LA VIDA POR DELANTE

La primera vez que vi a Sophia Loren en una pantalla de cine, bambolear sus caderas al andar “con ese tumbao que tienen las guapas al caminar” (que diría el poeta Rubén Blades) distaba mucho de ser la diva de belleza exótica, exhuberante y voluptuosa que competía con Jane Mansfield o Marilin Monroe por el reinado de las actrices físicamente mejor dotadas de los años cincuenta. Ya no era una jovencita. 

Fue en “Una giornata particolare”, película dirigida en 1977 por Ettore Scola, en la que encarnaba el papel de Antonietta, una mujer de mediana edad, ama de su casa y mamma de seis hijos, de generoso escote y curvas aún peligrosas, pero con más pinta de oler a detergente, a orégano, a parmessano y a cebolla, que a Chanell nº 5. Pese a estar casada con un fascista fanático, o quizá por ello, Antonietta tonteaba con Gabriele (Marcello Mastroianni), un vecino locutor de radio que resultaba ser homosexual, el mismo día en el que ambos se negaban a asistir al histórico desfile en honor de la visita de Hitler a Mussolini, que tuvo lugar en Roma aquella jornada del 6 de mayo de 1938 a la que alude el título de la película.

Aquella Sofía de 43 años, mujer de temperamento mediterráneo, fuerte y pasional, de tez aceituna, labios carnosos y pómulos altos, algo ojerosa y descuidada en el arreglo personal por exigencias del guión, se ha hecho mayor. Ahora tiene exactamente el doble de edad. Y, sin embargo, sigue estando igual de espléndida y cautivadora, conservando una pátina indeleble de elegante sensualidad, pese a los surcos que el tiempo ha dibujado en su rostro y a los retoques estéticos erráticos, como cabe esperar de una leyenda tan icónica del séptimo arte.

Su reaparición en el cine, tras una década de ausencia marcada por la muerte de su marido, el productor de cine Carlo Ponti, quien fuera su gran amor, su Pigmalión y principal valedor (no así su descubridor, mérito que corresponde a Vittorio De Sica), no ha podido ser más acertada.

Y ello, no sólo por el esfuerzo que, para una estrella de su calibre y de sus años, supone rodar a estas alturas, en tiempo de pandemia y bajo el sol abrasador de la costa sur de Italia, una película más bien modesta, de bajo presupuesto, que se inscribe dentro de la corriente del realismo social (emparentada con la mejor tradición del neorrealismo italiano) y cuyo título mira al futuro con esperanza, queriendo demostrar que aún hay una vida por delante («The life ahead«) para quienes saben resistir y, sobre todo, colaborar con otros seres humanos en la lucha por la supervivencia, especialmente cuando la marginalidad y la exclusión hacen que vivir no resulte fácil; sino porque el resultado es magnífico en todos los sentidos, una pequeña joya cinematográfica de una sensibilidad y profundidad social y filosófica que a punto está de hacerla acreedora al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y, en lo que atañe a su protagonista, la confirmación de que el carácter y “el duende” de la autenticidad (que diría Lola Flores) no se pierde con los años y nada tiene que ver con la lozanía de nuestro envoltorio mortal.

Sophia Constanza Brigida Villani Scicolone (como fue presentada en la pila bautismal) posee ese duende desde que vino al mundo en una familia humilde de Roma en 1934. Desde bien pequeña aprendió los rigores de la pobreza y supo de la importancia de ganarse la vida explotando los dones que tenía a mano: primero su físico y, más tarde, su indiscutible talento dramático (con 14 años fue elegida Princesa del Mar. A los 15, participó en el concurso de Miss Italia. Y con 16, se plantó con su madre en Roma, en los estudios de Cinecittà, para ver si le daban un papelito de relleno en “Quo Vadis”).

Abandonadas por su padre, el arquitecto Riccardo Scicolone, quien rehusó a casarse con su madre (maestra de piano y también actriz), desentendiéndose de ella y de su hermana Anna, Sophia creció en un pueblo cerca de Nápoles, en casa de su abuela materna. Eran tiempos difíciles debido a los estragos causados por la Segunda Guerra Mundial, así que montaron una taberna, frecuentada por militares estadounidenses, donde la madre tocaba el piano para sacar la vida adelante.

Algo de ese espíritu de superación familiar se recoge en esta película dirigida por Edoardo Ponti (quien ya contó con su madre en su debut cinematográfico, “Entre Extraños”, y también en el cortometraje “Voce Umana” en el que pudimos ver a la actriz por última vez, en 2014). Así que, a sus 86 años, la gran mamma de los Ponti y diva por excelencia del cine italiano no ha dudado en ponerse de nuevo a las órdenes de su hijo, para dar vida a la temperamental Madame Rosa, una anciana ex prostituta, sobreviviente del Holocausto que, una vez retirada de las calles, se gana el sustento diario cuidando de los hijos de otras compañeras del oficio, hasta un día en que sufre el asalto de un huérfano senegalés, al que llaman Momo (extraordinario debut en el cine de Ibrahima Gueye), quien le roba el bolso en plena calle.

Se trata de un joven problemático que ha sido expulsado de la escuela y al que Madame Rosa, a regañadientes, accede a acoger en su casa, a petición de su médico y buen amigo, el Dr. Cohen, encargado de la custodia del chico, para evitar así que caiga en manos de los servicios sociales, iniciándose entre ellos un vínculo afectivo creciente, hasta llegar a formar una familia poco convencional, a la que se suman otros personajes secundarios, como el de la joven prostituta que interpreta la actriz española Abril Zamora, contrapunto de luz en un drama en el que los personajes principales andan a tientas, entre las tinieblas del pasado y la marginalidad de un oscuro presente.

Rodada a orillas del mar Adriático, concretamente en Bari, capital de la región de Apulia, la película no dura más de 90 minutos. Lo suficiente para exponer, con una enorme economía de medios narrativos, esta sencilla y conmovedora historia de exclusión, integración y superación personal a través del respeto mutuo y la solidaridad. La del pequeño inmigrante a quien una leona visita en sueños (animal que simboliza el poder, la paciencia y la fe, en el Corán) hasta que reconoce en la anciana que le da cobijo una nueva figura materna a la que cuidar, querer y proteger a la recíproca, lo que le sirve de motivación para alejarse del mal camino que llevaba dedicándose a cometer pequeños hurtos y tráfico de drogas en los suburbios de la ciudad.

Pero, atrapada en sus delirios y cada vez más extraviada en la espesa niebla del pasado, Madame Rosa se desvanece al mismo ritmo que lo hacen sus recuerdos, por lo que ambos deciden encerrarse en un sótano para esconderse y protegerse de las miserias del mundo. Ella evocando sus días en el campo de concentración de Auschwitz, donde fue recluida por ser judía y Momo huyendo de las nuevas formas de segregación que sufren los inmigrantes ilegales como él. Un ramo de mimosas amarillas, una postal familiar y la leona que retorna… Todo el dolor, la rabia y la tristeza por la tragedia vivida se asoma a los ojos de ese niño de piel azabache y dientes de marfil que, sin embargo, gracias al cariño jamás antes recibido, consigue encaminarse hacia la redención social.

Título original: La vita davanti a sé 

Año: 2020

Duración: 94 min.

País: Italia

Dirección: Edoardo Ponti

Guión: Ugo Chiti, Edoardo Ponti, Fabio Natale (Libro: Romain Gary)

Música: Gabriel Yared

Fotografía: Angus Hudson

Reparto:
Sophia Loren, Ibrahima Gueye, Renato Carpentieri, Abril Zamora, Babak Karimi, Massimiliano Rossi, Francesco Cassano

Productora: Palomar (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Inmigración

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