UNA CASA LLENA DE DINAMITA

El estreno de “Una casa llena de dinamita” en Netflix pasó casi inadvertido y rápidamente ha desaparecido de los diez primeros títulos recomendados por la plataforma, pese a ser en las últimas semanas uno de los títulos más vistos. Quizá porque, una cosa es criticar a Trump y otra lanzar una carga de profundidad contra el corazón mismo del sistema.

Kathryn Bigelow, la directora de “En tierra hostil” (con la que hace diecisiete años se convirtió en la primera mujer en ganar un Óscar a la Mejor Dirección) y de “La noche más oscura”, ha decidido estrenar en streaming una de las películas más lúcidas e inquietantes de su filmografía reciente. Un thriller político apocalíptico, rodado con estremecedora precisión quirúrgica que, más allá de la acción y el suspense propios del género, plantea una seria reflexión sobre la fragilidad de los sistemas en los que hemos basado nuestra percepción de seguridad colectiva y se erige como una sombría y oportuna advertencia sobre los renovados peligros de la proliferación nuclear.

El punto de partida era hasta hace poco impensable aunque el cine haya fantaseado siempre con ello y últimamente con mayor frecuencia, si cabe. Los radares americanos detectan el lanzamiento de un misil nuclear desde un submarino de bandera no identificada situado en el Océano Pacífico. No tienen ni idea de quién lo ha disparado. Podrían ser los rusos, aunque ellos dicen que no han sido. Pero ¿qué van a decir los rusos? O quizá hayan sido los chinos o los norcoreanos. ¿Un ciberataque?

Mientras los servicios de inteligencia y el subasesor de Seguridad Nacional, Jake Baerington (Gabriel Basso), que ha elegido un mal día para tener que sustituir a su jefe, intentan averiguarlo, el misil ha invadido el espacio aéreo estadounidense y sigue imparable su trayectoria rumbo a Chicago, ciudad en la que se espera que impacte en 20 minutos exactos, incinerando a sus diez millones de de habitantes. En una base militar de Alaska, un grupo de atribulados marines se prepara para el lanzamiento de los sistemas de defensa antimisiles a fin de interceptarlo y destruirlo en el aire, pero inexplicablemente fracasan en el intento. O no tan inexplicablemente, pues tales artilugios, pese a costar una millonada, tienen un margen de error de detonación cifrado en casi un 40%. Dato en el que, hasta ese momento, nadie parece haber reparado. (Lo dice el Secretario de Defensa Reid Baker (Jared Harris) con una claridad hiriente: «Cincuenta mil millones de gasto en defensa y nos la jugamos a lanzar una moneda al aire»).

La cúpula del poder político y militar se paraliza entonces ante lo inevitable, mientras intenta decidir a quién debe devolver el golpe, qué país borrar del mapa con sus propios misiles y ojivas nucleares, en represalia por lo que está a punto de suceder y para que no se repita ni haya una escalada. Pero ¿cómo se puede disuadir a un enemigo invisible?

Bigelow y su guionista, Noah Oppenheim (director y guionista de Día Cero) desmantelan así el mito de la amenaza nuclear basada en la “destrucción mutua asegurada”, planteando una situación anómala (pero desgraciadamente no ya imposible) que pone en cuestión el poder disuasorio del arsenal atómico, mientras ofrece un retrato hiperrealista de la logística de defensa y la maquinaria militar estadounidense. Los protocolos de evacuación, los centros de mando bunkerizados, los cafés en vasos de cartón, los interminables sistemas de doble y triple verificación (llaves duplicadas que deben de girar dos personas a la vez, códigos cifrados en tarjetas plastificadas), los distintos escalafones jerárquicos hasta llegar a POTUS, el presidente de los Estados Unidos, comandante y jefe supremo de los ejércitos sin tener ni idea de estrategia militar… todo respira una autenticidad casi documental. Lo que, lejos de tranquilizarnos, resulta enervante y aterrador.

El angustioso cronometraje de la cuenta regresiva para el impacto final, orquestado por la percusiva banda sonora de Volker Bertelmann (Cónclave) y el uso de la cámara en mano y del plano secuencia con espíritu de cinéma vérité imprimen a la narración una tensión exasperante pero, con todo, lo más perturbador de “Una casa llena de dinamita” no es el misil nuclear ni la posibilidad cierta del fin del mundo que hemos cientos de veces, sino la revelación de que todo aquello que nos hace sentir seguros —los protocolos, la tecnología o la figura jerárquica referente de autoridad— es apenas una ilusión compartida.

Como escribe Alberto Olmos, “mientras ves la película, te das cuenta de que todo funciona perfectamente mientras no haya que utilizarlo”. El sistema funciona solo mientras no se pone a prueba. Pero cuando llega la hora de la verdad, nadie sabe lo que hay que hacer. “Las personas a las que pagamos para que nos libren del desastre nuclear saben de este lo mismo que nosotros: nada. Lo cual es lógico, porque ninguno de nosotros ha vivido nunca un apocalipsis nuclear. Aunque su trabajo consistiera en tomar las decisiones acertadas, llegado ese escenario, la gente que tiene que hacerle frente y que está preparada para ello, que tiene los dosieres precisos, con las instrucciones exactas, se siente como si fuera su primer día de trabajo. ¿Qué hago?, se pregunta. Porque nadie le dijo que llegaría un día en que tendría que hacer algo”.

Cuando el presidente de los Estados Unidos se ve obligado a decidir entre dejarse aniquilar o destruir un país al azar, llama a su mujer, la Primera Dama (Renée Elise Goldsberry), que está de safari en Kenia como parte de un programa de conservación de elefantes, buscando consuelo y orientación humana, tras pedir consejo a quien se supone que debe asesorarle en cuestiones militares: el teniente comandante Robert Reeves (Jonah Hauer-King), alguien que se toma su trabajo muy en serio y se siente muy honrado de desempeñarlo, uniformado de blanco impoluto, quien le presenta al presidente lo que podría ser la carta de un restaurante pero es, en realidad, un manual de opciones estratégicas y armamentísticas para contraatacar. “Las hojas verdes son ataques selectivos. Las amarillas, limitados. Las rojas, de envergadura. Yo los llamo, poco hecho, al punto y muy hecho. Es una barbaridad, lo sé”, reconoce antes de santiguarse.

Siempre he pensado que el hecho de tenerte todo el día junto a mi, con ese libro lleno de armas nos bastaba. Así teníamos a la gente controlada, al mundo en orden y se nos vería preparados. Nadie iba a empezar una guerra nuclear ¿no? Pero se ha abierto la veda. Y ahora eso no tiene sentido”, contesta POTUS a su consejero militar que, ante el dilema de “Rendirse o suicidarse”, le aconseja atacar. (“El genio está fuera. Si no hacemos nada, los malos pensaran que pueden vencer”).

Ahí reside la clave de “Una casa llena de dinamita”. El colapso de un imperio que todavía cree tener la última palabra. En un mundo que todavía cree tener el control nuclear, Bigelow demuestra que en realidad nadie lo tiene. La película es un espejo de nuestra época: un tiempo que confunde la simulación del control con el control mismo. Lo que expone es, en última instancia, nuestra dependencia emocional de una figura o un sistema de orden que llegado el momento demuestra no ser tal.  

El mundo se mantiene en un frágil equilibrio de desconfianzas, y el botón rojo lo puede apretar cualquiera de los autócratas al mando de las potencias nucleares -no da mucha tranquilidad que empiecen a ser mayoría- o el capitán de un buque lanzamisiles al que su pareja lo acaba de dejar. O una inteligencia artificial extralimitada en sus funciones. O un hacker adolescente, simplemente «for the LOLs» -«por las risas»-, como finiquitaba Sam Levinson su Assassination Nation. Ya no interesa cómo acabará el mundo -lo hemos conjeturado cientos de veces-, sino cómo actuar en ese inicio del fin”, escribe Marta Medina en El Confidencial.

El liderazgo, nos sugiere Bigelow, no consiste en tener las respuestas, sino en mantener la compostura mientras el mundo se desmorona. Su película no toma partido: registra el miedo, el cansancio, la rutina del desastre. No busca resolver un misterio, sino medir la distancia entre las decisiones humanas y las consecuencias que generan. La moralidad del film no está en lo que muestra sino en lo que omite: no hay redención, no hay consuelo, no hay cierre porque lo realmente angustioso es constatar el caos que la emergencia desata. Para lo cual se ha documentado a fondo, bombardeándonos con acrónimos y jerga técnica: ICBM (misiles balísticos intercontinentales), GBI (interceptores terrestres). Con ella descubrimos que es un DEFCON1 y un DEFCON2, el Comando Estratégico (STRATCOM) y la Agencia Federal de Gestión de Emergencias. Conocemos a la capitana Olivia Walker (la siempre magnífica Rebecca Fergusson), una empleada de seguridad de alto rango, al secretario de Defensa (Jared Harris), a generales, almirantes y tenientes del Estado Mayor (Tracy Letts, Jason Clarke, Anthony Ramos) e, incluso, a un presidente de los Estados Unidos negro, como Obama (Idris Elba), a quien vemos jugando al baloncesto y charlando animadamente con un equipo femenino de la liga escolar antes de ser evacuado apresuradamente por el servicio secreto al llegar la noticia de la crisis.

“Entre tanta bandera y tanta estatuilla de Lincoln, los Estados Unidos que representa Bigelow están llenos de afroamericanos, latinos, asiáticos y mujeres en puestos de poder”. Esa América que niega Trump y que algunos tildarán de woke. La película denuncia la incompetencia de todos esos funcionarios de la Casa Blanca, esos políticos del Capitolio, esos militares del Pentágono —los guardianes del mundo libre— que durante años se han estado preparando para un escenario que confiaban en no tener que llegar a gestionar jamás y que, cuando el apocalipsis se vuelve real, inevitable e inminente, se comportan como cualquier ciudadano lo haría: dudan, lloran, rezan, llaman a sus seres queridos para despedirse con voz temblorosa y se suicidan, porque la épica del deber se disuelve en la súbita y devastadora conciencia de la vulnerabilidad humana.

Igual que supo suspender el tiempo en En tierrra hostil, su directora construye su nuevo trabajo cinematográfico completando los distintos puntos de vista de los principales personajes implicados en la trama frente a la misma cuenta regresiva. Una estructura narrativa a lo “Rashomon” que hace que el protagonismo vaya cambiando y, cuando ya parece que el suspenso llega al límite, tengamos que volver a empezar. El argumento se fija en algunos aspectos de la vida personal de esos funcionarios anónimos a quienes pretende humanizar. Los momentos más importantes de la historia del mundo están llenos de pequeños detalles cotidianos. El pequeño juguete dinosaurio que la capitana Walker se lleva por accidente al trabajo no solo le recuerda a su pequeño hijo, al que quizá no vuelva a ver, sino también a esos seres vivos que dominaron la Tierra, como lo hacen ahora los humanos, pero que un día se extinguieron, como es posible que le suceda a la humanidad si se desata una tercera guerra mundial.

Como se dice en la película, «hemos construido una casa con paredes llenas de dinamita y nos hemos empeñado en vivir en ella«. La seguridad no es más que una mentira que nos contamos para poder dormir tranquilos. Pero, cuando llegue el momento, quizá no tengamos ni 20 segundos para decir un “te quiero” a quienes amamos. Ya no es una locura, es la realidad.

Titulo original: A House of Dynamite

Año: 2025

País: Estados Unidos

Duración: 112 minutos.

Dirección: Kathryn Bigelow.

Guion: Noah Oppenheim.

Reparto: Idris Elba, Rebecca Ferguson, Gabriel Basso, Jared Harris, Tracy Letts, Anthony Ramos, Moses Ingram, Jonah Hauer-King, with Greta Lee, and Jason Clarke. Also starring Malachi Beasley, Brian Tee, Brittany O'Grady, Gbenga Akinnagbe, Willa Fitzgerald, Renée Elise Goldsberry, Kyle Allen y Kaitlyn Dever.

Fotografía: Barry Ackroyd.

Música: Volker Bertelmann.

Género. Thriller político. Drama militar apocalíptico.

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