La mejor crítica de la última película de Yorgos Lanthimos es la que hizo un tipo que estaba sentado a mi lado en el cine al acabar la proyección: “es como un examen de próstata -dijo- al final no sabes si te ha gustado o no”. Lo cual suele ser habitual en la filmografía del director griego que acostumbra a retorcer el argumento hasta el delirio, dejando en el espectador la extraña sensación de no saber si lo que acaba de ver es una oscura y surrealista sátira sobre la paranoia contemporánea o una tomadura de pelo, con nave alienígena incluida en esta ocasión.
Y eso que, sobre el papel, “Bugonia” fusiona el thriller, la comedia negra, la ciencia-ficción y la crítica social, adaptando el guion original de una comedia de culto ciberpunk surcoreana (‘Salvar el planeta Tierra‘), cuya propuesta de partida promete: Michelle Fuller (Emma Stone) la gélida, elocuente y fabulosamente rica y empoderada CEO de una multinacional farmacéutica, una mujer aclamada por diversas revistas de negocios como una visionaria neoliberal instruida en artes marciales, es secuestrada por dos perturbados que, en su enajenación mental, creen ver en la alta ejecutiva a una extraterrestre con intenciones de aniquilar a la especie humana, basándose en evidencias tan científicas como “sus pies estrechos, sus cutículas finas y su alta densidad de cabello”.
Teddy (Jesse Plemons) —empleado en el escaneo de paquetes en la empresa de Fuller, una compañía Fortune 500— y su leal primo neurodivergente Donny (Aidan Delbis) —un joven sin muchas luces, dispuesto a someterse a la castración química para evitar que el allien le seduzca con sus encantos— viven apartados de la civilización, en una casa destartalada que alberga un macabro sótano y se dedican a diario a la apicultura. Y no es difícil reconocer en esos dos pobres diablos, marginados sociales, abandonados por las crecientes brechas salariales, los monopolios corporativos y la influencia distorsionadora de un mundo digital sin filtros, a la legión de iluminados que se apuntan a las teorías conspirativas que circulan hoy por las redes sociales e internet: terraplanistas y negacionistas de diverso pelaje, denunciantes de supuestas contaminaciones químicas lanzadas desde hidroaviones, responsables del cambio climático o del exterminio de ciertas especies que garantizan el equilibrio del ecosistema.
A fuerza de escuchar podcasts y ver videos en YouTube, Teddy (el que parece el más listo y el más psicópata de los dos) está convencido de que los poderosos que dominan el mundo son en realidad andromedanos —una raza superior procedente de una galaxia vecina— que han colonizado nuestro planeta y lo están arruinando, como demuestra la pérdida progresiva de la población de abejas melíferas. Algo de lo que culpa a la ecoviolencia causada por el vasto conglomerado farmacéutico dirigido por la fría y calculadora reina corporativa Michelle, cuyo laboratorio también está detrás del ensayo clínico que dejó en coma a su madre Sandy (Alicia Silverstone) con sus medicamentos experimentales para tratar la abstinencia de opioides. Por lo que concibe un plan para secuestrarla y obligarla a que grabe una confesión reconociendo ser una alienígena y a que les ponga en contacto con su emperador, aprovechando el eclipse lunar (que sucederá en tres días) para salvar a la tierra de su destrucción o, en su defecto, conseguir salvarse ellos, haciendo que los lleve hasta su planeta, Andrómeda, una vez consigan teletransportarse hasta su nave espacial.
A partir de esa estrambótica premisa, la película pierde cualquier atisbo de lógica, coherencia y mesura en manos de un director demasiado obsesionado con alimentar su propia leyenda de “gamberro” incorregible, como para saber desarrollar con acierto los temas de calado que dice querer denunciar. El discurso anticapitalista, la perversión y frialdad de la cultura corporativa y el peligro de la desinformación y la expansión de bulos y fake news se convierten en papel mojado. Una mera excusa para un guion frívolo, tedioso y disparatado que, una vez sembrada la semilla de la duda, se limita a comportarse de manera cruel con sus personajes, a quienes Lanthimos desprecia y martiriza sin compasión, casi tanto como a los espectadores, que acaban siendo también rehenes de su vanidad.
Enamorado de su propia caligrafía, el realizador griego vuelve a ser un peligro al volante, abusando del gore y haciendo que su película por momentos parezca más una parodia del E.T. de Spielberg, con Plemons pedaleando en su bicicleta mochila al hombro, que una reflexión seria sobre un asunto de rabiosa actualidad.
Al inicio de la misma, nos encierra en un sótano con una atmósfera viciada y teatral, donde rigen las normas que dicta un lunático de coleta grasienta, cuya primera decisión es rapar el pelo al cero a su víctima, creyendo que su cabello son antenas alienígenas que podrían funcionar como dispositivos de geolocalización y untar todo su cuerpo con una crema antihistamínica para suprimir su supuesta telequinesis. Y, durante las dos horas largas que dura el martirio, nos mantiene expectantes, deseando una resolución del secuestro que esté a la altura. Pero el cineasta que antes desafiaba al espectador con ideas que rozaban la incorrección política ahora se entrega a un relato predecible y repetitivo, condicionado por la estética de su éxito.
Si este ejercicio de autocomplacencia no se derrumba es sobre todo gracias al magnífico trabajo actoral de la rapada Emma Stone, que de nuevo está estupenda, y de un mugriento y sudoroso Jesse Plemons que, una vez más, demuestra tener una gran variedad de registros. Ambos dan vida a dos personajes con los que resulta igual de difícil empatizar, ubicados en las antípodas de cualquier paradigma ideológico o social: la implacable y ambiciosa Michelle, una astuta negociadora colocada en un escenario imposible, en el que tiene que fingir ser inhumana para aplacar a sus captores, mientras procura mantener su humanidad a medida que se la van arrebatando, cuyo personaje se adapta y evoluciona pasando por etapas de incredulidad, rabia y desesperación hasta que aprende a luchar contra su secuestrador a su propio juego; y el atormentado Teddy, quien se supone que es como es, a resultas de haber tenido una vida difícil: con una madre adicta (Alicia Silverstone) y habiendo tenido que soportar los abusos (de naturaleza no especificada) de quien es hoy el sheriff local, Casey (Stavros Halkias) cuando, siendo más joven, le hacía de canguro.
Son ellos quienes sostienen el relato, especialmente cuando se baten en duelo físico y dialéctico por el presente y el futuro del planeta y cuando ella le acusa de estar atrapado en “una cámara de eco”, los llamados «rabbit holes» (madrigueras de conejos), consumiendo en bucle contenidos digitales creados para reforzar las ideas propias, por enfermas y bizarras que estas sean.
Lanthimos comprende que el peligro de tales dogmas desquiciados reside en que nacen de frustraciones reales. Pero, mientras el guion original de Jang Joon-Hwan es una inequívoca parodia sobre lo difícil que resulta convencer a los fanáticos de sus errores de apreciación reforzados por el algoritmo, además de ser una crítica feroz a ciertos representantes del capitalismo salvaje que, aunque no sean extraterrestres, se muestran incapaces de sentir empatía o compasión por nada que parezca humano, el remake del realizador griego recurre al absurdo para no posicionarse construyendo final ambigüo, surrealista y algo ridículo.
«¿Realidad o ficción? -se pregunta el crítico de Vocento Borja Crespo. Estamos ante un alienígena escondido entre nosotros o todo es fruto de la imaginación de un perturbado que se cree todo lo que lee en Internet. Un temazo de plena actualidad, en la era de la postverdad«. El problema es que tanta impostura sardónica, tanta crueldad y tanto retorcimiento, evitan cualquier lectura con algo de poso sobre las mentiras en Internet y lo difícil que es discernir entre lo que es real y lo que no lo es.
Como decía Pepa Blanes, jefa de cultura de la Cadena SER, “es como si Lanthimos hubiera hecho suya esa enunciación de Karl Marx de que la historia se repite, primero como tragedia y después como farsa. Sólo que aquí no hay tragedia, ni farsa, ni nada parece afectarnos ni llevarnos a algún lugar novedoso”. Cayendo en la propia aberración que denuncia, “Bugonia” parece estar hecha más para provocar el meme que una seria reflexión sobre un asunto que no es precisamente para tomárnoslo a risa.


































Título original: Bugonia
Año: 2025
Duración: 118 min.
País: Irlanda
Director: Yorgos Lanthimos
Guion: Will Tracy, basado en el original de Jang Joon-hwan
Reparto: Emma Stone, Jesse Plemons, Aidan Delbis, Alicia Silverstone, Stravos Halkias.
Fotografía: Robbie Ryan.
Música: Jerskin Fendrix
Género: Comedia, Ciencia Ficción, Thriller, Remake.

