Como quiera que la Iglesia católica no es ajena a uno de los grandes males de nuestro tiempo (la polarización) y que en su seno anidan algunos de los más antiguos y de los nuevos dilemas morales que nos dividen en dos facciones irreconciliables y cada vez más radicalizadas (tradicionalistas o conservadores y reformistas o liberales), Edward Berger, director de “Sin novedad en el frente”, ha decidido zambullirse de lleno en “otra guerra”: la que se libra intramuros de la Ciudad del Vaticano a la muerte de un Papa, para elaborar un catálogo de las perversiones e intrigas que se cuecen en el reino de Dios en la Tierra que gire en torno a los temas que, a su vez, generan mayor controversia en la sociedad actual (sin dejarse prácticamente ninguno), con la indisimulada intención de escribir un “nuevo catecismo” para una Iglesia adaptada a nuestro tiempo y -digámoslo claro- totalmente alineada con los preceptos de la ideología woke, en su polémica y celebrada última película, “Cónclave”, que parece haber convencido menos al gran público que a quienes reparten los premios y nominaciones en Hollywood (la película está nominada a seis Globos de Oro y es una de las favoritas a los Oscar).
Con un sólido elenco, encabezado por Ralph Fiennes, Stanley Tucci, Sergio Castellitto e Isabella Rossellini, cuyas actuaciones son, como era de esperar, absolutamente excepcionales, si por algo destaca, sin embargo, esta producción anglo-alemana, es por su brillante dirección artística que incluye una recreación más que fidedigna de la Capilla Sixtina y un esmerado cuidado por el detalle, desde las pomposas vestiduras cardenalicias en las que prima el rojo bermellón, hasta los ornamentos que decoran las majestuosas estancias del Vaticano. Así como la manera en la que están estéticamente diseñados los encuadres de cámara, buscando la simetría, lo que eleva la experiencia visual y añade profundidad y suspense a la trama, remarcando la tensa y claustrofóbica atmósfera que caracteriza al Cónclave de la elección Papal, sellado a cal y canto.
La primera escena anuncia ya lo que la historia nos depara:
El cardenal Lawrence (Ralph Fiennes) camina presuroso por las calles de Roma, llega al Vaticano y entra en un ascensor. Se quita el solideo y lo aprieta con fuerza entre sus manos. Su gesto contrariado denota la preocupación que le invade. Al abrirse las puertas, atraviesa un largo y desnudo pasillo, cuya lánguida iluminación podría ser la de un hospital, y, al fin, llega a su destino: la llamativamente humilde habitación de un Papa que acaba de fallecer. Otros tres cardenales, que previamente han manipulado el cadáver cruzándole los brazos sobre el pecho, rodean su cama. Tras unirse al grupo y rezar, de rodillas, unas oraciones en latín, uno de ellos coge la mano del Sumo Pontífice e intenta quitarle el anillo del pescador, pero, debido al agarrotamiento de los dedos, se ve obligado a ejercer más fuerza de la que creía necesaria. El crujir de huesos es amplificado buscando que el sonido resulte desagradable, violento, atronador. El rostro de Lawrence, que lo observa todo con perpleja incredulidad, refleja su temor a terminar igual que su apreciado Santo Padre, rodeado en su lecho de muerte por una jauría de lobos que llevan tiempo esperando ocupar su lugar. El Papa ha muerto, pero lo importante no es la desaparición del hombre —cuyo nombre nunca llega a pronunciarse—sino el final de su reinado y la incertidumbre de quién será el elegido su sucesor, para regir en adelante los destinos de la Iglesia de Pedro.
En las siguientes 24 horas, más de cien cardenales acuden a Roma para participar en la elección del nuevo Papa. Uno de los rituales más antiguos y de mayor secretismo del mundo, cuyo responsable es, por expreso deseo del difunto Sumo Pontífice, el Cardenal Lawrence (Ralph Fiennes), un prelado honrado y leal a la institución a la que pertenece, pero perdido y confuso en una crisis de fe que deberá de lidiar con la feroz competencia entre los cardenales aspirantes, desatándose una compleja conspiración en la que afloran las discrepancias político-religiosas que enfrentan a los distintos sectores de la Curia y algunos pecados inconfesables que permanecen ocultos y que, de salir a la luz, podrían hacer temblar los cimientos de la fe católica.
La elección papal se presenta así como lo que es: un despiadado juego de tronos en el que poco, o nada, tiene que ver la mediación del espíritu santo. Una encarnizada y tensa lucha de poder tras la que se oculta un entramado de maliciosas intrigas y ambiciones personales.
Con un claro posicionamiento en contra de los sectores más tradicionalistas de la Iglesia católica, la película de Berger se inicia sin embargo con un alegato que puede llegar a despistarnos de su real objetivo. Es ese momento en el que el cardenal Lawrence pronuncia su homilía de bienvenida al Cónclave y decide prescindir del sermón que lleva preparado para hablar «desde el corazón» de uno de los más peligrosos pecados de nuestro tiempo: la certeza. Que es, en sus propias palabras, “enemiga de la tolerancia y la unidad”, rogando a Dios “que nos conceda un Papa que se permita dudar, como lo hizo Jesús al enfrentarse a su destino (“señor, ¿por qué me has abandonado?”), porque sin la duda no tendrían sentido la Fe… ni la propia Iglesia”.
Lástima que tan sensato mensaje sea abolido casi de inmediato por la superioridad moral y el sectarismo argumental de la película, basada en la no menos sectaria novela de Robert Harris (guionista de cabecera de Román Polanski), que peca de maniqueísmo al distinguir entre buenos (los reformistas) y malos (los conservadores), reivindicando el relativismo de la conciencia individual y el perdón de los pecados (incluso de aquellos que atañen a la debilidad de la carne o los abusos sexuales) y echando mano de algunos de los mantras más recurrentes y panfletarios del “inclusivismo” contemporáneo, para pronunciarse a favor del diálogo y el respeto entre distintas confesiones religiosas (singularmente entre los cristianos y el Islam), de la necesidad de que la mujer tenga mayor protagonismo dentro de la Iglesia y de la apertura de esta hacia el divorcio y hacia el matrimonio homosexual, elevando la apuesta al abogar por la aceptación de la diversidad intersexual en su seno, pues “el cuerpo humano es obra de Dios y la obra de Dios es perfecta”. «La tesis de la película es clara –dice su director– o asumes las derivas de una nueva realidad social u optas por mantenerte replegado sobre ti mismo ignorando todo aquello que te rodea. Lo que inevitablemente te conduce a volver a la Edad Media».
Cuestión de enorme trascendencia e interés que genera controversia y que, por ello, merece ser tratada con mayor seriedad y profundidad, quizá a la luz de un nuevo Concilio Ecuménico que responda a la pregunta de qué quiere ser la Iglesia Católica en el siglo XXI, pero definitivamente no con la ligereza y el afán propagandístico con el que lo hace esta película que, en palabras de Begoña del Teso, “quiere ser tan ortodoxa con los nuevos valores imperantes en la sociedad que pronto empieza a desvariar” y cuyo final -que no vamos a desvelar aquí para no hacer spoiler- “es un puro disparate” destinado a escandalizar a los sectores más conservadores de la Iglesia.


















Título original: Cónclave
Año: 2024
Duración: 132 min.
País: USA-Reino Unido-Alemania
Dirección: Edward Berger
Guion: Peter Straughan. Novela: Robert Harris
Reparto: Ralph Fiennes, Stanley Tucci, Sergio Castellitto, John Lithgow, Isabella Rossellini.
Música: Volker Bertelmann
Fotografía: Stéphane Fontaine
Compañías: Indian Paintbrush, Filmnation Entertainment, Access Entertainment, House Productions. Distribuidora: Focus Features
Género: Drama. Thriller Vaticano. Intriga Clero. Religión. Iglesia Católica.


