EL PADRE

Hay películas que, por razones que no viene a cuento explicar aquí, te remueven hasta los cimientos, provocando un estallido de emociones encontradas: ternura, compasión, amor incondicional, melancolía, rechazo, cansancio, culpa, pena, abatimiento…

En mi caso, una de esas películas ha sido “El Padre”, adaptación al cine de la obra de teatro homónima del mismo autor, Florian Zeller, que cuenta una historia familiar por desgracia cada vez más común en el mundo occidental, donde las enfermedades neurodegenerativas han aumentado exponencialmente en el último siglo.

Se trata del drama de Anne (enorme Olivia Colman, a quien se recordará ya para siempre por su papel en “The Crown”). Una mujer divorciada, de mediana edad, que se encuentra ante el dilema moral de contratar una cuidadora o ingresar a su padre en una residencia, para poder irse a vivir a París con su nueva pareja.

Sin caer en juicios morales ni en visiones maniqueas, el dramaturgo francés hace un gran trabajo en la que es su “ópera prima” en el cine (Premio del Público en el pasado Zinemaldi y Goya a la Mejor Película Europea, con seis nominaciones a los Oscar de este año) al exponer los efectos de la enfermedad mental en toda su crudeza desde la propia visión del enfermo, pero sin olvidar la repercusión que la situación de dependencia sobrevenida tiene sobre sus familiares más cercanos.

Mediante continuas alteraciones del espacio y tiempo narrativos, repitiendo frases y situaciones, e incluso haciendo que varios actores interpreten al mismo personaje, consigue que el espectador se sienta tan desorientado y confuso como el anciano protagonista, de nombre Anthony como el gran actor galés que lo encarna (el Hopkins más colosal y con mayor variedad de registros a nivel emocional que le hayamos visto). Un octogenario que va perdiendo paulatinamente su identidad, atrapado en una especie de día de la marmota, donde las rutinas se repiten, mientras él permanece extraviado entre los pliegues de su errática memoria, un pasillo a oscuras de puertas falsas y falsos recuerdos, incapaz de reconocer ya a los seres que le rodean.

Si bien asistimos a un proceso que es gradual: el de la progresiva e inevitable pérdida de la cordura y la extinción de la personalidad, no estamos ante un argumento que se desarrolle de manera lineal. Lo que “El Padre” nos propone es más bien un bucle temporal en el que, atravesamos una y otra vez por idénticas situaciones, con la impresión de estar atrapados sin salida. Y, para remarcar esa sensación claustrofóbica, semejante a la que opera en la psique del enfermo, la acción se desarrolla casi al completo en un mismo escenario: un espacioso pero hermético piso en el que habitan personas que se quieren incondicionalmente, pero que pueden llegar a desearse la muerte en un duelo primario de supervivencia que se gesta en ese espacio tóxico y atormentado, en el que ya nada es lo que parece y sobre el que gravita el fantasma de la otra hija “ausente” (fallecida en un accidente) a la que el anciano se empeña en mantener viva en un recuerdo idealizado, estableciendo comparaciones injustas e hirientes para con Anne, que es quien cuida de él.

No menos importante e interesante que el punto de vista del enfermo, es la sensibilidad y realismo con la que Zeller y su coguionista, el gran Christopher Hampton (“Las amistades peligrosas”) abordan el exigente desafío al que se enfrentan los familiares de quienes padecen este tipo de patologías que generan una fuerte dependencia, especialmente de los hijos, quienes (ante la ausencia de los cónyuges ya fallecidos) a menudo se ven en la angustiosa tesitura de tener que elegir entre la salvación o la autoinmolación, llegándose a plantear si tienen derecho a vivir su propia vida o deben de sacrificarlo todo para ejercer de cuidadores de lo que queda de sus padres, una situación que a menudo escapa a su control y acaba engulléndolos, poniendo en riesgo su propia estabilidad mental y vital, así como las de sus propias parejas e hijos, que no siempre están dispuestos a arrimar el hombro ni son capaces de entender la gravedad de la situación.

Si normalmente resulta duro tomar conciencia de los estragos que el paso del tiempo ocasiona en nuestros progenitores a nivel físico, el drama de tener que convivir con el progresivo deterioro que generan la demencia senil o el Alzheimer hasta convertirlos en la sombra de lo que fueron, personas irreconocibles que están muy lejos de esa visión infantil en la que nuestros padres serían para siempre el último refugio de seguridad que nos queda, resulta devastador y desolador a partes iguales.

Armada de paciencia y de la mejor voluntad, Anne se ve en la obligación de tener que lidiar, entre incrédula e impotente, con los trastornos de conducta de su padre enfermo, quien a ratos puede resultar un anciano encantador y desvalido; y, en otros, revelarse como un ser tremendamente cruel y despótico. En especial con sus cuidadoras, cuya ayuda rechaza con toda clase de desplantes, más o menos agresivos, que la hija (principal diana de su sarcasmo y desprecio) intenta disculpar, avergonzada, diciendo que se trata de un “hombre de carácter”, en otro tiempo exitoso ingeniero y gran melómano, quien aún conserva el íntimo placer de escuchar arias de ópera.

Un hombre en conflicto con su propio ego, que lucha por preservar su dignidad, su orgullo y su conexión con la realidad, aunque sólo sea a través de su obsesión por conservar su reloj de pulsera, detenido en el tiempo, a quien vemos transformarse en un ser cada vez más vulnerable, en regresión infantil, hasta la gran escena final en la que la película cobra su mayor sentido y dramatismo, rindiendo un merecido homenaje a los y las cuidadores de las residencias de ancianos, dispuestos a acunarlos en su regazo maternal hasta la hora final.

En resumen, una película excelente y dolorosa, segura candidata a ganar este año más de un Oscar, que nos enfrenta a las grandes verdades de la vida, quizá la principal de ellas: que nacemos y morimos solos, como los niños que una vez fuimos; que el tiempo ejerce su acción implacable y que, precisamente por su volatilidad, la vida adquiere un valor incalculable, cuyo disfrute no podemos ni debemos dejar pasar.

FICHA TÉCNICA:

Título original: The Father

Año: 2020

Duración: 97 min.

País: Reino Unido

Dirección: Florian Zeller

Guión: Florian Zeller, Christopher Hampton (Basada en obra teatral homónima de Florian Zeller)

Música: Ludovico Einaudi

Fotografía: Ben Smithard

Reparto:
Anthony Hopkins, Olivia Colman, Imogen Poots, Rufus Sewell, Olivia Williams, Mark Gatiss, Evie Wray, Ayesha Dharker

Productora:
Co-production Reino Unido-Francia; Trademark Films, Embankment Films, Film4 Productions, F Comme Film, AG Studios NYC (Distribuidora: Lionsgate )

Género: Drama | Vejez/Madurez. Enfermedad. Alzheimer. Familia

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