LABERINTO DE PAZ

El estreno de esta semana en Filmin se llama “Frieden” (“Laberinto de Paz”) y es una interesante y reveladora miniserie de época, ambientada en los días inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que pone en tela de juicio la imparcialidad de “el país más neutral del mundo”, Suiza, y su papel durante la postguerra, al convertirse en el primer lugar de acogida para víctimas y verdugos (judíos liberados de los campos de concentración y desertores nazis que conseguían salir de Alemania), por ser paso fronterizo.

Creada por Petra Biondina y Mike Schaerer y protagonizada por un eficaz elenco de actrices y actores locales, encabezado por la joven Annina Walt (Klara), el carismático Max Hubacher (Johann) y el oscuro Dimitri Stapfer (Egon), se trata de una multipremiada superproducción centroeuropea, basada en hechos reales, en cuyo argumento se desliza con sinceridad y delicadeza, aunque quizá también con excesiva frialdad, una demoledora crítica hacia la conducta de muchos empresarios e instituciones del país helvético (desde la Fiscalía General hasta la Cruz Roja Internacional), en un tiempo aún convulso en el que, tras perder a uno de sus socios comerciales más importantes, como era Alemania, Suiza entró en una grave crisis económica y decidió vender en secreto su alma al diablo.

De hecho, podría decirse que representa un valiente acto de contrición histórica, al sacar a la luz una incómoda verdad, en la que se contrapone la falta de hospitalidad de las autoridades, reacias a dar permiso de residencia a los supervivientes de los campos de concentración liberados por el ejército aliado, y de la propia ciudadanía suiza que los recibe con desconfianza y rechazo; frente a la calurosa acogida que se dispensa, en cambio, a los criminales de guerra nazis, que se hicieron ricos a costa del expolio y el exterminio del pueblo judío y cuyo dinero es lavado en empresas de propiedad suiza.

La historia comienza en 1945, con la boda de Klara, única heredera de una acaudalada familia dueña de una importante industria textil, y su prometido Johann, un joven ambicioso e innovador, con grandes proyectos para su futuro profesional.

Tras la guerra se abre para toda Europa un tiempo nuevo de ilusiones renovadas y, mientras Klara trabaja para la Cruz Roja, en el auxilio a los jóvenes supervivientes del holocausto a los que Suiza da asilo de forma provisional, procurando deshacerse de ellos cuanto antes (cosa que consigue merced a un acuerdo con las autoridades religiosas israelíes enviándolos “de avanzadilla” a los territorios ocupados de Palestina, ya que “en Europa nadie los quiere”), Johann se centra en rescatar y modernizar la empresa de su suegro. Su intención es abrir una nueva línea de negocio con la producción de un tejido revolucionario sobre el que lleva tiempo investigando: la fibra sintética. Pero para ello necesita de una importante suma de dinero y los bancos se niegan a darle crédito. Por lo que se ve obligado a recurrir a inversores particulares, en concreto a un tío de su mujer, del que ignora que mantiene una estrecha vinculación con antiguos y adinerados criminales de guerra nazis que viven en el país helvético bajo una identidad falsa, actuando de facto como su testaferro.

Es así como Johann consigue hacerse con los fondos necesarios para cumplir el sueño de poner en marcha su negocio y consiente en contratar a un químico alemán (también de oscuro pasado en las filas del nacionalsocialismo) encargado del desarrollo de la fórmula y la patente, a quien incluso llega a dar acomodo en su casa familiar. Mientras su hermano Egon, un ex militar que sirvió en la frontera, atormentado por los remordimientos de lo que tuvo que presenciar y hacer durante la guerra, empieza a trabajar en la oficina del Fiscal General, teniendo como misión precisamente la de localizar, desenmascarar y deportar a los desertores nazis que hayan podido entrar a Suiza de forma ilegal.

Al enterarse de que su empresa ha estado sirviendo de tapadera para el lavado del dinero que los nazis robaron a sus víctimas y con el que lograron salir huyendo al ver que Alemania perdía la guerra, Johann se debatirá en un dilema moral que acabará costándole su relación con su hermano y con su mujer, cada vez más implicada en la causa de los judíos, gracias a los sentimientos que despiertan en ella dos refugiados de origen polaco: el joven Herschel (Jan Hrynkiewicz) -con quien llega a tener un fugaz encuentro sexual- y el pequeño Jenkele, cuyos padres murieron tras el incendio del gueto de Varsovia.

La compasiva Klara se dará cuenta de que la acción humanitaria y la supuesta solidaridad internacional de la que presume su país es sólo una fachada que dista mucho del verdadero altruismo y de que la tan celebrada paz tampoco tiene demasiado que ver con la justicia y acabará por dejar a Johann, atrapado en un sistema que hace la vista gorda hacia criminales capaces de las mayores atrocidades y en donde el fin justifica los medios, igual que sucede en tiempo de guerra.

«Laberinto de paz» es, en definitiva, un sólido drama de época que nos descubre una realidad poco conocida. Una sosegada exposición de una incómoda verdad histórica, cuyas motivaciones no distan mucho de las que subyacen en otras crisis de refugiados que se viven hoy en día y en donde ese principio de solidaridad se ve pervertido por intereses económicos.

FICHA TÉCNICA:

Título original: Frieden (Laberinto de paz)

Año: 2020

País: Suiza

Dirección: Mike Schaerer

Guión: Petra Biondina Volpe

Música: Annette Focks

Fotografía: Christian Marohl

Reparto:
Annina Walt, Max Hubacher, Dimitri Stapfer, Therese Affolter, Sylvia Rohrer, Urs Bosshardt, Stefan Kurt, Miron Sharshunov, Jan Hrynkiewicz, Gustav Strunz, Adrian Grünewald, Fabian Guggisberg, Lou Strenger, Oscar Bingisser, Britta Güntert, Caroline Imhof, Matthias Lier, Elidan Arzoni, Stephan Bissmeier, Kaspar Weiss, Sarah Sophia Meyer, Markus Amrein, Benito Bause, Rachel Braunschweig, Michael von Burg, Stefano Wenk

Productora: Zodiac Pictures International

Género: Serie de TV. Drama | Miniserie de TV. Años 40. Nazismo

ESTOY PENSANDO EN DEJARLO

“Otros animales viven en el presente. Los humanos no pueden. Entonces inventaron la esperanza”, sentencia la prometedora actriz y cantante irlandesa Jessie Buckley, la mujer de los mil nombres (Lucy, Lucía, Louisa, Amy o Ames) en “Estoy pensando en dejarlo”, el último desvarío de Charlie Kaufman, rara avis del nuevo cine de autor estadounidense, a quien la crítica especializada no sabe si catalogar aún como un genio existencialista o como un pedante y repelente esnob de gafapasta.

Netflix la estrenó en 2020 sin pasar por los cines, en una apuesta bastante arriesgada para una plataforma cuyo público objetivo demanda películas de fácil consumo y, como era de esperar, tras un par de semanas en las que la curiosidad la mantuvo a flote, desapareció en las profundidades de su catálogo, donde permanece sepultada hasta hoy, bajo un océano de insulsas comedias de instituto, previsibles thrillers sobre niñeras homicidas y mediocres series sobre adelantos genéticos, sucedáneas de “Black Mirror”. Todo un hallazgo para quienes nos ponemos el traje de buzo en cada incursión al saco sin fondo del streaming, en busca de algo nutritivo de lo que alimentar nuestro espíritu, aunque a priori sea difícil de masticar y digerir, como es el caso de cada una de las películas de Kaufman, quien ocupa un lugar destacado en la memoria cinéfila gracias a los trabajos que lo consagraron como uno de los guionistas más singulares del cine indie de finales de los 90 y principios del siglo XXI: “Cómo ser John Malkovich” (1999), “Human Nature” (2001), “Adaptation (El ladrón de orquídeas) (2002) y la oscarizada “¡Olvídate de mí!” (2004) con una Kate Winslet teñida de arcoiris, y un Jim Carrey en un registro irreconocible.

En todas ellas, el director neoyorquino demostró tener un don especial y una voz personal para contar historias (aunque sus más fieles reconozcan en su obra cierta similitud con la de otros autores consagrados como David Lynch, Peter Greenaway, Luis Buñuel o Ingmar Bergman, por su tendencia a explorar el espinoso terreno del simbolismo onírico).

Su debut en la dirección con la artificiosa y desmedida “Synecdoche, New York (2008), una especie de película-jeroglífico que contó con la inestimable ayuda del desaparecido Philip Seymour Hoffman, así como su segundo intento como realizador con “Anomalisa” (2015), no causaron sin embargo el impacto de sus anteriores trabajos como guionista. Lo que le llevó a perder el interés por la dirección durante un tiempo. Pero la oportunidad de estrenar en Netflix le hizo ver las cosas de otra manera.

Así es como decidió realizar la adaptación de la novela de Iain Reid, “I’m Thinking of Ending Things”, un viaje por carretera durante una apocalíptica tormenta de nieve que se transforma en una pesadilla surrealista y ecléctica, que combina elementos de la comedia romántica, el oscuro thriller psicológico y otros géneros variopintos, como el cine negro o el musical.

Un hueso duro de roer para quienes buscan un mero entretenimiento. Una película rara, fascinante o irritante, de la que no resulta fácil seguir el hilo y que parece tener por objeto incomodar al espectador poniendo en cuestión, en tiempo real, todo lo que este cree ir descubriendo o conociendo de la historia. Lo que nos obliga a estar más atentos al detalle.

Alejada de los modelos narrativos convencionales, “Estoy pensando en dejarlo” no es, sin embargo, una película experimental en sentido estricto, aunque desprecie las leyes de la causalidad y el “realismo” como sostén de verosimilitud, el relato está dictado por el flujo de los pensamientos de la pareja protagonista, un reservorio de citas ajenas, recuerdos y reflexiones propias sobre temas filosóficos trascendentes, origen y final de toda elucubración metafísica.

El argumento inicial es el viaje de una chica (Jessie Buckley), de quien nunca llegamos a saber su nombre real, que va a conocer a los padres de su novio, Jake (Jesse Plemons), un tipo al que no quiere, con el que lleva poco tiempo saliendo y al que está pensando en dejar, pues para ella está claro que no es el hombre de su vida, pese a reconocerle algunas virtudes. Razón por la cual, esa visita de presentación a sus futuribles suegros parece un tanto inconveniente y apresurada. Más aún cuando el parte meteorológico pronostica una gran nevada para esa misma noche.

El viaje en automóvil de la pareja, en una atmósfera algo claustrofóbica y asfixiante, con la nieve arreciando en el parabrisas, ocupa los veinte minutos iniciales de la película, durante los cuales el soliloquio mental de la joven, dueña de la voz en off que narra la historia, se entrelaza con el diálogo que mantiene con su novio, sobre poesía, ciencia o filosofía, de una intensidad intelectual ciertamente inusual para dos enamorados que emprenden un viaje por carretera.  

“Puedes decir o hacer cualquier cosa, pero no puedes fingir un pensamiento”, se afirma en cierto momento. “La mayoría de la gente es otra gente y sus vidas una imitación”, se cita a Oscar Wilde en otro.

“El suyo es un viaje muerto hacia una relación muerta”, como escribía Marta Medina en El Confidencial. “De ella sabemos que es una treintañera, ilustrada, que pinta, compone poemas y reflexiona mucho y obsesivamente sobre todas las cosas. De él, que tiene conocimientos de física y de literatura, y una mirada inquietante”.

Hasta aquí podría decirse que entra todo dentro de lo normal. La clásica situación en la que una parte de la pareja está pensando en cuál es la mejor manera de decirle a la otra que ha decidido romper con ella. Pero la cosa se complica una vez arriban a casa de los excéntricos padres de Jake (Toni Collette y David Thewlis), una granja situada en medio de ninguna parte.

Lo que empieza siendo una incómoda cena, acentuada por el extraño comportamiento del matrimonio, no tarda en convertirse en una experiencia desconcertante y perturbadora para a la protagonista, cuya profesión irá mutando en cada tramo de conversación: bióloga, poeta, camarera, pintora, gerontóloga, estudiante de física cuántica… hasta hacerle (y hacernos) perder la noción de su propia identidad y/o existencia real.

Del mismo modo, la edad y el aspecto de los padres se verá alterado durante la velada. Solo Jake permanece inalterable confirmándonos que, en realidad, es el verdadero protagonista de esa pesadilla surrealista en la que estamos inmersos, donde cada habitación de la casa se convierte en un depósito de recuerdos –¿del pasado, del futuro?–, la silla de ruedas abandonada, el sótano clausurado con rasguños en la puerta, el papel pintado, la huella del cerdo devorado por los gusanos…

A partir de ese momento, la película entra de lleno en un plano simbólico. Ya no es una narración de hechos concatenados. Nada parece tener sentido y, al mismo tiempo, el sentido lo es todo. En una escena en la que el padre de Jake contempla un cuadro paisajista, supuestamente pintado por su novia, se pregunta “¿cómo puede ser un paisaje triste si no hay en él un ser humano que lo contemple?”. Del mismo modo, el director parece decirnos que lo importante no está en lo que sucede realmente, sino en cómo nos afecta y nos incumbe lo que vemos.

“Entrar en la última película de Charlie Kaufman es una suerte de ejercicio de diván, una incisión abierta en una mente en medio de una pesadilla existencial en la que, como en todo sueño, las leyes de la física y de la coherencia interna no siempre funcionan. Los peinados, las ropas, los oficios son mutables y el tiempo es reversible (o irreversible). El espectador, el lector, el que mira un cuadro o escucha una canción suele encontrar en el asidero del significado la paz que no deja lo inconcluso, lo ambiguo, lo oscuro”, reflexionaba Medina al respecto.

Y es que, quien conozca el siempre imprevisible cine del director neoyorquino sabe de su capacidad para mezclar diversos planos de realidad y ficción, construyendo un relato críptico, sugerente y onírico, en el que el espectador llega a tener efectivamente la impresión de estar atrapado en un mal sueño, donde los elementos que lo integran sufren una alteración constante.

Cuando soñamos podemos ver a nuestros padres más jóvenes, sin que ello parezca tener importancia. No cuestionamos la incongruencia de su edad o la realidad de su mera existencia si es que han fallecido, sencillamente interactuamos con ellos con normalidad mientras permanecemos dormidos. Así es el universo narrativo de “Estoy pensando en dejarlo”. Kaufman juega a reescribir (y romper con) la gramática del cine, de manera que en un plano alguien puede estar lleno de energía y, en el siguiente, convertirse en un anciano enfermo, en plena degradación mental y física. Su reconocida capacidad para retorcer las historias y cubrirlas con varias capas de interpretación se repite en este trabajo, en el que profundiza y amplifica esa vena “metafórica”, para reflexionar sobre la soledad, el paso del tiempo, cómo nos condiciona el pasado, los traumas familiares, la identidad cultural y por supuesto, las relaciones sentimentales, en un tono siempre melancólico.

En este sentido, alguien habló de “Estoy pensando en dejarlo” como “un sublime viaje de terror existencial a un inevitable encuentro psicótico con nosotros mismos”. Una apreciación que se le ajusta bastante, aunque en mi opinión habría que añadir también que se trata de una película visualmente muy atractiva.

Jake es un hombre que no deja de pensar en el final de las cosas. Un hombre obsesionado con la muerte que se cuestiona a sí mismo. Durante la trama se evidencian su depresión, su inseguridad y la baja autoestima con la que creció y que lo llegó a convertir en un adulto introvertido, una persona tímida a la que le cuesta establecer conexión con sus semejantes.

Su interacción con su novia -real o imaginaria- es en realidad un análisis introspectivo del personaje y de su idea de lo que es una relación de pareja. Probablemente el resultado de la forma en la que experimentó el amor y el desamor en su vida, a través de una relación que no se sabe cuándo comenzó, cuánto duró o si llegó a ocurrir realmente.

Al final de esta, se entrega desnudo a la muerte y a sus demonios, en una analogía con el cerdo al que los gusanos estaban devorando vivo. Pero no sin antes experimentar un último viaje onírico, en el que vuelve al instituto para protagonizar un musical de “fin de curso” y recibir el reconocimiento de todas las personas que se cruzaron con él; siendo alabado, no por sus estudios o su profesión, sino por todo lo que consiguió descubrir a través del amor, la depresión, la ansiedad y la locura. Todos los presentes en ese auditorio le convirtieron de algún modo en la persona que fue.

Y es que, en esta tragicomedia de Charlie Kaufman que en ciertos momentos «dialoga» con el cine de los hermanos Coen, el de David Lynch o el de Woody Allen, hay también lugar para el melodrama y el artificio teatral.

En “Estoy pensando en dejarlo” como enumera Miquel Echarri en El País, hay de todo y, de lo bueno, lo mejor. “Se citan frases textuales de David Foster Wallace, se recita un discurso del matemático John Nash (en cuya vida se basa la película “Una mente maravillosa”), se comentan los primeros versos de un poema de William Wordsworth y se responde a ellos con una estrofa de la poetisa de Toronto Eva H.D. Incluso se canta uno de los temas de Oklahoma, el musical nostálgico y patriótico que nueve de cada diez estadounidenses han visto al menos un par de veces en su vida. Y en una de las escenas más elocuentes y hermosas de la película, la pareja protagonista dedica unos minutos a polemizar sobre “Una mujer bajo la influencia”, de John Cassavetes, en un diálogo asimétrico. Los argumentos de él suenan sinceros, pero torpes y poco meditados, y los de ella, pulcros, desdeñosos y precisos, siendo en realidad frases textuales de Pauline Kael, una reputada crítica de cine neoyorquina”.

Guiños intelectuales y alardes de un humor erudito, que tanto entusiasman a sus partidarios y soliviantan a sus detractores, poco aptos para el gran público de Netflix, acostumbrado a retozar en un feliz océano de palomitas y placeres culpables que, sin embargo, permiten un disfrute de la película a otro nivel.

Kaufman no ahorra referencias cinéfilas y literarias, pero lo que en principio podría parecer una caótica, caprichosa y pedante acumulación de frases lapidarias de exquisita autoría, termina dando por resultado la creación de un universo delirante donde todo es posible (como esa heladería que aparece en medio de la nada, atendida en pleno invierno por una pléyade de pin ups como sacadas de una postal de los años 40-50).

Como en “El ángel exterminador” de Buñuel, la sensación que tenemos viendo su último trabajo es la de que puede pasar cualquier cosa. “Incluso puede que nada de verdad exista«, como advertía Txema Martín (Málaga, 1982), promotor cultural y articulista de opinión en Diario Sur. «Hay terror, surrealismo y momentos tensos, de comedia negra. También citas literales a Tolstoi o a William Wordsworth y un fragmento de una película imaginaria de Robert Zemeckis. Hay física cuántica y profesiones inventadas, el discurso de ‘Una mente maravillosa‘ y una secuencia de ‘Oklahoma‘. No hay que entenderlo todo. No es necesario. Los padres del chico, que interpretan Toni Collette y David Thewlis, forman una pareja desconcertante y terrorífica, dos actuaciones míticas que van a tardar en olvidarse porque, en general, ‘Estoy pensando en dejarlo’ es una película que se te queda pegada como un impacto. Cuesta quitársela de la cabeza”. Como un mal sueño dotado de una extraña belleza.

FICHA TECNICA 

Título original: I'm Thinking of Ending Things

Año: 2020

Duración: 134 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Charlie Kaufman

Guion: Charlie Kaufman (Basado en la novela de Iain Reid)

Música: Jay Wadley

Fotografía: Lukasz Zal

Reparto:

Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Colby Minifie, Jason Ralph, Abby Quinn, Teddy Coluca, Ashlyn Alessi, Hadley Robinson, Dj Nino Carta, Austin Ferris, Dannielle Rose, Brooke Elardo, Varvara Cardenas, Monica Ayres, James Glorioso Jr., Thomas Hatz, Albert Skowronski, Liggera Edmonds-Allen, Julie Chateauvert, Kamran Saliani

Productora: Likely Story (Distribuidora: Netflix)

Género: Intriga. Drama | Road Movie. Thriller psicológico. Surrealismo

EL PADRE

Hay películas que, por razones que no viene a cuento explicar aquí, te remueven hasta los cimientos, provocando un estallido de emociones encontradas: ternura, compasión, amor incondicional, melancolía, rechazo, cansancio, culpa, pena, abatimiento…

En mi caso, una de esas películas ha sido “El Padre”, adaptación al cine de la obra de teatro homónima del mismo autor, Florian Zeller, que cuenta una historia familiar por desgracia cada vez más común en el mundo occidental, donde las enfermedades neurodegenerativas han aumentado exponencialmente en el último siglo.

Se trata del drama de Anne (enorme Olivia Colman, a quien se recordará ya para siempre por su papel en “The Crown”). Una mujer divorciada, de mediana edad, que se encuentra ante el dilema moral de contratar una cuidadora o ingresar a su padre en una residencia, para poder irse a vivir a París con su nueva pareja.

Sin caer en juicios morales ni en visiones maniqueas, el dramaturgo francés hace un gran trabajo en la que es su “ópera prima” en el cine (Premio del Público en el pasado Zinemaldi y Goya a la Mejor Película Europea, con seis nominaciones a los Oscar de este año) al exponer los efectos de la enfermedad mental en toda su crudeza desde la propia visión del enfermo, pero sin olvidar la repercusión que la situación de dependencia sobrevenida tiene sobre sus familiares más cercanos.

Mediante continuas alteraciones del espacio y tiempo narrativos, repitiendo frases y situaciones, e incluso haciendo que varios actores interpreten al mismo personaje, consigue que el espectador se sienta tan desorientado y confuso como el anciano protagonista, de nombre Anthony como el gran actor galés que lo encarna (el Hopkins más colosal y con mayor variedad de registros a nivel emocional que le hayamos visto). Un octogenario que va perdiendo paulatinamente su identidad, atrapado en una especie de día de la marmota, donde las rutinas se repiten, mientras él permanece extraviado entre los pliegues de su errática memoria, un pasillo a oscuras de puertas falsas y falsos recuerdos, incapaz de reconocer ya a los seres que le rodean.

Si bien asistimos a un proceso que es gradual: el de la progresiva e inevitable pérdida de la cordura y la extinción de la personalidad, no estamos ante un argumento que se desarrolle de manera lineal. Lo que “El Padre” nos propone es más bien un bucle temporal en el que, atravesamos una y otra vez por idénticas situaciones, con la impresión de estar atrapados sin salida. Y, para remarcar esa sensación claustrofóbica, semejante a la que opera en la psique del enfermo, la acción se desarrolla casi al completo en un mismo escenario: un espacioso pero hermético piso en el que habitan personas que se quieren incondicionalmente, pero que pueden llegar a desearse la muerte en un duelo primario de supervivencia que se gesta en ese espacio tóxico y atormentado, en el que ya nada es lo que parece y sobre el que gravita el fantasma de la otra hija “ausente” (fallecida en un accidente) a la que el anciano se empeña en mantener viva en un recuerdo idealizado, estableciendo comparaciones injustas e hirientes para con Anne, que es quien cuida de él.

No menos importante e interesante que el punto de vista del enfermo, es la sensibilidad y realismo con la que Zeller y su coguionista, el gran Christopher Hampton (“Las amistades peligrosas”) abordan el exigente desafío al que se enfrentan los familiares de quienes padecen este tipo de patologías que generan una fuerte dependencia, especialmente de los hijos, quienes (ante la ausencia de los cónyuges ya fallecidos) a menudo se ven en la angustiosa tesitura de tener que elegir entre la salvación o la autoinmolación, llegándose a plantear si tienen derecho a vivir su propia vida o deben de sacrificarlo todo para ejercer de cuidadores de lo que queda de sus padres, una situación que a menudo escapa a su control y acaba engulléndolos, poniendo en riesgo su propia estabilidad mental y vital, así como las de sus propias parejas e hijos, que no siempre están dispuestos a arrimar el hombro ni son capaces de entender la gravedad de la situación.

Si normalmente resulta duro tomar conciencia de los estragos que el paso del tiempo ocasiona en nuestros progenitores a nivel físico, el drama de tener que convivir con el progresivo deterioro que generan la demencia senil o el Alzheimer hasta convertirlos en la sombra de lo que fueron, personas irreconocibles que están muy lejos de esa visión infantil en la que nuestros padres serían para siempre el último refugio de seguridad que nos queda, resulta devastador y desolador a partes iguales.

Armada de paciencia y de la mejor voluntad, Anne se ve en la obligación de tener que lidiar, entre incrédula e impotente, con los trastornos de conducta de su padre enfermo, quien a ratos puede resultar un anciano encantador y desvalido; y, en otros, revelarse como un ser tremendamente cruel y despótico. En especial con sus cuidadoras, cuya ayuda rechaza con toda clase de desplantes, más o menos agresivos, que la hija (principal diana de su sarcasmo y desprecio) intenta disculpar, avergonzada, diciendo que se trata de un “hombre de carácter”, en otro tiempo exitoso ingeniero y gran melómano, quien aún conserva el íntimo placer de escuchar arias de ópera.

Un hombre en conflicto con su propio ego, que lucha por preservar su dignidad, su orgullo y su conexión con la realidad, aunque sólo sea a través de su obsesión por conservar su reloj de pulsera, detenido en el tiempo, a quien vemos transformarse en un ser cada vez más vulnerable, en regresión infantil, hasta la gran escena final en la que la película cobra su mayor sentido y dramatismo, rindiendo un merecido homenaje a los y las cuidadores de las residencias de ancianos, dispuestos a acunarlos en su regazo maternal hasta la hora final.

En resumen, una película excelente y dolorosa, segura candidata a ganar este año más de un Oscar, que nos enfrenta a las grandes verdades de la vida, quizá la principal de ellas: que nacemos y morimos solos, como los niños que una vez fuimos; que el tiempo ejerce su acción implacable y que, precisamente por su volatilidad, la vida adquiere un valor incalculable, cuyo disfrute no podemos ni debemos dejar pasar.

FICHA TÉCNICA:

Título original: The Father

Año: 2020

Duración: 97 min.

País: Reino Unido

Dirección: Florian Zeller

Guión: Florian Zeller, Christopher Hampton (Basada en obra teatral homónima de Florian Zeller)

Música: Ludovico Einaudi

Fotografía: Ben Smithard

Reparto:
Anthony Hopkins, Olivia Colman, Imogen Poots, Rufus Sewell, Olivia Williams, Mark Gatiss, Evie Wray, Ayesha Dharker

Productora:
Co-production Reino Unido-Francia; Trademark Films, Embankment Films, Film4 Productions, F Comme Film, AG Studios NYC (Distribuidora: Lionsgate )

Género: Drama | Vejez/Madurez. Enfermedad. Alzheimer. Familia

AKELARRE

Una imagen exótica ha recorrido estos días las redes sociales. La de Aranzazu Calleja y Maite Arroitajauregi, premiadas con el Goya a la Mejor Música Original por su trabajo en la película «Akelarre«, quienes agradecían el galardón dando palmas a ritmo del cántico de las brujas. Un soniquete a escala infinita, interpretado en euskera (idioma ancestral de un pueblo de origen pagano, proscrito a lo largo de la historia por distintos «ismos», especialmente el franquismo), que consigue volver loco al juez inquisidor Rosteguy De Lancre, especie de discípulo de Torquemada encomendado por el Rey Enrique III de Navarra y IV de Francia para “purificar” la región quien, en el año 1609, recorre las tierras del Sr. de Urtubi, en busca de infieles y herejes a los que quemar en la hoguera.

Ganadora de cinco premios Goya (Mejor Música Original; Mejor Dirección Artística; Mejor Diseño de Vestuario; Mejor Maquillaje y Peluquería y Mejores Efectos Especiales) y rodada, con gran preciosismo pictórico y abundancia de claroscuros, en Navarra e Iparralde, la exitosa película del director argentino Pablo Agüero («Eva no duerme«, «77 Doronship«) tuvo al parecer su origen en su lectura del libro “La bruja” del historiador francés Jules Michelet, la obra más importante sobre las supersticiones medievales escrita hasta la fecha, donde se ofrece un pormenorizado análisis sobre rituales vinculados a ella (pacto con Satán, akelarres, misas negras) durante la Edad Media en Europa, así como en el libro ‘Tratado de brujería vasca: Descripción de la inconstancia de los malos Ángeles o Demonios‘, en el que el verdadero juez De Lancre, quien en el S. XVII recorrió el País Vasco francés interrogando a centenares de personas y condenando a decenas de mujeres a muerte por supuestos actos de brujería, relató sus propias vivencias.

Y es que, la caza de brujas (o sorginak, como decimos en euskera) no fue un cuento de viejas (pese a que su carácter mágico la asocie a la transmisión oral de una leyenda mitológica) sino un proceso real, de proporciones dantescas, que se cobró la vida de más de 60.000 personas, mayormente mujeres, durante los siglos XVI y XVII, en Europa y los Estados Unidos. Uno de los episodios más crueles y psicóticos de nuestra Historia que el cine y el teatro han abordado ya en otros títulos memorables, como “El Crisol o las Brujas de Salem” de Arthur Miller o “Las Brujas de Zugarramurdi, de Alex de la Iglesia.

Desde mediados del siglo XIV, el viejo continente se encontraba inmerso en plena crisis de fe. La peste negra había acabado con la vida de uno de cada tres habitantes, la pobreza campaba a sus anchas, el feudalismo comenzaba a declinar y el Cisma de Occidente distaba mucho de verse resuelto.

La pugna de dos Papas (uno en Roma y otro en Avignon) por el poder de la Iglesia católica entre 1378 y 1417 fue el desencadenante de un progresivo sentimiento de temor hacia los enemigos de la fe cristiana, quienes amenazaban con destruir los principales pilares de la Iglesia a través de la adoración de su principal rival y enemigo: el Demonio, también llamado Belcebú, Lucifer, El Diablo, El Maligno, Satanás. En euskera: Deabrua.

En ese contexto, Agüero y su coguionista Katell Guillou, construyen una pequeña historia, costumbrista e irreverente, acontecida en una aldea marinera, a orillas del Cantábrico, en lo que en la propia película se llama “el País de los Vascos” (“No me explico por qué en este país de los vascos hay más brujería que en cualquier otro lugar del mundo”, se pregunta De Lancre. “La gente de aquí es inconstante, como el mar”, le contesta el capellán quien, pese a hablar en lengua vasca para evangelizar a los aldeanos, utiliza el español para hablar “en cristiano”, mostrándose servil ante las autoridades).

Aprovechando que los hombres se han hecho a la mar, De Lancry y sus colaboradores arriban al pueblo habitado únicamente por mujeres ancianos y niños, en su mayoría tejedoras y campesinos, con la intención de detener y enjuiciar a seis adolescentes acusadas de haber celebrado el rito del “Sabatt”, ceremonia mágica de adoración a Lucifer (no confundir con el «Shabat» judío), durante la cual se supone que las brujas invocan al diablo en la oscuridad de los bosques, para aparearse con él.

En realidad, lo que Ana Ibarguren y sus amigas: María Ibarguren, Maider Aguirre, Olaia Isasi, Oneka Arbizu y la pequeña Katalin han hecho no pasa de ser una travesura adolescente: celebrar una fiesta en el bosque, beber sidra, fumar hierba y consumir alguna seta alucinógena, bailando y riendo hasta el amanecer, tal y como haría cualquier joven de hoy en ausencia de sus padres. Pero la ignorancia, el fanatismo, la superchería y la lascivia de sus inquisidores, decididos a calificar de demoníaca cualquier conducta que escapase de la puritana e implacable moral católica en aquellos años, las condena de antemano, no sin antes someterlas a una brutal tortura psicológica y física, durante un proceso demencial, en el que De Lancry, en un giro de los acontecimientos que obedece a cierta justicia poética, termina siendo realmente “embrujado” por los encantos de Ana que se autoinculpa diciendo ser la única bruja e inicia un relato inventado sobre cómo hechizó al resto, para salvar de las torturas y de la hoguera a sus amigas, y sobre una supuesta posesión diabólica, en medio de un sabbat imaginario que adorna con todo lujo de detalles eróticos y cierta irreverencia valleinclanesca (el burro vestido de cura, la cabra vestida como el gran Sr. de Urtubi, el cerdo con atuendo de juez…), con intención de excitar la mente calenturienta de su inquisidor, para así ganar tiempo y retrasar la ejecución, hasta que los hombres regresen de la mar.

Rostegy la escucha hipnotizado, reviviendo “el éxtasis” de Santa Teresa y sintiéndose irremediablemente atraído por la sensualidad de la joven, aunque atribuye dicha atracción a sus habilidades de bruja y a la propia intervención del Maligno, por lo que su interés por ella es equiparable al miedo que le inspira, tal y como advierte la anciana Sra. de Lara, quien (nunca mejor dicho) sabe más por vieja que por diabla: “Los hombres temen a las mujeres que no les temen”.

He ahí la idea fuerza de esta historia, en la que el peso de la interpretación recae en Amaia Aberasturi (Ana) y Àlex Brendemühl (De Lancry), si bien es de destacar la intervención de Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Jone Laspiur, Lorea Ibarra y Yune Nogueiras, un puñado de actrices inmensas, todas ellas debutantes, bilingües (capaces de utilizar en la misma escena el español y el euskera indistintamente) y desbordantes de espontaneidad.

La belleza y la capacidad de seducción femeninas, ancestralmente demonizadas por el catolicismo clerical que las responsabiliza nada menos que del pecado original, se convierten en el centro de la película de Agüero, decidido a ponerlas en valor en defensa propia y a reivindicar la astucia femenina frente a la ignorancia del fanatismo religioso y el machismo opresor imperantes en la edad media que tienen su réplica hasta nuestros días.

Poco sabían las mujeres que habitaban el País de los Vascos en el siglo XVI y XVII de reivindicaciones feministas. Sin embargo, hoy la figura de aquellas “brujas” es reivindicada desde el feminismo y «somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar» se ha convertido en un lema repetido en las marchas por los derechos de la mujer. Su audacia e irreverencia frente al hombre/inquisidor las convierte en pioneras de la lucha por la liberación femenina hasta sus últimas consecuencias, como evidencia el gran final alegórico de “Akelarre” que, salvando las distancias espaciotemporales, me ha recordado y provocado la misma emoción que el de “Telma&Louise”. Al fin y al cabo, la sociedad siempre ha tenido miedo de las mujeres que vuelan, ya sea por brujas o por libres.

El director argentino se ha centrado en esa idea de que “el origen del mal es la mujer” y encuentra paralelismos en la actualidad: “Porque una mujer se viste de una manera o está sonriendo se dice que está provocando, como si su alegría, su despreocupación o su belleza fueran un crimen”.

“No hay nada tan peligroso como una mujer que baila”, dice Agüero. “Para ellas es su arma. Su manera de rebelarse es la alegría. Lo lúgubre está en la mirada del otro, que transforma la libertad sexual y de pensamiento en algo oscuro. Y eso sigue vigente, la culpabilización y la condena de la libertad femenina”.

Por eso “Akelarre” nos invita a seguir disfrutando de la vida y a no quedarnos quietas, a ejercer con alegría la resistencia, sin renunciar a lo que somos ni avergonzarnos de cómo somos. Como escribía Diego Brodersen, en Página 12: “Si el baile de una mujer es lo más peligroso que hay sobre la tierra, habrá que seguir bailando. Incluso después de que las llamas se extingan”.

Título original: Akelarre

Año: 2020

Duración: 90 min.

País: España-Argentina-Francia

Dirección: Pablo Agüero

Guión: Pablo Agüero, Katell Guillou

Música: Maite Arrotajauregi, Aránzazu Calleja

Fotografía: Javier Agirre Erauso

Reparto: Amaia Aberasturi, Àlex Brendemühl, Daniel Fanego, Jone Laspiur, Daniel Chamorro, Iñigo de la Iglesia, Yune Nogueiras, Elena Uriz, Asier Oruesagasti, Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Lorea Ibarra

Compañías: Sorgin Films, Tita Productions, Kowalski Films, Lamia Producciones, La Fidèle Production

Género: Drama | Siglo XVII. Brujería

“THE ASSISTANT” Y “GLORIA BELL”

Si hay un común denominador entre los cientos de libros y películas que se han dedicado al estudio de la identidad femenina a lo largo de la historia es el que define a las mujeres como seres extraordinariamente complejos, dotados de una gran intuición y sensibilidad. Lo del pensamiento matemático y el raciocinio lógico ya es otro cantar. Un espacio injustamente vetado a la mujer y reservado al género masculino, incluso en los propios tratados científicos.

A nosotras se nos concede, a cambio, el atributo de la inteligencia emocional, una mayor fluidez comunicativa (especialmente en la expresión de nuestros sentimientos) y memoria verbal, así como mayor velocidad y precisión perceptiva que nos permite, entre otras cosas, distinguir el rosa del fucsia o localizar un objeto o persona en medio del caos, como lo haríamos con una aguja en un pajar. Por no mencionar nuestra tendencia (algo “masoca”) a la introspección, la autoexigencia y la constante autocrítica, como derivada de una educación culpabilizante que nos sigue estigmatizando y haciendo creer que nuestras capacidades son limitadas, cuando en realidad no lo son más que las de cualquier ser mortal.

A consecuencia de todo ello, el cine y la literatura, más empeñados que nunca en seguir escarbando en el alma femenina, se topan constantemente con personajes poliédricos, mujeres “prisma” que absorben toda la luz del mundo para proyectarla de mil formas y colores diferentes sobre un sinfín de roles y parcelas de actividad. Personas valiosas, empeñadas en autoperfeccionarse y en darle un significado y una razón a sus vidas, a menudo confundidas, aturdidas o sobrepasadas por las exigencias, frustraciones, abusos y limitaciones que les impone la vida diaria.

Estos días (como sucede siempre que se acerca el 8 de marzo) las plataformas de streaming nos han obsequiado con algunos estrenos cuya temática responde a esa perspectiva de género, en los que pueden apreciarse todos estos matices y algunos más.

En concreto me he fijado en dos: la película “The Assistant” (Filmin) de Kitty Green, promocionada como “el thriller definitivo sobre el movimiento #MeeToo”, surgido a raíz del caso de Harvey Weinstein, uno de los productores más importantes de la industria de Hollywood acusado de abusar sexualmente de un buen número de actrices y aspirantes; y “Gloria Bell” (Netflix), un autoremake de la película “Gloria” (2013) del director chileno Sebastián Lelio, en la que somos testigos de los denodados intentos de una mujer divorciada, de mediana edad y con hijos adultos, por sentirse útil para los suyos y vivir la vida que le resta con intensidad.

Si en el primer caso, la protagonista femenina es una joven debutante en el mundo laboral, en el segundo se trata de una mujer ya próxima a la jubilación. Pero no es esa la única diferencia entre ambas historias.

En «The Assistant» estamos ante una película minimalista, con muy pocos diálogos y nada de música, rodada en el ambiente algo claustrofóbico, aséptico e impersonal de una oficina con escasa decoración, pobre iluminación y mobiliario gris, en donde todo transcurre durante un día en la jornada laboral de la también grisácea y algo triste Jane (una comedida y silenciosa Julia Garner, conocida por su trabajo en “Ozark”), quien ejerce de “chica para todo” en el despacho del gran depredador sexual (cuya presencia se intuye, omnipotente y omnipresente, pese a que jamás lleguemos a verlo en carne mortal).

Mucho más luminosa (gracias a la fotografía colorista de Natasha Braier), la Gloria que encarna la maravillosa Juliane Moore en «Gloria Bell» (versión angloparlante del personaje original que le valió un merecido Oso de Plata, en la Berlinale, a la actriz chilena Paula García) es una mujer de espíritu libre, expansiva, divertida, cálida, cantarina y risueña, empeñada en ponerle banda sonora ochentera a su vida y salir a quemar la pista de baile, sola o acompañada.

De algún modo, la distancia generacional entre estas dos mujeres enmarca un abanico infinito de posibilidades, perfiles, temores y vivencias femeninas, con los que las mujeres podemos identificarnos, al menos en parte, en la medida en que cada una de nosotras responde a su propia singularidad y momento vital.

Jane es una recién graduada universitaria y aspirante a productora cinematográfica que consigue aparentemente el trabajo perfecto como asistente de un poderoso ejecutivo de la industria del entretenimiento y se desvive por hacerlo de manera eficaz.

Como tantas y tantas asistentes, secretarias y becarias, su día a día consiste en ser la primera que llega (aún de madrugada) y la última que se marcha de la oficina, donde tiene que preparar café, cambiar el papel de la fotocopiadora, encargar el almuerzo, organizar viajes, atender a las exigencias del jefe y aguantar las impertinencias de su mujer, recibir y contestar sus mails y sus llamadas, recoger su ropa en la tintorería, ordenar su medicación… Permanentemente a prueba, sometida a un continuo examen en el que cualquier mínimo error puede suponer una humillante reprimenda o un despido fulminante.

Se podría decir que Jane es Ariadna atrapada en la cueva del minotauro, devorador de la vida y la virtud de jóvenes doncellas, a quien nadie ve, pero todos temen porque conocen de lo que es capaz.

Sin duda el principal valor de la película de Kitty Green es el de saber contárnoslo todo, sin enseñarnos nada de forma explícita.

Uno de los momentos más impactantes de “El escándalo” (Bombshell) es el que mostraba cómo Roger Ailes -el mandamás de la FOX- se propasaba con una becaria, el personaje que interpretaba Margot Robbie en la película dirigida por Jay Roach. Green huye de eso. Quizás porque no considera necesario caer en el morbo de mostrar la naturaleza obscena de unos abusos sobre los que hemos podido leer todo tipo de detalles en prensa durante los últimos años.

En su lugar, nos invita a construir el puzzle de los hechos por nosotros mismos, en base a una serie de indicios (el pendiente encontrado en el sofá, los medicamentos antiabortivos, la guapa becaria sin cualificación alguna, a la que “el jefe” manda a traer desde Boise y alojar en un hotel, nombrándola su segunda ayudante…) recogidos a través de la mirada de la joven Jane, lo bastante perspicaz para darse cuenta de que algo no va bien en la oficina y de que allí están pasando cosas que no deberían de pasar, hasta enfrentarse al dilema fundamental de la película: hacer algo al respecto o dejar hacer.

Como la heroína griega, la joven tira del hilo e intenta salir del laberinto, una vez toma conciencia del abuso al que está siendo sometida recibiendo a diario un trato degradante, pero es entonces cuando se topa con la gran muralla del sistema que opera como una fortaleza medieval de la que difícilmente se puede salir indemne, como deja claro su visita al responsable de Recursos Humanos, brillantemente interpretado por Matthew McFayden (“Succession”, Orgullo y Prejuicio”) en una breve escena plagada de cínicas advertencias que, por desgracia, resulta demasiado habitual. “¿De verdad quieres seguir adelante con esto?” “¿Qué crees que vas a conseguir denunciando?”, “Tu problema es que estás celosa”, “Te irás acostumbrando…”, “Que suerte tienes de no ser su tipo…”

Como bien observa Fernando Vílchez en “Las cosas que nos hacen felices”, “a diferencia de otros trabajos donde también se abordaba la ley de silencio que durante décadas dio cobertura a hombres como Harvey Weinstein, “The Assistant” huye de nombres propios. Y lo hace, precisamente porque busca despersonalizar la figura de Weinstein. Al fin y al cabo, hay muchos jefes déspotas que abusan de su poder”.

En lugar de centrarse en él, prefiere hacerlo en los que le rodean. Los que sabían lo que pasaba y no hicieron nada para evitarlo. Aquellos que callaron para salvar su pellejo y su puesto de trabajo, sin que su conducta nos resulte, lamentablemente, desconocida o anómala.

Es así como la supuesta heroína acaba aceptando su destino y convirtiéndose en parte del problema. A juzgar por la escena final, en la que se aleja cabizbaja del lugar de los hechos a sabiendas de que el abuso está siendo consumado, con intención de regresar al día siguiente a su puesto de trabajo, intuimos que acabará siendo una empleada más, como la que en un ascensor le sugiere que no se preocupe demasiado porque “en esto, ellas ganan más que él”.

Quién sabe si la “Gloria Bell” de Sebastián Lelio fue en un tiempo pasado también esa Jane. Lo que sí conocemos es su postura respecto al problema de una compañera de trabajo obligada a prejubilarse con una pensión mísera, con la que se solidariza brindándole su incondicional amistad, sin poder evitar (tampoco en ese caso) que el abuso y la injusticia se impongan, ya que es algo que no está en su mano.

Con una situación laboral consolidada, aunque sea en un trabajo algo anodino como empleada de una empresa de seguros, divorciada hace más de diez años, dos hijos adultos, un nieto y un exmarido con quien parece guardar una relación cordial, los problemas de Gloria (Juliane Moore), a su edad, son otros. Los de una mujer que combate la soledad y el paso del tiempo, acudiendo a clases de yoga y de risoterapia, ansiosa por disfrutar de la vitalidad que aún le queda y del amor que cree haber vuelto a encontrar en un desconocido, con quien entabla conversación en la discoteca para “singles” maduros, a la que periódicamente suele acudir para hacer una de las cosas que más le gusta: bailar.

El inexpresivo Arnold (John Turturro) es un recién divorciado que ha adelgazado casi cincuenta kilos gracias a un balón gástrico, trabajó en el ejército y actualmente regenta un parque de atracciones en los que el personal se divierte disparándose con pistolas de paintball.

Ambos se enamoran bailando un tema de “Earth, Wind & Fire” y regresan a casa con algunas copas de más dando inicio a un romance que irá más allá del interés puramente sexual. Pero Arnold parece mantener una relación de dependencia algo tóxica con sus dos hijas y su exmujer, lo que le impide entregarse por completo a una nueva historia de amor. Por lo que las expectativas de Gloria pronto se ven decepcionadas.

Tras un viaje a Las Vegas que deja magulladuras literales y simbólicas, la película recurre a un par de trucos dramáticos diseñados para terminar de construir una heroína moderna, capaz de tropezar una y otra vez con las zonas erróneas propias y ajenas y, sin embargo, seguir en pie con dignidad y energías renovadas.

Julianne Moore logra en este sentido una interpretación soberbia, con momentos literalmente “gloriosos”. Su actuación libre de complejos, de pudores y prejuicios, construye un personaje sumamente seductor. El de una mujer de casi 60 años, libre de ataduras y de responsabilidades, que sólo busca ser feliz.

Y es que, más allá de la intención declarada de visibilizar a la mujer madura, con sus inquietudes e inseguridades, y darle la importancia que parece haber perdido con el creciente culto a la belleza física, lo que la película del director chileno nos recuerda es que nunca es tarde para procurar la felicidad y que, hasta la penúltima equivocación merece la pena, si en el intento hemos logrado sonreír.

FICHA TÉCNICA:


Título original: The Assistant

Año: 2019

Duración: 81 min.


País: Estados Unidos

Dirección: Kitty Green

Guión: Kitty Green

Música: Tamar-Kali Brown

Fotografía: Michael Latham


Reparto: Julia Garner, Matthew Macfadyen, Dagmara Dominczyk, Kristine Froseth, Patrick Wilson, Mackenzie Leigh, Juliana Canfield, Noah Robbins, Alexander Chaplin, Purva Bedi, Lou Martini Jr., Migs Govea, Fang Du, Daoud Heidami, Jonny Orsini, Sophie Knapp, Andrew Hsu, Devon Caraway

Productora: 3311 Productions, Cinereach, Forensic Films, Level Forward, Symbolic Exchange, Bellmer Pictures, JJ Homeward Productions (Distribuidora: Bleecker Street)

Género: Drama | Trabajo/empleo. Abusos sexuales
FICHA TÉCNICA:

Título original: Gloria Bell

Año: 2018


Duración: 102 min.


País: Estados Unidos


Dirección: Sebastián Lelio


Guión: Alice Johnson Boher (Historia: Sebastián Lelio, Gonzalo Maza)

Música: Mathew Herbert


Fotografía: Natasha Braier


Reparto: 
Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Jeanne Tripplehorn, Holland Taylor, Brad Garrett, Caren Pistorius, Sean Astin, Cassi Thomson, Tyson Ritter


Productora: Co-production Estados Unidos-Chile; Filmnation Entertainment, Fabula

Género: Drama. Romance | Remake. Amistad

HILLBILLY, UNA ELEGÍA RURAL

Hillbilly”. Otra de las películas que se aloja en el catálogo de Netflix y de la que seguramente oiremos hablar en la noche de los Oscar, gracias a la eterna nominada Glenn Close, en la que sin lugar a dudas es una de las mejores interpretaciones de su carrera desde su sobreactuado debut como peligrosa psicópata en “Atracción Fatal”.

La vi hace ya algún tiempo pero, antes de escribir sobre ella, he querido distanciarme del contexto y de los motivos que llevaron a la crítica a destrozarla, por estar basada en un libro autobiográfico (“Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”) emparentado con los esloganes de campaña de Donald Trump, al retratar la penosa degradación de una clase social en declive, la de los trabajadores blancos en muchas zonas de la América profunda, intentando al mismo tiempo rescatar la idea de redención del sueño americano que dibuja un país en el que todo es posible de lograr a base de esfuerzo y deseos de superación.

La historia en la que se inspira la película es la de JD Vance, actualmente director de una empresa de inversión en Silicon Valley, quien creció en el cinturón industrial de Middletown (Ohio), a donde su peculiar familia tuvo que mudarse desde la ciudad de Jackson (Kentucky), de donde eran originarios. De ahí el término peyorativo de “hillbillie”, con que se nombra a los habitantes de la cordillera de los Apalaches, un grupo social cada vez más empobrecido y radicalizado del país, al que pertenecen algunos de los estrafalarios especímenes a los que recientemente vimos asaltar el Capitolio de los Estados Unidos.

El resentimiento, la falta de oportunidades y una mezcla de victimismo y pesimismo autodestructivo, que los ha hecho caer en el alcoholismo y la drogadicción, así como un exagerado orgullo patrio y una fervorosa fe en Dios, han hecho de los “hillbillies” gente frustrada y agresiva, que se conforma con vivir de los subsidios del Gobierno, situándose en los márgenes de la sociedad americana.

Vance cuenta su historia a través de la de su propia y disfuncional familia, en la que, como insiste en dejar claro, priman la lealtad y el cariño, pese a padecer un serio déficit en la expresión de sus sentimientos, imponiéndose el maltrato, los gritos y los excesos verbales entre sus miembros

Mediante el emotivo recuerdo de su áspera abuela, de su abuelo borracho, de su madre drogadicta o de su padre desconocido, retrata los anhelos, las luchas, los conflictos y valores, así como la incesante búsqueda de culpables a quienes responsabilizar de su desdicha, de una comunidad en decadencia, olvidada por el sistema, que se ha ido degradando lentamente a través del tiempo y para la que, sin embargo, nos dice, aún hay una oportunidad de salvación, poniéndose a sí mismo de ejemplo.

Todo comienza cuando, a punto de convertirse en abogado, una emergencia familiar lo obliga a volver al pueblo miserable que siempre quiso olvidar. Un viaje al pasado que le permitirá cerrar viejas heridas y comprender mejor de dónde viene y quién es realmente. El hijo de Bev (Amy Adams, excepcional), quien a los trece años quedó embarazada, por lo que toda la familia tuvo que abandonar su pueblo natal estigmatizada por la vergüenza.

Empleada como enfermera en un hospital, esta empieza a automedicarse robando ansiolíticos hasta convertirse en una adicta, pasando al consumo de otras drogas ilegales hasta caer en la heroína, lo que combina con una interminable y errática lista de amantes de mala vida y peor reputación, en busca de un marido y un padre para sus dos retoños: Lindsay (Haley Bennett) y JD (Gabriel Basso), que le proporcione al fin la estabilidad que ansía.

Es la intervención de su ruda abuela, Mawmaw (Glenn Close) -víctima, en el pasado, de maltrato a manos de un marido alcohólico- quien se hace cargo de su educación, lo que permite que JD consiga escapar de ese entorno de marginalidad, violencia e ignorancia, para convertirse en lo que el pensamiento conservador americano define como “un hombre de provecho” que, tras terminar la secundaria, se alista en el Cuerpo de Marines y sirve como soldado en Irak y, gracias a un sistema de becas, consigue finalmente graduarse por la Universidad Estatal de Ohio y por la Facultad de Derecho de Yale, dejando atrás a su familia, para emprender un futuro de éxito, coronado por un matrimonio feliz, una casa con jardín en San Francisco, un par de hijos y dos perros.

Estamos pues ante lo que podría considerarse el credo del republicanismo sociocultural estadounidense, en donde los valores familiares tradicionales, siendo pilar fundamental en el desarrollo de la personalidad, están claramente supeditados al individualismo capitalista, cuya ambición no conoce límites.

JD Vance es quien es, gracias a la impronta que dejó en él su familia, pero también gracias a haberla sabido dejar atrás, desentendiéndose de los problemas de su atormentada madre, a quien deja egoístamente al entero cuidado de su hermana Lindsay, que -por el hecho de ser mujer- obviamente no ha corrido con la misma suerte que su hermano, debiendo resignarse a una vida mucho más precaria y carente de ambición, como empleada de un polígono comercial, y sacrificada hija, esposa y madre de familia.

Bob Hutton escribía sobre ello en la revista Jacobin: «En última instancia, su libro -el de JD Vance- ilustra el oxímoron que el capitalismo y sus defensores claman: cualquier individuo trabajador puede llegar a la cima, pero, para ello, muchos más individuos deben permanecer abajo«.

Como he mencionado al principio, la crítica ha sido implacable con la película de Ron Howard a la que, más allá del reconocimiento por las estupendas actuaciones de sus dos actrices protagonistas (Close y Adams) y del notable esfuerzo del equipo de casting, maquillaje y vestuario, por el increíble parecido físico de los actores con los personajes reales de la historia, se ha acusado de excesivo sentimentalismo y escaso rigor analítico.

En cambio, el libro en el que se basa fue todo un fenómeno de ventas entre los círculos conservadores estadounidenses. No en vano, como decía Mireia Mullor en la revista Fotogramas, estamos ante “la historia definitiva para demostrar que el capitalismo y la meritocracia funcionan. Que cualquiera puede ser lo que quiera si lo desea lo suficiente, si se esfuerza, si no se deja arrastrar por malas influencias, si deja de culpar al mundo de sus fracasos o de los obstáculos que se le presentan. El poder del individuo frente a las adversidades, su valor medido en productividad”.

Un mensaje motivador que bien podría valer para una sesión de coaching, pero que poco o nada tiene que ver con la realidad en un país de enormes desigualdades sociales, raciales, de género y culturales.

Título original: Hillbilly Elegy

Año: 2020

Duración: 116 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ron Howard

Guión: Vanessa Taylor (Biografía J.D. Vance: “Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”).

Música: David Fleming, Hans Zimmer

Fotografía: Maryse Alberti

Reparto:
Amy Adams, Gabriel Basso, Glenn Close, Haley Bennett, Owen Asztalos, Freida Pinto, Bo Hopkins, William Mark McCullough, Jesse C. Boyd, Deja Dee, Tierney Smith, Lucy Capri, Sunny Mabrey, Stephen Kunken, Ryan Homchick, Ed Amatrudo, Holly A. Morris, Jason Davis, Keong Sim, Ethan Levy

Productora: Imagine Entertainment, Netflix (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Vida rural (Norteamérica). Familia. Drogas. Años 90. Basado en hechos reales

LA VIDA POR DELANTE

La primera vez que vi a Sophia Loren en una pantalla de cine, bambolear sus caderas al andar “con ese tumbao que tienen las guapas al caminar” (que diría el poeta Rubén Blades) distaba mucho de ser la diva de belleza exótica, exhuberante y voluptuosa que competía con Jane Mansfield o Marilin Monroe por el reinado de las actrices físicamente mejor dotadas de los años cincuenta. Ya no era una jovencita. 

Fue en “Una giornata particolare”, película dirigida en 1977 por Ettore Scola, en la que encarnaba el papel de Antonietta, una mujer de mediana edad, ama de su casa y mamma de seis hijos, de generoso escote y curvas aún peligrosas, pero con más pinta de oler a detergente, a orégano, a parmessano y a cebolla, que a Chanell nº 5. Pese a estar casada con un fascista fanático, o quizá por ello, Antonietta tonteaba con Gabriele (Marcello Mastroianni), un vecino locutor de radio que resultaba ser homosexual, el mismo día en el que ambos se negaban a asistir al histórico desfile en honor de la visita de Hitler a Mussolini, que tuvo lugar en Roma aquella jornada del 6 de mayo de 1938 a la que alude el título de la película.

Aquella Sofía de 43 años, mujer de temperamento mediterráneo, fuerte y pasional, de tez aceituna, labios carnosos y pómulos altos, algo ojerosa y descuidada en el arreglo personal por exigencias del guión, se ha hecho mayor. Ahora tiene exactamente el doble de edad. Y, sin embargo, sigue estando igual de espléndida y cautivadora, conservando una pátina indeleble de elegante sensualidad, pese a los surcos que el tiempo ha dibujado en su rostro y a los retoques estéticos erráticos, como cabe esperar de una leyenda tan icónica del séptimo arte.

Su reaparición en el cine, tras una década de ausencia marcada por la muerte de su marido, el productor de cine Carlo Ponti, quien fuera su gran amor, su Pigmalión y principal valedor (no así su descubridor, mérito que corresponde a Vittorio De Sica), no ha podido ser más acertada.

Y ello, no sólo por el esfuerzo que, para una estrella de su calibre y de sus años, supone rodar a estas alturas, en tiempo de pandemia y bajo el sol abrasador de la costa sur de Italia, una película más bien modesta, de bajo presupuesto, que se inscribe dentro de la corriente del realismo social (emparentada con la mejor tradición del neorrealismo italiano) y cuyo título mira al futuro con esperanza, queriendo demostrar que aún hay una vida por delante («The life ahead«) para quienes saben resistir y, sobre todo, colaborar con otros seres humanos en la lucha por la supervivencia, especialmente cuando la marginalidad y la exclusión hacen que vivir no resulte fácil; sino porque el resultado es magnífico en todos los sentidos, una pequeña joya cinematográfica de una sensibilidad y profundidad social y filosófica que a punto está de hacerla acreedora al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y, en lo que atañe a su protagonista, la confirmación de que el carácter y “el duende” de la autenticidad (que diría Lola Flores) no se pierde con los años y nada tiene que ver con la lozanía de nuestro envoltorio mortal.

Sophia Constanza Brigida Villani Scicolone (como fue presentada en la pila bautismal) posee ese duende desde que vino al mundo en una familia humilde de Roma en 1934. Desde bien pequeña aprendió los rigores de la pobreza y supo de la importancia de ganarse la vida explotando los dones que tenía a mano: primero su físico y, más tarde, su indiscutible talento dramático (con 14 años fue elegida Princesa del Mar. A los 15, participó en el concurso de Miss Italia. Y con 16, se plantó con su madre en Roma, en los estudios de Cinecittà, para ver si le daban un papelito de relleno en “Quo Vadis”).

Abandonadas por su padre, el arquitecto Riccardo Scicolone, quien rehusó a casarse con su madre (maestra de piano y también actriz), desentendiéndose de ella y de su hermana Anna, Sophia creció en un pueblo cerca de Nápoles, en casa de su abuela materna. Eran tiempos difíciles debido a los estragos causados por la Segunda Guerra Mundial, así que montaron una taberna, frecuentada por militares estadounidenses, donde la madre tocaba el piano para sacar la vida adelante.

Algo de ese espíritu de superación familiar se recoge en esta película dirigida por Edoardo Ponti (quien ya contó con su madre en su debut cinematográfico, “Entre Extraños”, y también en el cortometraje “Voce Umana” en el que pudimos ver a la actriz por última vez, en 2014). Así que, a sus 86 años, la gran mamma de los Ponti y diva por excelencia del cine italiano no ha dudado en ponerse de nuevo a las órdenes de su hijo, para dar vida a la temperamental Madame Rosa, una anciana ex prostituta, sobreviviente del Holocausto que, una vez retirada de las calles, se gana el sustento diario cuidando de los hijos de otras compañeras del oficio, hasta un día en que sufre el asalto de un huérfano senegalés, al que llaman Momo (extraordinario debut en el cine de Ibrahima Gueye), quien le roba el bolso en plena calle.

Se trata de un joven problemático que ha sido expulsado de la escuela y al que Madame Rosa, a regañadientes, accede a acoger en su casa, a petición de su médico y buen amigo, el Dr. Cohen, encargado de la custodia del chico, para evitar así que caiga en manos de los servicios sociales, iniciándose entre ellos un vínculo afectivo creciente, hasta llegar a formar una familia poco convencional, a la que se suman otros personajes secundarios, como el de la joven prostituta que interpreta la actriz española Abril Zamora, contrapunto de luz en un drama en el que los personajes principales andan a tientas, entre las tinieblas del pasado y la marginalidad de un oscuro presente.

Rodada a orillas del mar Adriático, concretamente en Bari, capital de la región de Apulia, la película no dura más de 90 minutos. Lo suficiente para exponer, con una enorme economía de medios narrativos, esta sencilla y conmovedora historia de exclusión, integración y superación personal a través del respeto mutuo y la solidaridad. La del pequeño inmigrante a quien una leona visita en sueños (animal que simboliza el poder, la paciencia y la fe, en el Corán) hasta que reconoce en la anciana que le da cobijo una nueva figura materna a la que cuidar, querer y proteger a la recíproca, lo que le sirve de motivación para alejarse del mal camino que llevaba dedicándose a cometer pequeños hurtos y tráfico de drogas en los suburbios de la ciudad.

Pero, atrapada en sus delirios y cada vez más extraviada en la espesa niebla del pasado, Madame Rosa se desvanece al mismo ritmo que lo hacen sus recuerdos, por lo que ambos deciden encerrarse en un sótano para esconderse y protegerse de las miserias del mundo. Ella evocando sus días en el campo de concentración de Auschwitz, donde fue recluida por ser judía y Momo huyendo de las nuevas formas de segregación que sufren los inmigrantes ilegales como él. Un ramo de mimosas amarillas, una postal familiar y la leona que retorna… Todo el dolor, la rabia y la tristeza por la tragedia vivida se asoma a los ojos de ese niño de piel azabache y dientes de marfil que, sin embargo, gracias al cariño jamás antes recibido, consigue encaminarse hacia la redención social.

Título original: La vita davanti a sé 

Año: 2020

Duración: 94 min.

País: Italia

Dirección: Edoardo Ponti

Guión: Ugo Chiti, Edoardo Ponti, Fabio Natale (Libro: Romain Gary)

Música: Gabriel Yared

Fotografía: Angus Hudson

Reparto:
Sophia Loren, Ibrahima Gueye, Renato Carpentieri, Abril Zamora, Babak Karimi, Massimiliano Rossi, Francesco Cassano

Productora: Palomar (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Inmigración

NOTICIAS DEL GRAN MUNDO

Noticias del Gran Mundo” es la belleza, la sensibilidad y la conciencia civil y moral hecha película. Y eso, tratándose de un western de corte clásico, en donde los vaqueros y colonos eran siempre los buenos y los indios los malos, es una rareza maravillosa que denota que algo ha cambiado, después de todo, en la mentalidad de un país que nuevamente se debate entre volver a las atrocidades del pasado o apostar por la civilización y el progreso.

La historia nos retrotrae al final de la Guerra de Secesión (1861-1865), cuando la población de los EE.UU., sensiblemente diezmada por las atrocidades de la contienda, debe acometer lo que se conoce como la Era de la Reconstrucción Americana (1863-1877), para restaurar la unidad patria, fortalecer el gobierno presidido entonces por el moderado republicano Abraham Lincoln y otorgar derechos civiles a los 4 millones de esclavos que fueron liberados en todo el país.

Una tarea ingente y nada sencilla, dado el caótico estado de ruina y devastación en el que quedó el territorio nacional tras cuatro largos años de enfrentamiento armado entre sus compatriotas. Se calcula que casi 750.000 personas perdieron la vida a consecuencia de los brutales combates (asesinatos, violaciones y saqueos incluidos) entre el Norte y el Sur (más que el número de muertes militares en todas las demás guerras libradas por el ejército estadounidense hasta la Guerra de Vietnam), las poblaciones indígenas perdieron sus asentamientos deambulando sin rumbo y gran parte de la infraestructura fue destruida, especialmente los sistemas de transporte, por lo que el país quedó física y moralmente fracturado, sin que la victoria de los yankees frente a los confederados consiguiese reconciliar a ambos bandos si no, antes bien, echar más leña al fuego avivando las llamas del odio y la división entre quienes se mantuvieron en el norte leales a la Unión y los habitantes de los estados esclavistas del sur, que hoy sabemos que jamás se resignaron a perder sus privilegios frente a las llamadas “minorías étnicas” que, a través de los años, para su desesperación, se han ido haciendo mayoritarias.

“Y de aquellos polvos, estos lodos” parece pensar el británico Paul Greengrass (director de “El capitán Phillips”, otra de mis películas favoritas protagonizadas por el bueno de Tom Hanks, a quien a estas alturas he abandonado ya toda esperanza de ver alguna vez haciendo un papel que no sea el de ciudadano americano ejemplar, buen vecino, amante esposo y modélico padre de familia, en definitiva: el de una buena persona, que es lo que dicen quienes le conocen que en realidad es, además de un actor como la copa de un pino).

De ahí el interés que director y protagonista (ambos activos partidarios de la campaña de Biden frente a Trump) tenían por establecer un alegórico paralelismo entre el contexto histórico en el que se desarrolla la película y el momento actual que se vive en los EE.UU., precisamente ahora, cuando vuelven a sonar los tambores de guerra, y los ánimos parecen igual de exaltados y las posiciones no menos enfrentadas que entonces, entre quienes defienden la igualdad de derechos y libertades y la no discriminación racial, y los nostálgicos de la supremacía blanca, partidarios del “Make America great again” y de la supresión de los controles del Estado, al que ven como un ente opresor.

Como bien apunta Pedro Moral en Cinemanía, en consonancia con el espíritu del nuevo inquilino de la Casa Blanca: “Greengrass y Hanks quieren que EE.UU. deje de arder por los cuatro costados, su intención es luchar contra la polarización salvaje que amenaza su nación y, por eso, vuelven al género fundacional que ayudó a forjar el mito del país más poderoso del mundo”, que no es otro que el western en su más pura esencia, inmortalizada en las grandes películas de John Ford.

Echando mano del argumento del libro de la escritora Paulette Jiles, “News of the World”, en el que se cuenta el peligroso viaje del Capitán Jefferson Kyle Kidd, un veterano de la Guerra de Secesión que antiguamente había sido linotipista en una imprenta en San Antonio (Texas) y que, una vez acabada la contienda, se gana la vida viajando de ciudad en ciudad, para leerle las noticias del periódico a sus habitantes: pequeños comerciantes, campesinos, mineros… familias enteras de colonos que no saben leer o no tienen tiempo para ello, a cambio de unos pocos centavos (emociona ver cómo se prepara para la ocasión, vistiendo sus mejores galas, y cómo, valiéndose de una lupa de aumento, lee con fruición, poniendo énfasis en ciertas palabras, haciendo pausas dramáticas para generar suspenso, como si de una performance teatral se tratara, a la manera de un maestro de ceremonias, de los antiguos bardos, rapsodas y trovadores, encargados de transmitir las historias y leyendas de sus pueblos mediante la tradición oral; o de los predicadores y agitadores de mentes, pródigos en proclamas que inciten a la reflexión y/o a la acción) «Noticias del Gran Mundo» pretende ser una película esperanzadora, a la vez que un oportuno llamado de atención a una sociedad orillada de nuevo al borde del precipicio al que algunos la han querido conducir.

Haciendo gala de un extraordinario valor para su avanzada edad, el Capitán Kidd, un hombre pacífico de mirada amable, que ha entendido después de rendirse frente a los yankees que “en algún momento habrá que dejar de pelear” y cuya conducta se rige por un elevado sentido del deber y la moral, emprenderá un peligroso viaje de 400 millas, de Norte a Sur de los EE.UU., un país que está empezando a construir su identidad nacional aunque aún sigue siendo un territorio salvaje e indómito, para devolver a su familia a una pequeña huérfana de diez años (Helena Zengel) que no habla una sola palabra de inglés, pues fue raptada y criada por la tribu india Kiowa cuando, siendo casi un bebé, tuvo que ver como sus padres morían salvajemente asesinados, y en cuyos papeles dice que fue bautizada originalmente como Johanna Leonberger, de donde se deduce su pertenencia a una colonia de inmigrantes alemanes que viven cerca de San Antonio (Texas).

Desde su encuentro fortuito y a través del viaje que ambos emprenden por el desértico y salvaje oeste a bordo de una destartalada carreta y sorteando todo tipo de riesgos: traficantes de mujeres, un pueblo de granjeros dominado por un autoritario y despreciable criminal, tormentas de arena y saqueadores, asistimos a un emocionante proceso de conocimiento y reconocimiento mutuo, de integración étnica y generacional, entre la rubísima niña que ha crecido en estado semisalvaje, sin los modales de la civilización occidental pero con la sabiduría ancestral del pueblo indígena americano que se niega a olvidar su pasado pues está en la base de su tradición (un problema que el personaje de Hanks ventila en una sola frase: “los colonos matan a los indios por sus tierras y los indios matan a los colonos para recuperarlas”) y el Capitán Kidd, partidario del progreso y de seguir adelante en línea recta, olvidando las atrocidades vividas y construyendo nuevos recuerdos que nos ayuden a superar el afán de venganza que anida en el dolor.

Y es que, al igual que “La diligencia” de John Ford, el western de Greengrass no deja de ser una road movie. Una película en la que el viaje geográfico marca los cambios interiores de los personajes.

Pasado y futuro. Un anciano solitario y una pequeña con toda la vida por delante que deciden ir de la mano haciendo un nuevo camino al andar.

Nuestros traumas, parecen decirnos Greengrass y Hanks, no son algo que podamos olvidar simplemente con pasar página y pretender que nunca sucedió lo que nos pasó, pero sí podemos decidir qué historias queremos seguir contándonos, para construir un nuevo relato que nos ayude a seguir avanzando.

Título original: News of the World

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Paul Greengrass

Guión: Paul Greengrass, Luke Davies (Basado en la novela de Paulette Jiles)

Música: James Newton Howard

Fotografía: Dariusz Wolski

Reparto: Tom Hanks, Helena Zengel, Neil Sandilands, Elizabeth Marvel, Ray McKinnon, Mare Winningham, Bill Camp, Chukwudi Iwuji, Thomas Francis Murphy, Michael Angelo Covino, Fred Hechinger, Annacheska Brown, Christopher Hagen, Michelle Campbell, Stafford Douglas, Stephanie Hill, Clint Obenchain, Winsome Brown, J. Nathan Simmons, Cynthia Casaus, Francheska Bardacke, William Sterchi, David Hight, Brenden Wedner, Randy Ritsema, Bob Knowlton, Cheo Tapia.

Productora: Playtone, Pretty Pictures, Universal Pictures, Perfec World Pictures Co (Distribuidora: Universal Pictures, Netflix)

Género: Western. Drama. Road Movie.

BAJO CERO

Bajo cero” me ha dejado fría. Y no precisamente por la sensación térmica, sino porque lo que supuestamente iba a ser el mejor thriller de acción de este año, protagonizado por dos Titanes del arte dramático, como Javier Gutiérrez y Karra Elejalde, se ha quedado (y nunca mejor dicho, considerando la cantidad de cargadores que se vacían durante los 106 minutos que dura la película) en un delirante y rocambolesco fuego de artificio.

Y eso que la situación límite de la que parte la historia: el asalto a un furgón blindado durante un traslado de presos de máxima peligrosidad, mientras rueda por desérticas carreteras secundarias en medio de una gélida noche de niebla cerrada, no puede ser más prometedora. De hecho, los primeros quince minutos de arranque de la película consiguen mantener la intriga preservando el anonimato del asaltante, cuya identidad y verdaderas intenciones solo conoce uno de los reos que viaja en el furgón policial. Pero, presa de la precipitación, el guionista descubre demasiado pronto sus cartas, a partir de lo cual, el desarrollo de la acción se pasa tanto de vueltas que descuida lo esencial: hacer que lo que nos están contando parezca creíble.

No dudo de que Lluis Quílez tuviese las más nobles y elevadas intenciones al concebir este trabajo que ha presentado como un llamado a la reflexión sobre la justicia, la venganza y el sentido del deber de un servidor público, en este caso un policía, enfrentado a un dilema moral que hace un guiño a la actualidad al recordarnos casos como el de Marta del Castillo. Pero su ejecución peca de un exceso de efectismo sanguinario (tiroteos, mutilaciones, muertes brutales y desangramientos), incurriendo en errores de bulto e incongruencias argumentales que restan efectividad al argumento y que no pasan desapercibidos para un espectador mínimamente despierto, como el que estos días se molestaba en publicar la una lista con algunos de los gazapos de la película, en un foro de internet:

“- Un furgón con presos peligrosos que desaparece toda una noche sin que nadie intente localizarlo, cuando se supone que estos vehículos deben estar dotados de un GPS que permite su búsqueda y localización, en caso de extraviarse. ¿Es que nadie se da cuenta de que algo sucede cuando no llega a tiempo o se desvía de su ruta?

– En la carreteras secundarias por donde circula el furgón no se cruzan ni con un solo vehículo en toda la noche.

– El asaltante utiliza una escopeta de cartuchos que dispara balas.

– Un policía que porta una pistola sin cargador de recambio.

– El coche de policía que iba delante del furgón tiene un accidente y nadie llama por radio de la central para ver qué ha pasado.

– El furgón se hunde por las ruedas traseras en un lago congelado y en el habitáculo interior lo que aparece inundado es la cabina del conductor.

– Furgón totalmente sumergido y en el interior espacios sin inundar.

– Policía recibe varios disparos a pocos metros del furgón, su compañero (quien se supone es un agente experimentado), comprueba que está muerto pero, de repente revive, como un caminante de “Walking Dead” y, en vez de esperar refuerzos o ir a un hospital, se va malherido detrás del autocar secuestrado, conduciendo un vehículo a toda velocidad.

– Un yonqui que aguanta la respiración bajo el agua helada, como un profesional de la inmersión, sin temor a morir de una hipotermia, cuando los yonquis sólo miran por ellos y rara vez se sacrifican por los demás…”

Y así podríamos seguir a nada que nos pongamos quisquillosos.

Menos mal que las eficaces actuaciones de sus protagonistas (especialmente la de Karra Elejalde, entregado a su papel de “vengador justiciero muy a su pesar” e impecable en cada nuevo registro interpretativo que aborda. Menos brillante, aunque siempre correcto está, en cambio, Javier Gutiérrez, a quien esta vez no me termino de creer del todo), incluso la de los actores de reparto encabezados por Luis Callejo y Patrick Criado, Édgar Vitorino, Florin Opritescu, Miquel Gelabert Bordoy y Andrés Gertrúdix, un grupo de criminales peligrosos, cada uno con una personalidad y un prontuario delictivo diferenciado, soportan el peso de la película que avanza a toda prisa, cuesta abajo y sin frenos, hacia un desenlace final en el que los más optimistas han querido ver alguna reminiscencia de títulos tan brillantes como “Seven”, pero que en realidad resulta bastante más plano de lo que hubiese sido deseable, en su afán de dejar sentada una moraleja socialmente aleccionadora.

Título original: Bajocero

Año: 2021

Duración: 106 min.

País: España

Dirección: Lluís Quílez

Guión: Fernando Navarro, Lluís Quílez

Música: Zacarías M. de la Riva


Fotografía: Isaac Vila

Reparto: Javier Gutiérrez, Karra Elejalde, Luis Callejo, Patrick Criado, Andrés Gertrudix, Isak Férriz, Miquel Gelabert, Édgar Vittorino, Florín Opritescu, Ángel Solo, Àlex Monner, Sebastián Haro

Compañías: Morena Films, Amorós Producciones, Televisión Española (TVE), ICIC (Distribuidora: Netflix)

Género: Thriller. Intriga | Policíaco.

MALCOLM & MARIE

Desde el brutal duelo dialéctico entre Elizabeth Taylor y Richard Burton (varias veces marido y mujer en la vida real), en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?” (antológica adaptación de la pieza teatral de Edward Albee llevada al cine por Mike Nichols), hasta la demolición física y sentimental de “La Guerra de los Rose (Danny DeVito), pasando por “Secretos de un matrimonio” (Ingmar Bergman), “Kramer contra Kramer (Robert Benton), “Maridos y Mujeres (Woody Allen), “Blue Valentine” (Derek Cianfrance), “Eyes Wide Shut (Stanley Kubrik), “Revolutionary Road” (Sam Mendes),  o,  más recientemente, “Historia de un matrimonio” (Noah Baumbach), «State of the union» (Stephen Frears) o «Divorce» (Sharon Horgan)… hay un listado enorme de películas y series televisivas que han sabido reflejar, con increíble acierto y extrema dureza, los altibajos que puede atravesar una relación de pareja hasta su desmoronamiento definitivo y la batalla a tumba abierta que lidian sus miembros, una vez que se liberan los demonios ocultos en forma de toda clase de reproches imaginables, lanzados con la saña de quienes se conocen bien y saben exactamente cómo herirse, disparando artillería pesada a sus puntos débiles.

Cada uno de esos trabajos ha dejado escenas memorables, cargadas de tensión, crueldad y desgarro emocional, protagonizadas por actores y actrices excepcionales, que parecían haber sufrido en sus carnes el drama de la decepción y la ira descontrolada que precede a la ruptura (que no necesariamente al fin del amor), como un río salvaje que se desborda arrasando todo a su paso.

Algo de eso que es lo que ha querido hacer Sam Levinson, hijo del laureado director Barry Levinson (“Rain Man” o “Good Morning Vietnam”), en “Malcolm & Marie”, una especie de bebé pandémico, concebido y escrito en seis días, y rodado en secreto durante las dos primeras semanas de confinamiento por la Covid-19, bajo estrictos protocolos de seguridad, con un equipo reducido y tan solo dos actores, dos estrellas emergentes en el firmamento hollywoodiense: la popular actriz y cantante Zendaya (y sus larguísimas piernas, que acaparan casi tantos planos como su rostro aún aniñado) y John David Washington (otro hijo de famoso, en este caso de Denzel Washington). Dos jóvenes promesas de raza negra y gran atractivo físico, intentando hacer el papel de sus vidas y parecer más profundos de lo que en realidad son. A las que, sin embargo, les falta la madurez interpretativa de los actores de método que sabían rebuscar en sus propias vivencias personales, para extraer la emoción precisa.

De ahí que el resultado de la película no sea todo lo brillante ni todo lo convincente que cabría esperar, pese a la eficaz campaña de marketing que Netflix ha orquestado para su lanzamiento.

Aunque, en honor a la verdad, no todo es culpa de Zendaya y John David, abocados a un verdadero “tour de forcé” al tener que interpretar un texto enrevesado, petulante y agotador, emanado de las neuras del propio Levinson y de su personal cabreo con la crítica cinematográfica, a la que dedica algunos de sus más ácidos comentarios a golpe de guión, cuestionando su sensibilidad y su capacidad para reconocer “el verdadero arte”, más allá de los prejuicios raciales, la corrección política y el postureo académico.

Quizá tenga algo que ver en ello el hecho de que ésta no haya tratado demasiado bien sus últimos proyectos, despachando con cierta desidia su exitosa serie Euphoria (por la que Zendaya ganó recientemente un Emmy) y su película “Assassination Nation”, ambas narrativas pesimistas sobre adolescentes problemáticos, en las que la crítica especializada detectó cierta urgencia del joven director por abordar temas de candente actualidad con un tono agresivo, de reproche hacia la sociedad, pero con un discurso inconformista algo arrogante e insípido, plagado de obviedades, sin llegar a profundizar ni aportar demasiada novedad.

Algo que se repite en «Malcolm & Marie«. No es que no tenga razón en algunos de los temas que plantea o denuncia, el problema es que, después de verla, tiene una la decepcionante sensación de que su director tiene mucho que decir sobre cosas que otros ya han dicho antes mucho mejor que él.

«¿Sabes lo perturbador que resulta que puedas compartimentar hasta tal punto de que puedas abusar de mí, mientras te comes los macarrones con queso que te he preparado?», reprocha Marie a su novio Malcolm, mientras éste engulle como un poseso el contenido de un bol de mac&cheese, al tiempo que le lanza una ráfaga de humillantes improperios, destinados a hundir su ya frágil autoestima. Frases tan insustanciales como esta, empleadas para describir un maltrato psicológico de manual, dan la medida de la futilidad de un guión que pretende ser más audaz e inteligente de lo que en realidad es.

En este sentido, podría decirse que se trata, como alguien ha escrito, de “una película ambiciosa, que desprende cierta artificiosidad en ese planteamiento de cinéma vérité algo burgués”.

Quizá en consonancia con su propio discurso de que “la autenticidad no importa, lo que importa es la perspectiva”, todo en “Malcolm & Marie” resulta poco creíble, forzado, pretencioso, artificial y superficial, empezando por la elección de rodar en blanco y negro, sin más intención ni explicación que la puramente estética, o los títulos de crédito inicial con el elegante diseño de las grandes películas del cine clásico, lo que enlaza con un par de referencias a Billy Wilder, para subrayar que las nuevas generaciones de la industria (y sobre todo de la crítica) del séptimo arte (a diferencia del propio Levinson, claro está, y de su alter ego, Malcolm) ignoran quién fue.

Como en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, la acción transcurre en una sola noche, en el interior de una de esas casas acristaladas, lujosas, modernas y espaciosas, con grandes galerías de enormes ventanales sin persianas ni cortinas, que permiten ver y, sobre todo, ser vistos. “Un zoo de cristal por el que pasean dos fieras heridas en constante movimiento”, como reza la sinopsis promocional. Metáfora demasiado previsible del carácter exhibicionista de la pareja protagónica, gente en busca de fama y fortuna, mediante la que el director nos anuncia de entrada su intención de despojarla de toda privacidad para desnudar su intimidad, física y emocional.

Malcolm es un guionista y director de cine, ególatra y narcisista, que está de “subidón” esa noche, pues la película que acaba de estrenar, basada parcialmente en la vida de su pareja, podría catapultar su carrera a lo más alto. Mientras Marie, modelo y ex yonqui rehabilitada, está molesta porque su novio se olvidó de darle las gracias públicamente por su contribución a la misma, culpabilizándolo de apropiarse de sus traumas pasados para hacer su película, sin haber pensado en ella para el rol protagónico, lo que desde su punto de vista le habría dado mayor autenticidad.

Durante esa madrugada de desvelo en la que la tensión e intensidad van en aumento, les veremos bailar, beber, cocinar, comer, fumar, magrearse, bañarse, miccionar y, sobre todo discutir, confrontando su ego y evidenciando que la suya es una relación tóxica de alto voltaje, si bien algo desigual, pues mientras Malcolm está sobre todo obsesionado consigo mismo y con su trabajo, intentando autoafirmarse como un cineasta que quiere hacer “arte despolitizado” y se niega a ser encasillado por su negritud. Marie es presa de sus propias frustraciones, que la hacen tener constantes e injustificados cambios de humor, debatiéndose entre el amor y el desdén. Básicamente sufre por estar atrapada en una relación en la que no se siente valorada, dando muestras de una gran vulnerabilidad al reclamar el reconocimiento y la atención de su pareja que únicamente tiene ojos y oídos para sí mismo y para lo que atañe a su trabajo.

En lugar de disfrutar de su éxito por la buena acogida que ha tenido su película, Malcolm/Levinson se adelanta a la crítica, obsesionado con la «chica blanca» que escribe de cine en LA Times, de la que habla de manera insistente, en tono implacable y con un desprecio casi visceral. Son muchos minutos dedicados a menospreciarla a ella y a su oficio por compararlo con Spike Lee, John Singleton y Barry Jenkins (tres directores negros) y no con el legendario Willy Wilder, director de “Sabrina”, “Testigo de Cargo”, “Primera Plana” o “El Apartamento”, entre otros muchos títulos consagrados en la historia del séptimo arte. Algo que, en su egocentrismo, atribuye a una actitud prejuiciosa y racista, sin considerar ni por un momento en que quizá, en cuestión de talento, (nunca mejor dicho) “no hay color”.

Título original: Malcolm & Marie

Año: 2021

Duración: 106 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Sam Levinson

Guión: Sam Levinson

Fotografía: Marcell Rév (B&W)

Reparto: Zendaya, John David Washington

Productora: Little Lamb, The Reasonable Bunch (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama. Romance | Drama romántico