“Señores jueces: Nunca Más”. La última frase del contundente alegato del fiscal Julio Strassera, durante el que fuera el primer juicio civil a una Junta Militar celebrado en el mundo y que tuvo como resultado la condena a cadena perpetua del dictador argentino Jorge Rafael Videla y de algunos de sus más cercanos y sanguinarios colaboradores por el asesinato, secuestro, desaparición y tortura de miles de ciudadanos sospechosos de profesar ideas cercanas al socialismo, pone los pelos de punta, como en los mejores finales de Hollywood.
De hecho, “Argentina 1985” es una película confeccionada en base a la épica clásica de “Los juicios de Nüremberg”, con el aliciente -y a la vez gran desafío- de que los hechos narrados en ella aún resultan de difícil digestión por estar demasiado cercanos en el tiempo.
Así pues, no es de extrañar que, pese al éxito y repercusión que la cinta ha tenido en los circuitos internacionales (con casi ocho minutos de ovación en su estreno en el Festival de Venecia y el Premio del Público en el último Zinemaldia), se hayan levantado ya ciertas voces críticas que reprochan a su director Santiago Mitre y a su coguionista Mariano Llinás, las escasas licencias dramatúrgicas que se han permitido al relatar tan oscura, estremecedora y dolorosa página de la historia contemporánea, aligerándola con ciertos toques de humor y omitiendo algunos detalles políticamente relevantes, como la creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas a iniciativa del Presidente Raúl Alfonsín a los pocos días de asumir el cargo y, con él, la difícil responsabilidad de restaurar la democracia en un clima aún enrarecido, donde el ejército y la armada argentina seguían siendo un peligroso poder fáctico (si bien esto último queda bastante claro con las reiteradas amenazas que vemos que sufren, tanto el propio Strassera, como su familia y equipo de trabajo, antes y durante el juicio).
La CONADEP estuvo presidida por el escritor Ernesto Sábato y tenía el mandato de investigar las violaciones de derechos humanos, particularmente las desapariciones ocurridas en 1970 y 1980, a resultas de lo cual recibió miles de declaraciones y testimonios, y verificó la existencia de cientos de lugares clandestinos de detención y tortura en todo el país, dando como resultado un voluminoso informe final conocido como el “Nunca Más” que fue utilizado como prueba en el juicio a las Juntas Militares. Lo que no se cuenta exactamente así en la película.
O el episodio en el que Strassera es llevado por los servicios de inteligencia en secreto para ver al presidente a petición de este, cuando en realidad fue éste quien pidió audiencia con Alfonsín, al llegarle rumores de que el Gobierno quería que rebajara su petición de penas para los encausados. Lo que el presidente le negó diciéndole que «que actuase como tenía que actuar… pero que no se volviera loco”, según explicaría el propio hijo del fiscal, años más tarde.
Omisiones más o menos políticamente interesadas aparte, “Argentina 1985” cumple a carta cabal lo que se espera de ella y de su protagonista, Ricardo Darín, que una vez más lo borda poniéndose en la piel de un alto funcionario de la Administración de Justicia decepcionado del hasta entonces inexistente sistema de separación de Poderes, inicialmente temeroso de la magnitud y consecuencias de su propia responsabilidad y enormemente celoso de la seguridad de los suyos, acostumbrado a ver, oír y callar durante la dictadura, una pesada mochila moral que le hace sentirse culpable quien, sin embargo, llegado el momento de la verdad, es capaz de trascender todos esos miedos y reparos para sacarla a la luz y hacer que se haga justicia.
Se trata, en suma, de un simple servidor público que acabaría convirtiéndose en héroe nacional, quién sabe si a pesar de sí mismo, al verse obligado a poner en marcha una exhaustiva investigación para demostrar que los nueve excomandantes de lo que se llamó «Proceso de Reorganización Nacional» eran en realidad los responsables de un plan sistemático de aniquilación del adversario político que derivaría en un genocidio indiscriminado, clandestino, cruel y amoral llevado a cabo mediante el terrorismo de Estado autorizado por Videla, Viola, Massera, Agosti, Lambruschini, Graffigna, Galtieri, Lami y Anaya.
Para acometer esta arriesgada y difícil tarea, el responsable de la fiscalía se rodea de un grupo de jóvenes tan entusiastas como inexpertos, algunos aún estudiantes de derecho, seleccionados por Luis Gabriel Moreno Ocampo (conmovedor Peter Lanzani), un letrado sin experiencia judicial alguna, designado fiscal adjunto por ser el único dispuesto a implicarse en este caso, empeñado en hacer entender a las clases medias y acomodadas de su país -a las cuales pertenece por extracción social y familiar- la magnitud de la injusticia y el horror de lo que estaba sucediendo mientras miraban para otro lado.
Hijo de una familia de tradición conservadora y castrense, cuyo tatarabuelo, Francisco Ortiz de Ocampo, fue el primer comandante en jefe de la historia argentina, y cuya madre iba a misa con Videla, el compromiso del joven abogado con la ley y la defensa de los derechos humanos constituye toda una lección de idealismo y conciencia democrática, como el de esos jóvenes que se integran en su equipo de trabajo y que, a contrarreloj, recorren el país en busca de pruebas, revisando cientos de folios con testimonios de torturados y entrevistando a víctimas y familiares de desaparecidos sin apenas poder contener el llanto, a fin de conseguir en tiempo récord la prueba necesaria para sacar a la luz el macabro plan que finalmente queda expuesto ante el jurado cuando estas personas son llamadas a declarar, sin duda la parte más dura e impactante de la película, los desgarradores testimonios de las víctimas.
“Fuimos armando el rompecabezas pieza a pieza”, narra el propio Luis Moreno Ocampo en el ensayo “El Estado no puede torturar”, publicado por Anfibia. “Buscamos casos que hubieran ocurrido en distintas partes del país, en diferentes épocas y cometidos por personal dependiente de cada uno de los comandantes. Presentamos más de 700 casos individuales y durante el juicio quedó demostrado que eran la consecuencia de una operación militar aprobada y supervisada por los jefes de cada fuerza”.
En esto se basaron Mitre y Llinás para escribir el guion de su película, tras documentarse durante más de cuatro años.
Pero “Argentina 1985” no solo se centra en los pormenores del proceso judicial. Su visión de ese momento bisagra en la historia del país sudamericano –maltratado por los sucesivos acontecimientos económicos y políticos que le ha tocado vivir- es también periférica, prestando atención a lo que ocurría fuera de los tribunales de justicia, en la sala de estar de los Strassera -muy de clase media- donde la familia se reúne, como tantas otras en tantos otros hogares, para seguir el acontecer político frente al televisor y en los trabajos preliminares del caso, en la presión y las amenazas de muerte a los fiscales y en la insistencia desde determinados sectores sociales y mediáticos de justificar el uso represivo de la fuerza del Estado por la supuesta amenaza de una guerrilla subversiva que, en la práctica, estaba ya totalmente sofocada…
El director se enfoca en el lado más humano de los personajes y en cómo estas personas se tuvieron que enfrentar al poder real (el mismo de siempre, infiltrado y blanqueado en las nuevas instituciones democráticas) para conseguir que se hiciera justicia. Algo que nunca llegó a ocurrir en la transición española donde los culpables de la represión durante la postguerra y en los años de la dictadura franquista se fueron de rositas y siguieron ocupando posiciones destacadas en la estructura del Estado.
En el caso de Strassera, vemos a un hombre para quien la opinión de su familia tiene un peso muy importante en sus decisiones, especialmente la de su mujer, Marisa (Alejandra Flechner). Es ella quien lo apoya, pero también quien lo interpela en momentos de debilidad. “Vas a tener que escribir una linda acusación, una flor de acusación, y tendrá que ser impactante porque de eso dependen muchas cosas, tal vez todo dependa de eso…”, le recuerda la trascendencia de su deber, para a continuación confesarle su orgullo por estar casada, “no con un malhumorado descreído” como pensaba hasta ese momento, sino con “un héroe nacional”. A lo que el personaje de Darín contesta que “los héroes no existen”. Al menos no como los conocemos en los cómics. El héroe aquí es un ciudadano, una persona que se afana en cumplir con su deber de trabajar para hacer justicia. Así de simple y cada vez más complejo.
Los hijos de la pareja juegan también un rol fundamental en la historia, especialmente el hijo menor (Santiago Armas) quien no solo ejerce de espía para su padre montando guardia a su hermana y al novio de esta, sino que se implica en el desarrollo del proceso a los milicos e incluso le ayuda a corregir el texto del alegato final, haciendo sus propias aportaciones al mismo.
Y es que, “Argentina, 1985”, elegida para representar a su país en la carrera al Oscar a la mejor película internacional en 2023, no es solamente una película de juicios y tribunales, es un trabajo de Memoria Histórica con visión de presente y de futuro.
Emotiva, entretenida, dolorosa y necesaria: es una cinta que llega en un momento más que propicio; una carta de amor a la defensa de los derechos humanos y las libertades públicas, dirigida a las generaciones nacidas en democracia, que nos invita a estar alerta y recuerda lo vigente de esta lucha. Porque cuando el fiscal Julio Strassera dijo “Señores jueces: Nunca Más”, alzó la voz del pueblo argentino apelando también a la conciencia universal.
Título original: Argentina, 1985
Año: 2022
Duración: 140 min.
País: Argentina
Dirección: Santiago Mitre
Guion: Santiago Mitre, Mariano Llinás
Música: Pedro Osuna
Fotografía: Javier Juliá
Reparto: Ricardo Darín, Peter Lanzani, Alejandra Flechner, Carlos Portaluppi, Norman Briski, Héctor Díaz, Alejo García Pintos, Claudio Da Passano, Gina Mastronicola, Walter Jakob, Laura Paredes
Productora: La Unión de los Ríos, Kenya Films, Infinity Hill, Amazon Studios.
Distribuidora: Amazon Prime Video
Género: Drama judicial. Memoria Histórica. Años 80. Dictadura argentina
Figura desde hace algunas semanas, en el catálogo de Netflix, la película “The Post” (en español, “Los archivos del Pentágono”). Un canto (o más bien una nostálgica elegía) a la libertad de prensa, cuyo hilo argumental atañe a cuestiones históricas, políticas, periodísticas y jurídicas que tienen que ver con el hermetismo del poder y con su capacidad para restringir o impedir el acceso al conocimiento de las actividades que llevan a cabo los organismos y altos funcionarios del Estado, declarándolas “materia reservada” en aras a preservar la seguridad nacional.
Un tema de rabiosa actualidad, que las deficiencias de una legislación anticuada y su necesidad de reforma han vuelto a poner de relieve en la agenda pública española, debido a un anteproyecto de Ley que (no de forma inocente) el Ejecutivo ha dado a conocer en los distraídos meses de verano y que fija sanciones de hasta tres millones de euros para aquellos medios que se atrevan a publicar o difundir el contenido de documentos clasificados de “alto secreto, secreto oficial, confidencial o restringido”, en el marco de sus investigaciones periodísticas.
El asunto tiene su miga pues por todos es sabido que el derecho a informar y a ser informado vive en constante tensión con los intereses de los gobiernos de turno, pero nunca en la historia de la democracia española (ni en ninguna otra) un gobierno se había reservado el derecho a sancionar “a discreción” a aquellos medios o profesionales que divulguen secretos oficiales con multas millonarias que, solo a posteriori, podrán ser recurridas ante la Justicia. Lo que constituye un ataque inédito a la libertad de prensa que este gobierno pretende sacar adelante, en ausencia de un debate serio sobre la propia legitimidad de los secretos de Estado y sus excepciones, el cual se nos ha hurtado a los ciudadanos españoles desde el proceso constituyente mismo, reservándose el Poder Ejecutivo el derecho a decidir qué es confidencial y qué no lo es, con el pretexto de no interferir en asuntos que ponen en riesgo la seguridad de la Nación.
Hasta ahora, los periodistas y sus editores dormían relativamente tranquilos sabiendo que el acceso más o menos ilícito a informaciones reservadas y las consecuencias jurídicas y/o económicas de tales sustracciones y su publicación, eran dirimidos por los tribunales de Justicia, con todas las prerrogativas de un sistema garantista (teniendo en cuenta temas propiamente periodísticos, como el derecho a la no revelación de la identidad de las fuentes o el alcance e influencia del avance tecnológico en la forma en la que se obtiene y se difunde hoy la información) pero, de ser aprobada esta ley en el Parlamento, el Gobierno de España asumirá un papel sancionador que a todas luces no le corresponde, lo que puede interpretarse como un intento de coacción que hará que los medios se autocensuren (más si cabe de lo que ya lo hacen) al informar sobre lo que ocurre en el inframundo de las cloacas del Estado.
De ahí que el visionado de la película dirigida en 2017 por Steven Spielberg resulte tan oportuno como esclarecedor. Como periodista y aficionada al cine recomiendo verla, no solo para deleitarnos con las actuaciones de dos de los mejores intérpretes de nuestra era (la inigualable Meryl Streep, en el papel de Katharine Graham (1917-2001), propietaria de la empresa editora de The Washington Post, y Tom Hanks, en el de su jefe de redacción, Ben Bradlee), sino porque la película ofrece todas las claves éticas y deontológicas del caso, a partir de una crónica sobre las tensiones internas que precedieron a la decisión de este diario de publicar, en 1971, documentos reservados sobre la implicación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam, entre 1945 y 1967, un proceso político, periodístico y judicial que acabó sentando jurisprudencia a nivel internacional sobre el derecho de la gente a estar informada y sobre la naturaleza estratégica de la libertad de informar.
Dicho de otra forma. Si en las democracias occidentales los ciudadanos hemos gozado de ambos derechos hasta ahora se lo debemos, en buena medida, a la valentía de periodistas vocacionales como Ben Bradlee y a la templanza de editores como la señora Graham, protagonistas de esta película cuyo argumento se extrae directamente de los libros de Historia.
Por ofrecer un poco de contexto, quizá convenga recordar en qué circunstancias se produce la intervención militar de los Estados Unidos en el sudeste asiático donde, desde finales de los años cuarenta, Francia veía peligrar el dominio de sus colonias y le resultaba casi imposible conjurar el avance comunista. Las fuerzas de liberación nacional de Vietnam no le estaban poniendo las cosas fáciles. De ahí que solicitase la ayuda de su aliado estadounidense sin que, transcurridos veinte años de durísima contienda, nadie en Washington tuviese ya claro si lo que procedía era mantener sus tropas desplegadas en Vietnam o disponer de un plan de evacuación que fijase cómo y cuándo salir de lo que se había convertido en un atolladero infernal.
Robert McNamara (Bruce Greenwood), Secretario de Defensa del presidente Lyndon Johnson, decide solicitar entonces a una treintena de académicos un informe sobre las razones por las que su país se había implicado en las escaramuzas (al principio de carácter civil) entre los habitantes de Vietnam del Sur (con capital política en Saigón, gobernada por una casta de políticos corruptos sostenidos desde Washington como “el mal menor”) y los rebeldes guerrilleros independentistas del Vietcong, Vietnam del Norte, desde cuya capital, Hanoi, se expandía el poder personal de un líder de implacable obstinación estalinista, llamado Ho Chi Minh, quien contaba con el respaldo de China y de la Unión Soviética. .
El informe ordenado por McNamara debía recoger los distintos planes y estrategias de asesoramiento a los sucesivos presidentes estadounidenses –Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson…– por parte de los Generales del Pentágono, así como los informes de inteligencia e instrucciones presidenciales a lo largo de esas dos décadas, para dilucidar por qué los Estados Unidos se hallaban en esa aciaga encrucijada de la Historia.
Como presidente de la empresa Ford, McNamara había sido uno de los prebostes de la industria automovilística de su país y, en su nueva posición de responsable de Defensa, se ve que intentaba aplicar los mismos métodos de medición de calidad para indagar sobre los errores estratégicos en la conducción de la guerra. Se preguntaba si aquellos presidentes habían tenido claro en qué lío se estaban metiendo y lo que estaba ocurriendo, según escribió más tarde en sus memorias, o si habían actuado de manera irresponsable, parapetados tras una “conveniente” política de secretos militares. Y es que la gravedad del asunto no era para menos.
La Guerra de Vietnam (parte sustancial de la antigua Indochina, junto con Laos y Camboya, trágicamente bombardeadas con napalm) diezmó a toda una generación de jóvenes estadounidenses. En total, las bajas sobrepasaron el millón de hombres. Más de 55.000 soldados fueron abatidos y muchos regresaron a casa desfigurados, sin brazos o sin piernas. Por no hablar de los que perdieron la cabeza por las drogas y estimulantes que sus mandos les hacían consumir para exacerbar su ardor guerrero y su instinto asesino, ni de los que se suicidaron al no conseguir superar el trauma del horror vivido durante una lucha brutal y sanguinaria, en la que el ejército estadounidense lanzó más bombas de las que había disparado durante toda la Segunda Guerra Mundial.
En 1968, en pleno apogeo de la contienda, los Estados Unidos tenían desplegados sobre el terreno medio millón de soldados, jugándose el tipo en medio de la jungla, entre los húmedos manglares que el enemigo dominaba, teniendo que sortear toda clase de trampas, laberintos infranqueables y sofocantes túneles cavados bajo la espesa vegetación; mientras, en casa, la opinión pública norteamericana, jaleada por el pacifismo del movimiento hippie, empezaba a dar muestras de cansancio y repulsa ante un conflicto bélico cuyas causas no llegaba a comprender y mucho menos a compartir, como quedó de manifiesto en la legendaria edición del Woodstock de ese año.
Para la primera presidencia de Richard Nixon (1969-1974), la reconstrucción histórica encargada por McNamara estaba terminada. En total eran 47 volúmenes, 7.000 páginas (3.000 de análisis histórico y 4.000 documentos oficiales) de cuyo original se extrajeron varias copias, pese a que en la película solo se habla de la que se guardaba en los archivos de la Rand Corporation, un think tank encargado de la coordinación y custodia del trabajo.
Uno de los expertos que había colaborado en la elaboración del exhaustivo informe era Daniel Ellsberg (Matthew Rhys), un ex militar graduado en Economía por las universidades de Harvard y Cambridge, entre cuyos méritos académicos destacaba su interés por la “teoría de la decisión humana” y, más en concreto, sus disertaciones acerca de cómo influyen factores como la incertidumbre, la desinformación y la ambigüedad, a la hora de asumir determinadas posturas y tomar ciertas determinaciones. Consideraciones que abundaban en los papeles del Pentágono que Ellsberg extrajo, de forma subrepticia, con la ayuda de Anthony Russo (un ex empleado de la Rand Corporation), utilizando las claves que le habían confiado, y que se tomó la molestia de fotocopiar, tomo a tomo, durante meses, en la máquina Xerox instalada en las oficinas de una pequeña agencia de publicidad, llegando a estremecer a Washington con las revelaciones de su contenido.
En palabras de José Claudio Escribano, en La Nación: “si Ellsberg era un lunático, como afirmaban quienes lo maldijeron por la filtración de secretos de Estado, al menos era un lunático ilustrado”. Se había especializado en la psicología de los procesos de resolución de conflictos y, al apoderarse de los papeles del Pentágono y enardecer con su divulgación las críticas contra la guerra, como poco dejaría una impronta en la historia de los Estados Unidos.
Tanto él como Russo comulgaban con los movimientos contestatarios de la época. Los unía la convicción cívica de que varios presidentes, y en particular Johnson, habían mentido a la ciudadanía sobre temas de enorme trascendencia y calado institucional, y debían de pagar por ello. Como ejemplo, los bombardeos en zonas rurales de Laos y Camboya, en cuyos límites con Vietnam se desplazaba el enemigo, se habían realizado como misión encubierta llegándose a experimentar por primera vez con armas químicas, extremo que nunca se dio a conocer a la prensa ni al Congreso de los Estados Unidos. Por lo que ambos resolvieron realizar una denuncia pública que revelara la trama oculta de una guerra comandada en serie por varias presidencias consecutivas.
El primer diario al que Ellsberg intentó vender sus informes robados fue The New York Times, contactando a un viejo conocido suyo, el reportero Neil Sheegan, por recomendación de uno de los dos senadores (William J. Fulbright, presidente de la influyente Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, cuyo apellido da nombre a las famosas becas; y George McGovern, el candidato del Partido Demócrata a quien Nixon aplastaría en las elecciones de 1972), ambos con credenciales de incuestionable militancia liberal, a los que inicialmente acudió para que le ayudasen a divulgar el contenido de los documentos. Los dos se excusaron tras evaluar la naturaleza de la filtración y los riesgos políticos y legales del caso. Pero se sabe que fue McGovern quien sugirió a Ellsberg llamar a las puertas del Times.
De hecho fue ese periódico, y no el Post, quien dio la primicia adjudicándose el Premio Pulitzer por la publicación de los papeles del Pentágono (lo cual no desmerece el comportamiento ejemplar de Graham y Bradlee, cuyos nombres adquirieron relevancia mundial con las posteriores revelaciones sobre el caso Watergate). Un equipo de redactores y abogados los examinaron minuciosamente durante tres meses, encerrados en una suite del Hotel Hilton de Nueva York. Y, solo al final de tan concienzuda tarea, la dirección del periódico autorizó la publicación del material recibido, en sucesivas ediciones que comenzaron a ver la luz en junio de 1971, a condición de que ninguna palabra arriesgara vidas u operaciones militares en curso.
Ellsberg facilitó las cosas en ese sentido, pues se guardó tres o cuatro volúmenes en los que se mencionaban negociaciones secretas sobre intercambio de prisioneros. Pero el presidente Nixon contraatacó ordenando al fiscal general, John Mitchell, que actuara de oficio contra el Times por violación de la Ley de Secretos de Estado y Seguridad Nacional y un tribunal federal ordenó al periódico neoyorquino el cese de las publicaciones, ante lo que sus dueños apelaron a la Corte Suprema de Justicia, mientras los papeles del Pentágono llegaban al Washington Post y a otros diecisiete diarios, cuyos editores y responsables de redacción se vieron de pronto ante una encrucijada histórica: ¿qué hacer cuando una empresa periodística que se ha abierto a la cotización bursátil recibe presiones de abogados, accionistas y funcionarios de primer nivel gubernamental, para callar lo que el instinto profesional y la ética ciudadana indican que debe darse a conocer; cuando tiene uno la oportunidad de grabar su nombre con letras de oro en la Historia haciendo lo que es debido y cuando sus editores pueden sufrir hasta penas de cárcel por ello?
El Times ya había hecho su apuesta: “Todas las noticias que sean dignas de imprimirse deben darse a conocer”. Publicar o no publicar, se convierte a partir de ese momento en el centro de la cuestión para el resto de sus competidores.
Tras unos días de indecisión e inseguridad (que constituyen el corazón de la película de Spielberg) la señora Graham decidió ponerse del lado correcto de la Historia dando luz verde a la publicación de lo que a priori parecía impublicable. Una decisión valiente a la que no tardaron en sumarse otros diarios. Lo que produjo un giro inesperado de los acontecimientos.
En solo unos días, la Corte Suprema de Justicia declaró, en el caso de “The New York Times Company vs. United States”, que “es lícita la publicación de documentos oficiales referentes a la política militar desarrollada con motivo de una guerra, a menos que se acredite que el medio de prensa ha incurrido en un acto de espionaje para obtener dicha información”. Pero quizá lo más llamativo de la sentencia, a los efectos que por estos lares nos ocupan, sea lo que escribió uno de los seis jueces que apoyaron la resolución judicial frente a los tres que votaron en contra: “cuando todo es secreto, nada lo es”.
La resolución del caso de los papeles del Pentágono constituye una notable reválida de la primera enmienda de la Constitución estadounidense de 1787 y de su potestad para asegurar la libertad de prensa e impedir cualquier intento de censura previa, que Steven Spielberg decidió poner en valor con esta película estrenada (no de forma casual) en el año 2017, nada más acceder a la presidencia Donald Trump.
Se trata de un drama sólido, técnicamente impecable, con cierto exceso de monólogos solemnes, como todo lo que esta especie de «cronista-entertainer» acostumbra a rodar.
En la línea de “El puente de los espías” (estrenada dos años antes) y de casi todas sus películas, el director estadounidense insiste en la exaltación de los valores americanos, que no son sino los viejos ideales de la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad) y el deber cívico del individuo por preservarlos, tocando las mismas cuerdas emotivas para abordar otro de sus mitos: la lucha del héroe contra la adversidad, consciente de que buena parte del atractivo de estas historias procede del mito de David contra Goliath (sólo que en este caso la batalla se libra en la arena de la información y el periodismo de investigación).
La dueña del Post, Kay Graham es un pequeño David provisto apenas de un tirachinas: la empresa periodística que ha heredado en su condición de viuda (un pequeño diario local con problemas económicos que persigue cierta notoriedad nacional y lucha por competir en la misma liga del todopoderoso New York Times).
Se trata de una mujer insegura enfrentada a su tiempo, lanzada al ruedo de la industria mediática por la inesperada muerte de su marido y menospreciada por los hombres de traje oscuro que la rodean, quienes dudan de su capacidad para regentar un periódico casi tanto como lo hace ella misma. Lo que no es de extrañar, teniendo en cuenta el rol que la sociedad norteamericana de la época reservaba a la mujer burguesa. Nada mejor para ilustrarlo que la escena en la que la madre y la hija de Bradlee (Sarah Paulson y Austyn Johnson) ponen “su granito de arena” llevando limonada y pastas de té a los periodistas que trabajan a destajo en su salón, intentando unir las piezas de un complicado puzzle con miles de papeles desperdigados.
El personaje de Hanks, en cambio, representa la astucia y el arrojo del periodista de raza. Un veterano sabueso dispuesto a jugársela en la defensa de la libertad de expresión. Al igual que el reportero Ben Bagdikian (inmenso Bob Odenkirk) quien protagoniza las mejores secuencias del filme con sus escaramuzas para conseguir los papeles y sus contactos con el inframundo de “gargantas profundas” que conectan directamente con el cine de Pollack, Lumet y Pakula.
Si en la historia del séptimo arte, las películas sobre periodismo han representado tradicionalmente a sus profesionales como paladines de la democracia o como individuos moralmente cuestionables, está claro que Ben Bradlee (Tom Hanks) y Ben Bagdikian pertenecen a la primera categoría, la de los héroes que pretenden influir y cambiar el panorama social y político, tomando complejas decisiones con las mangas de camisa arremangadas, en medio de una nube de humo de tabaco y el bullicio incesante de una sala de redacción en la que no paran de sonar los teléfonos, estremecida por una especie de terremoto que hace vibrar todo el edificio cuando la imprenta se pone en marcha al cierre de la edición.
Teniendo en cuenta que el Post fue el encargado de destapar años después el escándalo del Watergate, hay quien ha dicho que “Los archivos del Pentágono” bien podría ser una precuela de “Todos los hombres del presidente” (1976). Un filme que bebe de las mismas fuentes de la célebre “Primera plana”, de Billy Wilder, en la medida en que mira con nostalgia a esos tiempos, ya lejanos, de esa prensa escrita que se nutría de los chivatazos de fuentes secretas contactadas en cabinas de teléfonos públicos que funcionaban con monedas (una de las secuencias más bellas de la película, casi coreográfica, es la que sigue el proceso de impresión y empaquetado del periódico para su distribución).
En este sentido, más que una palmadita en la espalda a la profesión, se diría que la película es una elegía a los héroes de la sala de redacción y un necesario recordatorio del verdadero propósito y utilidad de quien se dedica a informar, que peca de sentimentalismo, sobre todo hacia el final, debido a la forma en que la música enfatiza ciertas escenas, lo que ya es un sello de autor tratándose de Steven Spielberg (a las lágrimas derramadas durante el final de “El imperio del Sol” o “La lista Schindler” me remito).
El núcleo central de la trama está compuesto por una serie de decisiones que el director envuelve en un clima de suspenso y de urgencia, materia prima de un oficio vibrante, como es (o debe ser) el periodismo, apoyándose en una cámara inquieta, que se desplaza por la redacción con una mezcla de curiosidad, vértigo y aplomo, como si de un asistente editorial que asoma la cabeza a las salas de juntas donde se toman las grandes decisiones se tratara.
Esa tensión creativa y el bonito detalle de otorgar reconocimiento a cada uno de los miembros del engranaje que permite sacar a la luz una exclusiva periodística de semejante dimensión y calado (reporteros, editores, departamento legal, accionistas, dueños, trabajadores de la imprenta, informantes, periódicos de la competencia) es algo que no suele verse en otras cintas del género y que le da una nueva perspectiva a “The Post”, con la que Spielberg envía un mensaje inequívoco: el de que la verdad y las palabras aún tienen el poder de cambiar al mundo.
No sé si Ellsberg y Russo llegaron a tanto. Pues, a pesar del escándalo que dejó al descubierto que el gobierno de Nixon sabía que la Guerra de Vietnam era una causa perdida, este siguió enviando soldados a morir al menos durante cuatro años más, hasta abril de 1975, cuando las fuerzas norteamericanas se retiraron para no volver, mientras los comunistas asumían el control del territorio, en el marco de la Guerra Fría. Pero es un hecho documentado que, pese a que ambos afrontaron imputaciones por robo de documentos, conspiración y espionaje, la Justicia acabó sobreseyendo la causa, a consecuencia de que el gobierno de Nixon y la Fiscalía General habían cometido contra ellos no menos delitos de prevaricación, supresión de pruebas, ocultamiento de testigos y obstruido, en suma, el proceso.
En cuanto al papel y motivación de los informantes, en los últimos años se ha escrito bastante sobre la diferencia entre un leaker (“garganta profunda” o soplón al uso, como Daniel Ellsberg quien, a sus 91 años, vive en California junto a su segunda mujer convencido de que hizo lo mejor por su país) y un hacker experto en quebrantar sistemas de seguridad informática, como Edward Snowden, analista de sistemas de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos refugiado en Rusia por haber divulgado documentos de Estado de Alto Secreto, a quien Ellsberg mostró su apoyo en un artículo publicado en el británico The Guardian, en 2013. O el creador de WikiLeaks, el australiano Julian Assange, pendiente de deportación tras años de encierro en la embajada de Ecuador en Londres, por sacar a luz 250.000 documentos clasificados sobre la guerra de Irak y Afganistán. Pero en esencia todos tienen en común la intención de revelar lo que está oculto, algo para lo que el periodismo suele ser útil.
Pero las cosas nunca son tan fáciles, ni los caminos tan rectos como en los mapas. En ocasiones es preciso que David desafíe a Goliat y a los que nos quieren amordazar, para defender lo que tanto ha costado asegurar.
Título original: The Post
Año: 2017
Duración: 116 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Steven Spielberg
Guion: Liz Hannah, Josh Singer
Música: John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
Reparto: Meryl Streep, Tom Hanks, Bruce Greenwood, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Sarah Paulson, Matthew Rhys, Alison Brie, Carrie Coon, Jesse Plemons, Bradley Whitford, David Cross, Michael Stuhlbarg...
Productora: Amblin Entertainment, DreamWorks SKG, Pascal Pictures, Participant Media. Distribuidora: 20th Century Fox.
Género: Drama. Periodismo. Basado en hechos reales
En puertas de la celebración del Orgullo Gay, Netflix decidió recuperar para su catálogo, el 15 de junio, una película del año 2010 que, una década después de su estreno, no ha perdido un ápice de vigencia, emoción y originalidad.
Se trata de “Beginners” (Los principiantes) y, aunque adolece de un ritmo expositivo un tanto lento y pausado, que la crítica se ocupó de afearle en su día, vista con la perspectiva del tiempo se da una cuenta de que son muchas más sus virtudes que sus posibles imperfecciones, empezando por la solvencia de su reparto, encabezado por el elegante Cristopher Plumer (eternamente recordado como el Baron Von Trapp de “Sonrisas y lágrimas”) y por ese gran actor que es Edwan McGregor (“Trainspotting”, “Star Wars”, “Lo imposible”, “Moulin Rouge”), dueño de un par de ojos azules que hablan con voz propia.
Junto a ellos, completan el cartel protagónico la francesa Mélanie Laurent (“Ahora me ves…”, “Malditos Bastardos”), cuya química con McGregor traspasa la pantalla y remite por momentos a la fugaz pero intensa relación, cargada de sinceridad, de Ethan Hawke y Julie Delphi, en la primera entrega de la saga de “Antes del Amanecer”; y Arthur, un pequeño y desaliñado chucho, de la raza Jack Russel, cuyos inteligentes pensamientos conocemos a través de subtítulos.
Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Toronto, “Beginners” es el segundo largometraje de ficción del cineasta Mike Mills (“Thumbsucker”) -cuya carrera cinematográfica se inició con documentales y videoclips- por el que consiguió varios premios y nominaciones, especialmente gracias a la actuación de Plummer que aquel año ganó el BAFTA, el Globo de Oro y el Oscar como mejor actor de reparto, por su interpretación de Hal Fields. Un personaje honesto y carismático que, según explicó en su día el director, está inspirado en la figura de su propio padre.
Con un guion inteligentemente escrito y una curiosa y eficaz estructura narrativa, que intercala varias líneas temporales mediante continuos flashbacks que se asemejan a la forma en la que se estructura nuestra propia memoria, el director reflexiona sobre la vida y la muerte desde la premisa de que, en las relaciones humanas, todos somos principiantes, para hablarnos de distintos tipos de amor y de las barreras que ponemos en nuestras relaciones a fin de evitar que nos hagan daño o causarlo nosotros.
El peso de la educación recibida juega un papel esencial en este relato familiar, algo atormentado y melancólico, en donde Oliver (McGregor) es un hombre de unos cuarenta años, sensible aunque emocionalmente castrado, que no logra deshacerse de la influencia de su padre y de su madre, una pareja culta de profesionales creativos. Ella (Mary Page Keller), dedicada a la reforma de casas antiguas. El, curador de exposiciones en un museo de arte moderno. Ambos dotados de un poderoso carácter que ha marcado y eclipsado el de su hijo (dibujante de profesión) dificultándole desarrollar una personalidad propia.
Al igual que sucedió en la vida real con el propio padre del director, a sus 75 años el padre de Oliver decide salir del armario tras la muerte de su esposa, declarándose homosexual ante su hijo que encaja la situación con una actitud de respetuosa normalidad.
Dueño de una personalidad arrolladora y decidido a disfrutar de la vida y la clase de amor que no había podido vivir durante su juventud debido a la incomprensión y la represión de la época, al enviudar, Hal publica un anuncio en internet y se busca un novio mucho más joven que él, interpretado por Goran Visnjic (“E.R.: Urgencias”), enrolándose en el activismo por los derechos del colectivo gay. Un proceso en el que se hace acompañar por su único hijo, quien asiste entre atónito y conmovido a los últimos años de vida de su padre, diagnosticado de un cáncer terminal, mientras intenta reconstruir el puzzle de sus recuerdos de infancia, en los que sus progenitores nunca se mostraron como una pareja enamorada, lo que quizá esté en el origen de sus propias inseguridades.
La película repasa algunos hitos para el movimiento LGTBI, como el asesinato de Harvey Milk y la lectura del poema ‘Aullido’, de Allen Ginsberg. Pero, contrariamente a lo que podría imaginarse, la opción sexual del padre de Oliver no ocupa un lugar central en la trama. Se da un trato respetuoso al asunto y se incide en ello en un sentido inequívocamente reivindicativo pero, sin llegar a ser algo anecdótico, no es esto lo que marca el desarrollo de la trama -al menos no lo único- sino la forma de ser del protagonista, un hombre introvertido, marcado por la relación de y con sus padres, incapaz de mantener una relación de amor o de amistad duradera, y a quien le cuesta superar el duelo. Es su propia evolución psicológica y emocional lo que centra el relato.
Una historia cuya acción transcurre en 2003, aunque hay cierta reminiscencia nostálgica hacia los años sesenta y la Nouvelle Vague. Desde el personaje de Anna (Laurent), una actriz de aire enigmático y bohemio, con una vida trashumante (escapando del peso de la figura paterna) y dispuesta a tomar la iniciativa para conquistar a un perfecto desconocido; a la propia estética de la película –la fotografía ocre y los lapsos explicativos con la voz en off de McGregor; las cortinillas de transición en colores planos y vivos, con imágenes de monedas u otros grafismos; o la apelación a fotos de archivo para describir cómo eran las cosas en tal o cual época— pasando por algunas escenas concretas, como la del patinaje en los interiores enmoquetados de un gran hotel o las excentricidades de la madre de Oliver, siempre sola con su hijo.
Aunque la película maneja un fino sentido del humor, muy bien equilibrado, intercalado en escenas románticas muy bellas y bien rodadas, y en originales y vanguardistas recursos visuales, no conviene dejarse engañar por el tono festivo de su cartel anunciador, pues “Beginners” no es precisamente una comedia romántica al uso, sino más bien una película triste e intimista, acorde al mood de la tira de cómics que crea el protagonista (“historia de la tristeza”). Una película conmovedora y emotiva sobre el amor en todas sus formas (incluso perrunas).
Título original: Beginners
Año: 2010
Duración: 105 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Mike Mills
Guion: Mike Mills
Música: Roger Neill, Dave Palmer, Brian Reitzell
Fotografía: Kasper Tuxen
Reparto: Ewan McGregor, Christopher Plummer, Mélanie Laurent, Goran Visnjic, Lou Taylor Pucci, Jodi Long, Kai Lennox, Jessica Elder, Mary Page Keller, Keegan Boos, China Shavers, Melissa Tang
Productora: Focus Features, Olympus Pictures, Parts and Labor
Género: Drama. Romance | Familia. Enfermedad. Homosexualidad. Cine independiente USA. Comedia dramática
Acostumbrados a ver retratadas las penurias de la clase obrera en el cine social del director británico Ken Loach y de otros cineastas europeos, como el finlandés Aki Kaurismäki, el italiano Nanni Moretti o el francés Robert Guédiguian, resulta una interesante novedad ver una película sobre las disfunciones del mundo laboral en la que no se pone el foco en la problemática del trabajador (aunque esta se infiera de la trama, como inevitable daño colateral), sino en el elevado coste personal y familiar, y en el constante dilema ético al que se ven abocados muchos de los altos ejecutivos de las grandes corporaciones empresariales y plantas de producción industrial, sometidas a las dinámicas y exigencias deshumanizadoras de una economía de mercado globalizada, en la que los beneficios e índices de producción son siempre mejorables y el capital humano cada vez más prescindible.
Con un título que abraza la utopía, como quien se aferra a un salvavidas en medio de un naufragio moral, la francesa “Un nuevo mundo” (“Un autre monde”) nos cuenta la vida de Philippe Lesmele, Director General de una de las plantas francesas de fabricación de componentes para electrodomésticos del Grupo Elsonn, cuyo control accionarial pertenece ahora a una multinacional estadounidense que se juega los cuartos en Wall Street. Un honesto hombre de empresa, cercano a la edad de jubilación, cansado y atormentado por su propia mala conciencia, excepcionalmente interpretado por el actor Vincent Lindon (a quien los menos cinéfilos recordarán por haber engrosado la lista de amantes de Carolina de Mónaco), en la que es ya su quinta colaboración con el director galo Stéphane Brizé, y que en poco o en nada se asemeja a la caricatura de “El buen patrón”, tirano y paternalista, de Fernando León de Aranoa, más allá de que ambos directores hayan tenido la ocurrencia de fijarse en quien ejerce responsabilidades de mando.
Tras pasear su cámara por las oficinas de desempleo en “La ley de mercado” (2015) para retratar la dura realidad de un parado en la cincuentena obligado a aceptar cualquier oferta de trabajo, a cual más precarias y ruinosas; y de mostrarnos los entresijos de la lucha sindical en la fabril “En guerra” (2018), Brizé ha querido poner broche de oro a su aclamada “trilogía del mundo laboral” recurriendo nuevamente a su actor fetiche en este realista y austero largometraje en el que advierte acerca de la feroz deriva deshumanizante del capitalismo y de lo que se cuece “al más alto nivel”, en las juntas directivas de los grandes consorcios industriales o empresariales, comandados por ejecutivos de éxito a los que, para llegar a serlo, se les exige convertirse en hombres y mujeres sin alma, que no tengan el menor reparo o escrúpulo a la hora de prescindir, sobornar, chantajear y exigir de sus subalternos lealtades y comportamientos que atentan contra los más elementales principios de la integridad y la decencia, si con ello consiguen mantener contentos a sus jefes superiores y satisfacer a los avariciosos accionistas, en la confianza de que sabrán recompensarles generosamente por los servicios prestados.
Para hacer la película el propio director y su coguionista, Olivier Gorce, se entrevistaron con varios ejecutivos y mandos empresariales intermedios a los que cada vez se les hace más cuesta arriba cumplir con las instrucciones que les llegan de instancias superiores. «Ya no se les pide que piensen, solo que sigan órdenes», advertía el cineasta galo durante la promoción de la película, cuya intención ha sido «mostrar las consecuencias del trabajo de los que están considerados los tenientes primeros de sus empresas, pero que en realidad no son sino personas que se encuentran entre la espada y la pared».
Philippe Lesmele (Lindon) es uno de esos «comandantes» de la alta gerencia, cuya obediencia y lealtad a la firma se ha puesto a prueba durante años, a cambio de una sustanciosa remuneración acorde al cargo que ostenta.
Cuando le conocemos, está en el despacho de un abogado matrimonialista discutiendo los términos del divorcio con su esposa Anne (Sandrine Kiberlain, su expareja en la vida real), quien ya no soporta vivir con un marido y un padre ausentes. Tras varias décadas de matrimonio, en los tres últimos años solo han pasado seis fines de semana juntos debido a la adicción al trabajo de Philippe, tal como le reprocha Anne en una escena de gran realismo donde la tensión, las acusaciones, el resentimiento y las lágrimas van en aumento, rubricando el fracaso de un proyecto personal y familiar en el que se embarcaron siendo una pareja de jóvenes enamorados y que parece haber naufragado a pesar de ambos, por los sacrificios que ha requerido asegurar el bienestar material de la familia.
Pero este no es el único problema al que debe hacer frente el protagonista. La oficina central del grupo, con sede en Estados Unidos, acaba de exigir una reducción de gastos en las operaciones europeas y los jefazos franceses, encabezados por la implacable y arribista Claire Bonnet-Guérin (Marie Drucker), CEO de la compañía, y su lugarteniente y correveidile -siempre tiene que haber uno- Guillaume Draux, anuncian a los directores generales la necesidad de implementar de forma urgente un nuevo plan de despidos para ser más competitivos. “Alemania ya lo ha conseguido”, les dicen en tono ejemplarizante, exigiéndoles mayor valentía y determinación para prescindir de 58 trabajadores en cada una de sus plantas. O de lo contrario, ellos mismos pueden llegar a ser sustituidos por otros a los que no les tiemble el pulso al tener que obedecer órdenes.
Algo que, de hecho, les ocurrió a muchos de los ejecutivos con los que Brizé y Gorce hablaron para escribir el guión, quienes perdieron sus puestos de trabajo pese a tener grandes capacidades intelectuales y de liderazgo y de acatar órdenes sin rechistar durante años, por atreverse a cuestionar la idoneidad o poner reparos en llevar a cabo algunas de las reformas que se les pedían.
Es la perversa (y un tanto mafiosa) lógica del neocapitalismo liberal, basado en las jerarquías de poder y en una extracción insaciable de dividendos, que hace que se comporte como un moderno Saturno que devora sin miramiento a sus hijos. Como escribía Sergi Sánchez en La Razón: “en la pirámide invertida de la voracidad laboral, los cargos intermedios, que para unos son altas esferas y para otros peones con cuentas que cuadrar, sufren tanto como los obreros de a pie, pero con un millón de euros de patrimonio”.
En este sentido, aparentemente la película trasciende el discurso clásico de la lucha de clases, para abordar la cuestión desde un punto de vista postmarxista, más transversal, en el que todos estamos atrapados en la misma tela de araña, tejida por los intereses de quienes detentan en último término el capital, que no son los empleadores ni obviamente los trabajadores, sino los accionistas que exigen cada vez mayores beneficios.
“Tanto el dueño de los medios de producción (o empresario) como el empleado (o proletario), que sólo dispone de su fuerza de trabajo, viven sujetos a un mismo mecanismo exactamente igual de alienante, nocivo y hasta subyugante. Ni tan buenos unos ni tan malos los otros. Nadie escapa a la lógica perversa del afán de consumo. Todos somos esclavos de nuestro deseo de ser amos”, dice Luis Martínez en El Mundo. La única diferencia estriba en que, en esa carrera, hay quien considera ya que todo vale y quien aún se mantiene firme en la creencia de que el fin no justifica los medios, aunque cada vez sean menos quienes se rijan por un criterio moral.
En el caso de Philippe, las cuentas no salen, tal como le hace ver su concienzudo Jefe de Operaciones (y hombre de confianza), Olivier Lefébre (Olivier Lemaire). Aunque en principio se logre reducir gastos con un ERE, prescindir de tal número de empleados, eliminando de la ecuación a los de mayor antigüedad -y experiencia- o a los de aparente menor utilidad con un baremo de rendimiento puramente contable, no sólo causará un gran conflicto sindical inminente, sino que atenta contra la calidad de la producción, amenazando con hacer insoportables las condiciones de trabajo de los demás operarios, lo que a larga terminará afectando al negocio.
Abatido y acorralado por la presión a la que está sometido por parte de sus superiores que lo ponen en disparadero obligándole a tomar una decisión con la que él mismo no está de acuerdo y temiendo una rebelión en su plantilla, Lesmele trabaja con tesón esforzándose por encontrar una alternativa al reto planteado, para lo cual le vemos leyendo y redactando informes repletos de hojas de cálculo. Su semblante taciturno, anudándose la corbata cada mañana, haciendo ejercicio en el gimnasio, al volante de su Volvo o presenciando resignado cómo su mujer enseña a unos posibles compradores su casa, la suya es la viva imagen de la desolación, hasta que la película le ofrece una posibilidad de redención, cuando su hijo Lucas (Anthony Bajon), diagnosticado de TEA, sufre una crisis nerviosa, lo que le obliga a dejar a un lado los problemas de la oficina, para centrarse en el drama familiar.
Especialmente desconcertante y dolorosa resulta la visita que ambos padres hacen a su hijo en el hospital psiquiátrico en el que debe permanecer ingresado, donde se nos muestra al chico haciendo cálculos y elaborando gráficos de manera obsesiva, en base a medidas absurdas, como un espejo enfermizo del trabajo de su padre. O su delirio de creerse una joven promesa de la informática, a quien el mismísimo Mark Zuckerberg estaría interesado en contratar para Facebook.
Pero, curiosamente, es en ese paréntesis en el que Philippe entiende que debe atender y priorizar la salud de su hijo, donde él mismo encuentra la inspiración emocional y el respiro necesario que le permite dar con una solución que considera equitativa y beneficiosa para todas las partes implicadas y que pasa porque los altos ejecutivos de Elsonn estén dispuestos a dejar de cobrar durante un tiempo sus sustanciosas dietas y bonus, a fin de ahorrarle dinero a la empresa para que esta no tenga que despedir a más trabajadores.
La respuesta que recibe de la CEO del grupo y de los otros directores de planta pone de relieve hasta qué punto el cáncer de la ambición personal y el “sálvese quien pueda” ha llegado hasta los huesos de esta sociedad cada vez más despiadada, en la que valores como la lealtad y la generosidad, o conceptos como el éxito y la competitividad han sido convenientemente adulterados o desterrados, haciendo que el trabajo sea para muchos hoy un sucedáneo de la propia vida, convertida en una lucha enfermiza por mantenerse a flote cueste lo que cueste y caiga quien caiga.
Título original: Un autre monde
Año: 2021
Duración: 96 min.
País: Francia
Dirección: Stéphane Brizé
Guion: Stéphane Brizé, Olivier Gorce
Música: Camille Rocailleux
Fotografía: Eric Dumont
Reparto: Vincent Lindon, Sandrine Kiberlain, Anthony Bajon, Marie Drucker, Olivier Lemaire, Guillaume Draux, Christophe Rossignon, Sarah Laurent, Joyce Bibring, Olivier Beaudet, Didier Bille, Valérie Lamond, Mehdi Bouzaïda...
Productora: Nord-Ouest Films, France 3 Cinéma, Canal+, Ciné+, SofiTVciné 7, Cinéventure
Género: Drama | Trabajo/empleo
Hay películas que te pillan en un momento vital idóneo o con cierta predisposición de ánimo. En mi caso ocurrió cuando fui a ver, este fin de semana, “Las ilusiones perdidas”. La elegí de entre los estrenos de la cartelera por su título evocador, ahora que la civilización empieza a dar inequívocas señales de agotamiento, y por tratarse de la adaptación cinematográfica de una de las piezas fundamentales de la gran “Comedia Humana”, esa que se representa en “el teatro del mundo, donde los peores suelen tener las mejores butacas”, como amargamente concluye su protagonista, Lucien de Rubempré.
De algún modo, tenía el íntimo presentimiento de que algo tendría que decirme la historia de ese ingenuo poeta de provincias, joven aspirante a escritor, que se desvía fatalmente de la ruta hacia sus más nobles ambiciones cuando el periodismo y las posibilidades que dicho oficio le ofrece de medrar social y económicamente se cruzan en su camino, distrayéndolo de la que debe ser la misión vital de todo artista: crear belleza, aún en medio de la podredumbre. Y, en efecto, así fue.
Estrenada en la sesión oficial de la Mostra de Venecia del pasado año -donde incomprensiblemente se fue de vacío-, la excelente película que Xavier Giannoli ha hecho a partir de la novela homónima de Honoré de Balzac, originalmente publicada en tres tomos, entre 1837 y 1843, bajo el título de «Los dos poetas», «Un gran hombre de provincias en París» y «Los sufrimientos del inventor» (los cuales forman parte, a su vez, de uno de los mayores y más ambiciosos proyectos narrativos de la historia de la literatura universal: 137 novelas e historias entrelazadas, en las que Balzac perfila, con mordaz e inmisericorde realismo, el retrato de la sociedad francesa de su tiempo, desde la caída del Imperio Napoleónico hasta el fin de la revolución liberal burguesa, que fueron viendo la luz por entregas a medida que la necesidad de dinero acuciaba al célebre escritor galo y se continuaron publicando hasta después de su muerte), acaba de ganar siete de las quince nominaciones a los Premios César (máximo galardón del cine francés), entre ellos a mejor película, mejor actor revelación (Benjamin Vospin) y mejor actor secundario (Vincent Lacoste).
Pero no son los premios lo que hace digno de admiración a este magnífico drama histórico de lujosa ambientación y cuidada puesta en escena que, dada la escasa promoción que ha recibido, seguramente pasará desapercibido para el gran público, como una película francesa de época más, con abundancia de carruajes y frufrús; sino la pericia de su director y coguionista para reeditar el monumental tríptico literario de Balzac en dos horas y media de puro deleite audiovisual, en el que los acontecimientos se suceden a buen ritmo, manteniendo la fidelidad al texto clásico, no exento de sarcasmo, al tiempo que pone en valor la intemporalidad del mensaje que, con su afilada pluma, el autor quiso trasladar, al poner de relieve las numerosas similitudes entre los entresijos de la historia que cuenta (un formidable estudio de las costumbres, vicios y preceptos sociales de la sociedad francesa de la primera mitad del siglo XIX) y las miserias propias de nuestro tiempo.
Desmesurada, elegíaca y apoteósica, tanto en su éxtasis como en su declive, la vida del joven poeta Lucien de Rubempré (Benjamin Vospin), natural de Angulema, “criatura a la vez ingenua y ambiciosa, brillante y errada”, tal como lo describe Javier Ocaña en El País, y su inexorable pérdida de la inocencia, desde el momento mismo en que se enamora a primera vista de Louise de Bargeton (Cécile De France), dama de alta cuna, casada con un terrateniente local y autoerigida en mecenas de los artistas de la región, se convierte en una feroz sátira acerca de la corrupción que impregna todos los órdenes de la vida política, personal, mediática y social de la época.
Lucien, a quien conocemos escribiendo rimas a las margaritas y trabajando como linotipista junto a sus hermanos, en una modesta imprenta heredada de su padre (de apellido Chardon, aunque el joven rapsoda prefiere utilizar la heráldica materna, que en generaciones anteriores gozó de noble abolengo) se ve envuelto en un tórrido e ilícito romance con la bella aristócrata, que le supera en edad, por lo que deciden escapar juntos a París, donde espera llegar a convertirse en un escritor de éxito. Pero, una vez allí, su amada y protectora le abandona a su suerte, temerosa de sufrir el desprecio de sus amigos y parientes de la alta sociedad, no tanto por mostrarse ante ella como una mujer adúltera, sino por exhibirse del brazo de un amante paleto, sin linaje ni fortuna, por completo desconocedor de las estrictas normas por las que esta se rige.
Contada desde una óptica premonitoria y reflexiva, con un punto de humor irreverente que la hace ser además una película divertida, el último trabajo de Giannoli («Madame Marguerite«, «La aparición«) comienza con una estética propia del romanticismo, con el protagonista tirado en la hierba con el sol colándose entre las hojas del cuaderno en el que escribe sus rimas, para dar paso enseguida a una narrativa visual mucho más preciosista y barroca que nos lleva al París de los grandes salones de baile, en los que, más que bailar, se conspira y en donde se acaban el romanticismo y el idealismo, y se pierden las ilusiones y la inocencia.
Como explica acertadamente Iñaki Ortiz Gascón, “en el París del siglo XIX, ya no hay espacio para la vieja poesía ni para los amores valientes y desmedidos. El romanticismo está ya demodé. Ha dado paso al pensamiento crítico y a su consecuencia casi inevitable, el cinismo. Es el fin de una época. Y así nos la muestra Giannoli, describiendo una ciudad efervescente, frenética, donde los carromatos atropellan a los viandantes en las grandes avenidas. Una ciudad viva, imparable, veloz. La capital del mundo, con las riquezas más obscenas a pocas calles de la pobreza extrema”.
Una voz en off omnipresente e intervencionista mantiene la historia en constante movimiento, como ya hiciera Scorsese en “La edad de la inocencia”, con una retahíla de frases brillantes que desnudan las motivaciones de sus personajes, mientras detalla el perverso proceso mediante el cual los anhelos de un alma creativa son corrompidos por las esferas del poder, tan ubicuas como eficaces a la hora de modificar afectos, opiniones y adhesiones, que se cambian como de ropa interior, por un módico precio a convenir, ya sea reputacional o contante y sonante.
El proceso de destrucción de la integridad de Lucien de Rubempré se inicia con su fichaje como articulista de uno de los muchos libelos, gacetas y periódicos de corte sensacionalista y creciente número de lectores, que proliferan en ese París de la primera mitad del s. XIX, como alternativa a la llamada “prensa seria”, y cuyos editores hacen fortuna vendiendo sus filias y fobias al mejor postor a la hora de confeccionar sus espacios de opinión y sus críticas de arte, que empiezan a convivir con los primeros anuncios publicitarios.
“Aquí puedes comprar cualquier cosa. ¡Es el progreso!”, afirma con desfachatez digna de mejor causa el joven editor de Le Corsaire-Satan, Ètienne Lousteau (Vincent Lacoste), encargado de la instrucción del aprendiz Lucien y autor de otras sentencias no menos desvergonzadas, como: “en las filas de la prensa se necesitan amigos, igual que los generales necesitan soldados”; “si no puedes hacerles favores en un periódico, nadie te teme y, si nadie te teme, interesas poco” o “el periódico está financiado por los liberales, así que eres liberal, aunque aún no lo sabes”. Amén del curioso glosario de adjetivos equivalentes, con el que convertir una buena crítica en una mala crítica, tan ocurrente como impúdico.
Naturalmente eran otros tiempos, unos en los que el periodismo despuntaba como gran aliado (o temido opositor), cotizándose al alza sus favores por las posibilidades que ofrecía para seducir, engañar y domesticar a la opinión pública a favor o en contra de una determinada obra, personaje o corriente de pensamiento. La línea editorial de los nuevos periódicos liberales era simple: “todo lo que sea probable lo daremos por cierto”. Y ello, en un mundo que se presumía moderno y progresista, pero que en realidad vivía anclado en un clasismo estructural y una corrupción sistémica. (¿Les suena?).
“Balzac escribe, entre muchos asuntos, sobre el determinante papel de la incipiente prensa libre. Tan libre que solo depende del dinero que la sostiene. Es decir, se informa, se opina, se censura, se miente y se ensalza en función únicamente de la capacidad de los nuevos periódicos para seguir informando, mintiendo, censurando y opinando. Un juego de poder entre monárquicos y liberales, entre la vieja aristocracia y la burguesía emergente, entre los privilegiados y los que aspiran a serlo, en el que vale todo y que, por azares de la historia, exhibe un paralelismo que asusta con el mundo que nos ocupa”, escribe Luis Martínez en El Mundo. “No se trata de volver a recordar que los clásicos son eternos, basta con caer en la cuenta de que el motor de la ambición de entonces es el mismo de ahora”.
Aquel París “librepensador” imponía sus normas y, a medida que se va a aclimatando a la ciudad y acomodando a sus nuevas circunstancias, el joven aspirante a escritor no solo va perdiendo su candidez al vender sus principios a cambio de fama y fortuna, sino que se va perdiendo a sí mismo sumergiéndose en un lodazal de inmundicia moral y libertinaje ideológico.
El otrora provinciano Lucien de Rubempré transforma incluso su apariencia física en búsqueda de una mayor distinción acorde a su nuevo estatus de renombrado articulista y aparca sus más nobles intenciones creativas, según se lo exige la sociedad parisina a la que desea pertenecer por derecho propio, a medida que afila su pluma mercenaria y la pone al servicio de ese periodismo malicioso emergente que utiliza el ingenio para ensalzar o destruir reputaciones ajenas, valiéndose de la ofensa, la insidia y la infamia, y haciéndose eco de falsos aplausos y abucheos, comprados a un público de figurantes.
“Giannoli convierte el fatídico ascenso del protagonista de su película a las alturas del negocio editorial en un grotesco espectáculo circense”, como observa Manu Yáñez. Por la redacción del periódico para el que trabaja Lucien deambula una manada de patos –en honor a las trolas que este publica y que allí se conocen como “canards” (pato en francés), predecesoras de las actuales fake news–, mientras su redactor jefe tiene por mascota a un mono de feria, a cuyo criterio se deja la elección de los libros que deben ser reseñados por encargo -como el del talentoso novelista Raoul Nathan (Xavier Dolan), una especie de némesis de Rubempré, a quien Lousteau se la tiene jurada por pertenecer al círculo social de los partidarios de la monarquía-, convirtiendo el oficio periodístico en un irresponsable y enloquecido ecosistema, favorable a todo tipo de excesos, vendettas, conchabeos y sobornos, prostitución real o metafórica, cuyas consecuencias son el envanecimiento y enriquecimiento de los nuevos críticos estrella, admirados y temidos a partes iguales, y el ascenso o la caída en desgracia de los afortunados o desdichados artistas, escritores, actores y actrices que son objeto de sus diatribas.
La polémica se convierte en el arma más preciada de los nuevos periódicos liberales que incluso amañan discusiones ficticias entre escritores y críticos literarios carentes de escrúpulos (“no es necesario leer el libro para escribir la crítica. Es más, leerlo podría influir en el resultado”, afirman con descaro), para generar el interés de los lectores.
Según el experto de cine de la revista Fotogramas, en Le Corsaire-Satan“se celebran más fiestas que en el New York Daily Inquirer de ‘Ciudadano Kane’, aunque el grado de esperpento lleva a ‘Las ilusiones pérdidas’ hasta un lugar de delirio y cinismo más parecido al de ‘El lobo de Wall Street’”.
Y es que, Giannoli no se limita a ofrecer una visión escéptica de la prensa y, por extensión, del mundo editorial (cuyo monopolio ejerce en su película un verdulero ignorante y analfabeto, de apellido Dauriat, interpretado por el controvertido Gérard Depardieu, que se muestra mucho más interesado en el lucrativo negocio de la importación de piñas que en publicar un poemario que es incapaz de leer y mucho menos entender). Más allá del demoledor juicio que en ella se hace acerca de la deshonestidad, la frivolidad y la falta de toda moral, rigor y principios éticos de los articulistas de la época, tristemente resumido en el bautismo simbólico que el novato Lucien recibe por parte de sus colegas y del dueño del medio para el que trabaja, a modo de bienvenida (“En el nombre de la mala fe, de los falsos rumores y de la publicidad, yo te nombro periodista”), el cineasta francés se atreve a meterse con «la mano que mece la cuna», que no es otra sino las élites económicas que controlan el negocio de las empresas periodísticas, ya sean estas de signo liberal o monárquico.
“El liberalismo económico será la libertad del zorro libre en un gallinero libre”, vaticina Adoche Finot (Louis-Do de Lencquesaing), el avaricioso propietario de Le Corsaire-Satan, quien tiende una trampa al díscolo Lucien, haciéndole creer que cuenta con él para sus ambiciosos proyectos de expansión comercial del negocio. Pero, al final, quien paga manda y el poder es implacable con quien desafía su autoridad, ensañándose con aquel que se niega a colaborar en su mezquino juego de intereses y tráfico de influencias, como un peón más.
Balzac no hace concesiones ni a unos ni a otros: los que corrompen a los demás son unos canallas y quienes se dejan corromper unos cretinos que sucumben una y otra vez a los mismos vicios y debilidades, consumando la traición a sí mismos.
Para Manu Yáñez, la película impresiona por el “carácter profético” de las reflexiones del autor galo, toda vez que, “en ella no solo se diseccionan con lupa hiperbólica la mercantilización de la información de tintes amarillistas, sino que se lanzan también dardos contra la corrupción política y la destrucción del criterio individual a manos de la tiranía de las modas. Un cóctel de lacras contemporáneas que ‘Las ilusiones pérdidas’ disecciona de un modo implacable e hilarante, empleando la brutalidad que se merece una realidad, la nuestra, abocada al abismo de la sinrazón”.
Pero como, según las leyes de la gravedad, «todo lo que sube tiende a bajar», y Balzac era un autor clásico con tendencia a castigar las veleidades de sus personajes, París puede ser al mismo tiempo un gran pedestal y un profundo sumidero para las aspiraciones de Rubempré, quien no logra el menor eco para su obra literaria y se dedica a despilfarrar todo el dinero que gana, junto a su amante, Coraline -la chica de los pantys rojos-. el único personaje que conserva un atisbo de honestidad y de ternura, pese a tratarse de una actriz de poca monta que se prostituye para sobrevivir. Es ella quien le recuerda a Lucien -obsesionado con la idea de recuperar el linaje perdido y poseer un título nobiliario que le abra las puertas de la alta sociedad parisina que un día le despreció- que debe volver a sus orígenes. “Nuestro mundo está podrido, debemos intentar crear belleza”, le precisa al confesarle que sufre una grave enfermedad y le queda poco tiempo de vida.
A su muerte, destrozado, arruinado y socialmente marginado, el fracasado escritor emprende el camino de regreso a Angulema, sumergiéndose en las profundas aguas del río Charente, quién sabe si para purificarse o para morir, una vez perdida toda ambición y toda esperanza.
Título original: Illusions perdues
Año:2021
Duración: 149 min.
País: Francia
Dirección: Xavier Giannoli
Guion: Xavier Giannoli y Jacques Fieschi.
Basado en el clásico de Honoré de Balzac
Fotografía: Christophe Beaucarne
Reparto: Benjamin Voisin, Cécile De France, Vincent Lacoste, Xavier Dolan, Salomé Dewaels, Jeanne Balibar, Gérard Depardieu, André Marcon, Louis-Do de Lencquesaing, Jean-François Stévenin, Alexis Barbosa, Arnaud de Montlivaut, Marie Cornillon...
Productora: Curiosa Films, Gaumont, Umedia, France 3 Cinéma, Ciné+, Canal+, uFund
Género: Drama Histórico. Adaptación Literatura clásica. Siglo XIX
No suele ser habitual que una película supere con mucho mis expectativas. Sin embargo, en el caso de “Belfast”, una cinta que venía avalada por varias nominaciones y premios, como el reconocimiento del público del Festival de Cine de Toronto y el Globo de Oro al mejor guion, y que suena ya en todas las quinielas de los Oscar de este año, debo decir que no solo me ha parecido magnífica a nivel de ejecución y técnica cinematográficas, sino que ha logrado conmoverme con su narrativa y su propuesta estética. Algo que muy pocas películas actuales consiguen.
Escrita y dirigida por Sir Kenneth Branagh, quien ya había conquistado los teatros británicos mucho antes de dar el salto a Hollywood para empezar a forjarse una respetable reputación como actor y director de cine que apuntala ahora con las hermosas imágenes de “Belfast”, sin duda se trata de su trabajo más personal, tras haber destacado sobre todo por trasladar a la gran pantalla algunos de los grandes clásicos shakespearianos: “Enrique V” (por la que fue nominado al Óscar como mejor director y mejor actor, en 1989), “Otelo” (1995) y “Hamlet” (nominada al Óscar al mejor guion adaptado, en 1996); así como por otras adaptaciones cinematográficas de obras no menos célebres que las del bardo inglés, como el clásico cuento de “La Cenicienta” (2015), o las aventuras del personaje de Agatha Christie, Hércules Poirot, en “Asesinato en el Orient Express” (2017) o “Muerte en el Nilo” (2022) estrenada este año.
A excepción quizá de “Los amigos de Peter” (1992), aquella extraña película en la que seis amigos graduados en Cambridge se reúnen en la mansión de uno de ellos para despedir el año y recordar el pasado, en “Belfast” Branagh decide por primera vez hablar de si mismo y de su infancia, de lo que humanamente supusieron para él aquellos años de la niñez en su ciudad natal, que pasó de ser su hogar y su patio de recreo, a convertirse en un lugar convulso, peligroso y hostil, forzando la mudanza de su familia a Londres a finales de los años sesenta, periodo histórico conocido como “The Troubles”, cuando la capital de Irlanda del Norte empezaba a ser azotada por los primeros latigazos de un conflicto armado que provocó un gran número de muertes durante la segunda mitad del siglo XX, extendiéndose hacia la República de Irlanda y el Reino Unido.
El cineasta dedica esta película autobiográfica “a los que se quedaron, a los que se perdieron -por culpa de la violencia sectaria- y a los que -como él y su familia- decidieron marcharse” ante el creciente acoso del fanatismo y el odio entre católicos y protestantes. Un conflicto interétnico latente que, antes de derivar en guerra civil, estalló en altercados callejeros, lanzamiento de bombas molotov y saqueos.
Ese es el agitado contexto que sirve de telón de fondo a la trama de “Belfast” y que no pretende ser abordado desde una sesuda perspectiva crítica o de análisis político. Lo que Branagh nos ofrece es mucho más modesto y sutil. Una mirada íntima y subjetiva, acaso idealizada, tamizada por la memoria selectiva, como todos los recuerdos que proceden de la infancia.
La película comienza con unos planos panorámicos en color, que bien podrían pertenecer a un video promocional turístico de la ciudad de Belfast en la actualidad, con la banda sonora de Van Morrison (nativo, como Branagh, de la capital de Irlanda del Norte) omnipresente como hilo musical. La cámara se pasea por los grafitis y demás manifestaciones de la cultura urbana hasta detenerse en un mural a cuyas espaldas la postal pierde color. Hemos viajado del presente a 1969 y la acción de sitúa en una calle de Belfast donde conviven católicos y protestantes.
Es la calle en la que vive Buddy (Jude Hill), un niño irlandés de nueve años que pertenece a una familia protestante de clase obrera. A partir de ese momento, el director y guionista reduce el mundo a su escala y se centra en recrear -no sin cierta nostalgia- la rutina familiar y escolar de ese niño de los años sesenta, que es él.
Los juegos con los amigos en la calle (sin importar la religión que profesan); su primer amor por la chica más lista de la clase; las travesuras y gamberradas para las que lo recluta la “malota” del barrio; los apocalípticos sermones del Pastor en la misa de domingo; la veneración por sus abuelos (Ciarán Hinds y Judy Dench), una entrañable pareja de ancianos; la ausencia de su padre (el Jamie Dornan de la saga de “Cincuenta sombras de Grey”), a quien solo puede ver cada dos semanas porque trabaja como empleado de la construcción en Inglaterra; la protección y crianza a cargo de su madre (Caitriona Balfe, “Money Monster”y “Outlander”), agobiada por las deudas con el fisco; las discusiones de la pareja derivadas de la separación física y las dificultades económicas y, finalmente, la inestabilidad política que, si bien está presente a lo largo de toda la película, no opaca los momentos de felicidad de Buddy, como la que le proporciona recibir los regalos de navidad (algunos de los juguetes más codiciados de la época) y esas visitas al cine, para ver “Solo ante el peligro” o “Chitty Chitty Bang Bang”. Un ejercicio de gran evasión en familia que permite al director mostrar la ingenuidad de los espectadores de la época, cuando en el cine todavía se podía gritar, aplaudir y cantar.
En medio de esa estampa costumbrista, el conflicto social es un tsunami que inunda la acción en momentos puntuales. Sabemos de él a través de la mirada del niño o de las conversaciones de los adultos que este escucha accidentalmente y sólo vemos los sucesos a los que él asiste. Se hace presente cuando afecta de alguna forma a la vida de Buddy. Lo cual supone una manera de abordar la denuncia política con una gran sensibilidad, que anima a preservar la alegría de vivir propia de la infancia, a través de cuyos ojos está contada la historia.
Buddy y su familia son testigos de un enfrentamiento que marcará el destino de su nación durante varias décadas, pero pese al acoso y las amenazas de quienes les exigen tomar partido ante la creciente hostilidad reinante, el clan se mantiene unido y decide seguir con su vida. Aunque con ello desafíen a su propia religión. Ellos representan la cordura y la tolerancia frente al sectarismo y la sinrazón.
“No importa si es católica, judía o budista, si es una persona buena y honesta, siempre será bienvenida”, le dice su padre a Buddy cuando este le pregunta si tiene futuro su amor por la chica del pupitre de al lado, que resulta ser católica. Lo cual es toda una declaración de principios, brillante en su sencillez y en la simplicidad con que se expresa, aunque algunos insistan en ver cierta tendencia al exceso de teatralidad en algunas escenas de introspección de la película, en su mayoría protagonizadas por Caitriona Balfe, quien sale claramente beneficiada de la atención que le presta el director, embriagado por la ensoñación masculina hacia la figura materna.
El recurso de un escudo de juguete que Buddy se hace con la tapa de un cubo de basura y que sirve a su madre como real escudo protector frente a las piedras lanzadas por los alborotadores, va en esa línea de ensalzar su papel de “madre coraje”, con una inocencia no por calculada menos conseguida, en una escena de ritmo trepidante.
Y es que Branagh ha compuesto con mimo cada plano extraído de sus recuerdos infantiles, tomando nota de la mejor tradición cinematográfica de Bergman, de Buñuel, de Fellini, de Hitchcock, de Orson Welles y hasta de Steven Spielberg, con largos planos-secuencia en escenas de gran dinamismo, pronunciados contrapicados y primeros planos de gran fuerza dramática subrayada por la profundidad de campo y por una fotografía impecable, en nítido blanco y negro, obra de Haris Zambarloukos, su colaborador habitual, que confiere una gran potencia expresiva a encuadres de primorosa factura, que a veces parecen inspirados en el fotoperiodismo, como extraídos de las páginas de un viejo diario, con los antidisturbios desplegados en milimétrica formación, dispuestos a contener las algaradas callejeras. O los breves momentos en que el blanco y negro cede paso al color, haciendo una distinción entre lo que sucede en el cine y en la imaginación del pequeño Buddy, y lo que acontece en la vida real.
Todo ello hace que Belfast sea una película emotiva y visualmente hermosa, cuyo acabado estético es sin duda su mayor reclamo, a la par que consigue dejar claro que se trata de una fabulación, la idealización de una época de la vida y de unos sucesos trágicos ya por fortuna superados, felizmente deformados por la memoria.
Título original: Belfast
Año: 2021
Duración: 98 min.
País: Reino Unido
Dirección: Kenneth Branagh
Guion: Kenneth Branagh
Música: Van Morrison
Fotografía: Haris Zambarloukos
Reparto: Jude Hill, Caitriona Balfe, Jamie Dornan, Judi Dench, Ciarán Hinds, Lewis McAskie, Lara McDonnell, Gerard Horan, Turlough Convery, Sid Sagar, Josie Walker, Chris McCurry, Colin Morgan...
Productora: TKBC.
Distribuidora: Focus Features
Género: Drama | Años 60. Infancia. Familia
No sé si “The French Dispatch” será la mejor película de Wes Anderson, como se han apresurado a decir sus mayores entusiastas. Tampoco sé si es la peor. Resulta difícil catalogar la genialidad de un artista tan empecinado en dejar evidencia en cada nuevo trabajo de que lo es. Lo innegable es que el director estadounidense no deja indiferente a la crítica especializada que suele manifestar opiniones encontradas acerca de las virtudes y los defectos de sus cintas (‘El gran hotel Budapest’, ‘La isla de los perros’, ‘Vida acuática’ o ‘Moonrise Kingdom’), si bien parece existir una especie de consenso universal en que estas suelen ser líricas expresiones de su particular y delirante lenguaje visual, lo que ha hecho que lo más granado del star system actual se muera por trabajar con él.
Al igual que el resto de su filmografía, “LaCrónica Francesa” es una película de elevadas pretensiones, obsesivamente perfeccionista y preciosista, y magníficamente bien interpretada por los actores y actrices más destacados del momento (Bill Murray, Tilda Swinton, Adrien Brody, Benicio del Toro, Frances McDormand, Owen Wilson, Elisabeth Moss, Edward Norton, Willem Dafoe, Timothée Chamalet, Jeffrey Wright, Luna Khoudri, Lea Seydoux, Cecile de France, Anjelica Huston,Tony Revolori). El paroxismo estilístico de un cineasta que desea dejar testimonio de su vasta cultura y su marcada personalidad en cada composición del encuadre.
Cada plano, cada fragmento de montaje, cada travelling descriptivo, es una proeza técnica, un homenaje cinéfilo, un lienzo primoroso y barroco, cuidado al milímetro y aderezado con mil detalles retro y referencias presentes de forma casi obsesiva en las películas de Anderson (la Nouvelle Vague de Jean Luc Godard, la pintura de Jackson Pollock, la música de Erik Satie, los manifiestos estudiantiles de Daniel Cohn-Bendit, las viñetas de «13 la Rue del Percebe»), ante el que sin embargo no llegamos a sentirnos cómodos, desbordados por tamaña exigencia contemplativa.
Y es que, no solo el diseño de maquillaje, vestuario y decorados, o la fotografía (que pasa constantemente del blanco y negro al color, sin que exista más motivo aparente para ello que el puro deleite estético) responden a ese impulso artificioso y fetichista que lo caracteriza, creando un efecto de saturación casi inmediato que hace que el exceso de continente impida apreciar con nitidez el contenido; también resulta abrumadora la excesiva complejidad narrativa de los relatos, algo insulsos y de corte surrealista, que entrelaza el argumento como si de las viñetas de un cómic se tratase, y el sobreesfuerzo creativo por darle un aire trascendente a los diálogos.
El resultado es un pastel de difícil digestión que hace que el espectador se sienta mareado con tanto barullo y sufra una inevitable desconexión emocional al verse obligado a poner sus cinco sentidos en intentar averiguar qué diablos es lo que le están queriendo contar, intentando desbrozar el bosque de maleza.
Y eso que la historia se presenta sola. Nada más comenzar su visionado, en una especie de prólogo narrado con voz en off (como casi todo el resto de la cinta) se nos pone en antecedentes de que ‘The French Dispatch of the Liberty, Kansas Evening Sun’, su nombre completo, es una película-magazine, que se desarrollará en varios actos (o capítulos), correspondietes a las crónicas, reportajes y artículos del último ejemplar de la revista homónima que, pese a ser estadounidense, se publica en Ennui-sur-Blasé, ciudad ficticia de Francia donde tiene su sede la redacción.
Pretendiendo rendir un nostálgico homenaje a una generación de periodistas, editores y directores de prensa escrita que ya no volverá a reeditarse, la revista imaginaria de Wes Anderson dedica la que será su última entrega al obituario de su director-editor (fallecido repentinamente de un infarto) dejando claro que, con él, morirá también la publicación.
El propio director ha explicado hasta la saciedad que ha querido escribir «una carta de amor» al viejo periodismo y en especial al que practicaba la revista The New Yorker, mítica publicación fundada en 1925 y a quien fuera su editor y director, Harold Ross, encarnado en la cinta por Bill Murray (un habitual en el cine de Anderson), quien ejerce el mando en la redacción con una actitud casi paternalista, manteniendo a salvo a sus escritores (llama la atención que el doblaje se refiera a ellos así y no como periodistas) de los rigores de la rentabilidad que tantos cierres de medios ha provocado.
Con un cartel presidiendo su despacho donde se les prohíbe llorar, el viejo director reúne a su equipo para preparar la pauta semanal y repasa cada línea de sus escritos, corrigiendo erratas o haciendo observaciones que ayuden a mejorarlos. Pero no se limita a las labores propias de un editor, además sufraga sus gastos y desarrolla una paciencia y comprensión infinitas hacia sus rarezas, excentricidades y egos desbordados, incluso paga alguna que otra fianza cuando se meten en problemas, en aquella vieja idea romántica -y hoy extinta, por razones obvias- del periodismo literario dominical que se practicó durante el siglo XX, de que un periodista debe vivir la noticia en primera persona y dedicar el tiempo que haga falta a documentarsea fondo sobre ella, para poder contarla a su manera después, en base a un criterio que prime la calidad sobre la cuenta de resultados.
“Como si el espectador fuera deambulando por sus páginas, la película se organiza siguiendo el formato de la propia revista, con tres crónicas como ejes centrales, un obituario y una columna de viajes. Una estructura que encaja no solo en el medio que intenta mimetizar, sino también en el estilo personal de un director para quien el montaje es una cuestión de matrioskas”, escribe Cristina Aparicio en su magnífica reseña sobre la película publicada en la revista de cultura contemporánea Jot Down.
El contenido de las distintas secciones que componen el número a editar va de la información local, ofreciendo el recorrido cicloturista de un reportero (Owen Wilson) que viaja en bicicleta por los barrios de Ennui, contando los entresijos más pintorescos y arrabaleros de la vida de sus habitantes; al acontecer cultural, centrado en el eterno conflicto entre la esencia del arte y el mercado de masas, en una crónica que lleva por título «El Trabajo Maestro», donde la atildada crítica de arte J.K.L. Berensen (Tilda Swinton) narra con refinada ironía, cómo el coleccionista Cadazio (Adrien Brody) descubrió la genialidad del pintor Moses Rosenthaler (Benicio del Toro), encerrado de por vida en un manicomio-prisión y cuya musa es una carcelera (Lea Seydoux) que desborda sensualidad y frialdad en proporciones similares, y quiso explotarla comercialmente.
«Revisiones a un Manifiesto» es la crónica de la periodista Lucinda Krementz (la oscarizada Frances McDormand), quien escribe sobre unas revueltas estudiantiles que tienen lugar en la ciudad, lideradas por el joven idealista Zeffirelli (Timothee Chalamet) y la temeraria Juliette (Lina Khoudri), evocando las del mayo francés del 68; para finalizar con «El Comedor Privado», una disparatada crónica de sucesos con sabor gastronómico, en la que Roebuck Wright (Jeffrey Wright) reconstruye cómo un comisario (Mathieu Amalric) resuelve el extraño, inexplicable e inexplicado caso del secuestro de su propio hijo, con ayuda de un cocinero chino de lealtad inquebrantable al cuerpo de policía.
Tal y como señala Cristina Aparicio, por separado, se trata de historias hilarantes, atrevidas, agudas, ácidas, incluso brillantes… pero “en conjunto, apenas forman un castillo de naipes que se desmorona al mínimo soplo”. En su opinión, “tanto depura, tanto afina, tanto estiliza Anderson en su último trabajo que se le olvida contar una historia, y tan solo esboza viñetas unidas por una grapa”, para concluir que “por mucho que pueda tener una forma parecida, una grapa no puede sustituir a un corazón de verdad”.
Dicho de otro modo, la película de Wes Anderson carecería de alma. Aunque, siendo más benévolos en la apreciación, quizá cabría suponer que pueda tratarse de algo intencional y que el director quiera con ello lanzar el mensaje/advertencia de que poco importan las noticias frente a su impacto, directamente relacionado con la forma de contarlas. Al fin y al cabo, como bien dice la propia Aparicio, “cuando la película llegue a su fin, no será su guion el que dé titulares. Será recordada por las pantallas partidas, las cortinillas, los intertítulos, las composiciones simétricas, los travellings descriptivos y el estatismo de los planos, los diálogos declamados, las continuas voces en off, la excéntrica y sensual carcelera a la que da vida Lea Seydoux, el ritmo vertiginoso y el gusto por lo francés”.
“De forma muy alocada podría decirse que Anderson ha estado jugando a otra cosa todo el tiempo: en vez de dirigir actores, ha animado cartoons de carne y hueso; al diseñar la escenografía se ha dedicado a construir dioramas; en la elección de casting organizó una fiesta con sus más íntimos amigos. En términos psicológicos cabría preguntarse cuánto hay de genialidad y cuánto de obsesión o de neurosis impulsando este delirio”, se cuestiona en su reseña. Y cuánto de cálculo comercial, añadiría yo.
Pero ¿no es este acaso un signo de los tiempos? Y ya que estamos, en el caso que nos ocupa, ¿no cabría preguntarse lo mismo acerca del periodismo tal y como se ejerce en la actualidad, donde el continente no solo prima ya sobre el contenido, sino que a menudo atenta contra él, reduciéndolo a la mera anécdota o desvirtuando su esencia para atraer la atención del espectador que ya no se mide en el debate social que generan las noticias, sino en el número de visitas o de likes que estas contabilizan en la red?
Trascendiendo el propio argumento de la cinta, que coincido con sus detractores en que se hace confuso y se queda corto, “La Crónica Francesa” de Wes Anderson plantea una interesante paradoja. La de un director que dice sentir nostalgia de la vieja praxis del periodismo literario, sosegado y reflexivo, cuya obra cinematográfica sin embargo es el máximo exponente de una manera de ser y de hacer que entre todos hemos puesto de moda, gracias a la revolución del algoritmo digital, en donde el artificio, la inmediatez, la popularidad de sus protagonistas y el impacto de las imágenes sustituye cualquier intento bienintencionado de desarrollar una premisa racional en profundidad.
Título original: The French Dispatch (of the Liberty Kansas Evening Sun)
Año:2021
Duración:108 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Wes Anderson
Guion: Wes Anderson. Roman Coppola, Hugo Guinness
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Robert D. Yeoman
Reparto: Benicio del Toro, Frances McDormand, Jeffrey Wright, Adrien Brody, Tilda Swinton, Timothée Chalamet, Léa Seydoux, Owen Wilson, Mathieu Amalric, Lyna Khoudri, Steve Park, Bill Murray, Saoirse Ronan.
Productora: American Empirical Pictures, Indian Paintbrush, Studio Babelsberg.
Distribuidora: Searchlight Pictures
Género: Comedia. Drama. Periodismo. Historias cruzadas
Introduzca en una coctelera no más de un chorrito de “Breve encuentro”. Añada idéntica medida de “Algo para recordar”, una pizca de “Todos los días de mi vida” y unas pocas gotas de sutil aroma a “Madame Bovary” y “El amor en los tiempos del cólera”… E voilà! Tendrá como resultado un suculento aperitivo light llamado “La última carta de amor” (The Last Letter from Your Lover) que Netflix acaba de estrenar para deleite de los entusiastas de las películas románticas que cumplen con todos los tópicos del pastelón televisivo, paquete de kleenex incluido.
Copia fiel de la exitosa novela homónima de la escritora británica Jojo Moyes (autora de “Antes de ti”, protagonizada en su versión cinematográfica por Sam Claflin y Emilia Clarke), traducida a 33 idiomas con un total de 3 millones de ejemplares vendidos, esta coproducción británico-canadiense, dirigida por la también actriz Augustine Frizzell (“Never Goin`Back”), gira en torno a dos historias que transcurren en décadas distintas y que, sin embargo, se entrelazan cuando una de sus protagonistas, la avispada periodista Ellie Haworth, a quien da vida Felicity Jones ( “Una cuestión de género”, “La teoría del todo”) con gran frescura y ciertos ticks de comedia romántica, descubre de forma casual, en el transcurso de la investigación para un reportaje, unas intrigantes cartas escritas en 1965 y decide tirar del hilo hasta dar con sus protagonistas y desentrañar la historia de amor prohibido que relatan. Lo que, a su vez, le servirá de motivación para iniciar su propio romance con el encargado del archivo del diario para el que trabaja.
La destinataria de esas cartas no es otra que Jennifer Stirling, su serenísima majestad, Shailene Woodley (“Big Little Lies”), quien encarna con gran magnetismo a la perfecta mujer casada de aquellos años, elegante, discreta y sumisa, siempre a la sombra de su marido, el arrogante y a menudo ausente hombre de negocios, Laurence Stirling (Joe Alwyn). Juntos llevan lo que aparenta ser una lujosa y perfecta vida de multimillonarios sin hijos, hasta que un día reciben la visita de Anthony O’Hare (Callum Turner), un periodista del área financiera del Chronical, apuesto y divorciado, por quien la señora Starling, atrapada en el sopor de su matrimonio de conveniencia, se siente irremediablemente atraída, iniciándose entre ellos una relación clandestina que acabará en tragedia, cuando Boot (pseudónimo con el que Anthony firma sus cartas de amor a “J”) le pide escapar juntos a Nueva York para vivir su amor libremente.
Aunque Jennifer inicialmente rechaza la oferta por temor a perder su actual estatus de “señora de”, al final cambia de opinión y decide alcanzar a su amante en la estación del tren, tal como este le había propuesto. Pero se le hace tarde y la gran tormenta que arrecia esa noche propicia que sufra un accidente automovilístico en el que pierde la memoria. Oportunidad que su marido, Larry (quien al parecer está al tanto de la infidelidad de su esposa) aprovecha para recuperarla, haciéndole creer que Boot iba en el coche con ella y falleció en el acto durante el siniestro. Cuando, en realidad, este vive al otro lado del Atlántico atormentado por la idea de que su amada no acudió a su encuentro, prefiriendo la seguridad de una vida regida por los convencionalismos.
A medida que Ellie avanza en la lectura de la correspondencia entre J. y B., conocemos más de su emotiva historia de amor epistolar. Sabemos que, años después, los amantes volvieron a encontrarse de forma casual en Londres, aclarando la situación y dando rienda suelta de nuevo a la pasión, aunque tampoco huyeron juntos entonces, debido a que Jennifer tenía ya una hija de dos años, por lo que decide volver al lado de su marido y esperar el momento propicio para solicitar el divorcio sin el riesgo a perderla, como solía suceder en aquel tiempo tratándose de una mujer adúltera.
La añoranza por lo que pudo haber sido y no fue se convierte así en el epicentro de la trama de la película que, tras una serie de idas y venidas, acaba con Jennifer y Anthony reuniéndose a instancias de Elly, en el parque londinense en el que solían verse en secreto, para finalmente retomar su historia de amor en el ocaso de sus vidas, tras haber envejecido extrañándose mutuamente.
En suma, se trata de un romance clásico, correctamente ejecutado y bien interpretado, que sin embargo no aporta gran novedad al género, al margen de la popularidad de sus jóvenes protagonistas, en el que se echa en falta un mayor desarrollo argumental que profundice en las razones que provocaron, por ejemplo, el desgaste de la relación entre Jennifer y su marido (¿nunca lo amó o, como en la canción de la Jurado, se les rompió el amor de tanto uso o desuso?) o que confiera mayor relevancia a la historia de la periodista Elly y el archivero Rory (Nabhaan Rizwan), apenas desarrollada, que permanece en un segundo plano casi de relleno.
En su favor habrá que decir que los exteriores filmados entre Londres y la Riviera francesa, en donde transcurre la primera parte de la acción, y el exquisito diseño de maquillaje y vestuario, confieren un indudable atractivo visual y un aire retro de belleza y sofisticación, a una película más bien insulsa para románticos empedernidos.
Título original: "The Last Letter from Your Lover".
Año: 2021
Duración: 110 min.
País: Reino Unido
Dirección: Augustine Frizzell
Guión: Nick Payne, Esta Spalding.
Música: Daniel Hart
Fotografía: George Steel
Reparto: Felicity Jones, Shailene Woodley, Callum Turner, Nabhaan Rizwan, Joe Alwyn, Ncuti Gatwa, Vilhelm Blomgren, Christian Brassington, Joakim Skarli, Ann Ogbomo, Alfredo Tavares, Manoj Anand, Xander Turian.
Productora: Blueprint Pictures y The Film Farm.
Distribuidora: Netflix
Género: Romance. Drama romántico
Desde su propio título “Las cosas que decimos, las cosas que hacemos” (“The Things We Say, the Things We Do”/“Les Choses qu’on dit, les choses qu’on fait”), la película de Emmanuel Mouret nos anuncia la paradoja que subyace en la pretensión misma de teorizar acerca de algo tan complejo, intangible, irracional, impredecible e inconstante como el amor romántico, a menudo confundido con el deseo y la pasión, o con algo aún peor, como el intento de elevarlo espiritualmente. Como si, para que fuese real, el amor tuviera que ser un sentimiento virtuoso y desinteresado, que antepone la felicidad del otro a la propia, renunciando al deseo de posesión del ser amado; o convertirse en platónica resignación, claudicando a las ataduras y convenciones sociales, que hacen imposible su disfrute y realización plenas sin dañar a otros.
De todo eso va esta gozosa comedia romántica, estrenada con enorme éxito en Francia (archipremiada con los César y los Lumiere), cuyo protagonista masculino Maxime (Niels Schneider) es sin duda una proyección de su propio director y guionista, disculpándose ya desde la escena inicial por aspirar a ser “un escritor de sentimientos”, algo tan poco interesante en nuestros días. A lo que su antagonista femenina, Daphné (maravillosa Camélia Jordana) le replica tranquilizadora que “eso nunca se sabe y que la mayoría de la gente que se cree interesante realmente no lo es”.
Este aspirante a escritor que se gana la vida haciendo traducciones, es primo de François (Vincent Macaigne), actual pareja de Daphné, embarazada de tres meses, quien le recibe en su casa de campo sola pues, por motivos de trabajo, François tardará unos días en volver de París. Así que ambos deciden hacer algo de turismo local y contarse sus vidas mientras le esperan. Sin pretenderlo, se irán conociendo (y enamorando) a través del relato de sus experiencias amorosas pasadas, construyendo un gran puzzle íntimo y sentimental, en el que se exploran temas como el desamor, la fidelidad, el sexo, los celos o la amistad, siempre bajo la premisa de observar sin juzgar a los protagonistas, en sus constantes contradicciones.
En este sentido, la narrativa de la película recuerda al mejor cine francés de Rohmer, Truffaut o Resnais, pero también a algunas de las mejores cintas de Woody Allen, por su habilidad para entrelazar historias y personajes de manera intencionadamente casual.
Así sabemos que Maxime estaba teniendo un affaire con una mujer casada, Victoire (Julia Piaton), sin sospechar que era la hermana de Sandra (Jenna Thiam), una antigua compañera de clase de quien ha estado siempre enamorado y con quien mantiene aún una tensión sexual no resuelta. Al reencontrarse al cabo de los años, Maxime le presenta a Sandra a su mejor amigo y compañero de piso, Gaspard (Guillaume Gouix), sin imaginar que entre ellos iba a surgir una atracción inmediata espoleada por el contraste de pareceres y caracteres, que los llevará a iniciar una tórrida relación pasional en la cual, sin saber cómo, termina siendo incluido, para acabar con el corazón hecho añicos confirmándose la máxima de que “en el amor, tres son multitud”.
Por su parte, Daphné le cuenta que estaba enamorada de David (Louis-Do de Lencquesaing), un realizador viudo, para el cual trabajaba montando sus documentales, confundiendo las señales de su interés en ella, que termina siendo meramente profesional y no sentimental como había fantaseado. Despechada, conoce a François, el primo de Maxime, y se va a la cama con él, sin intención de que su relación vaya más allá del rollo de una noche, a sabiendas de que está casado. Pero la cosa se complica cuando éste se enamora perdidamente de ella y su mujer, Louise (Èmilie Duquenne), decide dejarlo, en un gesto menos altruista de lo que inicialmente parece.
Con un ánimo más expositivo que crítico y con la dosis de humor justa, propiciada por ese cúmulo de casualidades que sirve de hilo conductor al relato, pero sin permitirse caer en el tópico de la comedia de enredo, Mouret nos va contando una historia absolutamente contemporánea acerca del mundo de las relaciones sentimentales, subrayando el tono de determinadas escenas con exquisitos fragmentos de la música de Chopin, Debussy, Mozart, Offenbach, Satie o Poulenc.
Sin ser la obra definitiva sobre el amor, que dada la complejidad del tema seguramente jamás llegará a escribirse, la película abarca un amplio catálogo de situaciones y reflexiones, en las que la idea romántica del amor que culturalmente hemos recibido (y que, como sabiamente explica uno de sus personajes, es como “una segunda piel de la que resulta imposible de deshacerse”) condiciona de manera decisiva la forma en la que nos relacionamos a ese nivel y, más aún, la forma en la que hablamos de nuestras relaciones, como si estuviésemos escribiendo la novela de nuestra propia vida a medida que la verbalizamos.
En palabras de Sergi Sánchez: “El amor nos hace personajes. Solo cuando lo contamos –es decir, cuando lo inventamos– se hace verdadero. Por eso los protagonistas de esta magnífica película explican sus historias de amor en clave de muñeca rusa infinita, sacando de la chistera tramas y subtramas para poner en escena no tanto la fragilidad de los sentimientos, sino también su inconsistencia. Queremos amar, pero nunca sabremos cómo. La teoría del deseo mimético que gravita sobre esta pandilla se traduce, gracias a la inteligencia de la propuesta de Mouret, en la repetición de gestos, dinámicas, traiciones y azares”.
«Deseamos el deseo de otra persona», como explica Daphné en una conversación en la que aparece esta teoría del filósofo francés René Girard, que ella conoce por un documental que montó y que explicaría por qué, por ejemplo, una persona adúltera siente revivir su atracción por la pareja a la que ha sido infiel, cuando esta despierta el interés de un tercero.
Para el crítico de La Razón: “Deseamos porque nos desean, algo tan volátil como envidiable«. Y que ya se exponía en «Amelie» (otro título inolvidable del cine francés, de cuyo estreno se cumplen precisamente ahora veinte años), cuando Amelie Poulain (Audrey Tautou, en el mejor papel de su carrera artística), empeñada en mejorar la vida de cuantos le rodean, intenta liar a la estanquera hipocondríaca, Georgette (Isabelle Nanty) y al macarra despechado, Joseph (Dominique Pinon), haciéndoles creer que el uno está interesado en la otra, y viceversa.
Huelga decir que «Las cosas que decimos, las cosas que hacemos» está muy lejos de la genialidad narrativa y estética de la legendaria obra de Jean-Pierre Jeunet, pero es una película solvente, pausada y bien contada, pese a sus constantes saltos temporales. Una historia para amantes del ritmo reflexivo del cine francés, con un punto de ironía contemporánea.
Título original: "Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait aka"
Año: 2020
Duración: 122 min.
País: Francia
Dirección y Guión: Emmanuel Mouret
Fotografía: Laurent Desmet
Reparto:
Camélia Jordana, Niels Schneider, Vincent Macaigne, Jenna Thiam, Émilie Dequenne, Guillaume Gouix, Julia Piaton, Jean-Baptiste Anoumon, Fanny Gatibelza, Claude Pommereau, Louis-Do de Lencquesaing, Milla Savarese, Lise Lomi
Productora: Moby Dick Films, Canal+, Ciné+
Género: "Dramedia" romántica
Hay películas que lo tienen todo para ser un éxito. Una prometedora sinopsis, una estética atractiva, un elenco de probada solvencia… y, sin embargo, pinchan en hueso. Es lo que le ha ocurrido a “La mujer de la ventana” (Netflix) por más empeño que su director, Joe Wright, haya puesto en que cada uno de sus planos (protagonizados por un reparto de lujo, encabezado por Amy Adams, Julianne Moore y Gary Oldman) nos recuerde al mejor cine de Alfred Hitchcock.
Desde el traveling inicial (“Cortina rasgada”) hasta el plano final de la escalera en picado (“Vértigo”); el chico perturbado, cuchillo en mano, apuñalando obsesivamente al inquilino (“Psicosis”) y la muy obvia escena del espionaje a los vecinos a través del teleobjetivo de una cámara fotográfica (“La ventana indiscreta”), todo en “La mujer de la ventana” pretende recordarnos al mejor cine de suspense creado por el célebre director británico y, sin embargo, la desconfianza inicial se convierte en decepción inmediata en cuanto nos percatamos de que, tras ese alarde cinéfilo, hay un desarrollo argumental bastante deplorable.
La razón no está tanto en la estética formal de la película, cuya atmósfera claustrofóbica, acorde al trastorno psicológico de su protagonista, está ciertamente bien lograda al situar la acción en un mismo escenario (un antiguo caserón de varias plantas y enormes ventanales, aunque pobremente iluminado por exigencias del guión), cuanto en el desarrollo de una historia cuya premisa inicial promete más que lo que finalmente es capaz de ofrecer.
La Dra. Anna Fox es una psicóloga infantil que sufre de agorafobia, lo que le hace insoportable poder pisar la calle, así que vive encerrada en su casa de Nueva York, la que en algún tiempo compartía con su hija y su marido (con el que la vemos hablar casi a diario), teniendo ahora inexplicablemente por toda compañía a su gato y a un misterioso inquilino, con pasado de expresidiario, que habita en el sótano.
Sus días transcurren confusos, debido a la pésima combinación de los fármacos que le receta su psicoterapeuta y el vino que consume en cantidades ingentes, mientras ve viejas películas y se dedica a espiar a sus vecinos.
Un día, mientras mira por la ventana, contempla un asesinato en el hogar de los Russell, una familia que acaba de mudarse al barrio. O al menos es lo que cree haber visto y así se lo cuenta a la policía. Sin embargo, nadie le cree.
La historia sufre entonces una deriva injustificada y poco verosímil, en la que los personajes secundarios cobran fuerza frente a la protagonista, pretendiendo convencerla de que su frágil mente enferma le ha jugado una mala pasada, cuestión que podría ser de interés y que, de hecho, en algún sentido lo es, pues gracias a ello nos enteramos de la naturaleza del verdadero trauma que arrastra la doctora (la mejor escena, a nivel estético, de todo el largometraje), si no fuera por las prisas que tiene el director en precipitarse hacia un final clarificador, demasiado torpe en ritmo y en forma.
Como suele suceder en este género, naturalmente el asesino no es quien la película sugiere de inicio, pero una vez desvelada su identidad real, de forma un tanto precipitada por las ansias del director en dejar claro que Amy Adams no estaba tan loca como parecía, sus absurdas motivaciones y salvaje comportamiento resultan tan forzados que, más que sobresalto, provocan hilaridad, siendo los diez minutos finales de la película un auténtico despropósito, con detalles más propios de una película de serie B, en donde la exageración y la truculencia rayan en el gore, llegando a salpicar de sangre la lente de la cámara, por ejemplo cuando Jane está siendo asesinada.
Nada en la película se explica de manera creíble y convincente. Ni la relación del Sr. Russell (un caricaturesco Gary Oldman) con su hijo (un exagerado Fred Hechinger, a quien solo le falta portar un enorme cartel que diga: “Mírenme, soy un psicópata”) ni con la madre biológica de este (una desenfadada Julianne Moore, cuya presencia en la película es tan fugaz como refrescante), ni el inquietante papel del inquilino expresidiario que nunca llegamos a saber realmente quién es ni cómo ni por qué ha llegado allí.
En resumen, un thriller fallido, cuya producción estuvo plagada de retrasos, reescrituras del guión y filmaciones adicionales, con un elenco llamativo encabezado por la infatigable Amy Adams, cuyos esfuerzos dramáticos por mostrar la vulnerabilidad del personaje de Anna e intentar acercarnos al caos psicológico que está atravesando, se ven saboteados por la deriva de un guion que no se sostiene, que desperdicia los mejores filones de la historia (como la agorafobia que sufre la protagonista que podría haber dado mucho más juego) y que finalmente naufraga en el ridículo y la parodia haciendo de “La mujer en la ventana” una película totalmente prescindible que desmerece la marca del gran Alfred Hitchcock con la que hábilmente se le ha querido asociar por interés comercial.
Título original:"The Woman in the Window"
Año: 2021
Duración: 100 min.
País: Reino Unido
Dirección: Joe Wright
Guión: Tracy Letts. Novela: A.J. Finn
Música: Danny Elfman
Fotografía: Bruno Delbonnel
Reparto: Amy Adams, Gary Oldman, Wyatt Russell, Fred Hechinger, Julianne Moore, Anthony Mackie, Jennifer Jason Leigh, Brian Tyree Henry, Tracy Letts, Jeanine Serralles, Liza Colón-Zayas, Mariah Bozeman, Daymien Valentino
Productora: Fox 2000 Pictures, Scott Rudin Productions, TSG Entertainment, 20th Century Studios.
Distribuidora: Netflix
Género: Intriga| Thriller psicológico