LOS PECADORES

Los Pecadores de Ryan Coogler es una película personal y algo sobrecargada que quiere ser al mismo tiempo un cuento nocturno de terror gótico, un relato pulp sureño con músicos, brujas, gánsteres y ametralladoras Thompson, una sangrienta peli de vampiros con crucifijos, ajos y estacas y un drama racial que roza la alegoría histórica, la crítica social y el sermón político woke, lo que hace que pierda el foco en algunos tramos. Pero es también una película audaz, original y disfrutona, como no podía ser de otra forma siendo su director alguien acostumbrado a rodar a las órdenes de Marvel (Black Panther) y generalmente bajo las exigencias y objetivos del blockbuster (Creed. La leyenda de Rocky).

Ambientada en el Mississippi rural de 1932 —un periodo convulso para Estados Unidos, aún sacudido por la Gran Depresión y la ley seca—, la historia sigue a los hermanos gemelos Smoke y Stack, ambos interpretados por Michael B. Jordan. Veteranos ex combatientes de la Primera Guerra Mundial, regresan a Clarksdale, un enclave sureño en el que rigen las leyes de Jim Crow, tras una etapa en Chicago, la “Ciudad de los Vientos”, donde se rumorea que trabajaron para Al Capone.

La intención de los hermanos -a quienes su temperamento y leyenda violenta precede- es abrir un club nocturno solo para negros, donde los jornaleros de las plantaciones de algodón aledañas puedan gastarse el jornal apostando a las cartas, bebiendo cerveza irlandesa y whiskie ilegal, y escuchar y bailar el mejor blues interpretado por su joven primo Sammie (el debutante Miles Caton), un guitarrista prodigioso, criado bajo la severa disciplina de su padre, Jedidiah Moore (Saul Williams) que ejerce de pastor en una de esas plantaciones.

Más allá de una tragedia familiar compartida (con un padre que era un maltratador al que uno de los hermanos terminó asesinando para salvar al otro) y de una historia colectiva marcada por la esclavitud y la segregación racial, cada uno de ellos carga con su propia mochila emocional. Smoke vio morir a su pequeña hija cuando era apenas un bebé y abandonó a su mujer roto de dolor para alejarse lo más posible de los recuerdos. Mientras Stack, huye de un amor incestuoso por una mestiza cuyo padre les acogió a él y a su hermano de niños.

A través de estos dos personajes —antagónicos y complementarios—, Los Pecadores dialoga con uno de los grandes géneros fundacionales del cine estadounidense: el cine de gánsteres, tal y como lo entendía Robert Warshow en su ensayo “The Gánster as Tragic Hero”, en el que plantea que este arquetipo mafioso encarna a la vez el reverso del sueño americano y su tentación: aquello que deseamos alcanzar y, a la vez, aquello en lo que tememos convertirnos.

La película de Coogler sigue esa misma lógica —orden y crimen, victoria y caída, virtud y pecado— y la filtra a través de la experiencia racial de un país segregacionista. ¿Qué significa prosperar o ser libre para comunidades negras desarraigadas de sus culturas originarias y sistemáticamente excluidas de las oportunidades por el color de su piel?

El vampirismo funciona en ella como metáfora deliberada -quizá demasiado evidente- del racismo estructural estadounidense: un fenómeno de raíz europea (de ahí las referencias a la cultura celta e irlandesa de los padres fundadores), voraz por naturaleza, que se alimenta del cuerpo y de la cultura ajenos y contagia su lógica aspiracional.

El director recurre a la mítica leyenda del blues —esa música endiablada, con la que Lucifer tentó al negro Robert Johnson para que le vendiera su alma, en una encrucijada en mitad de ninguna parte de Misisipi, a cambio de convertirse en el más grande de los bluesman de la historia— para convertir el club de los hermanos, levantado sobre las ruinas de un viejo aserradero, en un espacio vampírico literal y simbólico, donde confluyen el pasado esclavista y la promesa de un futuro en libertad durante una noche infernal en la que se desata la violencia.

El vampirismo en su película no es mero pretexto para hacer que el espectador salte de su asiento: es una alegoría afilada sobre el racismo estructural, la apropiación cultural y las formas en que el poder blanco succiona la fuerza de trabajo y la creatividad de las comunidades negras. Los vampiros del filme, exaltados tras su conversión, alcanzan el éxito (alegoría del sueño americano) que representa la inmortalidad material, sin importar su origen étnico o posición social. Pero al final, la liberación real consiste en una forma de vida más honesta y menos depredadora. La verdadera libertad es la de quien mantiene su esencia y aspira a la idea de vida eterna que está en el origen de todas las religiones y credos. La película subraya además una regla clásica del mito vampírico: nadie puede entrar sin ser invitado. La dominación requiere consentimiento, aunque sea inducido.

Visualmente, la película es imponente. Filmada en 65 mm e IMAX, ofrece una textura casi táctil: el sudor en la piel, el polvo suspendido en el aire, los contrastes entre sombras densas y luces cálidas. Los trajes impecables de los hermanos (y los colores de sus sombreros, azul y rojo, como símbolos de su dualidad), la sensualidad explícita de algunas escenas y diálogos, y las secuencias musicales alcanzan una belleza hipnótica.

La banda sonora, compuesta por Ludwig Göransson, no acompaña la narración: la vertebra. Del góspel al rock sureño, del country al metal, la música traza un hilo espiritual que conecta las tradiciones africanas con el blues, el soul, el hip hop y los ritmos afrofuturistas. Hay un momento de auténtico éxtasis cinematográfico en el que la guitarra de Sammie invoca viejos y nuevos espíritus a través de los siglos en un montaje febril. La música emerge como una de las pocas fuerzas verdaderamente liberadoras de la historia: capaz de atravesar muros físicos y simbólicos, jerarquías raciales e incluso las barreras del tiempo y el espacio.

Pero el auténtico clímax llega con una batalla sangrienta, donde la música se vuelve arma en un campo de guerra, con vampiros blancos cantando y bailando himnos celtas mientras la sangre salpica bajo sus pies.

Coogler no solo filma; predica con pasión. No teme hablar de heridas que siguen abiertas. Y aunque la sangre brote a borbotones de su púlpito, su mensaje resuena con fuerza en esta fábula vampírica que, en el fondo, es una poderosa celebración de la música negra.

Marta Medina del Valle lo explica de esta manera: “Al igual que las personas, las películas tienen (o no) carisma. Los pecadores de Ryan Coogler, tiene el carisma de un zapateado de blues y de las cuerdas graves de una guitarra acústica cuyas vibraciones invocan a bailar en un éxtasis epiléptico enfebrecido”. El resultado es una película efervescente, descarada y extravagante que conecta con el momento político actual de los Estados Unidos, donde el Gobierno, aliado con el supremacismo blanco y ultrarreligioso, ha procedido al borrado -físico, incluso- de la historia afroamericana.

Sin embargo, el exceso de ambición juega en su contra. La primera mitad se alarga en la construcción para construir en detalle el mundo y las relaciones de los personajes, lo que diluye el suspense y el giro vampírico resulta un tanto abrupto. El filme vacila en centrarse en el conflicto fraternal de Smoke y Stack o el arco profético de Sammie.

El reparto secundario, en cambio, resulta impecable: Delroy Lindo como Delta Slim, un bluesman curtido y alcohólico; Wunmi Mosaku como Annie, una santera rotunda; Hailee Steinfeld como Mary, en un rol que añade capas raciales complejas; Bo (Thomas Pang) y Lisa Chow (Helena Hu), la pareja de comerciantes chinos; la sensual y desinhibida Pearline (Jayme Lawson); y el cameo de Buddy Guy al final, con un solo de guitarra que corta la respiración y sella una conexión conmovedora entre el cine y una tradición musical viva.

Título original: Sinners

Año: 2025

Duración: 137 minutos

País: Estados Unidos

Guion y dirección: Ryan Coogler.

Reparto: Michael B. Jordan, Miles Caton, Jack O'Connell, Hailee Steinfeld , Wunmi Mosaku, Jayme Lawson, Delroy Lindo, Omar Benson Miller , Yao como Bo Chow, Li Jun Li, Saul Williams, Lola Kirke, Peter Dreimanis, Cristian Robinson...

Fotografía: Autumn Durald Arkapaw.

Música: Ludwig Göransson

Compañías: Proximity, Warner Bros.

Género: Terror. Thriller. Musical. Drama sureño. Años 30. Racismo. Vampiros. Sobrenatunal.

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