Hay una escena en el episodio 5 (“Cerca, lejos, dondequiera que estés”) de la tercera y última temporada de “El método Kominsky” que contiene tanta emotividad, sabiduría y verdad, que casi resulta hiriente. Dolorosa, como duele todo lo que es irremediable, como los peores presagios y las certezas que nos incomodan, aunque te las encuentres en mitad del guión de una sitcom de gran éxito. Aquella serie que Netflix estrenó en 2018, sobre un actor septuagenario, cuya carrera nunca llegó a funcionar del todo, por lo que se gana la vida dando clases de interpretación, y su representante, recientemente enviudado, pesimista y cascarrabias.
La escena a la que me refiero es una en la que Sandy (portentoso Michael Douglas, en su mejor versión de sí mismo pese a su avanzada edad, o quizá gracias a ello) les explica a sus alumnos, la enorme dificultad que entraña representar lo que realmente se siente cuando se está a las puertas de la muerte.
“Os estoy pidiendo que penséis en qué ocurre de verdad en esos últimos momentos. No me estoy refiriendo a una muerte violenta. Me refiero a cuando sabes lo que viene, cuando te has rendido por completo al truco de magia final, cuando nos vamos del todo, completamente. Me he sentado junto a la cama y he cogido las manos de amigos y seres queridos exhalando su último suspiro y os aseguro que el soliloquio dramático al final de la vida es un puro y absoluto sin sentido. Si se dice algo es interno. Casi puedes oírlo. Mantienen una conversación interna llena de incredulidad y asombro, porque su vida ha llegado a su fin. Apenas se dan cuenta de que estás ahí. Para ellos los vivos son irrelevantes. Así que, si alguna vez tenéis que interpretar una escena así, enfocadla con reverencia, consideradla sagrada, aseguraros de que reciba vuestro máximo cuidado y respeto”, aconseja el viejo profesor, con lágrimas en los ojos, a los jóvenes aspirantes a actores y actrices, sin poder contener la emoción que lo embarga. Y cualquiera que haya perdido a un ser querido en circunstancias similares, a nada que haya sido un poco observador en ese trance final, puede dar fe de que lo que dice es cierto.
Es en ello donde radica la grandeza de esta serie, en su enorme acierto al abordar, con naturalidad y familiaridad, la naturaleza y la inevitabilidad de la vejez y de la muerte (dos temas espinosos, para una sociedad apuntalada en el culto a la belleza, la juventud y el hedonismo), consiguiendo un difícil y perfecto equilibrio entre el dramatismo y el sentido del humor al retratar el ocaso de la existencia humana en toda su dimensión tragicómica, gracias en buena medida al sarcasmo de sus guionistas (que trasciende con mucho los chistes de viagras y próstatas, sin renunciar a ellos) y a la maestría de un elenco encabezado por actores y actrices veteranos, quienes fueran en otro tiempo grandes celebridades de Hollywood.
No lo tenía fácil Chuck Lorre, su creador, (artífice de otros éxitos televisivos como “The Big Bang Theory” y “Dos hombres y medio”) para escribir el colofón de una ficción tan inteligente, como exigente, sin contar con la que había sido, en las dos temporadas anteriores, una de sus piezas clave. La ausencia de Alan Arkin (el malhumorado representante de actores, Norman Newlander), quien se descabalgó de la producción al finalizar la segunda temporada, amenazaba con dar al traste con la esencia de la serie, pues “El método Kominsky” descansaba sobre todo en la singular y entrañable relación de esa especie de “Extraña Pareja”, a lo Matthau y Lemmon, que componía su prestigiosa dupla protagonista, Michael Douglas y Alan Arkin. El agente y el actor reciclado en profesor. Sin Newlander no hay Kominsky.
Sin embargo, la necesidad de matar a Norman en la ficción, para justificar la ausencia de Arkin en el show, ha terminado siendo el acicate ideal para encontrar el cierre perfecto y darle un final lógico a una serie que no merecía otra cosa más que una digna despedida, después de haber obtenido dos merecidos Globos de Oro, uno de ellos a la mejor comedia en su primera temporada.
Casi inevitablemente, esta tercera y última temporada de “El Método Kominsky” va sobre la muerte. De hecho, se inicia con las palabras de Sandy durante el peculiar funeral de su inseparable amigo Norman (un judío muy poco ortodoxo) y acaba con la de su primera ex esposa, la Dra. Roz Volander (una irreconocible Kathleen Turner, otrora sex simbol del cine estadounidense, gracias a su trabajo en películas como “El cartero siempre llama dos veces”, “Fuego en el cuerpo”, con quien Douglas mantiene una química especial tras haber coprotagonizado varios éxitos a lo largo de sus respectivas carreras, como «La guerra de los Rose« o «La joya del Nilo«). Destacada activista de Médicos Sin Fronteras y madre de Mindy (Sarah Baker), Roz decide regresar junto a su ex marido y su única hija, para ayudarla a organizar su boda, sin contarle que sufre una leucemia en estado muy avanzado.
Sin dejar a un lado la comedia presente en ciertas situaciones hilarantes que tienen que ver con el papel de albacea de la cuantiosa herencia que Norman le deja a su hija Phoebe (Lisa Edelstein), una ex yonqui rehabilitada, y a su nieto (Haley Joel Osment), miembro de la Iglesia de la Cienciología, y que Sandy debe administrar con mano férrea para evitar que la malgasten; con su fortuito revolcón con una escort rusa que tiene un perro cuyo nombre (Irving) es igual al segundo nombre de su amigo, lo que interpreta como una señal de su reencarnación en perro; o con las desavenencias que surgen por la gran diferencia de edad entre Mindy y su novio Martin (Paul Reiser), sometido por una madre metomentodo y bocazas… esta tercera y última temporada de la serie que, como anteriores ocasiones en las que pudimos ver a Jay Leno o Dany Devito, incluye cameos de lujo con actores o directores que se interpretan a sí mismos, como Morgan Freeman o Barry Levinson, habla sobre todo de emociones, de reconciliaciones y despedidas, de cómo dos personas que no funcionaron como pareja pueden reencontrarse y acompañarse en el final de sus vidas, recuperando la complicidad, la admiración, la confianza y el cariño que una vez se tuvieron; y de cómo nunca es tarde para que los sueños se cumplan.
Especialmente conmovedora es la escena en la que Sandy llora frente al cartel de la película sobre “El viejo y el mar” que ha conseguido protagonizar, bajo la dirección de Barry Levinson, siendo casi un actor octogenario y que finalmente logra reflotar su carrera, detenida en el tiempo desde aquella vez en que consiguió ganar un premio Tony siendo aún una joven promesa, justo antes de la bajada final del telón.
Como era de esperar, “El método Kominsky” se despide haciendo un paralelismo entre el final de la vida del actor y el de la propia serie. Una muerte digna, en ambos casos. Una despedida elegante y discreta para una serie ocurrente, sensible y honesta, en la que se cuentan muchas verdades sobre la vida que nos espera cuando lleguemos a viejos. Si es que llegamos. Si no lo habéis hecho ya, tenéis que verla. Está en Netflix.
Título original: "The Kominsky Method"
Año: 2018-2021
Duración: 25 min por cap.
País: Estados Unidos
Dirección: Chuck Lorre (Creador), Andy Tennant, Beth McCarthy-Miller, Donald Petrie.
Guion: Chuck Lorre
Música: Jeff Cardoni
Fotografía: Anette Haellmigk
Reparto: Michael Douglas, Alan Arkin, Sarah Baker, Nancy Travis, Jenna Lyng, Casey Thomas Brown, Jane Seymour, Kathleen Turner, Ashleigh LaThrop, Melissa Tang, Emily Osment, Graham Rogers, Susan Sullivan, David Astone, Lisa Edelstein.
Productora: Chuck Lorre Productions, Netflix, Warner Bros. Television.
Género: Serie de TV. Vejez/Madurez. Amistad. Comedia dramática
Difícilmente podía imaginar David Lynch, cuando rodó la escena en la que el cuerpo sin vida de Laura Palmer aparecía flotando en el río, envuelto en una bolsa de plástico, que la que fuera su gran obra maestra dentro del género policíaco de suspense se convertiría en fenómeno de culto y fuente de inspiración para cientos de realizadores que, a lo largo de los treinta años posteriores a su estreno, han intentado emularla sin mayor pena ni gloria.
El último de ellos es Brad Ingelsby, creador de la serie “Mare of Easttown” de HBO, que cuenta con la invalorable baza de tener a la gran-diosa Kate Winslet como productora y actriz protagonista. Aunque, en este caso, se trata de una miniserie policíaca muy bien contada, que pese a guardar obvias semejanzas con la mítica producción del singular director norteamericano, está muy lejos de su recurrente apuesta por la pincelada surrealista.
Al igual que en “Twin Peaks”, todo sucede en una pequeña población ribereña situada entre montañas, en este caso las de Pensilvania, en la que todos sus habitantes se conocen o están emparentados. Un lugar donde casi nunca pasa nada relevante o digno de salir en las noticias y en el que nadie parece ser demasiado feliz.
Tras una breve introducción que nos adentra en los pormenores de la vida (nada fácil) de los personajes principales, la acción propiamente dicha se inicia con el hallazgo del cadáver de Erin McMeanamin (Cailee Spaeny), una joven adolescente y madre soltera, cuyo cuerpo sin vida aparece, totalmente desnudo, en el cauce del río que atraviesa los bosques de la región. La inspectora Mare Sheenan (Winslet) será la encargada de investigar el caso hasta hallar al culpable. Pero, en el proceso, deberá lidiar con sus propios demonios personales y familiares.
Marcada por el suicidio de su único hijo varón, que no logra superar y que consiguió arruinar su matrimonio, la vida de Mare tampoco es precisamente de color de rosa, teniendo que ejercer a la vez de madre (tiene otra hija adolescente bastante rebelde con la que vive en pie de guerra), de hija (su madre, la genial Jean Smart, con quien se lleva también como el perro y el gato, se ha mudado a vivir con ella) y de abuela, al haberse tenido que hacer cargo de un niño de cuatro años, concebido por su hijo muerto con una exyonqui que ahora reclama su custodia.
Por si esto fuera poco, profesionalmente la inspectora Sheenan acusa el síndrome del perdedor, al no haber sido capaz de resolver la desaparición de otra joven de la región, cuya madre (de quien había sido amiga desde el instituto) la culpa de ello.
Con una imagen desaliñada y algunos kilos de más que siempre se ha preocupado de mantener a raya, Winslet construye, en plena madurez, un personaje rotundo y adolorido, el de una mujer fuerte (al menos en apariencia), con un profundo poso de amargura y frustración, exhibiendo sus mejores dotes interpretativas en su vuelta a la pantalla chica (las mismas que hace diez años le hicieron ganar el Emmy a la mejor actriz por «Mildred Pierce«, otra serie de HBO).
“Ahora que ya tengo más de 40 me interesa representar personajes reales, poco glamorosos, antes que ideales e inalcanzables”, contaba en una extensa entrevista con el sitio Brief Take quien alcanzara la eternidad y la fama meteóricas en los noventa, nada más dar el salto a Hollywood, gracias a la épica de James Cameron, interpretando a la voluptuosa Rose de “Titanic”; aquella veinteañera australiana a la que Jane Campion imaginó abducida por un gurú de la india de nombre Baba (Harvey Keitel) al que quiso entregarse en cuerpo y alma en “Holly Smoke”; la adolescente pletórica de furia y escándalo que filmó Peter Jackson en “Criaturas celestiales”; la enamoradiza Marianne Dashwood de “Sentido y Sensibilidad”, la carcelera nazi que intercambiaba literatura por sexo en “The Reader”, la Ofelia que se resistió al academicismo de Kenneth Branagh en su adaptación del “Hamlet” de Shakespeare o la temible Myrtle Dunnage en esa extrañísima combinación de spaguetti-western, comedia negra, melodrama romántico, dibujo animado, slapstick y cine social que es “The Dessmaker”… y tantas y tantas mujeres más, de distintas edades y épocas, que la han conducido hasta aquí.
Como escribe el crítico de cine de Página 12, “interpretando a Mare y su sombrío estoicismo, en una era sin proezas ni artificios, Winslet persigue los trazos de un crimen como los de su propia verdad, con esa sublime entereza, aferrada a los mundos que ha habitado, como si fueran ecos de su propia esencia…”
Para este nuevo trabajo televisivo, la actriz, de formación y origen británicos, se ha empleado a conciencia. No sólo se empeñó en aprender, con notable precisión, el acento del condado de Delaware (el “delco”), de donde es oriundo el creador de la serie, sino que no ha dudado en sacrificar su innegable belleza y utilizar su propia fisonomía para reflejar todo el impacto de la tragedia vivida por el personaje y su dependencia endogámica de la comunidad: el pelo sin teñir, el vapeado compulsivo, los hábitos de vida y de alimentación desordenados desde la muerte del hijo, la expresión dolida y la mirada melancólica ante las constantes demandas de sus vecinos, con los que se siente en deuda, culpable por no haber sabido/podido resolver la desaparición de una de los suyos.
Mare es terca, honesta, muy directa en el trato con sus semejantes y protectora de su familia y su comunidad. De hecho, uno de los pocos acontecimientos ocurridos en la localidad fue el día en el que, aun siendo adolescente, hizo que el equipo de baloncesto de su instituto ganara un torneo encestando en el último minuto. Gesta que se sigue recordando, año tras año, y que la convirtió en una especie de heroína local, mucho antes de hacerse policía, como su difunto padre, al que adoraba.
Pero, pese a ser un pilar de su comunidad, la inspectora Sheenan no es una persona muy sociable. Con un carácter de mil demonios, su cinismo y aspereza son una coraza ante los numerosos problemas que la acosan, como un divorcio que se le hace más cuesta arriba de lo que pensaba y una hija adolescente, Siobhan (Angourie Rice), con la que no consigue congeniar.
En su rutina de trabajo, persigue y detiene al hermano drogadicto de una compañera de estudios para alojarlo en un refugio y que no muera de frío, atiende al llamado de una vecina que afirma haber visto un merodeador frente a su casa mientras discute con su marido, resuelve robos menores, dirime reyertas y rencores enquistados en esa región signada por la violencia intrafamiliar y los cordones de pobreza.
Es una “looser”, como la mayoría de los habitantes de Easttown. Un lugar dejado de la mano de Dios, con demasiadas adolescentes embarazadas sin acabar los estudios, mucha droga en circulación y una violencia social contenida a punto de estallar.
El hecho de que un crimen tan horrible se haya cometido en uno de esos pueblos pequeños en donde se conoce todo el mundo, como en la “Twin Peaks” de David Lynch, contribuye a que la investigación transcurra en una atmósfera opresiva, ya que siempre habrá un sospechoso o testigo que tenga lazos afectivos con Mare (como su exmarido o su propia hija, a quienes no duda en llamar a declarar en comisaría, por haber tenido contacto con la víctima antes de ser asesinada), por lo que interrogarles le puede granjear la enemistad de sus vecinos, familiares o amigos.
Un recurso narrativo habitual en estos casos es la llegada de un forastero que sirve de excusa para sacar a la luz todas las interioridades del pueblo. Si en “Twin Peaks”, ese personaje era el agente federal Dale Cooper (una especie de alter ego del propio Lynch), en “Mare of Easttown” es el inspector Colin Zabel (Evan Peters), enviado por el condado para ayudar en las pesquisas a Mare, quien al principio lo ve como un rival, pero que termina siendo su contrapunto en los interrogatorios, en donde hacen de “poli bueno-poli malo”.
No es el único visitante que llega de fuera. Luego está Richard Ryan (Guy Edward Pearce), el apuesto escritor y profesor universitario, con quien la detective tiene sexo tras conocerse de forma casual en un bar. Una relación algo improvisada que le sirve de válvula de escape recordándole sus propias necesidades como mujer y que aún no está claro hasta dónde puede llegar.
A punto de alcanzar ya el ecuador de la emisión (vamos por el episodio tres de siete en total) “Mare of Easttown” es una de esas series que enganchan pues no sabes que nueva sorpresa o giro de guion te depara. Un título con el que HBO pretende seguir la estela de “Big Little Lies” o “The Undoing”, intrigas policiales que sirven de excusa para hacer el retrato de un grupo social, con sus privilegios y sus desventajas. Todos sus episodios están dirigidos por el veterano Craig Zobel (“Westworld”o “The Leftovers”). Una apuesta de calidad para una plataforma de streaming (HBO) que, desde el final de “Juego de Tronos”, anda necesitada de grandes éxitos de audiencia.
Título original: "Mare of Easttown"
Año: 2021
Duración: 43 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Craig Zobel
Guión: Brad Ingelsby
Fotografía: Ben Richardson
Reparto: Kate Winslet, Sosie Bacon, David Denman, Guy Pearce, Neal Huff, Cameron Mann, James McArdle, Ben Miles, Patrick Murney, Julianne Nicholson, Evan Peters, Angourie Rice, Jean Smart...
La cuarta temporada de “El Cuento de la Criada” se ha hecho esperar al final menos de lo anunciado. Solo año y medio hemos tardado los fans de la serie en volver a ver a June Osborne en acción. Nunca mejor dicho, pues la protagonista de la espeluznante distopía que la escritora canadiense Margaret Atwood concibiera en la pequeña habitación de una pensión de Berlín Este en 1984, sin sospechar que se convertiría en un revulsivo para la lucha feminista en el siglo XXI, hace ya tiempo que dejó de ser mortal, para emular a las invencibles superheroínas del universo Marvel.
June, DeFred o DeJoseph (como se la conoce a lo largo de la serie) ha pasado de ser un personaje vulnerable y empático, con cuyas agudas reflexiones narradas con voz en off muchas mujeres nos podíamos sentir identificadas, a transformarse en una especie de Rambocon faldas, una madre coraje indestructible, a la que ni una bomba de neutrógenos conseguiría detener en su intento desesperado de rescatar a su hija de las garras de Gilead, una sociedad postapocalíptica, opresiva y totalitaria, cuya constitución se basa en el fundamentalismo del Antiguo Testamento, que rinde culto al valor supremo de la maternidad y en la que las mujeres jóvenes son esclavizadas sexualmente con fines procreativos.
El problema es que, en ese proceso de empoderamiento del personaje que ha ido creando y recreando la adaptación televisiva, la original idea que inspiró la obra literaria de Atwood y que era la base argumental que tanto impacto causó en su estreno, ha ido perdiendo consistencia y credibilidad, hasta quedar reducida a simple contexto, un marco claustrofóbico de una gran belleza estética y un impactante simbolismo visual, para lucimiento de un personaje mítico, confeccionado a la medida de su actriz protagonista, Elisabeth Moss, quien incluso se ha lanzado a dirigir el tercer capítulo de esta cuarta temporada que arranca con la inverosímil recuperación de June, en tiempo récord, de una letal herida de bala con septicemia incluida, tras haber logrado liberar, en una operación kamikaze, a ochenta y seis niños y a una docena de criadas.
Controlada por “Ojos” y vigilada por “Ángeles”, recordemos (para quienes aún no hayan visto la archipremiada serie) que la república de Gilead imaginada por Atwood es una proyección distópica de los Estados Unidos de América, tras haber caído su gobierno en manos de una oligarquía patriarcal, liderada por los llamados “Comandantes”, que ha reducido el papel de la mujer en esa sociedad a tres roles, con distinta consideración social según su rango, pero idéntica sumisión: las recatadas “Esposas” (vestidas siempre de azul), asistidas por las “Marthas” (encargadas de las labores del hogar) y, en lo más bajo de la escala social, las “Criadas” (divorciadas, lesbianas, madres solteras, profesionales, universitarias o prostitutas…) mujeres jóvenes en edad de procrear, cubiertas con hábitos rojos, cuya única misión es engendrar a los hijos de los Comandantes, a los que inmediatamente después de dar a luz deben de entregar para que sean criados por sus esposas, como si fueran propios.
El totalitarismo recreado por la autora canadiense es de una crueldad inimaginable, pero su denuncia sobre el sometimiento y el control ejercido sobre las mujeres en esa sociedad de vanguardia de apariencia medieval (especialmente en lo que a su capacidad de ser libres de decidir sobre su vida sexual y su función reproductora se refiere) es tan actual que resulta inquietante.
A través de la historia de June, “El cuento de la criada” nos advierte de todo aquello que hemos conseguido y que un estado regido por un patriarcado de carácter fundamentalista nos podría arrebatar de un plumazo: trabajo, posición social, igualdad de derechos, libertad de pensamiento, capacidad de crítica… Las ideas son peligrosas para la estabilidad de Gilead, razón por la cual las Criadas son reeducadas y disciplinadas (por la siniestra sociópata conocida como la Tía Lydia) con el propósito de destruir cualquier atisbo de conciencia individual.
Lo han perdido todo, incluso el nombre. Son propiedad de los hombres, por eso son rebautizadas como Defred o Dejoseph (que pertenece a Fred o a Joseph). Sólo son un recipiente para la vida, un vientre fértil para asegurar la descendencia de la oligarquía dominante, en un mundo donde la procreación es sagrada y la concepción limitada.
Ese es el contexto en el que resiste la combativa June, separada de su marido, quien consigue huir a Canadá, y de su pequeña hija Hannah, que es secuestrada y entregada a la familia de un Comandante para su crianza como un hija más de Gilead.
En esta cuarta temporada, todos sus esfuerzos se centrarán en procurar su liberación, convertida ya en una especie de guerrillera subversiva, tras haber conseguido desatar un conflicto bélico entre Gilead y su vecina Canadá, que mantiene retenidos a sus primeros amos, los Waterford, Serena (Yvonne Strahovski) y Fred (Joseph Fiennes), a la espera de juicio, acusados de crímenes contra la humanidad; mientras tiene que lidiar con la adaptación de todos esos niños rescatados que no han conocido otra realidad y no entienden el mundo de quienes creen haberlos salvado, incidiendo una vez más en lo pernicioso del adoctrinamiento.
Bruce Miller, creador de la serie, ya ha advertido de que la narración irá in crescendo en intensidad emocional y también en brutalidad (con lo que el sufrimiento está asegurado), y de que, al margen de la “sororidad” que sigue estando en la base de la serie y se sigue ensalzando, en esta temporada se abordará especialmente el papel que juegan los hombres en esa lucha femenina de liberación. Destacando que, incluso en los peores pozos de podredumbre, se encuentran buenas personas, con el sentido de la responsabilidad, la humanidad y la diligencia necesarias para jugarse el tipo por ayudar a esas mujeres que son tratadas como ganado (como el Comandante Joseph Lawrence (Bradley Whitford), ideólogo del asunto, a quien el invento se le ido de las manos, capaz de reconocer ante June que “a Gilead no le importan los niños, ni la fidelidad, ni los valores de antaño… le importa el poder”; o Nick Blaine (Max Minghella), paradigma del “no me quieras tanto y quiéreme mejor”, en la que sigue siendo una de las relaciones más complejas, más interesantes y seguramente más tóxicas de la serie) y que, solo con ellos de su parte existe esperanza de redención para una sociedad en la que, como dice June mientras es castigada por la vengativa Tía Lydia (Ann Dowd): “no hay luz ni hay rastro de Dios».
De momento, solo hemos visto tres capítulos y todo parece indicar que lo que ocurre en esta cuarta (y quizá no última) temporada de “El cuento de la criada” es que hay una revolución en marcha y que la República de Gilead está ya desmoronándose.
Ojalá y no se cumplan los peores presagios, expresados por Laura Fernández en El País, para quien “la transformación de una obra de culto en una mina de oro puede acabar, literalmente, con esa obra de culto”.
“La batalla y la huida constante convierten esta nueva entrega en una especie de survival horror, es decir, una historia de supervivencia en un lugar devastado que tiene más que ver con The Walking Dead que con el terrorífico fundamentalismo doméstico. El canibalismo psíquico de la impecable primera temporada es aquí sobre todo fuerza bruta y explícito cliché vengativo, por completo alejado de la vanguardia que proponía Atwood, ese misterioso futuro de aspecto medieval que funcionaba a la perfección como alegoría de un presente en el que nada debía darse por supuesto”, observa en su atinada crítica, para concluir que “aunque por fuera lo parece, porque la estética es tan potente que, ante el vislumbre de cada cofia, reaparece el terror inicial; por dentro, “El cuento de la criada” hace tiempo que dejó de ser lo que era. Instalada, en tanto que éxito imprevisto, en una huida hacia delante que, curiosamente, está quedándose atrás”.
La escritora canadiense Margareth Atwood junto a la encarnación de su criatura, Elisabeth Moss, caracterizada como «la criada» June Osborne
Extracto del especial que El País dedicó a la serie de HBO
Título original: "The Handmaid's Tale"
Año: 2017
Duración: 60 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Bruce Miller (Creador)
Guión: Bruce Miller, Ilene Chaiken, Dorothy Fortenberry, Lynn Renee Maxcy...
Música: Adam Taylor
Fotografía: Colin Watkinson, Zoe White, Stuart Biddlecombe
Reparto: Elisabeth Moss, Joseph Fiennes, Max Minghella, Yvonne Strahovski, Bradley Whitford, Ann Dowd,Alexis Bledel, Jordana Blake, O.T. Fagbenle, Samira Wiley, Nina Kiri, Amanda Brugel, Edie Inksetter, Madeline Brewer...
Productora: MGM Television, Hulu
Género: Serie de TV / Drama/ Distopía / Religión / Feminismo
Si he de ser sincera, tendré que empezar por confesar que no me ha gustado “Nomadland”, aunque me lluevan piedras por ello. De hecho, encuentro difícil que una sociedad como la nuestra, en la que la cultura aspiracional de poseer un “techo propio” está tan arraigada, pueda llegar a empatizar (más allá del clásico postureo pseudo-progre) con la bucólica visión de la vida ambulante que nos propone la celebrada película, escrita y dirigida por la asiática-estadounidense Chloé Zhao, para lucimiento de su productora y protagonista absoluta, Frances McDormand, y que parte como favorita para hacerse con el Oscar a la Mejor Película y la Mejor Dirección, en la edición de este año.
En mi caso, creo que la razón principal de que no llegara a convencerme es que, tras leer y escuchar a Jessica Bruder, autora de “Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century” (País nómada: supervivientes del siglo XXI), en el que está basado su argumento, esperaba que el planteamiento fuese otro, uno menos hippie, romántico e idealista y más pegado a la denuncia social que, en mi opinión, era la intención que la animó a escribir este libro-reportaje, en el que expone las durísimas condiciones en las que viven los llamados workampers estadounidenses, trabajadores nómadas, muchos de ellos en edad de jubilación, a los que la pensión no les llega para pagar un alquiler o una hipoteca, viéndose obligados a recorrer el país en busca de empleos temporales (la mayoría mal pagados, por tratarse de mano de obra poco cualificada), a bordo de caravanas, furgonetas o remolques que acondicionan lo mejor que pueden, para hacer de ellos lo más parecido a una confortable casa rodante; durmiendo en solares públicos y aparcamientos de centros comerciales o acampando en medio de la nada, contándose sus vidas cuando cae la tarde, reunidos al calor de una fogata improvisada.
La película de Zhao y McDormand se centra en la vida de Fern, una viuda de mediana edad, traumatizada por el fallecimiento de su esposo a consecuencia de un cáncer terminal, no está claro si antes o después de que la fábrica en la que trabajaba cerrase a causa de la crisis económica y el pueblo minero en el que vivían (una especie de colonia o ciudad dormitorio construido por y para sus trabajadores) se vaciara por completo, al partir sus habitantes en busca de nuevas oportunidades.
Desde ese triste punto de partida, asistimos a una road movie rodada con la técnica del documental, que traza el recorrido físico y espiritual de esta mujer, un viaje interior y exterior hacia la luz, que la lleva de las gélidas tierras del norte, en la frontera con Canadá, al desértico sur de los Estados Unidos, en la frontera con México, y que emprende sola, aunque por el camino vaya haciendo amigos y adaptándose cada vez mejor a su nueva vida itinerante. Al punto de que, cuando se le presenta la ocasión de recuperar lo que una vez tuvo, un techo y cuatro paredes en las que guarecerse y lo más parecido a una familia de acogida, opta por seguir su camino priorizando sus ansias de libertad a la sensación de seguridad.
Quienes adoran la película hablan, con justicia, de su belleza paisajística y de una fotografía bien cuidada, cuyo máximo exponente son esos arrebolados atardeceres, en los que el cielo parece estar en llamas. Además, claro está, de elogiar el trabajo de su protagonista, a quien yo sin embargo encuentro en exceso aletargada. Su presencia constante en cada plano, con la misma actitud zen, entre impávida y contemplativa (como si estuviese bajo los efectos de algún sedante) se me hizo algo tediosa, al igual que el ritmo narrativo, demasiado lento y repetitivo.
Pero, sin duda, una de las cosas que más me chirrían de “Nomadland” es la manera en la que consigue pasar de puntillas por lo que, para Jessica Bruder (especializada en retratar las subculturas que han germinado en ese país, en el último siglo), fue precisamente el fundamento de su investigación, el motivo que la llevó a pasar tres años en la carretera y recorrer más de 24.000 kilómetros a bordo de una autocaravana que bautizó como “Van Halen”, para convivir con esos nómadas postmodernos, que no es otra cosa sino su interés por atestiguar las pésimas condiciones laborales, de precariedad y explotación, a las que la empresa Amazon y otros patronos inescrupulosos someten a sus temporeros (personal eventual contratado para campañas puntuales de trabajo), sin tener en cuenta su edad o fragilidad física.
“Hacer turnos de 12 horas al aire libre en la recogida de la remolacha azucarera en Dakota del Norte era agotador. Teníamos que colocar remolachas del tamaño de bolas de bolera en una máquina que les quitaba la tierra y las escupía para formar una pila enorme. Después de pasar varios días haciéndolo, sentí que estaba tan dolorida que parecía que todas las lesiones musculares que he tenido a lo largo de mi vida habían regresado”, relata la periodista y escritora desde su casa de Brooklin, en una entrevista publicada a finales del año pasado en un suplemento del diario El País, en la que también cuenta, cómo trabajó para Amazon, en lo que la empresa llama fulfillmentcenter, un enorme espacio robotizado donde se preparan los envíos a los clientes, y en el que prácticamente era la única que no peinaba canas.
“Estaba en el turno de noche y sentía que me estaban lobotomizando lentamente, porque el trabajo era muy monótono. El almacén tenía un mural que decía, “la variación es el enemigo”(una variante de la maldición de Auschwitz: “Arbeit macht frei”). Allí conocí a un trabajador de 77 años que me contó que tenía las rodillas destrozadas por trabajar como mecánico en una empresa minera de cobre. Cuando me lo imaginé realizando el trabajo que hacíamos, que implicaba hacer miles de sentadillas y estiramientos para acceder a diferentes estantes de mercancías durante un turno de diez horas… se me rompió el corazón”, explicaba Jessica, a quien le pareció “distópico” que estadounidenses en edad de jubilación y sin residencia fija fueran contratados para desempeñar trabajos como ese.
Huelga decir que Amazon recibe un subsidio por contratar a personas mayores (entre un 25% y un 40% de su sueldo), de ahí que tenga tanto interés en emplearlos, especialmente cuando existen picos de trabajo como, por ejemplo, en Navidad. La compañía es famosa por tener en sus almacenes expendedores gratuitos de ibuprofeno.
Sin embargo, nada de esto se refleja en la película. Por el contrario, si nos atenemos a su estricto visionado, podríamos extraer la engañosa conclusión de que se trata casi de una empresa benefactora pues, como llega a decir la protagonista, en tono agradecido: “me gusta, pagan muy bien”. Por lo que esta clase de trabajadores se pasan un año entero esperando la oportunidad de volver a ser sus empleados, viviendo entretanto de los pocos dólares que consiguen ganar realizando otras labores no menos ingratas, como limpiar los retretes y zonas comunes de los campamentos del National Forest de California.
En ese sentido, el imperio de Jeff Bezos, a cuya influencia no consigue escapar ni siquiera Hollywood, se va de rositas en la adaptación cinematográfica, por más que haya quien lo pase por alto haciendo una segunda lectura, según la cual, la película de Zhao y McNormand (paradógicamente producida por una de las mayores multinacionales del planeta, como es Disney) pretende ser una propuesta radical, en la que se pone en valor la opción de aquellas personas que han decidido abandonar la rueda productiva para optar por otro modo de vida más sostenible, al margen de la sociedad de consumo, donde el trabajo no sea el principio y fin que dé sentido a nuestra existencia, sino simplemente un medio para conseguir lo imprescindible para la supervivencia, sin grandes lujos ni necesidades creadas por el mercado, pero con mucha mayor libertad y creando vínculos más fuertes y auténticos que los que acostumbramos a crear, condicionados por las prisas, el interés o la superficialidad.
Una interpretación loable pero, en todo caso matizable, si nos preguntamos hasta qué punto podemos hablar de una decisión personal o una elección voluntaria de vida, cuando nos estamos refiriendo a personas que no siempre vivieron así y a quienes las desdichadas circunstancias transformaron en perdedores, orillándolos hacia la exclusión social y dejándoles en realidad muy pocas opciones.
“Esa gente tenía casas, hijos y vidas normales, hasta el fatídico 2008. Algunos vieron como sus ahorros, sus casas o sus negocios se esfumaron con la crisis de las hipotecas subprime. Otros tuvieron toda la vida trabajos de bajos salarios y con el aumento del precio de la vivienda se dieron cuenta de que no podían pagar. Todos son víctimas del raquitismo del sistema de pensiones de Estados Unidos”, recuerda Bruder. Con lo que queda claro que tal autodeterminismo no existe, al menos como punto de partida.
Esas personas no optaron por esa vida trashumante, se vieron abocadas a ella al tener que renunciar al gasto más importante que tenemos todos: la vivienda. Esa es la razón (y no una suerte de epifanía o un acto voluntarista) de que decidan convertirse en errantes buscavidas, víctimas de una maquinaria productiva inmisericorde, a la que periódicamente tienen que volver si quieren sobrevivir. Que después le cojan el gusto y desarrollen toda una filosofía acerca de sus ventajas y virtudes, reconociendo que hay algo romántico y típicamente americano en esa forma de vida, muy relacionado con el intrépido espíritu de los primeros colonos norteamericanos, es otra cosa.
“Muchos de los nómadas que conocí creían firmemente en la autosuficiencia. Pero al mismo tiempo eran muy generosos entre ellos, construyendo redes informales de ayuda mutua”, explica Jessica. Algo que sí está muy bien reflejado en la película, con esos mercadillos improvisados que los campers organizan para «soltar lastre», en los que practican el trueque de toda clase de enseres, algunos de primera necesidad y otros a los que se otorga un valor sentimental u ornamental, como las piezas sueltas de una antigua y delicada vajilla de porcelana que Fern lleva consigo y conserva como una reliquia, una última concesión al hedonismo y la belleza de su vida anterior, a los que tuvo que renunciar, reduciendo al mínimo las pertenencias que podía llevar consigo, por razones de espacio.
Un buen ejemplo de esa renuncia a lo superfluo o accesorio es el propio aspecto físico de la protagonista (comparable al de una monja seglar), quien se corta el pelo a sí misma a tijera y luce siempre la cara lavada, sin maquillajes ni afeites, al igual que el resto de sus compañeras, mujeres de mediana y avanzada edad que viajan solas. Lo cual quizá no resulte tan sorprendente, si tenemos en cuenta que, en promedio, las mujeres ganan mucho menos que los hombres a lo largo de su vida laboral y viven más tiempo. Por lo que tienen menos ahorros y pensiones más reducidas.
Tampoco pasa desapercibido el hecho de que los trabajadores nómadas de los que se habla, tanto en la película como en el libro, sean fundamentalmente de origen caucásico. El motivo está bastante claro: “Es más fácil para las personas blancas vivir en la carretera, en una sociedad donde el racismo, el rechazo a los inmigrantes y la xenofobia ha cobrado una fuerza tan espantosa, incluso por parte de las autoridades. Sin embargo, a mí, como mujer blanca, durante todo el tiempo que estuve viajando me pararon una sola vez debido a una infracción y la policía me dejó seguir mi camino tras una simple advertencia”, argumenta Bruder.
Y es que, por más atractiva e idílica que resulte la idea de vivir al día, sin anclajes ni ataduras, al igual que sucede con los homeless (gente sin hogar que deambula por las ciudades), la realidad es que los workampers son en extremo vulnerables. Nadie les protege y viven desarraigados.
“Al vivir en un vehículo, estás a un eje roto de quedarte sin hogar. De ahí que algunas de las personas que conocí soñaran con volver a tener una casa y ahorraban dinero para comprar un trozo de tierra y construirla. Otros, en cambio, pretendían seguir en la carretera todo el tiempo que pudieran conducir y no tenían ningún plan sobre lo que hacer después”, dice Jessica, quien no duda en expresar su temor de que estas personas sean «la avanzadilla de un futuro distópico», en el que, si nadie lo remedia y las grandes compañías siguen creciendo sin regulaciones que limiten su poder, muchos podríamos acabar viviendo de manera similar.
“En Estados Unidos, nuestro gobierno no ha aplicado correctamente las leyes antimonopolio y eso es parte de la razón por la que nuestra clase media está desapareciendo. Hoy en día, los directores ejecutivos de las grandes corporaciones cobran 370 veces más que el trabajador medio. Estamos transitando una senda muy peligrosa. Mientras tanto, en la última década, las reglas que limitan las donaciones corporativas a campañas políticas han desaparecido, lo cual es terrible: el gobierno debe trabajar para todos nosotros, no solo para unas pocas personas en la cima de la pirámide”, se reafirma en la denuncia que hace en su libro y a la que la película “Nomadland”, lejos de replicar en su literalidad, apenas se asoma, centrada más en promover un “estilo de vida alternativo”, teorizado e idealizado por gurús como Bob Wells que se interpreta a sí mismo en el film, empleando un tono poético y una filosofía “happy flower”, que apela a la libertad individual para normalizar lo que no es más que la triste y peligrosa deriva de un sistema disfuncional en el que, como dice Bruder, si nos descuidamos, podemos acabar siendo todos temporeros.
Título original: "Nomadland"
Año: 2020
Duración: 108 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Chloé Zhao
Guión: Chloé Zhao.
Libro: Jessica Bruder
Música: Ludovico Einaudi
Fotografía: Joshua James Richards
Reparto: Frances McDormand, David Strathairn, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay DeForest, Patricia Grier
Productora: Highwayman Films, Cor Cordium Productions, Hear/Say Productions.
Distribuidora: Searchlight Pictures, Walt Disney Pictures
Género: Drama | Road Movie. Naturaleza. Crisis económica 2008. Cine independiente
Hay algo conmovedor y digno de análisis en el hecho de que, frente a tanta superproducción estadounidense, con abundancia de efectos especiales cada vez más sofisticados, protagonizada por poderosos superhéroes y empoderadas superheroínas, hechiceros justicieros, salvajes vikingos o androides asesinos, un puñado de modestas miniseries, que versan sobre gente corriente y su manera de lidiar con los problemas cotidianos, coseche tan buenos resultados en las plataformas de streaming.
Es el caso de “After Life” (Netflix), “Fleabag” (Amazon), “State of the Union” (HBO) o “Life” (Filmin). Cuatro series que no solo comparten el sello de calidad del mejor cine inglés, sino también la preocupación por hablar del ser humano y de los temas que le conciernen, los pequeños y grandes conflictos derivados de la existencia, la supervivencia y la convivencia: el éxito y el fracaso, el amor y el desamor, las relaciones de amistad y de trabajo, familiares y de pareja; el sexo y la procreación, la maternidad y la paternidad, la separación, la madurez, la vejez, la enfermedad y la muerte, el dolor de la pérdida… tratándolos con exquisita naturalidad, una pizca de sarcasmo y toneladas de inteligencia y empatía.
A punto de estrenar su tercera temporada, por abrumadora petición de la audiencia, “After Life” es una de esas series que navega entre el realismo, el nihilismo y la esperanza. Un inspirador y sensible viaje por las mil formas de lidiar con el dolor a través del drama de su protagonista, Tony Johnson, un huraño y caricaturesco personaje que trabaja como reportero en un periódico local de distribución gratuita en Tambury, el pequeño pueblo donde vive volcado en agredir a sus vecinos y colegas luego de que Lisa, su esposa, muriera de cáncer de mama, como si castigando al mundo consiguiera procesar su duelo.
Ganador de tres Globos de Oro, dos Emmy y siete premios BAFTA por su actuación en más de 16 filmes y series televisivas de gran éxito, como la versión británica de “The Office” (2001), “Louie” (2009), “El show de Ricky Gervais” (2010) o “Derek” (2013), con su imperturbable sentido del humor negro rayano en la crueldad, el actor, director y comediante Ricky Gervais, el más cínico y mordaz de los monologuistas británicos de stand-up (algunos de cuyos mejores fragmentos pueden verse en YouTube), es el creador de esta compasiva y melancólica serie, en la que da vida a su alter ego, un hombre que atraviesa por una profunda depresión que lo hace incapaz de ver las ventajas de seguir vivo cuando se ha perdido para siempre al ser amado, al tiempo que le ofrece la coartada perfecta para sentirse en el derecho de obrar sin represiones sociales ni filtros morales, arrojando sobre el prójimo toda su ira, su frustración y malestar.
“El mundo es una mierda y ya nada me importa. A partir de ahora voy a decir lo que me venga en gana”, advierte con su cara de pocos amigos, sus dientes torcidos y su barba de tres días en la primera temporada de la serie y, en sus seis episodios -de menos de media hora-, se dedica a maltratar e insultar a quien se cruza en su camino. Ya sea el cartero gorrón (Joe Wilkinson) o el compañero de escuela que le hace “bulling” a su pequeño sobrino. Nadie lo suficientemente molesto, complaciente, piadoso o hipócrita está a salvo de su brutal displicencia.
Enganchado a las cintas de video que le dejó grabadas su mujer (Kerry Godliman) a modo de guía práctica para seguir viviendo, Tony abraza su nueva personalidad como un superpoder. Mientras ella le anima a través de la pantalla a rehacer su vida diciéndole: “eres gracioso, eres alegre, le haces bien a las personas…”, él encuentra una nueva forma de vengarse por su infortunio: haciendo sentir miserables a los demás. Las consecuencias de sus actos no le importan (al menos, en apariencia), mostrándose como un personaje tan fascinante, como cruel e insoportable, obsesionado con la idea de acabar con su vida y su sufrimiento.
Lo único que frena sus ganas de morir son su perra Brandy y su padre (David Bradley), enfermo de Alzheimer, a quien visita a diario en la residencia donde vive, esperando encontrar alguna respuesta coherente que justifique seguir respirando.
A medio camino entre la charlotada de Los Tres Chiflados y el humor satírico de los Monty Python, Ricky Gervais consigue sacarle chispas a una trama tan simple como cotidiana, introduciendo una galería de personajes estrafalarios, como Bryan (David Earl) el vecino psicótico, el heroinómano repartidor de periódicos o el psicoterapeuta machista, adicto a la cocaína y al sexo (magistralmente interpretado por Paul Kaye) quienes, además de quitar hierro al drama de Tony, convirtiendo la tragedia en tragicomedia, contribuyen a la transformación que se produce en el personaje de la primera a la segunda temporada.
Y ello gracias a la paciencia y el afecto de su círculo más próximo de parientes y colegas de trabajo: su cuñado, Matt (Tony Basden), director de “La Gaceta de Tambury”, donde le toca cubrir historias tan hilarantes y absurdas como la de un niño que nació con el bigote de Hitler o un viejo que recibió cinco veces la misma tarjeta de cumpleaños; Lenny, el fotógrafo glotón (Tony Way) que siempre le acompaña; Kath, la vendedora de espacios publicitarios (Diane Morgan) o Sandy, la becaria (Mandeep Dhillon) y de otros magníficos personajes secundarios, como Anne (Pennelope Wilton), la viuda que charla a diario con su marido muerto desde un banco del cementerio y la prostituta Daphne (Roisin Conaty), de las que se hace amigo; o Emma, la enfermera de la residencia de ancianos por la que empieza a sentirse repentinamente atraído. Una galería de adorables perdedores que se transforman en un team de super héroes quienes, de algún modo y casi a su pesar, logran salvarle de sí mismo, de su desafección individualista y su regodeo en el dolor.
Con su ayuda, el gran misántropo conseguirá profundizar en sus propias contradicciones, emprendiendo un viaje catártico que le permitirá exorcizar la rabia y reaprender la ternura, la empatía y el amor, hasta recuperar su equilibrio emocional.
Más allá de su leyenda irreverente e iconoclasta, Ricky Gervais demuestra ser en el fondo un optimista irreductible, al ofrecer así a su personaje un camino de redención. Como el propio título de la serie preconiza, el mensaje que subyace parece ser el de que «siempre que hay un antes puede haber un después» y que algunas cosas (como la muerte) son más grandes que nosotros, por lo que no vale la pena cuestionarlas ni intentar entenderlas, sino simplemente aprender a vivir con ellas.
Lo que nos lleva a la siguiente serie, creada asimismo por su actriz protagonista, la exitosa guionista Phoebe Waller-Bridge, y que comienza también con una muerte trágica, en este caso la de la mejor amiga de “Fleabag” (cuyo nombre da título a la serie), una mujer de 30 años que pasa por una crisis vital debido a que la felicidad se le vuelve esquiva (tampoco es que la persiga, pero se intuye que no ha llegado a sentirla y que le gustaría conocerla).
En alguna parte leí que no hay nada más refrescante que un personaje femenino desastroso en medio de tanta ejemplaridad y Fleabag es, sin duda, la reina del caos existencial.
Huérfana de madre y dueña de un bar que naufraga en un barrio de Londres, se lleva mal con su única hermana, Claire (Sian Clifford), que está casada con un marido alcohólico, y con la nueva pareja de su padre, que interpreta la gran Olivia Colman. Su presentación al espectador (rompiendo de forma recurrente la cuarta pared, a la manera en que lo hacían los Underwood en “House of cards”), después de una noche de folleteo casual con un tipo que se despide de ella agradeciéndole el haberle dejado practicar sexo anal, representa un desafío y una advertencia previa a todo aquel que pretenda realizar un juicio moral sobre sus actos, aún a sabiendas de que de todas formas serán catalogados como los de una desvergonzada, una especie de rebelde sin causa o una ninfómana que decide tener sexo con todo aquel que se le plante por delante, en lugar de madurar y de llevar una vida ordenada y responsable.
Transgresora, alocada y muy divertida (mucho más temeraria y bastante menos moñas que la patética Bridget Jones) cuenta su protagonista y creadora que la serie empezó como un monólogo de 10 minutos para teatro (formato del que conserva esa apelación constante al espectador), el de una desorientada treintañera, con una gran incapacidad para darse consejos a sí misma, aunque directa y elocuente en el relato pormenorizado de sus andanzas, desobediente y contraria a la falsa cortesía y la convivencia pasivo-agresiva típicas de la sociedad inglesa pero que, debido al peso de la educación sentimental recibida, no puede evitar vivir “como si alguien la estuviese observando”, cayendo en la trampa de la tristeza generada por un sentimiento aprendido de frustración y de culpa.
Tras lamentarse por no ser lo suficientemente feminista, la serie se sumerge en lo que para muchas mujeres adultas significa ese ejercicio de voluntarismo transgresor y esa sensación íntima de fracaso que acarrea el darse cuenta de que el mundo se encargó de destruir las expectativas sobre el amor romántico que tenían a los veinte, acumulando relaciones erráticas con parejas mediocres que en nada se parecen al esperado príncipe azul y atesorando la amistad, como algo indispensable aunque insuficiente como sucedáneo, según el lugar común por el cual las mujeres somos las más interesadas en construir y sostener compromisos y vínculos afectivos duraderos que, si todo va bien, desembocan en el matrimonio y la maternidad como una especie de premio a nuestra perseverancia y virtud.
El personaje de Phoebe Waller-Bridge se rebela contra ello, desafía los convencionalismos y reivindica el libre albedrío para el género femenino, pero no deja de reconocer la huella indeleble de la educación sentimental, cultural y religiosa recibida. En este sentido, son brillantes las conversaciones de Fleabag con una psicoanalista y una empresaria exitosa (Fiona Shaw y Kristin Scott Thomas, dos joyas de la corona británicas) y su apasionado escarceo con un sacerdote católico (Andrew Scott) durante la segunda temporada, que se inicia con una apasionado magreo en un confesionario, abundando en esa actitud irreverente y autoparódica del personaje que constituye el mayor atractivo de la serie.
Menos tórrida y definitivamente menos cómica, aunque no exenta de la dosis justa de sarcasmo, es “State of the Union”, la serie dirigida por Stephen Frears (“Amistades peligrosas”, “Mi hermosa lavandería”), creada y escrita por Nick Hornby (“Fuera de juego”, “Alta fidelidad”), en la que Rosamund Pike y Chris O´Dowd encarnan a Louise y Tom, un matrimonio que, tras demasiado tiempo en crisis, decide ponerse en manos de una terapeuta de pareja a la que acude una vez por semana.
Durante los 10 minutos previos a entrar en cada una de las diez sesiones contratadas, mientras se toman una copa juntos (de cerveza él, vino blanco ella), siempre en la misma mesa del mismo pub, situado enfrente de la consulta (sutil alegoría de la rutina en la que finalmente se convierte el matrimonio), ambos realizan un pormenorizado repaso a su relación antes de darla por concluida, como una autopsia preventiva practicada antes de que el muerto expire, conversando -entre escépticos, decepcionados y avergonzados- acerca de los motivos que los han llevado hasta allí.
Con un planteamiento de arranque así de sencillo, un par de actores entregados entre los que existe una indudable química y un trabajo de guión descomunal, capaz de generar diálogos de una gran envergadura y naturalidad, a veces doloridos y otras hirientes, pero siempre creíbles, en los que subyace una base de cariño y de sólida amistad, y la voluntad unánime de salvar eso que tienen entre manos aunque lleve muerto demasiado tiempo, Hornby consigue que conozcamos y empaticemos con este joven matrimonio, que sepamos cómo son, qué piensa y qué siente cada uno de sus miembros, en esos escasos diez minutos que abarca -en tiempo real- cada episodio.
Lo que comienza como algo banal (“¿Qué tal los niños?” “Hoy estás muy guapa”, la típica charla para entretener la espera), termina dando paso a una inteligente disertación acerca de lo que mantiene vivo a un matrimonio y lo que acaba con él.
Nada más comenzar sabemos de la infidelidad de ella, precedida de una sensación de abandono ante la prolongada falta de relaciones sexuales en la pareja. Pues, como indica Louise en su descargo, eso no es más que el síntoma, la manifestación de un problema mayor que se concreta en una serie de preguntas: ¿cuándo y por qué dejaron de tener sexo?, ¿cómo es su relación como padres?, ¿cómo afecta el que Tom, crítico musical, sea un parado de larga duración?
El amor, el dolor, la rutina, la culpa, la decepción, los celos, la indiferencia, la entrega… “State of the Union” no necesita efectos especiales para enganchar al espectador. Se consume en diez pequeñas píldoras de realidad y se centra en la pérdida de la pasión, en las necesidades, resquemores y temores que no nos atrevemos a expresar en voz alta y que el otro es incapaz de percibir. En definitiva, en la verdad de las relaciones de pareja que, como las flores más delicadas, se marchitan con el tiempo, sin el abono, el riego y los debidos cuidados.
Menos mal que nunca es tarde si la solución es buena. Algo que experimentan también los personajes de “Life”, miniserie de la BBC, recién estrenada en Filmin, con seis episodios de una hora de duración y un reparto coral de magníficos actores, que surge como spin off de la serie “Doctor Foster” (BBC, 2015-2017), recuperando a uno de sus personajes, Anna Baker (Victoria Hamilton), pero que puede seguirse perfectamente sin necesidad de haber visto aquella.
Creada por Mike Bartlett (“Press”), “Life” expone la problemática de cuatro personas en edades y momentos diferentes de la vida, avecindados en una antigua casa victoriana de Manchester reformada y dividida por apartamentos, cuyos caseros son el matrimonio de Gail (Alison Steadman, en su mejor momento interpretativo) y Henry Reynolds (Peter Davison), una pareja de ancianos cuya relación se complica cuando aparece en escena una vieja amiga de la universidad de Gale, quien le hace notar lo mal que la trata siempre su marido, subestimándola y ridiculizándola en público, eclipsándola y haciendo constantes bromas sobre su persona, un maltrato psicológico que hasta entonces había normalizado y que en su 70 cumpleaños decide no seguir soportando, justo cuando a él le diagnostican un cáncer de páncreas dándole un pronóstico de seis meses de vida.
En el piso de arriba, vive un matrimonio más joven, el del profesor universitario David (Adrian Lester) y su misteriosa mujer, la escritora Kelly Aston (Rachael Stirling), del que no se puede contar gran cosa sin hacer spoiler, excepto que su idílica relación se pondrá a prueba al descubrir él una infidelidad de la mujer que creía perfecta.
Por último, la planta baja la ocupan, por un lado, Belle Stone (Victoria Hamilton), una profesora de pilates alcohólica y divorciada, a la que le atormenta no ser demasiado divertida y cuya vida da un vuelco cuando debe hacerse cargo de su sobrina de 16 años, Maya (Erin Kellyman), cuya su madre esquizofrénica (la hermana pequeña de Bell) ha intentado quitarse la vida; y por otro, Hannah Taylor (Melissa Johns, actriz que ha luchado por dar visibilidad a su discapacidad física), embarazada de su primera hija, mientras su prometido Liam y Andy, el padre biológico de la niña (Calvin Demba), que es fruto de un lío de una noche, se esfuerzan en normalizar la situación, disputándose en secreto su amor.
Profundamente emotiva y bien trabajada a nivel de diálogos, intercalando momentos dramáticos, con escenas de humor, cabe destacar, una vez más, la naturalidad con la que los protagonistas de estas cuatro tramas, sutilmente entrelazadas, abordan las distintas situaciones que les ha tocado lidiar en la vida, sin caer en la caricatura ni en el sentimentalismo barato, haciendo que el espectador empatice y se sienta identificado a muchos niveles con ellos.
Cada uno de los personajes vive un instante decisivo, un momento disruptivo al que debe enfrentarse a su manera, porque como se apunta a modo de moraleja: “la vida es demasiado corta para desperdiciarla”. Especialmente Hannah, empeñada en darle normalidad al hecho de que su hija tenga dos padres, una decisión vital que intenta que sea aceptada y consensuada por los dos hombres que comparten su vida, sin querer reconocer lo que realmente le dicta el corazón. Y Gael, decidida a recuperar el tiempo perdido, aunque tenga que ponerse el mundo por montera y acabar con un matrimonio de cincuenta años, en el que se sentía anulada. O Belle, uno de los personajes de mayor profundidad psicológica, incapaz de cortar los lazos de dependencia afectiva que la unen a su exmarido, hasta que comprende que su sobrina adolescente y su hermana enferma necesitan ser su máxima prioridad.
Como su propio título sugiere, ver esta serie (o cualquiera de las otras aquí reseñadas) es contemplar la vida y las relaciones familiares y de pareja con los ojos de hoy en día, sin prejuicios morales ni convenciones atávicas, con todo su encanto y en toda su humana complejidad sentimental. Un género en el que la producción audiovisual británica se ha especializado, cosechando gran aceptación. Porque la vida, al final, no es más que las cosas que (nos) suceden.
La vida de Tony Johnson se convierte en un infierno al perder a su esposa Lisa
Fleabag es una treintañera insatisfecha que se resiste a acatar las normas que la sociedad dicta para las mujeres
Durante diez días, Louise y Tom se encuentran en el mismo pub, diez minutos antes de acudir a la consulta con su terapeuta de pareja
Algunas escenas de la serie «LIfe» cuya acción se ubica en una antigua y señorial casa victoriana de Manchester
Título original: "After Life"
Año: 2019
Duración: 30 min.cap. 2 Temporadas.
País: Reino Unido
Dirección: Ricky Gervais
Guión: Ricky Gervais
Música: Andy Burrows
Fotografía: Martin Hawkins
Reparto: Ricky Gervais, Jo Hartley, Tony Way, Ashley Jensen, Tom Basden, David Bradley, Roisin Conaty, Mandeep Dhillon, Kerry Godliman, Paul Kaye, Diane Morgan, Joe Wilkinson, Penelope Wilton, ver 7 más
Productora/Distribuidora: Netflix.
Género: Serie de TV. Comedia dramática
Título original: "Fleabag"
Año: 2016
Duración: 27 min./cap. 2 Temporadas
País: Reino Unido
Dirección: Phoebe Waller-Bridge (Creador), Harry Bradbeer, Tim Kirkby
Guión: Phoebe Waller-Bridge (Obra: Phoebe Waller-Bridge)
Música: Isobel Waller-Bridge
Fotografía: Tony Miller, Laurie Rose
Reparto: Phoebe Waller-Bridge, Sian Clifford, Olivia Colman, Andrew Scott, Brett Gelman, Bill Paterson, Jenny Rainsford, Ben Aldridge, Jamie Demetriou, Hugh Skinner, Sarah Daykin, Hugh Dennis, Olivia Gray...
Productora: Two Brothers Pictures (Distribuidora: Amazon Prime Video)
Género: Serie de TV. Comedia negra
Título original: "State of the Union"
Año: 2019
Duración: 10 capítulos de 10 min.
País: Reino Unido
Dirección: Stephen Frears
Guión: Nick Hornby
Música: Roger Eno
Fotografía: Mike Eley
Reparto: Chris O'Dowd, Rosamund Pike, Jitendra Rai, Aisling Bea, Janet Amsden, Laura Cubbitt, Elliot Levey, Jeff Rawle, Sope Dirisu
Productora: See-Saw Films (Distribuidora: Sundance Channel)
Género: Serie de TV
Título original: "Life"
Año: 2020
Duración: 6 cap. de 60 min.
País: Reino Unido
Dirección: Kate Hewitt
Guión: Mike Bartlett
Música: Guy Garvey, Peter Jobson, Paul Saunderson
Fotografía: Dirk Nel, Ben Magahy
Reparto: Saira Choudhry, Peter Davison, Calvin Demba, Victoria Hamilton, Joshua James, Melissa Johns, Erin Kellyman, Adrian Lester, Alison Steadman, Rachael Stirling, Kate Ashfield, Robyn Cara, Susannah Fielding...
Productora: BBC One, Drama Republic
Género: Miniserie de TV. Drama
Truman Capote ha vuelto a hacerlo. Treinta y siete años después de dejar este mundo, el gran entreteiner de la alta sociedad neoyorquina, vuelve a ser el alma de la fiesta o al menos a dar de qué hablar, gracias a un meritorio y revelador documental (disponible en Filmin), que se vale de un material inédito: cintas de video, fotos y grabaciones en donde podemos escuchar la peculiar voz del autor de “A sangre fría” y “Desayuno en Tiffany´s”, así como de una serie de entrevistas a personas que lo conocieron en su esfera íntima y familiar, para indagar en la faceta más desconocida del escritor y socialité, sin duda una de las figuras más icónicas del siglo XX.
Y es que, contrariamente a lo que se pudiera pensar, documentar la vida de un individuo de tan alta exposición mediática como fue Truman Capote no es pan comido, ni mucho menos está todo dicho con lo que hay publicado sobre el mito en la hemeroteca. Especialmente si lo que se pretende es mostrar al ser humano y no a la celebridad.
Saber si realmente esa persona existió, más allá del personaje que le otorgó el éxito y la fama, y qué clase de sentimientos, traumas y motivaciones albergaba su atormentado y vulnerable espíritu, es el propósito de “The Capote tapes”, un magnífico trabajo de investigación de Ebs Burnough (antiguo asesor de Michelle Obama) acerca de la vida del polémico escritor y enfant terrible. El niño rubio de Nueva Orleans (Louisiana, 1924) que había soñado con ser bailarín de claqué y que, llegado ya al último acto de su vida, se desnudó ante sus lectores, utilizando la vieja fórmula de Alcohólicos Anónimos, para reivindicarse a sí mismo: “Me llamo Truman Capote y soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, sin temor a sonar presuntuoso, cualidad de la que hacía gala.
Desde que ganara el premio O’ Henry (un galardón literario de ámbito nacional) a los diecinueve años, hasta que se dejó morir en casa de Joanne Carson (ex esposa del popular presentador Johnny Carson y una de sus mejores y más leales amigas, al punto de yacer juntos en el mismo panteón, bajo el epitafio: “Beloved friends”), en su odiada California, ingiriendo un cóctel imposible de fármacos a los cincuenta y nueve años de edad, Truman Capote fue el «niño prodigio» de la literatura norteamericana. Aunque tuvo una faceta menos intelectual, convirtiéndose en precursor de la crónica rosa. Amado, temido y finalmente odiado y repudiado por quienes antes decían adorarle.
De hecho, podría afirmarse que su gran leyenda se construye (y se destruye) a medio camino entre la épica literaria y la frivolidad del papel couché. Algo que ilustra muy bien uno de los pasajes del documental donde se explica que Capote se hizo famoso casi de manera instantánea, tanto por el indudable talento de su prosa, como por la impactante fotografía que aparecía en la contraportada de su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, publicada a los veintitrés años. Una imagen sugerente de un joven rubio y afeminado, de mirada felina y labios carnosos, como extraída de la portada de una revista gay. Tal impresión causó, que el mismísimo Andy Warhol, recién llegado a Nueva York, se sentaba a la puerta de su casa solo para verlo salir, hasta que la madre de Truman lo echó de allí.
Poco antes de su muerte, en 1984, el periodista George Plimpton, editor de “Paris Review”, grabó sus conversaciones con Truman Capote, en cintas magnetofónicas. Conversaciones extraordinariamente reveladoras de su excéntrica y camaleónica personalidad que ahora salen a la luz, intercaladas con el testimonio de grandes celebridades, como el escritor Norman Mailer (a quien odiaba) o la actriz Lauren Bacall, quien dijo de él que “su inteligencia le hacía totalmente único”.
Pero si hay un testimonio clave en este documental, por el que desfilan algunos amigos y bastantes enemigos, es el de Kate Harrington, quien fuera su hija adoptiva y asistente personal, cuyo nombre no figura en sus biografías oficiales.
“Más allá de su legado literario, el verdadero descubrimiento del filme es esa exploración del Capote más familiar”, explica Burnough, quien considera que “Truman no solo fue un pionero por no esconder su “pluma” cuando no resultaba fácil mostrarla, sino también por querer formar una familia cuando ni sus amigos más cercanos consideraban esa posibilidad”. De ahí que uniera su vida a la de un padre soltero, empleado de banca, y al morir éste, decidiera “adoptar” a su hija de 13 años a quien, por lo que cuenta en el film, le tocó ejercer más con él de madre que lo que el caótico escritor, inmerso en una vida hedonista y desenfrenada, pudo ejercer de padre.
Probablemente sea este el dato más novedoso y sorprendente que aporta este trabajo, junto a la amarga constatación de que Truman Capote vivió convencido de que nadie le quiso nunca.
“La gente no me quiere. Soy un bicho raro. Les entretengo, les fascino, pero no me quieren”, se le escucha decir en una de esas grabaciones y uno puede percibir toda la tristeza y la resignación que encierran esas palabras, corroboradas por quienes le conocieron. Era cierto. Nadie quería al personaje que él mismo se había inventado precisamente para hacerse querer: el bufón estridente, procaz y chismoso, de voz chillona, pluma y lengua afiladas, y verbo cruel y venenoso, que se esmeraba por amenizar la aburrida vida de sus emperifolladas amigas, un atajo de “señoras de…”, casadas con hombres poderosos que las tenían demasiado desatendidas y a las que procuraba entretener, agasajar y complacer, como un perfecto chico de compañía (pero sin favores sexuales, por razones obvias). Poco a poco, se fue ganando la simpatía y la confianza de aquellas mujeres, convirtiéndose en su confidente.
Como dice Burnough, a Capote “le encantaba ser el centro de atención y el niño mimado de la alta sociedad. Le encantaba que al entrar en una habitación todos se giraran a mirarle y soltar nombres de famosos en sus conversaciones de forma casual. Sentía la necesidad de estar en esos áticos y en esos yates enormes tanto como respirar. Pero, en un nivel más profundo -explica el ex asesor de la Casa Blanca- hay que mirarlo del siguiente modo: si siempre eres el invitado en casa de alguien, tendrás que cantar para que te den de cenar. Creo que él sabía que ese era el precio que tenía que pagar por estar ahí. Valoraba estar sentado a la misma mesa que todos esos ricos y famosos y comer con cubiertos de plata, pero siempre tuvo claro que él no pertenecía a ese mundo y que, probablemente, nunca le acabarían de aceptar como uno de los suyos”.
De hecho, si alguna conclusión puede extraerse del visionado del documental es que Truman Capote se sintió siempre un intruso, un figurante desubicado, alguien que nunca llegó a encajar del todo en las escenas de su propia vida. Una sensación de desarraigo que probablemente se gestó en su infancia cuando, teniendo apenas dos años, su madre (Lillie Mae Faulk, mujer de vida disoluta) se va de fiesta y lo deja solo, encerrado en una oscura habitación de hotel, con la única compañía de su propio llanto. Es, de hecho, el primero de un rosario de abandonos y desencantos que se prolongaron hasta el momento en que su carrera cayó en desgracia y su popularidad declinó.
Nacido como Truman Streckfus Persons, fruto de la relación de dos padres divorciados que nunca debieron serlo, a los cuatro años su madre lo envía a vivir con sus tías a Monroeville (Alabama) donde crece junto a sus primos y primas, teniendo por vecina a la también escritora Harper Lee, que le serviría como inspiración para uno de los personajes de su novela “Matar a un ruiseñor”.
Como muchos niños prodigio, el pequeño Truman era un mal estudiante, víctima de bulling por su evidente amaneramiento y manifiesta homosexualidad. Quizá para sobrevivir a ese rechazo y fracaso escolar, aprende a leer y, ya desde los nueve años, empieza a escribir sobre los laberintos de la soledad, la marginalidad, la fugacidad de las relaciones y los sentimientos de orfandad y desconsuelo amoroso.
Es entonces cuando su madre, contrae matrimonio en segundas nupcias con el magnate cubano José García Capote, del que Truman adoptaría legalmente el apellido, y se lo lleva a Nueva York, donde su maestra de literatura inglesa, Catherine Wood, ve algo en él y le anima a presentarse al citado concurso literario que a los diecinueve años consigue ganar. Por esos años trabaja como corrector en The New Yorker, su revista favorita, de donde es despedido por criticar al poeta Robert Frost. A los veintitrés publica su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, en la que plantea abiertamente el tema de la homosexualidad, lo que supone su inmediato salto a la fama.
Durante la década de los cincuenta empezó a coquetear con Broadway y Hollywood, codeándose con algunas de sus más glamourosas celebridades, como Marilyn Monroe o Liza Minelli. Pero el nuevo divorcio y posterior suicidio de su madre, con una sobredosis de seconal, supone un duro golpe para él, que consigue superar con la publicación, en 1958, de su novela “Desayuno en Tiffany’s” adaptada al cine por Blake Edwards, con Audrey Hepburn en el enternecedor papel de Holly Golightly, una heroína poco convencional que ejerce de escort en la Gran Manzana y que guarda más de una semejanza con su madre. Incluso el nombre real del personaje, Lulamae Barnes, se parece al de Lillie Mae, quien también se lo cambió (por el de Nina) al llegar a NY.
La versión cinematográfica de “Desayuno con diamantes” (como se titula en español) cosechó gran éxito, llegando a conseguir dos premios Oscar en las categorías de mejor música y mejor canción original, por la famosa «Moon River», de cinco nominaciones que tuvo en total, entre ellas las de mejor guion adaptado. Lo que le supuso a su autor estar en el candelero, una vez más. Pero aún faltaba por llegar la que para muchos sería su gran obra maestra: “A sangre fría”, por la que es considerado, junto a Norman Mailer y Tom Wolfe, uno de los padres del «nuevo periodismo» que combina la ficción y el reportaje.
Contra todo pronóstico, sin estar especialmente atraído por el realismo social, ni implicado en política, Truman Capote consigue escribir “la gran novela americana”, en la que narra un crimen real cometido por dos marginados que asesinan a cuatro miembros de una familia modélica al sur de Kansas, con el psicodrama de la pena de muerte como telón de fondo.
Para poder hacerlo, se trasladó al lugar de los hechos y recogió en primera persona el testimonio del principal imputado, con el que llegó a entablar una relación afectiva. Fueron años de investigación solitaria, de desesperación y reclusión, hasta presenciar la ejecución de los asesinos en directo, algo de lo que algunos aseguran que jamás se recuperó. Sin embargo, hay quien duda de sus verdaderas motivaciones, llegando a sugerir en el documental que, lejos de intentar salvarles de la inyección letal, Capote utilizó su influencia para garantizar que fuesen ejecutados, pues le convenía a su estrategia comercial, y que había mucho de impostura en su supuesto abatimiento. Una sospecha que encaja con el retrato que algunos de sus enemigos hacen de él, como un hombre de mente retorcida que buscaba herir y escandalizar a cualquier precio y que consiguió condicionar al jurado del Premio Pulitzer de ese año, siéndole denegado bajo el pretexto de que el libro se había convertido en un controvertido best-seller, como si su repercusión y difusión desmereciera la calidad de su contenido.
Es en ese tiempo cuando empieza su adicción a los tranquilizantes y otras drogas que, junto con el alcohol, le servían para aliviar la ansiedad que le producía escribir un libro tan perturbador para él. Y es que hay quien afirma que “A sangre fría” lo destruyó en más de un sentido, devolviéndolo de golpe a aquella habitación de hotel de Nueva Orleans en la que lloraba siendo niño, mientras su madre follaba con un amante indio o se divertía en el barrio francés.
El caso es que llegaron los años setenta y, con ellos, su etapa de mayor desenfreno. El documental está repleto de imágenes de archivo del escritor en los ambientes que frecuentaba en aquella época, en la que prácticamente vivía de fiesta, en la discoteca “Studio 54”. Hasta el día en que, quién sabe si por el envalentonamiento propio de estar bajo los efectos del alcohol y otros estimulantes, por necesidad económica o por puro resentimiento, decide autoinmolarse publicando por entregas, en la revista Esquire, varios capítulos sueltos de «Plegarias atendidas» (titulada así en alusión a la frase atribuida a Santa Teresa: «Se vierten más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas»), su novela más publicitada y jamás acabada.
Capote se refirió a la ella como su «libro póstumo». «O lo mato yo o me mata él a mi”, bromeaba en uno de los tantos late shows a los que solía acudir, cuyos espectadores fueron testigos de su progresivo deterioro. Y, en algún sentido, así fue.
La gran novela inacabada prometía ser una especie de testamento literario y una venganza contra la élite progresista de Manhattan, ésa que le había acogido en su seno, pero no dudaba en humillarlo refiriéndose a él como al bufón de la corte, por su descarada actitud ante la vida.
Su crueldad, desafección y sarcasmo al revelar los más íntimos secretos de la alta sociedad neoyorquina le convierten, de la noche a la mañana, en un personaje proscrito y odiado por quienes antes decían adorarle.
«Remover la mierda, eso es lo que hacía», dice en el documental una de esas mujeres que se sintieron traicionadas, alguna de las cuales incluso se llegó a suicidar ante la gravedad de lo que Truman contaba sobre ella en su libro. “Fue una puñalada trapera a los que decían ser sus amigos. No había necesidad de ser tan directo”, considera su director.
Para Lola Sampedro, columnista y periodista, con la publicación por entregas de los secretos y miserias de la alta sociedad neoyorquina, “Capote volvió a expatriarse a sí mismo”.
“Lo peor de ser un paria -escribe en ABC- es saber que lo eres. Capote lo sabía. Hay personas que, por más que lo intenten, se sienten siempre fuera de sitio. Primero cortan con esmero las raíces de su infancia y luego buscan un lugar, un sueño en el que nunca llegan a encajar del todo. Una niñez tan infeliz como la suya, con la herida del abandono de su madre siempre abierta, puede ser la excusa perfecta para renegar de tus raíces. Fue precisamente en esa huida donde Capote se inventó a sí mismo. Confeccionó a la perfección su disfraz de éxito y consiguió llegar a ese cielo del que acabó renegando porque, como él mismo diría: “Es mejor mirarlo que habitar en él””.
Su conclusión es que Truman Capote “se esforzó tanto en dinamitar esos cimientos de su infancia que necesitó volver a romperlo todo ya de adulto”, como quien se boicotea una y otra vez a sí mismo, alimentando inconscientemente la insatisfacción perpetua y el desarraigo que finalmente es lo que define su vida.
Ese gesto de osadía marcó el principio de su fin como personaje público y como escritor.
Acosado por la polémica y devastado por sus adicciones, consiguió publicar, en un último esfuerzo, “Música para camaleones”, dedicada a su amigo Tennesse Williams, que había muerto meses antes. Y después, se fini. El eterno niño prodigio que había soñado que podría despegar con su avión de juguete, se despertó de repente viejo y enfermo, aquejado de un cáncer de hígado, y se resignó a morir en Bel Air, un lugar que siempre detestó.
Fotos que acompañaron la publicación de su primera novela «Otras voces, otros ámbitos¨, en la que reivindicaba abiertamente la homosexualidad en un tiempo en el que pocos gays se atrevían a «salir del armario»
Truman Capote con los protagonistas de “Desayuno con diamantes”, Audrey Hepburn y George Peppard
Truman Capote y Kate Harrington, quien fuera su hija adoptiva El escritor con Gloria VanderbiltCon Marilin MonroeCon Lee Radziwill, hermana de Jackie Kennedy
Babe Paley, su favorita Con Liza MinelliEn Studio 54, con Andy WarholTruman Capote y Joann CarsonPanteón donde descansan los restos del escritor junto a los de su buena amiga Joann Carson
Con Katharine GrahamCon Denise Hale´scon Geraldine Chaplin
Título original: The Capote Tapes
Año: 2019
Duración: 91 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Ebs Burnough
Guión: Holly Whiston, Ebs Burnough
Fotografía: Antonio Rossi
Intervenciones de: Truman Capote, George Plimpton, Norman Mailer, Jay McInerney, Lauren Bacall.
Productora: Hatch House Media Production, Mville Films (Distribuidora: Endeavor Content)
Género: Documental | Literatura. Biográfico
De las muchas cruentas y brutales escenas que alberga una película en apariencia modesta como “El diablo a todas horas”, estrenada en Netflix el año pasado, hay dos en particular que consiguen ponerme el vello de punta. Cuando Willard Russell (Bill Skarsgård), desesperado por salvar a su mujer enferma de cáncer, sacrifica al perro de la familia clavando su cadáver en una cruz, como si de una ofrenda bíblica se tratase, obligando a su pequeño e inconsolable hijo, Arvin (Banks Repeta) a rezar de rodillas ante semejante horror; y aquella en la que Roy Laferty, un falso y perturbado profeta (escalofriante Harry Melling vaciando sobre su rostro un bote lleno de arañas), le exige a Dios que resucite a su esposa (Mia Wasikowska), tras haberle clavado un destornillador en el cuello en prueba de su fe. Sin que, en ninguno de los dos casos, sus plegarias sean atendidas.
Y es que, si hay algo que sobrevuela el argumento de esta película, que roza el paroxismo intentando abordar el espinoso asunto del fanatismo religioso que reina en la América profunda, donde el mensaje de las Sagradas Escrituras es tomado al pie de la letra, es la creencia en un Dios que permanece en silencio. El Dios exigente y vengativo del Antiguo Testamento. Un Ser tan todopoderoso como ausente. Impasible mientras la humanidad sucumbe, presa de la ignorancia y de sus bajas pasiones, dando rienda suelta a una crueldad que le viene de serie, como un imperdonable defecto de fábrica.
Pese a lo que pueda sugerir su título, “El diablo a todas horas” no es una película de terror, aunque se cometan crímenes horrendos, ni hay ninguna posesión o presencia maligna que impulse a los personajes a cometer toda clase de monstruosas y sanguinarias atrocidades. La maldad, nos dice Donald Ray Pollock, autor de la novela negra en la que se basó el realizador neoyorquino Antonio Campos para hacer el guión, corre por las venas de los protagonistas de las historias que se entrelazan en su argumento. Gente humilde, sin educación ni cultura, los lugareños de dos poblados de Ohio (Knockemstiff) y Virginia (Coal Creek), embaucados desde su más tierna infancia por toda clase de charlatanes, pastores y falsos predicadores, que hacen buena la advertencia de Karl Marx de que “la religión es el opio del pueblo” y, en ocasiones, puede ser algo incluso peor, generando una serie de traumas psicológicos irreparables que están en el origen de la destrucción de muchas vidas.
Con una compleja estructura temporal que va de la Segunda Guerra Mundial al conflicto de Vietnam, dice la crítica especializada que la película de Antonio Campos es “una película sombría, mezcla de film noir (cine negro) y gótico sureño”. Un subgénero, principalmente desarrollado en los Estados Unidos, en el que aparecen elementos sobrenaturales que, a diferencia de la novela gótica, no se usan para crear suspense, sino para describir cuestiones sociales y culturales propias de los estados rurales del sur. Algunos escritores que han cultivado este género en la literatura son William Faulkner, Tennessee Williams o Truman Capote en su laureada novela “A sangre fría”, en la que narra un brutal asesinato que sacudió la tranquila vida de Holcomb, un pueblecito de Kansas, en 1959.
En el caso de “El diablo a todas horas”, es la voz de off del propio Donald Ray Pollock, autor de la novela homónima publicada en el año 2011, la que nos guía a través del relato, como una especie de oráculo que marca el sino trágico que persigue a varias generaciones de una misma familia y a otros personajes de su entorno, una comunidad de psicópatas, asesinos y abusones en la que reina la depravación moral y anida la simiente de la sed de venganza y el “ojo por ojo” de la Ley del Talión.
De hecho, “esperar el momento adecuado para devolver el golpe” es lo primero que su padre le enseña a Arvin Russell (Tom Holland), hijo de un exsoldado (Bill Skarsgård) y una camarera (Haley Bennett), quien desde muy niño será testigo y víctima de ese universo enrarecido, dominado por la violencia, donde se irán sucediendo una serie de desgraciados acontecimientos (bulling, suicidios, asesinatos a sangre fría, abusos sexuales, cadáveres descuartizados y enterrados…) que, al afectar a los suyos y arrasar con sus vidas, no le dejarán más remedio que empuñar el arma que heredó de su padre (la misma con la que Hitler -encarnación del mal por excelencia- se voló la tapa de los sesos en su búnker, según la leyenda) para convertirse en justiciero, siendo la lealtad a la familia la única redención posible.
Un siempre sobreactuado Robert Pattinson (el de la saga de “Crepúsculo”) que sin embargo resulta creíble como el farisáico, depravado y narcisista Reverendo Preston, un joven y apuesto pastor recién llegado al poblado que seduce y abusa de sus feligresas menores de edad, entre ellas la inocente Lenora (Eliza Scanlen) -a quien Marvin quiere y protege como si fuera su hermana de sangre- dejándola embarazada; Riley Keough y Jason Clarke, como Charlotte y Carl, una pareja de asesinos en serie que se dedica a recoger autoestopistas, para asesinarlos y mutilar sus miembros mientras se hacen fotos pornográficas; Mia Wasikowska, como Hellen Haton Laferty, la madre biológica de Lenora, asesinada y descuartizada en el bosque por su marido; y Sebastián Stan, en el papel de un policía corrupto que aspira a presentarse a las elecciones para sheriff del condado, completan el espectacular reparto de esta película maltratada por la crítica, en la que destacan sus magníficas interpretaciones.
Como pasa a menudo, la versión cinematográfica no ha cubierto las expectativas de quienes habían leído antes la aclamada novela de Pollock. En concreto, se le achaca cierto efectismo gore y se ha dicho que, pese a la longitud de su metraje (134 minutos), carece del sosiego necesario para ahondar en la complejidad psicológica de sus trastornados personajes. Quizá por no ser mi caso, a mi me ha gustado. No será la película definitiva sobre la Gran Tragedia Americana, pero sirve para hacerse una idea.
FICHA TECNICA:
Título original: The Devil All the Time
Año: 2020
Duración: 134 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Antonio Campos
Guion: Antonio Campos, Paulo Campos (Basada en la novela homónima de Donald Roy Pollock)
Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans
Fotografía: Lol Crawley
Reparto:
Tom Holland, Bill Skarsgård, Jason Clarke, Sebastian Stan, Robert Pattinson, Eliza Scanlen, Mia Wasikowska, Riley Keough, Haley Bennett, Mia Goth, Tracy Letts, Gregory Kelly, Gabriel Ebert, Emma Coulter, Harry Melling, Douglas Hodge, Lucy Faust, Drew Starkey, Kristin Griffith
Productora: BorderLine Films, Ninestory Pictures (Distribuidora: Netflix)
Género: Thriller. Drama | Drama sureño. Vida rural (Norteamérica). Asesinos en serie. Años 60. Años 50. Crimen. Religión. Historias cruzadas
El estreno de esta semana en Filmin se llama “Frieden” (“Laberinto de Paz”) y es una interesante y reveladora miniserie de época, ambientada en los días inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que pone en tela de juicio la imparcialidad de “el país más neutral del mundo”, Suiza, y su papel durante la postguerra, al convertirse en el primer lugar de acogida para víctimas y verdugos (judíos liberados de los campos de concentración y desertores nazis que conseguían salir de Alemania), por ser paso fronterizo.
Creada por Petra Biondina y Mike Schaerer y protagonizada por un eficaz elenco de actrices y actores locales, encabezado por la joven Annina Walt (Klara), el carismático Max Hubacher (Johann) y el oscuro Dimitri Stapfer (Egon), se trata de una multipremiada superproducción centroeuropea, basada en hechos reales, en cuyo argumento se desliza con sinceridad y delicadeza, aunque quizá también con excesiva frialdad, una demoledora crítica hacia la conducta de muchos empresarios e instituciones del país helvético (desde la Fiscalía General hasta la Cruz Roja Internacional), en un tiempo aún convulso en el que, tras perder a uno de sus socios comerciales más importantes, como era Alemania, Suiza entró en una grave crisis económica y decidió vender en secreto su alma al diablo.
De hecho, podría decirse que representa un valiente acto de contrición histórica, al sacar a la luz una incómoda verdad, en la que se contrapone la falta de hospitalidad de las autoridades, reacias a dar permiso de residencia a los supervivientes de los campos de concentración liberados por el ejército aliado, y de la propia ciudadanía suiza que los recibe con desconfianza y rechazo; frente a la calurosa acogida que se dispensa, en cambio, a los criminales de guerra nazis, que se hicieron ricos a costa del expolio y el exterminio del pueblo judío y cuyo dinero es lavado en empresas de propiedad suiza.
La historia comienza en 1945, con la boda de Klara, única heredera de una acaudalada familia dueña de una importante industria textil, y su prometido Johann, un joven ambicioso e innovador, con grandes proyectos para su futuro profesional.
Tras la guerra se abre para toda Europa un tiempo nuevo de ilusiones renovadas y, mientras Klara trabaja para la Cruz Roja, en el auxilio a los jóvenes supervivientes del holocausto a los que Suiza da asilo de forma provisional, procurando deshacerse de ellos cuanto antes (cosa que consigue merced a un acuerdo con las autoridades religiosas israelíes enviándolos “de avanzadilla” a los territorios ocupados de Palestina, ya que “en Europa nadie los quiere”), Johann se centra en rescatar y modernizar la empresa de su suegro. Su intención es abrir una nueva línea de negocio con la producción de un tejido revolucionario sobre el que lleva tiempo investigando: la fibra sintética. Pero para ello necesita de una importante suma de dinero y los bancos se niegan a darle crédito. Por lo que se ve obligado a recurrir a inversores particulares, en concreto a un tío de su mujer, del que ignora que mantiene una estrecha vinculación con antiguos y adinerados criminales de guerra nazis que viven en el país helvético bajo una identidad falsa, actuando de facto como su testaferro.
Es así como Johann consigue hacerse con los fondos necesarios para cumplir el sueño de poner en marcha su negocio y consiente en contratar a un químico alemán (también de oscuro pasado en las filas del nacionalsocialismo) encargado del desarrollo de la fórmula y la patente, a quien incluso llega a dar acomodo en su casa familiar. Mientras su hermano Egon, un ex militar que sirvió en la frontera, atormentado por los remordimientos de lo que tuvo que presenciar y hacer durante la guerra, empieza a trabajar en la oficina del Fiscal General, teniendo como misión precisamente la de localizar, desenmascarar y deportar a los desertores nazis que hayan podido entrar a Suiza de forma ilegal.
Al enterarse de que su empresa ha estado sirviendo de tapadera para el lavado del dinero que los nazis robaron a sus víctimas y con el que lograron salir huyendo al ver que Alemania perdía la guerra, Johann se debatirá en un dilema moral que acabará costándole su relación con su hermano y con su mujer, cada vez más implicada en la causa de los judíos, gracias a los sentimientos que despiertan en ella dos refugiados de origen polaco: el joven Herschel (Jan Hrynkiewicz) -con quien llega a tener un fugaz encuentro sexual- y el pequeño Jenkele, cuyos padres murieron tras el incendio del gueto de Varsovia.
La compasiva Klara se dará cuenta de que la acción humanitaria y la supuesta solidaridad internacional de la que presume su país es sólo una fachada que dista mucho del verdadero altruismo y de que la tan celebrada paz tampoco tiene demasiado que ver con la justicia y acabará por dejar a Johann, atrapado en un sistema que hace la vista gorda hacia criminales capaces de las mayores atrocidades y en donde el fin justifica los medios, igual que sucede en tiempo de guerra.
«Laberinto de paz» es, en definitiva, un sólido drama de época que nos descubre una realidad poco conocida. Una sosegada exposición de una incómoda verdad histórica, cuyas motivaciones no distan mucho de las que subyacen en otras crisis de refugiados que se viven hoy en día y en donde ese principio de solidaridad se ve pervertido por intereses económicos.
FICHA TÉCNICA:
Título original: Frieden (Laberinto de paz)
Año: 2020
País: Suiza
Dirección: Mike Schaerer
Guión: Petra Biondina Volpe
Música: Annette Focks
Fotografía: Christian Marohl
Reparto:
Annina Walt, Max Hubacher, Dimitri Stapfer, Therese Affolter, Sylvia Rohrer, Urs Bosshardt, Stefan Kurt, Miron Sharshunov, Jan Hrynkiewicz, Gustav Strunz, Adrian Grünewald, Fabian Guggisberg, Lou Strenger, Oscar Bingisser, Britta Güntert, Caroline Imhof, Matthias Lier, Elidan Arzoni, Stephan Bissmeier, Kaspar Weiss, Sarah Sophia Meyer, Markus Amrein, Benito Bause, Rachel Braunschweig, Michael von Burg, Stefano Wenk
Productora: Zodiac Pictures International
Género: Serie de TV. Drama | Miniserie de TV. Años 40. Nazismo
“Otros animales viven en el presente. Los humanos no pueden. Entonces inventaron la esperanza”, sentencia la prometedora actriz y cantante irlandesa Jessie Buckley, la mujer de los mil nombres (Lucy, Lucía, Louisa, Amy o Ames) en “Estoy pensando en dejarlo”, el último desvarío de Charlie Kaufman, rara avis del nuevo cine de autor estadounidense, a quien la crítica especializada no sabe si catalogar aún como un genio existencialista o como un pedante y repelente esnob de gafapasta.
Netflix la estrenó en 2020 sin pasar por los cines, en una apuesta bastante arriesgada para una plataforma cuyo público objetivo demanda películas de fácil consumo y, como era de esperar, tras un par de semanas en las que la curiosidad la mantuvo a flote, desapareció en las profundidades de su catálogo, donde permanece sepultada hasta hoy, bajo un océano de insulsas comedias de instituto, previsibles thrillers sobre niñeras homicidas y mediocres series sobre adelantos genéticos, sucedáneas de “Black Mirror”. Todo un hallazgo para quienes nos ponemos el traje de buzo en cada incursión al saco sin fondo del streaming, en busca de algo nutritivo de lo que alimentar nuestro espíritu, aunque a priori sea difícil de masticar y digerir, como es el caso de cada una de las películas de Kaufman, quien ocupa un lugar destacado en la memoria cinéfila gracias a los trabajos que lo consagraron como uno de los guionistas más singulares del cine indie de finales de los 90 y principios del siglo XXI: “Cómo ser John Malkovich” (1999), “Human Nature” (2001), “Adaptation (El ladrón de orquídeas)” (2002) y la oscarizada “¡Olvídate de mí!” (2004) con una Kate Winslet teñida de arcoiris, y un Jim Carrey en un registro irreconocible.
En todas ellas, el director neoyorquino demostró tener un don especial y una voz personal para contar historias (aunque sus más fieles reconozcan en su obra cierta similitud con la de otros autores consagrados como David Lynch, Peter Greenaway, Luis Buñuel o Ingmar Bergman, por su tendencia a explorar el espinoso terreno del simbolismo onírico).
Su debut en la dirección con la artificiosa y desmedida “Synecdoche, New York” (2008), una especie de película-jeroglífico que contó con la inestimable ayuda del desaparecido Philip Seymour Hoffman, así como su segundo intento como realizador con “Anomalisa” (2015), no causaron sin embargo el impacto de sus anteriores trabajos como guionista. Lo que le llevó a perder el interés por la dirección durante un tiempo. Pero la oportunidad de estrenar en Netflix le hizo ver las cosas de otra manera.
Así es como decidió realizar la adaptación de la novela de Iain Reid, “I’m Thinking of Ending Things”, un viaje por carretera durante una apocalíptica tormenta de nieve que se transforma en una pesadilla surrealista y ecléctica, que combina elementos de la comedia romántica, el oscuro thriller psicológico y otros géneros variopintos, como el cine negro o el musical.
Un hueso duro de roer para quienes buscan un mero entretenimiento. Una película rara, fascinante o irritante, de la que no resulta fácil seguir el hilo y que parece tener por objeto incomodar al espectador poniendo en cuestión, en tiempo real, todo lo que este cree ir descubriendo o conociendo de la historia. Lo que nos obliga a estar más atentos al detalle.
Alejada de los modelos narrativos convencionales, “Estoy pensando en dejarlo” no es, sin embargo, una película experimental en sentido estricto, aunque desprecie las leyes de la causalidad y el “realismo” como sostén de verosimilitud, el relato está dictado por el flujo de los pensamientos de la pareja protagonista, un reservorio de citas ajenas, recuerdos y reflexiones propias sobre temas filosóficos trascendentes, origen y final de toda elucubración metafísica.
El argumento inicial es el viaje de una chica (Jessie Buckley), de quien nunca llegamos a saber su nombre real, que va a conocer a los padres de su novio, Jake (Jesse Plemons), un tipo al que no quiere, con el que lleva poco tiempo saliendo y al que está pensando en dejar, pues para ella está claro que no es el hombre de su vida, pese a reconocerle algunas virtudes. Razón por la cual, esa visita de presentación a sus futuribles suegros parece un tanto inconveniente y apresurada. Más aún cuando el parte meteorológico pronostica una gran nevada para esa misma noche.
El viaje en automóvil de la pareja, en una atmósfera algo claustrofóbica y asfixiante, con la nieve arreciando en el parabrisas, ocupa los veinte minutos iniciales de la película, durante los cuales el soliloquio mental de la joven, dueña de la voz en off que narra la historia, se entrelaza con el diálogo que mantiene con su novio, sobre poesía, ciencia o filosofía, de una intensidad intelectual ciertamente inusual para dos enamorados que emprenden un viaje por carretera.
“Puedes decir o hacer cualquier cosa, pero no puedes fingir un pensamiento”, se afirma en cierto momento. “La mayoría de la gente es otra gente y sus vidas una imitación”, se cita a Oscar Wilde en otro.
“El suyo es un viaje muerto hacia una relación muerta”, como escribía Marta Medina en El Confidencial. “De ella sabemos que es una treintañera, ilustrada, que pinta, compone poemas y reflexiona mucho y obsesivamente sobre todas las cosas. De él, que tiene conocimientos de física y de literatura, y una mirada inquietante”.
Hasta aquí podría decirse que entra todo dentro de lo normal. La clásica situación en la que una parte de la pareja está pensando en cuál es la mejor manera de decirle a la otra que ha decidido romper con ella. Pero la cosa se complica una vez arriban a casa de los excéntricos padres de Jake (Toni Collette y David Thewlis), una granja situada en medio de ninguna parte.
Lo que empieza siendo una incómoda cena, acentuada por el extraño comportamiento del matrimonio, no tarda en convertirse en una experiencia desconcertante y perturbadora para a la protagonista, cuya profesión irá mutando en cada tramo de conversación: bióloga, poeta, camarera, pintora, gerontóloga, estudiante de física cuántica… hasta hacerle (y hacernos) perder la noción de su propia identidad y/o existencia real.
Del mismo modo, la edad y el aspecto de los padres se verá alterado durante la velada. Solo Jake permanece inalterable confirmándonos que, en realidad, es el verdadero protagonista de esa pesadilla surrealista en la que estamos inmersos, donde cada habitación de la casa se convierte en un depósito de recuerdos –¿del pasado, del futuro?–, la silla de ruedas abandonada, el sótano clausurado con rasguños en la puerta, el papel pintado, la huella del cerdo devorado por los gusanos…
A partir de ese momento, la película entra de lleno en un plano simbólico. Ya no es una narración de hechos concatenados. Nada parece tener sentido y, al mismo tiempo, el sentido lo es todo. En una escena en la que el padre de Jake contempla un cuadro paisajista, supuestamente pintado por su novia, se pregunta “¿cómo puede ser un paisaje triste si no hay en él un ser humano que lo contemple?”. Del mismo modo, el director parece decirnos que lo importante no está en lo que sucede realmente, sino en cómo nos afecta y nos incumbe lo que vemos.
“Entrar en la última película de Charlie Kaufman es una suerte de ejercicio de diván, una incisión abierta en una mente en medio de una pesadilla existencial en la que, como en todo sueño, las leyes de la física y de la coherencia interna no siempre funcionan. Los peinados, las ropas, los oficios son mutables y el tiempo es reversible (o irreversible). El espectador, el lector, el que mira un cuadro o escucha una canción suele encontrar en el asidero del significado la paz que no deja lo inconcluso, lo ambiguo, lo oscuro”, reflexionaba Medina al respecto.
Y es que, quien conozca el siempre imprevisible cine del director neoyorquino sabe de su capacidad para mezclar diversos planos de realidad y ficción, construyendo un relato críptico, sugerente y onírico, en el que el espectador llega a tener efectivamente la impresión de estar atrapado en un mal sueño, donde los elementos que lo integran sufren una alteración constante.
Cuando soñamos podemos ver a nuestros padres más jóvenes, sin que ello parezca tener importancia. No cuestionamos la incongruencia de su edad o la realidad de su mera existencia si es que han fallecido, sencillamente interactuamos con ellos con normalidad mientras permanecemos dormidos. Así es el universo narrativo de “Estoy pensando en dejarlo”. Kaufman juega a reescribir (y romper con) la gramática del cine, de manera que en un plano alguien puede estar lleno de energía y, en el siguiente, convertirse en un anciano enfermo, en plena degradación mental y física. Su reconocida capacidad para retorcer las historias y cubrirlas con varias capas de interpretación se repite en este trabajo, en el que profundiza y amplifica esa vena “metafórica”, para reflexionar sobre la soledad, el paso del tiempo, cómo nos condiciona el pasado, los traumas familiares, la identidad cultural y por supuesto, las relaciones sentimentales, en un tono siempre melancólico.
En este sentido, alguien habló de “Estoy pensando en dejarlo” como “un sublime viaje de terror existencial a un inevitable encuentro psicótico con nosotros mismos”. Una apreciación que se le ajusta bastante, aunque en mi opinión habría que añadir también que se trata de una película visualmente muy atractiva.
Jake es un hombre que no deja de pensar en el final de las cosas. Un hombre obsesionado con la muerte que se cuestiona a sí mismo. Durante la trama se evidencian su depresión, su inseguridad y la baja autoestima con la que creció y que lo llegó a convertir en un adulto introvertido, una persona tímida a la que le cuesta establecer conexión con sus semejantes.
Su interacción con su novia -real o imaginaria- es en realidad un análisis introspectivo del personaje y de su idea de lo que es una relación de pareja. Probablemente el resultado de la forma en la que experimentó el amor y el desamor en su vida, a través de una relación que no se sabe cuándo comenzó, cuánto duró o si llegó a ocurrir realmente.
Al final de esta, se entrega desnudo a la muerte y a sus demonios, en una analogía con el cerdo al que los gusanos estaban devorando vivo. Pero no sin antes experimentar un último viaje onírico, en el que vuelve al instituto para protagonizar un musical de “fin de curso” y recibir el reconocimiento de todas las personas que se cruzaron con él; siendo alabado, no por sus estudios o su profesión, sino por todo lo que consiguió descubrir a través del amor, la depresión, la ansiedad y la locura. Todos los presentes en ese auditorio le convirtieron de algún modo en la persona que fue.
Y es que, en esta tragicomedia de Charlie Kaufman que en ciertos momentos «dialoga» con el cine de los hermanos Coen, el de David Lynch o el de Woody Allen, hay también lugar para el melodrama y el artificio teatral.
En “Estoy pensando en dejarlo” como enumera Miquel Echarri en El País, hay de todo y, de lo bueno, lo mejor. “Se citan frases textuales de David Foster Wallace, se recita un discurso del matemático John Nash (en cuya vida se basa la película “Una mente maravillosa”), se comentan los primeros versos de un poema de William Wordsworth y se responde a ellos con una estrofa de la poetisa de Toronto Eva H.D. Incluso se canta uno de los temas de Oklahoma, el musical nostálgico y patriótico que nueve de cada diez estadounidenses han visto al menos un par de veces en su vida. Y en una de las escenas más elocuentes y hermosas de la película, la pareja protagonista dedica unos minutos a polemizar sobre “Una mujer bajo la influencia”, de John Cassavetes, en un diálogo asimétrico. Los argumentos de él suenan sinceros, pero torpes y poco meditados, y los de ella, pulcros, desdeñosos y precisos, siendo en realidad frases textuales de Pauline Kael, una reputada crítica de cine neoyorquina”.
Guiños intelectuales y alardes de un humor erudito, que tanto entusiasman a sus partidarios y soliviantan a sus detractores, poco aptos para el gran público de Netflix, acostumbrado a retozar en un feliz océano de palomitas y placeres culpables que, sin embargo, permiten un disfrute de la película a otro nivel.
Kaufman no ahorra referencias cinéfilas y literarias, pero lo que en principio podría parecer una caótica, caprichosa y pedante acumulación de frases lapidarias de exquisita autoría, termina dando por resultado la creación de un universo delirante donde todo es posible (como esa heladería que aparece en medio de la nada, atendida en pleno invierno por una pléyade de pin ups como sacadas de una postal de los años 40-50).
“Como en “El ángel exterminador” de Buñuel, la sensación que tenemos viendo su último trabajo es la de que puede pasar cualquier cosa. “Incluso puede que nada de verdad exista«, como advertía Txema Martín (Málaga, 1982), promotor cultural y articulista de opinión en Diario Sur. «Hay terror, surrealismo y momentos tensos, de comedia negra. También citas literales a Tolstoi o a William Wordsworth y un fragmento de una película imaginaria de Robert Zemeckis. Hay física cuántica y profesiones inventadas, el discurso de ‘Una mente maravillosa‘ y una secuencia de ‘Oklahoma‘. No hay que entenderlo todo. No es necesario. Los padres del chico, que interpretan Toni Collette y David Thewlis, forman una pareja desconcertante y terrorífica, dos actuaciones míticas que van a tardar en olvidarse porque, en general, ‘Estoy pensando en dejarlo’ es una película que se te queda pegada como un impacto. Cuesta quitársela de la cabeza”. Como un mal sueño dotado de una extraña belleza.
FICHA TECNICA
Título original: I'm Thinking of Ending Things
Año: 2020
Duración: 134 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Charlie Kaufman
Guion: Charlie Kaufman (Basado en la novela de Iain Reid)
Música: Jay Wadley
Fotografía: Lukasz Zal
Reparto:
Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Colby Minifie, Jason Ralph, Abby Quinn, Teddy Coluca, Ashlyn Alessi, Hadley Robinson, Dj Nino Carta, Austin Ferris, Dannielle Rose, Brooke Elardo, Varvara Cardenas, Monica Ayres, James Glorioso Jr., Thomas Hatz, Albert Skowronski, Liggera Edmonds-Allen, Julie Chateauvert, Kamran Saliani
Productora: Likely Story (Distribuidora: Netflix)
Género: Intriga. Drama | Road Movie. Thriller psicológico. Surrealismo
Hay películas que, por razones que no viene a cuento explicar aquí, te remueven hasta los cimientos, provocando un estallido de emociones encontradas: ternura, compasión, amor incondicional, melancolía, rechazo, cansancio, culpa, pena, abatimiento…
En mi caso, una de esas películas ha sido “El Padre”, adaptación al cine de la obra de teatro homónima del mismo autor, Florian Zeller, que cuenta una historia familiar por desgracia cada vez más común en el mundo occidental, donde las enfermedades neurodegenerativas han aumentado exponencialmente en el último siglo.
Se trata del drama de Anne (enorme Olivia Colman, a quien se recordará ya para siempre por su papel en “The Crown”). Una mujer divorciada, de mediana edad, que se encuentra ante el dilema moral de contratar una cuidadora o ingresar a su padre en una residencia, para poder irse a vivir a París con su nueva pareja.
Sin caer en juicios morales ni en visiones maniqueas, el dramaturgo francés hace un gran trabajo en la que es su “ópera prima” en el cine (Premio del Público en el pasado Zinemaldi y Goya a la Mejor Película Europea, con seis nominaciones a los Oscar de este año) al exponer los efectos de la enfermedad mental en toda su crudeza desde la propia visión del enfermo, pero sin olvidar la repercusión que la situación de dependencia sobrevenida tiene sobre sus familiares más cercanos.
Mediante continuas alteraciones del espacio y tiempo narrativos, repitiendo frases y situaciones, e incluso haciendo que varios actores interpreten al mismo personaje, consigue que el espectador se sienta tan desorientado y confuso como el anciano protagonista, de nombre Anthony como el gran actor galés que lo encarna (el Hopkins más colosal y con mayor variedad de registros a nivel emocional que le hayamos visto). Un octogenario que va perdiendo paulatinamente su identidad, atrapado en una especie de día de la marmota, donde las rutinas se repiten, mientras él permanece extraviado entre los pliegues de su errática memoria, un pasillo a oscuras de puertas falsas y falsos recuerdos, incapaz de reconocer ya a los seres que le rodean.
Si bien asistimos a un proceso que es gradual: el de la progresiva e inevitable pérdida de la cordura y la extinción de la personalidad, no estamos ante un argumento que se desarrolle de manera lineal. Lo que “El Padre” nos propone es más bien un bucle temporal en el que, atravesamos una y otra vez por idénticas situaciones, con la impresión de estar atrapados sin salida. Y, para remarcar esa sensación claustrofóbica, semejante a la que opera en la psique del enfermo, la acción se desarrolla casi al completo en un mismo escenario: un espacioso pero hermético piso en el que habitan personas que se quieren incondicionalmente, pero que pueden llegar a desearse la muerte en un duelo primario de supervivencia que se gesta en ese espacio tóxico y atormentado, en el que ya nada es lo que parece y sobre el que gravita el fantasma de la otra hija “ausente” (fallecida en un accidente) a la que el anciano se empeña en mantener viva en un recuerdo idealizado, estableciendo comparaciones injustas e hirientes para con Anne, que es quien cuida de él.
No menos importante e interesante que el punto de vista del enfermo, es la sensibilidad y realismo con la que Zeller y su coguionista, el gran Christopher Hampton (“Las amistades peligrosas”) abordan el exigente desafío al que se enfrentan los familiares de quienes padecen este tipo de patologías que generan una fuerte dependencia, especialmente de los hijos, quienes (ante la ausencia de los cónyuges ya fallecidos) a menudo se ven en la angustiosa tesitura de tener que elegir entre la salvación o la autoinmolación, llegándose a plantear si tienen derecho a vivir su propia vida o deben de sacrificarlo todo para ejercer de cuidadores de lo que queda de sus padres, una situación que a menudo escapa a su control y acaba engulléndolos, poniendo en riesgo su propia estabilidad mental y vital, así como las de sus propias parejas e hijos, que no siempre están dispuestos a arrimar el hombro ni son capaces de entender la gravedad de la situación.
Si normalmente resulta duro tomar conciencia de los estragos que el paso del tiempo ocasiona en nuestros progenitores a nivel físico, el drama de tener que convivir con el progresivo deterioro que generan la demencia senil o el Alzheimer hasta convertirlos en la sombra de lo que fueron, personas irreconocibles que están muy lejos de esa visión infantil en la que nuestros padres serían para siempre el último refugio de seguridad que nos queda, resulta devastador y desolador a partes iguales.
Armada de paciencia y de la mejor voluntad, Anne se ve en la obligación de tener que lidiar, entre incrédula e impotente, con los trastornos de conducta de su padre enfermo, quien a ratos puede resultar un anciano encantador y desvalido; y, en otros, revelarse como un ser tremendamente cruel y despótico. En especial con sus cuidadoras, cuya ayuda rechaza con toda clase de desplantes, más o menos agresivos, que la hija (principal diana de su sarcasmo y desprecio) intenta disculpar, avergonzada, diciendo que se trata de un “hombre de carácter”, en otro tiempo exitoso ingeniero y gran melómano, quien aún conserva el íntimo placer de escuchar arias de ópera.
Un hombre en conflicto con su propio ego, que lucha por preservar su dignidad, su orgullo y su conexión con la realidad, aunque sólo sea a través de su obsesión por conservar su reloj de pulsera, detenido en el tiempo, a quien vemos transformarse en un ser cada vez más vulnerable, en regresión infantil, hasta la gran escena final en la que la película cobra su mayor sentido y dramatismo, rindiendo un merecido homenaje a los y las cuidadores de las residencias de ancianos, dispuestos a acunarlos en su regazo maternal hasta la hora final.
En resumen, una película excelente y dolorosa, segura candidata a ganar este año más de un Oscar, que nos enfrenta a las grandes verdades de la vida, quizá la principal de ellas: que nacemos y morimos solos, como los niños que una vez fuimos; que el tiempo ejerce su acción implacable y que, precisamente por su volatilidad, la vida adquiere un valor incalculable, cuyo disfrute no podemos ni debemos dejar pasar.
FICHA TÉCNICA:
Título original: The Father
Año: 2020
Duración: 97 min.
País: Reino Unido
Dirección: Florian Zeller
Guión: Florian Zeller, Christopher Hampton (Basada en obra teatral homónima de Florian Zeller)
Música: Ludovico Einaudi
Fotografía: Ben Smithard
Reparto:
Anthony Hopkins, Olivia Colman, Imogen Poots, Rufus Sewell, Olivia Williams, Mark Gatiss, Evie Wray, Ayesha Dharker
Productora:
Co-production Reino Unido-Francia; Trademark Films, Embankment Films, Film4 Productions, F Comme Film, AG Studios NYC (Distribuidora: Lionsgate )
Género: Drama | Vejez/Madurez. Enfermedad. Alzheimer. Familia