duda la ambientación, decorados, vestuario y localizaciones, a la altura de las mejores series británicas, así como la banda sonora que echa mano de los ritmos de jazz, una auténtica maravilla desde los créditos iniciales.

Entretenida y aleccionadora, ¿alguien da más?

Título original: Yhe Singapore Grip

Año: 2020

Duración: 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Tom Vaughan

Guión: Christopher Hampton (Basado en la novela de J.G. Farrell)

Música: Anne Dudley

Fotografía: John Lee

Reparto: Luke Treadaway, David Morrissey, Colm Meaney, Charles Dance, Elizabeth Tan, Georgia Blizzard, Luke Newberry, Bart Edwards, Christophe Guybet, Ed Birch, Julian Wadham, Nicholas Agnew, Jane Horrocks, Richard Lumsden, Martin Wenner, Bradley Hall, Sam Cox, Joe Bannister, Tom Edden, Masa Yamaguchi, Paul Sharma, Nicola Harrison, Alfred Loh, Leigh Barwell, John Bowe, Daniel Gan, Geoffrey Giuliano, Stuart McQuarrie, Eoin O'Brien, Mark Tandy, Joseph J.U. Taylor

Productora: Mammoth Screen

Género: Serie de TV. Drama. Comedia. Romance. Colonialismo. S. XX

EL CIELO DE MEDIANOCHE

Se llama Caoilinn Springall, tiene 8 años y es la protagonista absoluta de «Cielo de medianoche«, la última película dirigida y protagonizada por el oscarizado George Clooney, que se ha estrenado esta Navidad en Netflix. Lo cual tiene doble mérito, si tenemos en cuenta que el personaje que interpreta apenas articula palabra en las dos horas (eternas) que dura el largometraje, rodado en las gélidas tierras de Islandia. Más concretamente, en el descomunal glaciar Vatnajökull, el tercero mayor del mundo, con unos 8.000 kilómetros cuadrados y hasta uno de espesor, que ha servido de escenario de otras producciones cinematográficas, como “Muere otro día” (Lee Tamahori, 2002), “Batman Begins” (Christopher Nolan, 2005) o las secuencias de “Más allá del Muro” de “Juego de tronos” (David Benioff y D. B. Weiss, 2011-2019).

El caso es que la pequeña Caoilinn se planta frente a la cámara con esos enormes ojos del color de las profundidades del océano y no necesita hablar para conquistar nuestro corazón. Tan grande es el magnetismo que irradia su angelical rostro que incluso consigue que pasemos por alto el no saber quién es ni qué demonios hace ahí, interrogantes esenciales para entender el sentido de la cinta y que solo serán despejadas, en una cabriola argumental, al final de la misma.

Sin desvelar nada ni incurrir en spoilers, diremos que se trata de un drama postapocalíptico y a la vez de una aventura espacial, basado en la novela “Good Morning, Midnight”, de Lily Brooks-Dalton y que relata los afanes de Augustine Lofthouse, experto astrónomo destacado en una base del Ártico quien, después de que un misterioso cataclismo asole la Tierra, intenta contactar con una nave espacial enviada hace años a explorar el espacio exterior, en busca de otro planeta que la especie humana pudiese colonizar, para avisar a sus tripulantes de que no regresen y den media vuelta, pues la Tierra ya no es un lugar habitable.

Haciendo analogía del propio desarrollo de la película, creo que Clooney parte del acierto, pero se pierde en mitad de la tormenta. La premisa que la inspira resulta interesante y cobra una actualidad inusitada, en la medida en que enlaza con las predicciones de gente tan cualificada como Stephen Hawking (quien ya advirtió de que la especie humana tendría que buscar pronto una alternativa para su supervivencia, pues el planeta Tierra no podría dar mucho más de sí, teniendo en cuenta la irresponsable actitud de quienes lo habitan) e intenta recrear las expediciones a otros planetas que ya están llevando a cabo la NASA y otros, anticipándose a esos malos augurios.

A partir de ello, se construye esta historia cuyo desarrollo argumental, sin embargo, deja demasiados cabos sueltos. Así, por ejemplo, nunca llegamos a saber a dónde huyen los desesperados pobladores de la base del Ártico, dejando a Augustine en la más absoluta soledad nada más empezar la historia ni qué ha sido exactamente lo que ha hecho que el aire en la tierra se vuelva irrespirable (¿una hecatombe nuclear? ¿Un escape de uranio enriquecido?) o si ello es la causa de que el personaje que interpreta Clooney padezca una enfermedad terminal (¿cáncer?) que le obliga a hacerse transfusiones de sangre a diario y a tomar una medicación que le provoca nauseas (¿quimioterapia?).

Por si esto fuera poco, el periplo que emprende el científico hacia el Lago Hazel, en busca de una mejor señal para comunicarse con los exploradores del espacio, se parece en demasía al de otros filmes, como “El Renacido” de Leo Di Caprio y se excede, en tiempo y forma, al intentar recrear la crudeza de las condiciones meteorológicas, con escasos destellos de emoción y belleza visual, en momentos como el acecho de los lobos y la inmersión en el agua helada al romperse la placa de hielo a sus pies o la inquietante imagen de las gotas de sangre de un astronauta herido flotando en un espacio ingrávido, de un frío y peculiar aliento lírico; pasando de puntillas por lo realmente importante a nivel argumental que es la relación de Augustine con esa misteriosa niña, llamada Iris, que le acompaña como una sombra silenciosa.

Básicamente estoy de acuerdo con quienes han dicho que en “El Cielo a medianoche” conviven en realidad dos películas potencialmente interesantes, pero cuyo atractivo no termina de despegar en ninguno de los dos casos y que sus diferencias, de hecho, en vez de complementarse, se anulan parcialmente hasta coincidir en un nexo común algo arbitrario.

Ciertamente, el espectador tiene la sensación de estar haciendo zapping entre lo que sucede en la tierra y los apuros técnicos a los que se enfrentan los viajeros de la estación espacial Ether, cuyo equipo de astronautas intenta volver a casa portando la buena nueva de que existe una luna habitable en Saturno, sin saber muy bien qué tiene que ver una historia con la otra. Aunque no creo que el esfuerzo sea enteramente desdeñable por todo lo ya expuesto y porque George Clooney tiene a estas alturas el suficiente olfato, experiencia y talento, para saber reunir a un staf protagónico de primer nivel, con él mismo y la gran Felicity Jones (en su momento de mayor popularidad tras protagonizar “La Teoria del Todo”, precisamente un biopic sobre la vida del visionario científico Stephen Hawking, y “Una cuestión de género”) a la cabeza y ese portentoso diamante en bruto que es Caoilinn Springall. Merece la pena soportar las casi dos horas de marcha en la nieve, solo por ver lo que tiene que decir sin apenas pronunciar palabra.

Título original: The Midnight Sky 

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George Clooney

Guión: Mark L. Smith (Basado en la novela de Lily Brooks-Dalton)

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Martin Ruhe

Reparto: George Clooney, Felicity Jones, David Oyelowo, Demian Bichir, Kyle Chandler, Tiffany Boone, Caoilinn Springall, Ethan Peck, Lilja Nótt Þórarinsdóttir, Tia Bannon, Sophie Rundle, Tim Russ, Miriam Shor, Jill Buchanan, Kishore Bhatt, Bharat Mistri, Natasha Jenssen, Olivia Noyce, Edan Hayhurst, Atli Oskar Fjalarsson, Grant Crookes

Compañías: Anonymous Content, Netflix, Syndicate Entertainment, Smoke House Pictures, Truenorth Productions

Genero: Fantástico. Apocalíptico

A LA MIERDA EL 2020

El difunto 2020 ha sido un año tan prolijo en desgracias, sobresaltos, convulsiones sociales y enredos de todo tipo que no queda más remedio que tomárselo a risa. O al menos eso es lo que han debido de pensar los dueños de Netflix que han contratado a Charlie Brooker y Annabel Jones (creadores de la distópica Black Mirror) para que nos expliquen los principales acontecimientos acaecidos el pasado año a través de un falso documental que es, en realidad, una exquisita, inteligente y mordaz sátira social, en la que un puñado de famosos de postín (desde Samuel L. Jackson hasta Hugh Grant, pasando por Lisa Kudrow, Tracey Ullman, Diane Morgan, Leslie Johns, Cristin Milioti, Kumail Nanjiani o Joe Keery) desgranan la actualidad reciente (especialmente en lo que a los EE.UU. afecta) con ojo crítico, intentando encontrarle la puñetera gracia.

En su relato, adoptan diferentes roles que les convierten en voces autorizadas para interpretar y juzgar los hechos que cuentan de manera cronológica: desde el devastador incendio que asoló Australia recién estrenado el mes de enero hasta la pandemia, la cuarentena y la esperada aparición de la vacuna contra el coronavirus. La cumbre del cambio climático celebrada en Ginebra, en la que Greta Thunberg abroncó a los principales líderes del mundo, el tira y afloja del Brexit, el impeachment de Trump y su polémica derrota electoral, la avanzada edad y escaso carisma de Biden (regresando de entre los muertos, “como el fantasma de un viejo mayordomo”), el auge del fascismo, la polarización social y la explosión racial y el surgimiento del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de George Floyd; las muertes del general Soleimani, que casi nos pone a las puertas de la III Guerra Mundial y de la juez feminista Ruth Baden. Todo está ahí. Contado como si fuera un gran meme que hace mofa de la incompetencia de quienes se supone que debían llevar el timón y conducir la nave a buen puerto, Donald Trump (y sus absurdas recomendaciones de ingerir legía para matar el virus), Boris Johnson (cuya falta de cualificación se compara a la de un calcetín) y hasta Su (tozuda) Majestad, la reina Isabel II que acaba de descubrir las ventajas de Youtube y de contratar a una community manager de cabecera.

Singularmente magistral está Hugh Grant derrochando toda su flema británica al meterse en la piel de un excéntrico, repelente y puntilloso historiador, de lengua afilada, al que se le hace difícil distinguir entre la realidad y un episodio del Señor de los Anillos o Juego de Tronos, pero no lo están menos Samuel L. Jackson en el papel de un indignado periodista de prestigio obsesionado por el color de la piel; Leslie Jones, como una psicóloga social defensora de las minorías (especialmente las mujeres y los negros), el desalmado multimillonario de las tecnológicas, Kumail Nanjiani o la increíble Lisa Kudrow (“Friends”), que empieza siendo una furibunda y cínica portavoz de la campaña de Trump y termina negándolo todo, incluyendo que alguna vez lo haya sido.

Pero si he de quedarme con algún personaje, me quedo con los que interpretan Diane Morgan y Cristin Milioti, poniendo de relieve la estulticia del ciudadano medio, alienado por “la verdad revelada” en las redes sociales y por lo que le cuenta la televisión, de cuyo influjo es incapaz de escapar, debido a su escasa preparación e inteligencia.

En definitiva, un buen divertimento para hacer memoria y echar unas risas, y un desahogo para el sentido crítico en un año frenético, peligroso, convulso y luctuoso, en el que hemos andado bastante escasos de ello.

Título original: Death to 2020

Año: 2020

Duración: 70 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Al Campbell, Alice Mathias

Guion: Charlie Brooker, Alan Connor, Jason Hazeley, Thanyia Moore

Fotografía: Jamie Cairney

Reparto: Samuel L. Jackson, Hugh Grant, Lisa Kudrow, Kumail Nanjiani, Tracey Ullman, Samson Kayo, Leslie Jones, Diane Morgan, Cristin Milioti, Joe Keery, Lily Sullivan

Productora y distribuidora: Netflix.

Género: Comedia. Coronavirus (COVID-19). Sátira. Falso documental

THE PROM

the prom

Acabo de ver esto en Netflix y siento una extraña mezcla de decepción y vergüenza ajena.

Meryl Streep, Nicole Kidman… ¿Qué necesidad? Todavía lo entiendo del histriónico y pelota James Corden, que aún debe de estar sin poderse creer el haber compartido cartel con semejantes superestrellas, a quienes a lo máximo que hubiera aspirado hasta ahora es a entrevistar en su coche. ¿Pero dos grandes divas de la actuación como ellas? Su afición y exitosa experiencia en el género de los musicales no parece ser suficiente razón para aceptar protagonizar un film tan mediocre como «The Prom» plagado de estereotipos y moralina pseudoprogre, que desaprovecha y desmerece su enorme talento.

Bajo el pretexto de reivindicar el poder del teatro y la celebridad para transformar el mundo y cambiar (a mejor) la vida de las personas (“no somos monstruos, somos perturbadores culturales”; “un entretenimiento es pasajero, una evasión es curativa”) lo que hace Ryan Murphy -autor de otros desastres cinematográficos, como ‘Recortes de mi vida‘ (2006) o Come, reza, ama (2010)- es pervertir y sabotear el argumento que sirvió de base a un discreto espectáculo estrenado hace un par de años en Broadway, con una adaptación penosa, plagada de tópicos y de un infantilismo conceptual y visual que atenta contra las buenas intenciones que inspiran la película, concebida como un gran musical cinematográfico y que, sin embargo, parece más una secuela de «High School Musical«.

La historia es simple: un grupo de actores teatrales narcisistas y venidos a menos, arruinados por la mala crítica, deciden relanzar su popularidad a través del activismo oportunista, para lo cual eligen al azar “una buena causa” que abanderar, que preferiblemente sea tendencia en las redes sociales. Es así como irrumpen en la reunión de padres de un instituto de Indiana -la América profunda que vota(ba) a Trump- para apoyar públicamente a una estudiante a la que se prohíbe asistir al baile de graduación, tras haberse declarado lesbiana.

A partir de esa premisa, la película desbarra de todas las maneras posibles, abusando de lo obvio de forma grotesca, como la insistencia en utilizar la paleta de colores primarios en un vestuario, maquillaje y decorados increíblemente horteras, en reiterada y manida alusión a la bandera arcoiris y a cierta estética a medio camino entre Barrio Sésamo y el Día del Orgullo Gay.

Pero, siendo esto penoso, lo peor es sin duda la manera tan superficial y hasta ñoña (“happy end” coreografiado incluido) en la que se aborda y se resuelve el que se supone es el nudo dramático -el problema de aceptación al que se enfrentan aun muchos adolescentes al “salir del armario”- que a menudo queda eclipsado por el exceso de artificio y el inevitable peso que las celebridades y sus respectivos números musicales de lucimiento tienen en el desarrollo argumental, así como por unas canciones insulsas a más no poder que, como apoyo al desarrollo de la historia, dejan mucho que desear.

En definitiva, de todo lo visto y leído acerca de ella, me quedo con las duras pero merecidas palabras que Alejandro Alegré le dedicaba en El Confidencial y que suscribo de principio a fin: “The Prom trata —entre otras cosas—de rendir homenaje a la magia del teatro, y para ello no solo recurre al descuido narrativo, la falsedad emocional, la fealdad visual y la superioridad moral, sino que además es una película tan chillona a la hora de predicar la tolerancia que llega a resultar difícilmente tolerable. En última instancia, el tratamiento que da al problema de la homofobia y el fundamentalismo es tan simplista y genérico, tan orgullosamente ajeno a los problemas reales que la comunidad LGTBI sigue sufriendo en muchos lugares, que al final acaba pareciéndose demasiado a los vanidosos actores de Broadway que la protagonizan y adoptando la misma actitud deshonesta (yo añadiría oportunista) y autocomplaciente que trata de ridiculizar”.

FICHA TÉCNICA:

Título original: The Prom

Año: 2020

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Murphy

Guion: Jack Viertel (Basado en el musical de Chad Beguelin, Bob Martin)

Música: Matthew Sklar

Fotografía: Matthew Libatique
Reparto:
Meryl Streep, Nicole Kidman, James Corden, Andrew Rannells, Kerry Washington, Keegan-Michael Key, Kevin Chamberlin, Nico Greetham, Jo Ellen Pellman, Logan Riley Hassel, Ariana DeBose, Monroe Cline, Nathaniel J. Potvin, Kiara T. Romero, Briana Price, Ryan Kendrick, Tori Kostic, Jillana Laufer, Sydney Cope, Chelsea Corp, Jeni Jones, Erica Lynn, Sofia Deler, Donyea Martin, Jade Patteri, Marcus Bailey, Joe Abraham, Morgan Dudley, Annie Ruby, Matthew Moseley, David Eby, Sierra Puett, Tasha Casberg, Anna Berg, Jeffrey Lynn White Jr.

Productora: Netflix, Ryan Murphy Productions (Distribuidora: Netflix)

Género: Musical. Comedia. Drama | Homosexualidad

EL DESORDEN QUE DEJAS

El cine español se ha agarrado con fuerza a las plataformas digitales para vender su producto. Echando un rápido vistazo al catálogo de series esta Navidad, se puede comprobar cómo prácticamente todas ellas ofrecen uno o dos títulos de estreno de manufactura nacional. “El Cid” (Amazon Prime), “30 Monedas” (HBO), “Los favoritos de Midas” (Netflix)… Se trata, en su mayor parte, de series de consumo rápido, con pocos capítulos, que aprovechan el tirón de sus jóvenes protagonistas en trabajos precedentes y cuyas temáticas, siendo variadas, apuntan a cierta preferencia por el género de suspense, como la serie a la que me quiero referir.

Creada por Carlos Montero a partir de su propia novela, «El desorden que dejas» se nos presenta como un thriller ambientado en la Galicia rural y juega con dos planos temporales separados en el tiempo por la trágica desaparición y presunto suicidio de Viruca, una profesora de instituto admirada por sus alumnos, con quienes establece una relación tóxica de índole personal, que excede cualquier código deontológico.

Más allá del llamativo y logradísimo acento gallego de sus principales protagonistas: Inma Cuesta (“La novia”), Arón Piper (“Elite”), Roberto Enríquez (“Vis a vis”), Bárbara Lennie (“Petra”), ninguno de ellos nacido en la costa del cantábrico, hay varias cosas salvables de la serie. Especialmente seductor resulta ese juego narrativo en el que el pasado se hace presente y vemos a personajes ya fallecidos interrelacionarse con la protagonista, mientras esta intenta recomponer el puzzle de la vida de una mujer a la que no conoce de nada, pero con la que descubrirá que tiene más de una cosa en común, hasta desentrañar los verdaderos motivos de su muerte.

Y es que hay algo de realismo mágico a la gallega en los sueños de Raquel (Inma Cuesta) con su madre muerta y en las visiones que tiene de Viruca. Poco a poco, irá desentrañando un retorcido misterio que sacará a la luz la doble vida de la profesora fallecida, a la vez que terminará desenterrando los secretos más siniestros de algunos de los habitantes de ese apacible pueblo llamado Novariz.

Muy notables son las actuaciones de los tres chavales del elenco, Arón Piper (Iago), Roque Ruiz (Roi) y, en menor medida, Isabel Garrido (Nerea), tres adolescentes problemáticos, explorando sus propios límites e intentando expiar sus traumas infantiles. Así como la de las dos protagonistas, Inma Cuesta (la naturalidad personificada) y Bárbara Lennie (Viruca, un personaje que gana en complejidad a medida que vamos descubriendo detalles de su vida algo turbia).

Sin embargo, creo que el guión incurre en cierta exageración y en una abundancia de tópicos que reducen el argumento a algo poco creíble y desmerecen el resultado final, como el hecho de que una simple profesora de instituto, acosada por sus alumnos, se calce el uniforme de agente del CSI y lleve a cabo una investigación exhaustiva, a partir de una simple sospecha, poniendo en peligro su propia vida al seguir como un sabueso todas y cada una de las pistas que le conducen a los verdaderos motivos de la muerte de su predecesora en la cátedra de literatura o que acabe inevitablemente enrollándose con el ex marido de la profesora muerta, en una escena cuyo detonante es algo tan manido como que llega a su casa una noche empapada por la lluvia y debe cambiarse de ropa.

No es cuestión aquí de hacer spoiler, mucho menos tratándose de una serie de suspense, por lo que me limitaré a decir que ésa es en esencia la trama de “El desorden que dejas”, sobre la que se van liberando diferentes subtramas que terminan confluyendo en lo que se pretende sea un gran final. Lástima que, para cuando este se acerca, resulte ya todo demasiado previsible.

A pesar de ello, la serie se deja ver y puede tener su público. No es un enrevesado rompecabezas con giros inesperados que nos saquen los ojos de sus órbitas y nos descoyunten la mandíbula, pero tampoco incurre en demasiadas excentricidades ni defrauda las más altas expectativas. Se trata más bien de un trabajo discreto que apuesta por la sobriedad y que tiene a su favor la excelente elección de su localización en tierras gallegas, sin cuya atmósfera húmeda y sobrenatural, no podría funcional igual. Un thriller de manual. Fácil de digerir y fácil de olvidar.

Título original: El desorden que dejas

Año: 2020

Duración: 50 min.

País: España

Dirección: Carlos Montero (Creador), Carlos Montero, Silvia Quer, Roger Gual

Guión: Carlos Montero, Javier Holgado, Andrés Seara (Novela: Carlos Montero)

Música: Lucio Godoy, Ricardo Curto (Canción: Xoel López)

Fotografía: Isaac Vila

Reparto: Inma Cuesta, Bárbara Lennie, Tamar Novas, Arón Piper, Roberto Enríquez, Roque Ruíz, Isabel Garrido, Federico Pérez, Susana Dans, Alfonso Agra, Xosé A. Touriñán, Abril Zamora, Xavier Estévez, María Tasende, Camila Bossa, María Costas, Mela Casal, César Cambeiro

Productora: Vaca Films. Netflix España.

Género: Serie de TV. Intriga. Thriller. Drama Colegios. Enseñanza

LA PRINCESA ESPAÑOLA

No le ha gustado mucho a cierta prensa española el retrato que la serie británica, «The Spanish Princess«, que se emite en HBO, hace de Catalina de Aragón, la hija menor de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, Infanta de España y Reina de Inglaterra gracias a su unión matrimonial con Enrique VIII, llevada a cabo mediante dispensa papal, en segundas nupcias, al enviudar esta de su hermano Arturo, Príncipe de Gales y primer heredero al trono, fallecido a los cinco meses de casarse con Catalina, con quien había estado prometida desde los tres años, como parte de la estrategia de alianzas de sus progenitores para aislar a Francia.

De ella han criticado, sobre todo, supuestas imprecisiones históricas y el “sacrificio de ciertos personajes y hechos en aras de la licencia narrativa, más propia de un culebrón o drama romántico”. Pero, de haberlas, son en mi opinión “peccata minuta” respecto al retrato global que en la serie se hace de la propia (sin)razón de ser que ha inspirado y sostenido a la institución monárquica a lo largo de la Historia (sucesión dinástica y derecho divino) y de las miserias e intrigas de la Corte, a través del relato de una vida que realmente fue de telenovela.

Sospecho que el descontento procede más bien del hecho de que «La princesa española» desacraliza la regia figura de Catalina presentándola en toda su contradictoria y poliédrica humanidad y, sobre todo, desafía la leyenda hagiográfica de sus padres, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, a quienes retrata como dos verdaderos canallas, capaces de cualquier atrocidad (como poner en marcha la Inquisición con la expulsión de los judíos y herejes de España, para satisfacer el fanatismo de la muy católica reina Isabel) o traicionar a su propia estirpe (como hizo el rey Fernando encerrando a su primogénita y heredera al trono, Juana “la Loca”, en Tordesillas) para satisfacer su propia ambición de poder.

Digna hija de su madre, Catalina se nos presenta desde el primer capítulo de la serie, como una mujer testaruda, convencida de tener un destino trazado por voluntad de Dios y determinada a hacer lo que fuera preciso porque ese destino se cumpla, incluso mentir acerca de su virginidad al enviudar, asegurando que el matrimonio con Arturo no llegó a consumarse para poder casarse en segundas nupcias con quien realmente fuera el amor de su vida, Enrique VIII, y así ser reina Inglaterra, algo a lo que siempre creyó estar predestinada.

Lo cierto es que Catalina no solo llegó a ser reina, sino también una de las soberanas más queridas por el pueblo inglés. El mismísimo William Shakespeare habló de ella como “la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina”. Y ello, a pesar de haber sido una mujer atormentada por la culpa y por el hecho de no haber podido darle un hijo varón al rey, quien la repudió y humilló públicamente por ello, expulsándola de la Corte para casarse con Ana Bolena (otra gran maltratada de la Historia).

Es verdad que “The Spanish Princess” la presenta como una esposa amantísima, incapaz de traicionar a su marido, a quien consiente toda clase de infidelidades y ultrajes, debido a su férreo sentido de la lealtad a la Corona y el deber conyugal, pero sería injusto decir que se queda en ello, pues el retrato que se hace de Catalina es el de un personaje mucho más sólido y complejo que, ya en 1507, actuó como embajadora de la Corte Española en Inglaterra, convirtiéndose así en la primera mujer embajadora de la historia europea.

Católica hasta el fanatismo, como su propia madre, pero con un corazón menos severo, dispuesta a cuidar y proteger a quienes le eran fieles y a mostrar piedad con quienes no lo eran, durante los años en los que reinó junto a Enrique VIII (en su propia ensoñación de Camelot) Catalina se convirtió en una inesperada e influyente figura política, llegando incluso a ser reina regente durante varios viajes del rey a Francia, y teniendo que lidiar con la incursión escocesa en Inglaterra que desembocó en la batalla de Flodden Field. Para la mitología queda la historia de que viajó embarazada y equipada con armadura a arengar a las tropas antes de la célebre contienda, que en la serie se exagera bastante ubicándola en el propio campo de batalla.

The Spanish Princess” (tercera entrega de una trilogía basada en los libros de Philippa Gregory, cuyas protagonistas son mujeres jóvenes que suben al trono, en un clima complicado, tanto en la corte como en el país) habla de esa mujer fuerte a pesar de su juventud (murió a los 49 años), excepcionalmente preparada para su época, ducha en las artes de la política y el dominio de varias lenguas que pasó un infierno personal y moral al intentar infructuosamente satisfacer las exigencias de la Iglesia y la Corona y darle un heredero al rey, como era su deseo.

Tras la muerte súbita de su primer hijo y los muchos abortos que le sucedieron y que Enrique VIII atribuyó a una maldición divina por haberse casado con la mujer de su hermano, Catalina engendró una hija, María I de Inglaterra a quien al principio rechazó por no ser el esperado varón y, ya fuera de la Corte, educó para ser la primera mujer que reinase por derecho propio en Inglaterra.

Así era Catalina. Mecenas del humanismo renacentista y amiga de los grandes eruditos como Erasmo de Róterdam y Tomás Moro, el controvertido libro “De institutione feminae christianae” de Juan Luis Vives, que afirmaba que las mujeres tienen derecho a una educación, fue encargado y dedicado a ella. Tal fue la impresión que causó que, incluso su enemigo Thomas Cromwell, dijo de ella que «si no fuera por su sexo, podría haber desafiado a todos los héroes de la historia«.

No sé si será su mejor biopic, pero me quedo con el desagravio que la serie hace de su figura y su contribución histórica, poniendo en valor la determinación, la fuerza y la inteligencia femeninas en un contexto y una época donde ser mujer era mucho más difícil que ahora.

Título original: The Spanish Princess

Año: 2019

Duración: 55 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Emma Frost (Creador), Matthew Graham (Creador), Birgitte Stærmose, Stephen Woolfenden, Lisa Clarke, Daina Reid

Guion: Philippa Gregory, Emma Frost, Matthew Graham, Helen Childress, Nicki Renna, Andrea Thornton

Música: Chris Egan, Samuel Sim

Fotografía: Maja Zamojda, Stefan Ciupek

Reparto:Charlotte Hope, Richard Pepper, Aaron Cobham, Elliot Cowan, Stuart McNeil, Alicia Borrachero, Ruairi O'Connor, Jordan Renzo, Oliver Rix, Nick Barber, Nadia Parkes, Alan Mckenna, Harriet Walter, Morgan Jones, David Kirkbride, Bradley Birkholz, Fra Fee, Laura Carmichael, Philip Cumbus, Georgie Henley, Angus Imrie, Alexandra Moen, Luka Peros, Rachael Evelyn, Rosalind Whelan, Mark Schneider, Philip Andrew, Tom Bennett, Daniel Cerqueira, Alba Galocha

Compañías: All3 Media, New Pictures, Playground Entertainment, Netflix

Género: Serie de TV. Drama Histórico

DEJA QUE HABLEN

Steven Soderbergh ha vuelto a hacerlo. El director que reinventara el cine hace tres décadas con Sexo, mentiras y cintas de vídeo‘, se adelantara al futuro con películas como “Contagio”, se especializara en cierto cine de denuncia social con títulos como “Erin Brokovich” o “Efectos secundarios” y, finalmente, consiguiera el Oscar por ‘Traffic‘, ha iniciado un idilio con las plataformas de streaming que, en sus propias palabras, “están haciendo el cine que los estudios no quieren hacer y la gente sí quiere ver”. 

Primero fue “Laundromat, dinero sucio” (Netflix), que el autor define como “una producción de presupuesto medio para gente adulta” y cuyo argumento pivotaba sobre el escándalo del latrocinio a escala mundial que supusieron las revelaciones de los Panamá Papers y ahora este “Deja que hablen” (HBOMAX). Un relato más intimista sobre el proceso creativo de Alice Hughes, célebre escritora de edad avanzada que decide emprender una travesía transoceánica de Nueva York a Londres, a bordo del Queen Mary 2, para recibir un premio literario en compañía de su sobrino (Lucas Hedges), a quien quiere como al hijo que nunca llegó a tener, y de sus dos mejores amigas de juventud, con quienes apenas ha mantenido contacto en las últimas décadas, mientras perfila el borrador de su último libro.

No creo equivocarme al decir que el gran acierto de esta película rodada cámara en mano (mientras los pasajeros reales del crucero hacían de figurantes), estriba en la elección de sus protagonistas. Y no me refiero solo al sello de garantía que da contar (una vez más) con la grandiosa Meryl Streep (¿se puede estar más sublime y tener una voz más seductora, a los 70 años?) como cabeza de cartel. Sino al exquisito reparto que la acompaña, en el que destacan muy especialmente la oscarizada Dianne Wiest (musa de Woody Allen) y la legendaria Candice Bergen.

Ver a estas tres damas de la actuación juntas, en plena madurez interpretativa, representar con tantísima dignidad, elegancia y carácter los papeles que se les han asignado, resulta enormemente gratificante para quienes aún amamos el cine que cuida de la calidad de los diálogos, más que la de los efectos especiales. Especialmente si tenemos en cuenta que buena parte de la película ha sido rodada sin guión.

“Nos daban un resumen de una situación y sabíamos dónde teníamos que terminar. Pero no nos decían cómo llegar allí”, ha explicado divertida Streep en las entrevistas de promoción de la película. Partiendo de un conocimiento exhaustivo de la historia que el director quería contar, así como de la personalidad y la biografía de los personajes, las actrices tenían que decidir qué iban a decir y cómo hacerlo. Una experiencia de improvisación que tanto Bergen como Wiest calificaron de “aterradora” y que consigue, a la vista está, un resultado excelente, como no podía ser de otra forma tratándose de intérpretes de tanto talento.

La lealtad familiar, la amistad, el compromiso, la cultura como entretenimiento o como elevación del espíritu y la traición, son algunos de los grandes temas que toca esta pequeña historia con vocación de trascendencia, nacida de la inquietud de un director que sigue creyendo que el cine puede (y debe) ser la voz que alerte a nuestra conciencia.

Título original: Let Them All Talk

Año: 2020

Duración: 113 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Soderbergh

Guion: Deborah Eisenberg

Música: Thomas Newman

Fotografía: Steven Soderbergh

Reparto: Meryl Streep, Dianne Wiest, Candice Bergen, Lucas Hedges, Gemma Chan, Saskia Larsen, Pete Meads, Christopher Fitzgerald, Mary Catherine Garrison, Elna Baker, Samia Finnerty, Fred Hechinger, David Siegel, David Shepard, Stephanie Phippen, Dominic Crisonino, Mike Doyle, John Douglas Thompson, Daniel Algrant, Barbara Rickard, Haydn Rickard, Andrea Kaiser, Al Gwilt

Compañías: Extension 765, HBO, Warner Bros., LS Productions. HBO Max.

Género: Comedia dramática. Road Movie. Literatura