Dice Carla Simón, la directora de “Alcarrás”, que “lo político, contado desde lo íntimo, adquiere una fuerza mayor”. Y eso es lo que ha pretendido hacer el joven cineasta venezolano Diego Vicentini con su ópera prima “Simón”, nominada a Mejor Película Iberoamericana en la última edición de los Premios Goya y recién estrenada en Netflix, donde se ha situado rápidamente entre los diez estrenos más vistos de la plataforma. Cine político contado en primera persona. En palabras de Luis Martínez, crítico de El Mundo: “cine para la denuncia, para el debate y, por supuesto, para la controversia, en tiempos en los que la práctica política escuece, divide y, llegado el caso, ofende”.
«No aspiro a que el mundo entero se interese por Venezuela, pero confío en que mi película ayude al menos a crear empatía por un país en el que se están vulnerando los derechos humanos con cerca de 250 presos políticos», explicaba su director a su paso por Madrid, en los días previos al estreno de “Simón” en España.
«Algunos entran en la sala convencidos de asistir a un espectáculo antibolivariano o de extrema derecha. Y luego se dan cuenta de que no es así. Solo los que no han visto la película nos acusan de eso», se defendía Vicentini, interesado en aclarar que «lo que ocurre en Venezuela ahora no tiene nada que ver con la izquierda o la derecha», y que para denunciar y estar en contra de los crímenes de lesa humanidad no hace falta tener una adscripción ideológica.
«Es algo universal. La falta de derechos humanos nos afecta a todos, no tiene ideología»advertía. «Nadie de izquierdas o derechas quiere que la gente sufra. Hay sistemas fallidos y Venezuela lo es. Lo que hizo Chaves fue conectar con la pobreza del país, pero rápidamente se vio que mentía. No es el socialismo del siglo XXI, sino un régimen corrupto y represor».
“Simón” pretende hablarnos de ello contándonos la historia de un estudiante de ingeniería (interpretado con desgarro por Christian McGaffney) que, no por casualidad, lleva el mismo nombre que el Libertador de las Américas, quien se convierte en uno de los líderes del movimiento estudiantil venezolano durante las revueltas que tuvieron lugar en Caracas, entre 2014 y 2017. Un periodo de gran convulsión social, preludio de una década de penurias y exilio, en el que se producían casi a diario “guarimbas”, manifestaciones callejeras, con barricadas y cortes de carretera, que acababan en violentos enfrentamientos entre jóvenes estudiantes armados con palos y piedras, dispuestos a desafiar al ejército y la Guardia Nacional bolivarianos, para protestar en contra de las políticas del gobierno de Nicolás Maduro, que tenían sumido al país en la más absoluta miseria. Una crisis humanitaria sin precedentes en la historia del país sudamericano, cuyos habitantes tuvieron que aprender a lidiar con cortes de agua y de luz, y el desabastecimiento de gasolina, medicamentos y alimentos de la cesta básica. Así como con la restricción de las libertades públicas, agonizantes bajo un régimen que cerraba medios de comunicación y limitaba el derecho a la libre expresión y oposición políticas.
A resultas de dicha actividad subversiva y traicionado por uno de los suyos, Simón acaba siendo detenido junto a su más leal compañero, Chucho (Roberto Jaramillo), y encerrado en uno de esos siniestros calabozos clandestinos en donde se interroga a los prisioneros con métodos “poco ortodoxos”, entre ruinas e inmundicia. “Simón” no escatima nada en ese sentido al espectador. La dureza y crueldad de las torturas a las que los jóvenes son sometidos a manos de sus carceleros están ahí, con una clara intención de conmovernos e indignarnos, y provocará heridas físicas, psicológicas y morales que dejarán una huella indeleble en el joven activista quien, al salir de ese infierno, decide huir del país, como el resto de los casi ocho millones de venezolanos que han tenido que abandonar su tierra para salvarse de la persecución política o sencillamente para ir en busca de una oportunidad de futuro, poniendo todas sus esperanzas en un viaje incierto que casi nunca es fácil y no siempre tiene un final feliz.
Su destino será Miami, donde tendrá que lidiar con las dificultades del idioma y la precariedad salarial y laboral que acompañan casi siempre a la experiencia migratoria. El miedo a volver a Venezuela y a ser nuevamente capturado se mezcla con la culpa por no estar donde se le necesita, junto a sus compañeros de lucha. Sin embargo, puede en él más el instinto de supervivencia y Simón decide pedir asilo político en los Estados Unidos. Proceso en el que es asesorado por Melissa (Jana Nawartschi), una estudiante de derecho norteamericana, a la cual debe relatarle todo cuanto le ocurrió en su país, las razones de su exilio y los riesgos que implicaría su vuelta.
Tener que contar (y de algún modo revivir) el suplicio y las vejaciones sufridas, le sirve de terapia para superar el shock post-traumático que le impide el sosiego y se manifiesta en permanentes ataques de ansiedad y una agresividad incontrolada. A Simón duele la memoria de lo vivido y lo perdido. Pero, sobre todo, le duele haber fallado a los suyos.
«Yo me fui a los 15 años de Venezuela con mi familia y no viví nada de lo que vive el estudiante de la película. Tengo una vida privilegiada. No me fui andando y solo por la frontera como tantos otros. Y, sin embargo, comparto con el personaje el hecho de sentirme culpable, de no estar allá. Mientras yo estaba en Los Ángeles aprendiendo cine y hablando de Hitchcock, en mi país estaban matando gente de mi edad. Tengo 29 años y recuerdo asistir desde las redes sociales al momento en el que parecía que iba a cambiar algo. Fueron 130 días de protestas. Al final, ganó la impotencia a la esperanza», confesaba Diego Vicentini con pesar durante la promoción de su película, insistiendo en que «la culpa acompaña siempre al exiliado».
En el caso de Simón, la hostilidad y el resentimiento que envenenan su alma van dando paso a la sanación, llegando incluso a comprender las razones de quienes se mostraron conniventes con el poder. Con lo que la película adquiere una dimensión de reconciliación entre venezolanos inédita. Si bien su conclusión argumental resulta descorazonadora al rendirse a la evidencia de que nada se puede hacer frente a un régimen corrupto y un Estado represor donde la violación de los derechos humanos y la violencia institucionalizada es algo sistémico que la propia sociedad y la comunidad internacional acaba por normalizar.
La película sorprende gratamente por su solvencia y su calidad audiovisual, si bien tiene algunas cosas mejorables, como el desarrollo de los diálogos, cuyo sentido cuesta entender bajo la constante retahíla de palabras malsonantes que se utilizan en el lenguaje coloquial venezolano y que, en mi opinión, se podrían haber limitado algo más pensando en un público internacional. Así como el manido recurso a la creciente atracción sexual, no resuelta, entre Simón y Melissa.
Aunque se trate de un drama y no de un documental, se echa en falta también algo más de contexto histórico-político que ayude a comprender mejor el marco en el que suceden los hechos y el sentido último de las palabras del maligno coronel Lugo (excepcionalmente encarnado por el legendario actor venezolano Franklin Virgüez quien, en solo cinco minutos en escena, logra el mayor clímax de la cinta. Su lenguaje corporal, su inmensa presencia física y su tono y cadencia narrativas constituyen una perla interpretativa que le valió el premio de mejor actor de reparto en el Festival de Mérida, donde se estrenó la película), un personaje que provoca repulsión y temor a partes iguales, cuyo intimidante razonamiento condensa el nudo gordiano de la cuestión que “Simón” nos quiere plantear.
“¿Tú te piensas quedar aquí encerrado por algo tan infantil como tu orgullo?”, pregunta el depredador militar a su presa, cuando este se niega a firmar un documento llamando al cese de las hostilidades por parte de los estudiantes, a cambio de quedar en libertad. “Ustedes caen en el mismo cuento, una y otra vez. Esos tales líderes opositores les meten ideas en la cabeza, les hablan de libertad y de justicia, haciendo el llamado a la calle contra una tal dictadura. Aquí no hay ninguna dictadura. Aquí lo único que hay es un negocio. ¿Y tú crees que ellos no están metidos en este negocio? Salen a la calle con sus pancartas y sus piedritas, creyéndose mártires. Pero no son mártires nada, Simón. Lo que son es una cuerda de carajitos que van rumbo del matadero porque no tienen ni la más puta idea de a lo que se enfrentan. ¿Tú crees que si sacan al monigote ese de Miraflores algo va a cambiar? No va a cambiar nada. Y si tu no firmas eso, tampoco va a cambiar nada. La única diferencia es que, cuando la gente se canse, las protestas se acaben y todo el mundo vuelva a asumir su vida con normalidad, como siempre pasa, tú te vas a quedar encerrado, pudriéndote, por huevón”.
Como escribe Andrés Cañizález en El Estímulo, el meollo central de “Simón” es la derrota política de una generación de jóvenes que apostaron por la protesta en las calles como una vía para generar un cambio en el país que nunca llegó. El “sálvese quien pueda” que termina aceptando su protagonista al emprender el camino del exilio es doloroso, pero también honesto y real.
Como testimonio audiovisual de una época, “Simón” muestra la claudicación de los demócratas frente a los torturadores y autócratas, por lo que políticamente la película no perjudica a quienes ocupan y esperan perpetuarse en el poder. Al revés. El mensaje que deja el filme no puede ser más conveniente a sus fines. Lo que seguramente explica por qué el régimen de Nicolás Maduro no haya prohibido su exhibición en las salas de cine venezolanas.
Sin embargo, paradójicamente, el hecho de que alguien como Diego Vicentini se haya animado y atrevido a hacer una película de esta temática, contradice en sí mismo el mensaje que su ópera prima pareciera transmitir, manteniendo viva la llama de la resistencia, aunque sea desde la distancia.











Título original: Simón
Año: 2023
Duración: 99 min.
País: Venezuela-Estados Unidos
Dirección: Diego Vicentini
Guion: Diego Vicentini
Reparto: Christian McGaffney, Roberto Jaramillo, Jana Nawartschi, Franklin Virgüez
Música: Freddy Sheinfeld
Fotografía: Horacio Martínez
Compañías: Black Hole Enterprises
Género: Drama. Venezuela. Inmigración

