RIPLEY

Leí “Extraños en un tren”, de Patricia Highsmith, siendo adolescente, encandilada por el prodigioso manejo de la intriga de esta prolífica y andrógina escritora de novela negra norteamericana, de quien cuentan que llevó siempre mal su lesbianismo y de quien una de sus mejores biógrafas (que no una de sus innumerables amantes, ni precisamente una de sus mayores fans), Joan Schenkar, escribió que, “de no haber sido novelista, Highsmith habría sido una asesina”, no tanto por su endiablado carácter y militante antisemitismo (Schenkar era judía), como por la perturbadora facilidad con la que era capaz de introducirse en la mente criminal de sus personajes, tan perversos como ella misma, como si su cerebro fuera habitado por una multitud de voces que sólo se calmaban al trasvasar sus frustraciones al papel.

De entre todos ellos, Tomas Ripley, el inquietante asesino en serie creado por Patsy (como era conocida la Highsmith) protagoniza cinco de sus 25 novelas y alcanzó la celebridad gracias al cine, en los años ’60s, con la sobria y elegante “A pleno sol”, de René Clément, protagonizada por el galán de galanes, Alain Delon. En los ‘70s, Wim Wenders retoma la historia en “El amigo americano”, con Dennis Hopper en el papel y Liliana Cavani sorprende al mundo con “El Juego de Ripley” en 2002, con John Malkovich como actor principal. Pero quizá una de las versiones más conocidas sea “El talento de Mr. Ripley” de Anthony Minghella, con un jovencísimo Matt Damon de flequillo y “gafapasta” y Gwyneth Paltrow y Jude Law completando el reparto.

Ahora, una miniserie de la factoría Netflix vuelve sobre el viscoso personaje, al que esta vez da vida Andrew Scott, un actor en la cuarentena y sin gran atractivo físico, pero cuya versatilidad interpretativa permite dotar de un nuevo perfil a Tom Ripley, a quien se nos presenta como un sociópata resentido, acomplejado y asexualizado, en el que la banalidad del mal aflora con una torpe, algo naif y a la vez preciosista, naturalidad.

Más que una nueva versión cinematográfica de la novela de Highsmith, se trata de un poema sinfónico escrito a cuatro manos por su director, Steven Zaillian (creador de la magnífica serie ‘The Night Of‘ y guionista de ‘La lista de Schindler‘ o ‘Gangs of New York‘) y su responsable de fotografía, Robert Elswitt, (ganador del Óscar por su trabajo en “Pozos de ambición”) quienes consiguen que cada plano de sus ocho episodios, rodados íntegramente en blanco y negro de alto contraste, con un proverbial manejo de la luz y el encuadre, parezca una auténtica obra de arte.

Sin prisas ni saltos temporales inesperados, con planos que se regodean en el detalle y en la impericia de una mente asesina con calculada capacidad de improvisación (los sonidos, los silencios, el Picasso, las escaleras que Ripley sube y baja una y otra vez, la máquina de escribir con la letra “e” estropeada, el cenicero de cristal, el gato que es testigo de un crimen demasiado imperfecto, la dificultad de deshacerse de un cadáver cuya sangre deja rastro, la bañera, el ascensor…) este lóbrego relato amoral da inicio en la Nueva York de mediados de los años 50, donde nuestro hombre sobrevive a duras penas, en una pensión de mala muerte que paga con estafas de poca monta, sobre todo de seguros y cheques bancarios, gracias a su habilidad para la falsificación de firmas y documentos oficiales. Hasta que un día es contactado por Herbert Greenleaf, un adinerado armador de barcos, que piensa que Tom pudiera haber sido en tiempos buen amigo de su único hijo, Dickie (al que, en realidad, solo conoció de manera circunstancial), quien lleva dos años en Italia, entregado a “la dolce vitta” y al “dolce far niente” por lo que le pide que viaje hasta allí, a gastos pagados, con la misión de convencerle de que vuelva a Nueva York para hacerse cargo de la empresa familiar.

Viendo la oportunidad que se abre ante sí, Tom no se lo piensa dos veces y decide aceptar el encargo, poniendo rumbo a la costa amalfitana, donde enseguida encuentra a Dickie (Johnny Flynn) y a su novia Marge Sherwood (Dakota Fanning) viviendo a cuerpo de rey en una imponente villa con el dinero de un fideicomiso. Ambos se pasan el día en la playa, bebiendo martinis y haciendo planes de fin de semana con amigos. Ella escribe un libro y el pinta cuadros, sin tener el menor talento para ello. Y lo último que ambos desean es volver a los Estados Unidos.

De hecho, ya ni Ripley quiere volver a Nueva York, cegado por el brillo social de la pareja, en cuya acomodada vida acabará incrustándose como una especie de parásito. Pero, como todos los que son admitidos en esos círculos tan endogámicos sin tener el pedigrí adecuado, Ripley tiene que “cantar por su cena”, es decir, sustituir su carencia de alta cuna por ingenio, talento, simpatía o belleza. Cualidades que tampoco le adornan. Para Marge es un personaje siniestro y sexualmente ambigüo, con quien en seguida rivaliza por la atención de Dickie, de quien Tom se vuelve literalmente su sombra.

La Italia que Highsmith describe en su novela de 1955 es la del “milagro económico”; vibrante, excitante, hedonista, llena de vespas, falsos intelectuales de vida bohemia y aspirantes a artista. Una Italia que comenzó a producir artículos de lujo (especialmente ropa y zapatos), máquinas de escribir, refrigeradores y automóviles Fiat, Maserattis, Alfa Romeo, etc. El dato es importante porque Ripley, un buscavidas que desea ascender de clase social, contempla fascinado ese mundo cargado de refinamiento y de codiciables objetos de lujo que le recuerdan su imposibilidad de poseerlos. Como tampoco puede poseer a quienes los utilizan y complementan con su buen gusto y belleza, por lo que decide eliminarlos para hacerse con sus posesiones (velero y Picasso incluido).

Como si fuese improvisando su macabro plan a medida que ejecuta sus crímenes, Tom decide asesinar a Dickie y suplantar su identidad para disfrutar de la vida de confort que cree merecer y que no le tocó en suerte. Tras lo cual escapa a Roma, donde topará con el inspector Pietro Ravini (Maurizio Lombardi) que no cejará en su empeño por resolver el asesinato de Freddie Miles (Elliot Sumner), uno de los mejores amigos de Dickie que aparece muerto en extrañas circunstancias, tras haber viajado hasta la capital italiana en busca de este, al sospechar de su repentina desaparición.

Estéticamente, lo que la serie quiere mostrarnos es la Italia del neorrealismo, llevándonos de paseo por la luminosa Atrani, Capri o Palermo, con interminables escaleras de rincones curvilíneos y paredes descascarilladas, introduciéndonos en el tenebrismo de los más turbios y barriobajeros arrabales del Nápoles de Caravaggio, el pintor homicida del barroco con el que Ripley se llega a identificar de forma obsesiva, contemplando sus crímenes como una de las bellas artes y retratando una Roma nocturna que, en blanco y negro, resulta aún más peligrosa y monumental. El cuadro de “David con la cabeza de Goliat” le interesa a nuestro hombre especialmente, cuando el guía del museo le explica que el pintor se representó a sí mismo tanto en la cara del asesino como en la de la víctima. Es de ese momento de donde surge la inspiración.

Cocinada a fuego lento, la trama va cobrando sentido a medida que la serie avanza y las piezas encajan. Hasta conducirnos a un decadente palacete, con vistas al Gran Canal veneciano, donde acaba refugiándose Ripley, un personaje a priori impertérrito, pero en quien se atisban traumas, flaquezas y complejos, alguien que quiere ser aceptado especialmente por ese círculo al que desea pertenecer, de ahí la reivindicación que hace de sí mismo, en tercera persona, al definirse como “un buen tipo” cuando se ve contra las cuerdas por algún detalle que le pueda incriminar.

La evocadora aparición de John Malkovich sirve de preámbulo a un final abierto que podría hacernos pensar en una segunda temporada. Aunque no está claro si la serie continuará.

Con todas las reservas que se le pueda hacer, en relación a su ceremonioso ritmo narrativo o a la reinterpretación del personaje en su concepción original, me descubro ante la calidad visual de esta nueva versión de la novela de Patricia Highsmith que se erige como una hipnótica, perturbadora y actualizada digresión sobre el innegable atractivo de la maldad. Ocho episodios de puro cine noir.

Título original: Ripley

Año: 2024

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Zaillian

Guion: Steven Zaillian. Basada en Patricia Highsmith

Reparto: Andrew Scott, Dakota Fanning, Johnny Flynn, Eliot Sumner, Maurizio Lombardi, Kenneth Lonergan, Ann Cusack, Margherita Buy,​ Fisher Stevens, John Malkovich.

Música: Jeff Russo

Fotografía: Robert Elswit (B&W)

Compañías: Showtime, Endemol Shine North America, Management 360.

Distribuidora: Netflix

Género: Miniserie de TV. Intriga. Crimen. Thriller psicológico. Años 60.

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