MASPALOMAS

No son tantas las películas que se han atrevido a mirar de frente la homosexualidad en la vejez. En los últimos años solo un puñado de ellas abordaron el tema: Beginners, de Mike Mills, convertía la salida del armario a los 75 años en un gesto tardío pero luminoso; Love Is Strange, de Ira Sachs, retrataba con sobriedad la fragilidad material de una pareja mayor; Cloudburst, de Thom Fitzgerald, apostaba por la fuga y la rebeldía en clave de road movie; y el documental Gen Silent ponía el dedo en la llaga al mostrar cómo muchos ancianos LGTBI se ven obligados a volver al armario al ser internados en residencias.

Si uno mira hacia atrás, el rastro es todavía más tenue. Condicionado por la censura y los códigos morales de su tiempo, el cine clásico apenas pudo abordar la homosexualidad de forma explícita, mucho menos en la tercera edad. Aun así, hay algunas películas que se acercaron por la tangente. The Killing of Sister George, de Robert Aldrich, ofrecía un retrato áspero de una relación lésbica madura en crisis; Sunday Bloody Sunday, de John Schlesinger, introducía una mirada adulta y sin estridencias sobre el deseo homosexual; y Torch Song Trilogy, de Paul Bogart, exploraba la vida de Arnold Beckoff, una drag queen profesional, su obsesión por encontrar el amor y los problemas sociales a los que se enfrenta por su condición sexual.

En ese mapa discontinuo, Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, ocupa, sin lugar a dudas, un lugar singular. No aborda la homosexualidad en la vejez de forma explícita, pero sí habla del deseo tardío condenado a no ser satisfecho. El Aschenbach de Visconti, envejecido y en declive, proyecta en el joven Tadzio una fascinación que el filme disfraza de pulsión estética, pero que late claramente como deseo reprimido.

La película de los directores vascos José Mari Goenaga y Aitor Arregi (Loreak , Handia y La Trinchera infinita) se sumerge en ese territorio inexplorado del que el cine suele apartar usualmente la mirada. Estamos bastante acostumbrados ya a ver historias sobre personas del colectivo LGTBIQ+ pero suelen estar protagonizadas por personas medianamente jóvenes. No es tan habitual reflexionar sobre la homosexualidad de un septuagenario.

Vicente, un hombre de 76 años, que se tiñe el pelo, lleva ropa de colores vivos y tiene por toda compañía en la vida a un pequeño caniche, como las grandes folclóricas o las divas del cine, busca sexo en las playas de Gran Canaria en la semana en la que se celebra el Día del Orgullo en la isla. Un encuentro que reúne a miles de homosexuales de todas las edades, llegados de todo el mundo, dispuestos a celebrar su condición sexual y disfrutar al sol de sus cuerpos desnudos.

La primera escena es de gran impacto. Cruissing al aire libre y a plena luz del día. En medio de las dunas de una playa nudista, entre matorrales convertidos en improvisados cuartos oscuros, un grupo de hombres se aparea desde el anonimato de sus cuerpos, guiados únicamente por el llamado del morbo y el deseo.

El Vicente de José Ramón Soroiz (Concha de Oro de Plata y Goya al mejor actor), no pide permiso ni perdón. Ni está dispuesto tampoco a dar explicaciones. Aunque sabemos por la conversación con su amigo Ramón -también homosexual- que lo invita a pasar esos días en la isla, que está pasando el duelo por la pérdida del hombre que fue en los últimos años su pareja, ahora está ahí, a lo suyo, con su camisa floreada y una mezcla de urgencia y de costumbre que desarma cualquier tentación de juicio moral.

Y entonces llega el gran golpe que lo cambia todo. Un ictus que no solo le paraliza medio cuerpo, sino que desplaza la película entera. Del horizonte abierto y luminoso de Maspalomas a la rígida penumbra de una residencia de ancianos con normas y horarios. Del anonimato a la vigilancia. Del deseo ejercido a la identidad silenciada.

Es ahí donde Maspalomas deja de ser una película sobre el sexo para convertirse en una película sobre la regresión. Vicente, un hombre que un día rompió con todo para vivir su identidad, con lo que eso implicaba de abandono y de pérdida, se ve obligado a regresar con los suyos, a callarse y a disimular para poder encajar.

Su única hija, a la que da vida la gran Nagore Aranburu (Goya a mejor actriz de reparto) decide que lo mejor es ingresarlo en una residencia donde va a estar atendido las 24 horas y podrá seguir con su rehabilitación (hay que decir aquí que el modelo de residencia y el sistema de cuidados que se muestra en la película corresponde más al modelo de asistencia social nórdico que a la realidad de la sanidad vasca o española).

Más que conflicto, lo que hay entre ellos es una deuda emocional que nadie sabe cómo saldar. Han pasado muchos años desde que padre e hija perdieron el contacto. Y ahora ella es madre de un hijo al que ni siquiera le ha hablado de su abuelo. Aranburu construye el personaje como acostumbra, desde la contención, sin dramatismos, con una mezcla de paciencia y de dureza, de velado reproche y amor filial incondicional.

Y luego está Xanti (Kandido Uranga), el compañero de habitación de Vicente que es su antítesis. Un jubilado fanfarrón que presume de su éxito con las mujeres y luce en la muñeca una pulserita con la bandera de España dejando claro sus ideas políticas. Entre ellos se establece una relación incalificable. La desconfianza inicial por parte de Vicente se transforma en una necesidad mutua de afecto. Una amistad que por momentos Vicente confunde con el deseo. Una forma de intimidad que no había experimentado nunca.

La película podría haberse quedado en la provocación inicial, pero decide escarbar en la historia familiar y en el interior de los personajes y lo que empieza siendo una afirmación del cuerpo termina siendo una pregunta sobre el tiempo. Sobre lo que queda cuando ya no hay margen para rehacer la vida, solo para asumirla y vivirla de la mejor manera posible hasta el final.

La película no infantiliza, no dulcifica, ni convierte la vejez en una postal amable. Tras el incidente de salud, Vicente es un cascarrabias, un viejo hosco, amargado y desagradecido, que llega a comportarse de manera cruel con sus cuidadores y con las personas que intentan ayudarle. Pero, poco a poco, entiende que el mundo no está en su contra y que el silencio que él mismo se ha autoimpuesto por temor a ser rechazado no tiene razón de ser.

José Ramón Soroiz, un actor vasco y euskaldun, tremendamente conocido y querido en Euskadi, acostumbrado a interpretar en euskera sus papeles que poco han tenido que ver hasta ahora con este registro, entrega una actuación convincente y conmovedora.

Maspalomas, que estuvo nominada a la Concha de Oro en el último Festival de Cine de San Sebastián, no es una película sobre salir del armario. Es, más bien, sobre lo que pasa cuando te obligan a volver a entrar. Y es también la amarga constatación de que la libertad a veces llega demasiado tarde.

Y sí, en la película se folla. De hecho, se folla bastante. Pero lo importante es lo que viene después, cuando ya no se puede follar. Y aun así algo —llámalo deseo, llámalo necesidad, llámalo vida— se resiste a apagarse.

La película acaba en el idílico recuerdo de una etapa de libertad que fue casi como un sueño. Vuelve el color canario, lejos de los grises donostiarras. La luz, el mar cálido. En la playa de Maspalomas sentimos la calidez del agua, y nos perdemos en los brillos del sol en el agua mientras suena La stagione dell’amore de Franco Battiato:

La estación del amor viene y va,
los deseos no envejecen casi nunca con la edad.
Si pienso en cómo he malgastado mi tiempo,
que no volverá, no regresará más.

Ttulo original: Maspalomas

Año: 2025

Duración: 115 min.

País: España

Dirección: José M. Goenaga y Aitor Arregi

Guion: José Mari Goenaga

Reparto: José Ramón Soroiz, Tanya de la Cruz, Kándido Uranga, Miren Gaztañaga, Nagore Aranburu, Itziar Aizpuru, Paul Berrondo, Julian Hackenberg, Zorion Eguileor, Isaac Dos Santos, Armani Dvyne, Chris Dell, Alberto Tosco, Kevin Medina, Nicholas Sartori, Borja Berzosa

Música: Aránzazu Calleja

Fotografía: Javier Agirre Erauso

Compañías: Irusoin, Moriarti Produkzioak, Maspalomas pelikula, ETB, RTVE

Género: Drama. Vejez. Homosexualidad

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