«Aunque entonces no lo sabía, acabaría recordando esa época como la más feliz de su vida». Denis Johnson
En las vastas extensiones del noroeste de los Estados Unidos, donde los trenes serpentean como venas de hierro a través de la tierra que se abre en carne viva para abrir paso a las nuevas conquistas del progreso y la civilización, un hombre lucha por ganarse el jornal desbrozando bosques. Se llama Robert Grainier (Joel Edgerton) y trabaja como temporero para la empresa del ferrocarril.
Desde el inicio de Sueños de trenes, la narración en off de Will Patton nos advierte de que nuestro silencioso protagonista tendrá una larga vida que veremos comprimida en los 102 minutos que dura el segundo largometraje de Clint Bentley (El Jockey). Un relato en apariencia sencillo, como suele ser la vida de los seres que a nadie importan. Aunque es precisamente en esa aparente sencillez donde reside la trascendencia y belleza de esta película, filmada con la delicadeza de un leñador que acaricia con respeto reverencial la corteza de un árbol centenario, antes de hendir la hoja de su hacha en él.
Conoceremos a Grainier, a los seis o siete años de edad, mientras viaja en un tren rumbo a Fry, un pequeño pueblo del llamado “Mango de Idaho”, a finales del siglo XIX. No sabemos qué pasó con sus padres, ni él mismo lo sabe. La seca narración omnisciente nos informa de lo esencial: huérfano de padre y madre, criado por parientes lejanos en ese remoto lugar del noroeste americano donde entra en contacto de manera temprana con la violencia más abusiva, al ser mudo e involuntario testigo de la atrabiliaria deportación de decenas de inmigrantes asiáticos y hasta con la inevitabilidad de la muerte –cuando le da de beber a un anónimo pobre diablo (Clifton Collins Jr.) que yace agonizante en el bosque–, hasta que empieza a laborar de sol a sol para la compañía ferroviaria Spoken International que está trazando nuevas rutas por ese inabarcable territorio aún virgen.
En una de esas jornadas de trabajo, Grainier es testigo de otra injusticia: el asesinato de un trabajador chino (Alfred Hsing) que es arrojado de un puente recién construido. Aunque pregunta qué hizo y a qué responde tal ajusticiamiento, nadie le responde. Acaso porque nadie lo sabe y a nadie le importa.
Basada en la novela homónima de Denis Johnson, el guion de Sueños de trenes es una adaptación del propio Bentley, en colaboración con el también cineasta Greg Kwedar (Las vidas de Sing Sing) y está escrito, estilísticamente hablando, a la manera de Hemingway, con poética serenidad y sin sentimentalismo alguno, sumando cada fragmento significativo de la vida de una persona común y corriente a lo largo de toda su existencia. Desde sus primeros recuerdos –ese viaje infantil en tren que lo conduce hacia su nueva familia– hasta sus últimos pensamientos, que no alcanzó a compartir con nadie, la vida entera de Grainier se despliega ante nuestros ojos en esta suerte de poema fílmico, a medida que transcurren las estaciones: la primavera del amor con la etérea y a la vez terrenal Gladys (¡Que bien elige siempre Feliciy Jones sus papeles!), el caluroso verano de labor incansable junto a hombres rudos, lejos de casa, el otoño de la pérdida y el invierno de la soledad, la nieve y el silencio. La relación del hombre con la naturaleza se subraya a través de una sinfonía de hermosas imágenes: las bucólicas y soleadas escenas campestres de los dos enamorados proyectando la cabaña que piensan construir a orillas de un río para compartir sus vidas, las columnas de fuego del temible incendio forestal que acaba años después con ese refugio paradisíaco -«el único lugar en el Robert que quería estar«- reduciéndolo a cenizas, el cielo estrellado bajo el que duerme a la intemperie mientras espera el improbable regreso de su mujer y su hija o su lecho de muerte invadido por la maleza, el musgo y las flores silvestres.
El formato 4:3 resulta ideal para mostrar a esos trabajadores ferroviarios mientras descansan alrededor del fuego cada noche o para enmarcar a un irreconocible William H. Macy, mientras el Arn Peeples de Macy está sentado comiéndose una manzana en el centro del encuadre, dando lecciones de lo duro que es ese trabajo mientras vemos a todos los leñadores rompiéndose el lomo su alrededor, salpicando esas escenas generales con hermosos y elocuentes primeros planos de las manos callosas de uñas sucias de Robert o las botas clavadas en las cortezas de los árboles para que no se desvanezca del todo la memoria de los muertos.
La cámara de Adolpho Beloso danza con la luz natural, capturando el resplandor dorado de atardeceres de ensueño, el humo de las locomotoras que se funde con nieblas oníricas en la oscuridad de la noche, la sombra de los pinos gigantes que se desploman como dioses derribados en mitad de los bosques, mientras Bryce Dessner teje los engranajes de una banda sonora minimalista, casi como un latido subterráneo interrumpido solo por el aullido lejano de un lobo o el silbato de un tren que se lleva viejos sueños para traer otros nuevos, que culmina en la voz grave de Nick Cave cerrando los créditos como un lamento ancestral.
La película tiene todas las virtudes del cine independiente y ninguna de sus excentricidades, siendo de esas pequeñas grandes obras que a veces pasan desapercibidas. Como la propia vida de su protagonista. Un sencillo cuento fronterizo que deja en el alma un dulce y a la vez amargo aroma a resina y humo, y la certeza de que, aun en medio del dolor y la soledad más absoluta, no queda otra que seguir viviendo.
Atormentado por los fantasmas de la culpa, Grainier llega a esa conclusión en pleno vuelo, cuando consigue cambiar la perspectiva y ver las cosas a vista de pájaro, tras haber intentado entender en vano el sentido de su vida que es una vida como cualquier otra, pero también única e irrepetible, con sus momentos de felicidad y de tragedia absoluta. Desde el gran incendio que arrasó con todo lo que tenía, ha deambulado como un zombi, pasando de un siglo a otro en un mundo en transformación y, a menudo, ha creído ver y oír la voz de su mujer y su hijita desaparecidas, como si soñara despierto, un sueño hipnótico y melancólico que se fusiona con sus alucinaciones y delirios, cuando enferma y cae en estado febril.
Su epitafio, extraído directamente de la novela de Jonson (“No compró jamás un arma de fuego, nunca habló por teléfono, nunca supo quiénes fueron sus padres, no dejó herederos”) remite a los versos de Machado: “Son buenas gentes que viven/laboran, pasan y sueñan/y en un día como tantos/descansan bajo la tierra”.
Pero la auténtica lección que deja esta película es que solo puede vivirse hacia adelante, por más que resulte imposible dejar atrás lo que se vivió.





















Título original: Train Dreams
Año: 2025
Duración: 102 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Clint Bentley
Guion: Clint Bentley y Greg Kwedar.
Basado en el libro de Denis Johnson
Reparto:Joel Edgerton, Felicity Jones, Clifton Collins Jr. , Kerry Condon, William H. Macy, Chuck Tucker, Rob Price, Paul Schneider, John Diehl, Alfred Hsing, Nathaniel Arcand, Johnny Arnoux, Will Patton
Música: Bryce Dessner
Fotografía: Adolpho Veloso
Compañías: Black Bear, Kamala Films
Género: Drama. Romance. Años 1900. Trenes. Ferrocarril.

