Hay algo conmovedor y digno de análisis en el hecho de que, frente a tanta superproducción estadounidense, con abundancia de efectos especiales cada vez más sofisticados, protagonizada por poderosos superhéroes y empoderadas superheroínas, hechiceros justicieros, salvajes vikingos o androides asesinos, un puñado de modestas miniseries, que versan sobre gente corriente y su manera de lidiar con los problemas cotidianos, coseche tan buenos resultados en las plataformas de streaming.
Es el caso de “After Life” (Netflix), “Fleabag” (Amazon), “State of the Union” (HBO) o “Life” (Filmin). Cuatro series que no solo comparten el sello de calidad del mejor cine inglés, sino también la preocupación por hablar del ser humano y de los temas que le conciernen, los pequeños y grandes conflictos derivados de la existencia, la supervivencia y la convivencia: el éxito y el fracaso, el amor y el desamor, las relaciones de amistad y de trabajo, familiares y de pareja; el sexo y la procreación, la maternidad y la paternidad, la separación, la madurez, la vejez, la enfermedad y la muerte, el dolor de la pérdida… tratándolos con exquisita naturalidad, una pizca de sarcasmo y toneladas de inteligencia y empatía.

A punto de estrenar su tercera temporada, por abrumadora petición de la audiencia, “After Life” es una de esas series que navega entre el realismo, el nihilismo y la esperanza. Un inspirador y sensible viaje por las mil formas de lidiar con el dolor a través del drama de su protagonista, Tony Johnson, un huraño y caricaturesco personaje que trabaja como reportero en un periódico local de distribución gratuita en Tambury, el pequeño pueblo donde vive volcado en agredir a sus vecinos y colegas luego de que Lisa, su esposa, muriera de cáncer de mama, como si castigando al mundo consiguiera procesar su duelo.
Ganador de tres Globos de Oro, dos Emmy y siete premios BAFTA por su actuación en más de 16 filmes y series televisivas de gran éxito, como la versión británica de “The Office” (2001), “Louie” (2009), “El show de Ricky Gervais” (2010) o “Derek” (2013), con su imperturbable sentido del humor negro rayano en la crueldad, el actor, director y comediante Ricky Gervais, el más cínico y mordaz de los monologuistas británicos de stand-up (algunos de cuyos mejores fragmentos pueden verse en YouTube), es el creador de esta compasiva y melancólica serie, en la que da vida a su alter ego, un hombre que atraviesa por una profunda depresión que lo hace incapaz de ver las ventajas de seguir vivo cuando se ha perdido para siempre al ser amado, al tiempo que le ofrece la coartada perfecta para sentirse en el derecho de obrar sin represiones sociales ni filtros morales, arrojando sobre el prójimo toda su ira, su frustración y malestar.
“El mundo es una mierda y ya nada me importa. A partir de ahora voy a decir lo que me venga en gana”, advierte con su cara de pocos amigos, sus dientes torcidos y su barba de tres días en la primera temporada de la serie y, en sus seis episodios -de menos de media hora-, se dedica a maltratar e insultar a quien se cruza en su camino. Ya sea el cartero gorrón (Joe Wilkinson) o el compañero de escuela que le hace “bulling” a su pequeño sobrino. Nadie lo suficientemente molesto, complaciente, piadoso o hipócrita está a salvo de su brutal displicencia.
Enganchado a las cintas de video que le dejó grabadas su mujer (Kerry Godliman) a modo de guía práctica para seguir viviendo, Tony abraza su nueva personalidad como un superpoder. Mientras ella le anima a través de la pantalla a rehacer su vida diciéndole: “eres gracioso, eres alegre, le haces bien a las personas…”, él encuentra una nueva forma de vengarse por su infortunio: haciendo sentir miserables a los demás. Las consecuencias de sus actos no le importan (al menos, en apariencia), mostrándose como un personaje tan fascinante, como cruel e insoportable, obsesionado con la idea de acabar con su vida y su sufrimiento.
Lo único que frena sus ganas de morir son su perra Brandy y su padre (David Bradley), enfermo de Alzheimer, a quien visita a diario en la residencia donde vive, esperando encontrar alguna respuesta coherente que justifique seguir respirando.
A medio camino entre la charlotada de Los Tres Chiflados y el humor satírico de los Monty Python, Ricky Gervais consigue sacarle chispas a una trama tan simple como cotidiana, introduciendo una galería de personajes estrafalarios, como Bryan (David Earl) el vecino psicótico, el heroinómano repartidor de periódicos o el psicoterapeuta machista, adicto a la cocaína y al sexo (magistralmente interpretado por Paul Kaye) quienes, además de quitar hierro al drama de Tony, convirtiendo la tragedia en tragicomedia, contribuyen a la transformación que se produce en el personaje de la primera a la segunda temporada.
Y ello gracias a la paciencia y el afecto de su círculo más próximo de parientes y colegas de trabajo: su cuñado, Matt (Tony Basden), director de “La Gaceta de Tambury”, donde le toca cubrir historias tan hilarantes y absurdas como la de un niño que nació con el bigote de Hitler o un viejo que recibió cinco veces la misma tarjeta de cumpleaños; Lenny, el fotógrafo glotón (Tony Way) que siempre le acompaña; Kath, la vendedora de espacios publicitarios (Diane Morgan) o Sandy, la becaria (Mandeep Dhillon) y de otros magníficos personajes secundarios, como Anne (Pennelope Wilton), la viuda que charla a diario con su marido muerto desde un banco del cementerio y la prostituta Daphne (Roisin Conaty), de las que se hace amigo; o Emma, la enfermera de la residencia de ancianos por la que empieza a sentirse repentinamente atraído. Una galería de adorables perdedores que se transforman en un team de super héroes quienes, de algún modo y casi a su pesar, logran salvarle de sí mismo, de su desafección individualista y su regodeo en el dolor.
Con su ayuda, el gran misántropo conseguirá profundizar en sus propias contradicciones, emprendiendo un viaje catártico que le permitirá exorcizar la rabia y reaprender la ternura, la empatía y el amor, hasta recuperar su equilibrio emocional.
Más allá de su leyenda irreverente e iconoclasta, Ricky Gervais demuestra ser en el fondo un optimista irreductible, al ofrecer así a su personaje un camino de redención. Como el propio título de la serie preconiza, el mensaje que subyace parece ser el de que «siempre que hay un antes puede haber un después» y que algunas cosas (como la muerte) son más grandes que nosotros, por lo que no vale la pena cuestionarlas ni intentar entenderlas, sino simplemente aprender a vivir con ellas.

Lo que nos lleva a la siguiente serie, creada asimismo por su actriz protagonista, la exitosa guionista Phoebe Waller-Bridge, y que comienza también con una muerte trágica, en este caso la de la mejor amiga de “Fleabag” (cuyo nombre da título a la serie), una mujer de 30 años que pasa por una crisis vital debido a que la felicidad se le vuelve esquiva (tampoco es que la persiga, pero se intuye que no ha llegado a sentirla y que le gustaría conocerla).
En alguna parte leí que no hay nada más refrescante que un personaje femenino desastroso en medio de tanta ejemplaridad y Fleabag es, sin duda, la reina del caos existencial.
Huérfana de madre y dueña de un bar que naufraga en un barrio de Londres, se lleva mal con su única hermana, Claire (Sian Clifford), que está casada con un marido alcohólico, y con la nueva pareja de su padre, que interpreta la gran Olivia Colman. Su presentación al espectador (rompiendo de forma recurrente la cuarta pared, a la manera en que lo hacían los Underwood en “House of cards”), después de una noche de folleteo casual con un tipo que se despide de ella agradeciéndole el haberle dejado practicar sexo anal, representa un desafío y una advertencia previa a todo aquel que pretenda realizar un juicio moral sobre sus actos, aún a sabiendas de que de todas formas serán catalogados como los de una desvergonzada, una especie de rebelde sin causa o una ninfómana que decide tener sexo con todo aquel que se le plante por delante, en lugar de madurar y de llevar una vida ordenada y responsable.
Transgresora, alocada y muy divertida (mucho más temeraria y bastante menos moñas que la patética Bridget Jones) cuenta su protagonista y creadora que la serie empezó como un monólogo de 10 minutos para teatro (formato del que conserva esa apelación constante al espectador), el de una desorientada treintañera, con una gran incapacidad para darse consejos a sí misma, aunque directa y elocuente en el relato pormenorizado de sus andanzas, desobediente y contraria a la falsa cortesía y la convivencia pasivo-agresiva típicas de la sociedad inglesa pero que, debido al peso de la educación sentimental recibida, no puede evitar vivir “como si alguien la estuviese observando”, cayendo en la trampa de la tristeza generada por un sentimiento aprendido de frustración y de culpa.
Tras lamentarse por no ser lo suficientemente feminista, la serie se sumerge en lo que para muchas mujeres adultas significa ese ejercicio de voluntarismo transgresor y esa sensación íntima de fracaso que acarrea el darse cuenta de que el mundo se encargó de destruir las expectativas sobre el amor romántico que tenían a los veinte, acumulando relaciones erráticas con parejas mediocres que en nada se parecen al esperado príncipe azul y atesorando la amistad, como algo indispensable aunque insuficiente como sucedáneo, según el lugar común por el cual las mujeres somos las más interesadas en construir y sostener compromisos y vínculos afectivos duraderos que, si todo va bien, desembocan en el matrimonio y la maternidad como una especie de premio a nuestra perseverancia y virtud.
El personaje de Phoebe Waller-Bridge se rebela contra ello, desafía los convencionalismos y reivindica el libre albedrío para el género femenino, pero no deja de reconocer la huella indeleble de la educación sentimental, cultural y religiosa recibida. En este sentido, son brillantes las conversaciones de Fleabag con una psicoanalista y una empresaria exitosa (Fiona Shaw y Kristin Scott Thomas, dos joyas de la corona británicas) y su apasionado escarceo con un sacerdote católico (Andrew Scott) durante la segunda temporada, que se inicia con una apasionado magreo en un confesionario, abundando en esa actitud irreverente y autoparódica del personaje que constituye el mayor atractivo de la serie.

Menos tórrida y definitivamente menos cómica, aunque no exenta de la dosis justa de sarcasmo, es “State of the Union”, la serie dirigida por Stephen Frears (“Amistades peligrosas”, “Mi hermosa lavandería”), creada y escrita por Nick Hornby (“Fuera de juego”, “Alta fidelidad”), en la que Rosamund Pike y Chris O´Dowd encarnan a Louise y Tom, un matrimonio que, tras demasiado tiempo en crisis, decide ponerse en manos de una terapeuta de pareja a la que acude una vez por semana.
Durante los 10 minutos previos a entrar en cada una de las diez sesiones contratadas, mientras se toman una copa juntos (de cerveza él, vino blanco ella), siempre en la misma mesa del mismo pub, situado enfrente de la consulta (sutil alegoría de la rutina en la que finalmente se convierte el matrimonio), ambos realizan un pormenorizado repaso a su relación antes de darla por concluida, como una autopsia preventiva practicada antes de que el muerto expire, conversando -entre escépticos, decepcionados y avergonzados- acerca de los motivos que los han llevado hasta allí.
Con un planteamiento de arranque así de sencillo, un par de actores entregados entre los que existe una indudable química y un trabajo de guión descomunal, capaz de generar diálogos de una gran envergadura y naturalidad, a veces doloridos y otras hirientes, pero siempre creíbles, en los que subyace una base de cariño y de sólida amistad, y la voluntad unánime de salvar eso que tienen entre manos aunque lleve muerto demasiado tiempo, Hornby consigue que conozcamos y empaticemos con este joven matrimonio, que sepamos cómo son, qué piensa y qué siente cada uno de sus miembros, en esos escasos diez minutos que abarca -en tiempo real- cada episodio.
Lo que comienza como algo banal (“¿Qué tal los niños?” “Hoy estás muy guapa”, la típica charla para entretener la espera), termina dando paso a una inteligente disertación acerca de lo que mantiene vivo a un matrimonio y lo que acaba con él.
Nada más comenzar sabemos de la infidelidad de ella, precedida de una sensación de abandono ante la prolongada falta de relaciones sexuales en la pareja. Pues, como indica Louise en su descargo, eso no es más que el síntoma, la manifestación de un problema mayor que se concreta en una serie de preguntas: ¿cuándo y por qué dejaron de tener sexo?, ¿cómo es su relación como padres?, ¿cómo afecta el que Tom, crítico musical, sea un parado de larga duración?
El amor, el dolor, la rutina, la culpa, la decepción, los celos, la indiferencia, la entrega… “State of the Union” no necesita efectos especiales para enganchar al espectador. Se consume en diez pequeñas píldoras de realidad y se centra en la pérdida de la pasión, en las necesidades, resquemores y temores que no nos atrevemos a expresar en voz alta y que el otro es incapaz de percibir. En definitiva, en la verdad de las relaciones de pareja que, como las flores más delicadas, se marchitan con el tiempo, sin el abono, el riego y los debidos cuidados.

Menos mal que nunca es tarde si la solución es buena. Algo que experimentan también los personajes de “Life”, miniserie de la BBC, recién estrenada en Filmin, con seis episodios de una hora de duración y un reparto coral de magníficos actores, que surge como spin off de la serie “Doctor Foster” (BBC, 2015-2017), recuperando a uno de sus personajes, Anna Baker (Victoria Hamilton), pero que puede seguirse perfectamente sin necesidad de haber visto aquella.
Creada por Mike Bartlett (“Press”), “Life” expone la problemática de cuatro personas en edades y momentos diferentes de la vida, avecindados en una antigua casa victoriana de Manchester reformada y dividida por apartamentos, cuyos caseros son el matrimonio de Gail (Alison Steadman, en su mejor momento interpretativo) y Henry Reynolds (Peter Davison), una pareja de ancianos cuya relación se complica cuando aparece en escena una vieja amiga de la universidad de Gale, quien le hace notar lo mal que la trata siempre su marido, subestimándola y ridiculizándola en público, eclipsándola y haciendo constantes bromas sobre su persona, un maltrato psicológico que hasta entonces había normalizado y que en su 70 cumpleaños decide no seguir soportando, justo cuando a él le diagnostican un cáncer de páncreas dándole un pronóstico de seis meses de vida.
En el piso de arriba, vive un matrimonio más joven, el del profesor universitario David (Adrian Lester) y su misteriosa mujer, la escritora Kelly Aston (Rachael Stirling), del que no se puede contar gran cosa sin hacer spoiler, excepto que su idílica relación se pondrá a prueba al descubrir él una infidelidad de la mujer que creía perfecta.
Por último, la planta baja la ocupan, por un lado, Belle Stone (Victoria Hamilton), una profesora de pilates alcohólica y divorciada, a la que le atormenta no ser demasiado divertida y cuya vida da un vuelco cuando debe hacerse cargo de su sobrina de 16 años, Maya (Erin Kellyman), cuya su madre esquizofrénica (la hermana pequeña de Bell) ha intentado quitarse la vida; y por otro, Hannah Taylor (Melissa Johns, actriz que ha luchado por dar visibilidad a su discapacidad física), embarazada de su primera hija, mientras su prometido Liam y Andy, el padre biológico de la niña (Calvin Demba), que es fruto de un lío de una noche, se esfuerzan en normalizar la situación, disputándose en secreto su amor.
Profundamente emotiva y bien trabajada a nivel de diálogos, intercalando momentos dramáticos, con escenas de humor, cabe destacar, una vez más, la naturalidad con la que los protagonistas de estas cuatro tramas, sutilmente entrelazadas, abordan las distintas situaciones que les ha tocado lidiar en la vida, sin caer en la caricatura ni en el sentimentalismo barato, haciendo que el espectador empatice y se sienta identificado a muchos niveles con ellos.
Cada uno de los personajes vive un instante decisivo, un momento disruptivo al que debe enfrentarse a su manera, porque como se apunta a modo de moraleja: “la vida es demasiado corta para desperdiciarla”. Especialmente Hannah, empeñada en darle normalidad al hecho de que su hija tenga dos padres, una decisión vital que intenta que sea aceptada y consensuada por los dos hombres que comparten su vida, sin querer reconocer lo que realmente le dicta el corazón. Y Gael, decidida a recuperar el tiempo perdido, aunque tenga que ponerse el mundo por montera y acabar con un matrimonio de cincuenta años, en el que se sentía anulada. O Belle, uno de los personajes de mayor profundidad psicológica, incapaz de cortar los lazos de dependencia afectiva que la unen a su exmarido, hasta que comprende que su sobrina adolescente y su hermana enferma necesitan ser su máxima prioridad.
Como su propio título sugiere, ver esta serie (o cualquiera de las otras aquí reseñadas) es contemplar la vida y las relaciones familiares y de pareja con los ojos de hoy en día, sin prejuicios morales ni convenciones atávicas, con todo su encanto y en toda su humana complejidad sentimental. Un género en el que la producción audiovisual británica se ha especializado, cosechando gran aceptación. Porque la vida, al final, no es más que las cosas que (nos) suceden.





















Título original: "After Life" Año: 2019 Duración: 30 min.cap. 2 Temporadas. País: Reino Unido Dirección: Ricky Gervais Guión: Ricky Gervais Música: Andy Burrows Fotografía: Martin Hawkins Reparto: Ricky Gervais, Jo Hartley, Tony Way, Ashley Jensen, Tom Basden, David Bradley, Roisin Conaty, Mandeep Dhillon, Kerry Godliman, Paul Kaye, Diane Morgan, Joe Wilkinson, Penelope Wilton, ver 7 más Productora/Distribuidora: Netflix. Género: Serie de TV. Comedia dramática

Título original: "Fleabag" Año: 2016 Duración: 27 min./cap. 2 Temporadas País: Reino Unido Dirección: Phoebe Waller-Bridge (Creador), Harry Bradbeer, Tim Kirkby Guión: Phoebe Waller-Bridge (Obra: Phoebe Waller-Bridge) Música: Isobel Waller-Bridge Fotografía: Tony Miller, Laurie Rose Reparto: Phoebe Waller-Bridge, Sian Clifford, Olivia Colman, Andrew Scott, Brett Gelman, Bill Paterson, Jenny Rainsford, Ben Aldridge, Jamie Demetriou, Hugh Skinner, Sarah Daykin, Hugh Dennis, Olivia Gray... Productora: Two Brothers Pictures (Distribuidora: Amazon Prime Video) Género: Serie de TV. Comedia negra

Título original: "State of the Union" Año: 2019 Duración: 10 capítulos de 10 min. País: Reino Unido Dirección: Stephen Frears Guión: Nick Hornby Música: Roger Eno Fotografía: Mike Eley Reparto: Chris O'Dowd, Rosamund Pike, Jitendra Rai, Aisling Bea, Janet Amsden, Laura Cubbitt, Elliot Levey, Jeff Rawle, Sope Dirisu Productora: See-Saw Films (Distribuidora: Sundance Channel) Género: Serie de TV

Título original: "Life" Año: 2020 Duración: 6 cap. de 60 min. País: Reino Unido Dirección: Kate Hewitt Guión: Mike Bartlett Música: Guy Garvey, Peter Jobson, Paul Saunderson Fotografía: Dirk Nel, Ben Magahy Reparto: Saira Choudhry, Peter Davison, Calvin Demba, Victoria Hamilton, Joshua James, Melissa Johns, Erin Kellyman, Adrian Lester, Alison Steadman, Rachael Stirling, Kate Ashfield, Robyn Cara, Susannah Fielding... Productora: BBC One, Drama Republic Género: Miniserie de TV. Drama

