NOMADLAND

Si he de ser sincera, tendré que empezar por confesar que no me ha gustado “Nomadland”, aunque me lluevan piedras por ello. De hecho, encuentro difícil que una sociedad como la nuestra, en la que la cultura aspiracional de poseer un “techo propio” está tan arraigada, pueda llegar a empatizar (más allá del clásico postureo pseudo-progre) con la bucólica visión de la vida ambulante que nos propone la celebrada película, escrita y dirigida por la asiática-estadounidense Chloé Zhao, para lucimiento de su productora y protagonista absoluta, Frances McDormand, y que parte como favorita para hacerse con el Oscar a la Mejor Película y la Mejor Dirección, en la edición de este año.

En mi caso, creo que la razón principal de que no llegara a convencerme es que, tras leer y escuchar a Jessica Bruder, autora de “Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century” (País nómada: supervivientes del siglo XXI), en el que está basado su argumento, esperaba que el planteamiento fuese otro, uno menos hippie, romántico e idealista y más pegado a la denuncia social que, en mi opinión, era la intención que la animó a escribir este libro-reportaje, en el que expone las durísimas condiciones en las que viven los llamados workampers estadounidenses, trabajadores nómadas, muchos de ellos en edad de jubilación, a los que la pensión no les llega para pagar un alquiler o una hipoteca, viéndose obligados a recorrer el país en busca de empleos temporales (la mayoría mal pagados, por tratarse de mano de obra poco cualificada), a bordo de caravanas, furgonetas o remolques que acondicionan lo mejor que pueden, para hacer de ellos lo más parecido a una confortable casa rodante; durmiendo en solares públicos y aparcamientos de centros comerciales o acampando en medio de la nada, contándose sus vidas cuando cae la tarde, reunidos al calor de una fogata improvisada.

La película de Zhao y McDormand se centra en la vida de Fern, una viuda de mediana edad, traumatizada por el fallecimiento de su esposo a consecuencia de un cáncer terminal, no está claro si antes o después de que la fábrica en la que trabajaba cerrase a causa de la crisis económica y el pueblo minero en el que vivían (una especie de colonia o ciudad dormitorio construido por y para sus trabajadores) se vaciara por completo, al partir sus habitantes en busca de nuevas oportunidades.

Desde ese triste punto de partida, asistimos a una road movie rodada con la técnica del documental, que traza el recorrido físico y espiritual de esta mujer, un viaje interior y exterior hacia la luz, que la lleva de las gélidas tierras del norte, en la frontera con Canadá, al desértico sur de los Estados Unidos, en la frontera con México, y que emprende sola, aunque por el camino vaya haciendo amigos y adaptándose cada vez mejor a su nueva vida itinerante. Al punto de que, cuando se le presenta la ocasión de recuperar lo que una vez tuvo, un techo y cuatro paredes en las que guarecerse y lo más parecido a una familia de acogida, opta por seguir su camino priorizando sus ansias de libertad a la sensación de seguridad.

Quienes adoran la película hablan, con justicia, de su belleza paisajística y de una fotografía bien cuidada, cuyo máximo exponente son esos arrebolados atardeceres, en los que el cielo parece estar en llamas. Además, claro está, de elogiar el trabajo de su protagonista, a quien yo sin embargo encuentro en exceso aletargada. Su presencia constante en cada plano, con la misma actitud zen, entre impávida y contemplativa (como si estuviese bajo los efectos de algún sedante) se me hizo algo tediosa, al igual que el ritmo narrativo, demasiado lento y repetitivo.

Pero, sin duda, una de las cosas que más me chirrían de “Nomadland” es la manera en la que consigue pasar de puntillas por lo que, para Jessica Bruder (especializada en retratar las subculturas que han germinado en ese país, en el último siglo), fue precisamente el fundamento de su investigación, el motivo que la llevó a pasar tres años en la carretera y recorrer más de 24.000 kilómetros a bordo de una autocaravana que bautizó como “Van Halen”, para convivir con esos nómadas postmodernos, que no es otra cosa sino su interés por atestiguar las pésimas condiciones laborales, de precariedad y explotación, a las que la empresa Amazon y otros patronos inescrupulosos someten a sus temporeros (personal eventual contratado para campañas puntuales de trabajo), sin tener en cuenta su edad o fragilidad física.

“Hacer turnos de 12 horas al aire libre en la recogida de la remolacha azucarera en Dakota del Norte era agotador. Teníamos que colocar remolachas del tamaño de bolas de bolera en una máquina que les quitaba la tierra y las escupía para formar una pila enorme. Después de pasar varios días haciéndolo, sentí que estaba tan dolorida que parecía que todas las lesiones musculares que he tenido a lo largo de mi vida habían regresado”, relata la periodista y escritora desde su casa de Brooklin, en una entrevista publicada a finales del año pasado en un suplemento del diario El País, en la que también cuenta, cómo trabajó para Amazon, en lo que la empresa llama fulfillment center, un enorme espacio robotizado donde se preparan los envíos a los clientes, y en el que prácticamente era la única que no peinaba canas.

“Estaba en el turno de noche y sentía que me estaban lobotomizando lentamente, porque el trabajo era muy monótono. El almacén tenía un mural que decía, “la variación es el enemigo” (una variante de la maldición de Auschwitz: “Arbeit macht frei”). Allí conocí a un trabajador de 77 años que me contó que tenía las rodillas destrozadas por trabajar como mecánico en una empresa minera de cobre. Cuando me lo imaginé realizando el trabajo que hacíamos, que implicaba hacer miles de sentadillas y estiramientos para acceder a diferentes estantes de mercancías durante un turno de diez horas… se me rompió el corazón”, explicaba Jessica, a quien le pareció “distópico” que estadounidenses en edad de jubilación y sin residencia fija fueran contratados para desempeñar trabajos como ese.

Huelga decir que Amazon recibe un subsidio por contratar a personas mayores (entre un 25% y un 40% de su sueldo), de ahí que tenga tanto interés en emplearlos, especialmente cuando existen picos de trabajo como, por ejemplo, en Navidad. La compañía es famosa por tener en sus almacenes expendedores gratuitos de ibuprofeno.

Sin embargo, nada de esto se refleja en la película. Por el contrario, si nos atenemos a su estricto visionado, podríamos extraer la engañosa conclusión de que se trata casi de una empresa benefactora pues, como llega a decir la protagonista, en tono agradecido: “me gusta, pagan muy bien”. Por lo que esta clase de trabajadores se pasan un año entero esperando la oportunidad de volver a ser sus empleados, viviendo entretanto de los pocos dólares que consiguen ganar realizando otras labores no menos ingratas, como limpiar los retretes y zonas comunes de los campamentos del National Forest de California.

En ese sentido, el imperio de Jeff Bezos, a cuya influencia no consigue escapar ni siquiera Hollywood, se va de rositas en la adaptación cinematográfica, por más que haya quien lo pase por alto haciendo una segunda lectura, según la cual, la película de Zhao y McNormand (paradógicamente producida por una de las mayores multinacionales del planeta, como es Disney) pretende ser una propuesta radical, en la que se pone en valor la opción de aquellas personas que han decidido abandonar la rueda productiva para optar por otro modo de vida más sostenible, al margen de la sociedad de consumo, donde el trabajo no sea el principio y fin que dé sentido a nuestra existencia, sino simplemente un medio para conseguir lo imprescindible para la supervivencia, sin grandes lujos ni necesidades creadas por el mercado, pero con mucha mayor libertad y creando vínculos más fuertes y auténticos que los que acostumbramos a crear, condicionados por las prisas, el interés o la superficialidad.

Una interpretación loable pero, en todo caso matizable, si nos preguntamos hasta qué punto podemos hablar de una decisión personal o una elección voluntaria de vida, cuando nos estamos refiriendo a personas que no siempre vivieron así y a quienes las desdichadas circunstancias transformaron en perdedores, orillándolos hacia la exclusión social y dejándoles en realidad muy pocas opciones.

Esa gente tenía casas, hijos y vidas normales, hasta el fatídico 2008. Algunos vieron como sus ahorros, sus casas o sus negocios se esfumaron con la crisis de las hipotecas subprime. Otros tuvieron toda la vida trabajos de bajos salarios y con el aumento del precio de la vivienda se dieron cuenta de que no podían pagar. Todos son víctimas del raquitismo del sistema de pensiones de Estados Unidos”, recuerda Bruder. Con lo que queda claro que tal autodeterminismo no existe, al menos como punto de partida.

Esas personas no optaron por esa vida trashumante, se vieron abocadas a ella al tener que renunciar al gasto más importante que tenemos todos: la vivienda. Esa es la razón (y no una suerte de epifanía o un acto voluntarista) de que decidan convertirse en errantes buscavidas, víctimas de una maquinaria productiva inmisericorde, a la que periódicamente tienen que volver si quieren sobrevivir. Que después le cojan el gusto y desarrollen toda una filosofía acerca de sus ventajas y virtudes, reconociendo que hay algo romántico y típicamente americano en esa forma de vida, muy relacionado con el intrépido espíritu de los primeros colonos norteamericanos, es otra cosa.

“Muchos de los nómadas que conocí creían firmemente en la autosuficiencia. Pero al mismo tiempo eran muy generosos entre ellos, construyendo redes informales de ayuda mutua”, explica Jessica. Algo que sí está muy bien reflejado en la película, con esos mercadillos improvisados que los campers organizan para «soltar lastre», en los que practican el trueque de toda clase de enseres, algunos de primera necesidad y otros a los que se otorga un valor sentimental u ornamental, como las piezas sueltas de una antigua y delicada vajilla de porcelana que Fern lleva consigo y conserva como una reliquia, una última concesión al hedonismo y la belleza de su vida anterior, a los que tuvo que renunciar, reduciendo al mínimo las pertenencias que podía llevar consigo, por razones de espacio.

Un buen ejemplo de esa renuncia a lo superfluo o accesorio es el propio aspecto físico de la protagonista (comparable al de una monja seglar), quien se corta el pelo a sí misma a tijera y luce siempre la cara lavada, sin maquillajes ni afeites, al igual que el resto de sus compañeras, mujeres de mediana y avanzada edad que viajan solas. Lo cual quizá no resulte tan sorprendente, si tenemos en cuenta que, en promedio, las mujeres ganan mucho menos que los hombres a lo largo de su vida laboral y viven más tiempo. Por lo que tienen menos ahorros y pensiones más reducidas.

Tampoco pasa desapercibido el hecho de que los trabajadores nómadas de los que se habla, tanto en la película como en el libro, sean fundamentalmente de origen caucásico. El motivo está bastante claro: “Es más fácil para las personas blancas vivir en la carretera, en una sociedad donde el racismo, el rechazo a los inmigrantes y la xenofobia ha cobrado una fuerza tan espantosa, incluso por parte de las autoridades. Sin embargo, a mí, como mujer blanca, durante todo el tiempo que estuve viajando me pararon una sola vez debido a una infracción y la policía me dejó seguir mi camino tras una simple advertencia”, argumenta Bruder.

Y es que, por más atractiva e idílica que resulte la idea de vivir al día, sin anclajes ni ataduras, al igual que sucede con los homeless (gente sin hogar que deambula por las ciudades), la realidad es que los workampers son en extremo vulnerables. Nadie les protege y viven desarraigados.

“Al vivir en un vehículo, estás a un eje roto de quedarte sin hogar. De ahí que algunas de las personas que conocí soñaran con volver a tener una casa y ahorraban dinero para comprar un trozo de tierra y construirla. Otros, en cambio, pretendían seguir en la carretera todo el tiempo que pudieran conducir y no tenían ningún plan sobre lo que hacer después”, dice Jessica, quien no duda en expresar su temor de que estas personas sean «la avanzadilla de un futuro distópico», en el que, si nadie lo remedia y las grandes compañías siguen creciendo sin regulaciones que limiten su poder, muchos podríamos acabar viviendo de manera similar.

“En Estados Unidos, nuestro gobierno no ha aplicado correctamente las leyes antimonopolio y eso es parte de la razón por la que nuestra clase media está desapareciendo. Hoy en día, los directores ejecutivos de las grandes corporaciones cobran 370 veces más que el trabajador medio. Estamos transitando una senda muy peligrosa. Mientras tanto, en la última década, las reglas que limitan las donaciones corporativas a campañas políticas han desaparecido, lo cual es terrible: el gobierno debe trabajar para todos nosotros, no solo para unas pocas personas en la cima de la pirámide”, se reafirma en la denuncia que hace en su libro y a la que la película “Nomadland”, lejos de replicar en su literalidad, apenas se asoma, centrada más en promover un “estilo de vida alternativo”, teorizado e idealizado por gurús como Bob Wells que se interpreta a sí mismo en el film, empleando un tono poético y una filosofía “happy flower”, que apela a la libertad individual para normalizar lo que no es más que la triste y peligrosa deriva de un sistema disfuncional en el que, como dice Bruder, si nos descuidamos, podemos acabar siendo todos temporeros.

Título original: "Nomadland"

Año: 2020

Duración: 108 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Chloé Zhao

Guión: Chloé Zhao. 

Libro: Jessica Bruder 

Música: Ludovico Einaudi

Fotografía: Joshua James Richards

Reparto: Frances McDormand, David Strathairn, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay DeForest, Patricia Grier

Productora: Highwayman Films, Cor Cordium Productions, Hear/Say Productions.
 
Distribuidora: Searchlight Pictures, Walt Disney Pictures

Género: Drama | Road Movie. Naturaleza. Crisis económica 2008. Cine independiente 

Deja un comentario