EL CÓDIGO QUE VALÍA MILLONES

No es preciso ser experto en ingeniería informática para entender y apreciar la relevancia de los hechos que se narran en la miniserie de producción alemana “El código que valía millones”, estrenada por Netflix el 7 de octubre y que arroja luz sobre un episodio del que no es extraño que muy pocos hayamos oído hablar hasta ahora. De hecho, la historia real en la que se basa su argumento se reduce a algo tan antiguo como la eterna lucha de David contra Goliat. Solo que, a diferencia de lo que ocurre en los textos bíblicos, aquí el pez grande se come al chico.

Eso fue lo que les ocurrió a Juri Müller (Marius Ahrendt) y Carsten Schlüter, dos jóvenes berlineses que, a principios de la década de los noventa, con el muro recién derribado y Alemania del Este liberada ya del yugo soviético pero sumida en una profunda depresión económica, unen sus vidas en pos de un sueño común: hacer que la gente pueda ver el mundo desde otra perspectiva y ser capaces de sobrevolarlo y desplazarse de un lugar a otro a la velocidad del rayo, como lo haría el mismísimo Superman, pero desde la pantalla de un ordenador.

Esa idea, absolutamente innovadora para el tiempo y el lugar en el que fue concebida, precursora de la realidad virtual a la que hemos acabado acostumbrándonos, parecía imposible de llevar a cabo entonces, en un país recién unificado y aún en pañales en lo que a avances tecnológicos se refiere, pese a los denodados intentos del canciller Helmut Kolh por estimular y acelerar la I+D en el desarrollo informático, liderado por China y los Estados Unidos, y cuyos vertiginosos avances tras la aparición de internet no tardarían en cambiar para siempre nuestra vida.

Pero la noche en la que Carsten y Juri, un joven estudiante de arte obsesionado con las video instalaciones y un freake de los ordenadores, se conocieron, en uno de los muchos antros ilegales que funcionaban en las antiguas instalaciones fabriles de Alemania del Este, donde se exhibía toda clase de artilugios y de arte alternativo y experimental en su versión más salvaje y alocada, y se pinchaba música techno hasta el amanecer para que los berlineses, jubilosos y borrachos de ansias de libertad, entretuvieran su incertidumbre de futuro, todavía estaba muy lejos de la gran revolución digital que después hemos vivido.

En aquella época, los alemanes no tenían ordenador personal y la red de redes aún estaba en la incubadora. De hecho, en el mercado alemán no existían ordenadores lo suficientemente potentes para soportar el peso de memoria requerido para semejante “invento” (una especie de obra de arte global que permitiera a la gente viajar a cualquier punto del globo terráqueo en tiempo real). Su precio rondaba los cinco millones de marcos, por lo que ambos jóvenes se lanzaron a buscar apoyo financiero para hacerse con uno de esos aparatos en el que poder dar forma a su proyecto y, finalmente, lo encontraron en el todopoderoso titán de las telecomunicaciones Deutsche Telekom y en los desarrolladores del célebre Chaos Computer Club de Berlín, donde Juri ejercía ocasionalmente de hacker.

Con ellos crearon un pintoresco, apasionado y jovencísimo equipo de trabajo dispuesto a afrontar un proceso de desarrollo absolutamente caótico y naif y, después de no pocas complicaciones, lograron tener listo su proyecto, bautizado con el nombre de «Terra Visión», en el plazo de un año. Justo a tiempo para que sus patrocinadores pudieran presentarlo en la feria internacional de proyectos innovadores de Kioto (Japón) de 1994, donde cosechó gran atención mediática y un sin fin de alabanzas.

Tal fue su repercusión en el mundillo tecnológico que no tardaría en llegarles una invitación para visitar Silicon Valley, el Dorado de la nueva era inaugurada por internet, donde el célebre Brian Anderson (Lukas Loughran) ejercía de gran gurú de la cosa y adoctrinaba a sus acólitos bajo las palmeras en un parque tecnológico de dimensiones ciclópeas, donde todo eran sonrisas, juegos y máquinas de café expresso. Un paraíso empresarial, en el que el trabajo y la diversión parecían ser la misma cosa.

Juri Müller se encontraba entre los numerosos fans de Anderson, director de la empresa de fabricación de computadoras Silicon Graphics, creadora del ordenador Onyx que Schlüter y Müller utilizaron para desarrollar Terravision. Siempre lo había admirado. Sentía que hablaban el mismo idioma, que compartían los mismos ideales y trabajaban por los mismos objetivos: la auténtica globalización y democratización del conocimiento, sin discriminaciones ni fronteras. La idea de que, gracias a internet, este pudiera ser accesible para todo el mundo era increíblemente novedosa y progresista, y las empresas pioneras en el desarrollo de la red invirtieron muchos miles de millones para hacerlo posible y dar forma al nuevo mundo tal y como lo conocemos hoy.

Ese había sido siempre el sueño de Juri Müller. De hecho, estuvo tentado de aceptar la oferta de Anderson y quedarse en California para trabajar con él y hacer de Terravisión una herramienta de navegación por internet. Pero pudo más su lealtad al equipo y finalmente volvió con Carsten a Alemania, dispuestos a fundar su propio Silicon Valley (el estudio ART + CO) en el corazón de Berlín. Aunque no sin antes revelarle a Anderson el código fuente de «Terra Visión».

Así es como llegamos al año 2005, cuando Google, por que por aquel entonces era ya un gigante de las telecomunicaciones online y acababa de fichar a Anderson, lanzó Google Earth (un calco de «Terra Visión»).

Juri y Carsten se sintieron traicionados por Brian, quien se plantó en Berlín para hacerles una propuesta de colaboración por cinco millones de dólares que resultó ser una patraña para robarles la patente, como solía hacer Google con muchos pequeños “inventores”, en la confianza de que jamás se atreverían a desafiarle en los tribunales. Y el caso es que no fue sino hasta muchos años después, cuando los artífices de “Terra Visión” deciden plantarle cara a la todopoderosa corporación, argumentando que su idea sentó las bases de Google Earth, Google Maps y todos los sistemas de navegación en tiempo real, que forman parte hoy de nuestro día a día.

El propio Anderson admitió en su visita a Berlín que Terravision lo había inspirado para crear el software de Google Earth: «Si no hubiera visto Terravision, nunca podría haber creado algo así», le dijo a Juri en un arranque de etílica sinceridad. Algo que negó después ante la justicia.

De eso trata “El código que valía millones”, una ficción trepidante narrada en dos planos temporales, que culmina en una intrincada batalla judicial que se libraría en Delaware, Estados Unidos, a instancias del profesor de arte Joachim Sauter (el verdadero Carsten Schlüter), quien fue a los tribunales contra Google en el año 2014.

Robert Thalheim y Oliver Ziegenbalg, director y guionista de la serie respectivamente, le conocieron casualmente en una barbacoa y de ahí surgió la idea de filmar la historia como una ficción basada en hechos reales, cuya principal intención no es como pudiera parecer hacer justicia poética ni reconocer el mérito de los desarrolladores de «Terra Vision», sino retratar los ideales que movieron a la generación «techie» (los “nerds” del garaje), pioneros de la era digital, en los años 90, y la hicieron ser lo que es hoy: un selecto club de multimillonarios que se hicieron increíblemente ricos con internet y que actualmente sueñan con conquistar el espacio. 

Thalheim y Ziegenbalg quieren mostrarnos cómo se inició todo y contar la historia de aquellos que nunca estuvieron bajo los focos en esta serie que habla de la amistad, de la lealtad, de superar los miedos y las barreras de lo aparentemente imposible y del concepto de propiedad intelectual en la era digital, consiguiendo transportarnos al Berlín inmediatamente posterior a la caída del muro y recrear su excitante atmósfera revolucionaria e innovadora.

Título original: The Billion Dollar Code

Año: 2021

Duración: 265 min.

País: Alemania

Dirección: Robert Thalheim

Guión: Oliver Ziegenbalg

Música: Uwe Bossenz, Anton K. Feist

Fotografía: Henner Besuch

Reparto: Seumas F. Sargent, Marius Ahrendt, Thomas Douglas, Michelle Glick, Yuki Iwamoto, Misel Maticevic, Clayton Nemrow, Leonard Scheicher, Harry Szovik, Christoph Tomanek, Mark Waschke, Lavinia Wilson.

Productora: Kundschafter Films, Sunny Side Up Films. Distribuidora: Netflix

Género: Miniserie de TV. Drama | Internet / Informática. 

LA FORTUNA

La madurez creativa del joven director prodigio de Tesis, Alejandro Amenábar, que despuntaba ya en «Ágora» y que eclosionó definitivamente en «Mientras dure la guerra«, vuelve a mostrarse en todo su esplendor en la nueva miniserie estrenada en Movistar+, donde el cineasta madrileño radicado en Hollywood, bucea de nuevo en las páginas de la Historia que tanto le han servido de inspiración, para contarnos esta vez “una de piratas”, en la que no faltan los doblones de oro y los galeones hundidos por cañones enemigos.

Aunque creamos que todo ello es cosa del pasado, la historia que Amenábar quiere contarnos es la de unos piratas modernos, apoyados por la CIA y los departamentos de Estado, con sociedades que cotizan en Bolsa y dotados de la más avanzada tecnología que les permite rastrear el fondo marino en busca de tesoros olvidados que robar, sin respetar su origen ni su legítima propiedad. Y, para ello, se mete él mismo en la piel de Álex Ventura, un joven e inexperto diplomático, amante de los documentales de Jacques Cousteau, de las arias de ópera y de los comics de TinTin (con quien tiene un evidente parecido físico), que encuentra su primer trabajo como funcionario en el anquilosado Ministerio de Cultura y se ve convertido, sin proponérselo, en el líder de una misión a lo Indiana Jones que le empujará a recuperar el tesoro submarino robado por Frank Wild (Stanley Tucci), un pirata aventurero que recorre el mundo a bordo de su nave (el Pioneer) saqueando las profundidades del mar.

Basada en el cómic de Paco Roca y Guillermo Corral, ‘El tesoro del Cisne Negro‘, la serie de Amenábar recrea el litigio legal que durante cinco años enfrentaron EE.UU. y España disputándose la propiedad del mayor tesoro submarino de la historia que una compañía norteamericana, con sede en Florida, la Odissey Marine Exploration (en la serie, la Atlantis de Georgia) extrajo, en 2007, del golfo de Cádiz, procedente de los restos de la fragata “Nuestra Señora de las Mercedes”, hundida en 1804 y rebautizada en la ficción como “La Fortuna”, uno de los tres galeones que Manuel de Godoy (protegido de Carlos IV) fletó para traer a casa todo el oro de las Indias, dos millones de monedas de oro y plata con los que el reino de España pretendía sufragar la inminente guerra con los ingleses, antes de que estos interceptaran, atacaran y hundieran las embarcaciones.

Junto a Lucía Vallarta (Ana Polvorosa), una funcionaria de armas tomar, experta en protección de Patrimonio Nacional, y Jonas Pierce (Clarke Peters), un brillante abogado norteamericano apasionado por las viejas historias de piratas y obsesionado con dar caza a Wild obligándole a entregar a los museos los tesoros robados, Álex emprenderá la aventura de su vida, a lo largo de seis capítulos trepidantes, repletos de suspense, humor, corrupción política y choque de culturas, descubriendo la importancia del amor, la amistad y el compromiso con aquello en lo que uno cree.

Rodada en cinco meses en Cádiz, Ferrol, Zaragoza, Gipuzkoa y EE. UU., contando con un gran despliegue de medios terrestres, aéreos y navales (llegando a rodar a bordo de un helicóptero y una fragata del Ejército y hasta en la sala de recepciones oficiales del Palacio de la Moncloa), todo en esta serie a la que podríamos calificar de thriller histórico y cuya manufactura y producción no pueden ser más espectaculares y ambiciosas resulta original y entretenido. Prueba de ello es la batalla naval con la que arranca el segundo episodio, rodada en el puerto de Pasajes, en la que se narra el hundimiento de “La Fortuna”, con la familia del capitán Diego de Alba (Nico Romero), encargado de la expedición, a bordo. Así como su reparto internacional de lujo, en el que se mezclan actores anglosajones de gran solvencia y talento, como los ya citados Clarke Peters y Stanley Tucci o la imponente T´Nia Miller («Years and Years«)., con actores y actrices españoles no menos talentosos, como Karra Elejalde (enorme, como es habitual, en su papel de un aguerrido Ministro de Cultura, cinéfilo y cascarrabias, que no tiene nada que perder porque en el fondo siente que estaría mejor escribiendo que perdiendo el tiempo en un “ministerio florero”), Manolo Solo (soberbio en su papel de friki ex-legionario), Blanca Portillo (agente infiltrada por las cloacas del poder), Ana Polvorosa (funcionaria “perroflauta”) o el debutante Álvaro Mel (uno de los instagramer más famosos del momento y cuyo personaje en la serie curiosamente se llama Alex, igual que el director) quien pese a lo que se ha dicho acerca de su edad e inexperiencia, se adapta perfectamente a las necesidades de su personaje, dotándolo de una pátina de ingenuidad y honestidad imprescindible para la historia que Amenábar quiere contar que no es otra que la historia de esos funcionarios anónimos, altamente concienciados con la nobleza de su misión, que se comen todos “los marrones” y permiten a los políticos colgarse las medallas.

Sobre la base de ensalzar la heroicidad, lealtad y entrega de esos trabajadores públicos y concienciar acerca de la importancia de conservar y proteger el patrimonio histórico, Amenábar va introduciendo temas de calado en el guión, como el peso de la burocracia, el escaso valor que los gobiernos conceden a la Cultura (“el petróleo español”), la superioridad con la que los empresarios y diplomáticos norteamericanos se comportan frente al Estado español manejado por políticos ignorantes, indolentes e ineptos, incapaces de organizarse de manera eficaz para proteger lo que es de todos, los prejuicios partidistas e ideológicos que contaminan y dificultan la acción conjunta, la tensión y corrupción de la diplomacia internacional, y tantos y tantos otros asuntos que va dejando caer a lo largo de una historia narrada a la manera de Spielberg, a la que no le falta acción, pero tampoco reflexión, gracias a unos diálogos magníficamente trabajados, en colaboración con Alejandro Hernández (‘El día de mañana’), entre los que destaca de forma premonitoria la rotunda frase que el Ministro pronuncia en rueda de prensa, a modo de desafío inicial: «en esta película, los piratas no van a ganar”.

Título original: La Fortuna

Año: 2021

Duración: 50 min. seis episodios

País: España

Dirección: Alejandro Amenábar

Guión: Alejandro Amenábar, Alejandro Hernández. Basado en el cómic de Paco Roca, Guillermo Corral

Música: Roque Baños

Fotografía: Alex Catalán

Reparto: Álvaro Mel, Ana Polvorosa, Stanley Tucci, Clarke Peters, T'Nia Miller, Karra Elejalde, Manolo Solo, Blanca Portillo, Pedro Casablanc, Alfonso Lara, Mari Carmen Sánchez, Juan Carlos Vellido, Duncan Pow...

Productora: Mod Producciones, Movistar+, AMC Studios. Distribuidora: Movistar+

Género: Serie de TV. Aventuras. Thriller Histórico. 

NINE PERFECT STRANGERS

Hay una frase en “Nine Perfect Strangers” (la gran apuesta de Amazon Prime Video para este verano) que resume con cierto sarcasmo lo que no pocas personas piensan, aún hoy, acerca de los problemas que llevan a otras hasta el diván del psicoanalista y es cuando Masha (Nicole Kidman), esa extraña y misteriosa mujer de origen ruso, mezcla de psicoterapeuta y de gurú celestial, que dirige Tranquillum House, le dice a su último grupo de huéspedes/pacientes: “el hombre preindustrial no se deprimía porque estaba demasiado ocupado trabajando”.

Siguiendo la estela de “Big Little Lies”, sus creadores han vuelto a contar con la actriz australiana de mirada penetrante y belleza etérea, para protagonizar la adaptación de otra de las novelas de Liane Moriarty, en la que nueve personas que no se conocen de nada coinciden en un aislado resort de lujo al que acuden ricos y famosos dispuestos a pagar una fortuna por embarcarse en un exclusivo retiro que les permita sanar de sus aflicciones y mejorar como seres humanos en tiempo récord, aunque no sin cierto sufrimiento.

A quienes ingresan en este idílico balneario, situado en un lugar apartado, con un camino de difícil acceso (ya que se supone que el aislamiento es parte esencial de la terapia de sanación), en medio de un bosque con río, catarata y aguas termales, y donde te sirven nutritivos batidos de frutas tropicales preparados al momento (quién diría que meter la cámara en un vaso de licuadora iba a dar tanto juego visual), les requisan nada más llegar sus medios de transporte y sus dispositivos móviles para cortar todo contacto con el exterior. En realidad les aíslan solo en el plano físico, pues en el plano emocional cada uno de ellos ya lidiaba previamente, en soledad, con sus propias tribulaciones sin abrirse a su entorno, al que solo dejaban ver (y padecer) las secuelas y consecuencias de sus respectivos traumas.

Se trata de nueve personajes con caracteres, profesiones y etapas vitales distintas, que se someten voluntariamente (y a ciegas) a una terapia experimental que promete ser “liberadora”, diseñada por alguien que ha conseguido «renacer» en sentido literal (tras estar clínicamente muerta) y dejar atrás su oscura vida pasada. Un “novedoso” método terapéutico que se nutre de muchas de las actuales teorías del Mindfulness: la meditación, el yoga, el regreso a la tierra, la desintoxicación a través del ayuno y la alimentación eco-orgánica y, sobre todo, el entregarse por entero y abrazar la experiencia del retiro abriendo la consciencia a la espiritualidad, para salir de ella siendo personas nuevas, sin castigarse, sin juzgarse, sin arrepentirse… Un viaje físico y espiritual de diez días, resumido en ocho episodios, durante los cuales la serie nos irá presentando a cada uno de estos clientes/pacientes que se encuentran al límite de su resistencia y que se verán abocados a poner en común las pérdidas, fracasos, frustraciones, traiciones y traumas que los lastran, para poder así desprenderse de ellos y avanzar hacia un estado emocional superior, en el que los dolores, culpas, complejos y temores que los afligen al fin desaparezcan.

Nine perfect strangers” es, en suma, un inquietante puzzle que se construye lentamente, combinando el drama y el misterio con las constantes referencias a un estilo de vida que es tendencia, obligándonos a seguir las pistas que nos van dejando a cuenta gotas según avanza su argumento y en el que destacan las magníficas interpretaciones de los actores y actrices de reparto.

Melissa McCarthy en el papel de Francis, escritora de novela romántica, una cincuentona menopáusica, fracasada en el amor, que teme no estar a la altura de sus propias expectativas profesionales, quien es sin duda la más empática del grupo; Bobby Cannavale, quien da vida a Tony, una estrella del fútbol americano que vio apagarse su popularidad al sufrir un grave accidente en el campo y desde entonces desarrolló una fuerte dependencia al alcohol y a los fármacos que lo convierte en un ser desaliñado y malhumorado; Luke Evans (Lars), un sujeto narcisista, sospechoso y taimado, homosexual, escéptico y conflictivo, que parece decidido a reventar la terapia provocando al resto del grupo, especialmente a Regina Hall (Carmel), una mujer de mediana edad, con problemas de ira y de autoaceptación, que acude al retiro para perder peso y volver a sentirse atractiva tras la doble maternidad que la condenó a la vida doméstica; Heather (Asher Keddie), una madre atrapada en una profunda depresión desde el suicidio de su hijo adolescente que convive con su marido Napoleón (Michael Shannon) y su otra hija, Zoe (Grace Van Patten), sin soportar la idea de que estos se hayan resignado tan fácilmente a la pérdida. Y finalmente Ben (Melvin Gregg), quien tras haber ganado 22 millones de dólares en la lotería ha perdido el interés por todo cuanto posee, incluida su espectacular esposa influencer, Jessica (Samara Weaving), una joven insegura y no muy lista, para quien nada existe, si no se cuelga en Instagram.

Al margen del indudable atractivo del personaje de Masha, una suerte de ser místico dotado de un gran poder de seducción al tiempo que infunde cierta desconfianza e incluso temor entre sus pacientes/huéspedes, la miniserie de Daniel E. Kelley («Big Little Lies«, «The Undoing«) se apoya en este gran reparto coral, para proponernos un triple suspense: ir conociendo la biografía de cada uno de estos personajes; saber exactamente en qué consiste ese “nuevo protocolo” del que hablan Masha y sus ayudantes, Yao (Manny Jacinto) y Delilah (Tiffany Boone) (con quienes mantiene una extraña relación, cuya naturaleza aún no llegamos a precisar) y que, a tenor de sus conversaciones, parece ser algo extremo, posiblemente hasta ilegal; y averiguar quién está detrás de las amenazas que la gurú recibe en su teléfono móvil y si tienen algo que ver con la tragedia/negligencia ocurrida tiempo atrás en ese lugar.

El misterio está servido y todo hace presagiar que el dilema que se nos plantee a futuro sea de naturaleza ética. De momento solo hemos visto los tres primeros capítulos, lo suficiente para despertar nuestro interés.

Título original: "Nine Perfect Strangers"

Año: 2021

Duración: 43 min. x 8 episodios

País: Estados Unidos 

Dirección: Jonathan Levine

Guión: David E. Kelley, John-Henry Butterworth, Samantha Strauss.
 
Novela: Liane Moriarty

Fotografía: Yves Bélanger

Reparto: Nicole Kidman, Melissa McCarthy, Michael Shannon, Luke Evans, Regina Hall, Bobby Cannavale, Samara Weaving, Asher Keddie, Manny Jacinto, Melvin Gregg, Tiffany Boone, Grace Van Patten, Hal Cumpston

Productora: Blossom Films, Made Up Stories. Distribuidora: Hulu

Género: Serie de TV. Drama | thriller

THE NEVERS

Siempre he observado cierta prevención hacia el cine fantástico o de ciencia ficción. Con gloriosas excepciones que ya se han convertido en clásicos, es difícil que una historia que trasciende los lindes de lo que humanamente es posible y juegue a fantasear con lo mágico o lo sobrenatural me toque la fibra, a no ser que tenga una intención metafórica.

Y ello a pesar de que, desde el estreno de la legendaria “Juego de Tronos” hace diez años, el género no ha hecho más que crecer y multiplicarse, con grandes superproducciones, como “The Last of Us”, “Foundation” o “El Señor de los Anillos”, y títulos menos ambiciosos, como “Carnival Row”, “The Witcher” o la más reciente y discreta “The Nevers” (HBO), cuyo argumento inesperadamente ha conseguido cautivarme.

En esencia, se trata de una serie definida por sus productores como “de aventura, acción y fantasía” que engancha desde el minuto uno, al ubicar su historia en un espacio temporal intencionalmente anacrónico, el Londres de la época victoriana, con sus enormes diferencias sociales y la violencia y conflictividad desatada en sus calles, donde misteriosamente un grupo de personas (en su mayoría mujeres, bastantes de ellas inmigrantes y algunos pocos hombres y niños), desarrollan ciertos superpoderes o habilidades extraordinarias, tras haber sido “tocados” por las partículas de luz desprendidas de un ente volador no identificado que surcó los cielos el 3 de agosto de 1896, convirtiéndose en una amenaza para el establishment, por lo que son perseguidos y socialmente marginados.

“Los elegidos” o «tocados» (como se les conoce en la serie) están liderados por Amalia True (Laura Donnelly), una viuda endurecida por la mísera vida que le ha tocado en suerte, quien además de un gran sentido práctico posee, desde aquel extraño día, el don de la videncia y una fuerza física descomunal que le permite batirse en todo tipo de peleas y refriegas, para proteger y defender a los suyos de las fuerzas brutales decididas a aniquilarlos. Para ello cuenta con la inestimable ayuda de su inseparable amiga, Penance Adair (Ann Skelly), cuya comprensión de la energía la convierte en una inventora adelantada a su tiempo, capaz de desarrollar prototipos impensables para la época, en los que podrían inspirarse muchos de los artilugios con los que hoy contamos gracias a la industria, la tecnología y la ciencia, y quien posee además una personalidad sumamente empática, dotada de gran sensibilidad y humanidad.

A ellas se unen Olivia Williams («Counterpart«) quien da vida a Lavinia Bidlow, una multimillonaria inválida que, por motivaciones aún desconocidas, se convierte en benefactora del orfanato donde se refugian “los elegios”; su dulce y torpe hermano menor Augustus “Augie” Bidlow (Tom Riley), quien es en secreto uno de ellos, dotado de vista de pájaro; y Hugo Swann, (James Norton), el rico e irreverente propietario de un antro de perversión, un joven empresario de vida disoluta que se especializa en la extorsión y la trata, abriendo locales de ocio donde “los tocados” complacen las fantasías de gente pudiente, a cambio de dinero por sus favores sexuales.

Luego están el inspector de policía Frank Mundi (Ben Chaplin), dividido entre sus obligaciones policiales y sus principios morales, quien investiga una serie de asesinatos presuntamente cometidos por una peligrosa y sanguinaria sociópata criminal llamada Maladie (Amy Manson), que también es una de “las tocadas”, dando mala prensa al colectivo; Denis O’Hare como Edmund Hague, un médico perturbado que busca descubrir la fuente de los poderes mágicos; Zackary Momoh como Horatio Cousens, el médico del orfanato con poderes curativos; Rochelle Neil como la incendiaria Annie “Bonfire” Carby… y el increíble Pip Torrens (“The Crown”), en el papel de Lord Gilbert Massen, un alto funcionario del gobierno, de naturaleza conservadora y escéptica, que lidera una cruzada contra “las elegidas”, cuyas habilidades atribuye a “anomalías biológicas debidas a la electricidad”, el gran invento que lo cambiaría todo en las postrimerías de la Revolución Industrial.

Definida por la crítica como «un X-Men moderno o un Watchmen victoriano«, más allá de tratarse de una serie entretenida y repleta de acción, los responsables de “The Nevers” y, muy especialmente Joss Whedon (“Buffy, la cazavampiros, “Angel”), creador de la idea y guionista del primer capítulo, han querido aprovechar la fantasía para abordar problemas actuales con los que lidiamos a diario, como el racismo, el sexismo, la discriminación y la marginalidad, y la necesidad de crear una sociedad más justa e igualitaria, desarrollando la empatía, el empoderamiento y el sentido de comunidad, con diálogos que constantemente hablan de cambio, de progreso y del importante aporte de la mujer a todo ello, pese a las enormes resistencias sociales por permitir que así sea, como cuando Lord Massen, empeñado en acabar con “las elegidas”, expone su teoría de que se trata de una amenaza para la estabilidad y supervivencia del Imperio:

Un plan magistral. Atacarnos usando a las mujeres. El corazón del imperio detenido abruptamente por los caprichos y las aspiraciones de quienes no deben tener ambiciones. Es la era del poder, del nuevo poder, los rayos equis, las ondas, la electricidad, somos la primera generación acostumbrada a lo imposible. Lo que a las mujeres les horroriza hoy, será aceptado mañana y exigido al día siguiente. Los inmigrantes, los desviados, ese es el poder que se ejerce y no por nosotros. La espada está dentro, necesitamos saber qué mano la está empuñando”.

De hecho, uno de los aspectos que resulta más inquietante de la serie y que no se llega a desvelar en su primera temporada es a qué nos estamos enfrentando realmente, cuál es la verdadera naturaleza de esa fuerza superior de la que emanan los poderes mágicos de los elegidos, así como en qué escenario temporal transcurre realmente la acción (si es que no sucede en varios planos temporales superpuestos) y cuáles son las verdaderas motivaciones de algunos de los personajes.

Preguntas y acertijos que -es de suponer- se resolverán en la segunda entrega, pese a que ya no será Joss Whedon (quien abandonó el proyecto en noviembre del año pasado, después de la polémica surgida a raíz de la filmación de “La Liga de la Justicia” cuando varios actores le acusaron por maltrato y abuso de poder en los rodajes) el encargado de resolver el enigma, sino Philippa Goslett quien se quedó a cargo del proyecto.

El principal problema al que se enfrenta, sin embargo, es la complejidad de la historia que se trae entre manos. Porque, aunque de entrada todo pueda resumirse en un grupo de seres perseguidos por una oscura organización y el odio a las minorías, “The Nevers” abarca a tantos personajes y ha abierto tantas subtramas a partir de su argumento inicial que puede resultar complejo encajarlo todo. Especialmente cuando, tras ver el episodio que sirve de epílogo a esta primera temporada y de prólogo a la segunda, es previsible que se produzca un giro radical de los acontecimientos que nos conduzca por otros derroteros ya muy vistos en otras películas y series, como «Westworld«, «Criado por lobos« o «Outlander«. Esperemos que no se desvirtúe su esencia en el ya cantado viaje a un futuro intergaláctico.

Título original: The Nevers 

Año: 2021

Duración: 58 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Joss Whedon (Creador), Philippa Goslett (Creador)

Guion: Joss Whedon, Jane Espenson, Laurie Penny, Douglas Petrie

Fotografía: Seamus McGarvey, Ben Smithard, Richie Donnelly, Kate Reid

Reparto: Laura Donnelly, Nick Frost, Olivia Williams, James Norton, Tom Riley, Ann Skelly, Ben Chaplin, Pip Torrens, Zackary Momoh, Amy Manson, Rochelle Neil, Eleanor Tomlinson, Denis O'Hare...

Productora: HBO, Mutant Enemy Productions. 

Distribuidora: HBO

Género: Serie TV. Drama. Ciencia ficción. 

SOLOS

Si existiera un premio a la serie más deprimente de la temporada, probablemente “Solos”, la antología distópica dirigida por David Weil, se llevaría este año la palma. Y quizá radique en ello su gran logro, pues tratándose de una disertación (en tono de introspección reflexiva) acerca de las vivencias más profundas, extrañas, emotivas y desgarradoras a las que se enfrenta el ser humano, y de cómo la soledad y el aislamiento nos afectan habiendo sido programados para vivir en sociedad, el resultado difícilmente podía ser otro.

Se trata de siete capítulos monográficos, siete historias aparentemente independientes (aunque pronto descubramos que están interconectadas), cada una de ellas protagonizada por un excelente actor o actriz, de la talla de Helen Mirren, Morgan Freeman, Anne Hathaway, Uzo Aduba, Nicole Beharie, Anthony Mackie, Dan Stevens y Constance Wu, en cuyo talento interpretativo descansa el gran peso de esta nueva producción de Amazon que, como se ha dicho en alguna crítica, es mucho más que la suma de sus partes.

Casi todo el mundo coincide en señalar que “Solos” quiere recordar a “Black Mirror”, por el hecho de que, al no ser correlativos, sus episodios pueden verse por separado, y su aire futurista. Pero, si nos abstraemos del artificio tecnológico y de los escenarios algo distópicos en los que se sitúan sus historias, nos damos cuenta de que la intención de su relato no es tanto advertirnos sobre lo que nos espera, sino hablar de la esencia del ser humano y de su necesidad de conectar con el prójimo, reconociéndose en las grandes verdades que justifican su existencia.

«Solos» abarca nuestro presente y futuro poniendo de manifiesto que, incluso cuando estamos más aislados, en las circunstancias más dispares, todos estamos conectados a través de la experiencia humana.

Sin desvelar demasiado acerca de su contenido, diremos que el creador de la serie, David Weil, ha apostado por el poder de la palabra de una manera muy teatral, construyendo diálogos y monólogos de gran calado, que dejan al espectador tareas para casa, dándole mucho en qué pensar sobre temas de indudable relevancia y rabiosa actualidad a causa del coronavirus, como el miedo a vivir, lo frustrante que resulta a la larga tomar conciencia de haber perdido el presente planificando el futuro, la invisibilidad de la gente mayor o la angustia de dejar solos a nuestros seres queridos, al tener que irnos para siempre de este mundo.

Especialmente destacables son las actuaciones de Hellen Mirren, sensacional en el papel de Peg, una septuagenaria que se embarca voluntariamente en un experimento para hacer un viaje al espacio sin retorno, durante el cual charla con el cerebro informático de un transbordador como si estuviera haciéndolo con su psicoanalista, para darse cuenta de que ha perdido buena parte de su vida a causa del temor que la atenazado desde niña.

Sin duda se trata de una de las mejores interpretaciones de la serie, cargada de sinceridad y de naturalidad, entrañable y exquisitamente contenida. Pero hay otras no menos llamativas y eficaces, como la de Anne Hathaway (Leah), quien interpreta de manera muy dinámica y con ciertos toques de humor tres versiones diferentes de su personaje, una investigadora científica obsesionada con viajar en el tiempo para establecer contacto con una versión futura de sí misma; al igual que Anthony Mackie (Tom), quien también debe afrontar un duelo interpretativo consigo mismo. O Nicole Beharie, cuya Nera debe lidiar con una maternidad antinatura para la que no estaba preparada, luego de someterse a un novedoso tratamiento de fertilidad, demostrando que el instinto de protección de una madre para con sus hijos, está por encima de su propio instinto de conservación.

Pero sin duda el episodio de cierre, protagonizado por Morgan Freeman (Stuart), es el más emotivo de todos, al tratarse de un anciano enfermo de Alzheimer que necesita implantes de memoria para recuperar su pasado, sirviendo de enlace (y explicación) al resto de las historias, marcadas todas ellas por la pandemia que vivimos y la manera en la que esta afecta a nuestra necesidad de contacto físico, como se constata en el gran broche de la escena final entre Stuart y Otto (Dan Stevens), su proveedor de bases de memoria que adquiere en el mercado negro.

En definitiva, una serie para la reflexión que decepcionará a quienes únicamente vayan buscando entretenimiento y que nos dejará un sabor agridulce pues, lejos de edulcorar la realidad, la muestra en su versión más descarnada, haciendo que la experiencia de su visionado resulte, como he dicho al principio, un tanto depresiva.

Título original: Solos

Año: 2021

Duración:30 min.

País: Estados Unidos

Dirección: David Weil (Creador), Sam Taylor-Johnson, Zach Braff, Tiffany Johnson

Guión: Bekka Bowling, David Weil, Stacy Osei-Kuffour, Tori Sampson

Música: Patrick Jonsson, Martin Phipps

Fotografía: William Rexer

Reparto: Helen Mirren, Anne Hathaway, Morgan Freeman, Constance Wu, Uzo Aduba, Nicole Beharie, Anthony Mackie, Dan Stevens, Gordon Winarick

Productora: Amazon Studios. 

Distribuidora: Amazon Prime Video.

Género: Serie de TV. Drama distópico.

LA ODISEA DE LOS GILES

“Según el diccionario un gil es una persona lenta, a la que le falta viveza y picardía. Aunque ya sabemos que el laburante (trabajador), un tipo honesto, gente que cumple las normas, termina siendo sinónimo de gil. Pero un día el abuso al que estamos acostumbrados los giles se convierte en una verdadera patada en los dientes y uno dice ¡basta! y se encuentra haciendo algo que nunca se hubiese imaginado capaz de hacer”.

Aunque su estreno en el cine fue hace dos años (justo antes del confinamiento), acaba de aterrizar en Netflix “La Odisea de los giles”, (Sebastián Borensztein, 2019), una deliciosa y catártica película argentina basada en la novela “La noche de la Usina” de Eduardo Sacheri (Premio Alfaguara 2016) y protagonizada por el infatigable Ricardo Darín, omnipresente en todas las producciones de éxito de su país, cuya temática se inspira en los estragos materiales y emocionales que provocó lo que se conoce como “el corralito”. Cuando, en 2001, cientos de ciudadanos vieron desvanecerse sus ahorros de toda una vida de un día para otro, debido a la quiebra del sistema bancario decretada por el gobierno de Fernando de la Rúa.

Una situación límite que afecta de lleno a los personajes principales de la historia: Fermín Perlassi (Ricardo Darín), vieja gloria del fútbol regional que ahora regenta una gasolinera junto a su entusiasta mujer, Lidia (poderosa y convincente, Verónica Llinás), y su buen amigo Antonio Fontana (Luis Brandoni), funcionario retirado, de espíritu anarquista y fiel seguidor de las enseñanzas de Bakunin, dedicado a la reparación de neumáticos, quienes acaban de reunir cierta cantidad de dinero destinada a crear una cooperativa de acopio de grano que haga reflotar la maltrecha y deprimida economía de Alsina, la pequeña localidad de la provincia de Buenos Aires en la que viven.

Tras comprometer sus propios ahorros en el proyecto, entre los tres logran convencer a algunos de sus vecinos de que hagan lo mismo, para poder comprar el terreno en el que funcionará la cooperativa, una vieja instalación agrícola en ruinas bautizada como “La Metódica”. Pero, incluso con el apoyo de la empresaria más exitosa del lugar (Carmen Largio), les falta la mitad de los 350.000 dólares que deben juntar. Así que se ven obligados a solicitar un préstamo al banco, para lo que el gerente les exige depositar lo que tienen en una cuenta.

El problema es que esto sucede en vísperas del llamado “corralito”, por lo que los sueños de estos humildes trabajadores se diluyen en el momento en el que ya no pueden acceder a sus ahorros.

Un escenario aterrador que esperemos no tener que vivir nunca, sobre todo ahora que ya no es viable tener dinero en efectivo guardado bajo el colchón y que, gracias al exceso de celo de los gobiernos y sus respectivos organismos recaudadores, empeñados en rastrear y controlar hasta el último céntimo de nuestros bienes, los ciudadanos somos cada vez más rehenes de los bancos que nos imponen sus cláusulas y comisiones abusivas. Entidades privadas que son rescatadas con dinero público a fondo perdido y que, sin embargo, cuando ocurre un colapso o debacle económica, no siempre responden por el dinero de sus ahorristas que, como en Argentina o en Grecia, queda confiscado sine die.

Como en el viejo refrán que vaticina que “al perro flaco todo son pulgas”, Fermín y Lidia intentan pedir explicaciones en su banco sin éxito y, en el viaje de regreso a casa, un fatídico accidente termina con la vida de ésta, sumiendo a Perlassi en una profunda depresión, de la que no consigue salir hasta un año después, cuando Fontana y su compadre Belaúnde (Daniel Aráoz), peronista, mecánico y jefe de la cerrada estación de tren, le ponen al corriente de lo que accidentalmente han descubierto.

Al parecer, poco antes de que se declarara el corralito, y a sabiendas de lo que venía debido al acceso a información privilegiada del que suelen gozar los altos directivos de las entidades financieras, el gerente del banco hizo un trato con el inescrupuloso abogado Fortunato Manzi (Andrés Parra), prestándole todos los dólares de los que este disponía, incluidos los fondos para la cooperativa y el dinero de otros ahorristas.

Para guardarlos a buen recaudo, el ambicioso Manzi manda a construir una bóveda acorazada en mitad del campo. Por lo que, entre todos, deciden trazar un plan para robar al ladrón y recuperar lo que es suyo.

Más que a un simple instinto de venganza, la incomprensión inicial por lo sucedido da paso a la rabia y al deseo catártico de hacer justicia, pues lo que se proponen estas personas con el rocambolesco plan que pergeñan, con explosiones y espionaje incluidos, al más puro estilo de Ocean’s Eleven (Steven Soderbergh, 2001) o de How to Steal a Million (William Wyler, 1966), no es enriquecerse a costa de otros (como han hecho los corruptos y especuladores que les han despojado de sus bienes), sino recuperar lo que les pertenece y castigar a los responsables. Así, se organizan en un escuadrón popular, donde falta pericia delictiva, pero sobra compañerismo y lealtad.

En definitiva, se trata de una sátira costumbrista de interés social, que combina sabiamente el drama y el humor, recuperando el viejo espíritu del anarco-colectivismo y la unión de la clase obrera (“El individuo por encima del Estado y de las instituciones. El hombre que toma las riendas de su destino…”, como explica Fontana, arengando a sus compañeros).

No en vano el descontento social, unido a una total falta de confianza en las instituciones, a la frustración, la impotencia y la incertidumbre ante una situación desesperada de presente y de futuro, es el mejor caldo de cultivo para despertar el ingenio popular.

Lo que se plantea es que hasta los «giles», tipos simples, ignorantes e incautos, trabajadores pobres pero honrados, predestinados a ser perdedores natos, una vez que lo han perdido todo, son capaces de despertar de su letargo y de unirse para trabajar conjuntamente en pro de sus intereses, lanzando una advertencia a los guardianes del sistema de cómo, a partir de una situación de profunda crisis económica y de explotación límite, cuando lo inmoral se vuelve legal y no existe manera de que la protesta ciudadana sea efectiva —ya que la queja no está institucionalizada— la reacción del colectivo social no solo puede ser imprevisible y llegar a ser temeraria, sino que tendría todo el sentido y la legitimidad que así fuera.

Título original: La odisea de los giles

Año: 2019

Duración: 116 min.

País: Argentina

Dirección: Sebastián Borensztein

Guión: Sebastián Borensztein, Eduardo Sacheri. Novela: Eduardo Sacheri

Música: Federico Jusid

Fotografía: Rodrigo Pulpeiro

Reparto: Ricardo Darín, Luis Brandoni, Chino Darín, Verónica Llinás, Daniel Aráoz, Carlos Belloso, Rita Cortese, Andrés Parra, Marco Antonio Caponi, Ailín Zaninovich, Alejandro Gigena, Guillermo Jacubowicz, Luciano Cazaux

Productora: K&S Films, Mod Producciones, Kenya Films

Género: Comedia dramática. Venganza. Comedia negra. Robos & Atracos

LA ULTIMA CARTA DE AMOR

Introduzca en una coctelera no más de un chorrito de “Breve encuentro”. Añada idéntica medida de “Algo para recordar”, una pizca de “Todos los días de mi vida” y unas pocas gotas de sutil aroma a “Madame Bovary” y “El amor en los tiempos del cólera”… E voilà! Tendrá como resultado un suculento aperitivo light llamado “La última carta de amor” (The Last Letter from Your Lover) que Netflix acaba de estrenar para deleite de los entusiastas de las películas románticas que cumplen con todos los tópicos del pastelón televisivo, paquete de kleenex incluido.

Copia fiel de la exitosa novela homónima de la escritora británica Jojo Moyes (autora de “Antes de ti”, protagonizada en su versión cinematográfica por Sam Claflin y Emilia Clarke), traducida a 33 idiomas con un total de 3 millones de ejemplares vendidos, esta coproducción británico-canadiense, dirigida por la también actriz Augustine Frizzell (“Never Goin`Back”), gira en torno a dos historias que transcurren en décadas distintas y que, sin embargo, se entrelazan cuando una de sus protagonistas, la avispada periodista Ellie Haworth, a quien da vida Felicity Jones ( “Una cuestión de género”, “La teoría del todo”) con gran frescura y ciertos ticks de comedia romántica, descubre de forma casual, en el transcurso de la investigación para un reportaje, unas intrigantes cartas escritas en 1965 y decide tirar del hilo hasta dar con sus protagonistas y desentrañar la historia de amor prohibido que relatan. Lo que, a su vez, le servirá de motivación para iniciar su propio romance con el encargado del archivo del diario para el que trabaja.

La destinataria de esas cartas no es otra que Jennifer Stirling, su serenísima majestad, Shailene Woodley (“Big Little Lies”), quien encarna con gran magnetismo a la perfecta mujer casada de aquellos años, elegante, discreta y sumisa, siempre a la sombra de su marido, el arrogante y a menudo ausente hombre de negocios, Laurence Stirling (Joe Alwyn). Juntos llevan lo que aparenta ser una lujosa y perfecta vida de multimillonarios sin hijos, hasta que un día reciben la visita de Anthony O’Hare (Callum Turner), un periodista del área financiera del Chronical, apuesto y divorciado, por quien la señora Starling, atrapada en el sopor de su matrimonio de conveniencia, se siente irremediablemente atraída, iniciándose entre ellos una relación clandestina que acabará en tragedia, cuando Boot (pseudónimo con el que Anthony firma sus cartas de amor a “J”) le pide escapar juntos a Nueva York para vivir su amor libremente.

Aunque Jennifer inicialmente rechaza la oferta por temor a perder su actual estatus de “señora de”, al final cambia de opinión y decide alcanzar a su amante en la estación del tren, tal como este le había propuesto. Pero se le hace tarde y la gran tormenta que arrecia esa noche propicia que sufra un accidente automovilístico en el que pierde la memoria. Oportunidad que su marido, Larry (quien al parecer está al tanto de la infidelidad de su esposa) aprovecha para recuperarla, haciéndole creer que Boot iba en el coche con ella y falleció en el acto durante el siniestro. Cuando, en realidad, este vive al otro lado del Atlántico atormentado por la idea de que su amada no acudió a su encuentro, prefiriendo la seguridad de una vida regida por los convencionalismos.

A medida que Ellie avanza en la lectura de la correspondencia entre J. y B., conocemos más de su emotiva historia de amor epistolar. Sabemos que, años después, los amantes volvieron a encontrarse de forma casual en Londres, aclarando la situación y dando rienda suelta de nuevo a la pasión, aunque tampoco huyeron juntos entonces, debido a que Jennifer tenía ya una hija de dos años, por lo que decide volver al lado de su marido y esperar el momento propicio para solicitar el divorcio sin el riesgo a perderla, como solía suceder en aquel tiempo tratándose de una mujer adúltera.

La  añoranza por lo que pudo haber sido y no fue se convierte así en el epicentro de la trama de la película que, tras una serie de idas y venidas, acaba con Jennifer y Anthony reuniéndose a instancias de Elly, en el parque londinense en el que solían verse en secreto, para finalmente retomar su historia de amor en el ocaso de sus vidas, tras haber envejecido extrañándose mutuamente.

En suma, se trata de un romance clásico, correctamente ejecutado y bien interpretado, que sin embargo no aporta gran novedad al género, al margen de la popularidad de sus jóvenes protagonistas, en el que se echa en falta un mayor desarrollo argumental que profundice en las razones que provocaron, por ejemplo, el desgaste de la relación entre Jennifer y su marido (¿nunca lo amó o, como en la canción de la Jurado, se les rompió el amor de tanto uso o desuso?) o que confiera mayor relevancia a la historia de la periodista Elly y el archivero Rory (Nabhaan Rizwan), apenas desarrollada, que permanece en un segundo plano casi de relleno.

En su favor habrá que decir que los exteriores filmados entre Londres y la Riviera francesa, en donde transcurre la primera parte de la acción, y el exquisito diseño de maquillaje y vestuario, confieren un indudable atractivo visual y un aire retro de belleza y sofisticación, a una película más bien insulsa para románticos empedernidos.

Título original: "The Last Letter from Your Lover".

Año: 2021

Duración: 110 min.

País: Reino Unido

Dirección: Augustine Frizzell

Guión: Nick Payne, Esta Spalding. 

Música: Daniel Hart

Fotografía: George Steel

Reparto: Felicity Jones, Shailene Woodley, Callum Turner, Nabhaan Rizwan, Joe Alwyn, Ncuti Gatwa, Vilhelm Blomgren, Christian Brassington, Joakim Skarli, Ann Ogbomo, Alfredo Tavares, Manoj Anand, Xander Turian.

Productora: Blueprint Pictures y The Film Farm. 

Distribuidora: Netflix

Género: Romance. Drama romántico

LAS COSAS QUE DECIMOS, LAS COSAS QUE HACEMOS

Desde su propio título “Las cosas que decimos, las cosas que hacemos” (“The Things We Say, the Things We Do”/“Les Choses qu’on dit, les choses qu’on fait”), la película de Emmanuel Mouret nos anuncia la paradoja que subyace en la pretensión misma de teorizar acerca de algo tan complejo, intangible, irracional, impredecible e inconstante como el amor romántico, a menudo confundido con el deseo y la pasión, o con algo aún peor, como el intento de elevarlo espiritualmente. Como si, para que fuese real, el amor tuviera que ser un sentimiento virtuoso y desinteresado, que antepone la felicidad del otro a la propia, renunciando al deseo de posesión del ser amado; o convertirse en platónica resignación, claudicando a las ataduras y convenciones sociales, que hacen imposible su disfrute y realización plenas sin dañar a otros.

De todo eso va esta gozosa comedia romántica, estrenada con enorme éxito en Francia (archipremiada con los César y los Lumiere), cuyo protagonista masculino Maxime (Niels Schneider) es sin duda una proyección de su propio director y guionista, disculpándose ya desde la escena inicial por aspirar a ser “un escritor de sentimientos”, algo tan poco interesante en nuestros días. A lo que su antagonista femenina, Daphné (maravillosa Camélia Jordana) le replica tranquilizadora que “eso nunca se sabe y que la mayoría de la gente que se cree interesante realmente no lo es”.

Este aspirante a escritor que se gana la vida haciendo traducciones, es primo de François (Vincent Macaigne), actual pareja de Daphné, embarazada de tres meses, quien le recibe en su casa de campo sola pues, por motivos de trabajo, François tardará unos días en volver de París. Así que ambos deciden hacer algo de turismo local y contarse sus vidas mientras le esperan. Sin pretenderlo, se irán conociendo (y enamorando) a través del relato de sus experiencias amorosas pasadas, construyendo un gran puzzle íntimo y sentimental, en el que se exploran temas como el desamor, la fidelidad, el sexo, los celos o la amistad, siempre bajo la premisa de observar sin juzgar a los protagonistas, en sus constantes contradicciones.

En este sentido, la narrativa de la película recuerda al mejor cine francés de Rohmer, Truffaut o Resnais, pero también a algunas de las mejores cintas de Woody Allen, por su habilidad para entrelazar historias y personajes de manera intencionadamente casual.

Así sabemos que Maxime estaba teniendo un affaire con una mujer casada, Victoire (Julia Piaton), sin sospechar que era la hermana de Sandra (Jenna Thiam), una antigua compañera de clase de quien ha estado siempre enamorado y con quien mantiene aún una tensión sexual no resuelta. Al reencontrarse al cabo de los años, Maxime le presenta a Sandra a su mejor amigo y compañero de piso, Gaspard (Guillaume Gouix), sin imaginar que entre ellos iba a surgir una atracción inmediata espoleada por el contraste de pareceres y caracteres, que los llevará a iniciar una tórrida relación pasional en la cual, sin saber cómo, termina siendo incluido, para acabar con el corazón hecho añicos confirmándose la máxima de que “en el amor, tres son multitud”.

Por su parte, Daphné le cuenta que estaba enamorada de David (Louis-Do de Lencquesaing), un realizador viudo, para el cual trabajaba montando sus documentales, confundiendo las señales de su interés en ella, que termina siendo meramente profesional y no sentimental como había fantaseado. Despechada, conoce a François, el primo de Maxime, y se va a la cama con él, sin intención de que su relación vaya más allá del rollo de una noche, a sabiendas de que está casado. Pero la cosa se complica cuando éste se enamora perdidamente de ella y su mujer, Louise (Èmilie Duquenne), decide dejarlo, en un gesto menos altruista de lo que inicialmente parece.

Con un ánimo más expositivo que crítico y con la dosis de humor justa, propiciada por ese cúmulo de casualidades que sirve de hilo conductor al relato, pero sin permitirse caer en el tópico de la comedia de enredo, Mouret nos va contando una historia absolutamente contemporánea acerca del mundo de las relaciones sentimentales, subrayando el tono de determinadas escenas con exquisitos fragmentos de la música de Chopin, Debussy, Mozart, Offenbach, Satie o Poulenc.

Sin ser la obra definitiva sobre el amor, que dada la complejidad del tema seguramente jamás llegará a escribirse, la película abarca un amplio catálogo de situaciones y reflexiones, en las que la idea romántica del amor que culturalmente hemos recibido (y que, como sabiamente explica uno de sus personajes, es como “una segunda piel de la que resulta imposible de deshacerse”) condiciona de manera decisiva la forma en la que nos relacionamos a ese nivel y, más aún, la forma en la que hablamos de nuestras relaciones, como si estuviésemos escribiendo la novela de nuestra propia vida a medida que la verbalizamos.

En palabras de Sergi Sánchez: “El amor nos hace personajes. Solo cuando lo contamos –es decir, cuando lo inventamos– se hace verdadero. Por eso los protagonistas de esta magnífica película explican sus historias de amor en clave de muñeca rusa infinita, sacando de la chistera tramas y subtramas para poner en escena no tanto la fragilidad de los sentimientos, sino también su inconsistencia. Queremos amar, pero nunca sabremos cómo. La teoría del deseo mimético que gravita sobre esta pandilla se traduce, gracias a la inteligencia de la propuesta de Mouret, en la repetición de gestos, dinámicas, traiciones y azares”.

«Deseamos el deseo de otra persona», como explica Daphné en una conversación en la que aparece esta teoría del filósofo francés René Girard, que ella conoce por un documental que montó y que explicaría por qué, por ejemplo, una persona adúltera siente revivir su atracción por la pareja a la que ha sido infiel, cuando esta despierta el interés de un tercero.

Para el crítico de La Razón: “Deseamos porque nos desean, algo tan volátil como envidiable«. Y que ya se exponía en «Amelie» (otro título inolvidable del cine francés, de cuyo estreno se cumplen precisamente ahora veinte años), cuando Amelie Poulain (Audrey Tautou, en el mejor papel de su carrera artística), empeñada en mejorar la vida de cuantos le rodean, intenta liar a la estanquera hipocondríaca, Georgette (Isabelle Nanty) y al macarra despechado, Joseph (Dominique Pinon), haciéndoles creer que el uno está interesado en la otra, y viceversa.

Huelga decir que «Las cosas que decimos, las cosas que hacemos» está muy lejos de la genialidad narrativa y estética de la legendaria obra de Jean-Pierre Jeunet, pero es una película solvente, pausada y bien contada, pese a sus constantes saltos temporales. Una historia para amantes del ritmo reflexivo del cine francés, con un punto de ironía contemporánea.

Título original: "Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait aka" 

Año: 2020

Duración: 122 min.

País: Francia

Dirección y Guión: Emmanuel Mouret


Fotografía: Laurent Desmet

Reparto: 
Camélia Jordana, Niels Schneider, Vincent Macaigne, Jenna Thiam, Émilie Dequenne, Guillaume Gouix, Julia Piaton, Jean-Baptiste Anoumon, Fanny Gatibelza, Claude Pommereau, Louis-Do de Lencquesaing, Milla Savarese, Lise Lomi

Productora: Moby Dick Films, Canal+, Ciné+

Género: "Dramedia" romántica

LA MUJER EN LA VENTANA

Hay películas que lo tienen todo para ser un éxito. Una prometedora sinopsis, una estética atractiva, un elenco de probada solvencia… y, sin embargo, pinchan en hueso. Es lo que le ha ocurrido a “La mujer de la ventana” (Netflix) por más empeño que su director, Joe Wright, haya puesto en que cada uno de sus planos (protagonizados por un reparto de lujo, encabezado por Amy Adams, Julianne Moore y Gary Oldman) nos recuerde al mejor cine de Alfred Hitchcock.

Desde el traveling inicial (Cortina rasgada) hasta el plano final de la escalera en picado (Vértigo); el chico perturbado, cuchillo en mano, apuñalando obsesivamente al inquilino (Psicosis) y la muy obvia escena del espionaje a los vecinos a través del teleobjetivo de una cámara fotográfica (La ventana indiscreta), todo en “La mujer de la ventana” pretende recordarnos al mejor cine de suspense creado por el célebre director británico y, sin embargo, la desconfianza inicial se convierte en decepción inmediata en cuanto nos percatamos de que, tras ese alarde cinéfilo, hay un desarrollo argumental bastante deplorable.

La razón no está tanto en la estética formal de la película, cuya atmósfera claustrofóbica, acorde al trastorno psicológico de su protagonista, está ciertamente bien lograda al situar la acción en un mismo escenario (un antiguo caserón de varias plantas y enormes ventanales, aunque pobremente iluminado por exigencias del guión), cuanto en el desarrollo de una historia cuya premisa inicial promete más que lo que finalmente es capaz de ofrecer.

La Dra. Anna Fox es una psicóloga infantil que sufre de agorafobia, lo que le hace insoportable poder pisar la calle, así que vive encerrada en su casa de Nueva York, la que en algún tiempo compartía con su hija y su marido (con el que la vemos hablar casi a diario), teniendo ahora inexplicablemente por toda compañía a su gato y a un misterioso inquilino, con pasado de expresidiario, que habita en el sótano.

Sus días transcurren confusos, debido a la pésima combinación de los fármacos que le receta su psicoterapeuta y el vino que consume en cantidades ingentes, mientras ve viejas películas y se dedica a espiar a sus vecinos.

Un día, mientras mira por la ventana, contempla un asesinato en el hogar de los Russell, una familia que acaba de mudarse al barrio. O al menos es lo que cree haber visto y así se lo cuenta a la policía. Sin embargo, nadie le cree.

La historia sufre entonces una deriva injustificada y poco verosímil, en la que los personajes secundarios cobran fuerza frente a la protagonista, pretendiendo convencerla de que su frágil mente enferma le ha jugado una mala pasada, cuestión que podría ser de interés y que, de hecho, en algún sentido lo es, pues gracias a ello nos enteramos de la naturaleza del verdadero trauma que arrastra la doctora (la mejor escena, a nivel estético, de todo el largometraje), si no fuera por las prisas que tiene el director en precipitarse hacia un final clarificador, demasiado torpe en ritmo y en forma.

Como suele suceder en este género, naturalmente el asesino no es quien la película sugiere de inicio, pero una vez desvelada su identidad real, de forma un tanto precipitada por las ansias del director en dejar claro que Amy Adams no estaba tan loca como parecía, sus absurdas motivaciones y salvaje comportamiento resultan tan forzados que, más que sobresalto, provocan hilaridad, siendo los diez minutos finales de la película un auténtico despropósito, con detalles más propios de una película de serie B, en donde la exageración y la truculencia rayan en el gore, llegando a salpicar de sangre la lente de la cámara, por ejemplo cuando Jane está siendo asesinada.

Nada en la película se explica de manera creíble y convincente. Ni la relación del Sr. Russell (un caricaturesco Gary Oldman) con su hijo (un exagerado Fred Hechinger, a quien solo le falta portar un enorme cartel que diga: “Mírenme, soy un psicópata”) ni con la madre biológica de este (una desenfadada Julianne Moore, cuya presencia en la película es tan fugaz como refrescante), ni el inquietante papel del inquilino expresidiario que nunca llegamos a saber realmente quién es ni cómo ni por qué ha llegado allí.

En resumen, un thriller fallido, cuya producción estuvo plagada de retrasos, reescrituras del guión y filmaciones adicionales, con un elenco llamativo encabezado por la infatigable Amy Adams, cuyos esfuerzos dramáticos por mostrar la vulnerabilidad del personaje de Anna e intentar acercarnos al caos psicológico que está atravesando, se ven saboteados por la deriva de un guion que no se sostiene, que desperdicia los mejores filones de la historia (como la agorafobia que sufre la protagonista que podría haber dado mucho más juego) y que finalmente naufraga en el ridículo y la parodia haciendo de “La mujer en la ventana” una película totalmente prescindible que desmerece la marca del gran Alfred Hitchcock con la que hábilmente se le ha querido asociar por interés comercial.

Título original:"The Woman in the Window"

Año: 2021

Duración: 100 min.

País: Reino Unido

Dirección: Joe Wright

Guión: Tracy Letts. Novela: A.J. Finn

Música: Danny Elfman

Fotografía: Bruno Delbonnel

Reparto: Amy Adams, Gary Oldman, Wyatt Russell, Fred Hechinger, Julianne Moore, Anthony Mackie, Jennifer Jason Leigh, Brian Tyree Henry, Tracy Letts, Jeanine Serralles, Liza Colón-Zayas, Mariah Bozeman, Daymien Valentino

Productora: Fox 2000 Pictures, Scott Rudin Productions, TSG Entertainment, 20th Century Studios. 

Distribuidora: Netflix

Género: Intriga| Thriller psicológico

DESCUIDA, YO TE CUIDO

Probablemente el relativismo moral sea uno de los temas más recurrentes en la filmografía de las últimas décadas, pero pocas películas explican con tanta claridad su posición al respecto desde el minuto uno, como “Descuida, yo te cuido” (“I care a lot”), mezcla de thriller y de comedia negra en la que, más que brillar, resplandece con luz propia la actriz británica Rosamund Pike (“Perdida” “State of the Union”).

Escrita y dirigida por Jonathan Blakeson (“La desaparición de Alice”, “La quinta ola”) como una desenfadada sátira del sueño americano, la película (que Netflix estrenó en su plataforma para Latinoamérica y que en España puede verse en Amazon Prime) cuenta en primera persona la historia de Marla Grayson, narradora y artífice de su propio destino quien, desde el alegato inicial de presentación de su personaje, se dirige al espectador en tono desafiante, para advertirle de su falta de escrúpulos a la hora de conseguir aquello que se propone:

“Mírate, ahí en el sofá. Pensarás que eres buena persona. Pues no lo eres. Hazme caso. Las buenas personas no existen. Antes yo era como tú. Creía que, si me esforzaba y seguía las reglas, tendría éxito. Pero no. Lo de seguir las reglas es una broma que se inventaron los ricos para que los demás sigamos siendo pobres. Y yo he sido pobre. Pero eso no es lo mío. Porque en el mundo hay dos clases de personas: las que cogen y a las que les quitan. Los depredadores y las presas. Los leones y los corderos. Mi nombre es Marla Grayson y no soy un cordero. Soy una puta leona”.

Dispuesta a comerse el mundo antes de que este la devore a ella, con un aspecto siempre impecable que consigue machacándose cada día en el gimnasio, enfundada en trajes a medida, con su vaporizador y sus gafas de diseño, Marla es una mujer dura, competitiva, fría y calculadora, carente de brújula moral, capaz de llegar a extremos de crueldad inimaginables y que no se deja intimidar por los hombres. Todos ellos ingredientes imprescindibles en la fórmula del éxito, como la película pretende evidenciar.

Junto a su socia y amante, Fran (Eiza Gonzalez) y conchabada con una geriatra dispuesta a emitir informes falsos acerca del estado de salud de sus pacientes, ha montado un próspero negocio dedicado al supuesto cuidado de los intereses de personas de la tercera edad que básicamente consiste en encerrar a los abuelos en una residencia y despojarlos de sus bienes, valiéndose para ello de una sofisticada red de sobornos que implica a médicos, policías y directores de asilos, y cuya influencia se extiende hasta la propia justicia, que sistemáticamente consigue que se ponga de su parte dictaminando la necesidad de que estos ancianos queden bajo su tutela legal.

Ya desde las primeras escenas, vemos a Marla defender su farsa en la Corte ante la demanda de un hombre desesperado, a quien se le impide visitar a su madre en la residencia donde ha sido ingresada sin su consentimiento: “Cuidar es mi trabajo, mi profesión. Me ocupo de los que necesitan protección, protección de la apatía, de su propio orgullo, y a menudo protección de sus propios hijos”, le dice al juez, determinada a torcer el funcionamiento del sistema legal a su favor.

“Lo que me interesaba de ella era encontrar la clave de sus apetitos, su anhelo de riqueza y poder”, explicaba Pike (ganadora de un Globo de Oro por este trabajo), durante la promoción de la película. “Ella piensa: ‘Ya he perdido lo suficiente, ahora me toca ganar. Ahora voy a jugar sucio’. Y es el sistema el que permite que lo haga”.

De hecho, más allá de parodiar esa pulsión de triunfar a toda costa que subyace en el sueño americano, la película plantea una feroz crítica a la mercantilización de los sistemas de salud y asistencia social, basándose parcialmente en una historia real. La de Elizabeth Holmes, fundadora y CEO de la empresa Theranos, dedicada a servicios de salud y análisis clínicos que resultó ser un fraude monumental, quien terminó siendo acusada por sus propios empleados de engañar tanto a clientes como a inversores, siendo su empresa puesta bajo investigación federal.

“Vi con detenimiento todos los videos de Elizabeth Holmes para comprender ese ejercicio del arte de vender, esa inminente bancarrota moral que sin embargo consigue ser lo bastante convincente, como para poner a la gente de tu lado”, confesaba Pike. “No me basé en Holmes para construir a Marla como personaje, pero observé los pequeños detalles de su comportamiento, su lenguaje corporal, el movimiento de sus párpados, y ese pretendido discurso de sinceridad. La idea era que los argumentos de Marla fueran solventes y razonables”.

Tanto como suelen serlo en la vida misma. Y es que la película de Blakeson es una historia sobre timadores, estafadores, corruptos, personas capaces de hacer cualquier cosa con tal de llenarse los bolsillos, gente que camina entre nosotros y que a menudo se convierte en sujeto de admiración pública, por su capacidad de autosuperación.

Marla es una «emprendedora» nata. Como dice su voz en off abriendo la película, una mujer que se hizo a si misma de la nada y que siempre supo que había que pelear para conseguir aquello que se ambiciona. Inteligente, decidida, algo temeraria, se mueve y piensa rápido, acechando a su presa, como una bestia depredadora en medio de la selva, siempre en el filo de la legalidad, manteniendo el equilibrio. Su trabajo es una trampa, una estafa permitida y amparada por el sistema. Y planta cara a su adversario en un juego a vida o muerte, sin temer a esta.

“Para triunfar en este país hay que ser valiente, estúpida, implacable y concentrarse, porque siguiendo las reglas no llegas a ninguna parte. Así es como pierdes. Y yo quiero ser rica Lunyov, jodidamente rica. Diez millones de dólares no es demasiado para ti, pero para mí son un comienzo, suficiente para usar el dinero como arma, como maza, igual que hacen los ricos de verdad”, chantajea a su captor, un despiadado capo de la mafia rusa dispuesto a acabar con ella por haber encerrado a su madre en una institución geriátrica sin saber a quién se la estaba jugando, que contra todo pronóstico acaba prendado de su arrojo, determinación y “talento para los negocios”.

Tanto Peter Dinklage (Juego de Tronos), innegablemente eficaz aunque algo estereotipado y sobreactuado en su interpretación del bipolar gángster, aficionado a los dulces, a quien todos temen y que pareciera ser la némesis de Marla, esto es: la única persona con el mismo nivel de crueldad e inmoralidad que la protagonista; como la veterana Dianne Wiest (“Hannah y sus hermanas”), impecable en el papel de su anciana (y aparentemente inofensiva, aunque enigmática y peligrosa) madre, resultan un acompañamiento exquisito para Rosamund Pike que se crece en las escenas que comparte con ambos.

Sin embargo, hay aspectos en los que la película desbarra a mi juicio. Uno de ellos es el abuso que hace del tópico de la mujer fuerte, con constantes alusiones a la intimidación que ello provoca en los hombres, y la deriva que, en un momento dado, se produce en el personaje de Marla, dotándola de una capacidad de supervivencia poco creíble, como en la escena en la que, aún habiendo sido previamente dopada, consigue escapar de la muerte saliendo aparatosamente de un automóvil hundido en las profundidades de un río, otorgándole superpoderes que resultan exagerados e inexplicables desde un punto de vista argumental. O la caricatura en la que se termina convirtiendo la banda de mafiosos, siendo los secuaces de Roman Lunyov lo bastante estúpidos como para ser abatidos a las primeras de cambio.

Con todo, lo que menos me gusta de la película de Jonathan Blakeson (que, más allá de las lecciones aprendidas en esa «escuela para personajes perturbados» que son las peliculas de David Fincher, por momentos recuerda al tono y el registro narrativo empleado en algunas de las mejores creaciones de Danny DeVito) es la contradicción en la que incurre cuando, después de haberse atrevido a confeccionar un personaje tan malvado, cínico y temerario, como Marla Grayson, cuyo comportamiento ni siquiera se molesta en intentar excusar o justificar a lo largo del filme con apelaciones a traumas del pasado o patrañas similares, el director británico cede finalmente a la presión moral y decide elaborar un desenlace que parece más destinado a complacer al espectador dando “su merecido” a un ser tan carismático como éticamente despreciable, y abundando con ello en la manida, cuestionable e idealizada moraleja de que “quien mal hace, mal acaba”.

Título original: "I Care a Lot"

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Reino Unido

Dirección: Jonathan Blakeson

Guión: J. Blakeson

Música: Marc Canham

Fotografía: Doug Emmett, Mike Valentine

Reparto: Rosamund Pike, Peter Dinklage, Eiza González, Dianne Wiest, Chris Messina, Isiah Whitlock Jr., Macon Blair, Damian Young, Arthur Hiou, Jamie Ghazarian, Kayla Caulfield, Georgia Lyman, Leah Procito...

Productora: Black Bear Pictures, Crimple Beck. Distribuidora: Netflix, GEM Entertainment. Amazon Original.

Género: Thriller. Comedia negra.