AVI & AVA

No recuerdo en qué lugar leí una vez que, más que para el amor, los seres humanos estamos programados para compartir soledades, pero debe de ser cierto a juzgar por cómo personas malheridas, cuyo corazón y autoestima han resultado gravemente dañados por la arriesgada experiencia de amar, reinciden una y otra vez en el intento de vivir en pareja, incluso resultando tan complicado conciliar mundos tan distintos y distantes, como los de “Ali & Ava” (“los protagonistas más inesperados de una historia de amor imposible”, según se ha escrito en algún portal digital). Personajes cuyos nombres de pila dan título a la cuarta película de la cineasta británica Clio Barnard, presentada en la Quincena de Realizadores de la última edición del Festival de Cannes y nominada a los Premios Bafta de este año, en las categorías de Mejor Película Británica y Mejor Actor Protagonista.

Con pleno dominio de la narrativa del cine de carácter social centrada en la vida de gente sencilla, común y corriente (cuyo máximo exponente en el Reino Unido es Ken Loach), Barnard nos cuenta la emotiva historia de un hombre y una mujer de mediana edad, pertenecientes a distintas etnias que a duras penas conviven en el extrarradio de cualquiera de las grandes urbes europeas de hoy en día. En este caso Londres, donde Ali (Adeel Akhtar), un dj de origen pakistaní reciclado en buscavidas que ocasionalmente ejerce de taxista o de recaudador de alquileres, perteneciente a una familia conservadora a la que no se atreve a confesar que, aunque sigue viviendo bajo el mismo techo que su joven y bella esposa (también de origen indio-bangladeshí), ya no comparten el mismo lecho; y Ava (Claire Rushbrook), víctima de violencia de género, madre de cuatro hijos de distinto padre (uno de ellos skinhead), joven abuela y profesora auxiliar de una escuela pública infantil, se conocen manera casual y entablan una relación de amistad que pronto pasa a mayores.

A simple vista se observa que se trata de dos buenas personas que no tienen casi nada en común, cuyo primer nexo de unión sin embargo es la música que les sirve de catarsis y de refugio emocional ante una vida que no ha sido demasiado benévola con ellos. Aunque, también en eso, se impone la diferencia entre ambos, pues mientras a ella le van el country y el folk de Karen Dalton que la conecta con sus orígenes irlandeses, Alí disfruta con ritmos más contemporáneos, como el punk o el rap, que tienen para el un efecto casi curativo, pues le ayudan a relajarse y a descargar la frustración acumulada, especialmente desde la dolorosa pérdida del bebé que esperaba con su mujer, Runa (Ellora Torchia) y la decisión de esta de separarse de él, un hecho que no termina de aceptar.

Por las rendijas de esta relación de amor adulto, Barnard cuela con sutileza las distintas problemáticas sociales a las que deben hacer frente los habitantes de estos suburbios, pintando un cuadro casi hiperrealista de ese entorno de gente humilde y trabajadora, de clase social baja, en donde la desigualdad social, la ignorancia y la pobreza se convierten en caldo de cultivo del racismo, el odio y la intolerancia y en el que se hace difícil sobrellevar determinados problemas psicológicos, derivados o no del propio estrés que genera el contexto social, como el principio de autismo de Sofía, la hija de los inquilinos eslovacos de Ali, a la que Ava sirve de profesora de apoyo en una escuela pública que visiblemente apuesta por la integración, o el de su amiga y vecina que padece un trastorno bipolar de la personalidad.

Frente a ello, la película quiere ser un canto a la solidaridad y a la aceptación del otro sin reservas, con su cultura, su religión, su presente y su pasado incluidos. Así como un homenaje al concepto más contemporáneo de familia, valiéndose de la música (desde temas de Sammi Smith, The Specials, los Buzzcocks o Bob Dylan, hasta un concierto de piano de Rachmaninoff), como punto de unión y de hermandad de todas las razas, al atribuirle el poder de eliminar las diferencias y crear un lugar de encuentro.

Nacida al norte de Inglaterra, Barnard recuerda cómo cuando era joven, en los años 80, había allí «un racismo muy explícito». «The Specials, un grupo que escuchábamos, eran antirracistas y muy buenos a la hora de reunir facciones con gustos muy diferentes. La ironía es que muchos de los skinheads que eran explícitamente racistas entraron en la música jamaicana y el ska», contaba la directora con motivo de la presentación de la película y, tras verla este fin de semana, no he podido evitar acordarme de la manera en la que los ritmos caribeños de origen afroamericano (la salsa, el merengue, la bachata…) y sus derivadas contemporáneas (el reguetón o el latin trap) se han popularizado en la última década, poniendo a bailar y a inventar coreografías en Tik Tok a millones de fans de origen caucásico alrededor de medio mundo.

La cineasta británica se esmera en convencernos de que la música puede acercarnos a una cultura desconocida y ayudarnos a vencer así los prejuicios y las barreras del rechazo. Aunque mucho me temo que el problema del racismo hunde sus raíces mucho más profundo, pues detrás de él se esconden en realidad actitudes clasistas, que es lo que hace que no reciba el mismo trato un rapero negro multimillonario que un africano del “top manta”.

Con todo, “Ali & Ava” es una película bien contada y bien intencionada, que habla con inteligencia y delicadeza de las complejidades de la vida, de los prejuicios, los desequilibrios mentales, la violencia y el desarraigo de ese duro mundo de extrarradio en el que la inmigración juega un papel predominante y de las dificultades de volver a enamorarse a cierta edad, de cómo surge el afecto y el deseo entre dos personas adultas de razas y etnias diferentes que ya llevan una vida con algunas cicatrices y responsabilidades a sus espaldas, con lo que ello implica de renovada ilusión por tener una nueva oportunidad en el amor y de temor ante la posibilidad real de sufrir un nuevo fracaso.

Las magníficas actuaciones de sus protagonistas, Akhtar y Rushbrook (dos excelentes intérpretes normalmente condenados a roles secundarios), que lo dan todo a nivel expresivo y la cautivadora química entre ambos son, en este sentido, sin duda lo más destacable de esta, quizá ingenua, pero honesta, tierna y compasiva historia de amor romántico.

Título original: Ali & Ava

Año: 2021

Duración: 95 min.

País: Reino Unido

Dirección: Clio Barnard

Guion: Clio Barnard

Música: Harry Escott

Fotografía: Ole Bratt Birkeland

Reparto: Adeel Akhtar, Claire Rushbrook, Ellora Torchia, Shaun Thomas, Natalie Gavin, Mona Goodwin, Krupa Pattani, Vinny Dhillon, Tasha Connor, Macy Shackleton

Productora: BBC Films, BFI Film Fund, Moonspun Films

Género: Drama romántico.

MEMORIAS DE UNA GEISHA

Resulta abrumadora la cantidad de best sellers cuyos derechos de explotación terminan en manos de productores cinematográficos para su adaptación al lenguaje audiovisual. Es el caso de “Memorias de una Geisha”, el reverenciado libro publicado en 1997 por Arthur Golden, adaptado al cine por Rob Marshall en el año 2005.

Para quienes no lo hayan leído y se animen a ver la película que se acaba de añadir al catálogo de Netflix, digamos que se trata de un encomiable (aunque no del todo atinado) esfuerzo del director de la cuarta entrega de “Piratas del Caribe” y “Nine”, que entonces venía de triunfar con el musical «Chicago«, por recrear en vistosas imágenes la conmovedora historia de Sayuri, nombre ficticio de Mineko Iwasaki, una anciana japonesa afincada en Nueva York quien, partiendo de una mísera infancia, llegó a convertirse en una de las geishas más reputadas del Japón de entreguerras donde aún resonaban los ecos feudales, si bien las tradiciones ancestrales empezaban a desdibujarse al entrar en contacto con el mundo moderno, especialmente con el arribo de los marines norteamericanos tras la Guerra del Pacífico.

Se supone que, poco antes de morir, la vieja geiko le contó su vida al autor estadounidense bajo la promesa de que jamás revelaría su identidad, una cuestión de honor en el milenario oficio japonés. Pero Golden no solo incumplió su promesa mencionándola en los agradecimientos, a raíz de lo cual Iwasaki recibió numerosas amenazas y críticas por haber violado el código de silencio de las geishas, sino que, para disgusto de esta, el autor terminaría tergiversando el relato de sus memorias, por lo que la anciana lo demandó y lo llevó ante los tribunales de justicia, alegando que Golden daba en su libro una falsa imagen de las geishas describiéndolas como prostitutas de lujo que venden su virginidad. Al final todo se resolvió “amistosamente” con una cuantiosa suma de dinero que Golden le concedió a Iwasaki y el libro resultó ser un rotundo éxito mundial editado en más de 26 idiomas y llegando cautivar a millones de lectores de los cinco continentes.

Al igual que la publicación del libro, la esperada versión cinematográfica tampoco estuvo exenta de controversia al momento de su estreno. La crítica la tachó de superficial y afeó que, tratándose de personajes femeninos japoneses, las actrices principales fuesen de origen chino, lo que no impidió que la película de Rob Marshall se hiciese acreedora de tres Premios Oscar (Mejor fotografía, vestuario y dirección artística), tres BAFTA (Mejor música, fotografía y vestuario) y un sin fin de nominaciones y otros galardones.

A medio camino entre una novela de Dickens y el cuento de la Cenicienta, se trata de una fábula romántica de maneras folletinescas, cuyo argumento se remonta al año 1929, cuando Chiyo Sakamoto (Suzuka Ōgo), una niña de nueve años y exóticos ojos azules rasgados, hija de una humilde familia de pescadores, es vendida junto a su hermana mayor a una afamada casa de lenocinio del célebre distrito de Gion (la Okiya de Nitta), en la ciudad de Kyoto, donde las jóvenes se preparaban para ser Geishas. Para unos, el equivalente oriental de las escorts de hoy en día, prostitutas de lujo o “señoritas de compañía”; para otros, auténticas muñecas de porcelana envueltas en kymonos de seda oriental, mujeres elegantes, sofisticadas y enigmáticas de pies pequeños, cultivadas en múltiples talentos asociados al arte de la seducción.

Empleada como sirvienta dada su corta edad y su falta de refinamiento y buenos modales, los comienzos de la pequeña Chiyo en la ciudad son duros, ya que debe pagar con sus servicios la deuda contraída por su manutención. Su hermana Satsu (Samantha Futerman) no es aceptada en la Okiya, por lo que acaba en un burdel de baja estofa y nunca más vuelven a verse. Pero un encuentro fortuito con el que se convertirá en el gran amor de su vida, el presidente (Ken Watanabe), quien la consuela comprándole un granizado de cereza, hará que desde ese instante su único deseo sea convertirse en una famosa Geisha para estar más cerca de este y así se lo pide a los dioses que acaban respondiendo a sus plegarias.

En casa de Nitta (Tsai Chin), Chiyo conoce a Calabaza (Zoe Weizenbaum/Youki Kudoh), otra niña destinada a ser “maiko” (aprendiz de geisha) siguiendo el ejemplo de algunas que les precedieron antes, como la desafiante, competitiva y rebelde Hatsumomo (Gong Li) y su rival Mameha (Michelle Yeoh), dos de las geikos más cotizadas del momento. Es precisamente esta última quien se hace cargo de su instrucción. Un proceso no exento de dolor y sacrificio, a través del cual se nos descubre un mundo secreto dominado por las bajas pasiones y sostenido por las apariencias, en el que la sensualidad y la belleza van aparejadas a la sumisión y el sometimiento, y en donde las jóvenes aspirantes son duramente adiestradas para seducir y, con suerte, hacerse con un acaudalado “benefactor”, vendiendo su “mizuage” ( ceremonia que marcaba el paso de maiko a geisha, es decir, el paso a la edad adulta, mediante la «desfloración ritual» o pérdida de la virginidad) y teniendo que renunciar al ideal del amor romántico que para ellas no es más que un espejismo.

Rebautizada como “Sayuri” al dar el salto de niña a mujer, Chiyo (Zhang Ziyi) no solo consigue su objetivo de convertirse en la geisha más famosa y deseada de la ciudad tras haber subastado su virginidad al mayor precio que hasta ese día se hubiese pagado, sino que logra captar la atención del hombre al que ama en secreto, varias décadas mayor que ella. Pero ambos deberán enfrentarse a no pocos malentendidos antes de poder estar juntos.

Acostumbrado a cultivar viejos géneros del cine clásico, Rob Marshall, cuya especialidad son los musicales, se rodea de los mejores profesionales (el fotógrafo australiano Dion Beebe, el editor italiano Pietro Scalia, el diseñador John Myhre, la vestuarista Colleen Atwood y el célebre compositor estadounidense John Williams, el favorito de Steven Spielberg que casualmente es el productor de “Memorias de una Geisha”) y, como es lógico, maneja con corrección y maestría los aspectos técnicos de la producción. Incluso hay escenas que, por sí solas, resultan impecables a nivel narrativo, como toda la inicial de la transacción entre el padre de las niñas y el tratante que las “coloca” en los lupanares de la ciudad; o muy notables a nivel estético, como cuando Sayuri baila agitando un par de abanicos en su presentación, las escenas en los jardines japoneses con los sakura en flor, el granizado de cereza que la pequeña Chiyo utiliza a modo de carmín, la secuencia de las telas rojas en el río durante la guerra o la desgarradora danza en el teatro, bajo la nieve simulada. Pero ni el ambicioso diseño de producción y dirección artística, ni el cuidado despliegue visual de la película, ni el admirable esfuerzo interpretativo de las bellísimas actrices encabezadas por Zhang Ziyi, Michelle Yeoh y Gong Li, consiguen atenuar las carencias de una versión cinematográfica que, en líneas generales, resulta demasiado fría, prefabricada y artificial, cuyo argumento claramente se ha “estupidizado” para resultar atractivo como blockbuster o “guía fácil para espectadores ávidos de morbo y exotismo oriental”.

De su visionado se desprende que, para Rob Marshall, las Geishas son obras de arte en movimiento, un souvenir para autóctonos y forasteros, y poco más. Su mirada turística, poco documentada en la cultura japonesa, hace que a lo largo de 145 minutos de metraje que resultan eternos, construya una especie de parque temático de una extraordinaria belleza, pero donde el análisis social e histórico brillan por su ausencia, la trama sentimental responde a una mentalidad adolescente y se abusa excesivamente del concepto nipón del arte de la contemplación.

El director se preocupa excesivamente de que el filme sea digerible para el público occidental, eliminando cualquier complejidad asociada al contexto sociocultural o temporal en el que transcurre la historia. Incluso el idioma. De ahí que las frases en japonés se puedan contar con los dedos de una mano, por no hablar de la decisión de rodar la película con actrices asiáticas hablando en inglés, comprensible en términos comerciales, pero desastrosa a efectos de la trama, pues el idioma es capaz de expresar muchas cosas y muchas de las supuestas japonesas de la película no solo hablan en inglés, sino que actúan como perfectas occidentales.

Adicionalmente, los usos sociales y cualquier seña de localismo están mediatizados por un absurdo afán didáctico y un pintoresquismo for export que hace que la película carezca por completo de la fascinación, el encanto, el enigma, las contradicciones y sutilezas que rodean a una figura avalada por una tradición milenaria, como la Geisha, lo cual se hace notar especialmente en el desenlace de la historia, donde toda la complejidad emocional del personaje de la protagonista y el sórdido mundo que se esconde tras esa mezcla de artista, seductora profesional y acompañante leal y servicial que coquetea con la prostitución es destrozado para obsequiarnos con el clásico happy end introducido con calzador, a fin de convertir una historia real que incluye aspectos tan duros como la trata de menores, el proxenetismo o el asunto de la virginidad y su venta al mejor postor, en una trama edulcorada más friendly, como si de una princesa Disney se tratara.

En definitiva, una película visualmente hermosa que no emociona. Puro papel de celofán.

Título original: Memoirs of a Geisha

Año: 2005

Duración: 145 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Rob Marshall

Guion: Robin Swicord. Bas. Arthur Golden

Música: John Williams

Fotografía: Dion Beebe

Reparto: Zhang Ziyi, Suzuka Ohgo, Gong Li, Samantha Futerman, Mako, Elizabeth Sung, Kaori Momoi, Kotoko Kawamura, Ken Watanabe, Kôji Yakusho, Michelle Yeoh, Youki Kudoh, Zoe Weizenbaum...

Productora: Columbia Pictures, DreamWorks SKG, Spyglass Entertainment, Amblin Entertainment. Streaming: Netflix.

Género: Romance. Drama romántico

LOS PERDONADOS

La escena que da inicio a “Los perdonados”, la nueva película del realizador británico John Michael McDonagh («Calvary” y “El irlandés”), no puede ser más sugerente en su concepción estética, ni más potente y reveladora desde un punto de vista narrativo.

Adaptación de la novela homónima de Lawrence Osborne, tras los inusuales créditos iniciales (que son los que habitualmente se colocan al final, con agradecimientos y todo el staff técnico que ha participado en la película incluidos, como se hacía en los clásicos de antaño), vemos a una sofisticada pareja británica bebiendo champagne y cruzando el estrecho a bordo de un barco de bandera española con destino a Marruecos.

Apenas un breve cruce de impresiones entre ambos personajes y esa expresión lánguida y ausente, de profundo desdén, que tanto el excepcional Ralph Fiennes (“El Paciente Inglés”), como la elegante Jessica Chastain (ganadora del Oscar por “Los ojos de Tammy Faye”) exhiben a lo largo del filme, son suficientes para hacernos comprender que David y Jo Henninger forman un matrimonio en crisis. Él, un reputado médico pagado de sí mismo y cargado de prejuicios intelectuales, sociales y raciales, que últimamente se enfrenta a varias demandas de pacientes por negligencia; ella, una escritora de libros infantiles que ya nadie lee, atrapada en un matrimonio que agoniza.

La pareja viaja desde Londres al norte de África para participar, junto a otros burgueses, políticos, periodistas y celebrities ingleses, franceses y neoyorquinos, no menos esnobs, de la exótica soirée organizada por Richard (Matt Smith) y Dally Margolis (Caleb Landry Jones), unos excéntricos amigos homosexuales, en la villa de lujo que uno de ellos ha adquirido en mitad del desierto.

Tras una breve parada para reponer fuerzas en Tánger, en la que David bebe demasiado alcohol, como acostumbra, dando rienda suelta a su implacable cinismo, y en la que marido y mujer mantienen un diálogo ácido e hiriente, cargado de reproches y de displicente ironía, evidenciándose la mala relación entre ambos, este insiste en ponerse al volante del coche de alquiler para llegar cuanto antes a la casa de sus amigos. Un trayecto de varias horas que emprenden ya siendo noche cerrada, por caminos desconocidos y polvorientos, hasta que repentinamente la fatalidad sale a su encuentro, atropellando a un joven vendedor de fósiles que deambula por la carretera, algo habitual en la zona, ya que lo que hoy es un desierto en su día fue un mar y en las inmediaciones de la ciudad marroquí de Anza abundan los restos de fauna y flora petrificada cuya venta a los turistas incautos permite a sus moradores subsistir.

A resultas de la colisión, el chico muere en el acto y los Henniger, presa del pánico, deciden cargar el cadáver en el asiento trasero del coche y seguir conduciendo hasta la casa de Richard, con la esperanza de que éste los ayude a evitar las consecuencias del fatal accidente, como en efecto así ocurre, sin demasiado esfuerzo por su parte.

Ante el aparente desinterés de la Policía local por investigar lo ocurrido, el cuerpo sin vida de Driss (Omar Ghazaoui), que así se llama el muchacho fallecido, (quien resulta ser el hijo único de un líder bereber) se descompone por efecto del calor sofocante en el garaje del antiguo palacete, con la única compañía de un ventilador y del personal de servicio, a la espera de que su familia lo reclame, mientras los planes del fin de semana festivo siguen adelante según lo previsto. Cuestión que deja pronto al descubierto las intenciones del director y guionista de la película, quien podría haber hecho que marido y mujer optasen por darse a la fuga o por intentar ocultar el crimen pero, en lugar de eso, decide mostrarnos la forma en la que sus protagonistas gestionan la culpa en un mundo que los exonera de ella en función de su situación de privilegio, asumiendo un discurso crítico y moralizante, de marcado carácter social, que deja al descubierto la desidia de un sistema policial corrupto que opta por mirar hacia otro lado cuando las víctimas son de origen humilde.

A partir de ese momento, «Los perdonados» se convierte en un despiadado retrato de la alta burguesía y la jet set occidentales, que se comporta de manera hedonista, desconsiderada e irracional, en un ecosistema propio del período colonial que el director se esfuerza por acercar al presente, con una estética excéntrica y algo surrealista que por momentos recuerda a las mejores pelis de Luis Buñuel o de Federico Fellini (de hecho, tanto el matrimonio protagonista, como la pareja de anfitriones y el resto de los invitados al ágape obsesionados con pillarse «un ciego» de fin de semana con el consumo de alcohol y otras substancias y olvidarse del resto del mundo, bien podrían haber sido personajes de “El ángel exterminador” o “El discreto encanto de la burguesía”), para recordarnos que ciertas cosas nunca cambian, como la sensación de impunidad de la clase pudiente. 

El guion se esfuerza por trasladarnos continuamente la tensión entre “la civilización” occidental y la cultura autóctona de credo musulmán, construyendo unos diálogos que pecan de cierta intencionada obviedad, plagados de etiquetas, prejuicios y lugares comunes en ambas direcciones, como el leal y fiel sirviente que habla con sabiduría ancestral a través de aforismos, al que su compañero recomienda abrirse una cuenta de Twitter, o cuando David recuerda a Jo que los musulmanes tratan a sus mujeres “como burros de carga” o intenta desmitificar la fascinación que sienten los occidentales por la cultura islámica desde los cuentos de «Las mil y una noches», recordando que los grandes escritores, desde Oscar Wilde hasta Paul Bowles, han visto siempre a Marruecos como un oasis de lujuria y perversión, un decorado exótico de sofocante sensualidad y exuberante magnetismo, en el que, desde Truman Capote a Gore Vidal o William Burroughs dieron rienda suelta a sus más inconfesables deseos y apetencias. Lo que, en el caso de algunos destacados literatos homosexuales franceses, como Jean Genet, Michel Foucault o Roland Barthes, Todd Shepard denomina “el homoerotismo francés hacia los árabes” siendo, en su mayoría, fornicadores y pederastas. Una conducta que, a los ojos de los marroquíes, nos hace parecer impuros, gente de moral degradada por toda clase de vicios y, por tanto, dignos de desprecio y merecedores de que escupan en nuestra bebida, como vemos hacer a uno de los sirvientes de la casa.

La tensión entre ambos mundos se corta con cuchillo cuando hace su aparición el padre de Driss (Ismael Kanater), quien se presenta a reclamar su cuerpo con la intención de darle sepultura en las arenas del desierto, conforme manda la tradición de su pueblo. Desolado, Abdellah no está dispuesto a aceptar una indemnización económica por lo ocurrido. A cambio, exige resarcir el daño poniendo como condición a David, el autor material de su muerte, que le acompañe a enterrar y llorar a su hijo, con la promesa de traerle de vuelta en un par de días.

Aunque algo renuente y temeroso por su integridad física, David decide a regañadientes acompañar a los familiares del chico, emprendiendo un viaje iniciático de 48 horas que supone una mudanza espiritual tanto para sí mismo, como para Jo, aunque por distintas razones.

Cuando ambos parecen haberse entregado a los placeres de la banalidad, David se ve obligado a salir de su zona de confort para asumir el resultado de sus acciones y expiar su culpa, sumergiéndose en la realidad de un pueblo nómada, abierto a conocer, entender y empatizar con el dolor causado y exponiéndose por primera vez a ser vulnerable. Para Jo, esas 48 horas resultan también un punto de inflexión, embarcándose en una fugaz aventura extramatrimonial con Tom Day (Christopher Abbott), un joven atractivo y mundano, analista de inversiones en la Bolsa de Nueva York, que conseguirá despertarla de su letargo.

Al igual que ocurriera con Port y Kit Moresby en “El Cielo Protector”, tanto David como Jo se sumergen en los misterios el desierto del Sahara que se convierte en un protagonista más de la historia. Un oasis para el espíritu en el que los turistas occidentales son incapaces de encajar y que, sin embargo, les fascina aunque no logran comprender.

Como observa acertadamente Borja Crespo en El Correo, “a McDonagh, irlandés de pura cepa, le gusta bucear con la cámara en la soledad existencial y los dilemas morales”. De ahí que el personaje de David se vea atrapado en el tormento de haber acabado con la vida de una persona y la aparente impunidad que su acomodada posición le otorga.

Con un elenco y unas interpretaciones excepcionales, entre las que destaca la del magnífico Ralph Fiennes y la credibilidad de las actuaciones del elenco marroquí, en el que deslumbran con luz propia Saïd Taghmaoui, Ismael Kanater y Mourad Zaoui, “Los perdonados” es un thriller psicológico que llega a salas comerciales tras su paso por el Festival de Toronto, en el que sutilmente se muestra cómo la capacidad de redención, el concepto del honor o la necesidad de vivir en paz con uno mismo, no entienden de dinero.

Evocando el espíritu de filmes como «El talento de Mr. Ripley» o «Las dos caras de enero«, McDonagh aborda todo ello bajo la elegante capa del cine de suspense y realiza un recomendable thriller psicológico de factura clásica, echando mano de unos escenarios de belleza exuberante y decadente, gracias a un diseño de producción espléndido, obra de Willem Smith y a una fotografía cuidada al milímetro que evoca los ardientes atardeceres de ‘El paciente inglés‘ o ‘El cielo protector‘, de Bernardo Bertolucci, a los que acompaña una inquietante banda sonora compuesta por Lorne Balfe que introduce la sensación de que algo terrible puede suceder en cualquier momento.

Título original: The Forgiven

Año: 2021

Duración: 117 min.

País: Reino Unido

Dirección: John Michael McDonagh

Guion: John Michael McDonagh. Novela: Lawrence Osborne

Música: Lorne Balfe

Fotografía: Larry Smith

Reparto: Ralph Fiennes, Jessica Chastain, Caleb Landry Jones, Saïd Taghmaoui, Matt Smith, Abbey Lee, Mourad Zaoui, Ismail Kanater, Christopher Abbott, Alex Jennings, Marie-Josée Croze, David McSavage, Ben Affan...

Productora: House of Un-American Activities, Brookstreet Pictures, Head Gear Films, Metrol Technology, Assemble Media, Kasbah-Film Tanger, Lipsync Productions

Género: Drama. Thriller psicológico.

PERSUASIÓN

Como un personaje pirandelliano “en busca de autor”, Dakota Johnson es una actriz en ciernes que anda a la caza de un proyecto cinematográfico solvente que consagre definitivamente su carrera y nos permita apreciar al fin, no sólo su pedigrí como hija y nieta de intérpretes de fama mundial (su abuela es Tippi Hedren, musa de Alfred Hitchcock en «Los Pájaros«, y sus padres Melanie Griffith y Don Johnson), sino su talento, caso de que lo hubiere. Pero, una vez más, ha fracasado en el intento. Y van…

Por más que la casta y soporífera “Persuasión”, estrenada esta semana en Netflix, la ayude a desprenderse del sambenito erótico de la saga de “50 Sombras de Grey” que la lanzó al estrellato y del fracaso de otros títulos igual de irrelevantes que han venido después, como “Personal Assistant”, “Bailando por la vida” o “La hija oscura”, donde su actuación -eclipsada por la gran Olivia Colman- ha sido bastante poco destacable, tampoco esta vez puede decirse que la primogénita de la pareja formada por la ex de Antonio Banderas y el coprotagonista de “Miami Vice” haya dado la campanada.

Y eso que la película de Carrie Cracknell (directora de larga experiencia en el teatro británico) lo apuesta todo a su rol protagónico -rodeándola de un reparto más que anodino para su exclusivo lucimiento- y sobre todo a su belleza, con abundantes primeros planos en los que su personaje sostiene un absurdo y cansino diálogo con el espectador, recuperando la idea de romper la cuarta pared que pusieron en práctica, mucho antes y con bastante mayor acierto, otras series de gran éxito, como la estadounidense “House of Cards” o la británica “Fleabag”.

Y ese es precisamente parte del problema. Que todo en esta adaptación fallida de la novela póstuma de Jane Austen -la peor de cuantas se hayan hecho (y son bastantes) hasta la fecha, a decir de algunos críticos- resulta poco original, nada genuino, impostado, anacrónico, errático, innecesario… y, en definitiva, poco creíble.

Más que un desgarrador drama romántico de época, llamado a convertirse en un clásico de culto, como antes lo hicieran las adaptaciones de “Sentido y Sensibilidad”, “Orgullo y Prejuicio” o la más reciente versión de “Emma” protagonizada por Anya Taylor-Joy; “Persuasión” es una película desubicada en el tiempo. Una caricatura sinsorga, oportunista y extemporánea, elaborada a dictado del algoritmo, copiando de aquí y de allá lo que en otras películas o series ha dado resultado en el último lustro, como esa irritante manía de la protagonista (Dakota Johnson) de hacernos partícipes de sus pensamientos en voz alta, mirando cada tres minutos a cámara; o la estética colorista y la inclusión de un elenco «diverso» de actores y actrices de descendencia asiática o africana, rompiendo los esquemas raciales de la Gran Bretaña del siglo XIX, tendencia inaugurada en “Los Bridgerton”, que ejerce una indisimulada influencia en su concepción y desarrollo.

Como advierte Agalia Berlutti en Hipertextual: “Es evidente que Cracknell deseaba emular el brillante ingenio de la serie de Shonda Rhimes y narrar su historia utilizando la misma energía efervescente de Los Bridgerton. Pero el guion carece del encanto y de la habilidad para llevar la obra de Austen a los mismos lugares que la popular serie”, aunque ambas historias compartan el mismo espacio y tiempo de la regencia inglesa.

Si bien entre sus virtudes cabe destacar una cuidada ambientación y el preciosismo de su vestuario y localizaciones. Por desgracia, son más los defectos que convierten a “Persuasión” en un producto televisivo soso y decepcionante.

Para empezar, la historia de amor en la que se inspira y el tratamiento que se le da a la misma distan mucho de la intención que animó la obra original, publicada en 1818 a la muerte de su autora, un brillante alegato sobre los prejuicios, la exclusión social y la búsqueda de la felicidad en una época y un contexto social muy concretos, que (por la atemporalidad que le confiere la propia forma de narrar de Austen) no necesita ser reinterpretado en clave de comedia moderna, con escenas y diálogos bobalicones que suenan demasiado actuales (“él es un 10 y yo soy un 6”), y una protagonista que se refiere al amor de su vida como “su ex” o que lo mismo mira a cámara guiñando un ojo y nos habla en un tono cuasi millennial como, si en lugar de a nosotros, se dirigiera a sus miles de seguidores en Instagram; o que ahoga sus penas aferrada a una botella de vino tinto que bebe a morro, como si de una Bridget Johnes decimonónica se tratara.

La Anne Elliot (Dakota Johnson) original es una joven de su tiempo. De apariencia frágil aunque claramente más inteligente, sensible, atractiva y sagaz de lo que sus parientes suponen. Ninguneada por su padre, Sir Walter Elliot (un Richard E. Grant en plan parodia pura y dura), un viudo de vida dispendiosa que ha malgastado la fortuna familiar, viéndose obligado a mudarse de su mansión de Somerset a una casa (un poco) más modesta en Bath, y su hermana mayor Elizabeth (Yolanda Kettle); Anne va a visitar a su hermana menor, la hipocondríaca Mary Musgrove (Mia McKenna-Bruce), casada con Charles Musgrove (Ben Bailey), con quien tiene dos hijos pequeños a los que no les presta la menor atención.

A sus 27 años, a punto de caer en desgracia y convertirse en una solterona de por vida (según las convenciones de la época), la joven vive desolada por una mala decisión tomada ocho años atrás, cuando persuadida por su familia dejó pasar la oportunidad de casarse con el hombre al que amaba, un marino sin rango ni títulos llamado Frederick Wentworth (Cosmo Jarvis) al que dio calabazas por no estar a su altura en la escala social. Pero deberá elegir entre dejar atrás el pasado o escuchar al corazón y darle una segunda oportunidad al amor cuando, inesperadamente, Frederick regresa a su vida convertido en un honorable y acaudalado Capitán de la Marina Mercante que aún la ama desesperadamente aunque, dolido por su rechazo, su orgullo le impida admitirlo.

Algo frustrada por no poder reconquistar al apuesto hombre al que dejó escapar, Anne contempla la posibilidad de casarse con su primo, el acaudalado heredero William Elliot (el británico-malayo Henry Golding), quien también le resulta atractivo. Pero, como sucede siempre, el destino se confabulará para hacer que, al final, los enamorados vivan felices y coman perdices.

Esa es la (en apariencia) sencilla historia que cuenta la novela de Austen y que la adaptación de Netflix utiliza como punto de partida para construir un argumento que adolece de la profundidad y la retorcida y fina ironía que caracterizan su obra narrativa, reduciéndola a una especie de sátira social liviana y redundante, recargada de ideas-fuerza extraídas de un feminismo pasivo-agresivo en clave muy actual, en un absurdo empeño por dejar claro que la inmortal escritora británica era una mujer adelantada a su época, algo que salta a la vista con solo echar un vistazo a su producción literaria.

Mientras desprecia sus brillantes juegos de palabras, su elaborada atmósfera y su compleja mirada hacia la tradición y hacia el mundo femenino, construida sobre la premisa de la mujer que debe contraer matrimonio para evitar convertirse en una paria social y todo el dolor y frustración que en ello subyace, Cracknell y sus guionistas prefieren quedarse con la espuma de la cerveza, componiendo un tedioso, confuso, acartonado y cursi melodrama, que no pasa de ser una edulcorada historia de amor con final feliz.

Volviendo a Berlutti: “Persuasión es un drama con aires en apariencia sencillos, bajo el cual late un profundo dolor secreto. Pero la versión de Netflix despoja a la historia de su encanto, su tono agridulce y su capacidad para desconcertar.

De por sí, la historia de Anne Eliott corre el riesgo de parecer cursi a los ojos de hoy. Pero Austen la dotó de un burlón sentido del humor que ha sostenido todas sus adaptaciones en los años siguientes. Por extraño que parezca, la versión de Netflix carece de esa profundidad de origen, en una época en que la justificación para tenerla es clara.

En lugar de eso, el guion de Ron Bass y Alice Victoria Winslow llena el argumento de frases ridículas. De declaraciones de inteligencia que nadie necesita escuchar porque están implícitas y de guiños al feminismo actual, sin mayor profundidad. Si los anacronismos en Los Bridgerton o en obras superiores, como la María Antonieta de Sofía Coppola, resultaban una brillante provocación, en Persuasión son puro desperdicio”.

O, lo que es lo mismo, la versión de Netflix transforma una melancólica historia de amores perdidos durante la regencia inglesa en una vulgar comedia romántica de tono adolescente y bobalicón. En un torpe intento de vender, más que de reinterpretar la obra póstuma de Jane Austen, y persiguiendo el éxito de otras producciones -singularmente de Los Bridgerton- durante el último lustro, el gigante del streaming decide modernizar un relato que está muy por encima en sensibilidad, ironía, inteligencia y originalidad de las pretensiones de quienes firman esta errática, mediocre y superficial adaptación destinada al olvido.

Título original: Persuasion

Año: 2022

Duración: 109 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Carrie Cracknell

Guion: Ronald Bass, Alice Victoria Winslow. Novela: Jane Austen

Fotografía: Joe Anderson

Reparto: Dakota Johnson, Cosmo Jarvis, Henry Golding, Suki Waterhouse, Richard E. Grant, Lydia Rose Bewley, Edward Bluemel, Nikki Amuka-Bird, Doc Brown, Mia McKenna-Bruce, Izuka Hoyle, Yolanda Kettle, Janet Henfrey, Agni Scott, Stewart Scudamore, Sophie Brooke

Productora: Media Rights Capital (MRC).
Distribuidora: Netflix

Género: Romance | Drama de época/Adaptaciones de Jane Austen

BEGINNERS

En puertas de la celebración del Orgullo Gay, Netflix decidió recuperar para su catálogo, el 15 de junio, una película del año 2010 que, una década después de su estreno, no ha perdido un ápice de vigencia, emoción y originalidad.

Se trata de “Beginners” (Los principiantes) y, aunque adolece de un ritmo expositivo un tanto lento y pausado, que la crítica se ocupó de afearle en su día, vista con la perspectiva del tiempo se da una cuenta de que son muchas más sus virtudes que sus posibles imperfecciones, empezando por la solvencia de su reparto, encabezado por el elegante Cristopher Plumer (eternamente recordado como el Baron Von Trapp de “Sonrisas y lágrimas”) y por ese gran actor que es Edwan McGregor (“Trainspotting”, “Star Wars”, “Lo imposible”, “Moulin Rouge”), dueño de un par de ojos azules que hablan con voz propia.

Junto a ellos, completan el cartel protagónico la francesa Mélanie Laurent (“Ahora me ves…”, “Malditos Bastardos”), cuya química con McGregor traspasa la pantalla y remite por momentos a la fugaz pero intensa relación, cargada de sinceridad, de Ethan Hawke y Julie Delphi, en la primera entrega de la saga de “Antes del Amanecer”; y Arthur, un pequeño y desaliñado chucho, de la raza Jack Russel, cuyos inteligentes pensamientos conocemos a través de subtítulos.

Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Toronto, “Beginners” es el segundo largometraje de ficción del cineasta Mike Mills (“Thumbsucker”) -cuya carrera cinematográfica se inició con documentales y videoclips- por el que consiguió varios premios y nominaciones, especialmente gracias a la actuación de Plummer que aquel año ganó el BAFTA, el Globo de Oro y el Oscar como mejor actor de reparto, por su interpretación de Hal Fields. Un personaje honesto y carismático que, según explicó en su día el director, está inspirado en la figura de su propio padre.

Con un guion inteligentemente escrito y una curiosa y eficaz estructura narrativa, que intercala varias líneas temporales mediante continuos flashbacks que se asemejan a la forma en la que se estructura nuestra propia memoria, el director reflexiona sobre la vida y la muerte desde la premisa de que, en las relaciones humanas, todos somos principiantes, para hablarnos de distintos tipos de amor y de las barreras que ponemos en nuestras relaciones a fin de evitar que nos hagan daño o causarlo nosotros.

El peso de la educación recibida juega un papel esencial en este relato familiar, algo atormentado y melancólico, en donde Oliver (McGregor) es un hombre de unos cuarenta años, sensible aunque emocionalmente castrado, que no logra deshacerse de la influencia de su padre y de su madre, una pareja culta de profesionales creativos. Ella (Mary Page Keller), dedicada a la reforma de casas antiguas. El, curador de exposiciones en un museo de arte moderno. Ambos dotados de un poderoso carácter que ha marcado y eclipsado el de su hijo (dibujante de profesión) dificultándole desarrollar una personalidad propia.

Al igual que sucedió en la vida real con el propio padre del director, a sus 75 años el padre de Oliver decide salir del armario tras la muerte de su esposa, declarándose homosexual ante su hijo que encaja la situación con una actitud de respetuosa normalidad.

Dueño de una personalidad arrolladora y decidido a disfrutar de la vida y la clase de amor que no había podido vivir durante su juventud debido a la incomprensión y la represión de la época, al enviudar, Hal publica un anuncio en internet y se busca un novio mucho más joven que él, interpretado por Goran Visnjic (“E.R.: Urgencias”), enrolándose en el activismo por los derechos del colectivo gay. Un proceso en el que se hace acompañar por su único hijo, quien asiste entre atónito y conmovido a los últimos años de vida de su padre, diagnosticado de un cáncer terminal, mientras intenta reconstruir el puzzle de sus recuerdos de infancia, en los que sus progenitores nunca se mostraron como una pareja enamorada, lo que quizá esté en el origen de sus propias inseguridades.

La película repasa algunos hitos para el movimiento LGTBI, como el asesinato de Harvey Milk y la lectura del poema ‘Aullido’, de Allen Ginsberg. Pero, contrariamente a lo que podría imaginarse, la opción sexual del padre de Oliver no ocupa un lugar central en la trama. Se da un trato respetuoso al asunto y se incide en ello en un sentido inequívocamente reivindicativo pero, sin llegar a ser algo anecdótico, no es esto lo que marca el desarrollo de la trama -al menos no lo único- sino la forma de ser del protagonista, un hombre introvertido, marcado por la relación de y con sus padres, incapaz de mantener una relación de amor o de amistad duradera, y a quien le cuesta superar el duelo. Es su propia evolución psicológica y emocional lo que centra el relato.

Una historia cuya acción transcurre en 2003, aunque hay cierta reminiscencia nostálgica hacia los años sesenta y la Nouvelle Vague. Desde el personaje de Anna (Laurent), una actriz de aire enigmático y bohemio, con una vida trashumante (escapando del peso de la figura paterna) y dispuesta a tomar la iniciativa para conquistar a un perfecto desconocido; a la propia estética de la película –la fotografía ocre y los lapsos explicativos con la voz en off de McGregor; las cortinillas de transición en colores planos y vivos, con imágenes de monedas u otros grafismos; o la apelación a fotos de archivo para describir cómo eran las cosas en tal o cual época— pasando por algunas escenas concretas, como la del patinaje en los interiores enmoquetados de un gran hotel o las excentricidades de la madre de Oliver, siempre sola con su hijo.

Aunque la película maneja un fino sentido del humor, muy bien equilibrado, intercalado en escenas románticas muy bellas y bien rodadas, y en originales y vanguardistas recursos visuales, no conviene dejarse engañar por el tono festivo de su cartel anunciador, pues “Beginners” no es precisamente una comedia romántica al uso, sino más bien una película triste e intimista, acorde al mood de la tira de cómics que crea el protagonista (“historia de la tristeza”). Una película conmovedora y emotiva sobre el amor en todas sus formas (incluso perrunas).

Título original: Beginners

Año: 2010

Duración: 105 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Mike Mills

Guion: Mike Mills

Música: Roger Neill, Dave Palmer, Brian Reitzell

Fotografía: Kasper Tuxen

Reparto: Ewan McGregor, Christopher Plummer, Mélanie Laurent, Goran Visnjic, Lou Taylor Pucci, Jodi Long, Kai Lennox, Jessica Elder, Mary Page Keller, Keegan Boos, China Shavers, Melissa Tang

Productora: Focus Features, Olympus Pictures, Parts and Labor

Género: Drama. Romance | Familia. Enfermedad. Homosexualidad. Cine independiente USA. Comedia dramática

COMPARTIMENTO Nº 6

Por más tratados que se hayan escrito y más estudios que se hayan realizado intentando arrojar luz sobre cuál es la verdadera naturaleza del amor, reduciendo la cuestión a un mero trámite bioquímico, aún resulta humanamente inexplicable por qué dos personas de distintas procedencias, idiomas y nacionalidades, con niveles socioeconómicos y expectativas vitales y profesionales e incluso preferencias sexuales aparentemente antagónicas (aunque la bisexualidad es una opción cada vez más normalizada), se sienten de pronto atraídas, y si esa atracción parte de un aspecto puramente sexual o se llega a ella mediante un recorrido previo de carácter sentimental propiciado por la convivencia, el conocimiento, la comprensión, la amistad y hasta la compasión mutuas.

El director finlandés Juho Kuosmanen tampoco consigue desvelar el misterio, pero hace de ello el leit motiv de su película “Compartimento Nº 6”, Gran Premio del Jurado en el último Festival de Cannes. Un intenso, honesto e íntimo viaje físico y emocional que tiene lugar a finales de los años noventa, pese a la cinta de cassette con el ochentero “Voyage, voyage” de Desireless que suena en el walkman de la protagonista, Laura (Seidi Haarla), una estudiante de antropología finlandesa que está haciendo sus estudios universitarios en Moscú, obsesionada con ver in situ los petroglifos (grabados rupestres) dibujados en un yacimiento arqueológico situado en la gélida región de Múrsmansk -de triste actualidad- en la frontera con Ucrania, Noruega y Finlandia, un inhóspito espacio polar a orillas del mar de Barents, en la región de Laponia, que destacó por ser la ciudad con mayor consumo de vodka por metro cuadrado y el puerto marítimo más grande de la URSS, convertido en cementerio nuclear tras la guerra fría.

Para llegar hasta allí y poder contemplar los petroglifos situados en el Lago Kanozero, más de 1.200 figuras horadadas en la roca con alces, ballenas y seres humanos pintados hace miles de años, la joven finesa se despide de su novia y casera, Irina, y emprende un viaje a bordo del tren transiberiano, sacando un billete para el coche cama que le da derecho a compartir un minúsculo y claustrofóbico habitáculo con un inquietante y malencarado pasajero ruso, de nombre Liojha (Yuri Aleksándrovich Borísov), aficionado al vodka y con habilidades de buscavidas, quien viaja al norte para trabajar en una explotación minera.

Se trata de dos “Extraños en un tren”, como en la película de Alfred Hitchcock, que al principio se repelen pero que, una vez superada la desconfianza inicial (sobre todo por parte de ella), irán conociéndose mejor durante la travesía ferroviaria, desarrollándose una inesperada química entre ambos y tejiendo un vínculo sentimental disonante y sin embargo armónico que los mantendrá unidos al menos hasta el final del trayecto. Porque, si algo queda claro en la película del finlandés Kuosmanen es que todo viaje llega a su fin y que las relaciones humanas suelen ser más bien volátiles.

Esta idea del principio y el fin está presente, no sólo en la obsesión de Laura por volver a los orígenes de la tradición eslava visitando los petroglifos de Kanozero en pleno ocaso del siglo XX, casualmente el mismo escenario escogido por Andrei Zviáguintsev para rodar “Leviatán”, la apocalíptica y desgarradora crónica de la descomposición de la humanidad en general y de Rusia en particular; sino también en su fugaz relación con su novia Irina que no parece tener intención de esperarla a su regreso, y en la idea del propio viaje en el tren que los lleva hasta los confines de la tierra.

El mísero y sin embargo hermoso paisaje siberiano cubierto de nieve que por momentos recuerda a las imágenes de “Dr. Zhivago” se abre paso junto al traqueteo de las vías por las ventanillas del vagón a las que Laura se asoma a menudo para grabar con su cámara de video o en busca de un respiro en medio de un viaje que no le gustaría haber tenido que hacer sola y que parece hacérsele demasiado largo y pesado. Pero no será ese su principal descubrimiento durante la travesía. La extraña personalidad de su vecino de compartimento, mezcla de barbarie, ignorancia, atrevimiento, generosidad y lealtad a partes iguales, la conmoverá de tal forma que acabará enganchada a él, aunque ambos sepan que la suya es un relación destinada a naufragar, como la de Rose y Jack en “Titanic”, a la que el propio Liojha hace referencia durante la catártica escena de juegos en mitad de la ventisca de nieve que los alcanza en ese vórtice del fin del mundo, ubicado entre Finlandia, Rusia y Noruega, al que viajan.

Es justo reconocer que, en buena medida, lo mejor de la película se sustenta en la brillante actuación de sus protagonistas, especialmente de Yuri Borísov, quien compone un personaje extraordinariamente complejo y a la vez de una simpleza primaria, que en ocasiones resulta atemorizante y en otras inspira cierta ternura.

Tal vez no se pueda considerar una historia de amor como tal, pues tiene diversos discursos, alguno de ellos de marcado carácter social, y un clima un tanto adolorido, pero si así fuere, sería de las más raras y hermosas que se han contado hasta ahora, con un poso de enigma existencial y de frialdad eslava que la distingue de otros largometrajes sobre encuentros románticos en un tren, como el “Breve Encuentro” de David Lean o “Antes del amanecer” de Richard Linklater, con la que quizá comparta más semejanzas a nivel argumental, solo que a diferencia del encanto de las calles de Viena o de París y de la comodidad del interrail de la Europa continental, la película del finlandés Kuosmanen transcurre en un territorio ruinoso, helado y hostil, que los protagonistas recorren a bordo un tren viejo, sucio e incómodo, en el que tanto los pasajeros como los guardias son rudos, ásperos e inexpresivos.

Se trata de un viaje duro y solitario en medio de un invierno que el espectador puede sentir casi en el cuerpo (en ese sentido, la película tiene algo táctil, palpable: el frío se siente pero también los olores a alcohol de destilación casera y a mantas de lana viejas). Y a pesar de ello, hay cierta belleza en sus imágenes que parecen extraídas de una vieja polaroid, como el recuerdo cálido, benéfico y compasivo de alguien que mira atrás y nos cuenta lo mejor de una historia que le ocurrió cuando era joven.

Título original: Hytti nro 6aka 

Año: 2021

Duración: 107 min.

País: Finlandia

Dirección: Juho Kuosmanen

Guion: Andris Feldmanis, Juho Kuosmanen, Livia Ulman. Novela: Rosa Liksom

Fotografía: Jani-Petteri Passi

Reparto: Seidi Haarla, Yuriy Borisov, Dinara Drukarova, Vladimir Lysenko, Galina Petrova, Dmitriy Belenikhin, Yuliya Aug, Tomi Alatalo, Nadezhda Kulakova, Polina Aug

Productora: Coproducción Finlandia-Alemania-Estonia-Rusia; Elokuvayhtiö Oy Aamu, Achtung Panda! Media, Amrion, Kinokompaniya CTB, Eurimages

Género: Drama. Romance | Trenes 

LA PEOR PERSONA DEL MUNDO

Tal vez el título de la última película de Joachim Trier no deje mucho lugar a la imaginación. Pero, en realidad, “La peor persona del mundo” no hace referencia a la perversión de un solo sujeto o a su reprochable conducta. Con lo que sí se relaciona es con la necesidad de la película de hacerse preguntas acerca de cómo la confusión existencial y el equívoco inherente a nuestra propia y errática evolución personal puede generar efectos devastadores en otros y en nosotros mismos, de manera involuntaria.

Con este nuevo largometraje nominado al Oscar al mejor guion y mejor película de habla no inglesa, el director noruego completa su trilogía «sobre el dolor de un mundo sin ideales ni alicientes para sostener a los pocos que consiguen sobrevivir al desánimo», interesado en mostrar lo que se oculta bajo la piel de una sociedad “sepultada en una falsedad obligatoria”. Una sentencia demoledora teniendo en cuenta que hablamos de un realizador que durante la última década no ha dejado de explorar algunos de los aspectos más oscuros de la condición humana.

Sin embargo, si en su exitosa “Reprise” (Vivir de nuevo, 2006) analizó la rivalidad y las miserias de la avaricia y la ambición modernas en la lucha por el éxito; y en “Oslo, 31 de agosto” (2011) indagó sobre la indiferencia, la desidia y el pesimismo; en este tercer y último trabajo, Trier se muestra especialmente benévolo con sus personajes. No los juzga. Tampoco los compadece. Simplemente los expone en toda su humana imperfección, como queriendo advertirnos de que todos podemos ser la peor persona del mundo llegado el caso.

Después de todo, lo que pasa en la película no es ni más ni menos que la vida, con sus complejidades y sus incertidumbres, sus amores y desamores, sus temores y sus expectativas…  La vida de Julie (la cautivadoramente risueña Renate Reinsve). Una mujer que recién alcanza la treintena y está sumida en un mar de dudas acerca de qué hacer con su existencia porque sabido es que, a esa edad, los caminos se bifurcan en mil direcciones posibles y las personas se enfrentan a su primera gran encrucijada existencial.

¿A qué dedicarse profesionalmente? ¿A quién amar? ¿Tener hijos o no? Son tantas las decisiones trascendentales a tomar a esa edad, que la vida se nos hace bola y a veces cuesta digerirla, sin poder siquiera sospechar que no es la única ni la última crisis vital que nos queda por experimentar y que la cosa, lejos de mejorar con el paso de los años, se agrava a medida que uno va siendo consciente de tener menos futuro que pasado y de que, por consiguiente, le queda menos tiempo para equivocarse y para volver a empezar.

Compuesta de doce capítulos, un prólogo y un epílogo, más que una comedia romántica al uso, “La peor persona del mundo” es una mirada generacional a diversos temas, como las relaciones de pareja, el sentido de la identidad personal, la maternidad, la infidelidad, el compromiso, la culpa, los convencionalismos, la responsabilidad, o la corrección política asociada a nuevas narrativas sociales, como el discurso medioambientalista o el feminista… desde un punto de vista original, transgresor y muy actual.

Nada más empezar, Trier nos presenta a Julie como una estudiante modelo de medicina que pronto entiende que lo suyo no son las operaciones a corazón abierto sino la exploración del alma, por lo que decide matricularse en psicología, hasta que se da cuenta de que más que entenderla le interesa retratarla, por lo que acaba estudiando fotografía. Es llamativo el cambio físico (indumentaria, adornos, color y extensión del cabello) que experimenta el personaje con cada nueva decisión en ese tiempo y cómo el estereotipo acompaña cada caso, trazando el perfil de esa joven insatisfecha e inestable, culturalmente inquieta, al tiempo que algo pasota, que es Julie. Una voz en off femenina que va narrando sus constantes cambios de humor, de carreras universitarias y de amantes ocasionales, esboza el retrato de alguien que está en continuo movimiento y en constante búsqueda, hasta que conoce a Aksel (Danielsen Lie, un habitual en el cine de Trier), artista de cómics underground, algunos años mayor (él 44, ella 29), quien parece saber de antemano que el affaire entre ambos no terminará bien, razón por la que intenta distanciarse “a tiempo” de la caótica “millenial” quien, sin embargo, acaba robándole el corazón e instalándose en su piso.

A partir de ese momento, la convivencia de Julie con Aksel va cimentando el conflicto. Su diferencia de edad, de mentalidad (él es excesivamente analítico, ella más emocional) y de expectativas de vida (él quiere ser padre, ella no tiene claro si quiere o puede asumir la maternidad) no representan un gran problema al principio de la relación, en la que el sexo ocupa un lugar predominante y Julie (quien escribe esporádicamente acerca de él) parece alimentarse intelectualmente de las interesantes disertaciones de Aksel acerca del arte y la cultura. Pero su propia inseguridad y falta de autoestima la llevan a boicotear su relación, precisamente cuando parece estar más consolidada.

Todo ocurre a partir de una noche en la que Aksel celebra su último éxito editorial y Julie, visiblemente agobiada por la sensación de no ser la protagonista del evento (ni, metafóricamente, de su propia vida), se marcha de la fiesta y acaba colándose en una boda, donde conoce a Eivind (Herbert Nordrum), un joven comprometido con otra mujer, pero de similar edad, con el que conecta de manera casual, iniciándose entre ambos un peligroso flirteo y juego de atracción mutua, que no conlleva sexo (por no poner los cuernos a sus respectivas parejas), pero sí un grado de intimidad tal que, a la larga, genera un enganche definitivo, sin necesidad de haber traspasado esa línea roja.

Quizá porque Eivind -que trabaja como camarero en una cafetería- es de su misma generación y opera con sus mismos códigos e inquietudes (de hecho, tampoco él quiere tener hijos), Julie –que para entonces se gana la vida como dependienta en una librería– se siente a gusto con él, ambos se divierten stalkeando a su exnovia yogui en Instagram, experimentando con drogas psicodélicas y haciendo actividades menos burguesas que las que tenía con Aksel. Pero otra vez la vida, que siempre se empeña en hacer otros planes, hará que nuestra protagonista caiga en el desasosiego al tener que ir al reencuentro con su viejo amor, en un momento especialmente delicado para ambos.

La película se toma su tiempo para hablar de temas como la nula relación que Julie tiene con su padre quien, a raíz de su separación de la madre de Julie, ha rehecho su vida y ha formado una nueva familia junto a otra mujer; o la acalorada discusión que Aksel mantiene con dos periodistas feministas, en un programa de radio, ofendidas por la misoginia de los personajes de sus cómics, algo que derivará en un interesante pero tenso debate público acerca del valor del arte y la «cultura de la cancelación» que Julie contempla atónita través de Youtube.

Y es que, pese a la forma tan abrupta en la que cortó su relación con él, con ese «yo te quiero, pero no te quiero» que deja al descubierto su incesante búsqueda del amor ideal, el dibujante siempre será alguien importante en su vida. Un apoyo incondicional, la única persona capaz de racionalizar sus miedos e intentar insuflarle un poco de autoestima, haciéndole ver lo que ella no es capaz de ver en si misma: lo mucho que vale y la extraordinaria persona que es.

Especialmente conmovedores resultan en este sentido los últimos capítulos de la película, en donde ambos se sinceran mutuamente. Sobre todo él, quien le confiesa a Julie que ha sido el gran amor de su vida y se muestra vulnerable y temeroso ante la proximidad de la muerte, sin resignarse a la desaparición física, por más que siempre se diga que el artista vive eternamente a través de su obra. En ese tiempo de descuento, el se aferra a lo material y tiende a mirar al pasado. Mientras ella no consigue proyectar su futuro.

El monólogo en el que Aksel rememora su juventud, sin internet ni smartphones, explicando la importancia que tiene para él que los objetos culturales (libros, discos, cómics, revistas) sean físicos y no solo digitales, subraya esa diferencia generacional entre ambos que el guionista finlandés Eskil Vogt aborda, no sin cierto convencionalismo. Aunque es lo suficientemente «nórdico» como para no pasarse de frenada emitiendo un juicio sumarísimo.

Lo central aquí es la vida de Julie que puede no ser «la peor persona del mundo», pero poco a poco va siendo consciente de que muchas de las decisiones que tome dañarán inevitablemente a sus seres queridos. Es el precio de vivir. Y la vida de Julie es una constante negociación consigo misma. Aun cuando tome decisiones erróneas, da la impresión de que no se arrepiente de nada. Tan solo corre hacia adelante, propulsada por la volatilidad del presente.

En este sentido, Julie no es la heroína de comedia romántica, ni un símbolo del drama moderno o una ingeniosa reinvención cinematográfica del carácter femenino. Es una mujer real, un producto de su tiempo. A lo sumo una anti-heroína estrafalaria en un Oslo melancólico de espíritu quebrantado que observa el mundo con ojos cansados pese a estar recién estrenados. Julie es una criatura que, a sus treinta años, mira al futuro desde la atalaya de una generación descreída y confusa. “Soy la persona que este mundo aburrido creó” dice en una de las tantas frases de la película que dejan claro que es una grieta más en un paisaje quebradizo.

Título original: Verdens verste menneskeaka 

Año: 2021

Duración: 121 min.

País: Noruega 

Dirección: Joachim Trier

Guion
: Joachim Trier, Eskil Vogt

Música: Ola Fløttum

Fotografía: Kasper Tuxen

Reparto: Renate Reinsve, Anders Danielsen Lie, Herbert Nordrum, Silje Storstein, Maria Grazia Di Meo, Hans Olav Brenner, Marianne Krogh, Vidar Sandem, Sofia Schandy Bloch, Anna Dworak, Eia Skjønsberg, Thea Stabell, Mina Elise Friesl-Stavdal...

Productora: Coproducción Noruega-Francia-Dinamarca; Oslo Pictures, Snowglobe Films, arte France Cinéma

Género: Comedia. Drama. Romance

LA RUEDA DEL TIEMPO

Es más que probable que “La Rueda del Tiempo” (The wheel of time), no consiga desbancar a la ya legendaria “Juego de Tronos” en las preferencias del gran público seriéfilo, pero tan ambiciosa promoción ha surtido el “efecto llamada” deseado y su estreno esta semana en Amazon Prime Video ha causado gran expectación.

En lo que a mi respecta, después de haber visto los tres primeros capítulos, debo decir que, más allá de su abundancia de efectos especiales y medios técnicos que la convierten en una superproducción de primer nivel, la epopeya de Jeff Bezos (en la que tiene una participación estelar el actor español Álvaro Morte, el inolvidable Profesor de “La Casa de Papel”) presenta un punto de vista interesante (aunque algo oportunista), centrado en la reivindicación del “girl power”, con diálogos trascendentes a ratos y un argumento capaz de enganchar, aún a alguien como yo, no demasiado amiga de las historias fantásticas por más épica feminista que les echen.

Basada en la exitosa saga de novelas escrita por el estadounidense James Oliver Rigney, Jr. bajo el seudónimo de Robert Jordan, que abarca la friolera de catorce volúmenes (además de una precuela y un libro a manera de epílogo escrito por la viuda del autor, a la muerte de éste), “La Rueda del Tiempo” va de trolls, de hobbits, de brujas con anillos mágicos, pócimas curalotodo y dragones que escupen fuego, de seres mitológicos y profecías apocalípticas. Pero, sobre todo, va de mujeres. Mujeres poderosas, justas e independientes que encuentran su principal fortaleza en la hermandad, trenzadas nada más salir de la adolescencia como símbolo de unión y sororidad (“Esta trenza te recordará que formas parte de nosotras y nosotras parte de ti”, le dice la zahorí Nynaeve al’Meara (Zoë Robins) a la joven Egwene (la australiana Madeleine Madden), en una especie de ceremonia de iniciación para ser una aprendiz mística. “Ser mujer es sentirte siempre sola pero nunca estarlo. Cuando la oscuridad te rodee y no vislumbres la luz, coge tu trenza y piensa que todas resistimos antes que tú y resistimos contigo”).

La acción se desarrolla en un mundo sin nombre, donde la magia se conoce como “el Poder Único” que otorga a quien lo posee la facultad de controlar los cuatro elementos: tierra, fuego, agua y viento. Suficiente para contrarrestar y vencer a cualquier enemigo. Se dice que hace muchos años, tanto hombres como mujeres podían hacer uso de este tipo de magia, pero los hombres perdieron ese poder y ahora pertenece solamente a las mujeres. De hecho, si algún hombre fuera aún capaz de ello, es perseguido y castigado hasta la muerte.

Más que parecerse a “Juego de Tronos”, a mi me parece una mezcla de la saga de “El señor de los anillos” de J.R. Tolkien (de la que bebe en muchos aspectos, como la clásica lucha entre el bien y el mal, planteada de forma simbólica como el choque entre la luz y las sombras) y el mundo mágico de “The Witcher” o de “Harry Potter”, solo que aquí “El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado»” no tiene ni ojos ni fosas nasales y se hace llamar “El Oscuro”.

En realidad, la historia es bastante convencional. Tras un gran cataclismo provocado por la arrogancia masculina que durante siglos detentó de manera hegemónica el Poder Único, el mundo quedó destruido y a merced de las fuerzas del mal. A manera de presentación, se nos dice que entonces “los océanos hirvieron, las montañas fueron engullidas y las ciudades acabaron arrasadas”, en lo que podría ser una alegoría del poder destructivo de las guerras contemporáneas y que “tan solo quedaron las mujeres para recoger los pedazos”. Frase que, por razones obvias, me recordó al ingrato papel de las mujeres alemanas que, tras la caída de Berlín en la II Guerra Mundial, fueron quienes asumieron la ardua e ingrata tarea de desescombrar la ciudad arrasada por las bombas ante la ausencia de sus maridos, novios, padres o hijos varones, arrestados por el ejército aliado o caídos en el frente de batalla.

Pasado el tiempo, ese mundo no identificado ni precisado en el mapa del que nos habla “La Rueda del Tiempo” se enfrenta a una nueva amenaza de destrucción inminente y, como es habitual en estos casos, solo un ser de carácter mesiánico puede salvar a la humanidad o hundirla para siempre en la oscuridad infinita. Se trata de un niño o una niña (he aquí la novedad) venid@ al mundo hace unos veinte años bajo el signo de «El Dragón Renacido» (catalizador del gran poder mágico), cuya identidad se desconoce y que se encuentra en paradero desconocido. Encontrarlo, identificarlo y mantenerlo a salvo del acecho de «El Oscuro» que aspira reclutarlo para su ejército del mal, corresponderá a Moiraine Damodred (la polifacética Rosamund Piker), una Aes Sedai, cuyo significado en “la lengua antigua” es «Siervos de Todos». Una poderosa hermandad de hechiceras, entrenadas en la mítica Torre Blanca -centro de poder de la organización- que aconseja al gobierno y supervisa todo lo relacionado con la magia, ya que se trata de mujeres con atributos sobrenaturales cuya misión en la tierra parece estar predestinada a hallar y proteger al “elegido” a fin de evitar que, tras el suceso conocido como el Desmembramiento del Mundo que acabó con la civilización anterior (conocida como la Era de Leyenda) pueda volver a producirse algo semejante y mantener bajo control a los hombres afectados por la corrupción del Saidin (parte masculina de la Fuerza Vital del universo. La femenina es Saidar) que puedan encauzar el Poder Único hacia el Oscuro.

Pero Moiraine no viaja sola. Lo hace escoltada por Lan Mondragoran (Daniel Henney), único superviviente de la civilización perdida de Malkier, su silencioso y leal guardián y protector, emocionalmente vinculado a su señora.

Juntos llegan al poblado de “Dos ríos”, donde Moraine cree que puede estar el auténtico Dragón Renacido, aunque no está segura de cuál de los jóvenes de esa edad que habitan en la aldea puede ser el auténtico. Mientras intenta averiguarlo, el poblado es atacado por una horda de temibles criaturas parecidas a los orcos, llamadas trollocs, y ambos huyen del lugar con los cuatro posibles candidatos a salvar el mundo (todo un muestrario racial que anticipa el crisol de culturas en el que el mundo está abocado a convertirse): los jóvenes Rand Al’Thor (Josha Stradowski), granjero y pastor de ovejas que vive con su padre (Michael Mcelhatton, Roose Bolton en “Juego de Tronos”), un hábil guerrero de una gran y profunda sabiduría ancestral que conecta con principios del budismo, el taoísmo o el hinduísmo (“¿Cuánto tiempo tarda la rueda del tiempo en devolver a este mundo el espíritu de alguien?«, le pregunta el hijo. “Ojalá lo supiera, pero debe de haber un motivo por el que nadie recuerda sus vidas anteriores. En nuestra mano solo está sacarle partido a la vida que se nos ha dado y consolarnos con ella. Porque, ocurra lo que ocurra, pese al dolor, el desamor o incluso la muerte, la rueda sigue girando siempre. Y, cuando volvamos a intentarlo, tratemos de hacerlo mejor que en la vida anterior”); Perrin Aybara (Marcus Ruterford) un joven fuerte y de gran envergadura física, que trabaja como aprendiz de herrero; el pícaro y charlatán Mat Cauthon (Barney Harris), una especie de buscavidas de familia desestructurada; y Egwene (Madeleine Madden), la talentosa hija del posadero, quien en ese momento se debate entre sacrificar su relación con Rand, de quien es novia, para convertirse en una zahorí como su amiga Nynaeve (especie de curandera, capaz de escuchar el viento y hacer predicciones, que se sienta por derecho propio en el consejo de la aldea) o renunciar a sus dones mágicos para ser su futura esposa y madre de sus hijos.

Y es que, como han dicho sus productores, las mujeres de “La Rueda del Tiempo” pueden vivir con hombres, pueden sobrevivir sin ellos y son tratadas por estos como iguales, lo que contrasta con otras series como la medieval “Juego de tronos”, donde las mujeres eran presentadas como mercancía intercambiable o, si eran fuertes y dominantes, como intrigantes, vengativas y peligrosas (Cersei), turbias y traicioneras (Melisandre), o asesinas enloquecidas por el ansia de poder (Daenerys).

No es la única diferencia entre ambas series. Una de las más comentadas ha sido la utilización de la violencia, el sexo explícito o el incesto que en la saga de George R. R. Martin era un recurso tan efectista como recurrente y, en esta, de momento, no parece ser su primera apuesta, aunque ello no es óbice para que existan escenas sanguinarias y cruentas, como las protagonizadas por el investigador de los llamados “capas blancas”, una especie de psicópata inquisidor que se complace en interrogar, mutilar y quemar vivas a las Aes Sedai, para mantener al mundo a salvo de su magia.

Para los amantes del género “La Rueda del Tiempo” era una de las grandes sagas fantásticas que faltaban por ser adaptadas al cine o la televisión y promete ser la serie de este tipo más cara hasta la fecha (cada episodio ha costado 10 millones, más que los de las cinco primeras temporadas de “Juego de Tronos”).

Rodada mayoritariamente en Praga, aunque también en España, concretamente en el Alcázar de Segovia, presume de una fotografía y calidad de imagen inmejorables, al retratar tanto bosques fantasmagóricos, como paisajes áridos y rocosos, como si de una estampa del National Geographic se tratase. Lo que la hace ser una apuesta segura para un espectador que busca entretenimiento de calidad.

Pero adaptar el contenido de catorce libros no es tarea fácil, especialmente tratándose de una saga de culto tan extensa y de tan enorme complejidad, que ha sido seguida por millones de lectores en todo el mundo. A mi, que no he leído los libros, me resulta entretenida, aunque de momento no ha conseguido subyugarme como “Juego de Tronos”, en la que encuentro una mayor profundidad a la hora de abordar asuntos de calado, como la lucha por el Poder. Veremos cómo es tratada por el siempre exigente fandom.

Título original: The Wheel of Time 

Año:2021

Duración:60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Rafe Judkins, Uta Briesewitz, Salli Richardson-Whitfield, Wayne Yip, Sanaa Hamri

Guión: Rafe Judkins, Michael Clarkson, Amanda Kate Shuman, Paul Clarkson...

Música: Lorne Balfe

Fotografía: David Moxness, David Luther

Reparto: Rosamund Pike, Kae Alexander, Naana Agyei Ampadu, Hammed Animashaun, Pasha Bocarie, Priyanka Bose, Lolita Chakrabarti, Darren Clarke, Maria Doyle Kennedy, Kate Fleetwood, Peter Franzén, Jennifer Cheon, Stuart Graham...

Productora: Sony Pictures Television, Amazon Studios, Little Island Productions, Radar Pictures, Red Eagle Entertainment. 

Distribuidora: Amazon Prime Video

Género: Serie de TV. Fantástica. Aventuras. Fantasía medieval

LA ULTIMA CARTA DE AMOR

Introduzca en una coctelera no más de un chorrito de “Breve encuentro”. Añada idéntica medida de “Algo para recordar”, una pizca de “Todos los días de mi vida” y unas pocas gotas de sutil aroma a “Madame Bovary” y “El amor en los tiempos del cólera”… E voilà! Tendrá como resultado un suculento aperitivo light llamado “La última carta de amor” (The Last Letter from Your Lover) que Netflix acaba de estrenar para deleite de los entusiastas de las películas románticas que cumplen con todos los tópicos del pastelón televisivo, paquete de kleenex incluido.

Copia fiel de la exitosa novela homónima de la escritora británica Jojo Moyes (autora de “Antes de ti”, protagonizada en su versión cinematográfica por Sam Claflin y Emilia Clarke), traducida a 33 idiomas con un total de 3 millones de ejemplares vendidos, esta coproducción británico-canadiense, dirigida por la también actriz Augustine Frizzell (“Never Goin`Back”), gira en torno a dos historias que transcurren en décadas distintas y que, sin embargo, se entrelazan cuando una de sus protagonistas, la avispada periodista Ellie Haworth, a quien da vida Felicity Jones ( “Una cuestión de género”, “La teoría del todo”) con gran frescura y ciertos ticks de comedia romántica, descubre de forma casual, en el transcurso de la investigación para un reportaje, unas intrigantes cartas escritas en 1965 y decide tirar del hilo hasta dar con sus protagonistas y desentrañar la historia de amor prohibido que relatan. Lo que, a su vez, le servirá de motivación para iniciar su propio romance con el encargado del archivo del diario para el que trabaja.

La destinataria de esas cartas no es otra que Jennifer Stirling, su serenísima majestad, Shailene Woodley (“Big Little Lies”), quien encarna con gran magnetismo a la perfecta mujer casada de aquellos años, elegante, discreta y sumisa, siempre a la sombra de su marido, el arrogante y a menudo ausente hombre de negocios, Laurence Stirling (Joe Alwyn). Juntos llevan lo que aparenta ser una lujosa y perfecta vida de multimillonarios sin hijos, hasta que un día reciben la visita de Anthony O’Hare (Callum Turner), un periodista del área financiera del Chronical, apuesto y divorciado, por quien la señora Starling, atrapada en el sopor de su matrimonio de conveniencia, se siente irremediablemente atraída, iniciándose entre ellos una relación clandestina que acabará en tragedia, cuando Boot (pseudónimo con el que Anthony firma sus cartas de amor a “J”) le pide escapar juntos a Nueva York para vivir su amor libremente.

Aunque Jennifer inicialmente rechaza la oferta por temor a perder su actual estatus de “señora de”, al final cambia de opinión y decide alcanzar a su amante en la estación del tren, tal como este le había propuesto. Pero se le hace tarde y la gran tormenta que arrecia esa noche propicia que sufra un accidente automovilístico en el que pierde la memoria. Oportunidad que su marido, Larry (quien al parecer está al tanto de la infidelidad de su esposa) aprovecha para recuperarla, haciéndole creer que Boot iba en el coche con ella y falleció en el acto durante el siniestro. Cuando, en realidad, este vive al otro lado del Atlántico atormentado por la idea de que su amada no acudió a su encuentro, prefiriendo la seguridad de una vida regida por los convencionalismos.

A medida que Ellie avanza en la lectura de la correspondencia entre J. y B., conocemos más de su emotiva historia de amor epistolar. Sabemos que, años después, los amantes volvieron a encontrarse de forma casual en Londres, aclarando la situación y dando rienda suelta de nuevo a la pasión, aunque tampoco huyeron juntos entonces, debido a que Jennifer tenía ya una hija de dos años, por lo que decide volver al lado de su marido y esperar el momento propicio para solicitar el divorcio sin el riesgo a perderla, como solía suceder en aquel tiempo tratándose de una mujer adúltera.

La  añoranza por lo que pudo haber sido y no fue se convierte así en el epicentro de la trama de la película que, tras una serie de idas y venidas, acaba con Jennifer y Anthony reuniéndose a instancias de Elly, en el parque londinense en el que solían verse en secreto, para finalmente retomar su historia de amor en el ocaso de sus vidas, tras haber envejecido extrañándose mutuamente.

En suma, se trata de un romance clásico, correctamente ejecutado y bien interpretado, que sin embargo no aporta gran novedad al género, al margen de la popularidad de sus jóvenes protagonistas, en el que se echa en falta un mayor desarrollo argumental que profundice en las razones que provocaron, por ejemplo, el desgaste de la relación entre Jennifer y su marido (¿nunca lo amó o, como en la canción de la Jurado, se les rompió el amor de tanto uso o desuso?) o que confiera mayor relevancia a la historia de la periodista Elly y el archivero Rory (Nabhaan Rizwan), apenas desarrollada, que permanece en un segundo plano casi de relleno.

En su favor habrá que decir que los exteriores filmados entre Londres y la Riviera francesa, en donde transcurre la primera parte de la acción, y el exquisito diseño de maquillaje y vestuario, confieren un indudable atractivo visual y un aire retro de belleza y sofisticación, a una película más bien insulsa para románticos empedernidos.

Título original: "The Last Letter from Your Lover".

Año: 2021

Duración: 110 min.

País: Reino Unido

Dirección: Augustine Frizzell

Guión: Nick Payne, Esta Spalding. 

Música: Daniel Hart

Fotografía: George Steel

Reparto: Felicity Jones, Shailene Woodley, Callum Turner, Nabhaan Rizwan, Joe Alwyn, Ncuti Gatwa, Vilhelm Blomgren, Christian Brassington, Joakim Skarli, Ann Ogbomo, Alfredo Tavares, Manoj Anand, Xander Turian.

Productora: Blueprint Pictures y The Film Farm. 

Distribuidora: Netflix

Género: Romance. Drama romántico

LAS COSAS QUE DECIMOS, LAS COSAS QUE HACEMOS

Desde su propio título “Las cosas que decimos, las cosas que hacemos” (“The Things We Say, the Things We Do”/“Les Choses qu’on dit, les choses qu’on fait”), la película de Emmanuel Mouret nos anuncia la paradoja que subyace en la pretensión misma de teorizar acerca de algo tan complejo, intangible, irracional, impredecible e inconstante como el amor romántico, a menudo confundido con el deseo y la pasión, o con algo aún peor, como el intento de elevarlo espiritualmente. Como si, para que fuese real, el amor tuviera que ser un sentimiento virtuoso y desinteresado, que antepone la felicidad del otro a la propia, renunciando al deseo de posesión del ser amado; o convertirse en platónica resignación, claudicando a las ataduras y convenciones sociales, que hacen imposible su disfrute y realización plenas sin dañar a otros.

De todo eso va esta gozosa comedia romántica, estrenada con enorme éxito en Francia (archipremiada con los César y los Lumiere), cuyo protagonista masculino Maxime (Niels Schneider) es sin duda una proyección de su propio director y guionista, disculpándose ya desde la escena inicial por aspirar a ser “un escritor de sentimientos”, algo tan poco interesante en nuestros días. A lo que su antagonista femenina, Daphné (maravillosa Camélia Jordana) le replica tranquilizadora que “eso nunca se sabe y que la mayoría de la gente que se cree interesante realmente no lo es”.

Este aspirante a escritor que se gana la vida haciendo traducciones, es primo de François (Vincent Macaigne), actual pareja de Daphné, embarazada de tres meses, quien le recibe en su casa de campo sola pues, por motivos de trabajo, François tardará unos días en volver de París. Así que ambos deciden hacer algo de turismo local y contarse sus vidas mientras le esperan. Sin pretenderlo, se irán conociendo (y enamorando) a través del relato de sus experiencias amorosas pasadas, construyendo un gran puzzle íntimo y sentimental, en el que se exploran temas como el desamor, la fidelidad, el sexo, los celos o la amistad, siempre bajo la premisa de observar sin juzgar a los protagonistas, en sus constantes contradicciones.

En este sentido, la narrativa de la película recuerda al mejor cine francés de Rohmer, Truffaut o Resnais, pero también a algunas de las mejores cintas de Woody Allen, por su habilidad para entrelazar historias y personajes de manera intencionadamente casual.

Así sabemos que Maxime estaba teniendo un affaire con una mujer casada, Victoire (Julia Piaton), sin sospechar que era la hermana de Sandra (Jenna Thiam), una antigua compañera de clase de quien ha estado siempre enamorado y con quien mantiene aún una tensión sexual no resuelta. Al reencontrarse al cabo de los años, Maxime le presenta a Sandra a su mejor amigo y compañero de piso, Gaspard (Guillaume Gouix), sin imaginar que entre ellos iba a surgir una atracción inmediata espoleada por el contraste de pareceres y caracteres, que los llevará a iniciar una tórrida relación pasional en la cual, sin saber cómo, termina siendo incluido, para acabar con el corazón hecho añicos confirmándose la máxima de que “en el amor, tres son multitud”.

Por su parte, Daphné le cuenta que estaba enamorada de David (Louis-Do de Lencquesaing), un realizador viudo, para el cual trabajaba montando sus documentales, confundiendo las señales de su interés en ella, que termina siendo meramente profesional y no sentimental como había fantaseado. Despechada, conoce a François, el primo de Maxime, y se va a la cama con él, sin intención de que su relación vaya más allá del rollo de una noche, a sabiendas de que está casado. Pero la cosa se complica cuando éste se enamora perdidamente de ella y su mujer, Louise (Èmilie Duquenne), decide dejarlo, en un gesto menos altruista de lo que inicialmente parece.

Con un ánimo más expositivo que crítico y con la dosis de humor justa, propiciada por ese cúmulo de casualidades que sirve de hilo conductor al relato, pero sin permitirse caer en el tópico de la comedia de enredo, Mouret nos va contando una historia absolutamente contemporánea acerca del mundo de las relaciones sentimentales, subrayando el tono de determinadas escenas con exquisitos fragmentos de la música de Chopin, Debussy, Mozart, Offenbach, Satie o Poulenc.

Sin ser la obra definitiva sobre el amor, que dada la complejidad del tema seguramente jamás llegará a escribirse, la película abarca un amplio catálogo de situaciones y reflexiones, en las que la idea romántica del amor que culturalmente hemos recibido (y que, como sabiamente explica uno de sus personajes, es como “una segunda piel de la que resulta imposible de deshacerse”) condiciona de manera decisiva la forma en la que nos relacionamos a ese nivel y, más aún, la forma en la que hablamos de nuestras relaciones, como si estuviésemos escribiendo la novela de nuestra propia vida a medida que la verbalizamos.

En palabras de Sergi Sánchez: “El amor nos hace personajes. Solo cuando lo contamos –es decir, cuando lo inventamos– se hace verdadero. Por eso los protagonistas de esta magnífica película explican sus historias de amor en clave de muñeca rusa infinita, sacando de la chistera tramas y subtramas para poner en escena no tanto la fragilidad de los sentimientos, sino también su inconsistencia. Queremos amar, pero nunca sabremos cómo. La teoría del deseo mimético que gravita sobre esta pandilla se traduce, gracias a la inteligencia de la propuesta de Mouret, en la repetición de gestos, dinámicas, traiciones y azares”.

«Deseamos el deseo de otra persona», como explica Daphné en una conversación en la que aparece esta teoría del filósofo francés René Girard, que ella conoce por un documental que montó y que explicaría por qué, por ejemplo, una persona adúltera siente revivir su atracción por la pareja a la que ha sido infiel, cuando esta despierta el interés de un tercero.

Para el crítico de La Razón: “Deseamos porque nos desean, algo tan volátil como envidiable«. Y que ya se exponía en «Amelie» (otro título inolvidable del cine francés, de cuyo estreno se cumplen precisamente ahora veinte años), cuando Amelie Poulain (Audrey Tautou, en el mejor papel de su carrera artística), empeñada en mejorar la vida de cuantos le rodean, intenta liar a la estanquera hipocondríaca, Georgette (Isabelle Nanty) y al macarra despechado, Joseph (Dominique Pinon), haciéndoles creer que el uno está interesado en la otra, y viceversa.

Huelga decir que «Las cosas que decimos, las cosas que hacemos» está muy lejos de la genialidad narrativa y estética de la legendaria obra de Jean-Pierre Jeunet, pero es una película solvente, pausada y bien contada, pese a sus constantes saltos temporales. Una historia para amantes del ritmo reflexivo del cine francés, con un punto de ironía contemporánea.

Título original: "Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait aka" 

Año: 2020

Duración: 122 min.

País: Francia

Dirección y Guión: Emmanuel Mouret


Fotografía: Laurent Desmet

Reparto: 
Camélia Jordana, Niels Schneider, Vincent Macaigne, Jenna Thiam, Émilie Dequenne, Guillaume Gouix, Julia Piaton, Jean-Baptiste Anoumon, Fanny Gatibelza, Claude Pommereau, Louis-Do de Lencquesaing, Milla Savarese, Lise Lomi

Productora: Moby Dick Films, Canal+, Ciné+

Género: "Dramedia" romántica