DESCUIDA, YO TE CUIDO

Probablemente el relativismo moral sea uno de los temas más recurrentes en la filmografía de las últimas décadas, pero pocas películas explican con tanta claridad su posición al respecto desde el minuto uno, como “Descuida, yo te cuido” (“I care a lot”), mezcla de thriller y de comedia negra en la que, más que brillar, resplandece con luz propia la actriz británica Rosamund Pike (“Perdida” “State of the Union”).

Escrita y dirigida por Jonathan Blakeson (“La desaparición de Alice”, “La quinta ola”) como una desenfadada sátira del sueño americano, la película (que Netflix estrenó en su plataforma para Latinoamérica y que en España puede verse en Amazon Prime) cuenta en primera persona la historia de Marla Grayson, narradora y artífice de su propio destino quien, desde el alegato inicial de presentación de su personaje, se dirige al espectador en tono desafiante, para advertirle de su falta de escrúpulos a la hora de conseguir aquello que se propone:

“Mírate, ahí en el sofá. Pensarás que eres buena persona. Pues no lo eres. Hazme caso. Las buenas personas no existen. Antes yo era como tú. Creía que, si me esforzaba y seguía las reglas, tendría éxito. Pero no. Lo de seguir las reglas es una broma que se inventaron los ricos para que los demás sigamos siendo pobres. Y yo he sido pobre. Pero eso no es lo mío. Porque en el mundo hay dos clases de personas: las que cogen y a las que les quitan. Los depredadores y las presas. Los leones y los corderos. Mi nombre es Marla Grayson y no soy un cordero. Soy una puta leona”.

Dispuesta a comerse el mundo antes de que este la devore a ella, con un aspecto siempre impecable que consigue machacándose cada día en el gimnasio, enfundada en trajes a medida, con su vaporizador y sus gafas de diseño, Marla es una mujer dura, competitiva, fría y calculadora, carente de brújula moral, capaz de llegar a extremos de crueldad inimaginables y que no se deja intimidar por los hombres. Todos ellos ingredientes imprescindibles en la fórmula del éxito, como la película pretende evidenciar.

Junto a su socia y amante, Fran (Eiza Gonzalez) y conchabada con una geriatra dispuesta a emitir informes falsos acerca del estado de salud de sus pacientes, ha montado un próspero negocio dedicado al supuesto cuidado de los intereses de personas de la tercera edad que básicamente consiste en encerrar a los abuelos en una residencia y despojarlos de sus bienes, valiéndose para ello de una sofisticada red de sobornos que implica a médicos, policías y directores de asilos, y cuya influencia se extiende hasta la propia justicia, que sistemáticamente consigue que se ponga de su parte dictaminando la necesidad de que estos ancianos queden bajo su tutela legal.

Ya desde las primeras escenas, vemos a Marla defender su farsa en la Corte ante la demanda de un hombre desesperado, a quien se le impide visitar a su madre en la residencia donde ha sido ingresada sin su consentimiento: “Cuidar es mi trabajo, mi profesión. Me ocupo de los que necesitan protección, protección de la apatía, de su propio orgullo, y a menudo protección de sus propios hijos”, le dice al juez, determinada a torcer el funcionamiento del sistema legal a su favor.

“Lo que me interesaba de ella era encontrar la clave de sus apetitos, su anhelo de riqueza y poder”, explicaba Pike (ganadora de un Globo de Oro por este trabajo), durante la promoción de la película. “Ella piensa: ‘Ya he perdido lo suficiente, ahora me toca ganar. Ahora voy a jugar sucio’. Y es el sistema el que permite que lo haga”.

De hecho, más allá de parodiar esa pulsión de triunfar a toda costa que subyace en el sueño americano, la película plantea una feroz crítica a la mercantilización de los sistemas de salud y asistencia social, basándose parcialmente en una historia real. La de Elizabeth Holmes, fundadora y CEO de la empresa Theranos, dedicada a servicios de salud y análisis clínicos que resultó ser un fraude monumental, quien terminó siendo acusada por sus propios empleados de engañar tanto a clientes como a inversores, siendo su empresa puesta bajo investigación federal.

“Vi con detenimiento todos los videos de Elizabeth Holmes para comprender ese ejercicio del arte de vender, esa inminente bancarrota moral que sin embargo consigue ser lo bastante convincente, como para poner a la gente de tu lado”, confesaba Pike. “No me basé en Holmes para construir a Marla como personaje, pero observé los pequeños detalles de su comportamiento, su lenguaje corporal, el movimiento de sus párpados, y ese pretendido discurso de sinceridad. La idea era que los argumentos de Marla fueran solventes y razonables”.

Tanto como suelen serlo en la vida misma. Y es que la película de Blakeson es una historia sobre timadores, estafadores, corruptos, personas capaces de hacer cualquier cosa con tal de llenarse los bolsillos, gente que camina entre nosotros y que a menudo se convierte en sujeto de admiración pública, por su capacidad de autosuperación.

Marla es una «emprendedora» nata. Como dice su voz en off abriendo la película, una mujer que se hizo a si misma de la nada y que siempre supo que había que pelear para conseguir aquello que se ambiciona. Inteligente, decidida, algo temeraria, se mueve y piensa rápido, acechando a su presa, como una bestia depredadora en medio de la selva, siempre en el filo de la legalidad, manteniendo el equilibrio. Su trabajo es una trampa, una estafa permitida y amparada por el sistema. Y planta cara a su adversario en un juego a vida o muerte, sin temer a esta.

“Para triunfar en este país hay que ser valiente, estúpida, implacable y concentrarse, porque siguiendo las reglas no llegas a ninguna parte. Así es como pierdes. Y yo quiero ser rica Lunyov, jodidamente rica. Diez millones de dólares no es demasiado para ti, pero para mí son un comienzo, suficiente para usar el dinero como arma, como maza, igual que hacen los ricos de verdad”, chantajea a su captor, un despiadado capo de la mafia rusa dispuesto a acabar con ella por haber encerrado a su madre en una institución geriátrica sin saber a quién se la estaba jugando, que contra todo pronóstico acaba prendado de su arrojo, determinación y “talento para los negocios”.

Tanto Peter Dinklage (“Juego de Tronos”), innegablemente eficaz aunque algo estereotipado y sobreactuado en su interpretación del bipolar gángster, aficionado a los dulces, a quien todos temen y que pareciera ser la némesis de Marla, esto es: la única persona con el mismo nivel de crueldad e inmoralidad que la protagonista; como la veterana Dianne Wiest (“Hannah y sus hermanas”), impecable en el papel de su anciana (y aparentemente inofensiva, aunque enigmática y peligrosa) madre, resultan un acompañamiento exquisito para Rosamund Pike que se crece en las escenas que comparte con ambos.

Sin embargo, hay aspectos en los que la película desbarra a mi juicio. Uno de ellos es el abuso que hace del tópico de la mujer fuerte, con constantes alusiones a la intimidación que ello provoca en los hombres, y la deriva que, en un momento dado, se produce en el personaje de Marla, dotándola de una capacidad de supervivencia poco creíble, como en la escena en la que, aún habiendo sido previamente dopada, consigue escapar de la muerte saliendo aparatosamente de un automóvil hundido en las profundidades de un río, otorgándole superpoderes que resultan exagerados e inexplicables desde un punto de vista argumental. O la caricatura en la que se termina convirtiendo la banda de mafiosos, siendo los secuaces de Roman Lunyov lo bastante estúpidos como para ser abatidos a las primeras de cambio.

Con todo, lo que menos me gusta de la película de Jonathan Blakeson (que, más allá de las lecciones aprendidas en esa «escuela para personajes perturbados» que son las peliculas de David Fincher, por momentos recuerda al tono y el registro narrativo empleado en algunas de las mejores creaciones de Danny DeVito) es la contradicción en la que incurre cuando, después de haberse atrevido a confeccionar un personaje tan malvado, cínico y temerario, como Marla Grayson, cuyo comportamiento ni siquiera se molesta en intentar excusar o justificar a lo largo del filme con apelaciones a traumas del pasado o patrañas similares, el director británico cede finalmente a la presión moral y decide elaborar un desenlace que parece más destinado a complacer al espectador dando “su merecido” a un ser tan carismático como éticamente despreciable, y abundando con ello en la manida, cuestionable e idealizada moraleja de que “quien mal hace, mal acaba”.

Título original: "I Care a Lot"

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Reino Unido

Dirección: Jonathan Blakeson

Guión: J. Blakeson

Música: Marc Canham

Fotografía: Doug Emmett, Mike Valentine

Reparto: Rosamund Pike, Peter Dinklage, Eiza González, Dianne Wiest, Chris Messina, Isiah Whitlock Jr., Macon Blair, Damian Young, Arthur Hiou, Jamie Ghazarian, Kayla Caulfield, Georgia Lyman, Leah Procito...

Productora: Black Bear Pictures, Crimple Beck. Distribuidora: Netflix, GEM Entertainment. Amazon Original.

Género: Thriller. Comedia negra. 

NOMADLAND

Si he de ser sincera, tendré que empezar por confesar que no me ha gustado “Nomadland”, aunque me lluevan piedras por ello. De hecho, encuentro difícil que una sociedad como la nuestra, en la que la cultura aspiracional de poseer un “techo propio” está tan arraigada, pueda llegar a empatizar (más allá del clásico postureo pseudo-progre) con la bucólica visión de la vida ambulante que nos propone la celebrada película, escrita y dirigida por la asiática-estadounidense Chloé Zhao, para lucimiento de su productora y protagonista absoluta, Frances McDormand, y que parte como favorita para hacerse con el Oscar a la Mejor Película y la Mejor Dirección, en la edición de este año.

En mi caso, creo que la razón principal de que no llegara a convencerme es que, tras leer y escuchar a Jessica Bruder, autora de “Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century” (País nómada: supervivientes del siglo XXI), en el que está basado su argumento, esperaba que el planteamiento fuese otro, uno menos hippie, romántico e idealista y más pegado a la denuncia social que, en mi opinión, era la intención que la animó a escribir este libro-reportaje, en el que expone las durísimas condiciones en las que viven los llamados workampers estadounidenses, trabajadores nómadas, muchos de ellos en edad de jubilación, a los que la pensión no les llega para pagar un alquiler o una hipoteca, viéndose obligados a recorrer el país en busca de empleos temporales (la mayoría mal pagados, por tratarse de mano de obra poco cualificada), a bordo de caravanas, furgonetas o remolques que acondicionan lo mejor que pueden, para hacer de ellos lo más parecido a una confortable casa rodante; durmiendo en solares públicos y aparcamientos de centros comerciales o acampando en medio de la nada, contándose sus vidas cuando cae la tarde, reunidos al calor de una fogata improvisada.

La película de Zhao y McDormand se centra en la vida de Fern, una viuda de mediana edad, traumatizada por el fallecimiento de su esposo a consecuencia de un cáncer terminal, no está claro si antes o después de que la fábrica en la que trabajaba cerrase a causa de la crisis económica y el pueblo minero en el que vivían (una especie de colonia o ciudad dormitorio construido por y para sus trabajadores) se vaciara por completo, al partir sus habitantes en busca de nuevas oportunidades.

Desde ese triste punto de partida, asistimos a una road movie rodada con la técnica del documental, que traza el recorrido físico y espiritual de esta mujer, un viaje interior y exterior hacia la luz, que la lleva de las gélidas tierras del norte, en la frontera con Canadá, al desértico sur de los Estados Unidos, en la frontera con México, y que emprende sola, aunque por el camino vaya haciendo amigos y adaptándose cada vez mejor a su nueva vida itinerante. Al punto de que, cuando se le presenta la ocasión de recuperar lo que una vez tuvo, un techo y cuatro paredes en las que guarecerse y lo más parecido a una familia de acogida, opta por seguir su camino priorizando sus ansias de libertad a la sensación de seguridad.

Quienes adoran la película hablan, con justicia, de su belleza paisajística y de una fotografía bien cuidada, cuyo máximo exponente son esos arrebolados atardeceres, en los que el cielo parece estar en llamas. Además, claro está, de elogiar el trabajo de su protagonista, a quien yo sin embargo encuentro en exceso aletargada. Su presencia constante en cada plano, con la misma actitud zen, entre impávida y contemplativa (como si estuviese bajo los efectos de algún sedante) se me hizo algo tediosa, al igual que el ritmo narrativo, demasiado lento y repetitivo.

Pero, sin duda, una de las cosas que más me chirrían de “Nomadland” es la manera en la que consigue pasar de puntillas por lo que, para Jessica Bruder (especializada en retratar las subculturas que han germinado en ese país, en el último siglo), fue precisamente el fundamento de su investigación, el motivo que la llevó a pasar tres años en la carretera y recorrer más de 24.000 kilómetros a bordo de una autocaravana que bautizó como “Van Halen”, para convivir con esos nómadas postmodernos, que no es otra cosa sino su interés por atestiguar las pésimas condiciones laborales, de precariedad y explotación, a las que la empresa Amazon y otros patronos inescrupulosos someten a sus temporeros (personal eventual contratado para campañas puntuales de trabajo), sin tener en cuenta su edad o fragilidad física.

“Hacer turnos de 12 horas al aire libre en la recogida de la remolacha azucarera en Dakota del Norte era agotador. Teníamos que colocar remolachas del tamaño de bolas de bolera en una máquina que les quitaba la tierra y las escupía para formar una pila enorme. Después de pasar varios días haciéndolo, sentí que estaba tan dolorida que parecía que todas las lesiones musculares que he tenido a lo largo de mi vida habían regresado”, relata la periodista y escritora desde su casa de Brooklin, en una entrevista publicada a finales del año pasado en un suplemento del diario El País, en la que también cuenta, cómo trabajó para Amazon, en lo que la empresa llama fulfillment center, un enorme espacio robotizado donde se preparan los envíos a los clientes, y en el que prácticamente era la única que no peinaba canas.

“Estaba en el turno de noche y sentía que me estaban lobotomizando lentamente, porque el trabajo era muy monótono. El almacén tenía un mural que decía, “la variación es el enemigo” (una variante de la maldición de Auschwitz: “Arbeit macht frei”). Allí conocí a un trabajador de 77 años que me contó que tenía las rodillas destrozadas por trabajar como mecánico en una empresa minera de cobre. Cuando me lo imaginé realizando el trabajo que hacíamos, que implicaba hacer miles de sentadillas y estiramientos para acceder a diferentes estantes de mercancías durante un turno de diez horas… se me rompió el corazón”, explicaba Jessica, a quien le pareció “distópico” que estadounidenses en edad de jubilación y sin residencia fija fueran contratados para desempeñar trabajos como ese.

Huelga decir que Amazon recibe un subsidio por contratar a personas mayores (entre un 25% y un 40% de su sueldo), de ahí que tenga tanto interés en emplearlos, especialmente cuando existen picos de trabajo como, por ejemplo, en Navidad. La compañía es famosa por tener en sus almacenes expendedores gratuitos de ibuprofeno.

Sin embargo, nada de esto se refleja en la película. Por el contrario, si nos atenemos a su estricto visionado, podríamos extraer la engañosa conclusión de que se trata casi de una empresa benefactora pues, como llega a decir la protagonista, en tono agradecido: “me gusta, pagan muy bien”. Por lo que esta clase de trabajadores se pasan un año entero esperando la oportunidad de volver a ser sus empleados, viviendo entretanto de los pocos dólares que consiguen ganar realizando otras labores no menos ingratas, como limpiar los retretes y zonas comunes de los campamentos del National Forest de California.

En ese sentido, el imperio de Jeff Bezos, a cuya influencia no consigue escapar ni siquiera Hollywood, se va de rositas en la adaptación cinematográfica, por más que haya quien lo pase por alto haciendo una segunda lectura, según la cual, la película de Zhao y McNormand (paradógicamente producida por una de las mayores multinacionales del planeta, como es Disney) pretende ser una propuesta radical, en la que se pone en valor la opción de aquellas personas que han decidido abandonar la rueda productiva para optar por otro modo de vida más sostenible, al margen de la sociedad de consumo, donde el trabajo no sea el principio y fin que dé sentido a nuestra existencia, sino simplemente un medio para conseguir lo imprescindible para la supervivencia, sin grandes lujos ni necesidades creadas por el mercado, pero con mucha mayor libertad y creando vínculos más fuertes y auténticos que los que acostumbramos a crear, condicionados por las prisas, el interés o la superficialidad.

Una interpretación loable pero, en todo caso matizable, si nos preguntamos hasta qué punto podemos hablar de una decisión personal o una elección voluntaria de vida, cuando nos estamos refiriendo a personas que no siempre vivieron así y a quienes las desdichadas circunstancias transformaron en perdedores, orillándolos hacia la exclusión social y dejándoles en realidad muy pocas opciones.

“Esa gente tenía casas, hijos y vidas normales, hasta el fatídico 2008. Algunos vieron como sus ahorros, sus casas o sus negocios se esfumaron con la crisis de las hipotecas subprime. Otros tuvieron toda la vida trabajos de bajos salarios y con el aumento del precio de la vivienda se dieron cuenta de que no podían pagar. Todos son víctimas del raquitismo del sistema de pensiones de Estados Unidos”, recuerda Bruder. Con lo que queda claro que tal autodeterminismo no existe, al menos como punto de partida.

Esas personas no optaron por esa vida trashumante, se vieron abocadas a ella al tener que renunciar al gasto más importante que tenemos todos: la vivienda. Esa es la razón (y no una suerte de epifanía o un acto voluntarista) de que decidan convertirse en errantes buscavidas, víctimas de una maquinaria productiva inmisericorde, a la que periódicamente tienen que volver si quieren sobrevivir. Que después le cojan el gusto y desarrollen toda una filosofía acerca de sus ventajas y virtudes, reconociendo que hay algo romántico y típicamente americano en esa forma de vida, muy relacionado con el intrépido espíritu de los primeros colonos norteamericanos, es otra cosa.

“Muchos de los nómadas que conocí creían firmemente en la autosuficiencia. Pero al mismo tiempo eran muy generosos entre ellos, construyendo redes informales de ayuda mutua”, explica Jessica. Algo que sí está muy bien reflejado en la película, con esos mercadillos improvisados que los campers organizan para «soltar lastre», en los que practican el trueque de toda clase de enseres, algunos de primera necesidad y otros a los que se otorga un valor sentimental u ornamental, como las piezas sueltas de una antigua y delicada vajilla de porcelana que Fern lleva consigo y conserva como una reliquia, una última concesión al hedonismo y la belleza de su vida anterior, a los que tuvo que renunciar, reduciendo al mínimo las pertenencias que podía llevar consigo, por razones de espacio.

Un buen ejemplo de esa renuncia a lo superfluo o accesorio es el propio aspecto físico de la protagonista (comparable al de una monja seglar), quien se corta el pelo a sí misma a tijera y luce siempre la cara lavada, sin maquillajes ni afeites, al igual que el resto de sus compañeras, mujeres de mediana y avanzada edad que viajan solas. Lo cual quizá no resulte tan sorprendente, si tenemos en cuenta que, en promedio, las mujeres ganan mucho menos que los hombres a lo largo de su vida laboral y viven más tiempo. Por lo que tienen menos ahorros y pensiones más reducidas.

Tampoco pasa desapercibido el hecho de que los trabajadores nómadas de los que se habla, tanto en la película como en el libro, sean fundamentalmente de origen caucásico. El motivo está bastante claro: “Es más fácil para las personas blancas vivir en la carretera, en una sociedad donde el racismo, el rechazo a los inmigrantes y la xenofobia ha cobrado una fuerza tan espantosa, incluso por parte de las autoridades. Sin embargo, a mí, como mujer blanca, durante todo el tiempo que estuve viajando me pararon una sola vez debido a una infracción y la policía me dejó seguir mi camino tras una simple advertencia”, argumenta Bruder.

Y es que, por más atractiva e idílica que resulte la idea de vivir al día, sin anclajes ni ataduras, al igual que sucede con los homeless (gente sin hogar que deambula por las ciudades), la realidad es que los workampers son en extremo vulnerables. Nadie les protege y viven desarraigados.

“Al vivir en un vehículo, estás a un eje roto de quedarte sin hogar. De ahí que algunas de las personas que conocí soñaran con volver a tener una casa y ahorraban dinero para comprar un trozo de tierra y construirla. Otros, en cambio, pretendían seguir en la carretera todo el tiempo que pudieran conducir y no tenían ningún plan sobre lo que hacer después”, dice Jessica, quien no duda en expresar su temor de que estas personas sean «la avanzadilla de un futuro distópico», en el que, si nadie lo remedia y las grandes compañías siguen creciendo sin regulaciones que limiten su poder, muchos podríamos acabar viviendo de manera similar.

“En Estados Unidos, nuestro gobierno no ha aplicado correctamente las leyes antimonopolio y eso es parte de la razón por la que nuestra clase media está desapareciendo. Hoy en día, los directores ejecutivos de las grandes corporaciones cobran 370 veces más que el trabajador medio. Estamos transitando una senda muy peligrosa. Mientras tanto, en la última década, las reglas que limitan las donaciones corporativas a campañas políticas han desaparecido, lo cual es terrible: el gobierno debe trabajar para todos nosotros, no solo para unas pocas personas en la cima de la pirámide”, se reafirma en la denuncia que hace en su libro y a la que la película “Nomadland”, lejos de replicar en su literalidad, apenas se asoma, centrada más en promover un “estilo de vida alternativo”, teorizado e idealizado por gurús como Bob Wells que se interpreta a sí mismo en el film, empleando un tono poético y una filosofía “happy flower”, que apela a la libertad individual para normalizar lo que no es más que la triste y peligrosa deriva de un sistema disfuncional en el que, como dice Bruder, si nos descuidamos, podemos acabar siendo todos temporeros.

Título original: "Nomadland"

Año: 2020

Duración: 108 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Chloé Zhao

Guión: Chloé Zhao. 

Libro: Jessica Bruder 

Música: Ludovico Einaudi

Fotografía: Joshua James Richards

Reparto: Frances McDormand, David Strathairn, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay DeForest, Patricia Grier

Productora: Highwayman Films, Cor Cordium Productions, Hear/Say Productions.
 
Distribuidora: Searchlight Pictures, Walt Disney Pictures

Género: Drama | Road Movie. Naturaleza. Crisis económica 2008. Cine independiente