SUEÑOS DE UNA ESCRITORA EN NUEVA YORK

Poco a poco, los cines empiezan a retomar su actividad tras el cese por la pandemia y, aunque aún a cuentagotas, este fin de semana han empezado a llegar a sus carteleras nuevos estrenos, como “Sueños de una escritora en Nueva York” que inauguró (con un éxito más bien discreto) la penúltima Berlinale y que no pasaría del aprobado raso, de no ser por la esmerada actuación de la jovencísima y cautivadora Sarah Margaret Qualley, hija de Andie McDowell (la desvergonzada acólita de Charles Manson que seduce a Brad Pitt en “Erase una vez en… Hollywood”) quien hace suya la película, con una sonrisa irresistible y esa mezcla de ingenuidad, optimismo e imprudencia de quien se asoma por primera vez al mundo adulto, y por la siempre imponente (aunque en este caso bastante desaprovechada) presencia de Sigourney Weaver, en un papel que (si bien menos caricaturesco) recuerda por momentos al que interpretó Meryl Streep en “El diablo viste de Prada”.

De hecho, ese es uno de los problemas que tiene la película del canadiense Philippe Falardeau: que recuerda demasiado a otras. Desde la escena inicial, con la virginal Joanna Rakoff (Qualley) arrastrando su maleta, cargada de grandes expectativas, por las calles de Greenwich Village, mientras narra con voz en off lo estimulante que le resulta la Gran Manzana como escenario para la “vida extraordinaria” a la que aspira, tiene una la sensación de estar viendo una película de Woody Allen. Una impresión que no cesa al avanzar el film, y no solo porque la historia se desarrolle en esa mítica ciudad cuyo espíritu intelectual, alternativo y bohemio Allen ha convertido en su santo y seña, sino por la fotografía, el montaje, la dirección de actores y hasta la propia historia que bien podría llevar la firma del director de “Hannah y sus hermanas”, si no fuera porque le falta ironía y le sobran metraje, monserga de autosuperación y postureo feminista.

Para mayores coincidencias, está la escena en la que el primer novio de Jo, Karl (Hamza Haq), toca al clarinete una melodía que resulta familiar para los seguidores del director (y clarinetista) neoyorquino o el ballet en el hall del Waldorf Astoria que recuerda demasiado a las coreografías de “Todos dicen I love you” o al desenlace de “Estoy pensando en dejarlo” del también neoyorquino insigne Charlie Kaufman, a cuyo cine la película de Falardeau parece rendir asimismo culto, especialmente al traer hasta un plano real los pensamientos que la protagonista tiene al leer las cartas de los seguidores de Salinger, con quienes viaja en el mismo tren e incluso llega a dialogar acerca de sus sentimientos.

Pero vayamos por partes. “Sueños de una escritora en Nueva York” está basada en “My Salinger Year”, la novela homónima de la periodista Joanna Rakoff, quien relata cómo llegó a esa ciudad, en la década de los noventa, procedente de California, con la intención de convertirse en una escritora de éxito, empleándose enseguida como asistente personal de una de las agentes literarias más veteranas y prestigiosas de la ciudad, la excéntrica y algo anticuada Margaret (Sigourney Weaver), enemiga de los ordenadores, quien tiene como uno de sus clientes más destacados a J. D. Salinger, autor de “El guardián entre el centeno” (el mismo libro que portaba Mark Chapman cuando asesinó a John Lennon en 1980) y escritor estadounidense de culto para el público adolescente y universitario en la segunda mitad del siglo XX, quien mantuvo su influencia durante décadas sin necesidad de publicar más libros ni moverse de su retiro voluntario en Cornish (Nuevo Hampshire) rehuyendo de la exposición mediática.

Como advierte Carlos Boyero en El País: “La reducida obra de J. D. Salinger es una leyenda con causa. Y su retiro de la vida pública, por misantropía o por no esperar nada bueno de ella, alimentó hasta extremos delirantes el afán de los editores por encontrar algo nuevo que llevara su firma y la perpetua y frustrada expectación de los sucesivos ejércitos de admiradores por saber algo de su eremita existencia. No publicó más libros (a lo peor no los escribió, o los quemó, o permanecen escondidos bajo siete llaves) y jamás volvió a aparecer en los medios. No hay noticias de sus relaciones privadas. Decidió que se lo tragara la tierra”.

Una leyenda no exenta de morbo que lo retrata como un personaje huraño, que aumentó su popularidad en vida y que el cineasta canadiense Philippe Falardeau se propone desmontar en su película, haciendo del solitario y misterioso escritor, cuyo rostro no llegamos a ver nunca, un ser de naturaleza amable, pero de manera un tanto gratuita, sin llegar a aportar mayores detalles o novedades sobre la desconocida vida y personalidad del artista.

«Se decía que Salinger era reservado, raro, peculiar, que no se podía hablar con él, pero Joanna tiene otra experiencia cada vez que le atiende al teléfono. Son conversaciones sencillas, pero como no ha leído ninguna obra suya no se siente contaminada ni condicionada. De hecho, es él (“Jerry” para los empleados de la agencia) quien la anima a no perder el tiempo y a dedicarse a escribir poesía”, explica el director de “Sueños de una escritora en NY”.

Y es que, poco a poco, Joanna se acostumbra a su nuevo trabajo, deja de escribir y se involucra a tiempo completo con la agencia, mientras su nuevo novio, Don (Douglas Booth), otro aspirante a escritor de ideas comunistas y talante algo zafio y desconsiderado, con quien comparte un destartalado y carísimo piso en alquiler, se concentra en escribir un manuscrito de novela en la que cosifica y sexualiza a la mujer, lo que sirve de excusa al cineasta canadiense para alinearse con los postulados actuales del feminismo, tan en boga desde la aparición del movimiento #MeToo en Hollywood.

Mientras Don representa el estereotipo del escritor bohemio y alternativo, tradicionalmente masculinizado, Joanna se interesa por la poesía y la literatura infantil, géneros menospreciados en los círculos intelectuales más prestigiosos.

Además de transcribir a máquina los dictados de su jefa, su labor principal consiste en leer y contestar a la ingente correspondencia que los lectores envían al esquivo autor de “Franny y Zooey” y que jamás llegará a sus manos. Si bien sus instrucciones son claras. Únicamente debe enviar una respuesta genérica diciendo que “el autor agradece su carta, pero no desea recibir correo”, se responde así a todo el mundo con la misma carta tipo en que se deja claro que el escritor no desea establecer ningún tipo de interacción con sus lectores, en consonancia con la intención de agrandar el mito de su misantropía que tan buenos resultados arroja como estrategia de venta. Sin embargo, Joanna no puede evitar empatizar con esas personas que esperan una respuesta más personal de alguien a quien admiran tanto, por lo que decide, por su cuenta y riesgo, contestar a esas misivas según su propio criterio.

En este sentido, una de las escenas más interesantes de la película es aquella en la que una joven estudiante de secundaria, lectora impenitente de Salinger, la increpa por haber tenido el atrevimiento de sermonearla por escrito o haber llegado siquiera a pensar que su opinión pudiera tener el mismo valor que la de su idolatrado autor.

«Lejos de considerar a los fans como esa masa anónima y obsesionada de la que Salinger parecía querer protegerse, la película les otorga voz e identidad propias», escribe Eulalia Sánchez en El Confidencial. «La primera carta que Joanna lee podría estar firmada por uno de las millares de jóvenes que encontraron en ‘El guardián en el centeno’ una novela que por primera vez les hablaba de cómo ellos se sentían, extraños, desencajados, incomprendidos respecto al mundo que les rodeaba. El director Philippe Falardeau encarga al también quebequés Théodore Pellerin, un joven actor de singular magnetismo, dar vida y profundidad a este fan paradigmático que solo se hace presente a través de sus cartas. Pero no reduce el impacto que generó la famosa novela a un único tipo de lector y también imagina la diversidad de personas en todo el mundo que conectaron con ‘El guardián entre el centeno’ como jamás lo habían hecho con ningún otro libro».

Lástima que la película desaproveche ese filón, utilizando a Salinger y a sus variopintos y atormentados lectores como excusa argumental, de una forma meramente anecdótica.

Falardeau prefiere concentrarse en las vivencias de Joanna, quien quiere dejar de sobrevivir para encontrar su propia voz y comenzar a vivir su sueño, para lo cual deberá soltar lastre laboral y emocionalmente (“No quiero ser una rutina” le dice a su jefa Margaret, debatiéndose entre lo que es seguro y la necesidad de renunciar a ello para perseguir algo incierto), al tiempo que realiza un homenaje al mundo editorial neoyorquino justo antes de que lo invadieran los avances tecnológicos e indaga en la relación entre el escritor y la imagen que de él tienen sus lectores, a menudo contaminada por el impacto que causa en ellos su obra, trasladando un mensaje final (a modo de moraleja) acerca de cómo no debemos de traicionar nuestros principios ni conformarnos con ser la sombra de nadie.

Demasiados tópicos para una película que no pasará a la historia y que resulta simplona y redundante.

Título original: "My Salinger Year"

Año: 2020

Duración: 101 min.

País: Canadá

Dirección: Philippe Falardeau

Guión: Philippe Falardeau 

Música: Martin Léon

Fotografía: Sara Mishara

Reparto: Sigourney Weaver, Margaret Qualley, Douglas Booth, Colm Feore, Matt Holland, Théodore Pellerin, Seána Kerslake, Jonathan Dubsky, Xiao Sun, Yanic Truesdale, Leni Parker, Romane Denis, Gavin Drea

Productora: Coproducción Canadá-Irlanda; Parallel Films

Género: Drama | Biográfico. Literatura. 

THE CAPOTE TAPES

Truman Capote ha vuelto a hacerlo. Treinta y siete años después de dejar este mundo, el gran entreteiner de la alta sociedad neoyorquina, vuelve a ser el alma de la fiesta o al menos a dar de qué hablar, gracias a un meritorio y revelador documental (disponible en Filmin), que se vale de un material inédito: cintas de video, fotos y grabaciones en donde podemos escuchar la peculiar voz del autor de “A sangre fría” y “Desayuno en Tiffany´s”, así como de una serie de entrevistas a personas que lo conocieron en su esfera íntima y familiar, para indagar en la faceta más desconocida del escritor y socialité, sin duda una de las figuras más icónicas del siglo XX.

Y es que, contrariamente a lo que se pudiera pensar, documentar la vida de un individuo de tan alta exposición mediática como fue Truman Capote no es pan comido, ni mucho menos está todo dicho con lo que hay publicado sobre el mito en la hemeroteca. Especialmente si lo que se pretende es mostrar al ser humano y no a la celebridad.

Saber si realmente esa persona existió, más allá del personaje que le otorgó el éxito y la fama, y qué clase de sentimientos, traumas y motivaciones albergaba su atormentado y vulnerable espíritu, es el propósito de “The Capote tapes”, un magnífico trabajo de investigación de Ebs Burnough (antiguo asesor de Michelle Obama) acerca de la vida del polémico escritor y enfant terrible. El niño rubio de Nueva Orleans (Louisiana, 1924) que había soñado con ser bailarín de claqué y que, llegado ya al último acto de su vida, se desnudó ante sus lectores, utilizando la vieja fórmula de Alcohólicos Anónimos, para reivindicarse a sí mismo: “Me llamo Truman Capote y soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, sin temor a sonar presuntuoso, cualidad de la que hacía gala.

Desde que ganara el premio O’ Henry (un galardón literario de ámbito nacional) a los diecinueve años, hasta que se dejó morir en casa de Joanne Carson (ex esposa del popular presentador Johnny Carson y una de sus mejores y más leales amigas, al punto de yacer juntos en el mismo panteón, bajo el epitafio: “Beloved friends”), en su odiada California, ingiriendo un cóctel imposible de fármacos a los cincuenta y nueve años de edad, Truman Capote fue el «niño prodigio» de la literatura norteamericana. Aunque tuvo una faceta menos intelectual, convirtiéndose en precursor de la crónica rosa. Amado, temido y finalmente odiado y repudiado por quienes antes decían adorarle.

De hecho, podría afirmarse que su gran leyenda se construye (y se destruye) a medio camino entre la épica literaria y la frivolidad del papel couché. Algo que ilustra muy bien uno de los pasajes del documental donde se explica que Capote se hizo famoso casi de manera instantánea, tanto por el indudable talento de su prosa, como por la impactante fotografía que aparecía en la contraportada de su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, publicada a los veintitrés años. Una imagen sugerente de un joven rubio y afeminado, de mirada felina y labios carnosos, como extraída de la portada de una revista gay. Tal impresión causó, que el mismísimo Andy Warhol, recién llegado a Nueva York, se sentaba a la puerta de su casa solo para verlo salir, hasta que la madre de Truman lo echó de allí.

Poco antes de su muerte, en 1984, el periodista George Plimpton, editor de “Paris Review”, grabó sus conversaciones con Truman Capote, en cintas magnetofónicas. Conversaciones extraordinariamente reveladoras de su excéntrica y camaleónica personalidad que ahora salen a la luz, intercaladas con el testimonio de grandes celebridades, como el escritor Norman Mailer (a quien odiaba) o la actriz Lauren Bacall, quien dijo de él que “su inteligencia le hacía totalmente único”.

Pero si hay un testimonio clave en este documental, por el que desfilan algunos amigos y bastantes enemigos, es el de Kate Harrington, quien fuera su hija adoptiva y asistente personal, cuyo nombre no figura en sus biografías oficiales.

“Más allá de su legado literario, el verdadero descubrimiento del filme es esa exploración del Capote más familiar”, explica Burnough, quien considera que “Truman no solo fue un pionero por no esconder su “pluma” cuando no resultaba fácil mostrarla, sino también por querer formar una familia cuando ni sus amigos más cercanos consideraban esa posibilidad”. De ahí que uniera su vida a la de un padre soltero, empleado de banca, y al morir éste, decidiera “adoptar” a su hija de 13 años a quien, por lo que cuenta en el film, le tocó ejercer más con él de madre que lo que el caótico escritor, inmerso en una vida hedonista y desenfrenada, pudo ejercer de padre.

Probablemente sea este el dato más novedoso y sorprendente que aporta este trabajo, junto a la amarga constatación de que Truman Capote vivió convencido de que nadie le quiso nunca. 

“La gente no me quiere. Soy un bicho raro. Les entretengo, les fascino, pero no me quieren”, se le escucha decir en una de esas grabaciones y uno puede percibir toda la tristeza y la resignación que encierran esas palabras, corroboradas por quienes le conocieron. Era cierto. Nadie quería al personaje que él mismo se había inventado precisamente para hacerse querer: el bufón estridente, procaz y chismoso, de voz chillona, pluma y lengua afiladas, y verbo cruel y venenoso, que se esmeraba por amenizar la aburrida vida de sus emperifolladas amigas, un atajo de “señoras de…”, casadas con hombres poderosos que las tenían demasiado desatendidas y a las que procuraba entretener, agasajar y complacer, como un perfecto chico de compañía (pero sin favores sexuales, por razones obvias). Poco a poco, se fue ganando la simpatía y la confianza de aquellas mujeres, convirtiéndose en su confidente.

Como dice Burnough, a Capote “le encantaba ser el centro de atención y el niño mimado de la alta sociedad. Le encantaba que al entrar en una habitación todos se giraran a mirarle y soltar nombres de famosos en sus conversaciones de forma casual. Sentía la necesidad de estar en esos áticos y en esos yates enormes tanto como respirar. Pero, en un nivel más profundo -explica el ex asesor de la Casa Blanca- hay que mirarlo del siguiente modo: si siempre eres el invitado en casa de alguien, tendrás que cantar para que te den de cenar. Creo que él sabía que ese era el precio que tenía que pagar por estar ahí. Valoraba estar sentado a la misma mesa que todos esos ricos y famosos y comer con cubiertos de plata, pero siempre tuvo claro que él no pertenecía a ese mundo y que, probablemente, nunca le acabarían de aceptar como uno de los suyos”.

De hecho, si alguna conclusión puede extraerse del visionado del documental es que Truman Capote se sintió siempre un intruso, un figurante desubicado, alguien que nunca llegó a encajar del todo en las escenas de su propia vida. Una sensación de desarraigo que probablemente se gestó en su infancia cuando, teniendo apenas dos años, su madre (Lillie Mae Faulk, mujer de vida disoluta) se va de fiesta y lo deja solo, encerrado en una oscura habitación de hotel, con la única compañía de su propio llanto. Es, de hecho, el primero de un rosario de abandonos y desencantos que se prolongaron hasta el momento en que su carrera cayó en desgracia y su popularidad declinó.

Nacido como Truman Streckfus Persons, fruto de la relación de dos padres divorciados que nunca debieron serlo, a los cuatro años su madre lo envía a vivir con sus tías a Monroeville (Alabama) donde crece junto a sus primos y primas, teniendo por vecina a la también escritora Harper Lee, que le serviría como inspiración para uno de los personajes de su novela “Matar a un ruiseñor”.

Como muchos niños prodigio, el pequeño Truman era un mal estudiante, víctima de bulling por su evidente amaneramiento y manifiesta homosexualidad. Quizá para sobrevivir a ese rechazo y fracaso escolar, aprende a leer y, ya desde los nueve años, empieza a escribir sobre los laberintos de la soledad, la marginalidad, la fugacidad de las relaciones y los sentimientos de orfandad y desconsuelo amoroso.

Es entonces cuando su madre, contrae matrimonio en segundas nupcias con el magnate cubano José García Capote, del que Truman adoptaría legalmente el apellido, y se lo lleva a Nueva York, donde su maestra de literatura inglesa, Catherine Wood, ve algo en él y le anima a presentarse al citado concurso literario que a los diecinueve años consigue ganar. Por esos años trabaja como corrector en The New Yorker, su revista favorita, de donde es despedido por criticar al poeta Robert Frost. A los veintitrés publica su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, en la que plantea abiertamente el tema de la homosexualidad, lo que supone su inmediato salto a la fama.

Durante la década de los cincuenta empezó a coquetear con Broadway y Hollywood, codeándose con algunas de sus más glamourosas celebridades, como Marilyn Monroe o Liza Minelli. Pero el nuevo divorcio y posterior suicidio de su madre, con una sobredosis de seconal, supone un duro golpe para él, que consigue superar con la publicación, en 1958, de su novela “Desayuno en Tiffany’s” adaptada al cine por Blake Edwards, con Audrey Hepburn en el enternecedor papel de Holly Golightly, una heroína poco convencional que ejerce de escort en la Gran Manzana y que guarda más de una semejanza con su madre. Incluso el nombre real del personaje, Lulamae Barnes, se parece al de Lillie Mae, quien también se lo cambió (por el de Nina) al llegar a NY.

La versión cinematográfica de “Desayuno con diamantes” (como se titula en español) cosechó gran éxito, llegando a conseguir dos premios Oscar en las categorías de mejor música y mejor canción original, por la famosa «Moon River», de cinco nominaciones que tuvo en total, entre ellas las de mejor guion adaptado. Lo que le supuso a su autor estar en el candelero, una vez más. Pero aún faltaba por llegar la que para muchos sería su gran obra maestra: “A sangre fría”, por la que es considerado, junto a Norman Mailer y Tom Wolfe, uno de los padres del «nuevo periodismo» que combina la ficción y el reportaje.

Contra todo pronóstico, sin estar especialmente atraído por el realismo social, ni implicado en política, Truman Capote consigue escribir “la gran novela americana”, en la que narra un crimen real cometido por dos marginados que asesinan a cuatro miembros de una familia modélica al sur de Kansas, con el psicodrama de la pena de muerte como telón de fondo.

Para poder hacerlo, se trasladó al lugar de los hechos y recogió en primera persona el testimonio del principal imputado, con el que llegó a entablar una relación afectiva. Fueron años de investigación solitaria, de desesperación y reclusión, hasta presenciar la ejecución de los asesinos en directo, algo de lo que algunos aseguran que jamás se recuperó. Sin embargo, hay quien duda de sus verdaderas motivaciones, llegando a sugerir en el documental que, lejos de intentar salvarles de la inyección letal, Capote utilizó su influencia para garantizar que fuesen ejecutados, pues le convenía a su estrategia comercial, y que había mucho de impostura en su supuesto abatimiento. Una sospecha que encaja con el retrato que algunos de sus enemigos hacen de él, como un hombre de mente retorcida que buscaba herir y escandalizar a cualquier precio y que consiguió condicionar al jurado del Premio Pulitzer de ese año, siéndole denegado bajo el pretexto de que el libro se había convertido en un controvertido best-seller, como si su repercusión y difusión desmereciera la calidad de su contenido.

Es en ese tiempo cuando empieza su adicción a los tranquilizantes y otras drogas que, junto con el alcohol, le servían para aliviar la ansiedad que le producía escribir un libro tan perturbador para él. Y es que hay quien afirma que “A sangre fría” lo destruyó en más de un sentido, devolviéndolo de golpe a aquella habitación de hotel de Nueva Orleans en la que lloraba siendo niño, mientras su madre follaba con un amante indio o se divertía en el barrio francés.

El caso es que llegaron los años setenta y, con ellos, su etapa de mayor desenfreno. El documental está repleto de imágenes de archivo del escritor en los ambientes que frecuentaba en aquella época, en la que prácticamente vivía de fiesta, en la discoteca “Studio 54”. Hasta el día en que, quién sabe si por el envalentonamiento propio de estar bajo los efectos del alcohol y otros estimulantes, por necesidad económica o por puro resentimiento, decide autoinmolarse publicando por entregas, en la revista Esquire, varios capítulos sueltos de «Plegarias atendidas» (titulada así en alusión a la frase atribuida a Santa Teresa: «Se vierten más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas»), su novela más publicitada y jamás acabada.

Capote se refirió a la ella como su «libro póstumo». «O lo mato yo o me mata él a mi”, bromeaba en uno de los tantos late shows a los que solía acudir, cuyos espectadores fueron testigos de su progresivo deterioro. Y, en algún sentido, así fue.

La gran novela inacabada prometía ser una especie de testamento literario y una venganza contra la élite progresista de Manhattan, ésa que le había acogido en su seno, pero no dudaba en humillarlo refiriéndose a él como al bufón de la corte, por su descarada actitud ante la vida.

Su crueldad, desafección y sarcasmo al revelar los más íntimos secretos de la alta sociedad neoyorquina le convierten, de la noche a la mañana, en un personaje proscrito y odiado por quienes antes decían adorarle.

«Remover la mierda, eso es lo que hacía», dice en el documental una de esas mujeres que se sintieron traicionadas, alguna de las cuales incluso se llegó a suicidar ante la gravedad de lo que Truman contaba sobre ella en su libro. “Fue una puñalada trapera a los que decían ser sus amigos. No había necesidad de ser tan directo”, considera su director.

Para Lola Sampedro, columnista y periodista, con la publicación por entregas de los secretos y miserias de la alta sociedad neoyorquina, “Capote volvió a expatriarse a sí mismo”.

“Lo peor de ser un paria -escribe en ABC- es saber que lo eres. Capote lo sabía. Hay personas que, por más que lo intenten, se sienten siempre fuera de sitio. Primero cortan con esmero las raíces de su infancia y luego buscan un lugar, un sueño en el que nunca llegan a encajar del todo. Una niñez tan infeliz como la suya, con la herida del abandono de su madre siempre abierta, puede ser la excusa perfecta para renegar de tus raíces. Fue precisamente en esa huida donde Capote se inventó a sí mismo. Confeccionó a la perfección su disfraz de éxito y consiguió llegar a ese cielo del que acabó renegando porque, como él mismo diría: “Es mejor mirarlo que habitar en él””.

Su conclusión es que Truman Capote “se esforzó tanto en dinamitar esos cimientos de su infancia que necesitó volver a romperlo todo ya de adulto”, como quien se boicotea una y otra vez a sí mismo, alimentando inconscientemente la insatisfacción perpetua y el desarraigo que finalmente es lo que define su vida.

Ese gesto de osadía marcó el principio de su fin como personaje público y como escritor.

Acosado por la polémica y devastado por sus adicciones, consiguió publicar, en un último esfuerzo, “Música para camaleones”, dedicada a su amigo Tennesse Williams, que había muerto meses antes. Y después, se fini. El eterno niño prodigio que había soñado que podría despegar con su avión de juguete, se despertó de repente viejo y enfermo, aquejado de un cáncer de hígado, y se resignó a morir en Bel Air, un lugar que siempre detestó.  

Fotos que acompañaron la publicación de su primera novela «Otras voces, otros ámbitos¨, en la que reivindicaba abiertamente la homosexualidad en un tiempo en el que pocos gays se atrevían a «salir del armario»

Truman Capote con los protagonistas de “Desayuno con diamantes”, Audrey Hepburn y George Peppard
Truman Capote y Kate Harrington, quien fuera su hija adoptiva
El escritor con Gloria Vanderbilt
Con Marilin Monroe
Con Lee Radziwill, hermana de Jackie Kennedy
Babe Paley, su favorita
Con Liza Minelli
En Studio 54, con Andy Warhol
Truman Capote y Joann Carson
Panteón donde descansan los restos del escritor junto a los de su buena amiga Joann Carson
Con Katharine Graham
Con Denise Hale´s
con Geraldine Chaplin
Título original: The Capote Tapes

Año: 2019

Duración: 91 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ebs Burnough

Guión: Holly Whiston, Ebs Burnough

Fotografía: Antonio Rossi

Intervenciones de: Truman Capote, George Plimpton, Norman Mailer, Jay McInerney, Lauren Bacall.

Productora: Hatch House Media Production, Mville Films (Distribuidora: Endeavor Content)

Género: Documental | Literatura. Biográfico

DEJA QUE HABLEN

Steven Soderbergh ha vuelto a hacerlo. El director que reinventara el cine hace tres décadas con ‘Sexo, mentiras y cintas de vídeo‘, se adelantara al futuro con películas como “Contagio”, se especializara en cierto cine de denuncia social con títulos como “Erin Brokovich” o “Efectos secundarios” y, finalmente, consiguiera el Oscar por ‘Traffic‘, ha iniciado un idilio con las plataformas de streaming que, en sus propias palabras, “están haciendo el cine que los estudios no quieren hacer y la gente sí quiere ver”. 

Primero fue “Laundromat, dinero sucio” (Netflix), que el autor define como “una producción de presupuesto medio para gente adulta” y cuyo argumento pivotaba sobre el escándalo del latrocinio a escala mundial que supusieron las revelaciones de los Panamá Papers y ahora este “Deja que hablen” (HBOMAX). Un relato más intimista sobre el proceso creativo de Alice Hughes, célebre escritora de edad avanzada que decide emprender una travesía transoceánica de Nueva York a Londres, a bordo del Queen Mary 2, para recibir un premio literario en compañía de su sobrino (Lucas Hedges), a quien quiere como al hijo que nunca llegó a tener, y de sus dos mejores amigas de juventud, con quienes apenas ha mantenido contacto en las últimas décadas, mientras perfila el borrador de su último libro.

No creo equivocarme al decir que el gran acierto de esta película rodada cámara en mano (mientras los pasajeros reales del crucero hacían de figurantes), estriba en la elección de sus protagonistas. Y no me refiero solo al sello de garantía que da contar (una vez más) con la grandiosa Meryl Streep (¿se puede estar más sublime y tener una voz más seductora, a los 70 años?) como cabeza de cartel. Sino al exquisito reparto que la acompaña, en el que destacan muy especialmente la oscarizada Dianne Wiest (musa de Woody Allen) y la legendaria Candice Bergen.

Ver a estas tres damas de la actuación juntas, en plena madurez interpretativa, representar con tantísima dignidad, elegancia y carácter los papeles que se les han asignado, resulta enormemente gratificante para quienes aún amamos el cine que cuida de la calidad de los diálogos, más que la de los efectos especiales. Especialmente si tenemos en cuenta que buena parte de la película ha sido rodada sin guión.

“Nos daban un resumen de una situación y sabíamos dónde teníamos que terminar. Pero no nos decían cómo llegar allí”, ha explicado divertida Streep en las entrevistas de promoción de la película. Partiendo de un conocimiento exhaustivo de la historia que el director quería contar, así como de la personalidad y la biografía de los personajes, las actrices tenían que decidir qué iban a decir y cómo hacerlo. Una experiencia de improvisación que tanto Bergen como Wiest calificaron de “aterradora” y que consigue, a la vista está, un resultado excelente, como no podía ser de otra forma tratándose de intérpretes de tanto talento.

La lealtad familiar, la amistad, el compromiso, la cultura como entretenimiento o como elevación del espíritu y la traición, son algunos de los grandes temas que toca esta pequeña historia con vocación de trascendencia, nacida de la inquietud de un director que sigue creyendo que el cine puede (y debe) ser la voz que alerte a nuestra conciencia.

Título original: Let Them All Talk

Año: 2020

Duración: 113 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Soderbergh

Guion: Deborah Eisenberg

Música: Thomas Newman

Fotografía: Steven Soderbergh

Reparto: Meryl Streep, Dianne Wiest, Candice Bergen, Lucas Hedges, Gemma Chan, Saskia Larsen, Pete Meads, Christopher Fitzgerald, Mary Catherine Garrison, Elna Baker, Samia Finnerty, Fred Hechinger, David Siegel, David Shepard, Stephanie Phippen, Dominic Crisonino, Mike Doyle, John Douglas Thompson, Daniel Algrant, Barbara Rickard, Haydn Rickard, Andrea Kaiser, Al Gwilt

Compañías: Extension 765, HBO, Warner Bros., LS Productions. HBO Max.

Género: Comedia dramática. Road Movie. Literatura