FRANKENSTEIN

Guillermo del Toro ha perseguido toda su vida a Frankenstein. La obsesión que el realizador mexicano tiene por los monstruos nació en la infancia. Concretamente el día en que, a los 11 años, terminó de leer la novela de Mary Shelley (“Frankenstein y el moderno Prometeo”). En ella encontró “su biblia”. La humanidad de la Criatura y ver la belleza y el horror a través de sus ojos, hizo que aquel niño tapatío empezara a observar el mundo y las personas desde una perspectiva poco común y, a lo largo de 20 años de trabajo, el eco del monstruo incomprendido ha latido en cada historia que el director de «El laberinto del fauno» y «La forma del agua» nos ha querido contar.

Empeñado en demostrarnos en sus películas que la aparente monstruosidad también puede albergar belleza, inocencia, bondad y sensibilidad, Guillermo del Toro ha querido rodar desde entonces la historia de la Criatura creada por el doctor Frankenstein y, a sus 60 años, finalmente enfrenta al mito de frente. El resultado es una suntuosa sinfonía visual, una película de belleza oscura y desmesurado barroquismo estético, que se mantiene fiel al clásico publicado en 1818, aunque se permite alguna licencia narrativa para subrayar el tono existencialista y romántico de la tragedia de esa Criatura inmortal que descubre con horror la verdad de su origen.

Y es que la novela de Mary Shelley (de 200 años de antigüedad) no es solo un relato de terror gótico. Es todo un tratado filosófico sobre la creación, la responsabilidad, la búsqueda de la identidad, el dolor de la soledad y el dilema moral que se plantea entre la búsqueda del progreso científico y la esencia de la naturaleza humana, en el supuesto de que estemos hechos de carne y de espíritu, como la escritora británica parece sugerir. Shelley formula una pregunta en su libro: ¿Qué sucede cuando el ser humano, en su arrogancia, juega a ser dios y, buscando dar vida a lo inerte, siembra el dolor y la muerte? Y, a partir de esa premisa, convierte la historia de Víctor Frankenstein en una exploración sobre el tormento del creador que cree haber fracasado al no poder dotar de inteligencia a su Criatura y la desolación del “hijo” que se siente repudiado por el padre y temido y marginado por el resto del mundo.

Esa simbiosis entre monstruo y víctima, y la enorme carga simbólica de la novela ha hecho de ella un pozo inagotable de inspiración para el cine, en cuyas oscuras aguas se han reflejado preocupaciones morales y científicas a lo largo de los siglos, siendo hoy aplicable su argumento a nuevos desafíos relacionados con la biotecnología, la alteración genética y la identidad o la longevidad y la búsqueda de la vida eterna.

La versión de Del Toro acierta de pleno en la forma pero se queda a medio camino en el fondo. Su historia se inicia con un prólogo de invención propia que el cineasta mexicano sitúa en el Círculo Polar Ártico, donde un barco de la Corona británica ha quedado varado en un océano convertido en un inmenso glaciar. Aunque de una belleza inusual, la escena inicial en la que la Criatura invencible e indestructible persigue hasta dar caza a su creador que es rescatado malherido por el Capitán Anderson (Lars Mikkelsen) y su tripulación, no es puramente ornamental, sino una advertencia de que la película no se limitará a recrear fielmente los eventos que narra el libro. El realizador mexicano se permite además otras licencias, como todo lo referente al contexto familiar de Víctor, la relación con su madre, la maternidad de esta y la fría relación con su estricto padre, el Barón Leopold Frankenstein (Charles Dance), un eminente médico que quiere traspasarle, de manera un tanto brusca, sus conocimientos a su primogénito para que siga sus pasos apenas se esboza, tirando de psicoanálisis para evidenciar cómo esas heridas parentales moldearán el carácter del científico y adquirirán con el tiempo dimensiones dramáticas. 

Oscar Isaac encarna al prometeico Víctor Frankenstein, un héroe byroniano de pelo alborotado que solo bebe leche, y vive obsesionado con controlar la vida y la muerte. Víctor no es (aunque a veces lo parezca) un “científico loco”, sino un hombre en busca de la redención que persigue superar a su padre, a quien culpa de la muerte de su madre (con quien mantiene un vínculo casi edípico) durante el parto de su hermano menor. Pese a que peca de cierta sobreactuación e impostura teatrales, el actor de origen guatemalteco logra mantener el equilibrio entre el hombre atormentado y el genio desequilibrado cuya ambición lo devora. Resulta desconcertante ver cómo sierra miembros humanos y los despoja de su piel, hundiendo hasta los codos en las vísceras de un montón de cadáveres procedentes de la carnicería de las guerras napoleónicas, cuyos mortales despojos emplea para armar el cuerpo de la Criatura que encarna Jacob Elordi, como si de un patchwork confeccionado a base de retales humanos se tratase.

Del Toro se distancia de la iconografía clásica del monstruo de piel verdosa con tornillos en el cuello. Su versión de la criatura de Shelley es más humana, espiritual y poética. Se trata de una criatura de ojos expresivos y rasgos hermosos, con la piel surcada por una amalgama de cicatrices y remiendos que le confieren una apariencia tectónica, que busca en vano el calor de una caricia o una mirada que lo reconozca como ser humano.

Al igual que la versión femenina de Yorgos Lanthimos en «Poor Things«, la Criatura de Del Toro despierta a la vida con la capacidad cognitiva, motriz y verbal de un recién nacido, y pasa por una evolución que el director mexicano retrata con delicadeza, sin prisa. Como en «Pinocho«, poco a poco, el monstruo se transforma en un ser con capacidad de hablar y razonar. Su fuerza física es innegable, pero el director le pide al actor que lo encarna que transmita además vulnerabilidad, incomprensión, anhelos y resentimiento.

El trabajo del joven Elordi es, en este sentido, espléndido. La progresión de su criatura, de inocencia confundida a brutalidad contenida, es uno de sus logros más sólidos. Hay momentos de silencio que pesan más que cualquier grito. De hecho, el actor australiano fue elegido para el papel por la capacidad expresiva de “sus ojos”, aunque estudió la danza japonesa Butoh para perfeccionar su expresión corporal y los cantos guturales de Mongolia para incorporarlos a su monstruo. El resultado es una actuación digna de Óscar.

Jacob Elordi ofrece una actuación contenida y desgarradora, hay en ella una ternura imposible ante una pregunta que nadie responde: ¿qué significa ser humano? Mientras Oscar Isaac compone un Víctor Frankenstein atormentado, consumido por una ambición que del Toro retrata, no como maldad, sino como tragedia de larga data. Víctor tiene fantasmas que lo persiguen desde niño, una relación rota con su padre, una rivalidad pendiente con su hermano menor William y un vacío emocional que busca llenar con la ciencia.

Y entre ellos está Mia Goth (la misma actriz que interpreta a Claire, la madre de Victor), dando vida a Elizabeth, la sobrina de Heinrich Harlander (el mentor y mecenas austriaco del barón Frankenstein) y la prometida de su hermano William (Felix Kammerer). Una mujer aparentemente frágil, de gran espiritualidad (acaba de salir de un convento), interesada por la entomología, que desempeña un papel esencial en la historia. Ella inspira un deseo tóxico en Víctor y despierta la sensibilidad y el amor en la Criatura. Lo que acentúa el componente melodramático de la historia del barón, cuyo dolor y frustración ya no se limita a la pérdida de su madre sino a la imposibilidad de poseer a la mujer en la que ha puesto sus ojos. Elizabeth aparece como puente entre los dos mundos, debatiéndose entre su deber para con William, su atracción por Víctor y su compasión y empatía con el monstruo, con cuyo descubrimiento sufre casi una epifanía (cuando sus manos se rozan por primera vez, replican la escena de «El nacimiento de Adán» que Miguel Ángel inmortalizó en uno de los frescos en la Capilla Sixtina y cuando Elizabeth recorre las cicatrices del torso de la criatura, encuentra una herida sangrante entre sus costillas, como la imagen de un Jesucristo doliente, que resucitó de entre los muertos).

Visualmente, Frankenstein es un prodigio visual. La dirección de arte (a cargo de Tamara Teverell) construye un universo donde la belleza y la descomposición coexisten. Los tonos ocres, los siniestros claroscuros y la composición pictórica de cada plano recuerdan a los grandes maestros del barroco, pero también al expresionismo alemán que tanto admira el cineasta mexicano. Cada escenario parece un altar al exceso y la decadencia, donde el cuerpo y el alma se confunden en un reguero de sangre.

Del Toro utiliza el lenguaje gótico, no como simple ornamentación, sino como forma de pensamiento. Las instalaciones del laboratorio en ruinas y los cristales rotos son metáforas de una humanidad fragmentada.

Sin embargo el guion, coescrito junto a J. Miles Dale, deja en algunos momentos bastante que desear. Este Frankenstein tiene audacia, corazón y una criatura que no quiere matar sino existir. Su monstruo no aterra ni provoca repulsión: en lugar de eso, resulta dulce, sensible y conmovedor. Incluso cuando es capaz de quebrar los huesos de una jauría de lobos digitales, creada por inteligencia artificial, o cuando las inofensivas ratitas le recorren el cuerpo mientras se esconde en el granero de una familia de humildes granjeros, a la que desearía pertenecer (dos escenas de una bisoñez sonrojante). Allí aprende a hablar, a leer y a razonar de la mano de un anciano invidente que le brinda su amistad y le abre los ojos a un mundo de conocimientos, sirviéndole de Cicerone. Más concesiones al mainstream.

Como recuerda Alissa Wilkinson en un artículo publicado en The New York Times, “cuando Shelley publicó por primera vez su novela Frankenstein o el moderno Prometeo en 1818, su portada tenía impresa un revelador epígrafe de El Paraíso perdido, en el que un desesperado Adán increpa a Dios: “¿Te exigí yo, Creador Omnipotente, que me convirtieses de tierra en Hombre? ¿Te solicité para que me sacases de las tinieblas…?”. ¿Te pedí que me hicieras?. Nunca pedí estar aquí, y ahora me condenas a esta vida de dolor«.

Guillermo del Toro alude asimismo a la epopeya de John Milton al referirse a un Dios creador; un ángel caído y Adán, el primer hombre, la creación abandonada por el todopoderoso en un mundo que no comprende.

«Exuberante, melodramática, arrolladoramente romántica y dolorosamente emocional, su película es una historia de padres e hijos, de amantes y marginados, de hombres como los verdaderos monstruos. Las criaturas abandonadas luchan por comprender un mundo insoportable, y sus creadores, sus padres, tampoco lo comprendieron nunca del todo. El esqueleto de Shelley (plagado de referencias mitológicas y literarias) está ahí, pero la carne que lo rodea es de Del Toro», dice Wilkinson.

Con más de dos horas y media de metraje, la película avanza con solemnidad casi operística aunque, en ciertos tramos, se extravía en su orgiástico lirismo visual. Que la soberbia propuesta estética se imponga sobre la tensión dramática y la coherencia narrativa es algo bastante habitual en la filmografía de Del Toro. Pero lo cierto es que aquí, en algunos aspectos, naufraga de manera estrepitosa.

Por ejemplo, con la repentina y fugaz atracción que Elizabeth siente por Víctor que, sin venir a cuento, se torna en odio visceral y gratuito. O en la irrelevancia en la que acaban cayendo ciertos personajes, como William (el hermano traicionado y prometido cornudo) o Heinrich Harlander —personaje inexistente en la novela de Shelley— a quien el coguionista y director convierte en mecenas de los experimentos de Frankenstein, revelándonos su secreta motivación —¿buscar la inmortalidad prestándose como conejillo de Indias, una vez se haya testado su éxito?— mucho después, de una manera tan torpe e intrascendente como su absurda y precipitada muerte. 

Del Toro apuesta por la metáfora visual, pero el resultado puede parecer, a veces, más contemplativo que envolvente, sobre todo si se le compara con otras adaptaciones anteriores de Whale, Branagh e inclusive Mel Brooks. Y al final resuelve de manera un tanto brusca, sin terminar de resolver las distintas líneas argumentales que él mismo propone en su historia.

Pero, incluso con sus imperfecciones, la versión del realizador mexicano mantiene una coherencia moral y estética de la que pocas producciones pueden presumir.

Guillermo del Toro no solo reinterpreta el clásico: lo devuelve a la vida, dotándolo de una renovada visión humanista. Su Frankenstein no es una película de terror ni una historia sobre ciencia, pretende ser (como todas sus películas) una parábola sobre la empatía y una elegía sobre el abandono. Su criatura, repudiada por su creador, es una alegoría de todos los que la sociedad desecha: los distintos, los marginados, los que no encajan en la norma. Esos seres “monstruosos” que caminan a nuestro lado y que, a menudo, ni siquiera nos dignamos a mirar.

Título original: Frankenstein

Año: 2025

Duración: 149 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Guillermo del Toro

Guion: Guillermo del Toro y J. Miles Dale. Basado en el clásico de Mary Shelley.

Reparto: Jacob Elordi, Oscar Isaac, Mia Goth, Christoph Waltz, Charles Dance, Lars Mikkelsen, Nikolaj Lie Kaas, Christian Convery, Burn Gorman, Ralph Ineson, David Bradley

Fotografía: Dan Laustsen

Música: Alexandre Desplat

Distribuidora: Netflix

Género: Fantástico y de terror.

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