AKELARRE

Una imagen exótica ha recorrido estos días las redes sociales. La de Aranzazu Calleja y Maite Arroitajauregi, premiadas con el Goya a la Mejor Música Original por su trabajo en la película «Akelarre«, quienes agradecían el galardón dando palmas a ritmo del cántico de las brujas. Un soniquete a escala infinita, interpretado en euskera (idioma ancestral de un pueblo de origen pagano, proscrito a lo largo de la historia por distintos «ismos», especialmente el franquismo), que consigue volver loco al juez inquisidor Rosteguy De Lancre, especie de discípulo de Torquemada encomendado por el Rey Enrique III de Navarra y IV de Francia para “purificar” la región quien, en el año 1609, recorre las tierras del Sr. de Urtubi, en busca de infieles y herejes a los que quemar en la hoguera.

Ganadora de cinco premios Goya (Mejor Música Original; Mejor Dirección Artística; Mejor Diseño de Vestuario; Mejor Maquillaje y Peluquería y Mejores Efectos Especiales) y rodada, con gran preciosismo pictórico y abundancia de claroscuros, en Navarra e Iparralde, la exitosa película del director argentino Pablo Agüero («Eva no duerme«, «77 Doronship«) tuvo al parecer su origen en su lectura del libro “La bruja” del historiador francés Jules Michelet, la obra más importante sobre las supersticiones medievales escrita hasta la fecha, donde se ofrece un pormenorizado análisis sobre rituales vinculados a ella (pacto con Satán, akelarres, misas negras) durante la Edad Media en Europa, así como en el libro ‘Tratado de brujería vasca: Descripción de la inconstancia de los malos Ángeles o Demonios‘, en el que el verdadero juez De Lancre, quien en el S. XVII recorrió el País Vasco francés interrogando a centenares de personas y condenando a decenas de mujeres a muerte por supuestos actos de brujería, relató sus propias vivencias.

Y es que, la caza de brujas (o sorginak, como decimos en euskera) no fue un cuento de viejas (pese a que su carácter mágico la asocie a la transmisión oral de una leyenda mitológica) sino un proceso real, de proporciones dantescas, que se cobró la vida de más de 60.000 personas, mayormente mujeres, durante los siglos XVI y XVII, en Europa y los Estados Unidos. Uno de los episodios más crueles y psicóticos de nuestra Historia que el cine y el teatro han abordado ya en otros títulos memorables, como “El Crisol o las Brujas de Salem” de Arthur Miller o “Las Brujas de Zugarramurdi, de Alex de la Iglesia.

Desde mediados del siglo XIV, el viejo continente se encontraba inmerso en plena crisis de fe. La peste negra había acabado con la vida de uno de cada tres habitantes, la pobreza campaba a sus anchas, el feudalismo comenzaba a declinar y el Cisma de Occidente distaba mucho de verse resuelto.

La pugna de dos Papas (uno en Roma y otro en Avignon) por el poder de la Iglesia católica entre 1378 y 1417 fue el desencadenante de un progresivo sentimiento de temor hacia los enemigos de la fe cristiana, quienes amenazaban con destruir los principales pilares de la Iglesia a través de la adoración de su principal rival y enemigo: el Demonio, también llamado Belcebú, Lucifer, El Diablo, El Maligno, Satanás. En euskera: Deabrua.

En ese contexto, Agüero y su coguionista Katell Guillou, construyen una pequeña historia, costumbrista e irreverente, acontecida en una aldea marinera, a orillas del Cantábrico, en lo que en la propia película se llama “el País de los Vascos” (“No me explico por qué en este país de los vascos hay más brujería que en cualquier otro lugar del mundo”, se pregunta De Lancre. “La gente de aquí es inconstante, como el mar”, le contesta el capellán quien, pese a hablar en lengua vasca para evangelizar a los aldeanos, utiliza el español para hablar “en cristiano”, mostrándose servil ante las autoridades).

Aprovechando que los hombres se han hecho a la mar, De Lancry y sus colaboradores arriban al pueblo habitado únicamente por mujeres ancianos y niños, en su mayoría tejedoras y campesinos, con la intención de detener y enjuiciar a seis adolescentes acusadas de haber celebrado el rito del “Sabatt”, ceremonia mágica de adoración a Lucifer (no confundir con el «Shabat» judío), durante la cual se supone que las brujas invocan al diablo en la oscuridad de los bosques, para aparearse con él.

En realidad, lo que Ana Ibarguren y sus amigas: María Ibarguren, Maider Aguirre, Olaia Isasi, Oneka Arbizu y la pequeña Katalin han hecho no pasa de ser una travesura adolescente: celebrar una fiesta en el bosque, beber sidra, fumar hierba y consumir alguna seta alucinógena, bailando y riendo hasta el amanecer, tal y como haría cualquier joven de hoy en ausencia de sus padres. Pero la ignorancia, el fanatismo, la superchería y la lascivia de sus inquisidores, decididos a calificar de demoníaca cualquier conducta que escapase de la puritana e implacable moral católica en aquellos años, las condena de antemano, no sin antes someterlas a una brutal tortura psicológica y física, durante un proceso demencial, en el que De Lancry, en un giro de los acontecimientos que obedece a cierta justicia poética, termina siendo realmente “embrujado” por los encantos de Ana que se autoinculpa diciendo ser la única bruja e inicia un relato inventado sobre cómo hechizó al resto, para salvar de las torturas y de la hoguera a sus amigas, y sobre una supuesta posesión diabólica, en medio de un sabbat imaginario que adorna con todo lujo de detalles eróticos y cierta irreverencia valleinclanesca (el burro vestido de cura, la cabra vestida como el gran Sr. de Urtubi, el cerdo con atuendo de juez…), con intención de excitar la mente calenturienta de su inquisidor, para así ganar tiempo y retrasar la ejecución, hasta que los hombres regresen de la mar.

Rostegy la escucha hipnotizado, reviviendo “el éxtasis” de Santa Teresa y sintiéndose irremediablemente atraído por la sensualidad de la joven, aunque atribuye dicha atracción a sus habilidades de bruja y a la propia intervención del Maligno, por lo que su interés por ella es equiparable al miedo que le inspira, tal y como advierte la anciana Sra. de Lara, quien (nunca mejor dicho) sabe más por vieja que por diabla: “Los hombres temen a las mujeres que no les temen”.

He ahí la idea fuerza de esta historia, en la que el peso de la interpretación recae en Amaia Aberasturi (Ana) y Àlex Brendemühl (De Lancry), si bien es de destacar la intervención de Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Jone Laspiur, Lorea Ibarra y Yune Nogueiras, un puñado de actrices inmensas, todas ellas debutantes, bilingües (capaces de utilizar en la misma escena el español y el euskera indistintamente) y desbordantes de espontaneidad.

La belleza y la capacidad de seducción femeninas, ancestralmente demonizadas por el catolicismo clerical que las responsabiliza nada menos que del pecado original, se convierten en el centro de la película de Agüero, decidido a ponerlas en valor en defensa propia y a reivindicar la astucia femenina frente a la ignorancia del fanatismo religioso y el machismo opresor imperantes en la edad media que tienen su réplica hasta nuestros días.

Poco sabían las mujeres que habitaban el País de los Vascos en el siglo XVI y XVII de reivindicaciones feministas. Sin embargo, hoy la figura de aquellas “brujas” es reivindicada desde el feminismo y «somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar» se ha convertido en un lema repetido en las marchas por los derechos de la mujer. Su audacia e irreverencia frente al hombre/inquisidor las convierte en pioneras de la lucha por la liberación femenina hasta sus últimas consecuencias, como evidencia el gran final alegórico de “Akelarre” que, salvando las distancias espaciotemporales, me ha recordado y provocado la misma emoción que el de “Telma&Louise”. Al fin y al cabo, la sociedad siempre ha tenido miedo de las mujeres que vuelan, ya sea por brujas o por libres.

El director argentino se ha centrado en esa idea de que “el origen del mal es la mujer” y encuentra paralelismos en la actualidad: “Porque una mujer se viste de una manera o está sonriendo se dice que está provocando, como si su alegría, su despreocupación o su belleza fueran un crimen”.

“No hay nada tan peligroso como una mujer que baila”, dice Agüero. “Para ellas es su arma. Su manera de rebelarse es la alegría. Lo lúgubre está en la mirada del otro, que transforma la libertad sexual y de pensamiento en algo oscuro. Y eso sigue vigente, la culpabilización y la condena de la libertad femenina”.

Por eso “Akelarre” nos invita a seguir disfrutando de la vida y a no quedarnos quietas, a ejercer con alegría la resistencia, sin renunciar a lo que somos ni avergonzarnos de cómo somos. Como escribía Diego Brodersen, en Página 12: “Si el baile de una mujer es lo más peligroso que hay sobre la tierra, habrá que seguir bailando. Incluso después de que las llamas se extingan”.

Título original: Akelarre

Año: 2020

Duración: 90 min.

País: España-Argentina-Francia

Dirección: Pablo Agüero

Guión: Pablo Agüero, Katell Guillou

Música: Maite Arrotajauregi, Aránzazu Calleja

Fotografía: Javier Agirre Erauso

Reparto: Amaia Aberasturi, Àlex Brendemühl, Daniel Fanego, Jone Laspiur, Daniel Chamorro, Iñigo de la Iglesia, Yune Nogueiras, Elena Uriz, Asier Oruesagasti, Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Lorea Ibarra

Compañías: Sorgin Films, Tita Productions, Kowalski Films, Lamia Producciones, La Fidèle Production

Género: Drama | Siglo XVII. Brujería

“THE ASSISTANT” Y “GLORIA BELL”

Si hay un común denominador entre los cientos de libros y películas que se han dedicado al estudio de la identidad femenina a lo largo de la historia es el que define a las mujeres como seres extraordinariamente complejos, dotados de una gran intuición y sensibilidad. Lo del pensamiento matemático y el raciocinio lógico ya es otro cantar. Un espacio injustamente vetado a la mujer y reservado al género masculino, incluso en los propios tratados científicos.

A nosotras se nos concede, a cambio, el atributo de la inteligencia emocional, una mayor fluidez comunicativa (especialmente en la expresión de nuestros sentimientos) y memoria verbal, así como mayor velocidad y precisión perceptiva que nos permite, entre otras cosas, distinguir el rosa del fucsia o localizar un objeto o persona en medio del caos, como lo haríamos con una aguja en un pajar. Por no mencionar nuestra tendencia (algo “masoca”) a la introspección, la autoexigencia y la constante autocrítica, como derivada de una educación culpabilizante que nos sigue estigmatizando y haciendo creer que nuestras capacidades son limitadas, cuando en realidad no lo son más que las de cualquier ser mortal.

A consecuencia de todo ello, el cine y la literatura, más empeñados que nunca en seguir escarbando en el alma femenina, se topan constantemente con personajes poliédricos, mujeres “prisma” que absorben toda la luz del mundo para proyectarla de mil formas y colores diferentes sobre un sinfín de roles y parcelas de actividad. Personas valiosas, empeñadas en autoperfeccionarse y en darle un significado y una razón a sus vidas, a menudo confundidas, aturdidas o sobrepasadas por las exigencias, frustraciones, abusos y limitaciones que les impone la vida diaria.

Estos días (como sucede siempre que se acerca el 8 de marzo) las plataformas de streaming nos han obsequiado con algunos estrenos cuya temática responde a esa perspectiva de género, en los que pueden apreciarse todos estos matices y algunos más.

En concreto me he fijado en dos: la película “The Assistant” (Filmin) de Kitty Green, promocionada como “el thriller definitivo sobre el movimiento #MeeToo”, surgido a raíz del caso de Harvey Weinstein, uno de los productores más importantes de la industria de Hollywood acusado de abusar sexualmente de un buen número de actrices y aspirantes; y “Gloria Bell” (Netflix), un autoremake de la película “Gloria” (2013) del director chileno Sebastián Lelio, en la que somos testigos de los denodados intentos de una mujer divorciada, de mediana edad y con hijos adultos, por sentirse útil para los suyos y vivir la vida que le resta con intensidad.

Si en el primer caso, la protagonista femenina es una joven debutante en el mundo laboral, en el segundo se trata de una mujer ya próxima a la jubilación. Pero no es esa la única diferencia entre ambas historias.

En «The Assistant» estamos ante una película minimalista, con muy pocos diálogos y nada de música, rodada en el ambiente algo claustrofóbico, aséptico e impersonal de una oficina con escasa decoración, pobre iluminación y mobiliario gris, en donde todo transcurre durante un día en la jornada laboral de la también grisácea y algo triste Jane (una comedida y silenciosa Julia Garner, conocida por su trabajo en “Ozark”), quien ejerce de “chica para todo” en el despacho del gran depredador sexual (cuya presencia se intuye, omnipotente y omnipresente, pese a que jamás lleguemos a verlo en carne mortal).

Mucho más luminosa (gracias a la fotografía colorista de Natasha Braier), la Gloria que encarna la maravillosa Juliane Moore en «Gloria Bell» (versión angloparlante del personaje original que le valió un merecido Oso de Plata, en la Berlinale, a la actriz chilena Paula García) es una mujer de espíritu libre, expansiva, divertida, cálida, cantarina y risueña, empeñada en ponerle banda sonora ochentera a su vida y salir a quemar la pista de baile, sola o acompañada.

De algún modo, la distancia generacional entre estas dos mujeres enmarca un abanico infinito de posibilidades, perfiles, temores y vivencias femeninas, con los que las mujeres podemos identificarnos, al menos en parte, en la medida en que cada una de nosotras responde a su propia singularidad y momento vital.

Jane es una recién graduada universitaria y aspirante a productora cinematográfica que consigue aparentemente el trabajo perfecto como asistente de un poderoso ejecutivo de la industria del entretenimiento y se desvive por hacerlo de manera eficaz.

Como tantas y tantas asistentes, secretarias y becarias, su día a día consiste en ser la primera que llega (aún de madrugada) y la última que se marcha de la oficina, donde tiene que preparar café, cambiar el papel de la fotocopiadora, encargar el almuerzo, organizar viajes, atender a las exigencias del jefe y aguantar las impertinencias de su mujer, recibir y contestar sus mails y sus llamadas, recoger su ropa en la tintorería, ordenar su medicación… Permanentemente a prueba, sometida a un continuo examen en el que cualquier mínimo error puede suponer una humillante reprimenda o un despido fulminante.

Se podría decir que Jane es Ariadna atrapada en la cueva del minotauro, devorador de la vida y la virtud de jóvenes doncellas, a quien nadie ve, pero todos temen porque conocen de lo que es capaz.

Sin duda el principal valor de la película de Kitty Green es el de saber contárnoslo todo, sin enseñarnos nada de forma explícita.

Uno de los momentos más impactantes de “El escándalo” (Bombshell) es el que mostraba cómo Roger Ailes -el mandamás de la FOX- se propasaba con una becaria, el personaje que interpretaba Margot Robbie en la película dirigida por Jay Roach. Green huye de eso. Quizás porque no considera necesario caer en el morbo de mostrar la naturaleza obscena de unos abusos sobre los que hemos podido leer todo tipo de detalles en prensa durante los últimos años.

En su lugar, nos invita a construir el puzzle de los hechos por nosotros mismos, en base a una serie de indicios (el pendiente encontrado en el sofá, los medicamentos antiabortivos, la guapa becaria sin cualificación alguna, a la que “el jefe” manda a traer desde Boise y alojar en un hotel, nombrándola su segunda ayudante…) recogidos a través de la mirada de la joven Jane, lo bastante perspicaz para darse cuenta de que algo no va bien en la oficina y de que allí están pasando cosas que no deberían de pasar, hasta enfrentarse al dilema fundamental de la película: hacer algo al respecto o dejar hacer.

Como la heroína griega, la joven tira del hilo e intenta salir del laberinto, una vez toma conciencia del abuso al que está siendo sometida recibiendo a diario un trato degradante, pero es entonces cuando se topa con la gran muralla del sistema que opera como una fortaleza medieval de la que difícilmente se puede salir indemne, como deja claro su visita al responsable de Recursos Humanos, brillantemente interpretado por Matthew McFayden (“Succession”, Orgullo y Prejuicio”) en una breve escena plagada de cínicas advertencias que, por desgracia, resulta demasiado habitual. “¿De verdad quieres seguir adelante con esto?” “¿Qué crees que vas a conseguir denunciando?”, “Tu problema es que estás celosa”, “Te irás acostumbrando…”, “Que suerte tienes de no ser su tipo…”

Como bien observa Fernando Vílchez en “Las cosas que nos hacen felices”, “a diferencia de otros trabajos donde también se abordaba la ley de silencio que durante décadas dio cobertura a hombres como Harvey Weinstein, “The Assistant” huye de nombres propios. Y lo hace, precisamente porque busca despersonalizar la figura de Weinstein. Al fin y al cabo, hay muchos jefes déspotas que abusan de su poder”.

En lugar de centrarse en él, prefiere hacerlo en los que le rodean. Los que sabían lo que pasaba y no hicieron nada para evitarlo. Aquellos que callaron para salvar su pellejo y su puesto de trabajo, sin que su conducta nos resulte, lamentablemente, desconocida o anómala.

Es así como la supuesta heroína acaba aceptando su destino y convirtiéndose en parte del problema. A juzgar por la escena final, en la que se aleja cabizbaja del lugar de los hechos a sabiendas de que el abuso está siendo consumado, con intención de regresar al día siguiente a su puesto de trabajo, intuimos que acabará siendo una empleada más, como la que en un ascensor le sugiere que no se preocupe demasiado porque “en esto, ellas ganan más que él”.

Quién sabe si la “Gloria Bell” de Sebastián Lelio fue en un tiempo pasado también esa Jane. Lo que sí conocemos es su postura respecto al problema de una compañera de trabajo obligada a prejubilarse con una pensión mísera, con la que se solidariza brindándole su incondicional amistad, sin poder evitar (tampoco en ese caso) que el abuso y la injusticia se impongan, ya que es algo que no está en su mano.

Con una situación laboral consolidada, aunque sea en un trabajo algo anodino como empleada de una empresa de seguros, divorciada hace más de diez años, dos hijos adultos, un nieto y un exmarido con quien parece guardar una relación cordial, los problemas de Gloria (Juliane Moore), a su edad, son otros. Los de una mujer que combate la soledad y el paso del tiempo, acudiendo a clases de yoga y de risoterapia, ansiosa por disfrutar de la vitalidad que aún le queda y del amor que cree haber vuelto a encontrar en un desconocido, con quien entabla conversación en la discoteca para “singles” maduros, a la que periódicamente suele acudir para hacer una de las cosas que más le gusta: bailar.

El inexpresivo Arnold (John Turturro) es un recién divorciado que ha adelgazado casi cincuenta kilos gracias a un balón gástrico, trabajó en el ejército y actualmente regenta un parque de atracciones en los que el personal se divierte disparándose con pistolas de paintball.

Ambos se enamoran bailando un tema de “Earth, Wind & Fire” y regresan a casa con algunas copas de más dando inicio a un romance que irá más allá del interés puramente sexual. Pero Arnold parece mantener una relación de dependencia algo tóxica con sus dos hijas y su exmujer, lo que le impide entregarse por completo a una nueva historia de amor. Por lo que las expectativas de Gloria pronto se ven decepcionadas.

Tras un viaje a Las Vegas que deja magulladuras literales y simbólicas, la película recurre a un par de trucos dramáticos diseñados para terminar de construir una heroína moderna, capaz de tropezar una y otra vez con las zonas erróneas propias y ajenas y, sin embargo, seguir en pie con dignidad y energías renovadas.

Julianne Moore logra en este sentido una interpretación soberbia, con momentos literalmente “gloriosos”. Su actuación libre de complejos, de pudores y prejuicios, construye un personaje sumamente seductor. El de una mujer de casi 60 años, libre de ataduras y de responsabilidades, que sólo busca ser feliz.

Y es que, más allá de la intención declarada de visibilizar a la mujer madura, con sus inquietudes e inseguridades, y darle la importancia que parece haber perdido con el creciente culto a la belleza física, lo que la película del director chileno nos recuerda es que nunca es tarde para procurar la felicidad y que, hasta la penúltima equivocación merece la pena, si en el intento hemos logrado sonreír.

FICHA TÉCNICA:


Título original: The Assistant

Año: 2019

Duración: 81 min.


País: Estados Unidos

Dirección: Kitty Green

Guión: Kitty Green

Música: Tamar-Kali Brown

Fotografía: Michael Latham


Reparto: Julia Garner, Matthew Macfadyen, Dagmara Dominczyk, Kristine Froseth, Patrick Wilson, Mackenzie Leigh, Juliana Canfield, Noah Robbins, Alexander Chaplin, Purva Bedi, Lou Martini Jr., Migs Govea, Fang Du, Daoud Heidami, Jonny Orsini, Sophie Knapp, Andrew Hsu, Devon Caraway

Productora: 3311 Productions, Cinereach, Forensic Films, Level Forward, Symbolic Exchange, Bellmer Pictures, JJ Homeward Productions (Distribuidora: Bleecker Street)

Género: Drama | Trabajo/empleo. Abusos sexuales
FICHA TÉCNICA:

Título original: Gloria Bell

Año: 2018


Duración: 102 min.


País: Estados Unidos


Dirección: Sebastián Lelio


Guión: Alice Johnson Boher (Historia: Sebastián Lelio, Gonzalo Maza)

Música: Mathew Herbert


Fotografía: Natasha Braier


Reparto: 
Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Jeanne Tripplehorn, Holland Taylor, Brad Garrett, Caren Pistorius, Sean Astin, Cassi Thomson, Tyson Ritter


Productora: Co-production Estados Unidos-Chile; Filmnation Entertainment, Fabula

Género: Drama. Romance | Remake. Amistad

HILLBILLY, UNA ELEGÍA RURAL

Hillbilly”. Otra de las películas que se aloja en el catálogo de Netflix y de la que seguramente oiremos hablar en la noche de los Oscar, gracias a la eterna nominada Glenn Close, en la que sin lugar a dudas es una de las mejores interpretaciones de su carrera desde su sobreactuado debut como peligrosa psicópata en “Atracción Fatal”.

La vi hace ya algún tiempo pero, antes de escribir sobre ella, he querido distanciarme del contexto y de los motivos que llevaron a la crítica a destrozarla, por estar basada en un libro autobiográfico (“Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”) emparentado con los esloganes de campaña de Donald Trump, al retratar la penosa degradación de una clase social en declive, la de los trabajadores blancos en muchas zonas de la América profunda, intentando al mismo tiempo rescatar la idea de redención del sueño americano que dibuja un país en el que todo es posible de lograr a base de esfuerzo y deseos de superación.

La historia en la que se inspira la película es la de JD Vance, actualmente director de una empresa de inversión en Silicon Valley, quien creció en el cinturón industrial de Middletown (Ohio), a donde su peculiar familia tuvo que mudarse desde la ciudad de Jackson (Kentucky), de donde eran originarios. De ahí el término peyorativo de “hillbillie”, con que se nombra a los habitantes de la cordillera de los Apalaches, un grupo social cada vez más empobrecido y radicalizado del país, al que pertenecen algunos de los estrafalarios especímenes a los que recientemente vimos asaltar el Capitolio de los Estados Unidos.

El resentimiento, la falta de oportunidades y una mezcla de victimismo y pesimismo autodestructivo, que los ha hecho caer en el alcoholismo y la drogadicción, así como un exagerado orgullo patrio y una fervorosa fe en Dios, han hecho de los “hillbillies” gente frustrada y agresiva, que se conforma con vivir de los subsidios del Gobierno, situándose en los márgenes de la sociedad americana.

Vance cuenta su historia a través de la de su propia y disfuncional familia, en la que, como insiste en dejar claro, priman la lealtad y el cariño, pese a padecer un serio déficit en la expresión de sus sentimientos, imponiéndose el maltrato, los gritos y los excesos verbales entre sus miembros

Mediante el emotivo recuerdo de su áspera abuela, de su abuelo borracho, de su madre drogadicta o de su padre desconocido, retrata los anhelos, las luchas, los conflictos y valores, así como la incesante búsqueda de culpables a quienes responsabilizar de su desdicha, de una comunidad en decadencia, olvidada por el sistema, que se ha ido degradando lentamente a través del tiempo y para la que, sin embargo, nos dice, aún hay una oportunidad de salvación, poniéndose a sí mismo de ejemplo.

Todo comienza cuando, a punto de convertirse en abogado, una emergencia familiar lo obliga a volver al pueblo miserable que siempre quiso olvidar. Un viaje al pasado que le permitirá cerrar viejas heridas y comprender mejor de dónde viene y quién es realmente. El hijo de Bev (Amy Adams, excepcional), quien a los trece años quedó embarazada, por lo que toda la familia tuvo que abandonar su pueblo natal estigmatizada por la vergüenza.

Empleada como enfermera en un hospital, esta empieza a automedicarse robando ansiolíticos hasta convertirse en una adicta, pasando al consumo de otras drogas ilegales hasta caer en la heroína, lo que combina con una interminable y errática lista de amantes de mala vida y peor reputación, en busca de un marido y un padre para sus dos retoños: Lindsay (Haley Bennett) y JD (Gabriel Basso), que le proporcione al fin la estabilidad que ansía.

Es la intervención de su ruda abuela, Mawmaw (Glenn Close) -víctima, en el pasado, de maltrato a manos de un marido alcohólico- quien se hace cargo de su educación, lo que permite que JD consiga escapar de ese entorno de marginalidad, violencia e ignorancia, para convertirse en lo que el pensamiento conservador americano define como “un hombre de provecho” que, tras terminar la secundaria, se alista en el Cuerpo de Marines y sirve como soldado en Irak y, gracias a un sistema de becas, consigue finalmente graduarse por la Universidad Estatal de Ohio y por la Facultad de Derecho de Yale, dejando atrás a su familia, para emprender un futuro de éxito, coronado por un matrimonio feliz, una casa con jardín en San Francisco, un par de hijos y dos perros.

Estamos pues ante lo que podría considerarse el credo del republicanismo sociocultural estadounidense, en donde los valores familiares tradicionales, siendo pilar fundamental en el desarrollo de la personalidad, están claramente supeditados al individualismo capitalista, cuya ambición no conoce límites.

JD Vance es quien es, gracias a la impronta que dejó en él su familia, pero también gracias a haberla sabido dejar atrás, desentendiéndose de los problemas de su atormentada madre, a quien deja egoístamente al entero cuidado de su hermana Lindsay, que -por el hecho de ser mujer- obviamente no ha corrido con la misma suerte que su hermano, debiendo resignarse a una vida mucho más precaria y carente de ambición, como empleada de un polígono comercial, y sacrificada hija, esposa y madre de familia.

Bob Hutton escribía sobre ello en la revista Jacobin: «En última instancia, su libro -el de JD Vance- ilustra el oxímoron que el capitalismo y sus defensores claman: cualquier individuo trabajador puede llegar a la cima, pero, para ello, muchos más individuos deben permanecer abajo«.

Como he mencionado al principio, la crítica ha sido implacable con la película de Ron Howard a la que, más allá del reconocimiento por las estupendas actuaciones de sus dos actrices protagonistas (Close y Adams) y del notable esfuerzo del equipo de casting, maquillaje y vestuario, por el increíble parecido físico de los actores con los personajes reales de la historia, se ha acusado de excesivo sentimentalismo y escaso rigor analítico.

En cambio, el libro en el que se basa fue todo un fenómeno de ventas entre los círculos conservadores estadounidenses. No en vano, como decía Mireia Mullor en la revista Fotogramas, estamos ante “la historia definitiva para demostrar que el capitalismo y la meritocracia funcionan. Que cualquiera puede ser lo que quiera si lo desea lo suficiente, si se esfuerza, si no se deja arrastrar por malas influencias, si deja de culpar al mundo de sus fracasos o de los obstáculos que se le presentan. El poder del individuo frente a las adversidades, su valor medido en productividad”.

Un mensaje motivador que bien podría valer para una sesión de coaching, pero que poco o nada tiene que ver con la realidad en un país de enormes desigualdades sociales, raciales, de género y culturales.

Título original: Hillbilly Elegy

Año: 2020

Duración: 116 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ron Howard

Guión: Vanessa Taylor (Biografía J.D. Vance: “Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”).

Música: David Fleming, Hans Zimmer

Fotografía: Maryse Alberti

Reparto:
Amy Adams, Gabriel Basso, Glenn Close, Haley Bennett, Owen Asztalos, Freida Pinto, Bo Hopkins, William Mark McCullough, Jesse C. Boyd, Deja Dee, Tierney Smith, Lucy Capri, Sunny Mabrey, Stephen Kunken, Ryan Homchick, Ed Amatrudo, Holly A. Morris, Jason Davis, Keong Sim, Ethan Levy

Productora: Imagine Entertainment, Netflix (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Vida rural (Norteamérica). Familia. Drogas. Años 90. Basado en hechos reales

LA VIDA POR DELANTE

La primera vez que vi a Sophia Loren en una pantalla de cine, bambolear sus caderas al andar “con ese tumbao que tienen las guapas al caminar” (que diría el poeta Rubén Blades) distaba mucho de ser la diva de belleza exótica, exhuberante y voluptuosa que competía con Jane Mansfield o Marilin Monroe por el reinado de las actrices físicamente mejor dotadas de los años cincuenta. Ya no era una jovencita. 

Fue en “Una giornata particolare”, película dirigida en 1977 por Ettore Scola, en la que encarnaba el papel de Antonietta, una mujer de mediana edad, ama de su casa y mamma de seis hijos, de generoso escote y curvas aún peligrosas, pero con más pinta de oler a detergente, a orégano, a parmessano y a cebolla, que a Chanell nº 5. Pese a estar casada con un fascista fanático, o quizá por ello, Antonietta tonteaba con Gabriele (Marcello Mastroianni), un vecino locutor de radio que resultaba ser homosexual, el mismo día en el que ambos se negaban a asistir al histórico desfile en honor de la visita de Hitler a Mussolini, que tuvo lugar en Roma aquella jornada del 6 de mayo de 1938 a la que alude el título de la película.

Aquella Sofía de 43 años, mujer de temperamento mediterráneo, fuerte y pasional, de tez aceituna, labios carnosos y pómulos altos, algo ojerosa y descuidada en el arreglo personal por exigencias del guión, se ha hecho mayor. Ahora tiene exactamente el doble de edad. Y, sin embargo, sigue estando igual de espléndida y cautivadora, conservando una pátina indeleble de elegante sensualidad, pese a los surcos que el tiempo ha dibujado en su rostro y a los retoques estéticos erráticos, como cabe esperar de una leyenda tan icónica del séptimo arte.

Su reaparición en el cine, tras una década de ausencia marcada por la muerte de su marido, el productor de cine Carlo Ponti, quien fuera su gran amor, su Pigmalión y principal valedor (no así su descubridor, mérito que corresponde a Vittorio De Sica), no ha podido ser más acertada.

Y ello, no sólo por el esfuerzo que, para una estrella de su calibre y de sus años, supone rodar a estas alturas, en tiempo de pandemia y bajo el sol abrasador de la costa sur de Italia, una película más bien modesta, de bajo presupuesto, que se inscribe dentro de la corriente del realismo social (emparentada con la mejor tradición del neorrealismo italiano) y cuyo título mira al futuro con esperanza, queriendo demostrar que aún hay una vida por delante («The life ahead«) para quienes saben resistir y, sobre todo, colaborar con otros seres humanos en la lucha por la supervivencia, especialmente cuando la marginalidad y la exclusión hacen que vivir no resulte fácil; sino porque el resultado es magnífico en todos los sentidos, una pequeña joya cinematográfica de una sensibilidad y profundidad social y filosófica que a punto está de hacerla acreedora al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y, en lo que atañe a su protagonista, la confirmación de que el carácter y “el duende” de la autenticidad (que diría Lola Flores) no se pierde con los años y nada tiene que ver con la lozanía de nuestro envoltorio mortal.

Sophia Constanza Brigida Villani Scicolone (como fue presentada en la pila bautismal) posee ese duende desde que vino al mundo en una familia humilde de Roma en 1934. Desde bien pequeña aprendió los rigores de la pobreza y supo de la importancia de ganarse la vida explotando los dones que tenía a mano: primero su físico y, más tarde, su indiscutible talento dramático (con 14 años fue elegida Princesa del Mar. A los 15, participó en el concurso de Miss Italia. Y con 16, se plantó con su madre en Roma, en los estudios de Cinecittà, para ver si le daban un papelito de relleno en “Quo Vadis”).

Abandonadas por su padre, el arquitecto Riccardo Scicolone, quien rehusó a casarse con su madre (maestra de piano y también actriz), desentendiéndose de ella y de su hermana Anna, Sophia creció en un pueblo cerca de Nápoles, en casa de su abuela materna. Eran tiempos difíciles debido a los estragos causados por la Segunda Guerra Mundial, así que montaron una taberna, frecuentada por militares estadounidenses, donde la madre tocaba el piano para sacar la vida adelante.

Algo de ese espíritu de superación familiar se recoge en esta película dirigida por Edoardo Ponti (quien ya contó con su madre en su debut cinematográfico, “Entre Extraños”, y también en el cortometraje “Voce Umana” en el que pudimos ver a la actriz por última vez, en 2014). Así que, a sus 86 años, la gran mamma de los Ponti y diva por excelencia del cine italiano no ha dudado en ponerse de nuevo a las órdenes de su hijo, para dar vida a la temperamental Madame Rosa, una anciana ex prostituta, sobreviviente del Holocausto que, una vez retirada de las calles, se gana el sustento diario cuidando de los hijos de otras compañeras del oficio, hasta un día en que sufre el asalto de un huérfano senegalés, al que llaman Momo (extraordinario debut en el cine de Ibrahima Gueye), quien le roba el bolso en plena calle.

Se trata de un joven problemático que ha sido expulsado de la escuela y al que Madame Rosa, a regañadientes, accede a acoger en su casa, a petición de su médico y buen amigo, el Dr. Cohen, encargado de la custodia del chico, para evitar así que caiga en manos de los servicios sociales, iniciándose entre ellos un vínculo afectivo creciente, hasta llegar a formar una familia poco convencional, a la que se suman otros personajes secundarios, como el de la joven prostituta que interpreta la actriz española Abril Zamora, contrapunto de luz en un drama en el que los personajes principales andan a tientas, entre las tinieblas del pasado y la marginalidad de un oscuro presente.

Rodada a orillas del mar Adriático, concretamente en Bari, capital de la región de Apulia, la película no dura más de 90 minutos. Lo suficiente para exponer, con una enorme economía de medios narrativos, esta sencilla y conmovedora historia de exclusión, integración y superación personal a través del respeto mutuo y la solidaridad. La del pequeño inmigrante a quien una leona visita en sueños (animal que simboliza el poder, la paciencia y la fe, en el Corán) hasta que reconoce en la anciana que le da cobijo una nueva figura materna a la que cuidar, querer y proteger a la recíproca, lo que le sirve de motivación para alejarse del mal camino que llevaba dedicándose a cometer pequeños hurtos y tráfico de drogas en los suburbios de la ciudad.

Pero, atrapada en sus delirios y cada vez más extraviada en la espesa niebla del pasado, Madame Rosa se desvanece al mismo ritmo que lo hacen sus recuerdos, por lo que ambos deciden encerrarse en un sótano para esconderse y protegerse de las miserias del mundo. Ella evocando sus días en el campo de concentración de Auschwitz, donde fue recluida por ser judía y Momo huyendo de las nuevas formas de segregación que sufren los inmigrantes ilegales como él. Un ramo de mimosas amarillas, una postal familiar y la leona que retorna… Todo el dolor, la rabia y la tristeza por la tragedia vivida se asoma a los ojos de ese niño de piel azabache y dientes de marfil que, sin embargo, gracias al cariño jamás antes recibido, consigue encaminarse hacia la redención social.

Título original: La vita davanti a sé 

Año: 2020

Duración: 94 min.

País: Italia

Dirección: Edoardo Ponti

Guión: Ugo Chiti, Edoardo Ponti, Fabio Natale (Libro: Romain Gary)

Música: Gabriel Yared

Fotografía: Angus Hudson

Reparto:
Sophia Loren, Ibrahima Gueye, Renato Carpentieri, Abril Zamora, Babak Karimi, Massimiliano Rossi, Francesco Cassano

Productora: Palomar (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Inmigración

NOTICIAS DEL GRAN MUNDO

Noticias del Gran Mundo” es la belleza, la sensibilidad y la conciencia civil y moral hecha película. Y eso, tratándose de un western de corte clásico, en donde los vaqueros y colonos eran siempre los buenos y los indios los malos, es una rareza maravillosa que denota que algo ha cambiado, después de todo, en la mentalidad de un país que nuevamente se debate entre volver a las atrocidades del pasado o apostar por la civilización y el progreso.

La historia nos retrotrae al final de la Guerra de Secesión (1861-1865), cuando la población de los EE.UU., sensiblemente diezmada por las atrocidades de la contienda, debe acometer lo que se conoce como la Era de la Reconstrucción Americana (1863-1877), para restaurar la unidad patria, fortalecer el gobierno presidido entonces por el moderado republicano Abraham Lincoln y otorgar derechos civiles a los 4 millones de esclavos que fueron liberados en todo el país.

Una tarea ingente y nada sencilla, dado el caótico estado de ruina y devastación en el que quedó el territorio nacional tras cuatro largos años de enfrentamiento armado entre sus compatriotas. Se calcula que casi 750.000 personas perdieron la vida a consecuencia de los brutales combates (asesinatos, violaciones y saqueos incluidos) entre el Norte y el Sur (más que el número de muertes militares en todas las demás guerras libradas por el ejército estadounidense hasta la Guerra de Vietnam), las poblaciones indígenas perdieron sus asentamientos deambulando sin rumbo y gran parte de la infraestructura fue destruida, especialmente los sistemas de transporte, por lo que el país quedó física y moralmente fracturado, sin que la victoria de los yankees frente a los confederados consiguiese reconciliar a ambos bandos si no, antes bien, echar más leña al fuego avivando las llamas del odio y la división entre quienes se mantuvieron en el norte leales a la Unión y los habitantes de los estados esclavistas del sur, que hoy sabemos que jamás se resignaron a perder sus privilegios frente a las llamadas “minorías étnicas” que, a través de los años, para su desesperación, se han ido haciendo mayoritarias.

“Y de aquellos polvos, estos lodos” parece pensar el británico Paul Greengrass (director de “El capitán Phillips”, otra de mis películas favoritas protagonizadas por el bueno de Tom Hanks, a quien a estas alturas he abandonado ya toda esperanza de ver alguna vez haciendo un papel que no sea el de ciudadano americano ejemplar, buen vecino, amante esposo y modélico padre de familia, en definitiva: el de una buena persona, que es lo que dicen quienes le conocen que en realidad es, además de un actor como la copa de un pino).

De ahí el interés que director y protagonista (ambos activos partidarios de la campaña de Biden frente a Trump) tenían por establecer un alegórico paralelismo entre el contexto histórico en el que se desarrolla la película y el momento actual que se vive en los EE.UU., precisamente ahora, cuando vuelven a sonar los tambores de guerra, y los ánimos parecen igual de exaltados y las posiciones no menos enfrentadas que entonces, entre quienes defienden la igualdad de derechos y libertades y la no discriminación racial, y los nostálgicos de la supremacía blanca, partidarios del “Make America great again” y de la supresión de los controles del Estado, al que ven como un ente opresor.

Como bien apunta Pedro Moral en Cinemanía, en consonancia con el espíritu del nuevo inquilino de la Casa Blanca: “Greengrass y Hanks quieren que EE.UU. deje de arder por los cuatro costados, su intención es luchar contra la polarización salvaje que amenaza su nación y, por eso, vuelven al género fundacional que ayudó a forjar el mito del país más poderoso del mundo”, que no es otro que el western en su más pura esencia, inmortalizada en las grandes películas de John Ford.

Echando mano del argumento del libro de la escritora Paulette Jiles, “News of the World”, en el que se cuenta el peligroso viaje del Capitán Jefferson Kyle Kidd, un veterano de la Guerra de Secesión que antiguamente había sido linotipista en una imprenta en San Antonio (Texas) y que, una vez acabada la contienda, se gana la vida viajando de ciudad en ciudad, para leerle las noticias del periódico a sus habitantes: pequeños comerciantes, campesinos, mineros… familias enteras de colonos que no saben leer o no tienen tiempo para ello, a cambio de unos pocos centavos (emociona ver cómo se prepara para la ocasión, vistiendo sus mejores galas, y cómo, valiéndose de una lupa de aumento, lee con fruición, poniendo énfasis en ciertas palabras, haciendo pausas dramáticas para generar suspenso, como si de una performance teatral se tratara, a la manera de un maestro de ceremonias, de los antiguos bardos, rapsodas y trovadores, encargados de transmitir las historias y leyendas de sus pueblos mediante la tradición oral; o de los predicadores y agitadores de mentes, pródigos en proclamas que inciten a la reflexión y/o a la acción) «Noticias del Gran Mundo» pretende ser una película esperanzadora, a la vez que un oportuno llamado de atención a una sociedad orillada de nuevo al borde del precipicio al que algunos la han querido conducir.

Haciendo gala de un extraordinario valor para su avanzada edad, el Capitán Kidd, un hombre pacífico de mirada amable, que ha entendido después de rendirse frente a los yankees que “en algún momento habrá que dejar de pelear” y cuya conducta se rige por un elevado sentido del deber y la moral, emprenderá un peligroso viaje de 400 millas, de Norte a Sur de los EE.UU., un país que está empezando a construir su identidad nacional aunque aún sigue siendo un territorio salvaje e indómito, para devolver a su familia a una pequeña huérfana de diez años (Helena Zengel) que no habla una sola palabra de inglés, pues fue raptada y criada por la tribu india Kiowa cuando, siendo casi un bebé, tuvo que ver como sus padres morían salvajemente asesinados, y en cuyos papeles dice que fue bautizada originalmente como Johanna Leonberger, de donde se deduce su pertenencia a una colonia de inmigrantes alemanes que viven cerca de San Antonio (Texas).

Desde su encuentro fortuito y a través del viaje que ambos emprenden por el desértico y salvaje oeste a bordo de una destartalada carreta y sorteando todo tipo de riesgos: traficantes de mujeres, un pueblo de granjeros dominado por un autoritario y despreciable criminal, tormentas de arena y saqueadores, asistimos a un emocionante proceso de conocimiento y reconocimiento mutuo, de integración étnica y generacional, entre la rubísima niña que ha crecido en estado semisalvaje, sin los modales de la civilización occidental pero con la sabiduría ancestral del pueblo indígena americano que se niega a olvidar su pasado pues está en la base de su tradición (un problema que el personaje de Hanks ventila en una sola frase: “los colonos matan a los indios por sus tierras y los indios matan a los colonos para recuperarlas”) y el Capitán Kidd, partidario del progreso y de seguir adelante en línea recta, olvidando las atrocidades vividas y construyendo nuevos recuerdos que nos ayuden a superar el afán de venganza que anida en el dolor.

Y es que, al igual que “La diligencia” de John Ford, el western de Greengrass no deja de ser una road movie. Una película en la que el viaje geográfico marca los cambios interiores de los personajes.

Pasado y futuro. Un anciano solitario y una pequeña con toda la vida por delante que deciden ir de la mano haciendo un nuevo camino al andar.

Nuestros traumas, parecen decirnos Greengrass y Hanks, no son algo que podamos olvidar simplemente con pasar página y pretender que nunca sucedió lo que nos pasó, pero sí podemos decidir qué historias queremos seguir contándonos, para construir un nuevo relato que nos ayude a seguir avanzando.

Título original: News of the World

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Paul Greengrass

Guión: Paul Greengrass, Luke Davies (Basado en la novela de Paulette Jiles)

Música: James Newton Howard

Fotografía: Dariusz Wolski

Reparto: Tom Hanks, Helena Zengel, Neil Sandilands, Elizabeth Marvel, Ray McKinnon, Mare Winningham, Bill Camp, Chukwudi Iwuji, Thomas Francis Murphy, Michael Angelo Covino, Fred Hechinger, Annacheska Brown, Christopher Hagen, Michelle Campbell, Stafford Douglas, Stephanie Hill, Clint Obenchain, Winsome Brown, J. Nathan Simmons, Cynthia Casaus, Francheska Bardacke, William Sterchi, David Hight, Brenden Wedner, Randy Ritsema, Bob Knowlton, Cheo Tapia.

Productora: Playtone, Pretty Pictures, Universal Pictures, Perfec World Pictures Co (Distribuidora: Universal Pictures, Netflix)

Género: Western. Drama. Road Movie.

BAJO CERO

Bajo cero” me ha dejado fría. Y no precisamente por la sensación térmica, sino porque lo que supuestamente iba a ser el mejor thriller de acción de este año, protagonizado por dos Titanes del arte dramático, como Javier Gutiérrez y Karra Elejalde, se ha quedado (y nunca mejor dicho, considerando la cantidad de cargadores que se vacían durante los 106 minutos que dura la película) en un delirante y rocambolesco fuego de artificio.

Y eso que la situación límite de la que parte la historia: el asalto a un furgón blindado durante un traslado de presos de máxima peligrosidad, mientras rueda por desérticas carreteras secundarias en medio de una gélida noche de niebla cerrada, no puede ser más prometedora. De hecho, los primeros quince minutos de arranque de la película consiguen mantener la intriga preservando el anonimato del asaltante, cuya identidad y verdaderas intenciones solo conoce uno de los reos que viaja en el furgón policial. Pero, presa de la precipitación, el guionista descubre demasiado pronto sus cartas, a partir de lo cual, el desarrollo de la acción se pasa tanto de vueltas que descuida lo esencial: hacer que lo que nos están contando parezca creíble.

No dudo de que Lluis Quílez tuviese las más nobles y elevadas intenciones al concebir este trabajo que ha presentado como un llamado a la reflexión sobre la justicia, la venganza y el sentido del deber de un servidor público, en este caso un policía, enfrentado a un dilema moral que hace un guiño a la actualidad al recordarnos casos como el de Marta del Castillo. Pero su ejecución peca de un exceso de efectismo sanguinario (tiroteos, mutilaciones, muertes brutales y desangramientos), incurriendo en errores de bulto e incongruencias argumentales que restan efectividad al argumento y que no pasan desapercibidos para un espectador mínimamente despierto, como el que estos días se molestaba en publicar la una lista con algunos de los gazapos de la película, en un foro de internet:

“- Un furgón con presos peligrosos que desaparece toda una noche sin que nadie intente localizarlo, cuando se supone que estos vehículos deben estar dotados de un GPS que permite su búsqueda y localización, en caso de extraviarse. ¿Es que nadie se da cuenta de que algo sucede cuando no llega a tiempo o se desvía de su ruta?

– En la carreteras secundarias por donde circula el furgón no se cruzan ni con un solo vehículo en toda la noche.

– El asaltante utiliza una escopeta de cartuchos que dispara balas.

– Un policía que porta una pistola sin cargador de recambio.

– El coche de policía que iba delante del furgón tiene un accidente y nadie llama por radio de la central para ver qué ha pasado.

– El furgón se hunde por las ruedas traseras en un lago congelado y en el habitáculo interior lo que aparece inundado es la cabina del conductor.

– Furgón totalmente sumergido y en el interior espacios sin inundar.

– Policía recibe varios disparos a pocos metros del furgón, su compañero (quien se supone es un agente experimentado), comprueba que está muerto pero, de repente revive, como un caminante de “Walking Dead” y, en vez de esperar refuerzos o ir a un hospital, se va malherido detrás del autocar secuestrado, conduciendo un vehículo a toda velocidad.

– Un yonqui que aguanta la respiración bajo el agua helada, como un profesional de la inmersión, sin temor a morir de una hipotermia, cuando los yonquis sólo miran por ellos y rara vez se sacrifican por los demás…”

Y así podríamos seguir a nada que nos pongamos quisquillosos.

Menos mal que las eficaces actuaciones de sus protagonistas (especialmente la de Karra Elejalde, entregado a su papel de “vengador justiciero muy a su pesar” e impecable en cada nuevo registro interpretativo que aborda. Menos brillante, aunque siempre correcto está, en cambio, Javier Gutiérrez, a quien esta vez no me termino de creer del todo), incluso la de los actores de reparto encabezados por Luis Callejo y Patrick Criado, Édgar Vitorino, Florin Opritescu, Miquel Gelabert Bordoy y Andrés Gertrúdix, un grupo de criminales peligrosos, cada uno con una personalidad y un prontuario delictivo diferenciado, soportan el peso de la película que avanza a toda prisa, cuesta abajo y sin frenos, hacia un desenlace final en el que los más optimistas han querido ver alguna reminiscencia de títulos tan brillantes como “Seven”, pero que en realidad resulta bastante más plano de lo que hubiese sido deseable, en su afán de dejar sentada una moraleja socialmente aleccionadora.

Título original: Bajocero

Año: 2021

Duración: 106 min.

País: España

Dirección: Lluís Quílez

Guión: Fernando Navarro, Lluís Quílez

Música: Zacarías M. de la Riva


Fotografía: Isaac Vila

Reparto: Javier Gutiérrez, Karra Elejalde, Luis Callejo, Patrick Criado, Andrés Gertrudix, Isak Férriz, Miquel Gelabert, Édgar Vittorino, Florín Opritescu, Ángel Solo, Àlex Monner, Sebastián Haro

Compañías: Morena Films, Amorós Producciones, Televisión Española (TVE), ICIC (Distribuidora: Netflix)

Género: Thriller. Intriga | Policíaco.

MALCOLM & MARIE

Desde el brutal duelo dialéctico entre Elizabeth Taylor y Richard Burton (varias veces marido y mujer en la vida real), en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?” (antológica adaptación de la pieza teatral de Edward Albee llevada al cine por Mike Nichols), hasta la demolición física y sentimental de “La Guerra de los Rose (Danny DeVito), pasando por “Secretos de un matrimonio” (Ingmar Bergman), “Kramer contra Kramer (Robert Benton), “Maridos y Mujeres (Woody Allen), “Blue Valentine” (Derek Cianfrance), “Eyes Wide Shut (Stanley Kubrik), “Revolutionary Road” (Sam Mendes),  o,  más recientemente, “Historia de un matrimonio” (Noah Baumbach), «State of the union» (Stephen Frears) o «Divorce» (Sharon Horgan)… hay un listado enorme de películas y series televisivas que han sabido reflejar, con increíble acierto y extrema dureza, los altibajos que puede atravesar una relación de pareja hasta su desmoronamiento definitivo y la batalla a tumba abierta que lidian sus miembros, una vez que se liberan los demonios ocultos en forma de toda clase de reproches imaginables, lanzados con la saña de quienes se conocen bien y saben exactamente cómo herirse, disparando artillería pesada a sus puntos débiles.

Cada uno de esos trabajos ha dejado escenas memorables, cargadas de tensión, crueldad y desgarro emocional, protagonizadas por actores y actrices excepcionales, que parecían haber sufrido en sus carnes el drama de la decepción y la ira descontrolada que precede a la ruptura (que no necesariamente al fin del amor), como un río salvaje que se desborda arrasando todo a su paso.

Algo de eso que es lo que ha querido hacer Sam Levinson, hijo del laureado director Barry Levinson (“Rain Man” o “Good Morning Vietnam”), en “Malcolm & Marie”, una especie de bebé pandémico, concebido y escrito en seis días, y rodado en secreto durante las dos primeras semanas de confinamiento por la Covid-19, bajo estrictos protocolos de seguridad, con un equipo reducido y tan solo dos actores, dos estrellas emergentes en el firmamento hollywoodiense: la popular actriz y cantante Zendaya (y sus larguísimas piernas, que acaparan casi tantos planos como su rostro aún aniñado) y John David Washington (otro hijo de famoso, en este caso de Denzel Washington). Dos jóvenes promesas de raza negra y gran atractivo físico, intentando hacer el papel de sus vidas y parecer más profundos de lo que en realidad son. A las que, sin embargo, les falta la madurez interpretativa de los actores de método que sabían rebuscar en sus propias vivencias personales, para extraer la emoción precisa.

De ahí que el resultado de la película no sea todo lo brillante ni todo lo convincente que cabría esperar, pese a la eficaz campaña de marketing que Netflix ha orquestado para su lanzamiento.

Aunque, en honor a la verdad, no todo es culpa de Zendaya y John David, abocados a un verdadero “tour de forcé” al tener que interpretar un texto enrevesado, petulante y agotador, emanado de las neuras del propio Levinson y de su personal cabreo con la crítica cinematográfica, a la que dedica algunos de sus más ácidos comentarios a golpe de guión, cuestionando su sensibilidad y su capacidad para reconocer “el verdadero arte”, más allá de los prejuicios raciales, la corrección política y el postureo académico.

Quizá tenga algo que ver en ello el hecho de que ésta no haya tratado demasiado bien sus últimos proyectos, despachando con cierta desidia su exitosa serie Euphoria (por la que Zendaya ganó recientemente un Emmy) y su película “Assassination Nation”, ambas narrativas pesimistas sobre adolescentes problemáticos, en las que la crítica especializada detectó cierta urgencia del joven director por abordar temas de candente actualidad con un tono agresivo, de reproche hacia la sociedad, pero con un discurso inconformista algo arrogante e insípido, plagado de obviedades, sin llegar a profundizar ni aportar demasiada novedad.

Algo que se repite en «Malcolm & Marie«. No es que no tenga razón en algunos de los temas que plantea o denuncia, el problema es que, después de verla, tiene una la decepcionante sensación de que su director tiene mucho que decir sobre cosas que otros ya han dicho antes mucho mejor que él.

«¿Sabes lo perturbador que resulta que puedas compartimentar hasta tal punto de que puedas abusar de mí, mientras te comes los macarrones con queso que te he preparado?», reprocha Marie a su novio Malcolm, mientras éste engulle como un poseso el contenido de un bol de mac&cheese, al tiempo que le lanza una ráfaga de humillantes improperios, destinados a hundir su ya frágil autoestima. Frases tan insustanciales como esta, empleadas para describir un maltrato psicológico de manual, dan la medida de la futilidad de un guión que pretende ser más audaz e inteligente de lo que en realidad es.

En este sentido, podría decirse que se trata, como alguien ha escrito, de “una película ambiciosa, que desprende cierta artificiosidad en ese planteamiento de cinéma vérité algo burgués”.

Quizá en consonancia con su propio discurso de que “la autenticidad no importa, lo que importa es la perspectiva”, todo en “Malcolm & Marie” resulta poco creíble, forzado, pretencioso, artificial y superficial, empezando por la elección de rodar en blanco y negro, sin más intención ni explicación que la puramente estética, o los títulos de crédito inicial con el elegante diseño de las grandes películas del cine clásico, lo que enlaza con un par de referencias a Billy Wilder, para subrayar que las nuevas generaciones de la industria (y sobre todo de la crítica) del séptimo arte (a diferencia del propio Levinson, claro está, y de su alter ego, Malcolm) ignoran quién fue.

Como en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, la acción transcurre en una sola noche, en el interior de una de esas casas acristaladas, lujosas, modernas y espaciosas, con grandes galerías de enormes ventanales sin persianas ni cortinas, que permiten ver y, sobre todo, ser vistos. “Un zoo de cristal por el que pasean dos fieras heridas en constante movimiento”, como reza la sinopsis promocional. Metáfora demasiado previsible del carácter exhibicionista de la pareja protagónica, gente en busca de fama y fortuna, mediante la que el director nos anuncia de entrada su intención de despojarla de toda privacidad para desnudar su intimidad, física y emocional.

Malcolm es un guionista y director de cine, ególatra y narcisista, que está de “subidón” esa noche, pues la película que acaba de estrenar, basada parcialmente en la vida de su pareja, podría catapultar su carrera a lo más alto. Mientras Marie, modelo y ex yonqui rehabilitada, está molesta porque su novio se olvidó de darle las gracias públicamente por su contribución a la misma, culpabilizándolo de apropiarse de sus traumas pasados para hacer su película, sin haber pensado en ella para el rol protagónico, lo que desde su punto de vista le habría dado mayor autenticidad.

Durante esa madrugada de desvelo en la que la tensión e intensidad van en aumento, les veremos bailar, beber, cocinar, comer, fumar, magrearse, bañarse, miccionar y, sobre todo discutir, confrontando su ego y evidenciando que la suya es una relación tóxica de alto voltaje, si bien algo desigual, pues mientras Malcolm está sobre todo obsesionado consigo mismo y con su trabajo, intentando autoafirmarse como un cineasta que quiere hacer “arte despolitizado” y se niega a ser encasillado por su negritud. Marie es presa de sus propias frustraciones, que la hacen tener constantes e injustificados cambios de humor, debatiéndose entre el amor y el desdén. Básicamente sufre por estar atrapada en una relación en la que no se siente valorada, dando muestras de una gran vulnerabilidad al reclamar el reconocimiento y la atención de su pareja que únicamente tiene ojos y oídos para sí mismo y para lo que atañe a su trabajo.

En lugar de disfrutar de su éxito por la buena acogida que ha tenido su película, Malcolm/Levinson se adelanta a la crítica, obsesionado con la «chica blanca» que escribe de cine en LA Times, de la que habla de manera insistente, en tono implacable y con un desprecio casi visceral. Son muchos minutos dedicados a menospreciarla a ella y a su oficio por compararlo con Spike Lee, John Singleton y Barry Jenkins (tres directores negros) y no con el legendario Willy Wilder, director de “Sabrina”, “Testigo de Cargo”, “Primera Plana” o “El Apartamento”, entre otros muchos títulos consagrados en la historia del séptimo arte. Algo que, en su egocentrismo, atribuye a una actitud prejuiciosa y racista, sin considerar ni por un momento en que quizá, en cuestión de talento, (nunca mejor dicho) “no hay color”.

Título original: Malcolm & Marie

Año: 2021

Duración: 106 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Sam Levinson

Guión: Sam Levinson

Fotografía: Marcell Rév (B&W)

Reparto: Zendaya, John David Washington

Productora: Little Lamb, The Reasonable Bunch (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama. Romance | Drama romántico

LA EXCAVACIÓN

“Los arqueólogos somos como detectives de la Antigüedad. Investigamos el pasado de las civilizaciones perdidas para tratar de reconstruir su memoria y su cultura antes de que se disipen para siempre entre las brumas del tiempo”, decía un personaje de una de las novelas de José Vicente Alfaro (fenómeno de ventas por su primera novela “La esperanza del Tíbet”). Exactamente el mismo espíritu que anida en los personajes de «La excavación», uno de los últimos estrenos de Netflix que, pese a no ofrecer una acción trepidante ni un carrusel de emociones fuertes, ha debutado con buen pie en el catálogo de la plataforma de streaming con mayor número de visitas.

Se trata, por el contrario, de una película sosegada y melancólica, de esas a las que el cine costumbrista británico suele ser tan aficionado, que narra -sin darse demasiadas prisas- una historia basada en hechos reales: el descubrimiento del famoso barco funerario de Sutton Hoo bajo uno de los montículos de tierra situados en una granja de propiedad privada, junto al río Suffolk, durante los albores de la II Guerra Mundial. Seguramente el hallazgo arqueológico más importante de la cultura anglosajona, a decir de los expertos.

El guión es una adaptación de la novela homónima de John Preston, “The Dig”, si bien Moira Buffini se toma algunas licencias que terminan desviando innecesariamente la atención del motivo real de inspiración del relato, que no es otro que el de la bendita corazonada que impulsó a Edith Pretty (etérea, Carey Mulligan), una joven viuda terrateniente, convencida de que bajo su propiedad existía un tesoro que debía ser desenterrado, a contratar para tal empresa a Basil Brown (enorme y convincente, como siempre, Ralph Fiennes, casualmente oriundo de Ipswich, capital del condado de Suffolk, en uno de sus innumerables registros interpretativos), un apasionado arqueólogo autodidacta de la localidad, igualmente aficionado a la astrología, quien no cejará en el empeño hasta dar con el oro de Sutton Hoo. Y todo ello en un momento histórico en el que la guerra se cierne como un ominoso presentimiento de fatalidad remarcado, cada cierto tiempo, por el paso de los aviones de combate que sobrevuelan la comarca, preparándose para la ineludible contienda.

Unidos por la misma ilusión y un objetivo común que por momentos parece crear entre ellos un vínculo casi familiar y tal vez el velado deseo de que la relación laboral trascienda hacia un plano más íntimo, la Sra. Pretty y el Sr. Brown son como esas almas gemelas que, pese a su proximidad física, están condenadas a no encontrarse o hacerlo a destiempo. Un afecto no resuelto en el plano romántico, truncado por las circunstancias del matrimonio de él y el frágil estado de salud de ella, que sin embargo se sublima con la amistad y la lealtad mutuas.

He ahí -en esa contención sentimental, emocional y sexual- donde radica, desde mi punto de vista, el mayor atractivo de la película de Simon Stone y no tanto en las tramas secundarias a las que se presta atención después, con la aparición de otros personajes, como el irrelevante grupo de catedráticos y arqueólogos del British Museum, que quieren apropiarse del yacimiento y arrebatar el mérito de la excavación a Brown -a quien consideran un paleto aficionado- una vez que se hace de dominio público la relevancia de su descubrimiento, en el que destaca la presencia de una mujer, Peggy Preston (personaje inspirado en la propia tía del autor de la novela, John Preston, quien a los 25 años era ya una reconocida arqueóloga y prehistoriadora británica, especialista en hallazgos, si bien la película parece obviar ese hecho).

Pese a los mejores esfuerzos de Lily James, el personaje de Peggy sin embargo no llega a despuntar, aún teniendo todos los elementos dramáticos para ello: joven arqueóloga que lucha por hacer carrera en un medio dominado por hombres y mujer insatisfecha, a la vez; recién casada con un colega incapaz de consumar su matrimonio, de quien descubrirá que le oculta su verdadera condición homosexual, arrojándose de manera un tanto gratuita -yo diría que como concesión comercial de la película- a los brazos del primo de Edith, a quien acaba de conocer.

Como en el caso de El inglés que subió una colina pero bajó una montaña” y otros muchos largometrajes donde los ingleses han sabido poner en valor su vocación exploradora y su contribución a la arqueología y a las ciencias geográficas, no hay duda de que “La excavación” goza de una manufactura visual impecable.

Pero insisto en que, su principal valor no reside tanto en lo bien ambientada que está, ni en la fotografía de ensueño que utiliza para retratar la campiña británica, con sus bucólicos atardeceres ocres y sus repentinas tormentas torrenciales, sino en la entereza y determinación de sus personajes principales, seres humanos con grandes dosis de resiliencia, curiosidad infinita y un ferviente deseo de dejar un legado trascendente para las generaciones futuras. Desde la Sra. Pretty, a quien el tiempo se le agota en esta tierra, aquejada de una insuficiencia cardíaca letal; hasta su pequeño hijo, Robert, resignado a dejarla marchar de este mundo, pero decidido a que lo haga sin la angustia de saber qué será de él. O el propio Sr. Brown, laborioso y concienzudo autodidacta, determinado a acabar su trabajo aunque tenga que renunciar al mérito por no poseer una titulación académica y su discretísima mujer, May (Mónica Dolan), un personaje que pasa algo desapercibido y que, sin embargo, tiene una importancia capital, dando una verdadera lección de confianza marital y de amor incondicional al permitir a su marido la libertad para llevar a cabo su trabajo con total entrega y saber ser su acicate y su sostén en los momentos en los que la vocación flaquea.

El verdadero Basil Brown
Título original: The Dig

Año: 2021

Duración: 112 min.

País: Reino Unido

Dirección: Simon Stone

Guión: Moira Buffini (Basada en la novela de John Preston)

Fotografía: Mike Eley

Reparto: Carey Mulligan, Ralph Fiennes, Lily James, Johnny Flynn, Ben Chaplin, Ken Stott, Monica Dolan, Arsher Ali, Joe Hurst, Paul O'Kelly, Eileen Davies, James Dryden, Chloe Stannage, Kate Margo, Kevin Nolan

Compañías: BBC Films, Clerkenwell Films, Magnolia Mae Films, Netflix

Género: Drama. Biográfico. Años 30

MA RAINEY’S BLACK BOTTOM Y DA 5 BLOODS

“Espero servir siempre a mi raza y a la industria cinematográfica. Dios los bendiga”. Ha llovido casi el diluvio universal desde que Hattie McDaniel, pronunciara estas sentidas palabras al recibir un Oscar en 1939, por su entrañable papel de Mammy en “Lo que el viento se llevó”, sin que se le permitiera asistir a la ceremonia de entrega de los premios, por ser una actriz de raza negra.

Una situación que sería impensable hoy, y no sólo porque la gala de este año vaya a ser virtual, sino porque los vientos de alivio que soplan en Hollywood tras el desalojo de Trump de la Casa Blanca (ya es casualidad que se llame así) y el poderoso influjo de las encendidas consignas de #blacklivesmater, han hecho girar las tornas justo en sentido contrario.

En honor a la verdad, la reivindicación racial se hizo presente en los célebres premios, ya desde 2016, cuando el director y activista SpikeLee, uno de los cineastas afroamericanos más influyentes (quizá el que más) de Hollywood y la actriz Jada Pinkett Smith decidieron boicotear la gala de aquel año, al saber que solo había un actor negro nominado.

Bajo el slogan de #OscarSoWhite iniciaron entonces una movilización que se quejaba de la invisibilidad de los actores de raza negra, poniendo en evidencia que, en las dos últimas ediciones, cuarenta actores habían sido nominados para ganar la preciada estatuilla y ninguno de ellos era de piel oscura.

Y a la vista está que su llamado de atención surtió efecto. Pues las sucesivas ceremonias de entrega que ha habido desde entonces han estado marcadas por la presencia y homenaje al talento de una pléyade de actores, actrices, directores, productores y demás gentes del cine de origen afroamericano. Tendencia que ha ido en aumento y que algo me dice que alcanzará su apoteósis en la gala de este año, que se perfila ya como un potente revival de la defensa de los derechos civiles de los negros y la integración racial, frente a quienes aún abanderan la supremacía blanca en USA.

Y ello por razones obvias. A la espera de conocer la lista definitiva de los nominados el 15 de marzo, no hay más que echar un vistazo a la producción cinematográfica del pasado año en aquel país, para notar que ha estado marcada por el clima de opinión generado tras el asesinato del negro George Floyd a manos de la policía blanca de Trump, suceso que desató una oleada de violentas protestas callejeras y supuso la aparición en escena de Black Lives Mater.

Bajo ese vigoroso paraguas racial reivindicativo, se cobijan dos películas que suenan muy fuerte para hacerse con algún galardón la noche de autos, ambas producidas y distribuidas por el gigante del streaming Netflix, como casi todo el cine en tiempos de la Covid.

Hablo de «Da 5 bloods» (último trabajo de Spike Lee) y de «Ma Rainey’s Black Bottom«. Dos producciones que, aun abordando temáticas distintas, hablan el mismo idioma.

En el primer caso, se trata de una oda a la amistad y la lealtad entre hermanos de raza y de armas, protagonizada por un grupo de veteranos de guerra negros que lucharon juntos en Vietnam, sin que su sacrificio se viera después recompensado por una sociedad que los sigue discriminando por el color de su piel.

Paul (Delroy Lindo, uno de los posibles candidatos a una nominación), Otis (Clarke Peters), Eddie (Norm Lewis) y Melvin (Isiah Whitlock Jr.) vuelven a Saigón, cuarenta años después, para buscar los restos del líder de su escuadrón, Norman (memorable, Chadwick Boseman), una especie de Malcom X caído en combate, y recuperar de paso un tesoro en lingotes de oro que escondieron en la selva, decididos a repartírselo en compensación a los servicios prestados al Tío Sam.

Al margen de los delirios tragicómicos que desata la fiebre del oro en sus pintorescos protagonistas (psicológicamente devastados por la experiencia bélica) y que motivan la trepidante acción de la película, Spike Lee vuelve a utilizar su obra cinematográfica para honrar a su raza y rendir un homenaje a algunos de sus referentes más representativos, como Mohamed Ali o Areta Franklin, a quienes se nombra casi a modo de sagrada invocación, así como a otros héroes negros menos conocidos para el gran público, como Milton Olive, un soldado que, a los 18 años, sacrificó su vida para salvar a su escuadrón, al saltar sobre una granada activa sofocando con su cuerpo la explosión; o Crispus Attucks, probablemente un esclavo fugitivo de procedencia africana, de quien poco se sabe, a excepción de que fue el primer mártir de la Revolución Americana, asesinado durante la Masacre de Boston.

A ellos se refiere el malogrado Norman, cuando decide esconder el tesoro encontrado de manera fortuita durante la contienda, a modo de indemnización, lanzando la siguiente soflama: “Nosotros fuimos los primeros en morir por nuestra bandera. Hemos muerto por el país desde el principio, esperando que nos dieran el sitio que nos corresponde, pero lo que nos dieron fue una patada el culo. Nuestro país nos lo debe. Nosotros lo creamos. Embarguemos este oro por todos los soldados negros que nunca volvieron a casa, los hermanos negros de nuestra madre África, llevados a Jamestown (Virginia), en 1619. Le daremos este oro a nuestra gente”.

No será la única. Spike Lee se hace cargo de la rabia de su gente en un momento histórico especialmente convulso, comparándola con la de aquel en el que se produjo el asesinato de Martin Luther King, e intenta contenerla, con un diálogo que parece dirigido a quienes, tras el asesinato de Floyd, daban rienda suelta a su ira en las calles de Estados Unidos y de medio mundo.

La escena tiene lugar cuando los cinco soldados se enteran, en plena selva, del asesinato del Dr. King: “Los negros son solo el 11% de la población estadounidense, pero entre las tropas de Vietnam sois el 32%. Soldados negros. ¿Es justo servir al país, más que los blancos que os han enviado aquí?”, emponzoña la locutora de la radio oficial de Saigón, intentado minar la moral de la tropa enemiga.

“Los putos blancos se han pasado. La biblia dice ojo por ojo y diente por diente. Hay que matar a algún blanco, nuestros hermanos están quemando cosas en casa”, vociferan Paul, Otis, Eddie y Melvin, presos de la indignación. A lo que su mesiánico jefe de batallón (o el propio Spike Lee) contesta, intentando apaciguar los ánimos: “Estáis hablando del Dr. King. Un hombre de paz. Yo estoy igual de cabreado. Tenemos derecho a estarlo, pero somos hermanos. Que no usen nuestra rabia contra nosotros. Nosotros la controlamos. Lo que queréis hacer ahora no va a cambiar nada. Así que dejad esa rabia. Es una orden”.

Una rabia a la que sí sucumbirá, en cambio, el personaje que interpreta el mismo actor, Chadwick Boseman (casi seguro merecedor de un Oscar a título póstumo, pues esta fue la última película que rodó antes de su fallecimiento el pasado año, a causa de un cáncer colorrectal), en “Ma Rainey’s Black Bottom”, la impactante película producida por otro actor negro dispuesto a reivindicar su orgullo de raza, Denzel Washington, que retrata la vida de la conocida como “madre del blues”, laureada por la crítica.

Basada en la obra teatral homónima de August Wilson, la historia está ambientada en el Chicago de finales de los años veinte y transcurre durante la tensa y sofocante sesión de grabación de un disco de Ma Rainey (poderosa e irreverente, Viola David, toda una fuerza de la naturaleza con su maquillaje languideciente, sus pechos colganderos y sus kilos de más), junto a su banda de músicos (todos negros), en la que Boseman interpreta a un trompetista atormentado por el pasado y psicológicamente marcado por el atroz asesinato de sus padres a manos del KuKluxKlan, ante sus ojos, siendo apenas un niño.

Seguramente se trata de una de las películas mejor actuadas del pasado año, como ha dicho la revista Vanity Fair y un cierre perfecto para la carrera de un artista que se fue demasiado pronto. De hecho, “Ma Rainey. La madre del Blues” es ya, sobre todo, la última película de Chadwick Boseman, probablemente la más oscura de cuantas hizo, pero también la mejor, en la que demuestra todo su potencial. Desde su encantador descaro, “levantándole” la novia a su intimidante jefa, hasta sus descontrolados ataques de furia, todo en él rezuma verdad.

Más allá de ser “un tributo a una leyenda del blues y a la cultura afroamericana en general”, como dijo de ella Rotten Tomatoes, se trata de un drama emotivo, indignante y desgarrador, que tiene la evidente intención de conmover y mover a la reflexión al espectador mediante diálogos de gran calado, como cuando Glynn Turman, el pianista de la banda, pronuncia un monólogo sobrecogedor sobre las injusticias cotidianas sufridas por los negros en los años veinte (que no distan mucho de las sufridas en décadas anteriores y aún en el siglo posterior) para concluir amargamente que “los negros son las sobras en el guiso de la vida”.

Título original: Ma Rainey's Black Bottom

Año: 2020

Duración: 94 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George C. Wolfe

Guión: Rubén Santiago-Hudson (Obra de teatro de August Wilson )

Música: Branford Marsalis

Fotografía: Tobias A. Schliessler

Reparto: Viola Davis, Chadwick Boseman, Glynn Turman, Colman Domingo, Joshua Harto, Taylour Paige, Jonny Coyne, Jeremy Shamos, Michael Potts, Scott Matheny, Dusan Brown, Phil Nardozzi, Daniel Johnson, Roger Petan, Ron L. Haynes, William Kania, Gregory Bromfield, Jordan Rhone, DaJuan Rippy, Antonio Fierro, Tony Amen, Shane McNair, Jacob Wright, Chris McCail, Malik Abdul Khaaliq, Sierra Stewart, Patrick Raffaele, Brent Feitl, Eric Sharpe, Remington Sinclair

Compañias: Netflix (Productor: Denzel Washington) (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama. Biográfico. Música. Racismo. Años 20
Título original: Da 5 Bloods

Año: 2020

Duración: 154 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Spike Lee

Guión: Spike Lee, Kevin Willmott, Danny Bilson, Paul De Meo

Música: Terence Blanchard

Fotografía: Newton Thomas Sigel

Reparto: Delroy Lindo, Clarke Peters, Norm Lewis, Isiah Whitlock Jr., Chadwick Boseman, Jonathan Majors, Jean Reno, Mélanie Thierry, Paul Walter Hauser, Veronica Ngo, Jasper Pääkkönen, Rick Shuster, Mav Kang, Alexander Winters, Devin Rumer, Casey Clark, Lê Y Lan, Andrey Kasushkin, Sandy Huong Pham, Lam Nguyen

Compañías: 40 Acres & A Mule Filmworks (Distribuidora: Netflix)

Género: Bélico. Guerra de Vietnam

LOS BRIDGERTON

He tardado en decidirme a ver la serie de moda de Netflix de la que todos hablan y que los más entusiastas definen como “una serie ligera de época (por contradictorio que eso pueda sonar) que deja a los espectadores con ganas de más”. Estoy hablando, como ya adivinarán, de “Los Bridgerton”.

Confieso que la expectativa de enfrentarme a la adaptación de una -ya de por sí- edulcorada novela rosa, ambientada en la época georgiana (concretamente, durante el reinado de Jorge III y en el conocido como Período de la Regencia del por entonces Príncipe de Gales y futuro rey, Jorge IV), a manos de quien hasta no hace mucho prestaba sus servicios a la factoría Disney (la exitosa productora televisiva Shonda Rhymes, creadora de “Anatomia de Grey”) me daba cierta pereza, más por el previsible tufo a romance folletinesco, de príncipe azul y final feliz, que por el dispendio de lazos y frufrús que suele ir asociado a este tipo de producciones. Pero obviamente tales reticencias partían del prejuicio, así que siguiendo mi propia máxima de que hay que verlo todo para poder opinar, me armé de valor y me dispuse a engullir los ocho episodios de la primera temporada de una sentada.

El resultado fue el previsible, aunque debo decir que no del todo desagradable.

La serie se basa en la saga de novelas de Julia Quinn (seudónimo de Julie Pottinger, una de las escritoras románticas más populares de los Estados Unidos), y narra las aventuras y anhelos amorosos de ocho hermanos pertenecientes a una acaudalada familia de la alta sociedad británica, los herederos del Vizconde de Bridgerton, cuya hija mayor, la señorita Daphne (Phoebe Dynevor) hace su ingreso como debutante en el competitivo mercado matrimonial de la aristocrática Regencia londinense, teniendo que asistir a un sinfín de bailes y festejos, en donde las jovencitas casaderas son exhibidas casi como ganado mayor, a la espera de poder elegir al marido ideal entre sus posibles pretendientes, y así ejercer al fin el papel para el que han sido educadas, que no es otro que el de ser esposas y madres.

La juiciosa, ingenua y virginal Daphne -nombrada por la mismísima reina como “el diamante más preciado de la temporada”- espera poder casarse por amor, mientras su hermano mayor, Anthony, cabeza de familia a la muerte de su padre, se propone organizar para ella un matrimonio de conveniencia.

Es entonces cuando aparece al rescate el seductor Simon Basset, Duque de Hastings, atormentado por una infancia carente de afecto, quien lleva una vida un tanto disoluta hasta conocer a Daphne, de la que cae rendidamente enamorado.

Pero, como en todo drama romántico que se precie, surgen dificultades que los separan. En este caso, la promesa que el duque le hizo a su cruel padre en el lecho de muerte, en venganza por haberlo repudiado desde niño, y que implica su firme decisión de no casarse ni procrear, para que su linaje empiece y acabe en él. Algo que Daphne (educada para tener hijos) se tomará como alta traición.

En torno a estos mimbres y a una serie de peculiares personajes secundarios, entre los que destaca la rebelde y libertaria Eloise Bridgerton (quien no está dispuesta a seguir los pasos de su hermana mayor, pues tiene otros planes para su vida que no incluyen el matrimonio), se tejen una serie de subtramas en un tono más o menos sarcástico, a veces casi cómico, en las que subyace una manida crítica a los usos y costumbres de la época, especialmente en lo que a los prejuicios sociales y a la educación femenina se refiere (muy deficitaria en el terreno de las relaciones sexuales), explicitada a través de una narradora anónima (cuya voz encarna Julie Andrews) que ejerce, bajo el pseudónimo de Lady Whistledown, como misteriosa y ácida comentarista de los líos y cotilleos de la encorsetada burguesía de la época, en donde la virtud de las jovencitas casaderas compromete el honor de toda la familia, por lo que los caballeros se ven obligados a salvaguardarlo batiéndose en duelo, si hace falta.

Es verdad que la serie peca de cierta obviedad y ligereza argumental, pasando de un tema a otro de manera un tanto atropellada, sin agotar los pormenores ni entrar a profundizar en las razones que motivan a los personajes (algo que de entrada la aleja bastante de otras películas de época de culto, como “Sentido y Sensibilidad”, “Orgullo y Prejuicio” o “La edad de la inocencia”, cuyo ritmo narrativo suele ser más bien atemperado y reflexivo, casi contemplativo); así como que el relato no guarda un mínimo rigor histórico, algo de lo que ya se ha hablado y que es singularmente perceptible en la incorporación al elenco de personas de raza negra para encarnar a personajes que ostentan títulos nobiliarios, cosa que difícilmente hubiese sido posible en la Inglaterra del s. XIX

Sin embargo, tales aspectos, así como otros anacronismos intencionados, como la utilización de temas musicales modernos y bien conocidos por el público más joven (como algunos de Billie Eilish), interpretados por un coro de violines o un cuarteto de cuerda en los fastuosos bailes a los que acude la alta sociedad londinense o el vocabulario empleado por los personajes, desenfadado y actual, se ven compensados (o complementados, según se mire) por otras gracias que adornan a esta superproducción, como la abundancia de medios que hacen que destile una gran exhuberancia, belleza y colorido visual, o su atractivo elenco de actores y actrices que interpretan sus papeles con solvencia y credibilidad, sin el engolamiento propio de los intérpretes de este tipo de películas de corte clásico.

Quizá eso sea lo mejor (o lo peor) de «Los Bridgerton». Que, siendo pretendidamente un drama de época, resulta ser una propuesta novedosa, ágil y actual, lo que la hace entretenida y fácil de digerir.

Por lo demás, estoy básicamente de acuerdo con lo que de ella se ha dicho, en el sentido de que se trata de una obra menor que abusa de los tópicos de moda (feminismo, homosexualidad, integración racial…) haciendo un cóctel algo volátil de todo ello, con una gran visión comercial, y sin olvidar la guinda del que hoy es el ingrediente seguro del éxito: el morbo de unas escenas de sexo de alto voltaje que ya rulan por los principales portales de pornografía de internet.

La serie juega hábilmente esa baza del erotismo, la sensualidad y la sexualidad, abordando sin tabúes la pérdida de la inocencia y otros temas acerca de los cuales, en la época que se retrata, era impensable que una señorita virtuosa pudiera saber: como la masturbación femenina, la “marcha atrás” como método anticonceptivo y hasta lo que algunos han creído ver como una violación (solo que esta vez es ella quien abusa de él).

En este sentido, más que una “Gossip Girl” escrita por Jane Austen, como se ha dicho, creo que esta primera entrega de “Los Bridgerton” se acerca a “365 Días” o a “Cincuenta Sombras de Grey”, solo que dirigida a un público de menor edad. En suma, un producto para adolescentes con las hormonas disparadas que engancha fácilmente por su frescura y por la innegable química que existe entre sus protagonistas, Phoebe Dynevor -cuya delicada fisionomía de frágil muñeca de porcelana recuerda bastante a las heroínas de Jane Austen- y ese adonis negro, de torso musculado, que es Regé-Jean Page, cuyo imponente físico lo ha catapultado como el hombre más sexy del momento.

Título original: Bridgerton 

Año: 2020

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Chris Van Dusen (Creador), Sheree Folkson, Alrick Riley, Julie Anne Robinson, Tom Verica

Guion: Chris Van Dusen, Sarah Dollard, Janet Lin, Abby McDonald, Joy C. Mitchell, Julia Quinn

Música: Kris Bowers

Fotografía: Jeff Jur, Philipp Blaubach

Reparto: Phoebe Dynevor, Regé-Jean Page, Golda Rosheuvel, Jonathan Bailey, Luke Newton, Luke Thompson, Claudia Jessie, Nicola Coughlan, Ruby Barker, Sabrina Bartlett, Ruth Gemmell, Adjoa Andoh, Polly Walker, Bessie Carter, Harriet Cains, Jason Barnett, Joanna Bobin, Kathryn Drysdale, Jessica Madsen, Ben Miller, Ruby Stokes, Molly McGlynn, Martins Imhangbe, Julian Ovenden, Ned Porteous, Joseph Macnab, Freddie Stroma, Sandra Teles, Jamie Beamish, Anand Desai-Barochia, Nikkita Chadha, Celine Abrahams, Frank Blake, Teri Ann Bobb-Baxter, Tom Christian, Michael Culkin, Amerjit Deu, Chris Fulton, Pippa Haywood, Ash Hunter, Robert Jarvis, Jonathan Jude, Marek Lichtenberg, Helene Wilson, Karishma Navekar, Paul G. Raymond, Robert Ryan, Nicholas Shaw, Alfredo Tavares

Compañias: ShondaLand y Netflix.

Género: Romance. Drama de época. S. XIX