Excesiva, exuberante, atrevida, salvaje, desprejuiciada, impúdica, irreverente, amoral, hipnótica, divertida, original, polémica, políticamente incorrecta, obsesiva, fascinante, febril… todos esos adjetivos se aplican al último trabajo de Yorgos Lanthimos, “Pobres criaturas”, que ganó el León de Oro en el festival de Venecia y, casi con toda seguridad, hará que su protagonista y productora, Emma Stone, se lleve el Oscar a la mejor actriz por segunda vez tras el conseguido por ‘La La Land‘, por su vibrante papel de Bella Baxter, un engendro de la ciencia que desafía los límites de la ética, en el que algunos han querido ver una relectura feminista, cómica y lujuriosa, del mito de Prometeo o del Frankenstein de Mary Shelley, con toques de Dalí y de Buñuel.
Mezcla de comedia surrealista y fantasía steampunk, cuyo guion es obra de Tony MacNamara (“La favorita” y “Cruella”) y está basado en la novela homónima del escritor escocés Alasdair Gray (1992) y en algunas de las mejores obras del cine fantástico y de terror del comienzo de los años 30, como «La parada de los monstruos» (1932), «Frankenstein» (1931) y «La novia de Frankenstein» (1935), Lanthimos vuelve a deleitarnos con esa forma suya de traducir en imágenes orgánicas, absurdas y morbosas los temas que le obsesionan, entre los cuales ocupa un lugar destacado lo que Freud llamó Eros y Tánatos, la relación del sexo con la vida y la muerte y cómo los instintos y necesidades fisiológicas, propios de nuestra naturaleza animal, entran en colisión con las normas impuestas por la cultura que nos convierte en seres “civilizados”, domesticados por el lenguaje y reprimidos por las convenciones sociales. Una historia nada fácil de digerir que da inicio con la escena de un suicidio en technicolor, cuando una mujer embarazada, de quien desconocemos su nombre y su tragedia personal, se arroja desde un puente al río.
La fotografía de Robbie Ryan cambia entonces al blanco y negro, y el realizador griego tira de super-gran angular y de lentes deformantes, como ya hiciera en “La Favorita”, para introducirnos, como quien asoma el ojo por una mirilla, en su bizarra, extravagante y distorsionada visión de la Inglaterra victoriana, donde habita esa extraña niña-mujer que tiene una cicatriz bajo el cuero cabelludo y apenas puede caminar, no retiene sus necesidades y se comunica a través de balbuceos.
Criada en cautividad por el Dr. Godwin Baxter (Willen Dafoe), un excéntrico cirujano, no menos monstruoso que su criatura, a causa de las costuras que le desfiguran el rostro, ocasionadas por los crueles experimentos que su propio padre (también hombre de ciencia) llevó a cabo con él desde que era apenas un niño, la vida de Bella, quien guarda un gran parecido físico con la mujer a la que hemos visto suicidarse, transcurre oculta entre las cuatro paredes del caserón de Godwin, a quien cariñosamente llama “God” (Señor, Dios, Padre y Creador). Un palacete por el que deambulan gallinas con cabeza de cerdo y gansos con cuerpo de perro.
Por su psicomotricidad torpe e inestable, su escaso vocabulario y su inocencia propia del buen salvaje de Rousseau, se diría que la joven sufre una discapacidad intelectual severa o que tiene la edad mental de un bebé de meses y pronto sabremos que es exactamente así. Se mueve como una muñeca que aún no se ha dado cuenta de que tiene articulaciones, habla con frases infantiles e incompletas y se comporta como una niña caprichosa, escupiendo la comida, lanzando objetos al suelo y acuchillando los cadáveres que Godwin tiene en el laboratorio donde lleva a cabo sus experimentos.
Sin saberlo, Bella no es más que uno de ellos, el resultado de un retorcido experimento del hombre que la resucitó de entre los muertos, con quien mantiene una ambigüa relación paterno-filial. Pero no entenderemos el motivo de su extraño comportamiento hasta que Godwin contrata como asistente a un alumno de sus clases de Anatomía, Max McCandless (Ramy Youssef), para que registre sus progresos. Es entonces cuando se nos revela el secreto mejor guardado del científico que rescató el cadáver de aquella desconocida mujer de las aguas del Támesis y lo devolvió a la vida, jugando a ser Dios, sustituyendo su cerebro por el de su hijo nonato.
Bella disfruta de su existencia de una forma salvaje, ingenua y sensual. Sus sentidos cobran vida según prueba los sabores de la comida, escucha los sonidos del piano que aporrea o disfruta maravillada de los placeres de la carne, al descubrir sus propio clítorix, desarrollando un insaciable apetito sexual y dándose felicidad a sí misma cómo y cuándo le apetece.
Uno de los grandes aciertos de Lanthimos es retratarla, no como un monstruo, sino como una criatura fascinante de cuya rápida evolución somos testigos a medida que aprende a hablar, caminar pensar, masturbarse, bailar, leer y filosofar sobre las desigualdades de clase y de género.
En suma podría decirse que su vida es un descubrimiento y un aprendizaje constante, de los placeres de la oralidad primero, de la genitalidad después y finalmente del raciocinio intelectual, motivado por su constante búsqueda de libertad. Bella Baxter no sabe nada sobre su identidad ni sobre el mundo. Y es a través de esa exploración, primero de sí misma y después de éste, que será capaz de escarbar en su pasado para conocer su verdadera identidad y acabar forjándose una nueva.
Como bien dice Marta Medina en El Confidencial, «la persecución del orgasmo la lleva a emprender una aventura en la que se cruzará con muchos hombres —y alguna mujer— que querrán dominar —hablando en plata— su coño. Mentras Bella lucha por ser la dueña de su entrepierna y de su vida«.
Dos hombres, en concreto, rivalizan por ella. Max, el tierno aprendiz de científico, con quien Godwin accede a prometerla en matrimonio a condición de que nunca se vayan de su lado, y el abogado Duncan Wedderburn (Mark Ruffalo), un bon vivant astuto y libertino, que la seduce introduciéndola en los placeres mundanos, con quien Bella decide emprender un viaje iniciático que la llevará de Lisboa a París, pasando por Alejandría, para ver mundo y adquirir conocimiento empírico, antes de volver a Londres para casarse con su prometido.
Durante ese trayecto de ida y vuelta que marca el desarrollo del personaje, Bella descubre, de un modo inicialmente instintivo que va siendo cada vez más racional, el arte, la música, la expresión corporal y emocional a través de la danza, la filosofía y el socialismo; y, sobre todo, el poder del sexo, por el que los hombres son capaces de pagar y de perder la cabeza si no consiguen someter y poseer en exclusiva al objeto de su deseo.
“Usted ha liberado un monstruo al mundo”, reprocha Wedderburn a Godwin, desesperado por no haber conseguido dominar el espíritu indómito de Bella Baxter, libre de los prejuicios de la sociedad de su tiempo.
«Bella se embarca en ese viaje iniciático en el que su desinhibición social y moral la lleva a poner en cuestión las estructuras de poder y las relaciones entre hombres y mujeres, con la libertad absoluta que le otorga el desconocimiento de las reglas, los usos y costumbres. Solo se deja llevar por sus propias necesidades, primero fisiológicas y luego espirituales e intelectuales«, escribe Medina.
Convertida en una fuerza desatada de la naturaleza, Emma Stone consigue encarnar a la perfección la candidez, curiosidad y sed de vivencias de Bella, uno de esos raros personajes que te hace pasar por un abanico de emociones (de la ternura a la repugnancia, pasando por la lástima y la fascinación) que va emancipándose progresivamente del control de su «creador», quien quiere protegerla como un padre desea proteger a sus hijos de las influencias corruptoras de mundo para finalmente dejarla ir, en la esperanza de que algún día volverá a la casa del padre, como en el pasaje bíblico.
Nuevamente Freud y su necesidad de «matar al padre». Para emprender su propio camino, Bella se rebela contra la sobreprotección —el encierro—, primero de Godwin —con quien tiene una relación muy ambigua— y después de McCandles —que se convierte en su tutor y enamorado—, pasando de la total dependencia al libre albedrío y de la ignorancia a la sabiduría, a través de la experimentación, base del conocimiento científico, a medida que su voluntad de ganar autonomía económica y personal se torna más firme. Por lo que muchos han celebrado la película como una parábola de la liberación femenina. Aunque lo más subversivo de esta crónica de empoderamiento sea, como advierte Oskar Belategui en El Correo, “que su protagonista conciba la prostitución como una forma de feminismo”.
Lanthimos y MacNamara no dudan en lanzar el mensaje de que, al convertir su propio cuerpo en un medio de producción, la mujer se asegura su independencia económica, lo que -lejos de someterla- supondría un camino hacia su emancipación, sin ahondar en más consideraciones morales o éticas. Un planteamiento provocador que no ha tardado en agitar el avispero en torno a la película y a su director, al que muchos acusan de vender como feminismo lo que no es más que una fantasía masculina que enmascara la explotación sexual de la mujer.
Polémicas ideológicas aparte, “Pobres criaturas” es, sobre todo, un prodigio cinematográfico que consigue momentos deslumbrantes, gracias a su inusual irreverencia y a su sentido del humor grotesco y descarnado, en el que Stone se entrega en cuerpo y alma, revelándose como una actriz bregada en la comedia física y en la improvisación. Verla devorándolo todo (pasteles y hombres) o marcándose un baile arrítmico en su salvaje y esperpéntica torpeza, es lo mejor de la película (“Un desafío sublime, tanto para los sentidos como para el intelecto”, en palabras de Manu Yáñez en la revista Fotogramas), cuya propuesta estética y narrativa recuerda a los no menos delirantes largometrajes del británico Peter Greenaway (“The pillow book”, «El vientre del arquitecto», “El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante”) por su asociación entre el sexo, la vida y la muerte, y su puesta en escena teatral, extravagante y colorista, con un impecable diseño de arte y de vestuario que logra crear una atmósfera atemporal, suspendida entre el romanticismo gótico y un futurismo retro, en la que confluyen elementos del pasado con invenciones futuristas que nos sumergen en una realidad fantasmagórica y distópica que hace que en Lisboa los tranvías vayan por el aire.
















































Título original: Poor Things,
País: Irlanda-Reino Unido-Estados Unidos
Duración: 141 minutos
Dirección: Yorgos Lanthimos
Guion: Tony MacNamara, basado en la novela de Alasdair Gray
Reparto: Emma Stone, Willem Dafoe, Mark Ruffalo, Rammy Youssef, Christopher Abbott Hannah Schygulla, Kathryn Hunter.
Fotografía: Robbie Ryan.
Música: Jerskin Fendrix
Edición: Yorgos Mavropsaridis.
Productoras: Element Pictures, Film4 Productions, Fox Searchlight, TSG Entertainment.
Distribuidora: Disney-Fox.
Género: Fantástico. Ciencia ficción. Comedia Gótica. Surrealismo. Erótico. Realismo mágico

