Valor sentimental habla de una casona con historia, un antiguo edificio de madera atravesado por una grieta tan visible como las cicatrices psicológicas y emocionales que dejó la vida en quienes lo habitaron durante varias generaciones.
A partir de esa premisa, el que es el sexto largometraje del noruego Joachim Trier disecciona el tema de la familia desestructurada y disfuncional, un tópico recurrente en el cine, aunque en el desarrollo de la trama, aparezcan tangencialmente otros asuntos (el arte, el sexo, la culpa, el suicidio, el abandono…) que van siendo expuestos con una cadencia, una profundidad y un enfoque existencialista que remiten a la obra de Ingmar Bergman, el auténtico prócer del cine escandinavo, a cuya película Persona, se rinde un homenaje explícito en una breve secuencia de rostros superpuestos, al igual que a Otra mujer, uno de los títulos de la época más “bergmaniana” de Woody Allen (a la que también pertenecen títulos como Interiores, Hannah y sus hermanas y Delitos y Faltas), de la que Valor Sentimental roba la idea de escuchar secretamente una sesión de terapia ajena, a través de las tuberías de la calefacción.
No es la única referencia cultural que encontraremos. La película da inicio con una maravillosa escena en la que una actriz de teatro, Nora Borg, se enfrenta a un estreno en el Teatro Nacional a sala llena y sufre un súbito ataque de pánico cuando está a punto de salir a escena. La situación es tan rocambolesca como angustiosa. Cuando se apagan las luces y comienzan a sonar los acordes de “En la gruta del rey de la montaña”, del “Peer Gynt”, de Edvard Grieg —otro noruego notable—, Nora es incapaz de moverse. El sudor frío y la respiración cortada la paralizan. Algo que no es la primera vez que sucede y que la diva de las tablas suele resolver echando mano de salvajes estímulos (sexo rápido o un sopapo de su amante furtivo entre bambalinas).
La obra de la función no está elegida al azar. Se trata de una moderna versión del clásico de Henrik Ibsen “Casa de muñecas”, con cuyo personaje central femenino, la mujer que en 1897 cambió para siempre la historia del teatro con aquel portazo final con el que dejó atrás a su esposo, a sus hijos y un confortable hogar burgués, la actriz protagonista de Valor Sentimental comparte algo más que el nombre, pues ese gesto de la Nora de Ibsen no sólo sacudió la moral de su tiempo sino que inauguró el nuevo papel de la mujer en la sociedad, una manera moderna de pensar la libertad, el costo de ejercerla y la violencia silenciosa que la familia puede ejercer sobre el individuo.
Lo que sigue a ese prólogo es una sucesión de imágenes a través de las cuales una voz en off nos cuenta la historia de ese precioso caserón estilo Dragestil («Estilo Dragón») o, más bien, de la familia que la ha habitado durante varias generaciones -que no es otra que la de la propia Nora- hasta llegar a la actualidad, en la que ella y su hermana Agnes (la luminosa Inga Ibsdotter Lilleaas) reciben a los asistentes al funeral de su madre, fallecida a causa del Alzheimer (algo que podemos deducir por los postips amarillos, con recordatorios de todo tipo, que hay diseminados por distintas estancias de la casa), teniéndose que enfrentar al reencuentro con su padre, Gustav Borg (Stellan Skarsgård, en el papel definitivo de su carrera) un cineasta de culto con algunos problemas con la bebida que han afectado a su carrera, que las abandonó a las que abandonó cuando se divorció de su madre.
Gustav procura un acercamiento a sus hijas, no tanto porque se sienta culpable de no haber estado presente en sus vidas, sino por haber escrito un guion de inspiración autobiográfica que proyecta rodar en la que fuera su residencia familiar y quiere que protagonice Nora, quien casualmente acaba de estrenar una serie de éxito. Lo que egoístamente le vendría muy bien para la promoción de la nueva película que quiere rodar para la que no encuentra financiación. Pero la negativa en redondo de ésta le lleva a explorar otras alternativas.
El encuentro fortuito en un festival de cine con Rachel Kemp, una joven y emergente estrella de Hollywood (Elle Fanning) le allana el camino para que su proyecto adquiera proyección internacional y una popular plataforma de streaming se haga cargo de la producción pero, durante los ensayos, ambos -director y actriz- se darán cuenta de que ese papel no puede interpretarlo otra actriz que no sea aquella para quien ha sido escrito.
Trier vuelve a apostar por la risueña Renate Reinsve para el papel principal de su película, convirtiéndola en su musa, y es como si la Julie de La peor persona del mundo encontrase en Nora -la actriz que ha aprendido a decir en escena lo que no se atreve a pronunciar en voz alta en la vida- su versión más madura. Mientras Skarsgård encarna a un hombre cuya crueldad con los suyos nace de manera involuntaria de su incapacidad de demostrar afecto.
Valor sentimental desentraña el conflictivo vínculo entre el padre y su hija mayor, a quien el abandono paterno le ha acarreado graves secuelas psicológicas en su vida adulta que se manifiestan en la inseguridad de quien resiente no haberse sentido valorada y en cambio sí despreciada por la persona (y el artista) que probablemente más admira (su padre) y en su incapacidad para establecer vínculos emocionales permanentes, lo que hace que se embarque en relaciones pasajeras con hombres casados y que rechace cualquier muestra de afecto que trascienda a un mero intercambio de índole sexual, condenándola a la soledad.
Ambos han aprendido a hacerse daño mutuamente y Nora rechaza interpretar su película sin siquiera haber leído el guion, con un argumento demoledor: “¿cómo voy a trabajar a tus órdenes si ni siquiera podemos hablar?”. La escena del encuentro de ambos en un café —donde se formula la propuesta— es una de las más perturbadoras del film. Se dicen pocas palabras. Pero los silencios, las miradas, evidencian una violencia latente. Es una escena profundamente bergmaniana: no por lo que ocurre, sino por lo que no puede decirse sin que algo se rompa para siempre.
Pero la película no condena a sus personajes. Lejos de ser un monstruo, pronto entendemos que Gustav es también un animal herido y castrado emocionalmente por sus propias carencias y traumas infantiles, al haber tenido que procesar, siendo un niño, el suicido de su madre (la abuela de Nora y de Agnes, una partisana que combatió contra el Reich, por lo que sufrió cárcel y tortura) que se ahorcó en una de las habitaciones de la vieja casa familiar, tras despedirle cuando se iba a la escuela. Aficionado al juego de los espejos, Trier ha explicado que quería dedicar este personaje a su abuelo materno, Erik Løchen, un conocido cineasta y músico de jazz noruego que formó parte de la resistencia y fue capturado por los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial, trauma que perduró toda su vida y que pudo procesar gracias a filmar películas.
Frente a la teatralidad emocional de Nora y al narcisismo creativo de Gustav, Valor Sentimental encuentra su ángel redentor en Agnes, la hermana menor, cuyo nombre tampoco está elegido al azar. En “Brand”, de Ibsen, Agnes encarna la piedad, la comprensión, el sacrificio silencioso. Es ella quien encarna los valores de la familia tradicional y quien mantiene unidos a sus miembros a través del amor incondicional que nunca se extingue y todo lo perdona, sin pedir nada a cambio. Esposa y madre, investigadora y guardiana de una memoria familiar que incluye viejas heridas del Holocausto y silencios transmitidos de generación en generación, en su personaje late la pregunta fundamental de la película: ¿quién cuidará de quienes nunca supieron cuidar? La escena de las dos hermanas confesándose la importancia de haberse tenido la una a la otra es de una belleza absolutamente conmovedora.
Y es que Valor sentimental (Gran Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes) no es solo cine dentro del cine, sino un drama familiar atravesado por la melancolía. El relato avanza con una calma tensa, con silencios que pesan y diálogos que sugieren más de lo que aclaran, en los que el pasado se filtra como una mancha indeleble de humedad en paredes y cuerpos; todo se sugiere y nada se exhibe de manera descarnada. Sin embargo, la película no se hace pesada ni solemne gracias a la fina ironía del humor escandinavo (el “banquito de Ikea”, los DVDs que Gustav regala a su nieto, de temática totalmente inapropiada para su edad). Trier se permite pequeñas licencias de humor y filma con la confianza de que el espectador sabrá reconocer todas esas heridas como suyas porque, en definitiva, son familiares a todos.
Es, sobre todo, una reflexión sobre la posibilidad de reconciliarse con aquello que ya no se puede cambiar. Una película que mira de frente el daño que ya ha sido causado y encuentra consuelo en algo parecido a la ternura. Puede que por eso haya sido proclamada como una de las mejores películas del año y firme candidata a ganar la estatuilla de Mejor Película Internacional en la próxima edición de los Oscar´s de Hollywood: porque recuerda que el arte, como la familia, puede ser un espacio no solo para recordar, sino para aprender a perdonar.




































Título original: Affeksjonsverdi
Año: 2025
Duración: 135 min.
País: Noruega
Dirección: Joachim Trier
Guion: Joachim Trier, Eskil Vogt
Reparto: Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas, Elle Fanning, Anders Danielsen Lie, Jesper Christensen.
Fotografía: Kasper Tuxen
Música: Hania Rani
Compañías: Coproducción Noruega-Francia-Dinamarca-Alemania-Reino Unido; MER Film, Eye Eye Pictures, Lumen Production, Komplizen Film, BBC Film, Zentropa Productions, MK2 Productions
Género: Drama. Familia. Cine dentro del cine

