ANATOMIA DE UNA CAÍDA (contiene spoiler)

Fue Steven Spielberg quien dijo que “el público es más difícil de complacer si solo le das efectos especiales, pero son fáciles de complacer si se trata de una buena historia” y “Anatomía de una caída” lo es. No sólo es una buena historia, sino que es una historia bien contada, con un argumento inteligente y bien hilado, que mueve a la reflexión sobre cuestiones tan relevantes en nuestros días como la prevalencia del relato frente al valor relativo de la verdad, sobre la base de que nada es lo que parece y de que todo es susceptible de ser explicado y justificado si se consigue desarrollar un argumentario lo bastante convincente que es, en definitiva, el principio que rige la aplicación del derecho y la administración de justicia, especialmente cuando sus dictámenes han de basarse en simples conjeturas ante la ausencia de testigos presenciales o de hechos probados, y el marketing político, por razones que no viene a cuento explicar aquí, pero es fácil de imaginar.

No es esta, sin embargo, la única cuestión que trata la excepcional película francesa que se hizo con la Palma de Oro en el último Festival de Cannes y acaba de ganar el Globo de Oro a «Mejor Guion» y «Mejor Película de Habla no Inglesa», pues tangencialmente se abordan en ella otros asuntos, como la complejidad y cuestionable normatividad de las relaciones de pareja y cómo afectan a esta las diferencias culturales, los celos profesionales, la cuestión de género o el desigual reparto de las tareas y los cuidados en el ámbito doméstico y familiar; por no hablar del peso de la culpa o las mentiras que nos contamos y las excusas que nos ponemos para no admitir lo que realmente nos paraliza: nuestro miedo al fracaso o nuestra propia falta de ambición.

En definitiva, son muchos los temas -y no menos los matices- que sus coguionistas, Justine Triet (“La batalla de Solferino”) y Arthur Harari, (“Onoda, 10.000 noches en la jungla”) han querido incluir en el argumento de esta pequeña gran obra de cine de autor, cuya cadencia expositiva e intensidad en sus diálogos recuerda a la escuela de Ingmar Bergman y sus “Secretos de un matrimonio” más que a la «Anatomía de un asesinato» de Otto Preminger, pese a que se desarrolla como un thriller judicial, a partir de la misteriosa muerte de Samuel Maleski (Samuel Theis), profesor y aspirante a escritor, de nacionalidad francesa, casado con Sandra Voyter (Sandra Hüller, la ocupada hija de Winfried en la oscarizada “Tony Erdman”), novelista de éxito de origen alemán. Una pareja de personalidades muy antagónicas que, de entrada, responden al estereotipo sobre las culturas germana y francesa.

Sandra es una mujer fuerte, pragmática, resiliente y trabajadora (“puedo trabajar en cualquier lugar y circunstancia”); mientras lo poco que sabemos de Samuel habla de un hombre emocionalmente inestable, inicialmente atormentado por la culpa y progresivamente sumido en un conflicto existencial que le paraliza a nivel creativo, quien responsabiliza a su mujer de su propia insatisfacción vital.

Y eso que la suya es una relación que se fundamenta “en la mutua estimulación intelectual”, según confiesa la propia Sandra a su abogado (Swann Arlaud), toda vez que no existe intimidad entre ambos desde hace años, concretamente desde el accidente que dejó ciego a su hijo Daniel (Milo Machado Graner) cuando tenía cuatro años, del que Samuel se siente directamente responsable.

Cuando conocemos a la familia, Sandra y Samuel viven casi aislados con su hijo invidente, que es ya un preadolescente, en una casa en las montañas de los Alpes franceses, cerca de Grenoble, que el propio Samuel (oriundo del lugar) está rehabilitando.

La tarde del mismo día en que ella atiende a una entrevista con una joven y atractiva doctoranda que tiene que interrumpir de manera abrupta cuando su marido decide poner música a un volumen atronador, este muere al precipitarse su cuerpo al vacío desde el ático de la vivienda. Al volver de pasear junto a su perro centinela “Stoob”, Daniel encuentra el cuerpo sin vida de su padre tendido sobre la nieve en medio de charco de sangre y alerta a su madre que, de inmediato, pide una ambulancia. ¿Accidente, suicidio o asesinato? La autopsia no puede descartar que la muerte fuera provocada y el hecho de que hubiera desavenencias entre la pareja y el hallazgo de la policía de la grabación de una violenta discusión entre ambos la víspera de la muerte de Samuel, hace que Sandra sea acusada de homicidio y llevada a juicio.

Con esos mimbres, Justine Triet comienza a tejer una trama de creciente intensidad dramática, que juega con la ambigüedad y con la intriga, especulando sobre lo que pudo haber ocurrido el día de autos, en base a una serie de contradicciones que van saliendo a la luz, tanto durante la investigación policial, como en la preparación del juicio con su abogado, amigo de la familia, y en la propia vista oral en la que el interrogatorio a los testigos y a la propia imputada por parte de los abogados de la acusación, la defensa y el juez, permite que aflore la conflictiva relación que mantenía el matrimonio, provocada por la distinta forma en que ambos progenitores reaccionan al trágico accidente que lesiona para siempre el nervio óptico de su hijo (“no quiero que Daniel se sienta o viva de manera diferente por ser invidente, quiero que disfrute de la única vida que tiene como lo haría cualquier niño de su edad”, dice Sandra), así como por el desigual desarrollo de sus respectivas carreras literarias desde entonces (la de ella describiendo una curva ascendente de éxito y de prolífica producción en el género de la autoficción; la de él de estancamiento, fracaso y frustración), así como por las infidelidades de ella con distintas mujeres, dada su declarada bisexualidad, aunque no fueran algo serio sino, en sus propias palabras, “una medida casi higiénica pues no se puede vivir sin sexo eternamente”.

Claramente la intención de Triet es jugar con el espectador, sembrando permanentemente la duda acerca de quién fue el responsable de lo ocurrido (si es que lo hubiere). Una verdad que nadie puede probar, ante la ausencia de testigos presenciales, y que lentamente nos conduce hacia un final engañoso, en el que juega un papel fundamental el testimonio del propio hijo de la pareja que, lejos de querer permanecer al margen, desde el primer momento manifiesta su deseo de estar presente en el juicio, pues necesita entender lo ocurrido, aunque eso entrañe descubrir cosas que hasta entonces ignoraba de sus padres.

La grabación de la violenta discusión de la pareja, expuesta como prueba por la fiscalía hacia la mitad del proceso, disecciona la verdadera naturaleza de las cuentas pendientes entre ambos cónyuges, pues él no sólo la hace responsable de volcar sobre sus espaldas el peso de los cuidados y la educación de Daniel, lo que le impide tener tiempo para trabajar, sino de condicionar todos los aspectos de su vida en común, desde la forma en que hacen (o hacían) el amor, hasta el idioma en el que educan a su hijo, que no es la lengua materna de ninguno de los dos, sino el inglés. Mientras ella se defiende de sus reproches haciéndole ver que lo que le ocurre es culpa de sus propias malas decisiones: “¡Te quejas de la vida que elegiste! No eres una víctima. En absoluto. Tu generosidad esconde algo más sucio y mezquino. Eres incapaz de afrontar tus ambiciones y me guardas rencor por ello. Pero yo no te puse donde éstas. ¡No tengo nada que ver!”.

Al escuchar el audio de su brutal enfrentamiento (físico y verbal) grabado por Samuel y que debería haber permanecido en la intimidad de la pareja, incluso el público más convencido de la inocencia de Sandra la considerará ya un monstruo, por sus expresiones hirientes hacia su marido. Y es fácil suponer que el jurado y su propio hijo también lo hacen pues, viendo la dureza con la que se dirige a él y la aparente frialdad de su carácter, es imposible creer en su inocencia por más que la acusada pida permiso para hablar en alemán, incapaz de encontrar los vocablos exactos para describir sus emociones y la verdadera naturaleza de su relación de pareja en otra que no sea su lengua natal.

«A veces una pareja es una especie de caos y todos están perdidos. A veces luchamos juntos y a veces luchamos solos, y a veces luchamos unos contra otros, eso sucede», explica entonces al jurado.

Con lo que la directora refuerza su idea principal: verbalizar el amor es complejo porque está lleno de episodios para nada idílicos y de expresiones a menudo hirientes, como ha quedado demostrado en multitud de películas de no menos intensidad dramática, siendo dos de las más recientes «Historias de un matrimonio» de Noah Baumbach y «Secretos de un matrimonio» de Hagai Levi, donde queda de manifiesto que la convivencia es un reto lleno de dudas, reproches y altibajos.

Inconscientemente empezamos a desear que pague por el crimen, sin saber si realmente lo ha cometido. Pero un giro inesperado de los acontecimientos cuando el proceso está ya casi visto para sentencia dará un vuelco al proceso judicial. La decisión de Daniel de volver a declarar rescatando de su memoria un recuerdo que tenía bloqueado en su mente. Testimonio que resulta ser definitivo para que Sandra resulte absuelta y llegue a casa a tiempo para arroparle antes de dormir.

Con ello, Triet plantea un último dilema al espectador. ¿Es cierto lo que Daniel dice en su segunda declaración ante el tribunal o decide contar lo que cuenta para salvar in extremis a su madre y, de algún modo, salvarse a sí mismo, pensando en el futuro que le aguarda si esta resultase ser condenada?

La duda es pertinente pues, pese a haberse librado de la cárcel, nunca llegaremos a saber en realidad si Sandra tiró a su marido por el balcón tras la discusión del día anterior, si su manera de presionarlo para que se responsabilice de su propia falta de iniciativa incrementó su desesperación instándole al suicidio o si, realmente era inocente y se trató de un fatídico accidente que terminó en una mala caída.

Ya lo advirtió el abogado de la defensa al inicio del proceso. Aquí la verdad es lo de menos. Podemos intuir y hacer nuestras cábalas. Que es exactamente lo que hace Daniel. Quizá el niño dice la verdad y el viaje al veterinario con su padre en coche sucedió tal como cuenta y de pronto recuerda las palabras exactas que dijo. Pero cómo no dudar, especialmente tras el consejo de la asistente judicial que le acompaña de que entre dos opciones con idénticas probabilidades de ser ciertas hay que decantarse por una versión.

Personalmente me sumo a la teoría de Randy Meeks, en Espinof: “Tal vez nuestra mente, emponzoñada a base de documentales de true crime no es capaz de aceptar un final ambiguo y naíf, pero cierto. Pero, al final, es él quien abraza a su madre y le toca la cabeza, mostrando con el lenguaje corporal que la ha protegido y, de una manera u otra, se ha encargado de todo. Lo más probable es que Daniel sea consciente de que su madre provocó de una manera u otra la muerte de su padre pero, con el poder de manipular el destino, ha decidido tener una vida normal, o todo lo normal que puede ser en su situación. Es una red de falsedades de la que madre e hijo jamás hablarán, porque no es necesario. Puede que Sandra cometiera el crimen. Puede que no. Da lo mismo. Triet nos ha hecho creer que esta era una película de juicios, pero ‘Anatomía de una caída’ realmente es un vistazo a la parte más negra del alma humana. Esa que encuentra la única esperanza de supervivencia en hacer creer a los demás su propia mentira”.

Si te gusta el cine europeo, tienes que verla. A poder ser en versión original.

Título original: Anatomie d'une chute

Año: 2023

Duración: 150 min.

País: Francia

Dirección: Justine Triet

Guion: Arthur Harari, Justine Triet

Intérpretes: Sandra Hüller, Milo Machado Graner, Samuel Theis, Swann Arlaud, Antoine Reinartz.

Fotografía: Simon Beaufils

Productora: Les Films Pelléas, Les Films de Pierre

Género: Thriller. Drama Judicial.

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