LEE MILLER

Me esperaba bastante más del biopic de Lee Miller. Una mujer con tantas agallas como vidas decidió vivir y cuya glamorosa faceta de modelo eclipsó con frecuencia su talento como fotógrafa.

Miller fue una de las mejores maniquíes de moda de los años 20, posando para revistas como Vogue, Vanity Fair y Harper’s Bazaar. Pero no se conformó con eso. Fue también musa, amante y colaboradora del surrealista Man Ray, mientras este trabajaba como artista y fotógrafo comercial en París y un miembro clave de un talentoso círculo social que incluía al poeta Paul Éluard, el dramaturgo Jean Cocteau o el pintor Pablo Picasso, para quien también posó y del que fue una de sus muchas mujeres y amiga incondicional hasta el final de sus días.

Hacia la mitad de su vida, decidió convertirse en fotoperiodista y documentar las atrocidades de la guerra en Europa, llegando a inmortalizarse a sí misma metida en la bañera del apartamento de Hitler en Múnich, el mismo día en que el Führer se pegó un tiro en su búnker de Berlín. Una foto que fue publicada en la edición americana de Vogue y que dio la vuelta al mundo. Se la hizo el fotógrafo de la revista Life, David E. Scherman, el 30 de abril de 1945. Los dos habían hecho miles de fotografías juntos en los meses anteriores. Y, el día anterior a tomar esa instantánea, habían asistido a la liberación del campo de exterminio de Dachau, donde pudieron ver, oler, sentir y documentar el horror. Centenares de cadáveres famélicos apilados junto a las alambradas.

Scherman captura la imagen que titula “Lee Miller en el baño de Hitler” en el 27 de la Prinzenregent Platz (el mismo apartamento donde la joven sobrina del führer, Geli Raubal, se había suicidado en 1931). En la escena puede verse a la fotógrafa desnuda, dentro de la bañera; ha dejado sus botas sucias de barro sobre la alfombra, y un retrato de Hitler la contempla mientras se lava.

El indudable interés de un personaje tan cautivador, una mujer valiente y desinhibida, con un don singular para ser testigo de momentos clave de la historia, así como la importancia de los artistas con los que intimó y la repercusión que llegó a tener su trabajo hacían que lógicamente se esperase mucho del debut como directora cinematográfica de la aclamada directora de fotografía Ellen Kuras. Pero he de decir que su ópera prima me ha dejado completamente fría. Ni siquiera el hecho de que sea Kate Winslet, una de mis actrices favoritas, quien encarne a la intrépida fotoperiodista estadounidense consigue salvar a “Lee” de ser una película del montón, sin demasiadas cualidades a reseñar. Así que me centraré en lo que la película no cuenta del personaje, más que en lo que cuenta de ella, que es por lo demás bastante redundante centrado en su práctica totalidad en presentarla como una aguerrida pionera en la reivindicación de la igualdad entre hombres y mujeres, en tiempos en los que eso era mucho más difícil que ahora y el movimiento se demostraba andando, no con vacías soflamas.

Elizabeth Miller nació en 1907, en Poughkeepsie, una pequeña ciudad industrial a unos 140 km de la ciudad de Nueva York. Su padre, Theodore, de ascendencia alemana, fue un ingeniero, inventor y fotógrafo aficionado que alentó el interés de su hija por la fotografía, comprándole su primera cámara, una Kodak Box Brownie, a los diez años.

Fue en el cuarto oscuro de revelado de este donde la pequeña Lee comenzó a experimentar con el milagro fotográfico, posando por primera vez como modelo para su padre que le tomó miles de retratos desde su nacimiento hasta la edad adulta, incluidos varios desnudos.

Cuando tenía siete años, fue violada e infectada con gonorrea, por un amigo de la familia, en cuya casa se hospedaba en en Brooklyn, un oscuro episodio de la biografía de Miller que una llorosa y desesperanzada Winslet consigue exorcizar en el clímax de la angustia de su personaje, en confesión con su desconcertada editora y amiga Audrey y que seguramente está conectado con esa otra escena en la que Lee impide la agresión sexual de una chica francesa por un soldado americano en plena calle.

Al cumplir la mayoría de edad, Lee se va de viaje de estudios a París que, en los dorados años veinte, era una ciudad vibrante, con una intensa vida cultural, artística e intelectual. Y de regreso a Nueva York, en 1926, tuvo un encuentro casual con el fundador de Vogue, Condé Nast, quien quedó tan prendado de su sofisticación y belleza que la invitó a salir en la portada de su revista, en la que trabajó con algunos de los fotógrafos de moda más importantes de la época, como Edward Steichen. Él fue quien le presentó a Man Ray, con el que Lee convivió y colaboró en París entre 1929 y 1932.

De regreso a Nueva York abrió su propia empresa comercial, Lee Miller Studios Inc., y, dos años después, decidió mudarse a Egipto para casarse con el rico empresario Aziz Eloui Bey. Sin embargo, su estancia allí fue igual de breve que su matrimonio.

Pero nada de esto se cuenta en la película de Kuras que arranca mucho después. En 1977, año en el que la fotógrafa falleció.

Lee era entonces para el gran público ya casi una desconocida, hasta el punto de que su propio hijo, Antony, ignoraba la relevancia que había tenido su trabajo como corresponsal de guerra hasta que descubrió más de sesenta mil negativos, además de manuscritos y cartas, en el desván de la Farley Farm House, donde la fotógrafa había vivido sus últimos años, que utilizó para narrar la vida de su madre en un libro: “The lives of Lee Miller”.

Es su historia la que da pie a Kuras y a Winslet (no olvidemos que la actriz es también productora ejecutiva de la película) para reconstruir apenas un fragmento de la fascinante vida de esta mujer poliédrica (el que tiene que ver con su trabajo como fotoperiodista durante la II Guerra Mundial y las atrocidades del holocausto que pudo retratar y dar a conocer al mundo). El hilo conductor de la narración es el diálogo que entabla la anciana fotógrafa con un joven que la interroga (Josh O’Connor) sobre las instantáneas que contempla, queriendo que comparta con él sus más escabrosos recuerdos. «Estás haciendo un gran alboroto de la nada; son solo fotos», le dice Miller con desdén, mientras da buena cuenta de una botella de ginebra, antes de empezar su relato, que da comienzo alrededor de 1938.

Según propia confesión, en esa época se le da bien «beber, follar y tomar fotografías» y lo hacía todo en exceso. Se trata de una mujer bohemia, con una voz que suena a bourbon y a metralla, un espíritu intelectual y sexualmente libre, a la que conocemos mientras está de vacaciones con unos amigos en el sur de Francia, concretamente en Mougins, donde Man Ray (Seán Duggan) y la exótica actriz Ady Fidelin (Zita Hanrot), Paul y Nusch Éluard (Vincent Colombe y Noémie Merlant), la periodista francesa Solange de Labriffe (Marion Cotillard) y su marido Jean (Patrick Mille), sexto duque d´Ayen, pasan una temporada en el hotel Vaste Horizon, lugar de veraneo de Dora Maar y Picasso (Enrique Arce).

De aquellos cálidos días en la Costa Azul, de radiantes cielos azules y campiñas soleadas, son la conocida fotografía de Miller donde un Paul Éluard con sombrero fuma un cigarrillo, mientras Nusch se apoya sonriente en su hombro; o la de Max Ernst cubriendo con sus manos los pechos de Leonora Carrington.  

El último en unirse al grupo es el también pintor y comisario de arte Roland Penrose (Alexander Skarsgård), con quien la insaciable Lee se acuesta a las cuatro horas de conocerse convirtiéndose en pareja estable y en marido y mujer, después de la guerra.

Penrose es un artista adscrito al movimiento surrealista y un activista comprometido con la causa de la España republicana (en octubre de 1938, coordina la exposición del Guernica en Londres). En 1939 Miller se instala en su casa y ambos frecuentan a los surrealistas de la capital británica: Henry Moore, Paul Nash, Eileen Agar, John Banting, Édouard Mesens, Conroy Maddox, Humphrey Jennings… en un restaurante español del Soho llamado “Barcelona”. Viajan por los Balcanes fotografiando campesinos y vuelven a Egipto para recorrer los oasis del desierto.

Pero, con Europa sumida en el caos y la guerra a punto de estallar, Miller decide hacerle una visita a Audrey Withers (la dicharachera Andrea Riseborough, quizá la actuación más memorable del biopic de Kuras), directora de la edición británica de Vogue, con la que empieza a colaborar como fotógrafa freelance.

El bombardeo de Londres por los aviones de la Luftwaffe, en 1940, le brindó la emocionante oportunidad de iniciarse en la fotografía de guerra. Withers le encarga fotografiar el destrozo y después a las mujeres en el Ejército, a las enfermeras y voluntarias de la Cruz Roja… Su objetivo documenta el esfuerzo de la mujer británica en la industria de guerra, trabajando en fábricas de armamento, conduciendo tractores… La fotografía de la redacción de Vogue, donde se ve a siete mujeres bajo un cartel de “No smoking”, o la imagen del duro Clark Gable, con gesto triste (acababa de incorporarse a la fuerza aérea tras la muerte de su esposa Carole Lombard), a quien Miller fotografió apoyado en un avión, en una base militar británica, son muestra del nuevo rumbo que toma su trabajo. Como esas otras imágenes tomadas en 1942, donde capta a Henry Moore, refugiado en el metro de Londres durante los bombardeos alemanes.

Un año después, decide alistarse para ir al frente como corresponsal de guerra, intentando canalizar su ansia de aventura y su inusual arrojo ante la vida. Su primera incursión en combate se produce durante el sitio de Saint-Malo, donde capta al médico con el broncoscopio y al herido con graves quemaduras que murió después, en Normandía (una de las escenas más conmovedoras de la película es el diálogo que ambos mantienen, cuando el soldado le pide que le haga una foto porque le han dicho que va a ir a casa. “Quiero que vean que fui valiente”); así como la escena de las mujeres de Rennes a quienes la resistencia había rapado la cabeza en represalia por su “colaboración horizontal” con los nazis.

Miller y Scherman viajan con la 83ª División de Infantería del Séptimo Ejército norteamericano por una Europa en guerra durante meses y el 25 de agosto de 1944 llegan a París. La ciudad había sido liberada el día anterior por los republicanos españoles del general Leclerc y por la resistencia francesa. Cuando terminan los combates, el alto mando de las fuerzas aliadas se instala en el hotel George V y los curiosos van a ver el humo que surge de las oficinas ennegrecidas de las Waffen SS de la rue Auber, mientras Miller corre a visitar a Picasso, en su estudio del número 7 de Grands Augustins. No se habían visto desde 1939, en Antibes, cuando la guerra estaba a punto de estallar.

En la cinta de Kuras, en cambio, a quien visita Miller es a su amiga Solange d´Ayen (¡qué desaprovechadas están Marion Cotillard y Noémie Merlant en relación a la poderosa y eclipsante Winslet, omnipresente en todos los planos de la película!) que ha perdido la cabeza tras haber sido capturada por los nazis, por sus actividades para la Resistencia. Ella le cuenta que su marido ha desaparecido. Al igual que cientos de miles de personas (judíos, homosexuales, gitanos) a los que se llevaron las SS y de los que se desconoce su paradero. Un testimonio que corrobora después con los Éluard.

Miller y Scherman se instalan en el hotel Scribe de París (en una desordenada habitación que el reportero de Life fotografía, con una cama de hierro y una mesa repleta de cosas, con la máquina de escribir portátil y la botella de coñac que la fotógrafa bebía sin descanso) y, desde allí, empieza a escribir sus primeras crónicas que envía a Vogue junto con las fotografías que toma. El hotel es en esos días frecuentado por numerosas celebridades, entre ellas Robert Capa y John G. Morris. Miller recoge sus impresiones de unos días terribles y su júbilo por la libertad recuperada.

Pero la guerra aún no había terminado. El mayor legado histórico de Lee Miller llegó en 1945, durante los últimos días de la contienda. Siguiendo la pista de los desaparecidos, ella y Scherman pasan de Francia a Alemania y, siguiendo las vías del ferrocarril, encuentran trenes varados en pequeños apeaderos repletos de cadáveres en descomposición, mientras los niños de los poblados aledaños juegan en las inmediaciones custodiados por sus madres. Y eso no es todo. Al saber que la guerra estaba perdida, los nazis empiezan a suicidarse en familia con una pastilla de cianuro, como la de Leipzig que Miller retrata cuando yacía inerte.

Tras tres meses que documentar el caos postbélico, ella y Scherman entran en Buchenwald y en Dachau donde fotografían a los famélicos prisioneros de los campos de exterminio liberados por el ejército aliado deambulando cual zombis, los hornos crematorios y al SS de cara ensangrentada que es ajusticiado y devuelto al campo por los antiguos prisioneros. Pero lo más terrible son los cadáveres. Miles de ellos, pudriéndose en fosas comunes o apilados por doquier. Instantáneas desgarradoras que envió a las oficinas londinenses de Vogue. “Tengo claro”, le escribió a su editora “que la población civil sabía lo que estaba pasando. El tren que va a Dachau pasa por delante de casas […] Espero que Vogue considere que se pueden publicar estas imágenes”. Y eso hicieron. Pero no en la edición británica, sino en la estadounidense. Como escribió Edna Woolman Chase en su autobiografía: “Dudamos bastante sobre si publicarlas o no, tuvimos muchas reuniones para debatirlo, pero al final nos pareció lo correcto”.

Esas estremecedoras escenas la atormentarán durante el resto de su vida a Lee, hasta el punto de sumirla en una grave depresión.

Cuando la guerra por fin termina, visita el hospital infantil de Viena y recorre Alemania, Hungría y Rumania, fotografiando la desolación, por ejemplo, de la reina madre Elena de Grecia, en un palco del castillo de Valea Peleș, el palacio de verano de la monarquía rumana en Sinaia. En Budapest, fotografía el pelotón de fusilamiento que está a punto de ajusticiar a László Bárdossy, primer ministro húngaro, condenado por criminal de guerra y colaboracionista con los nazis por un tribunal popular.

Pero no sólo se persigue a los nazis; norteamericanos y británicos empiezan a documentar también la actividad de los comunistas en todos los países europeos a los que llegan. De hecho, Miller era investigada y considerada una relevante comunista por los servicios secretos británicos desde 1941, que elaboraron informes sobre su relación con Picasso.

El horror de la guerra y los campos de exterminio la marcaron para siempre. A sus problemas de depresión se une el abuso del alcohol, pero pese a ello, Lee continúa su labor como fotógrafa, especializándose en los retratos. Frente a su objetivo desfilan Max Ernst, Wifredo Lam, al diseñador Isamu Noguchi, al pintor Yves Tanguy, la escritora y pintora Dorothea Tanning, Igor Stravinski o Dylan Thomas.

En 1947, se casa con Roland Penrose, y se mudan a Hampstead, Londres, en el 36 de Downshire Hill. Y ese mismo año, fotografía a T. S. Eliot y a Stephen Spender. En 1948, a Giorgio Morandi, en Venecia y a Oskar Kokoschka, un año después. En 1950, Miller publica en Vogue fotos del Dublín de James Joyce y en el 53, fue comisaria en Londres de “The Wonder and Horror of the Human Head”, una exposición que mostraba la cabeza de los seres humanos en la historia. Después acompaña a Penrose a ver a Picasso en París y, en 1955, viajan juntos a Málaga y Granada en busca de las imágenes de la infancia del pintor español, donde capta la vida de las calles andaluzas.

Pero, en casa, Lee se ocupa cada vez más de los fogones, convirtiéndose en una cocinera y anfritriona consumada y, aunque sigue haciendo retratos de artistas a quien Penrose estudia, como Picasso, Tàpies o Miró, la fotografía llena cada vez menos su vida abandonándola al quedar embarazada de su único hijo.

“El último viaje del capitán Cook”, la obra de Penrose que tardó treinta años en terminar, envuelve un torso de mujer, sin extremidades ni cabeza, entre los alambres de una esfera terráquea, que parece recordar, aunque nunca fuera esa la intención del autor, que la mujer es también la tierra, y, como ella, tempestuosa, hermosa y fértil, aunque prisionera, como Lee Miller, del dolor y la cólera de un tiempo sin clemencia, rehén de la crueldad de la guerra que la persiguió hasta el último de sus días. Una fotógrafa que en su particular viaje vital recorrió el laberinto que va del frívolo glamour de la moda a la oscuridad y la angustia de los campos de exterminio, y ya nunca pudo salir de allí. En una carta de 1945 a Scherman, describe su desasosiego existencial: «Por alguna razón, siempre quiero estar en otro lugar».

Título original: Lee

Año: 2023

Duración: 116 min.

País: Reino Unido-Estados Unidos-Australia

Dirección: Ellen Kuras

Guion: Liz Hannah, John Collee, Marion Hume. Biografía: Antony Penrose

Reparto: Kate Winslet, Marion Cotillard,
Alexander Skarsgard, Andrea Riseborough,
Josh O'Connor, Andy Samberg, Noémie Merlant, Arinzé Kene, Vincent Colombe,
Patrick Mille, Samuel Barnett, Zita Hanrot, James Murray, Enrique Arce...

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Pawel Edelman

Compañías: Brouhaha Entertainment, Juggle Productions, Hopscotch Features, Rocket Science, Hantz Motion Pictures, Pasaca Entertainment, Sky

Género: Drama Biográfico. Fotografía. II Guerra Mundial.

2 Comentarios

  1. Qué buena crítica, ya estoy planificándome para ir a ver la película al cine. Amaia, una de las cosas que más me gustan de tus críticas es que contextualizas magníficamente y en profundidad cada filme y a sus protagonistas, además de esa estructura narrativa en círculo. Me atrae el personaje de Lee Miller: mujer bohemia, libre y fotoperiodista.

    Eskerrik asko,

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