HALSTON

Se llamaba Roy Halston Frowick y era natural de Des Moines, capital del condado rural de Iowa. Pero el mundo entero lo conoció simplemente como Halston. Segundo hijo de un recio contable de origen noruego, que no aceptaba su homosexualidad, y una sufrida ama de casa a la que este maltrataba, física y psicológicamente, culpándola de mimarlo demasiado.

Un personaje atormentado y glamouroso, confeccionado a medida para el actor escocés Ewan McGregor, quien encarna de manera convincente al legendario diseñador estadounidense, en una miniserie de cinco episodios, producida por Ryan Murphy para Netflix, en la que se repasa su vida y obra, presentándolo como un artista amanerado y excéntrico que, habiendo conocido el rechazo desde niño, persiguió obsesivamente el éxito, la riqueza y el reconocimiento. Enormemente talentoso y creativo, inseguro y vulnerable en su esfera más íntima, exigente consigo mismo y con los que le rodearon hasta perder los papeles con gran crueldad, a causa de lo cual murió prácticamente solo, desquiciado por una serie de malas decisiones empresariales motivadas por su ambición desmedida y por una vida de excesos que acabaron con su carrera y su salud.

Cuenta Steven Gaines, en la novela en la que está basado este interesante biopic, que el pequeño Halston decoraba con plumas de gallina y otros abalorios los sombreros y tocados de su madre, a la que adoraba, sin sospechar que lo que empezó siendo una afición infantil para consolarla de las embestidas de su verdugo, se convertiría en el oficio que le haría saltar a la fama, después de que la primera dama de los Estados Unidos, Jackie Kennedy, luciera una de sus creaciones en la toma de posesión de su marido JFK.

Para entonces Halston había llegado ya a Nueva York, de la mano de la diseñadora de sombreros Lilly Daché, quien lo introdujo en el trepidante negocio de la moda, a la par que iba descubriendo la libertad y las prometedoras posibilidades que, para un espíritu transgresor como el suyo, ofrecía la Gran Manzana.

Aquel hombretón alto, delgado y bien parecido, con un aire a James Stewart y muchas ganas de comerse el mundo, feliz y algo asombrado de poder alternar en bares “solo para hombres”, con los que compartir algo más que una cerveza ya en la intimidad de su alcoba, pronto llegó a ocuparse de la colección de sombreros de Bergdorf Goodman, uno de los más prestigiosos grandes almacenes de Manhattan, que tenía entre su clientela a algunas de las más reconocidas socialités del momento.

Cuando Jackie Kennedy acudió allí, a finales de 1960, en busca de un sombrero para la inauguración del mandato de su marido, y escogió una de las creaciones de Halston, ni él mismo podía creerse que ello supondría la consagración definitiva de su marca personal. Halston pensó que ese día todos estarían pendientes de lo que dijera Kennedy y de lo que vistiera Jackie, de modo que su sombrero no podía taparle la cara ni permitir que el viento o el pelo jugaran una mala pasada a quien sería el rostro de la nueva era. Procurando darle protagonismo a la primera dama, el diseñador consiguió atraer atención sobre su diseño y así aquel diminuto sombrerito rosa, bautizado como pillbox, lanzó su carrera, considerándose hoy en día una pieza histórica.

«Los sombreros son esculturas, hacía sombreros para animar a mi madre, tuve una infancia especial», confiesa el icónico diseñador en la serie a uno de sus amantes ocasionales (negros, latinos, gente susceptible de haber sufrido el rechazo y la discriminación como él).

Desde ese momento, su popularidad fue en aumento a la par que su negocio, teniendo que reinventarse a sí mismo cuando los sombreros dejaron de usarse, a principios de la década de los setenta. Un periodo de gran precariedad económica que, sin embargo, supuso un acicate para su talento visionario, en una apuesta decidida y arriesgada por el prêt-à-porter.

Centrado en su sueño de “vestir a América”, sin dejar a un lado su admiración por la alta costura y por los grandes modistos europeos (especialmente Balenciaga), Halston perfiló una silueta minimalista para la mujer estadounidense que empezaba a incorporarse al mundo laboral, y que necesitaba un atuendo de trabajo y otro para su vida social.

Vestidos camiseros ceñidos al cuerpo con un lazo en la cintura y confeccionados con un material similar al ante pero apto para ser lavado a máquina, pantalones fluidos y trajes de corte masculino, así como los vaporosos vestidos de cuello halter (su santo y seña) y la manga murciélago, presente en sus elogiados caftanes de originales estampados… cada nueva creación que salía de sus talleres (inicialmente inspirada en el cine negro de los años 30 y 40) era un éxito de ventas. Algo que no pasó inadvertido para los buitres de la industria textil, que no pararon de revolotear sobre su cabeza hasta hacerse con la propiedad de su marca personal, obligándole a diversificar su producción en una variada gama de artículos y accesorios que llevaran su nombre y pudieran fabricarse a gran escala (perfumes, maletas de viaje, ropa masculina, el atuendo de las azafatas de Braniff Airlines, los uniformes del equipo norteamericano en las Olimpiadas de 1976, de las Girl Scouts o del Departamento de Policía de Nueva York), obligándole a asumir un ritmo y un volumen de trabajo ingente.

En aquellos años, el icónico diseñador vestía ya como una celebridad. Pelo engominado, chaqueta americana, jersey negro de cuello vuelto y sus inseparables gafas oscuras que apenas conseguían ocultar los estragos de sus excesos nocturnos. Era el modisto norteamericano emergente del momento. Lo que le lleva a ser seleccionado para representar a los Estados Unidos, junto a otros ya consagrados, como Oscar de la Renta, en una especie de duelo con diseñadores europeos que se celebra en el Palacio de Versalles y que supone su exitosa puesta de largo en la moda mundial.

A su vuelta de París, con una cuenta corriente milmillonaria, una tienda con su marca en Madison Avenue, donde recibe a sus clientes VIPS para las que sigue confeccionando a medida, y un equipo de trabajo que soporta leal y pacientemente sus excesos y su mal carácter, Halston se transforma en el rey indiscutible de la moda neoyorquina. “El primer diseñador pop star”, como se le llegó a catalogar. Su sofisticación, elegancia natural y atractivo físico le abren todas las puertas y potencian un aura de éxito a su alrededor que le hace gozar de un gran poder de seducción, tanto en hombres como en mujeres.

Es entonces cuando conoce a Víctor Hugo Rojas (Gianfranco Rodríguez), un decorador venezolano, cuyos favores sexuales comparte en un principio con su amigo Andy Warhol a cambio de dinero y a quien pronto convierte en su amante y protegido en exclusiva, estableciendo con él un vínculo de dependencia tóxica. De su mano se adentra en el descontrolado mundo de las drogas, haciéndose un consumidor habitual de cocaína y se dedica a quemar la noche, en “Studio 54”.

Amigo personal de Yves Saint Laurent y de Liza Minnelli (magníficamente representada en la serie por Krysta Rodríguez), su única familia (la persona a la que llama para trinchar su primer pavo en Acción de Gracias), alguien fundamental en la vida del diseñador y de quien recibe un apoyo incondicional hasta el fin de sus días;  Halston vistió a grandes estrellas del cine, como Elizabeth Taylor, Silvana Mangano, Lauren Bacall, Bianca Jagger, así como a admiradas socialités, como Diane von Furstenberg, Katharine Graham, Babe Paley o Marisa Berenson y apadrinó a algunas de las mejores supermodelos de los años ´70, como la temperamental Elsa Peretti (su musa italiana), la después actriz Anjélica Huston, Pat Cleveland o Alva Chinn, a las que se conocía como las “Halstonettes” cuando participaban en sus desfiles.

Pero la decisión de quienes se habían hecho con la propiedad de su marca (sinónimo de lujo, estatus, fama y erotismo), de fusionarse con un grupo empresarial más fuerte que exige su colaboración con los almacenes J.C.Penney (competencia directa de Bergdorf Goodman, la casa de moda que lo vio nacer), disminuye su presencia e influencia a mediados de los 80, tras la aparición de nuevos creadores, como Calvin Klein y Donna Karan.

“Ya no soy una persona, soy una marca”, dice el Halston de ficción en el tercer episodio de la serie, como si el sueño de toda una vida se hubiese transformado en pesadilla. “Nos dan un nombre, solo uno. Es lo único que tenemos mientras estamos vivos. Y lo único que dejamos cuando morimos. No valoré el mío lo suficiente. Lo vendí barato. No lo pensé dos veces”, confiesa amargamente hacia el final, convertido ya en un patético remedo de sí mismo, tras haberse rendido a los cantos de sirena de la industria de la moda que condiciona y exprime su talento obligándole a firmar una última línea de ropa ‘low cost’, Halston III, que fue muy mal recibida.

Acosado por las exigencias de sus nuevos “dueños”, con sus capacidades muy mermadas por sus adicciones y tras ser diagnosticado como enfermo de SIDA, Halston decide finalmente dimitir y mudarse a San Francisco, no sin antes firmar un último trabajo, a modo de epitafio para la posteridad, el diseño de vestuario de “Perséfone”, a petición de su amiga, la exigente coreógrafa de ballet contemporáneo Martha Graham, que resulta ser todo un éxito para la crítica (cuyo veredicto final, como a todos los artistas, le importaba más de lo que era capaz de confesar) que aplaude la novedosa e ingeniosa incorporación en los diseños del tejido de elastano, metáfora de las cadenas invisibles que, aunque nos creamos libres, inevitablemente nos frenan y nos lastran.

En 1988, la enfermedad de Halston se complica deviniendo en un sarcoma de Kaposi que, finalmente, acaba con su vida el 26 de marzo de 1990, a los 57 años. Una vida intensa, más exitosa que feliz, que dio mucha tela para cortar en esta miniserie de Netflix que brilla sobre todo por su esmerada ambientación y por la excelente interpretación de algunos de sus protagonistas, empezando por el carismático Ewan McGregor (jamás nadie dio una calada al cigarro con tanta elegancia y sensualidad).

Título original: "Halston"

Año: 2021

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Murphy, Dan Minahan

Guión: Tim Pinckney, Sharr White, Kristina Woo, Ian Brennan. 

Basada en la novela "Simply Halston" de Steven Gaines

Fotografía: Tim Ives, William Rexer

Reparto: Ewan McGregor, Krysta Rodriguez, Rory Culkin, Rebecca Dayan, David Pittu, Sullivan Jones, Gian Franco Rodríguez, Mary Beth Peil, Molly Jobe, Deya Danielle Drake, Eric T. Miller, Maxim Swinton, Juri Henley-Cohn...

Productora: Ryan Murphy Productions. 

Distribuidora: Netflix

Género: Serie de TV. Drama. Biopic. Moda. Años 70

SUEÑOS DE UNA ESCRITORA EN NUEVA YORK

Poco a poco, los cines empiezan a retomar su actividad tras el cese por la pandemia y, aunque aún a cuentagotas, este fin de semana han empezado a llegar a sus carteleras nuevos estrenos, como “Sueños de una escritora en Nueva York” que inauguró (con un éxito más bien discreto) la penúltima Berlinale y que no pasaría del aprobado raso, de no ser por la esmerada actuación de la jovencísima y cautivadora Sarah Margaret Qualley, hija de Andie McDowell (la desvergonzada acólita de Charles Manson que seduce a Brad Pitt en “Erase una vez en… Hollywood”) quien hace suya la película, con una sonrisa irresistible y esa mezcla de ingenuidad, optimismo e imprudencia de quien se asoma por primera vez al mundo adulto, y por la siempre imponente (aunque en este caso bastante desaprovechada) presencia de Sigourney Weaver, en un papel que (si bien menos caricaturesco) recuerda por momentos al que interpretó Meryl Streep en “El diablo viste de Prada”.

De hecho, ese es uno de los problemas que tiene la película del canadiense Philippe Falardeau: que recuerda demasiado a otras. Desde la escena inicial, con la virginal Joanna Rakoff (Qualley) arrastrando su maleta, cargada de grandes expectativas, por las calles de Greenwich Village, mientras narra con voz en off lo estimulante que le resulta la Gran Manzana como escenario para la “vida extraordinaria” a la que aspira, tiene una la sensación de estar viendo una película de Woody Allen. Una impresión que no cesa al avanzar el film, y no solo porque la historia se desarrolle en esa mítica ciudad cuyo espíritu intelectual, alternativo y bohemio Allen ha convertido en su santo y seña, sino por la fotografía, el montaje, la dirección de actores y hasta la propia historia que bien podría llevar la firma del director de “Hannah y sus hermanas”, si no fuera porque le falta ironía y le sobran metraje, monserga de autosuperación y postureo feminista.

Para mayores coincidencias, está la escena en la que el primer novio de Jo, Karl (Hamza Haq), toca al clarinete una melodía que resulta familiar para los seguidores del director (y clarinetista) neoyorquino o el ballet en el hall del Waldorf Astoria que recuerda demasiado a las coreografías de “Todos dicen I love you” o al desenlace de “Estoy pensando en dejarlo” del también neoyorquino insigne Charlie Kaufman, a cuyo cine la película de Falardeau parece rendir asimismo culto, especialmente al traer hasta un plano real los pensamientos que la protagonista tiene al leer las cartas de los seguidores de Salinger, con quienes viaja en el mismo tren e incluso llega a dialogar acerca de sus sentimientos.

Pero vayamos por partes. “Sueños de una escritora en Nueva York” está basada en “My Salinger Year”, la novela homónima de la periodista Joanna Rakoff, quien relata cómo llegó a esa ciudad, en la década de los noventa, procedente de California, con la intención de convertirse en una escritora de éxito, empleándose enseguida como asistente personal de una de las agentes literarias más veteranas y prestigiosas de la ciudad, la excéntrica y algo anticuada Margaret (Sigourney Weaver), enemiga de los ordenadores, quien tiene como uno de sus clientes más destacados a J. D. Salinger, autor de “El guardián entre el centeno” (el mismo libro que portaba Mark Chapman cuando asesinó a John Lennon en 1980) y escritor estadounidense de culto para el público adolescente y universitario en la segunda mitad del siglo XX, quien mantuvo su influencia durante décadas sin necesidad de publicar más libros ni moverse de su retiro voluntario en Cornish (Nuevo Hampshire) rehuyendo de la exposición mediática.

Como advierte Carlos Boyero en El País: “La reducida obra de J. D. Salinger es una leyenda con causa. Y su retiro de la vida pública, por misantropía o por no esperar nada bueno de ella, alimentó hasta extremos delirantes el afán de los editores por encontrar algo nuevo que llevara su firma y la perpetua y frustrada expectación de los sucesivos ejércitos de admiradores por saber algo de su eremita existencia. No publicó más libros (a lo peor no los escribió, o los quemó, o permanecen escondidos bajo siete llaves) y jamás volvió a aparecer en los medios. No hay noticias de sus relaciones privadas. Decidió que se lo tragara la tierra”.

Una leyenda no exenta de morbo que lo retrata como un personaje huraño, que aumentó su popularidad en vida y que el cineasta canadiense Philippe Falardeau se propone desmontar en su película, haciendo del solitario y misterioso escritor, cuyo rostro no llegamos a ver nunca, un ser de naturaleza amable, pero de manera un tanto gratuita, sin llegar a aportar mayores detalles o novedades sobre la desconocida vida y personalidad del artista.

«Se decía que Salinger era reservado, raro, peculiar, que no se podía hablar con él, pero Joanna tiene otra experiencia cada vez que le atiende al teléfono. Son conversaciones sencillas, pero como no ha leído ninguna obra suya no se siente contaminada ni condicionada. De hecho, es él (“Jerry” para los empleados de la agencia) quien la anima a no perder el tiempo y a dedicarse a escribir poesía”, explica el director de “Sueños de una escritora en NY”.

Y es que, poco a poco, Joanna se acostumbra a su nuevo trabajo, deja de escribir y se involucra a tiempo completo con la agencia, mientras su nuevo novio, Don (Douglas Booth), otro aspirante a escritor de ideas comunistas y talante algo zafio y desconsiderado, con quien comparte un destartalado y carísimo piso en alquiler, se concentra en escribir un manuscrito de novela en la que cosifica y sexualiza a la mujer, lo que sirve de excusa al cineasta canadiense para alinearse con los postulados actuales del feminismo, tan en boga desde la aparición del movimiento #MeToo en Hollywood.

Mientras Don representa el estereotipo del escritor bohemio y alternativo, tradicionalmente masculinizado, Joanna se interesa por la poesía y la literatura infantil, géneros menospreciados en los círculos intelectuales más prestigiosos.

Además de transcribir a máquina los dictados de su jefa, su labor principal consiste en leer y contestar a la ingente correspondencia que los lectores envían al esquivo autor de “Franny y Zooey” y que jamás llegará a sus manos. Si bien sus instrucciones son claras. Únicamente debe enviar una respuesta genérica diciendo que “el autor agradece su carta, pero no desea recibir correo”, se responde así a todo el mundo con la misma carta tipo en que se deja claro que el escritor no desea establecer ningún tipo de interacción con sus lectores, en consonancia con la intención de agrandar el mito de su misantropía que tan buenos resultados arroja como estrategia de venta. Sin embargo, Joanna no puede evitar empatizar con esas personas que esperan una respuesta más personal de alguien a quien admiran tanto, por lo que decide, por su cuenta y riesgo, contestar a esas misivas según su propio criterio.

En este sentido, una de las escenas más interesantes de la película es aquella en la que una joven estudiante de secundaria, lectora impenitente de Salinger, la increpa por haber tenido el atrevimiento de sermonearla por escrito o haber llegado siquiera a pensar que su opinión pudiera tener el mismo valor que la de su idolatrado autor.

«Lejos de considerar a los fans como esa masa anónima y obsesionada de la que Salinger parecía querer protegerse, la película les otorga voz e identidad propias», escribe Eulalia Sánchez en El Confidencial. «La primera carta que Joanna lee podría estar firmada por uno de las millares de jóvenes que encontraron en ‘El guardián en el centeno’ una novela que por primera vez les hablaba de cómo ellos se sentían, extraños, desencajados, incomprendidos respecto al mundo que les rodeaba. El director Philippe Falardeau encarga al también quebequés Théodore Pellerin, un joven actor de singular magnetismo, dar vida y profundidad a este fan paradigmático que solo se hace presente a través de sus cartas. Pero no reduce el impacto que generó la famosa novela a un único tipo de lector y también imagina la diversidad de personas en todo el mundo que conectaron con ‘El guardián entre el centeno’ como jamás lo habían hecho con ningún otro libro».

Lástima que la película desaproveche ese filón, utilizando a Salinger y a sus variopintos y atormentados lectores como excusa argumental, de una forma meramente anecdótica.

Falardeau prefiere concentrarse en las vivencias de Joanna, quien quiere dejar de sobrevivir para encontrar su propia voz y comenzar a vivir su sueño, para lo cual deberá soltar lastre laboral y emocionalmente (“No quiero ser una rutina” le dice a su jefa Margaret, debatiéndose entre lo que es seguro y la necesidad de renunciar a ello para perseguir algo incierto), al tiempo que realiza un homenaje al mundo editorial neoyorquino justo antes de que lo invadieran los avances tecnológicos e indaga en la relación entre el escritor y la imagen que de él tienen sus lectores, a menudo contaminada por el impacto que causa en ellos su obra, trasladando un mensaje final (a modo de moraleja) acerca de cómo no debemos de traicionar nuestros principios ni conformarnos con ser la sombra de nadie.

Demasiados tópicos para una película que no pasará a la historia y que resulta simplona y redundante.

Título original: "My Salinger Year"

Año: 2020

Duración: 101 min.

País: Canadá

Dirección: Philippe Falardeau

Guión: Philippe Falardeau 

Música: Martin Léon

Fotografía: Sara Mishara

Reparto: Sigourney Weaver, Margaret Qualley, Douglas Booth, Colm Feore, Matt Holland, Théodore Pellerin, Seána Kerslake, Jonathan Dubsky, Xiao Sun, Yanic Truesdale, Leni Parker, Romane Denis, Gavin Drea

Productora: Coproducción Canadá-Irlanda; Parallel Films

Género: Drama | Biográfico. Literatura. 

THE CAPOTE TAPES

Truman Capote ha vuelto a hacerlo. Treinta y siete años después de dejar este mundo, el gran entreteiner de la alta sociedad neoyorquina, vuelve a ser el alma de la fiesta o al menos a dar de qué hablar, gracias a un meritorio y revelador documental (disponible en Filmin), que se vale de un material inédito: cintas de video, fotos y grabaciones en donde podemos escuchar la peculiar voz del autor de “A sangre fría” y “Desayuno en Tiffany´s”, así como de una serie de entrevistas a personas que lo conocieron en su esfera íntima y familiar, para indagar en la faceta más desconocida del escritor y socialité, sin duda una de las figuras más icónicas del siglo XX.

Y es que, contrariamente a lo que se pudiera pensar, documentar la vida de un individuo de tan alta exposición mediática como fue Truman Capote no es pan comido, ni mucho menos está todo dicho con lo que hay publicado sobre el mito en la hemeroteca. Especialmente si lo que se pretende es mostrar al ser humano y no a la celebridad.

Saber si realmente esa persona existió, más allá del personaje que le otorgó el éxito y la fama, y qué clase de sentimientos, traumas y motivaciones albergaba su atormentado y vulnerable espíritu, es el propósito de “The Capote tapes”, un magnífico trabajo de investigación de Ebs Burnough (antiguo asesor de Michelle Obama) acerca de la vida del polémico escritor y enfant terrible. El niño rubio de Nueva Orleans (Louisiana, 1924) que había soñado con ser bailarín de claqué y que, llegado ya al último acto de su vida, se desnudó ante sus lectores, utilizando la vieja fórmula de Alcohólicos Anónimos, para reivindicarse a sí mismo: “Me llamo Truman Capote y soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, sin temor a sonar presuntuoso, cualidad de la que hacía gala.

Desde que ganara el premio O’ Henry (un galardón literario de ámbito nacional) a los diecinueve años, hasta que se dejó morir en casa de Joanne Carson (ex esposa del popular presentador Johnny Carson y una de sus mejores y más leales amigas, al punto de yacer juntos en el mismo panteón, bajo el epitafio: “Beloved friends”), en su odiada California, ingiriendo un cóctel imposible de fármacos a los cincuenta y nueve años de edad, Truman Capote fue el «niño prodigio» de la literatura norteamericana. Aunque tuvo una faceta menos intelectual, convirtiéndose en precursor de la crónica rosa. Amado, temido y finalmente odiado y repudiado por quienes antes decían adorarle.

De hecho, podría afirmarse que su gran leyenda se construye (y se destruye) a medio camino entre la épica literaria y la frivolidad del papel couché. Algo que ilustra muy bien uno de los pasajes del documental donde se explica que Capote se hizo famoso casi de manera instantánea, tanto por el indudable talento de su prosa, como por la impactante fotografía que aparecía en la contraportada de su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, publicada a los veintitrés años. Una imagen sugerente de un joven rubio y afeminado, de mirada felina y labios carnosos, como extraída de la portada de una revista gay. Tal impresión causó, que el mismísimo Andy Warhol, recién llegado a Nueva York, se sentaba a la puerta de su casa solo para verlo salir, hasta que la madre de Truman lo echó de allí.

Poco antes de su muerte, en 1984, el periodista George Plimpton, editor de “Paris Review”, grabó sus conversaciones con Truman Capote, en cintas magnetofónicas. Conversaciones extraordinariamente reveladoras de su excéntrica y camaleónica personalidad que ahora salen a la luz, intercaladas con el testimonio de grandes celebridades, como el escritor Norman Mailer (a quien odiaba) o la actriz Lauren Bacall, quien dijo de él que “su inteligencia le hacía totalmente único”.

Pero si hay un testimonio clave en este documental, por el que desfilan algunos amigos y bastantes enemigos, es el de Kate Harrington, quien fuera su hija adoptiva y asistente personal, cuyo nombre no figura en sus biografías oficiales.

“Más allá de su legado literario, el verdadero descubrimiento del filme es esa exploración del Capote más familiar”, explica Burnough, quien considera que “Truman no solo fue un pionero por no esconder su “pluma” cuando no resultaba fácil mostrarla, sino también por querer formar una familia cuando ni sus amigos más cercanos consideraban esa posibilidad”. De ahí que uniera su vida a la de un padre soltero, empleado de banca, y al morir éste, decidiera “adoptar” a su hija de 13 años a quien, por lo que cuenta en el film, le tocó ejercer más con él de madre que lo que el caótico escritor, inmerso en una vida hedonista y desenfrenada, pudo ejercer de padre.

Probablemente sea este el dato más novedoso y sorprendente que aporta este trabajo, junto a la amarga constatación de que Truman Capote vivió convencido de que nadie le quiso nunca. 

“La gente no me quiere. Soy un bicho raro. Les entretengo, les fascino, pero no me quieren”, se le escucha decir en una de esas grabaciones y uno puede percibir toda la tristeza y la resignación que encierran esas palabras, corroboradas por quienes le conocieron. Era cierto. Nadie quería al personaje que él mismo se había inventado precisamente para hacerse querer: el bufón estridente, procaz y chismoso, de voz chillona, pluma y lengua afiladas, y verbo cruel y venenoso, que se esmeraba por amenizar la aburrida vida de sus emperifolladas amigas, un atajo de “señoras de…”, casadas con hombres poderosos que las tenían demasiado desatendidas y a las que procuraba entretener, agasajar y complacer, como un perfecto chico de compañía (pero sin favores sexuales, por razones obvias). Poco a poco, se fue ganando la simpatía y la confianza de aquellas mujeres, convirtiéndose en su confidente.

Como dice Burnough, a Capote “le encantaba ser el centro de atención y el niño mimado de la alta sociedad. Le encantaba que al entrar en una habitación todos se giraran a mirarle y soltar nombres de famosos en sus conversaciones de forma casual. Sentía la necesidad de estar en esos áticos y en esos yates enormes tanto como respirar. Pero, en un nivel más profundo -explica el ex asesor de la Casa Blanca- hay que mirarlo del siguiente modo: si siempre eres el invitado en casa de alguien, tendrás que cantar para que te den de cenar. Creo que él sabía que ese era el precio que tenía que pagar por estar ahí. Valoraba estar sentado a la misma mesa que todos esos ricos y famosos y comer con cubiertos de plata, pero siempre tuvo claro que él no pertenecía a ese mundo y que, probablemente, nunca le acabarían de aceptar como uno de los suyos”.

De hecho, si alguna conclusión puede extraerse del visionado del documental es que Truman Capote se sintió siempre un intruso, un figurante desubicado, alguien que nunca llegó a encajar del todo en las escenas de su propia vida. Una sensación de desarraigo que probablemente se gestó en su infancia cuando, teniendo apenas dos años, su madre (Lillie Mae Faulk, mujer de vida disoluta) se va de fiesta y lo deja solo, encerrado en una oscura habitación de hotel, con la única compañía de su propio llanto. Es, de hecho, el primero de un rosario de abandonos y desencantos que se prolongaron hasta el momento en que su carrera cayó en desgracia y su popularidad declinó.

Nacido como Truman Streckfus Persons, fruto de la relación de dos padres divorciados que nunca debieron serlo, a los cuatro años su madre lo envía a vivir con sus tías a Monroeville (Alabama) donde crece junto a sus primos y primas, teniendo por vecina a la también escritora Harper Lee, que le serviría como inspiración para uno de los personajes de su novela “Matar a un ruiseñor”.

Como muchos niños prodigio, el pequeño Truman era un mal estudiante, víctima de bulling por su evidente amaneramiento y manifiesta homosexualidad. Quizá para sobrevivir a ese rechazo y fracaso escolar, aprende a leer y, ya desde los nueve años, empieza a escribir sobre los laberintos de la soledad, la marginalidad, la fugacidad de las relaciones y los sentimientos de orfandad y desconsuelo amoroso.

Es entonces cuando su madre, contrae matrimonio en segundas nupcias con el magnate cubano José García Capote, del que Truman adoptaría legalmente el apellido, y se lo lleva a Nueva York, donde su maestra de literatura inglesa, Catherine Wood, ve algo en él y le anima a presentarse al citado concurso literario que a los diecinueve años consigue ganar. Por esos años trabaja como corrector en The New Yorker, su revista favorita, de donde es despedido por criticar al poeta Robert Frost. A los veintitrés publica su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, en la que plantea abiertamente el tema de la homosexualidad, lo que supone su inmediato salto a la fama.

Durante la década de los cincuenta empezó a coquetear con Broadway y Hollywood, codeándose con algunas de sus más glamourosas celebridades, como Marilyn Monroe o Liza Minelli. Pero el nuevo divorcio y posterior suicidio de su madre, con una sobredosis de seconal, supone un duro golpe para él, que consigue superar con la publicación, en 1958, de su novela “Desayuno en Tiffany’s” adaptada al cine por Blake Edwards, con Audrey Hepburn en el enternecedor papel de Holly Golightly, una heroína poco convencional que ejerce de escort en la Gran Manzana y que guarda más de una semejanza con su madre. Incluso el nombre real del personaje, Lulamae Barnes, se parece al de Lillie Mae, quien también se lo cambió (por el de Nina) al llegar a NY.

La versión cinematográfica de “Desayuno con diamantes” (como se titula en español) cosechó gran éxito, llegando a conseguir dos premios Oscar en las categorías de mejor música y mejor canción original, por la famosa «Moon River», de cinco nominaciones que tuvo en total, entre ellas las de mejor guion adaptado. Lo que le supuso a su autor estar en el candelero, una vez más. Pero aún faltaba por llegar la que para muchos sería su gran obra maestra: “A sangre fría”, por la que es considerado, junto a Norman Mailer y Tom Wolfe, uno de los padres del «nuevo periodismo» que combina la ficción y el reportaje.

Contra todo pronóstico, sin estar especialmente atraído por el realismo social, ni implicado en política, Truman Capote consigue escribir “la gran novela americana”, en la que narra un crimen real cometido por dos marginados que asesinan a cuatro miembros de una familia modélica al sur de Kansas, con el psicodrama de la pena de muerte como telón de fondo.

Para poder hacerlo, se trasladó al lugar de los hechos y recogió en primera persona el testimonio del principal imputado, con el que llegó a entablar una relación afectiva. Fueron años de investigación solitaria, de desesperación y reclusión, hasta presenciar la ejecución de los asesinos en directo, algo de lo que algunos aseguran que jamás se recuperó. Sin embargo, hay quien duda de sus verdaderas motivaciones, llegando a sugerir en el documental que, lejos de intentar salvarles de la inyección letal, Capote utilizó su influencia para garantizar que fuesen ejecutados, pues le convenía a su estrategia comercial, y que había mucho de impostura en su supuesto abatimiento. Una sospecha que encaja con el retrato que algunos de sus enemigos hacen de él, como un hombre de mente retorcida que buscaba herir y escandalizar a cualquier precio y que consiguió condicionar al jurado del Premio Pulitzer de ese año, siéndole denegado bajo el pretexto de que el libro se había convertido en un controvertido best-seller, como si su repercusión y difusión desmereciera la calidad de su contenido.

Es en ese tiempo cuando empieza su adicción a los tranquilizantes y otras drogas que, junto con el alcohol, le servían para aliviar la ansiedad que le producía escribir un libro tan perturbador para él. Y es que hay quien afirma que “A sangre fría” lo destruyó en más de un sentido, devolviéndolo de golpe a aquella habitación de hotel de Nueva Orleans en la que lloraba siendo niño, mientras su madre follaba con un amante indio o se divertía en el barrio francés.

El caso es que llegaron los años setenta y, con ellos, su etapa de mayor desenfreno. El documental está repleto de imágenes de archivo del escritor en los ambientes que frecuentaba en aquella época, en la que prácticamente vivía de fiesta, en la discoteca “Studio 54”. Hasta el día en que, quién sabe si por el envalentonamiento propio de estar bajo los efectos del alcohol y otros estimulantes, por necesidad económica o por puro resentimiento, decide autoinmolarse publicando por entregas, en la revista Esquire, varios capítulos sueltos de «Plegarias atendidas» (titulada así en alusión a la frase atribuida a Santa Teresa: «Se vierten más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas»), su novela más publicitada y jamás acabada.

Capote se refirió a la ella como su «libro póstumo». «O lo mato yo o me mata él a mi”, bromeaba en uno de los tantos late shows a los que solía acudir, cuyos espectadores fueron testigos de su progresivo deterioro. Y, en algún sentido, así fue.

La gran novela inacabada prometía ser una especie de testamento literario y una venganza contra la élite progresista de Manhattan, ésa que le había acogido en su seno, pero no dudaba en humillarlo refiriéndose a él como al bufón de la corte, por su descarada actitud ante la vida.

Su crueldad, desafección y sarcasmo al revelar los más íntimos secretos de la alta sociedad neoyorquina le convierten, de la noche a la mañana, en un personaje proscrito y odiado por quienes antes decían adorarle.

«Remover la mierda, eso es lo que hacía», dice en el documental una de esas mujeres que se sintieron traicionadas, alguna de las cuales incluso se llegó a suicidar ante la gravedad de lo que Truman contaba sobre ella en su libro. “Fue una puñalada trapera a los que decían ser sus amigos. No había necesidad de ser tan directo”, considera su director.

Para Lola Sampedro, columnista y periodista, con la publicación por entregas de los secretos y miserias de la alta sociedad neoyorquina, “Capote volvió a expatriarse a sí mismo”.

“Lo peor de ser un paria -escribe en ABC- es saber que lo eres. Capote lo sabía. Hay personas que, por más que lo intenten, se sienten siempre fuera de sitio. Primero cortan con esmero las raíces de su infancia y luego buscan un lugar, un sueño en el que nunca llegan a encajar del todo. Una niñez tan infeliz como la suya, con la herida del abandono de su madre siempre abierta, puede ser la excusa perfecta para renegar de tus raíces. Fue precisamente en esa huida donde Capote se inventó a sí mismo. Confeccionó a la perfección su disfraz de éxito y consiguió llegar a ese cielo del que acabó renegando porque, como él mismo diría: “Es mejor mirarlo que habitar en él””.

Su conclusión es que Truman Capote “se esforzó tanto en dinamitar esos cimientos de su infancia que necesitó volver a romperlo todo ya de adulto”, como quien se boicotea una y otra vez a sí mismo, alimentando inconscientemente la insatisfacción perpetua y el desarraigo que finalmente es lo que define su vida.

Ese gesto de osadía marcó el principio de su fin como personaje público y como escritor.

Acosado por la polémica y devastado por sus adicciones, consiguió publicar, en un último esfuerzo, “Música para camaleones”, dedicada a su amigo Tennesse Williams, que había muerto meses antes. Y después, se fini. El eterno niño prodigio que había soñado que podría despegar con su avión de juguete, se despertó de repente viejo y enfermo, aquejado de un cáncer de hígado, y se resignó a morir en Bel Air, un lugar que siempre detestó.  

Fotos que acompañaron la publicación de su primera novela «Otras voces, otros ámbitos¨, en la que reivindicaba abiertamente la homosexualidad en un tiempo en el que pocos gays se atrevían a «salir del armario»

Truman Capote con los protagonistas de “Desayuno con diamantes”, Audrey Hepburn y George Peppard
Truman Capote y Kate Harrington, quien fuera su hija adoptiva
El escritor con Gloria Vanderbilt
Con Marilin Monroe
Con Lee Radziwill, hermana de Jackie Kennedy
Babe Paley, su favorita
Con Liza Minelli
En Studio 54, con Andy Warhol
Truman Capote y Joann Carson
Panteón donde descansan los restos del escritor junto a los de su buena amiga Joann Carson
Con Katharine Graham
Con Denise Hale´s
con Geraldine Chaplin
Título original: The Capote Tapes

Año: 2019

Duración: 91 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ebs Burnough

Guión: Holly Whiston, Ebs Burnough

Fotografía: Antonio Rossi

Intervenciones de: Truman Capote, George Plimpton, Norman Mailer, Jay McInerney, Lauren Bacall.

Productora: Hatch House Media Production, Mville Films (Distribuidora: Endeavor Content)

Género: Documental | Literatura. Biográfico

LA EXCAVACIÓN

“Los arqueólogos somos como detectives de la Antigüedad. Investigamos el pasado de las civilizaciones perdidas para tratar de reconstruir su memoria y su cultura antes de que se disipen para siempre entre las brumas del tiempo”, decía un personaje de una de las novelas de José Vicente Alfaro (fenómeno de ventas por su primera novela “La esperanza del Tíbet”). Exactamente el mismo espíritu que anida en los personajes de «La excavación», uno de los últimos estrenos de Netflix que, pese a no ofrecer una acción trepidante ni un carrusel de emociones fuertes, ha debutado con buen pie en el catálogo de la plataforma de streaming con mayor número de visitas.

Se trata, por el contrario, de una película sosegada y melancólica, de esas a las que el cine costumbrista británico suele ser tan aficionado, que narra -sin darse demasiadas prisas- una historia basada en hechos reales: el descubrimiento del famoso barco funerario de Sutton Hoo bajo uno de los montículos de tierra situados en una granja de propiedad privada, junto al río Suffolk, durante los albores de la II Guerra Mundial. Seguramente el hallazgo arqueológico más importante de la cultura anglosajona, a decir de los expertos.

El guión es una adaptación de la novela homónima de John Preston, “The Dig”, si bien Moira Buffini se toma algunas licencias que terminan desviando innecesariamente la atención del motivo real de inspiración del relato, que no es otro que el de la bendita corazonada que impulsó a Edith Pretty (etérea, Carey Mulligan), una joven viuda terrateniente, convencida de que bajo su propiedad existía un tesoro que debía ser desenterrado, a contratar para tal empresa a Basil Brown (enorme y convincente, como siempre, Ralph Fiennes, casualmente oriundo de Ipswich, capital del condado de Suffolk, en uno de sus innumerables registros interpretativos), un apasionado arqueólogo autodidacta de la localidad, igualmente aficionado a la astrología, quien no cejará en el empeño hasta dar con el oro de Sutton Hoo. Y todo ello en un momento histórico en el que la guerra se cierne como un ominoso presentimiento de fatalidad remarcado, cada cierto tiempo, por el paso de los aviones de combate que sobrevuelan la comarca, preparándose para la ineludible contienda.

Unidos por la misma ilusión y un objetivo común que por momentos parece crear entre ellos un vínculo casi familiar y tal vez el velado deseo de que la relación laboral trascienda hacia un plano más íntimo, la Sra. Pretty y el Sr. Brown son como esas almas gemelas que, pese a su proximidad física, están condenadas a no encontrarse o hacerlo a destiempo. Un afecto no resuelto en el plano romántico, truncado por las circunstancias del matrimonio de él y el frágil estado de salud de ella, que sin embargo se sublima con la amistad y la lealtad mutuas.

He ahí -en esa contención sentimental, emocional y sexual- donde radica, desde mi punto de vista, el mayor atractivo de la película de Simon Stone y no tanto en las tramas secundarias a las que se presta atención después, con la aparición de otros personajes, como el irrelevante grupo de catedráticos y arqueólogos del British Museum, que quieren apropiarse del yacimiento y arrebatar el mérito de la excavación a Brown -a quien consideran un paleto aficionado- una vez que se hace de dominio público la relevancia de su descubrimiento, en el que destaca la presencia de una mujer, Peggy Preston (personaje inspirado en la propia tía del autor de la novela, John Preston, quien a los 25 años era ya una reconocida arqueóloga y prehistoriadora británica, especialista en hallazgos, si bien la película parece obviar ese hecho).

Pese a los mejores esfuerzos de Lily James, el personaje de Peggy sin embargo no llega a despuntar, aún teniendo todos los elementos dramáticos para ello: joven arqueóloga que lucha por hacer carrera en un medio dominado por hombres y mujer insatisfecha, a la vez; recién casada con un colega incapaz de consumar su matrimonio, de quien descubrirá que le oculta su verdadera condición homosexual, arrojándose de manera un tanto gratuita -yo diría que como concesión comercial de la película- a los brazos del primo de Edith, a quien acaba de conocer.

Como en el caso de “El inglés que subió una colina pero bajó una montaña” y otros muchos largometrajes donde los ingleses han sabido poner en valor su vocación exploradora y su contribución a la arqueología y a las ciencias geográficas, no hay duda de que “La excavación” goza de una manufactura visual impecable.

Pero insisto en que, su principal valor no reside tanto en lo bien ambientada que está, ni en la fotografía de ensueño que utiliza para retratar la campiña británica, con sus bucólicos atardeceres ocres y sus repentinas tormentas torrenciales, sino en la entereza y determinación de sus personajes principales, seres humanos con grandes dosis de resiliencia, curiosidad infinita y un ferviente deseo de dejar un legado trascendente para las generaciones futuras. Desde la Sra. Pretty, a quien el tiempo se le agota en esta tierra, aquejada de una insuficiencia cardíaca letal; hasta su pequeño hijo, Robert, resignado a dejarla marchar de este mundo, pero decidido a que lo haga sin la angustia de saber qué será de él. O el propio Sr. Brown, laborioso y concienzudo autodidacta, determinado a acabar su trabajo aunque tenga que renunciar al mérito por no poseer una titulación académica y su discretísima mujer, May (Mónica Dolan), un personaje que pasa algo desapercibido y que, sin embargo, tiene una importancia capital, dando una verdadera lección de confianza marital y de amor incondicional al permitir a su marido la libertad para llevar a cabo su trabajo con total entrega y saber ser su acicate y su sostén en los momentos en los que la vocación flaquea.

El verdadero Basil Brown
Título original: The Dig

Año: 2021

Duración: 112 min.

País: Reino Unido

Dirección: Simon Stone

Guión: Moira Buffini (Basada en la novela de John Preston)

Fotografía: Mike Eley

Reparto: Carey Mulligan, Ralph Fiennes, Lily James, Johnny Flynn, Ben Chaplin, Ken Stott, Monica Dolan, Arsher Ali, Joe Hurst, Paul O'Kelly, Eileen Davies, James Dryden, Chloe Stannage, Kate Margo, Kevin Nolan

Compañías: BBC Films, Clerkenwell Films, Magnolia Mae Films, Netflix

Género: Drama. Biográfico. Años 30

MA RAINEY’S BLACK BOTTOM Y DA 5 BLOODS

“Espero servir siempre a mi raza y a la industria cinematográfica. Dios los bendiga”. Ha llovido casi el diluvio universal desde que Hattie McDaniel, pronunciara estas sentidas palabras al recibir un Oscar en 1939, por su entrañable papel de Mammy en “Lo que el viento se llevó”, sin que se le permitiera asistir a la ceremonia de entrega de los premios, por ser una actriz de raza negra.

Una situación que sería impensable hoy, y no sólo porque la gala de este año vaya a ser virtual, sino porque los vientos de alivio que soplan en Hollywood tras el desalojo de Trump de la Casa Blanca (ya es casualidad que se llame así) y el poderoso influjo de las encendidas consignas de #blacklivesmater, han hecho girar las tornas justo en sentido contrario.

En honor a la verdad, la reivindicación racial se hizo presente en los célebres premios, ya desde 2016, cuando el director y activista SpikeLee, uno de los cineastas afroamericanos más influyentes (quizá el que más) de Hollywood y la actriz Jada Pinkett Smith decidieron boicotear la gala de aquel año, al saber que solo había un actor negro nominado.

Bajo el slogan de #OscarSoWhite iniciaron entonces una movilización que se quejaba de la invisibilidad de los actores de raza negra, poniendo en evidencia que, en las dos últimas ediciones, cuarenta actores habían sido nominados para ganar la preciada estatuilla y ninguno de ellos era de piel oscura.

Y a la vista está que su llamado de atención surtió efecto. Pues las sucesivas ceremonias de entrega que ha habido desde entonces han estado marcadas por la presencia y homenaje al talento de una pléyade de actores, actrices, directores, productores y demás gentes del cine de origen afroamericano. Tendencia que ha ido en aumento y que algo me dice que alcanzará su apoteósis en la gala de este año, que se perfila ya como un potente revival de la defensa de los derechos civiles de los negros y la integración racial, frente a quienes aún abanderan la supremacía blanca en USA.

Y ello por razones obvias. A la espera de conocer la lista definitiva de los nominados el 15 de marzo, no hay más que echar un vistazo a la producción cinematográfica del pasado año en aquel país, para notar que ha estado marcada por el clima de opinión generado tras el asesinato del negro George Floyd a manos de la policía blanca de Trump, suceso que desató una oleada de violentas protestas callejeras y supuso la aparición en escena de Black Lives Mater.

Bajo ese vigoroso paraguas racial reivindicativo, se cobijan dos películas que suenan muy fuerte para hacerse con algún galardón la noche de autos, ambas producidas y distribuidas por el gigante del streaming Netflix, como casi todo el cine en tiempos de la Covid.

Hablo de «Da 5 bloods» (último trabajo de Spike Lee) y de «Ma Rainey’s Black Bottom«. Dos producciones que, aun abordando temáticas distintas, hablan el mismo idioma.

En el primer caso, se trata de una oda a la amistad y la lealtad entre hermanos de raza y de armas, protagonizada por un grupo de veteranos de guerra negros que lucharon juntos en Vietnam, sin que su sacrificio se viera después recompensado por una sociedad que los sigue discriminando por el color de su piel.

Paul (Delroy Lindo, uno de los posibles candidatos a una nominación), Otis (Clarke Peters), Eddie (Norm Lewis) y Melvin (Isiah Whitlock Jr.) vuelven a Saigón, cuarenta años después, para buscar los restos del líder de su escuadrón, Norman (memorable, Chadwick Boseman), una especie de Malcom X caído en combate, y recuperar de paso un tesoro en lingotes de oro que escondieron en la selva, decididos a repartírselo en compensación a los servicios prestados al Tío Sam.

Al margen de los delirios tragicómicos que desata la fiebre del oro en sus pintorescos protagonistas (psicológicamente devastados por la experiencia bélica) y que motivan la trepidante acción de la película, Spike Lee vuelve a utilizar su obra cinematográfica para honrar a su raza y rendir un homenaje a algunos de sus referentes más representativos, como Mohamed Ali o Areta Franklin, a quienes se nombra casi a modo de sagrada invocación, así como a otros héroes negros menos conocidos para el gran público, como Milton Olive, un soldado que, a los 18 años, sacrificó su vida para salvar a su escuadrón, al saltar sobre una granada activa sofocando con su cuerpo la explosión; o Crispus Attucks, probablemente un esclavo fugitivo de procedencia africana, de quien poco se sabe, a excepción de que fue el primer mártir de la Revolución Americana, asesinado durante la Masacre de Boston.

A ellos se refiere el malogrado Norman, cuando decide esconder el tesoro encontrado de manera fortuita durante la contienda, a modo de indemnización, lanzando la siguiente soflama: “Nosotros fuimos los primeros en morir por nuestra bandera. Hemos muerto por el país desde el principio, esperando que nos dieran el sitio que nos corresponde, pero lo que nos dieron fue una patada el culo. Nuestro país nos lo debe. Nosotros lo creamos. Embarguemos este oro por todos los soldados negros que nunca volvieron a casa, los hermanos negros de nuestra madre África, llevados a Jamestown (Virginia), en 1619. Le daremos este oro a nuestra gente”.

No será la única. Spike Lee se hace cargo de la rabia de su gente en un momento histórico especialmente convulso, comparándola con la de aquel en el que se produjo el asesinato de Martin Luther King, e intenta contenerla, con un diálogo que parece dirigido a quienes, tras el asesinato de Floyd, daban rienda suelta a su ira en las calles de Estados Unidos y de medio mundo.

La escena tiene lugar cuando los cinco soldados se enteran, en plena selva, del asesinato del Dr. King: “Los negros son solo el 11% de la población estadounidense, pero entre las tropas de Vietnam sois el 32%. Soldados negros. ¿Es justo servir al país, más que los blancos que os han enviado aquí?”, emponzoña la locutora de la radio oficial de Saigón, intentado minar la moral de la tropa enemiga.

“Los putos blancos se han pasado. La biblia dice ojo por ojo y diente por diente. Hay que matar a algún blanco, nuestros hermanos están quemando cosas en casa”, vociferan Paul, Otis, Eddie y Melvin, presos de la indignación. A lo que su mesiánico jefe de batallón (o el propio Spike Lee) contesta, intentando apaciguar los ánimos: “Estáis hablando del Dr. King. Un hombre de paz. Yo estoy igual de cabreado. Tenemos derecho a estarlo, pero somos hermanos. Que no usen nuestra rabia contra nosotros. Nosotros la controlamos. Lo que queréis hacer ahora no va a cambiar nada. Así que dejad esa rabia. Es una orden”.

Una rabia a la que sí sucumbirá, en cambio, el personaje que interpreta el mismo actor, Chadwick Boseman (casi seguro merecedor de un Oscar a título póstumo, pues esta fue la última película que rodó antes de su fallecimiento el pasado año, a causa de un cáncer colorrectal), en “Ma Rainey’s Black Bottom”, la impactante película producida por otro actor negro dispuesto a reivindicar su orgullo de raza, Denzel Washington, que retrata la vida de la conocida como “madre del blues”, laureada por la crítica.

Basada en la obra teatral homónima de August Wilson, la historia está ambientada en el Chicago de finales de los años veinte y transcurre durante la tensa y sofocante sesión de grabación de un disco de Ma Rainey (poderosa e irreverente, Viola David, toda una fuerza de la naturaleza con su maquillaje languideciente, sus pechos colganderos y sus kilos de más), junto a su banda de músicos (todos negros), en la que Boseman interpreta a un trompetista atormentado por el pasado y psicológicamente marcado por el atroz asesinato de sus padres a manos del KuKluxKlan, ante sus ojos, siendo apenas un niño.

Seguramente se trata de una de las películas mejor actuadas del pasado año, como ha dicho la revista Vanity Fair y un cierre perfecto para la carrera de un artista que se fue demasiado pronto. De hecho, “Ma Rainey. La madre del Blues” es ya, sobre todo, la última película de Chadwick Boseman, probablemente la más oscura de cuantas hizo, pero también la mejor, en la que demuestra todo su potencial. Desde su encantador descaro, “levantándole” la novia a su intimidante jefa, hasta sus descontrolados ataques de furia, todo en él rezuma verdad.

Más allá de ser “un tributo a una leyenda del blues y a la cultura afroamericana en general”, como dijo de ella Rotten Tomatoes, se trata de un drama emotivo, indignante y desgarrador, que tiene la evidente intención de conmover y mover a la reflexión al espectador mediante diálogos de gran calado, como cuando Glynn Turman, el pianista de la banda, pronuncia un monólogo sobrecogedor sobre las injusticias cotidianas sufridas por los negros en los años veinte (que no distan mucho de las sufridas en décadas anteriores y aún en el siglo posterior) para concluir amargamente que “los negros son las sobras en el guiso de la vida”.

Título original: Ma Rainey's Black Bottom

Año: 2020

Duración: 94 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George C. Wolfe

Guión: Rubén Santiago-Hudson (Obra de teatro de August Wilson )

Música: Branford Marsalis

Fotografía: Tobias A. Schliessler

Reparto: Viola Davis, Chadwick Boseman, Glynn Turman, Colman Domingo, Joshua Harto, Taylour Paige, Jonny Coyne, Jeremy Shamos, Michael Potts, Scott Matheny, Dusan Brown, Phil Nardozzi, Daniel Johnson, Roger Petan, Ron L. Haynes, William Kania, Gregory Bromfield, Jordan Rhone, DaJuan Rippy, Antonio Fierro, Tony Amen, Shane McNair, Jacob Wright, Chris McCail, Malik Abdul Khaaliq, Sierra Stewart, Patrick Raffaele, Brent Feitl, Eric Sharpe, Remington Sinclair

Compañias: Netflix (Productor: Denzel Washington) (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama. Biográfico. Música. Racismo. Años 20
Título original: Da 5 Bloods

Año: 2020

Duración: 154 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Spike Lee

Guión: Spike Lee, Kevin Willmott, Danny Bilson, Paul De Meo

Música: Terence Blanchard

Fotografía: Newton Thomas Sigel

Reparto: Delroy Lindo, Clarke Peters, Norm Lewis, Isiah Whitlock Jr., Chadwick Boseman, Jonathan Majors, Jean Reno, Mélanie Thierry, Paul Walter Hauser, Veronica Ngo, Jasper Pääkkönen, Rick Shuster, Mav Kang, Alexander Winters, Devin Rumer, Casey Clark, Lê Y Lan, Andrey Kasushkin, Sandy Huong Pham, Lam Nguyen

Compañías: 40 Acres & A Mule Filmworks (Distribuidora: Netflix)

Género: Bélico. Guerra de Vietnam

MANK

Las buenas películas tienen la peculiaridad de permanecer en la retina y andar rondando nuestros pensamientos, aún mucho después de que haya desaparecido de la pantalla hasta la última línea de los créditos finales.

Es lo que sucede con «Mank«, una película rodada en blanco y negro, a la usanza del viejo celuloide, pero con cámaras digitales, añadiendo algo de suciedad y rayas a la imagen para darle ese toque vintage, que destaca en el catálogo de Netflix por no tener nada que ver con lo que uno esperaría encontrar en una plataforma de streaming de las llamadas palomiteras.

Siendo a priori una apuesta muy poco comercial, el último trabajo de David Fincher (nominado al Óscar a mejor director por “El curioso caso de Benjamin Button”, en 2008 y “La red social”, en 2010) es de esas películas con intención de trascender, no solo porque cuenta con una manufactura cinematográfica que aspira a estar a la altura del mejor cine clásico de los 40´s y 50´s (y, muy especialmente, de la película que es su objeto de estudio), sino por la historia que cuenta, que no es otra que la que obsesionaba a su difunto padre, el escritor Jack Fincher, la de la consagración y casi simultáneo descenso a los infiernos del célebre periodista, crítico teatral y guionista de la Metro Goldwyn Mayer, Herman J. Mankiewicz, recordado por su humor cínico y algo temerario (fue capaz de bromear sobre el trasero de Jack Warner en su presencia, siendo este uno de los más poderosos e irascibles productores de Hollywood), su genialidad y su notorio alcoholismo, cuyo mayor éxito había sido producir alguno de los trabajos de los Hermanos Marx, hasta que recibe el encargo de escribir el guion de una película para Orson Welles, por entonces “niño prodigio” del cine neoyorquino, haciendo de “negro” para él.

Así nació “Ciudadano Kane” (considerada una de las mejores, si no la mejor película que hasta ahora se haya hecho, que aún hoy sirve de ejemplo en las escuelas de cinematografía de todo el mundo y cuya autoría compartieron, a regañadientes, el propio Mankiewicz y su director y protagonista, Orson Welles, recibiendo un Óscar al mejor guion original, en 1941). Y es que, finalmente, el bueno de Mank decidió renunciar al dinero, pero no a la gloria de figurar como (co)autor del que, sin duda, fue el mejor trabajo de su carrera como escritor y guionista. Un argumento que, según nos cuenta David Fincher en su pelicula, Mankiewicz alumbró en tiempo récord, aislado del mundo, mientras se encontraba convaleciente de un accidente automovilístico que le dejó temporalmente inmovilizado.

El consagrado director de títulos tan memorables como “Alien” (1993), “Seven” (1995) o “El Club de la Lucha” (1999), además de tener un papel decisivo en la creación de exitosas series de televisión como “Mindhunter” o “House of Cards”, ambas de Netflix, utiliza como mera excusa argumental la ya legendaria polémica en torno a la verdadera autoría de “Ciudadano Kane” para hablarnos de un conflicto de mucho mayor interés humano y social: el que se le plantea a un hombre íntegro, un intelectual dotado de conciencia y de una lengua tan afilada como su pluma, con cierta tendencia a decir en todo momento lo que piensa, al desafiar con ello a quien era, por aquel entonces, el mandamás de la industria de Hollywood y prácticamente el dueño del país entero, como queda de manifiesto en la maravillosa escena en la que su amante, la explosiva pin-up Marion Davies (Amanda Seyfried no puede estar más convincente en su tierno papel de bobalicona actriz rubia platino, eterna aspirante a un rol protagónico que la consagre) confiesa, algo borracha e imprudente: “una vez, oí a papi ayudar a seleccionar el gabinete del presidente como el reparto de una película…”.

Ese “papi” no es otro que el todopoderoso magnate de la prensa: William Randolph Hearst (magníficamente bien interpretado por el actor británico Charles Dance, últimamente omnipresente en las series de streaming), siempre rodeado de una corte de aduladores comandada por su fiel escudero, el empresario cinematográfico y destacado miembro del partido republicano, Louis B. Mayer (Arliss Howard), igualmente magistral en su papel de redomado hipócrita, especialmente en la escena en la que pide sacrificios a los trabajadores de sus estudios, hasta salir de la recesión económica.

En ese ecosistema de Hollywood, rodeado de lujo, excesos y excentricidades, que Truman Capote definió tan bien como “la hoguera de las vanidades”, sobrevive a duras penas nuestro guionista charlatán, permitiéndose el lujo de discrepar en voz alta, como cuando establece la diferencia entre el socialismo y el comunismo (“el primero es el justo reparto de la riqueza, mientras el segundo reparte la pobreza”) ante los amigos de Hearst, una audiencia indignada (gran retrato de la clase pudiente de origen judío estadounidense que condena y se escandaliza por los crímenes del nazismo, al mismo tiempo que manifiesta su repulsión y rechazo hacia el comunismo bolchevique) que únicamente lo tolera como se tolera al bufón de la Corte, mientras al rey le haga gracia.

Algo que deja de ocurrir una noche aciaga en la que, estando como una cuba, Mank se pasa de la raya en una de sus cínicas alocuciones (emocionante Gary Oldman, en el que probablemente sea uno de los mejores monólogos que ha interpretado en el cine), recordándole a Hearst su pasado y comparándolo con una especie de Quijote moderno que, al igual que exige ahora que hagan otros, traicionó sus propios ideales por afán de poder.

Es así como Mank se convierte en un “apestado” (“estoy quemado” le confiesa a su hermano Joseph L. Mankiewicz), en castigo por haber olvidado la principal enseñanza de “la parábola del mono y el organillero” que, en esencia, viene a decir que los bufones de la corte deben callarse sus opiniones políticas, especialmente si son contrarias a los intereses de quien les da de comer.

Es evidente que Mankiewicz era uno de esos seres, dotado de enorme sensibilidad y talento, cuyo sentido de la integridad y la justicia le jugó malas pasadas a lo largo de toda su vida, predisponiéndolo al autosabotaje (formado en la escuela de cine de Berlín, se dice que estuvo involucrado en la resistencia al nazismo y que el mismísimo Goebbles llego a prohibir la exhibición en Alemania de las películas que llevaran su nombre en los créditos).

“Me he convertido en una rata en una trampa que he fabricado yo mismo, una trampa que voy reparando siempre que empieza a abrirse una brecha por donde escapar”, dicen que dijo cuando ya era un árbol caído. Una frase que sirve de broche final a la película de Fincher y que resume fielmente la esencia de cuanto en ella se expresa.

Título original: Mank

Año: 2020

Duración: 132 min.

País: Estados Unidos

Dirección: David Fincher

Guión: Jack Fincher

Música: Trent Reznor, Atticus Ross

Fotografía: Erik Messerschmidt (B&W)

Reparto: Gary Oldman, Amanda Seyfried, Arliss Howard, Charles Dance, Tom Burke, Lily Collins, Tuppence Middleton, Tom Pelphrey, Ferdinand Kingsley, Jamie McShane, Joseph Cross, Sam Troughton, Toby Leonard Moore, Leven Rambin, Madison West, Adam Shapiro, Monika Gossmann, Paul Fox, Jessie Cohen, Amie Farrell, Alex Leontev, Stewart Skelton, Craig Robert Young, Derek Petropolis, Jaclyn Bethany, Arlo Mertz

Productora: Netflix

Género: Drama. Biográfico. Años 30-40. Cine dentro del cine

THE CROWN. CUARTA TEMPORADA

Recién he terminado de ver la cuarta temporada de «The Crown», ese gran portento narrativo con el que Netflix está consiguiendo que, incluso quienes nos declaramos radicalmente republicanos, empaticemos con la familia real británica, cual si de personajes de un cuento de Dickens se tratara, presentándola como un desdichado conjunto de seres humanos, que nacen, viven y mueren como auténticos rehenes de la institución monárquica, condenados a honrarla, representarla y perpetuarla incluso por encima de sí mismos y de su propia felicidad personal.

Hace poco leí un artículo en el que se nos advertía de que no nos dejásemos engañar por los guionistas de la serie pues, aún haciendo un repaso histórico de primer nivel, extraordinariamente bien documentado, los hechos que se exponen en ella están obviamente novelados, en beneficio de que cuente con todos los ingredientes que se supone debe tener un buen drama de ficción, que es lo que al final es «The Crown», en un sentido magistral, y no una lección de Historia en sentido literal, como si la Historia que se consagra en los libros y se cuenta en las escuelas estuviese libre de interesadas interpretaciones.

En todo caso, conviene tener en cuenta la advertencia pues, si bien es verdad que la serie traza un perfil psicológico algo retorcido de los miembros de la Casa de Windsor, describiéndolos como personas atormentadas, intelectualmente limitadas y emocionalmente castradas desde la cuna, egoístas, ególatras, adorados por su pueblo y, sin embargo, tan faltos de amor, fervientes devotos de su deber para con la Corona y el mantenimiento de la tradición de la que emanan sus privilegios (aunque en ocasiones se rebelen, como el príncipe Carlos, la princesa Ana o la princesa Margarita, movidos por los impulsos del corazón); no es menos cierto que al presentarlos así, exhibiendo todas esas bajas pasiones e indeseables impulsos y atributos, curiosamente consigue dulcificarlos bajo la apariencia de ser hombres y mujeres de carne y hueso, esencialmente humanos y, como tal perfectibles, capaces de lo mejor y lo peor, con grandes defectos y no menos grandes virtudes, singularmente en el caso de la reina Isabel, siempre emocionalmente contenida, pero no totalmente insensible o incapaz de amar, implacablemente dispuesta a sacrificar la felicidad de sus seres más próximos, incluso la de sus propios hijos, por el gran sentido del deber que rige su vida, como desde bien niña le enseñaron a hacer.

Lo verdaderamente curioso de «The Crown» es que, aún haciendo un retrato nada complaciente de la monarca, acabe imponiéndose el «God save the Queen» y el personaje de la reina resulte tan absurdamente anacrónico, como simpático o entrañable.

En esta cuarta temporada, su figura se mide con la de la Primera Ministra Margaret Thatcher (la primera mujer en acceder a ese cargo en el Reino Unido) y, como era de esperar tratándose de dos mujeres con tanto poder como ego, asistimos a una auténtica «pelea de gatas» de la que Lilibeth sale victoriosa. «En el ring, la reina ha fundido a la dama de hierro», se llega a decir en uno de los capítulos, otorgándole cierta heroicidad y evidente superioridad a la soberana británica frente a una Margaret Thatcher a quien se describe, en su ascenso y caída, como una mujer poliédrica y errática, sagaz e intransigente como Primera Ministra, trabajadora infatigable, madre complaciente y consentidora (sobre todo del hijo varón, de quien habla abiertamente como “su favorito”) que acaba saliendo de Downing Street con el rabo entre las piernas tras haber cosechado una legión de enemigos en sus propias filas y una medalla al mérito en el pecho, en un último acto de condescendiente generosidad de Su Graciosa Majestad.

Comparto, en ese sentido, el análisis de Carlos Boyero de que la serie le hace un gran favor a la Corona británica, cuya imagen es evidente que sale favorecida y fortalecida de la misma. Sin embargo, no creo que sea algo premeditado ni que responda a una estrategia de marketing preconcebida desde el Palacio de Buckingham, sino simplemente el resultado de lo que el gran público ha decidido que sea digno de admiración hoy. Como el contenido y nivel de seguimiento de las redes sociales se encarga de demostrar, la imperfección humana, el presentarnos ante la audiencia en toda nuestra vulnerable esencia, adornados tanto con nuestras reales o impostadas virtudes, como con nuestros más inconfesables defectos, ridículos, absurdos, debilidades y contradicciones, es un «must» en los tiempos que corren y «The Crown» hace justamente eso con la familia real británica. Exhibirlos en toda su adorable, descarnada, temible, monstruosa y poco ejemplar humanidad.

FICHA TÉCNICA:
 
Título original: The Crown (TV Series)

Año: 2016

Duración: 6 Temporadas. Episodios 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron

Guión: Peter Morgan, Tom Edge, James Graham

Música: Rupert Gregson-Williams

Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt Birkeland

Reparto:
Claire Foy, Matt Smith, John Lithgow, Olivia Colman, Vanessa Kirby, Tobias Menzies, Josh O'Connor, Emma Corrin, Helena Bonham Carter, Gillian Anderson, Imelda Staunton, Elizabeth Debicki, Dominic West, Jonathan Pryce, Lesley Manville, Victoria Hamilton, Ben Miles, Jared Harris, Jeremy Northam, Alex Jennings, Eileen Atkins, Charles Dance, Pip Torrens, Marion Bailey, Harriet Walter, Lia Williams, Greg Wise, Harry Hadden-Paton, Andy Sanderson, Michael Culkin, Nicholas Rowe, Simon Chandler, Stephen Dillane, Clive Francis, Patrick Ryecart, Paul Sheridan, David Shields, Kate Phillips, Derek Jacobi, Geraldine Chaplin, Matthew Goode, Daniel Ings, Beau Gadsdon, Michael C. Hall, Jodi Balfour, Ben Daniels, David Rintoul, Jason Watkins, Tom Burke

Productora:
Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International

Género: Serie de TV. Drama | Histórico. Biográfico. Política

VIDA OCULTA

«Vienen tiempos oscuros y los hombres serán más astutos. Ya no lucharán contra la verdad. La ignorarán».

Es una de las frases con mayor carga de profundidad y aplicables a la actualidad que he podido rescatar de «Vida Oculta«, la larguísima película de Terrence Malick, («El árbol de la vida«, 2011), en la que se narra la historia del campesino Franz Jägerstätter, quien se negó a servir en el ejército alemán al ser llamado a filas para combatir en la II Guerra Mundial y a prestar juramento de fidelidad a Hitler, siendo condenado a muerte por ello y posteriormente beatificado por la Iglesia Católica, pues su objeción de conciencia estaba motivada por su férrea e inquebrantable fe en el cristianismo.

En la más pura tradición del ultracatolicismo bávaro, la película de Malick resulta tan hermosa y poética a nivel visual -con las verdes montañas austríacas y la infaltable iglesia con la bóveda de cebolla, de telón de fondo-, como excesivamente mística en la exposición de un relato que se regodea -hasta la extenuación- en el conflicto existencial y espiritual que se le plantea a este buen hombre, decidido a mantenerse fiel a sus principios -no ya para salvar el mundo, sino su propia conciencia- y cuya estoica actitud de resistencia acarrea inevitables, irreparables y dolorosas consecuencias para él mismo y para sus más allegados, su valiente y devota mujer Fani y sus tres hijas, pero también su madre, su cuñada y hasta sus propios vecinos, que antes lo consideraban uno de los suyos y acaban despreciándole por traidor a la patria.

La decisión de Franz de no colaborar con los crímenes del ejército del Reich aunque ello le cueste la vida se resume en una idea expresada por su suegro en un momento del filme: «Mejor ser víctima de una injusticia que cometerla» y viene a sumar un testimonio más a la ya nutrida lista películas de manufactura germana que, al cabo de los años transcurridos, quieren redimir el buen nombre del pueblo alemán -y austríaco- poniendo de relieve que no todo el mundo se sumó a la locura exterminadora de los nazis. Hubo valientes como Franz que no lo hicieron y cuya memoria -que ha permanecido oculta- merece ser honrada, aún a sabiendas de que un solo hombre no puede cambiar el rumbo de la historia.

Título original: A Hidden Life

Año:2018

País de origen: Alemania / Estados Unidos

Dirección y guion: Terrence Malick

Fotografía: Jörg Widmer

Reparto: August Diehl, Valerie Pachner, Michael Nyqvist, Jürgen Prochnow, Matthias Schoenaerts, Bruno Ganz, Martin Wuttke, Maria Simon, Franz Rogowski, Tobias Moretti, Ulrich Matthes, Max Mauff, Johan Leysen, Sophie Rois, Karl Markovics, Alexander Radszun, Nicholas Reinke.

Productores: Elizabeth Bentley, Dario Bergesio, Grant Hill, Josh Lanzar y Marcus Alojas. Studios de Babelsberg

Género: Cine bélico. Biográfica