Nada está saliendo según lo esperado para la película de Juan Antonio Bayona “La sociedad de la nieve”. Pese a estar 13 veces nominada al Goya y preseleccionada en cuatro categorías (Mejor película internacional, Mejor maquillaje y peluquería, Mejor banda sonora y Mejores efectos especiales) para competir en la carrera por los Oscar representando a España, la francesa “Anatomía de una caída” acabó con el sueño del director más mimado por la industria del cine español actual de hacerse con una estatuilla en los Globos de Oro (antesala de los premios que otorga la Academia estadounidense) y los datos de taquilla han sido más bien discretos debido, en parte, a la coincidencia en el tiempo del estreno de su última película en las salas de cine y en Netflix.
En cuanto a la crítica, se encuentra también muy dividida entre quienes se abonan a la tesis de que se trata del mejor trabajo del director de “El orfanato”, “Lo imposible” y “Un monstruo viene a verme” hasta ahora y quienes sostienen que este se ha equivocado en la elección del argumento, por tratarse de una innecesaria nueva versión (y van…) de un suceso del que ahora se cumplen 52 años, el conocido como «el milagro de los Andes”, que ha sido contado al detalle por sus propios protagonistas durante décadas, ofreciendo testimonio de la odisea de que vivieron en 1972, cuando el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya que los transportaba de Montevideo a Chile, se estrelló en el Valle de las Lágrimas (Mendoza), en pleno corazón de la cordillera andina.
De los 45 pasajeros que viajaban en la aeronave siniestrada (en su mayoría jóvenes jugadores del equipo de rugby Old Christians Club, un grupo de amigos, universitarios, lde buena posición social y con una excelente condición física. Muchos de los cuales verían la nieve por primera vez en sus vidas) solo 16 fueron rescatados con vida tras pasar 72 días en la montaña, teniendo que aprender a sobrevivir en uno de los entornos más inaccesibles y hostiles del planeta, a treinta grados bajo cero y una altitud cercana a los 3.700 metros, en condiciones meteorológicas extremadamente adversas, viéndose obligados a tener que recurrir a medidas extremas, como alimentarse de carne humana procedente de los cadáveres de sus amigos y familiares muertos para mantenerse con vida.
La película, que está basada en la novela homónima de Pablo Vierci, escritor, guionista y periodista uruguayo, quien fuera compañero de colegio de las víctimas de la tragedia, ha costado la friolera de 60 millones de euros.
La razón de tan elevados costes de producción seguramente estriba en que Bayona necesitaba dotar a su película de valor añadido, teniendo en cuenta la cantidad de obras literarias y cinematográficas que ya existen respecto al mismo tema, como “Supervivientes de los Andes” del mexicano René Cardona, basada en el libro “Survive!”, de Clay Blair Jr. o la más reciente y que tenemos aún fresca en la memoria, “¡Viven!” de Frank Marshall, que tomó como referencia el best seller de Piers Paul Read.
”Para ello –como explica Jovar Pulgarín, crítico de The Objective- el realizador catalán utiliza todos los fuegos pirotécnicos que hoy fascinan a los críticos y a cierta audiencia: recreaciones calcadas (¡esas fotografías coreografiadas!), distanciarse de los hechos coqueteando con el documental y una fotografía inspirada en el noir nórdico, tan de moda en estos tiempos”. Y, sobre todo, se vale de un sofisticado dispositivo de realidad virtual y efectos especiales que permiten toda clase de encuadres espectaculares y vistas aéreas fabulosas, empezando por la escena del brutal accidente (sin duda una de las más impactantes de la película y de las más verosímiles que se han visto en el cine) cuando el avión se parte en dos y algunos pasajeros salen volando o la de la tormenta en que el avión queda sepultado en nieve tras un alud.
A nivel audiovisual y técnico la película no solo no tiene un pero, sino que es realmente impactante y de una belleza abrumadora. Pero, a nivel narrativo, “La sociedad de la nieve” falla en el que debiera ser el principal cometido de todo survival film que se precie y es el de emocionarnos con lo que pretende contarnos: una historia de resiliencia y de celebración del esfuerzo, el compañerismo y la colaboración entre seres humanos, temas que solo aborda de un modo superficial haciéndose demasiado lenta, repetitiva y, salvo momentos puntuales, más bien aburrida, con un argumento centrado en la antropofagia, conflicto de índole moral que la película no solo no rehúye, sino en el que se zambulle de cabeza, con un interés cercano al morbo (¿realmente era necesaria la escena del costillar?).
En las casi tres horas que dura la cinta, no asistimos a un solo momento de verdadera intensidad interpretativa ni tampoco emerge el carisma de ninguno de los personajes principales interpretados por jóvenes y desconocidos actores de habla hispana. De hecho, un espectador que no esté familiarizado con la historia puede llegar al final, sin recordar siquiera el nombre de muchos de ellos y sin saber apenas nada sobre su personalidad o sus vidas anteriores. De ahí que el director catalán se vea obligado a utilizar el recurso de enumerarlos, en las listas de nombres de supervivientes y de fallecidos.
Paradójicamente, podría decirse que “La sociedad de la nieve” hace aguas por ser una película que no se moja. Su director no consigue su principal propósito que era hacer de una tragedia conocida y documentada hasta la extenuación auténtico cine de autor y ello porque se limita a hacer una exposición de los hechos demasiado lineal, desde un punto de vista casi documental, contemplando lo sucedido con una distante y gélida mirada, tan fría como la propia nieve que cubre la montaña que su cámara retrata, centrándose más en lo estético y estilístico, que en lo emotivo o emocional. Y eso que la historia está contada en primera persona. A través de la narración en off de uno de los pasajeros del avión, Numa Turcatti (Enzo Vogrincic), que no consiguió sobrevivir a la tragedia, siendo una de las últimas víctimas en fallecer apenas uno o dos días antes de que el grupo de fuese finalmente rescatado cuando había cesado ya la búsqueda y pensaban que estaban abandonados a su suerte.
Estudiante de los últimos cursos de derecho, en principio Numa no debía de haber formado parte de la delegación del equipo de rugby. Se enroló en la expedición a última hora por insistencia de su amigo ‘Pancho’ Delgado. Pero lo que lo hace ser el protagonista de la película de Bayona y de la novela en la que esta se inspira es que, del grupo de supervivientes, fue uno de los que más se resistió a ingerir carne humana, debido a sus férreas creencias religiosas.
De su fe en el catolicismo tenemos noticia ya desde la primera vez que aparece en la película, pues le encontramos en misa cuando su amigo va a invitarle al viaje y está documentado que, dentro de sus pertenencias, se encontró un pequeño trozo de papel en donde podía leerse un versículo de la biblia (“No hay amor más grande que aquel que da la vida por los amigos. San Juan 15:13″) que en la película alude a la unión y la solidaridad que se desarrolló entre estos deportistas frente a la adversidad del destino que les tocó en suerte.
A diferencia de la versión de René Cardona o la de Frank Marshall, Bayona no tiene el menor reparo en centrar su película en el dilema moral que para aquellos jóvenes -en su mayoría creyentes- supuso el tener que alimentarse de los cuerpos de sus amigos y familiares fallecidos, para no morir de hambre en la montaña, planteando directamente la pregunta de ¿en qué nos convertimos cuando comemos carne humana? Y si vale todo cuando se trata de conservar la propia vida. Y, para responderla, no duda tampoco en recurrir a la religión, tratando el canibalismo como una especie de comunión con Cristo («carne de tu carne») que murió para salvarnos, ergo: para darnos vida.
Acaso una de las cosas que tenga mayor interés de la película sea esa contraposición entre razón y fe, cuando las creencias de Numa chocan con la evidencia del razonamiento científico del estudiante de medicina que advierte al grupo del tiempo que un ser humano puede mantenerse con vida sin beber agua ni ingerir ningún alimento, para argumentar a continuación la necesidad de tomar una decisión al respecto que esté motivada por la lógica. Para vivir hay que comer. O comes o mueres. Es un paso natural, que sin embargo nos devuelve al estado más primitivo de nuestra especie, donde regía una ley muy anterior a la Ley de los hombres, la de la supervivencia.
Ya hemos dicho que a nivel técnico la película de J.A. Bayona es espectacular. En especial su recreación del accidente aéreo. Desde que el comandante avisa de las primeras turbulencias y les invita a que se sienten y abrochen sus cinturones, los nervios hacen que el humor negro aflore entre los pasajeros del avión, pero la situación se empieza a complicar y el director dilata el suspense y se recrea en él, con una caída libre de varios segundos que nos deja sin aliento, a sabiendas de que, ante la imposibilidad de superar las montañas, el choque será inevitable. Momento en el que se desencadena la tragedia cuando el avión se parte en dos y la cola sale volando con los pasajeros que iban en ella.
Sin reponernos de esa primera impresión, vemos cómo los asientos se incrustan unos detrás de otros mientras se escucha el ruido de metales retorciéndose, al tiempo que contemplamos (y oímos), el sonido de las extremidades de varios pasajeros fracturarse. Algo espeluznante. Hasta que se hace el silencio (como ocurría en «Lo imposible» cuando la protagonista y su hijo eran engullidos por la gigantesca ola del tsunami y quedaban sumergidos en ella hasta salir a flote). La oscuridad da paso a los primeros gritos de auxilio mientras vemos los restos del fuselaje del avión esparcidos por la montaña.
Ese dominio de la técnica narrativa que Bayona ha perfeccionado para filmar grandes catástrofes y situaciones caóticas, logrando transmitirnos en unos pocos minutos toda la tensión, la angustia, el dolor, la incertidumbre, el temor y el horror que precede al desastre, sea este por causas naturales o accidentales, es donde radica la mayor virtud de su celebrado último trabajo que, a buen seguro, cosechará más de un Premio Goya y quizá, con algo de suerte, algún Oscar debido a ese virtuosismo. Por lo demás, todo resulta demasiado pretencioso, previsible y, casi me atrevería a decir que quirúrgicamente aséptico, aunque es verdad que conocer de antemano el inicio, nudo y desenlace de la historia no ayuda.















Título original: La sociedad de la nieve
Año: 2023
Duración: 144 min.
País: Coproducción España-Estados Unidos-Uruguay-Chile
Dirección: J.A. Bayona
Guion: J.A. Bayona, Bernat Vilaplana, Jaime Marqués, Nicolás Casariego. Libro: Pablo Vierci
Reparto: Agustín Pardella, Juan Caruso, Agustín Berruti, Agustín Della Corte , Francisco Romero, Esteban Kukuriczka, Rafael Federman, Felipe González Otaño, Simón Hempe, Valentino Alonso, Tomas Wolf, Esteban Bigliardi, Rocco Posca, Enzo Vogrincic Roldán, Fernando Contigiani García, Benjamín Segura, Diego Vegezzi, Alfonsina Carrocio, Paula Baldini, Jerónimo Bosia, Jaime Martin James, "Louta".
Música: Michael Giacchino
Fotografía: Pedro Luque
Compañías: Apaches Entertainment, Telecinco Cinema, Benegas Brothers Productions, Cimarrón Cine, El Arriero Films. Productor: Belén Atienza, Sandra Hermida.
Distribuidora: Netflix
Género: Drama. Basado en hechos reales. Supervivencia. Años 70. Zonas frías/polares. Accidente aéreo

