No recuerdo en qué lugar leí una vez que, más que para el amor, los seres humanos estamos programados para compartir soledades, pero debe de ser cierto a juzgar por cómo personas malheridas, cuyo corazón y autoestima han resultado gravemente dañados por la arriesgada experiencia de amar, reinciden una y otra vez en el intento de vivir en pareja, incluso resultando tan complicado conciliar mundos tan distintos y distantes, como los de “Ali & Ava” (“los protagonistas más inesperados de una historia de amor imposible”, según se ha escrito en algún portal digital). Personajes cuyos nombres de pila dan título a la cuarta película de la cineasta británica Clio Barnard, presentada en la Quincena de Realizadores de la última edición del Festival de Cannes y nominada a los Premios Bafta de este año, en las categorías de Mejor Película Británica y Mejor Actor Protagonista.
Con pleno dominio de la narrativa del cine de carácter social centrada en la vida de gente sencilla, común y corriente (cuyo máximo exponente en el Reino Unido es Ken Loach), Barnard nos cuenta la emotiva historia de un hombre y una mujer de mediana edad, pertenecientes a distintas etnias que a duras penas conviven en el extrarradio de cualquiera de las grandes urbes europeas de hoy en día. En este caso Londres, donde Ali (Adeel Akhtar), un dj de origen pakistaní reciclado en buscavidas que ocasionalmente ejerce de taxista o de recaudador de alquileres, perteneciente a una familia conservadora a la que no se atreve a confesar que, aunque sigue viviendo bajo el mismo techo que su joven y bella esposa (también de origen indio-bangladeshí), ya no comparten el mismo lecho; y Ava (Claire Rushbrook), víctima de violencia de género, madre de cuatro hijos de distinto padre (uno de ellos skinhead), joven abuela y profesora auxiliar de una escuela pública infantil, se conocen manera casual y entablan una relación de amistad que pronto pasa a mayores.
A simple vista se observa que se trata de dos buenas personas que no tienen casi nada en común, cuyo primer nexo de unión sin embargo es la música que les sirve de catarsis y de refugio emocional ante una vida que no ha sido demasiado benévola con ellos. Aunque, también en eso, se impone la diferencia entre ambos, pues mientras a ella le van el country y el folk de Karen Dalton que la conecta con sus orígenes irlandeses, Alí disfruta con ritmos más contemporáneos, como el punk o el rap, que tienen para el un efecto casi curativo, pues le ayudan a relajarse y a descargar la frustración acumulada, especialmente desde la dolorosa pérdida del bebé que esperaba con su mujer, Runa (Ellora Torchia) y la decisión de esta de separarse de él, un hecho que no termina de aceptar.
Por las rendijas de esta relación de amor adulto, Barnard cuela con sutileza las distintas problemáticas sociales a las que deben hacer frente los habitantes de estos suburbios, pintando un cuadro casi hiperrealista de ese entorno de gente humilde y trabajadora, de clase social baja, en donde la desigualdad social, la ignorancia y la pobreza se convierten en caldo de cultivo del racismo, el odio y la intolerancia y en el que se hace difícil sobrellevar determinados problemas psicológicos, derivados o no del propio estrés que genera el contexto social, como el principio de autismo de Sofía, la hija de los inquilinos eslovacos de Ali, a la que Ava sirve de profesora de apoyo en una escuela pública que visiblemente apuesta por la integración, o el de su amiga y vecina que padece un trastorno bipolar de la personalidad.
Frente a ello, la película quiere ser un canto a la solidaridad y a la aceptación del otro sin reservas, con su cultura, su religión, su presente y su pasado incluidos. Así como un homenaje al concepto más contemporáneo de familia, valiéndose de la música (desde temas de Sammi Smith, The Specials, los Buzzcocks o Bob Dylan, hasta un concierto de piano de Rachmaninoff), como punto de unión y de hermandad de todas las razas, al atribuirle el poder de eliminar las diferencias y crear un lugar de encuentro.
Nacida al norte de Inglaterra, Barnard recuerda cómo cuando era joven, en los años 80, había allí «un racismo muy explícito». «The Specials, un grupo que escuchábamos, eran antirracistas y muy buenos a la hora de reunir facciones con gustos muy diferentes. La ironía es que muchos de los skinheads que eran explícitamente racistas entraron en la música jamaicana y el ska», contaba la directora con motivo de la presentación de la película y, tras verla este fin de semana, no he podido evitar acordarme de la manera en la que los ritmos caribeños de origen afroamericano (la salsa, el merengue, la bachata…) y sus derivadas contemporáneas (el reguetón o el latin trap) se han popularizado en la última década, poniendo a bailar y a inventar coreografías en Tik Tok a millones de fans de origen caucásico alrededor de medio mundo.
La cineasta británica se esmera en convencernos de que la música puede acercarnos a una cultura desconocida y ayudarnos a vencer así los prejuicios y las barreras del rechazo. Aunque mucho me temo que el problema del racismo hunde sus raíces mucho más profundo, pues detrás de él se esconden en realidad actitudes clasistas, que es lo que hace que no reciba el mismo trato un rapero negro multimillonario que un africano del “top manta”.
Con todo, “Ali & Ava” es una película bien contada y bien intencionada, que habla con inteligencia y delicadeza de las complejidades de la vida, de los prejuicios, los desequilibrios mentales, la violencia y el desarraigo de ese duro mundo de extrarradio en el que la inmigración juega un papel predominante y de las dificultades de volver a enamorarse a cierta edad, de cómo surge el afecto y el deseo entre dos personas adultas de razas y etnias diferentes que ya llevan una vida con algunas cicatrices y responsabilidades a sus espaldas, con lo que ello implica de renovada ilusión por tener una nueva oportunidad en el amor y de temor ante la posibilidad real de sufrir un nuevo fracaso.
Las magníficas actuaciones de sus protagonistas, Akhtar y Rushbrook (dos excelentes intérpretes normalmente condenados a roles secundarios), que lo dan todo a nivel expresivo y la cautivadora química entre ambos son, en este sentido, sin duda lo más destacable de esta, quizá ingenua, pero honesta, tierna y compasiva historia de amor romántico.
Título original: Ali & Ava
Año: 2021
Duración: 95 min.
País: Reino Unido
Dirección: Clio Barnard
Guion: Clio Barnard
Música: Harry Escott
Fotografía: Ole Bratt Birkeland
Reparto: Adeel Akhtar, Claire Rushbrook, Ellora Torchia, Shaun Thomas, Natalie Gavin, Mona Goodwin, Krupa Pattani, Vinny Dhillon, Tasha Connor, Macy Shackleton
Productora: BBC Films, BFI Film Fund, Moonspun Films
Género: Drama romántico.
Por más tratados que se hayan escrito y más estudios que se hayan realizado intentando arrojar luz sobre cuál es la verdadera naturaleza del amor, reduciendo la cuestión a un mero trámite bioquímico, aún resulta humanamente inexplicable por qué dos personas de distintas procedencias, idiomas y nacionalidades, con niveles socioeconómicos y expectativas vitales y profesionales e incluso preferencias sexuales aparentemente antagónicas (aunque la bisexualidad es una opción cada vez más normalizada), se sienten de pronto atraídas, y si esa atracción parte de un aspecto puramente sexual o se llega a ella mediante un recorrido previo de carácter sentimental propiciado por la convivencia, el conocimiento, la comprensión, la amistad y hasta la compasión mutuas.
El director finlandés Juho Kuosmanen tampoco consigue desvelar el misterio, pero hace de ello el leit motiv de su película “Compartimento Nº 6”, Gran Premio del Jurado en el último Festival de Cannes. Un intenso, honesto e íntimo viaje físico y emocional que tiene lugar a finales de los años noventa, pese a la cinta de cassette con el ochentero “Voyage, voyage” de Desireless que suena en el walkman de la protagonista, Laura (Seidi Haarla), una estudiante de antropología finlandesa que está haciendo sus estudios universitarios en Moscú, obsesionada con ver in situ los petroglifos (grabados rupestres) dibujados en un yacimiento arqueológico situado en la gélida región de Múrsmansk -de triste actualidad- en la frontera con Ucrania, Noruega y Finlandia, un inhóspito espacio polar a orillas del mar de Barents, en la región de Laponia, que destacó por ser la ciudad con mayor consumo de vodka por metro cuadrado y el puerto marítimo más grande de la URSS, convertido en cementerio nuclear tras la guerra fría.
Para llegar hasta allí y poder contemplar los petroglifos situados en el Lago Kanozero, más de 1.200 figuras horadadas en la roca con alces, ballenas y seres humanos pintados hace miles de años, la joven finesa se despide de su novia y casera, Irina, y emprende un viaje a bordo del tren transiberiano, sacando un billete para el coche cama que le da derecho a compartir un minúsculo y claustrofóbico habitáculo con un inquietante y malencarado pasajero ruso, de nombre Liojha (Yuri Aleksándrovich Borísov), aficionado al vodka y con habilidades de buscavidas, quien viaja al norte para trabajar en una explotación minera.
Se trata de dos “Extraños en un tren”, como en la película de Alfred Hitchcock, que al principio se repelen pero que, una vez superada la desconfianza inicial (sobre todo por parte de ella), irán conociéndose mejor durante la travesía ferroviaria, desarrollándose una inesperada química entre ambos y tejiendo un vínculo sentimental disonante y sin embargo armónico que los mantendrá unidos al menos hasta el final del trayecto. Porque, si algo queda claro en la película del finlandés Kuosmanen es que todo viaje llega a su fin y que las relaciones humanas suelen ser más bien volátiles.
Esta idea del principio y el fin está presente, no sólo en la obsesión de Laura por volver a los orígenes de la tradición eslava visitando los petroglifos de Kanozero en pleno ocaso del siglo XX, casualmente el mismo escenario escogido por Andrei Zviáguintsev para rodar “Leviatán”, la apocalíptica y desgarradora crónica de la descomposición de la humanidad en general y de Rusia en particular; sino también en su fugaz relación con su novia Irina que no parece tener intención de esperarla a su regreso, y en la idea del propio viaje en el tren que los lleva hasta los confines de la tierra.
El mísero y sin embargo hermoso paisaje siberiano cubierto de nieve que por momentos recuerda a las imágenes de “Dr. Zhivago” se abre paso junto al traqueteo de las vías por las ventanillas del vagón a las que Laura se asoma a menudo para grabar con su cámara de video o en busca de un respiro en medio de un viaje que no le gustaría haber tenido que hacer sola y que parece hacérsele demasiado largo y pesado. Pero no será ese su principal descubrimiento durante la travesía. La extraña personalidad de su vecino de compartimento, mezcla de barbarie, ignorancia, atrevimiento, generosidad y lealtad a partes iguales, la conmoverá de tal forma que acabará enganchada a él, aunque ambos sepan que la suya es un relación destinada a naufragar, como la de Rose y Jack en “Titanic”, a la que el propio Liojha hace referencia durante la catártica escena de juegos en mitad de la ventisca de nieve que los alcanza en ese vórtice del fin del mundo, ubicado entre Finlandia, Rusia y Noruega, al que viajan.
Es justo reconocer que, en buena medida, lo mejor de la película se sustenta en la brillante actuación de sus protagonistas, especialmente de Yuri Borísov, quien compone un personaje extraordinariamente complejo y a la vez de una simpleza primaria, que en ocasiones resulta atemorizante y en otras inspira cierta ternura.
Tal vez no se pueda considerar una historia de amor como tal, pues tiene diversos discursos, alguno de ellos de marcado carácter social, y un clima un tanto adolorido, pero si así fuere, sería de las más raras y hermosas que se han contado hasta ahora, con un poso de enigma existencial y de frialdad eslava que la distingue de otros largometrajes sobre encuentros románticos en un tren, como el “Breve Encuentro” de David Lean o “Antes del amanecer” de Richard Linklater, con la que quizá comparta más semejanzas a nivel argumental, solo que a diferencia del encanto de las calles de Viena o de París y de la comodidad del interrail de la Europa continental, la película del finlandés Kuosmanen transcurre en un territorio ruinoso, helado y hostil, que los protagonistas recorren a bordo un tren viejo, sucio e incómodo, en el que tanto los pasajeros como los guardias son rudos, ásperos e inexpresivos.
Se trata de un viaje duro y solitario en medio de un invierno que el espectador puede sentir casi en el cuerpo (en ese sentido, la película tiene algo táctil, palpable: el frío se siente pero también los olores a alcohol de destilación casera y a mantas de lana viejas). Y a pesar de ello, hay cierta belleza en sus imágenes que parecen extraídas de una vieja polaroid, como el recuerdo cálido, benéfico y compasivo de alguien que mira atrás y nos cuenta lo mejor de una historia que le ocurrió cuando era joven.
Título original: Hytti nro 6aka
Año: 2021
Duración: 107 min.
País: Finlandia
Dirección: Juho Kuosmanen
Guion: Andris Feldmanis, Juho Kuosmanen, Livia Ulman. Novela: Rosa Liksom
Fotografía: Jani-Petteri Passi
Reparto: Seidi Haarla, Yuriy Borisov, Dinara Drukarova, Vladimir Lysenko, Galina Petrova, Dmitriy Belenikhin, Yuliya Aug, Tomi Alatalo, Nadezhda Kulakova, Polina Aug
Productora: Coproducción Finlandia-Alemania-Estonia-Rusia; Elokuvayhtiö Oy Aamu, Achtung Panda! Media, Amrion, Kinokompaniya CTB, Eurimages
Género: Drama. Romance | Trenes
Si he de ser sincera, tendré que empezar por confesar que no me ha gustado “Nomadland”, aunque me lluevan piedras por ello. De hecho, encuentro difícil que una sociedad como la nuestra, en la que la cultura aspiracional de poseer un “techo propio” está tan arraigada, pueda llegar a empatizar (más allá del clásico postureo pseudo-progre) con la bucólica visión de la vida ambulante que nos propone la celebrada película, escrita y dirigida por la asiática-estadounidense Chloé Zhao, para lucimiento de su productora y protagonista absoluta, Frances McDormand, y que parte como favorita para hacerse con el Oscar a la Mejor Película y la Mejor Dirección, en la edición de este año.
En mi caso, creo que la razón principal de que no llegara a convencerme es que, tras leer y escuchar a Jessica Bruder, autora de “Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century” (País nómada: supervivientes del siglo XXI), en el que está basado su argumento, esperaba que el planteamiento fuese otro, uno menos hippie, romántico e idealista y más pegado a la denuncia social que, en mi opinión, era la intención que la animó a escribir este libro-reportaje, en el que expone las durísimas condiciones en las que viven los llamados workampers estadounidenses, trabajadores nómadas, muchos de ellos en edad de jubilación, a los que la pensión no les llega para pagar un alquiler o una hipoteca, viéndose obligados a recorrer el país en busca de empleos temporales (la mayoría mal pagados, por tratarse de mano de obra poco cualificada), a bordo de caravanas, furgonetas o remolques que acondicionan lo mejor que pueden, para hacer de ellos lo más parecido a una confortable casa rodante; durmiendo en solares públicos y aparcamientos de centros comerciales o acampando en medio de la nada, contándose sus vidas cuando cae la tarde, reunidos al calor de una fogata improvisada.
La película de Zhao y McDormand se centra en la vida de Fern, una viuda de mediana edad, traumatizada por el fallecimiento de su esposo a consecuencia de un cáncer terminal, no está claro si antes o después de que la fábrica en la que trabajaba cerrase a causa de la crisis económica y el pueblo minero en el que vivían (una especie de colonia o ciudad dormitorio construido por y para sus trabajadores) se vaciara por completo, al partir sus habitantes en busca de nuevas oportunidades.
Desde ese triste punto de partida, asistimos a una road movie rodada con la técnica del documental, que traza el recorrido físico y espiritual de esta mujer, un viaje interior y exterior hacia la luz, que la lleva de las gélidas tierras del norte, en la frontera con Canadá, al desértico sur de los Estados Unidos, en la frontera con México, y que emprende sola, aunque por el camino vaya haciendo amigos y adaptándose cada vez mejor a su nueva vida itinerante. Al punto de que, cuando se le presenta la ocasión de recuperar lo que una vez tuvo, un techo y cuatro paredes en las que guarecerse y lo más parecido a una familia de acogida, opta por seguir su camino priorizando sus ansias de libertad a la sensación de seguridad.
Quienes adoran la película hablan, con justicia, de su belleza paisajística y de una fotografía bien cuidada, cuyo máximo exponente son esos arrebolados atardeceres, en los que el cielo parece estar en llamas. Además, claro está, de elogiar el trabajo de su protagonista, a quien yo sin embargo encuentro en exceso aletargada. Su presencia constante en cada plano, con la misma actitud zen, entre impávida y contemplativa (como si estuviese bajo los efectos de algún sedante) se me hizo algo tediosa, al igual que el ritmo narrativo, demasiado lento y repetitivo.
Pero, sin duda, una de las cosas que más me chirrían de “Nomadland” es la manera en la que consigue pasar de puntillas por lo que, para Jessica Bruder (especializada en retratar las subculturas que han germinado en ese país, en el último siglo), fue precisamente el fundamento de su investigación, el motivo que la llevó a pasar tres años en la carretera y recorrer más de 24.000 kilómetros a bordo de una autocaravana que bautizó como “Van Halen”, para convivir con esos nómadas postmodernos, que no es otra cosa sino su interés por atestiguar las pésimas condiciones laborales, de precariedad y explotación, a las que la empresa Amazon y otros patronos inescrupulosos someten a sus temporeros (personal eventual contratado para campañas puntuales de trabajo), sin tener en cuenta su edad o fragilidad física.
“Hacer turnos de 12 horas al aire libre en la recogida de la remolacha azucarera en Dakota del Norte era agotador. Teníamos que colocar remolachas del tamaño de bolas de bolera en una máquina que les quitaba la tierra y las escupía para formar una pila enorme. Después de pasar varios días haciéndolo, sentí que estaba tan dolorida que parecía que todas las lesiones musculares que he tenido a lo largo de mi vida habían regresado”, relata la periodista y escritora desde su casa de Brooklin, en una entrevista publicada a finales del año pasado en un suplemento del diario El País, en la que también cuenta, cómo trabajó para Amazon, en lo que la empresa llama fulfillmentcenter, un enorme espacio robotizado donde se preparan los envíos a los clientes, y en el que prácticamente era la única que no peinaba canas.
“Estaba en el turno de noche y sentía que me estaban lobotomizando lentamente, porque el trabajo era muy monótono. El almacén tenía un mural que decía, “la variación es el enemigo”(una variante de la maldición de Auschwitz: “Arbeit macht frei”). Allí conocí a un trabajador de 77 años que me contó que tenía las rodillas destrozadas por trabajar como mecánico en una empresa minera de cobre. Cuando me lo imaginé realizando el trabajo que hacíamos, que implicaba hacer miles de sentadillas y estiramientos para acceder a diferentes estantes de mercancías durante un turno de diez horas… se me rompió el corazón”, explicaba Jessica, a quien le pareció “distópico” que estadounidenses en edad de jubilación y sin residencia fija fueran contratados para desempeñar trabajos como ese.
Huelga decir que Amazon recibe un subsidio por contratar a personas mayores (entre un 25% y un 40% de su sueldo), de ahí que tenga tanto interés en emplearlos, especialmente cuando existen picos de trabajo como, por ejemplo, en Navidad. La compañía es famosa por tener en sus almacenes expendedores gratuitos de ibuprofeno.
Sin embargo, nada de esto se refleja en la película. Por el contrario, si nos atenemos a su estricto visionado, podríamos extraer la engañosa conclusión de que se trata casi de una empresa benefactora pues, como llega a decir la protagonista, en tono agradecido: “me gusta, pagan muy bien”. Por lo que esta clase de trabajadores se pasan un año entero esperando la oportunidad de volver a ser sus empleados, viviendo entretanto de los pocos dólares que consiguen ganar realizando otras labores no menos ingratas, como limpiar los retretes y zonas comunes de los campamentos del National Forest de California.
En ese sentido, el imperio de Jeff Bezos, a cuya influencia no consigue escapar ni siquiera Hollywood, se va de rositas en la adaptación cinematográfica, por más que haya quien lo pase por alto haciendo una segunda lectura, según la cual, la película de Zhao y McNormand (paradógicamente producida por una de las mayores multinacionales del planeta, como es Disney) pretende ser una propuesta radical, en la que se pone en valor la opción de aquellas personas que han decidido abandonar la rueda productiva para optar por otro modo de vida más sostenible, al margen de la sociedad de consumo, donde el trabajo no sea el principio y fin que dé sentido a nuestra existencia, sino simplemente un medio para conseguir lo imprescindible para la supervivencia, sin grandes lujos ni necesidades creadas por el mercado, pero con mucha mayor libertad y creando vínculos más fuertes y auténticos que los que acostumbramos a crear, condicionados por las prisas, el interés o la superficialidad.
Una interpretación loable pero, en todo caso matizable, si nos preguntamos hasta qué punto podemos hablar de una decisión personal o una elección voluntaria de vida, cuando nos estamos refiriendo a personas que no siempre vivieron así y a quienes las desdichadas circunstancias transformaron en perdedores, orillándolos hacia la exclusión social y dejándoles en realidad muy pocas opciones.
“Esa gente tenía casas, hijos y vidas normales, hasta el fatídico 2008. Algunos vieron como sus ahorros, sus casas o sus negocios se esfumaron con la crisis de las hipotecas subprime. Otros tuvieron toda la vida trabajos de bajos salarios y con el aumento del precio de la vivienda se dieron cuenta de que no podían pagar. Todos son víctimas del raquitismo del sistema de pensiones de Estados Unidos”, recuerda Bruder. Con lo que queda claro que tal autodeterminismo no existe, al menos como punto de partida.
Esas personas no optaron por esa vida trashumante, se vieron abocadas a ella al tener que renunciar al gasto más importante que tenemos todos: la vivienda. Esa es la razón (y no una suerte de epifanía o un acto voluntarista) de que decidan convertirse en errantes buscavidas, víctimas de una maquinaria productiva inmisericorde, a la que periódicamente tienen que volver si quieren sobrevivir. Que después le cojan el gusto y desarrollen toda una filosofía acerca de sus ventajas y virtudes, reconociendo que hay algo romántico y típicamente americano en esa forma de vida, muy relacionado con el intrépido espíritu de los primeros colonos norteamericanos, es otra cosa.
“Muchos de los nómadas que conocí creían firmemente en la autosuficiencia. Pero al mismo tiempo eran muy generosos entre ellos, construyendo redes informales de ayuda mutua”, explica Jessica. Algo que sí está muy bien reflejado en la película, con esos mercadillos improvisados que los campers organizan para «soltar lastre», en los que practican el trueque de toda clase de enseres, algunos de primera necesidad y otros a los que se otorga un valor sentimental u ornamental, como las piezas sueltas de una antigua y delicada vajilla de porcelana que Fern lleva consigo y conserva como una reliquia, una última concesión al hedonismo y la belleza de su vida anterior, a los que tuvo que renunciar, reduciendo al mínimo las pertenencias que podía llevar consigo, por razones de espacio.
Un buen ejemplo de esa renuncia a lo superfluo o accesorio es el propio aspecto físico de la protagonista (comparable al de una monja seglar), quien se corta el pelo a sí misma a tijera y luce siempre la cara lavada, sin maquillajes ni afeites, al igual que el resto de sus compañeras, mujeres de mediana y avanzada edad que viajan solas. Lo cual quizá no resulte tan sorprendente, si tenemos en cuenta que, en promedio, las mujeres ganan mucho menos que los hombres a lo largo de su vida laboral y viven más tiempo. Por lo que tienen menos ahorros y pensiones más reducidas.
Tampoco pasa desapercibido el hecho de que los trabajadores nómadas de los que se habla, tanto en la película como en el libro, sean fundamentalmente de origen caucásico. El motivo está bastante claro: “Es más fácil para las personas blancas vivir en la carretera, en una sociedad donde el racismo, el rechazo a los inmigrantes y la xenofobia ha cobrado una fuerza tan espantosa, incluso por parte de las autoridades. Sin embargo, a mí, como mujer blanca, durante todo el tiempo que estuve viajando me pararon una sola vez debido a una infracción y la policía me dejó seguir mi camino tras una simple advertencia”, argumenta Bruder.
Y es que, por más atractiva e idílica que resulte la idea de vivir al día, sin anclajes ni ataduras, al igual que sucede con los homeless (gente sin hogar que deambula por las ciudades), la realidad es que los workampers son en extremo vulnerables. Nadie les protege y viven desarraigados.
“Al vivir en un vehículo, estás a un eje roto de quedarte sin hogar. De ahí que algunas de las personas que conocí soñaran con volver a tener una casa y ahorraban dinero para comprar un trozo de tierra y construirla. Otros, en cambio, pretendían seguir en la carretera todo el tiempo que pudieran conducir y no tenían ningún plan sobre lo que hacer después”, dice Jessica, quien no duda en expresar su temor de que estas personas sean «la avanzadilla de un futuro distópico», en el que, si nadie lo remedia y las grandes compañías siguen creciendo sin regulaciones que limiten su poder, muchos podríamos acabar viviendo de manera similar.
“En Estados Unidos, nuestro gobierno no ha aplicado correctamente las leyes antimonopolio y eso es parte de la razón por la que nuestra clase media está desapareciendo. Hoy en día, los directores ejecutivos de las grandes corporaciones cobran 370 veces más que el trabajador medio. Estamos transitando una senda muy peligrosa. Mientras tanto, en la última década, las reglas que limitan las donaciones corporativas a campañas políticas han desaparecido, lo cual es terrible: el gobierno debe trabajar para todos nosotros, no solo para unas pocas personas en la cima de la pirámide”, se reafirma en la denuncia que hace en su libro y a la que la película “Nomadland”, lejos de replicar en su literalidad, apenas se asoma, centrada más en promover un “estilo de vida alternativo”, teorizado e idealizado por gurús como Bob Wells que se interpreta a sí mismo en el film, empleando un tono poético y una filosofía “happy flower”, que apela a la libertad individual para normalizar lo que no es más que la triste y peligrosa deriva de un sistema disfuncional en el que, como dice Bruder, si nos descuidamos, podemos acabar siendo todos temporeros.
Título original: "Nomadland"
Año: 2020
Duración: 108 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Chloé Zhao
Guión: Chloé Zhao.
Libro: Jessica Bruder
Música: Ludovico Einaudi
Fotografía: Joshua James Richards
Reparto: Frances McDormand, David Strathairn, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay DeForest, Patricia Grier
Productora: Highwayman Films, Cor Cordium Productions, Hear/Say Productions.
Distribuidora: Searchlight Pictures, Walt Disney Pictures
Género: Drama | Road Movie. Naturaleza. Crisis económica 2008. Cine independiente
“Noticias del Gran Mundo” es la belleza, la sensibilidad y la conciencia civil y moral hecha película. Y eso, tratándose de un western de corte clásico, en donde los vaqueros y colonos eran siempre los buenos y los indios los malos, es una rareza maravillosa que denota que algo ha cambiado, después de todo, en la mentalidad de un país que nuevamente se debate entre volver a las atrocidades del pasado o apostar por la civilización y el progreso.
La historia nos retrotrae al final de la Guerra de Secesión (1861-1865), cuando la población de los EE.UU., sensiblemente diezmada por las atrocidades de la contienda, debe acometer lo que se conoce como la Era de la Reconstrucción Americana (1863-1877), para restaurar la unidad patria, fortalecer el gobierno presidido entonces por el moderado republicano Abraham Lincoln y otorgar derechos civiles a los 4 millones de esclavos que fueron liberados en todo el país.
Una tarea ingente y nada sencilla, dado el caótico estado de ruina y devastación en el que quedó el territorio nacional tras cuatro largos años de enfrentamiento armado entre sus compatriotas. Se calcula que casi 750.000 personas perdieron la vida a consecuencia de los brutales combates (asesinatos, violaciones y saqueos incluidos) entre el Norte y el Sur (más que el número de muertes militares en todas las demás guerras libradas por el ejército estadounidense hasta la Guerra de Vietnam), las poblaciones indígenas perdieron sus asentamientos deambulando sin rumbo y gran parte de la infraestructura fue destruida, especialmente los sistemas de transporte, por lo que el país quedó física y moralmente fracturado, sin que la victoria de los yankees frente a los confederados consiguiese reconciliar a ambos bandos si no, antes bien, echar más leña al fuego avivando las llamas del odio y la división entre quienes se mantuvieron en el norte leales a la Unión y los habitantes de los estados esclavistas del sur, que hoy sabemos que jamás se resignaron a perder sus privilegios frente a las llamadas “minorías étnicas” que, a través de los años, para su desesperación, se han ido haciendo mayoritarias.
“Y de aquellos polvos, estos lodos” parece pensar el británico Paul Greengrass (director de “El capitán Phillips”, otra de mis películas favoritas protagonizadas por el bueno de Tom Hanks, a quien a estas alturas he abandonado ya toda esperanza de ver alguna vez haciendo un papel que no sea el de ciudadano americano ejemplar, buen vecino, amante esposo y modélico padre de familia, en definitiva: el de una buena persona, que es lo que dicen quienes le conocen que en realidad es, además de un actor como la copa de un pino).
De ahí el interés que director y protagonista (ambos activos partidarios de la campaña de Biden frente a Trump) tenían por establecer un alegórico paralelismo entre el contexto histórico en el que se desarrolla la película y el momento actual que se vive en los EE.UU., precisamente ahora, cuando vuelven a sonar los tambores de guerra, y los ánimos parecen igual de exaltados y las posiciones no menos enfrentadas que entonces, entre quienes defienden la igualdad de derechos y libertades y la no discriminación racial, y los nostálgicos de la supremacía blanca, partidarios del “Make America great again” y de la supresión de los controles del Estado, al que ven como un ente opresor.
Como bien apunta Pedro Moral en Cinemanía, en consonancia con el espíritu del nuevo inquilino de la Casa Blanca: “Greengrass y Hanks quieren que EE.UU. deje de arder por los cuatro costados, su intención es luchar contra la polarización salvaje que amenaza su nación y, por eso, vuelven al género fundacional que ayudó a forjar el mito del país más poderoso del mundo”, que no es otro que el western en su más pura esencia, inmortalizada en las grandes películas de John Ford.
Echando mano del argumento del libro de la escritora Paulette Jiles, “News of the World”, en el que se cuenta el peligroso viaje del Capitán Jefferson Kyle Kidd, un veterano de la Guerra de Secesión que antiguamente había sido linotipista en una imprenta en San Antonio (Texas) y que, una vez acabada la contienda, se gana la vida viajando de ciudad en ciudad, para leerle las noticias del periódico a sus habitantes: pequeños comerciantes, campesinos, mineros… familias enteras de colonos que no saben leer o no tienen tiempo para ello, a cambio de unos pocos centavos (emociona ver cómo se prepara para la ocasión, vistiendo sus mejores galas, y cómo, valiéndose de una lupa de aumento, lee con fruición, poniendo énfasis en ciertas palabras, haciendo pausas dramáticas para generar suspenso, como si de una performance teatral se tratara, a la manera de un maestro de ceremonias, de los antiguos bardos, rapsodas y trovadores, encargados de transmitir las historias y leyendas de sus pueblos mediante la tradición oral; o de los predicadores y agitadores de mentes, pródigos en proclamas que inciten a la reflexión y/o a la acción) «Noticias del Gran Mundo» pretende ser una película esperanzadora, a la vez que un oportuno llamado de atención a una sociedad orillada de nuevo al borde del precipicio al que algunos la han querido conducir.
Haciendo gala de un extraordinario valor para su avanzada edad, el Capitán Kidd, un hombre pacífico de mirada amable, que ha entendido después de rendirse frente a los yankees que “en algún momento habrá que dejar de pelear” y cuya conducta se rige por un elevado sentido del deber y la moral, emprenderá un peligroso viaje de 400 millas, de Norte a Sur de los EE.UU., un país que está empezando a construir su identidad nacional aunque aún sigue siendo un territorio salvaje e indómito, para devolver a su familia a una pequeña huérfana de diez años (Helena Zengel) que no habla una sola palabra de inglés, pues fue raptada y criada por la tribu india Kiowa cuando, siendo casi un bebé, tuvo que ver como sus padres morían salvajemente asesinados, y en cuyos papeles dice que fue bautizada originalmente como Johanna Leonberger, de donde se deduce su pertenencia a una colonia de inmigrantes alemanes que viven cerca de San Antonio (Texas).
Desde su encuentro fortuito y a través del viaje que ambos emprenden por el desértico y salvaje oeste a bordo de una destartalada carreta y sorteando todo tipo de riesgos: traficantes de mujeres, un pueblo de granjeros dominado por un autoritario y despreciable criminal, tormentas de arena y saqueadores, asistimos a un emocionante proceso de conocimiento y reconocimiento mutuo, de integración étnica y generacional, entre la rubísima niña que ha crecido en estado semisalvaje, sin los modales de la civilización occidental pero con la sabiduría ancestral del pueblo indígena americano que se niega a olvidar su pasado pues está en la base de su tradición (un problema que el personaje de Hanks ventila en una sola frase: “los colonos matan a los indios por sus tierras y los indios matan a los colonos para recuperarlas”) y el Capitán Kidd, partidario del progreso y de seguir adelante en línea recta, olvidando las atrocidades vividas y construyendo nuevos recuerdos que nos ayuden a superar el afán de venganza que anida en el dolor.
Y es que, al igual que “La diligencia” de John Ford, el western de Greengrass no deja de ser una road movie. Una película en la que el viaje geográfico marca los cambios interiores de los personajes.
Pasado y futuro. Un anciano solitario y una pequeña con toda la vida por delante que deciden ir de la mano haciendo un nuevo camino al andar.
Nuestros traumas, parecen decirnos Greengrass y Hanks, no son algo que podamos olvidar simplemente con pasar página y pretender que nunca sucedió lo que nos pasó, pero sí podemos decidir qué historias queremos seguir contándonos, para construir un nuevo relato que nos ayude a seguir avanzando.
Título original: News of the World
Año: 2020
Duración: 118 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Paul Greengrass
Guión: Paul Greengrass, Luke Davies (Basado en la novela de Paulette Jiles)
Música: James Newton Howard
Fotografía: Dariusz Wolski
Reparto: Tom Hanks, Helena Zengel, Neil Sandilands, Elizabeth Marvel, Ray McKinnon, Mare Winningham, Bill Camp, Chukwudi Iwuji, Thomas Francis Murphy, Michael Angelo Covino, Fred Hechinger, Annacheska Brown, Christopher Hagen, Michelle Campbell, Stafford Douglas, Stephanie Hill, Clint Obenchain, Winsome Brown, J. Nathan Simmons, Cynthia Casaus, Francheska Bardacke, William Sterchi, David Hight, Brenden Wedner, Randy Ritsema, Bob Knowlton, Cheo Tapia.
Productora: Playtone, Pretty Pictures, Universal Pictures, Perfec World Pictures Co (Distribuidora: Universal Pictures, Netflix)
Steven Soderbergh ha vuelto a hacerlo. El director que reinventara el cine hace tres décadas con ‘Sexo, mentiras y cintas de vídeo‘, se adelantara al futuro con películas como “Contagio”, se especializara en cierto cine de denuncia social con títulos como “Erin Brokovich” o “Efectos secundarios” y, finalmente, consiguiera el Oscar por ‘Traffic‘, ha iniciado un idilio con las plataformas de streaming que, en sus propias palabras, “están haciendo el cine que los estudios no quieren hacer y la gente sí quiere ver”.
Primero fue “Laundromat, dinero sucio” (Netflix), que el autor define como “una producción de presupuesto medio para gente adulta” y cuyo argumento pivotaba sobre el escándalo del latrocinio a escala mundial que supusieron las revelaciones de los Panamá Papers y ahora este “Deja que hablen” (HBOMAX). Un relato más intimista sobre el proceso creativo de Alice Hughes, célebre escritora de edad avanzada que decide emprender una travesía transoceánica de Nueva York a Londres, a bordo del Queen Mary 2, para recibir un premio literario en compañía de su sobrino (Lucas Hedges), a quien quiere como al hijo que nunca llegó a tener, y de sus dos mejores amigas de juventud, con quienes apenas ha mantenido contacto en las últimas décadas, mientras perfila el borrador de su último libro.
No creo equivocarme al decir que el gran acierto de esta película rodada cámara en mano (mientras los pasajeros reales del crucero hacían de figurantes), estriba en la elección de sus protagonistas. Y no me refiero solo al sello de garantía que da contar (una vez más) con la grandiosa Meryl Streep (¿se puede estar más sublime y tener una voz más seductora, a los 70 años?) como cabeza de cartel. Sino al exquisito reparto que la acompaña, en el que destacan muy especialmente la oscarizada Dianne Wiest (musa de Woody Allen) y la legendaria Candice Bergen.
Ver a estas tres damas de la actuación juntas, en plena madurez interpretativa, representar con tantísima dignidad, elegancia y carácter los papeles que se les han asignado, resulta enormemente gratificante para quienes aún amamos el cine que cuida de la calidad de los diálogos, más que la de los efectos especiales. Especialmente si tenemos en cuenta que buena parte de la película ha sido rodada sin guión.
“Nos daban un resumen de una situación y sabíamos dónde teníamos que terminar. Pero no nos decían cómo llegar allí”, ha explicado divertida Streep en las entrevistas de promoción de la película. Partiendo de un conocimiento exhaustivo de la historia que el director quería contar, así como de la personalidad y la biografía de los personajes, las actrices tenían que decidir qué iban a decir y cómo hacerlo. Una experiencia de improvisación que tanto Bergen como Wiest calificaron de “aterradora” y que consigue, a la vista está, un resultado excelente, como no podía ser de otra forma tratándose de intérpretes de tanto talento.
La lealtad familiar, la amistad, el compromiso, la cultura como entretenimiento o como elevación del espíritu y la traición, son algunos de los grandes temas que toca esta pequeña historia con vocación de trascendencia, nacida de la inquietud de un director que sigue creyendo que el cine puede (y debe) ser la voz que alerte a nuestra conciencia.
Título original: Let Them All Talk
Año: 2020
Duración: 113 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Steven Soderbergh
Guion: Deborah Eisenberg
Música: Thomas Newman
Fotografía: Steven Soderbergh
Reparto: Meryl Streep, Dianne Wiest, Candice Bergen, Lucas Hedges, Gemma Chan, Saskia Larsen, Pete Meads, Christopher Fitzgerald, Mary Catherine Garrison, Elna Baker, Samia Finnerty, Fred Hechinger, David Siegel, David Shepard, Stephanie Phippen, Dominic Crisonino, Mike Doyle, John Douglas Thompson, Daniel Algrant, Barbara Rickard, Haydn Rickard, Andrea Kaiser, Al Gwilt
Compañías: Extension 765, HBO, Warner Bros., LS Productions. HBO Max.