LOS ASESINOS DE LA LUNA

Un western es, por definición, una película que sitúa su acción en el lejano Oeste norteamericano y basa o contextualiza su argumento en la conflictividad que invariablemente plantea la convivencia entre vaqueros e indios, bajo el esquema moral simplista de: “los buenos y los malos” (por lo general, en ese orden), con la presencia de algunos personajes arquetípicos, como la bella y desvalida damisela en apuros que es raptada por una tribu de «pieles rojas» o el cuatrero más buscado de la región, por el que se ofrece una jugosa recompensa, quien termina siendo abatido en duelo por un cowboy de gatillo rápido y justiciero o apresado por el sheriff del condado, custodio de la ley y el orden, y máximo representante de sus fuerzas vivas.

Hablamos de un género clásico, acaso el que representa de forma más genuina a la industria cinematográfica estadounidense, pues sus historias suelen remontarse a los origenes fundacionales de la propia nación en cuestión, que tuvo lugar mediante la expansión colonizadora de vastas extensiones de territorio virgen, arrebatadas a las tribus de indios nativos por sucesivas oleadas de pioneros procedentes de Europa, movidos por la ambición y el ánimo de conquista, quienes impusieron su supremacía racial y religiosa en aquellas indómitas tierras desde el minuto uno. Una premisa que ha servido también de inspiración a Martin Scorsese, uno de los mejores directores de todos los tiempos, para atreverse a explorar por primera vez, a sus 81 años, esta narrativa cinematográfica, en su último y extraordinario trabajo que si alguna cosa viene a acreditar es que el western es un género en el que caben otros muchos.

En “Los asesinos de la luna” (“The killers of the flower moon”, su poético título original) el gran realizador italo-neoyorquino, se vale del lenguaje y la iconografía de las «películas de indios y vaqueros», como se las conoce por estos lares, para componer una sinfonía perfecta de casi tres horas y media de duración, con cameo final del propio director incluido, en la que combina casi todos los elementos que han estado presentes en su filmografía hasta ahora, dotando de un sello personal inconfundible al texto original del libro de no ficción de David Grann, ‘Los asesinos de la luna: Petróleo, dinero, homicidio y la creación del FBI’, en el que la cinta basa su argumento, en donde se cuenta un hecho que fue real: el intento de exterminio de la tribu de los Osage, asentada en las grandes llanuras del Estado de Oklahoma, que fuera víctima de una cadena de asesinatos en serie hace ahora un siglo, durante los años 20. Un suceso luctuoso que tardó mucho en ser investigado y por el que más de 60 miembros de esta tribu perdieron la vida en extrañas y brutales circunstancias, a causa de la acción criminal de un entramado de colonos que, tras ganarse la confianza de los nativos y emparentar con estos por la vía de los matrimonios mixtos, buscaban hacerse con sus tierras y con las regalías y la fortuna derivadas del petróleo que manaba de ellas, lo que hizo de la nación Osage “el pueblo indio más rico del mundo per cápita”, convirtiendo a la vez a su población autóctona en la diana de oscuras fuerzas del mal regidas por la codicia del hombre blanco.

Los Osage (especialmente las mujeres) estaban sujetos a una serie de restricciones para poder disponer de sus ingresos y gastos. En otras palabras, necesitaban de un tutor WASP (blanco, anglosajón y protestante) que velase por su patrimonio.

Estamos pues ante la gran tragedia americana, contada por Martin Scorsese. Una revisión desmitificadora de la historia fundacional de los Estados Unidos, en la que el maestro del relato y el montaje cinematográficos recurre a sus actores fetiche para encarnar a los verdugos. Robert De Niro en el papel de William King Hale, un acaudalado ranchero que vive rodeado de pozos petrolíferos, patriarca y benefactor de la comunidad aborigen, quien predica la confraternidad interracial, pero cuya beatífica sonrisa esconde varias hileras de afilados dientes criminales y Leonardo DiCaprio como su sobrino, Ernest Burkhart, un hombre de no demasiadas luces, con un carácter fácilmente manipulable, “demasiado débil o necio como para encontrar su propio eje moral” (Nando Salvà. ElPeriódico.com) y con un serio problema de alcoholismo, que acaba de regresar de la Gran Guerra y se afinca en las tierras regentadas por su tío, a cuya voluntad se somete sin cuestionamiento alguno, actuando como un peón y un esbirro a su servicio; mientras del lado de las víctimas resplandece con luz propia Lily Gladstone en el papel de Mollie Kyle, una de las cuatro hermanas de una conocida familia del antiguo pueblo osage, agraciada con un considerable patrimonio gracias a la renta petrolífera que le proporcionan las tierras de la familia quien, tras convertirse en esposa de Ernest y adoptar su apellido, comienza a ver cómo su clan se extingue de forma lenta pero inexorable, al tiempo que su propia salud empeora al empezar a ser envenenada por su propio marido a instancias de su malvado tío.

La triangulación entre estos tres personajes es lo que apuntala esta historia macabra, marcada por la tragedia, el choque cultural, el amor interracial, la traición y la violencia desatada, sello de la casa en las películas de Marty. Violencia que recibe aquí un tratamiento tamizado a través del humor negro, al igual que sucede en algunos de sus más célebres filmes de gánsteres (“Uno de los nuestros”, “Casino, “El Irlandés” o “Infiltrados”). Pero donde, a diferencia de aquellos, no hay familias mafiosas que respondan a códigos de honor ni simpáticos delincuentes, como sucede en “El lobo de Wall Street”, sino más bien un conjunto de seres taimados, sin ninguna clase de escrúpulo ni conciencia, movidos por la insaciable avaricia tras haber contraído la fiebre del “oro negro”, quienes no toleran bien que el gran premio de la diosa fortuna haya caído en las manos equivocadas y, como en la canción de Leonard Cohen (“todo el mundo sabe que la partida está amañada. Y si, por lo que sea, el asunto tiene visos de cambiar, hay muchos mecanismos para asegurar que el poder y el dinero sigan en manos de los de siempre”), hacen lo posible por intentar arreglarlo.

El más despreciable de estos personajes es sin duda el que interpreta De Niro que, como escribe Yago García en Cinemanía es “el payaso listo, todo en él son risas y miradas de lobo tras sus gafas redondas, mientras que a Leo, en funciones de tonto del bote, le toca aceptar órdenes con gesto de papamoscas (¡esa mandíbula!) e incluso recibir una masónica ración de azotes en el culo mientras lleva a cabo su propia versión de “Cómo matar a la propia esposa”, con Lily Gladstone en funciones de cordero sacrificial, en una estirpe de caciques sociópatas. Más que genios del mal, bufones siniestros”.

Es difícil imaginar que seres tan grotescos puedan llegar a infligir tanto daño, especialmente el personaje que encarna Di Caprio, sobresaliente en términos interpretativos, capaz de expresar a nivel corporal y gestual la condición rastrera y pusilánime de Ernest, sin que el espectador llegue a considerar su escasa inteligencia como un atenuante que justifique el haber sucumbido a la tentación del dinero, llegando a conspirar para asesinar a toda la familia de su mujer y hasta a administrarle veneno a Mollie para «irla apagando». Lo que parece ir reñido con cualquier idea del amor, por más que hacia el final de la película pretenda redimirse.

De eso va “Los asesinos de la luna”, mezcla de crónica familiar, radiografía de una época y comedia negra, en la que el director neoyorquino hace su propio juicio histórico evitando mirar a los indígenas americanos con la condescendencia con la que habitualmente nos referimos a las culturas minoritarias en peligro de extinción. Más allá de advertirnos de su vulnerabilidad, los Osage son retratados por Scorsese como personajes complejos e intuitivos, dotados de varias capas emocionales y una gran resiliencia y hondura psicológica que procede de la preservación de sus creencias ancestrales y de su rápida capacidad de adaptación a los nuevos códigos de conducta que la cultura dominante les impone, así como a los vicios a los que esta les incita.

Es en esa clave en la que ha de entenderse el personaje de Mollie Burkhar, un personaje que encarna la opresión a todo un pueblo, quien desde que su romance con Ernest (DiCaprio) da inicio, parece ser consciente de que él va tras su dinero y, sin embargo, se aventura al riesgo de dar rienda suelta a una pasión que acabará desencadenando hechos fatídicos. Así como la entrega de sus hermanas a otras relaciones tóxicas. Simbólicamente, esas mujeres vendrían a representar la identidad de la tribu Osage, qué tipo de personas eran, reflejando tanto su instintiva desconfianza, nacida de una experiencia traumática con el hombre blanco, como su buen corazón, cálido y acogedor que, en el caso de Anna Brown, la más díscola de las hermanas, se esconde tras una naturaleza indómita.

Aunque centrado en el drama de los Osage, “Los asesinos de la Luna” no solo nos aboca a la revisión de un caso tan sobrecogedor como este, silenciado por los medios de la época e investigado, tarde y mal, por un FBI aún en pañales al mando de J. Edgar Hoover (aunque en este punto el relato de Scorsese parece algo más idealizado, pues el libro de David Grann en el que se basa la película revela cómo las investigaciones de los crímenes dirigidas por el ex Ranger de Texas Tom White que encarna Jesse Plemons, estuvieron plagadas de errores y negligencias), sino que propone una oportuna y aguda reflexión acerca del devenir de la sociedad estadounidense en materia de convivencia interracial, con alusiones a la masacre de Tulsa, considerado el peor episodio de violencia racial que se haya vivido en ese país hasta ahora.

Se trata de una película-río, un relato extenso y complejo, en términos humanos e históricos, épico y a la vez íntimo, que despliega sin prisa, pero sin pausa, varios afluentes narrativos paralelos que se entrecruzan para, finalmente, confluir en un único torrente enfurecido a medida que nos acercamos al desenlace final que no puede ser más inesperado y original.

Según la revista Rolling Stone, “el director Martin Scorsese (80 años), el guionista Eric Roth (78 años), la editora Thelma Shoonmaker (83 años) y el actor Robert De Niro (80 años), nos dan una verdadera clase magistral sobre cómo hacer cine dirigida a una nueva generación caracterizada por la pereza constante, la falta de profundidad, la mentalidad de reciclador y la carencia de imaginación”.

Al estar basada en un hecho real, el misterio no consiste en llegar a saber quién comete los atroces crímenes, algo que se pone de manifiesto desde el principio, sino en ver cómo se ven afectadas las víctimas y Scorsese hace tanto hincapié en ello que quizá sea la película del director donde más empatizas con ellas y más clamas porque se haga justicia.

A lo largo de tres horas y media inagotables, contemplamos con impotencia y repugnancia cada mentira, cada asesinato despiadado, hasta la secuencia final que se nos presenta a modo de un espectáculo de radioteatro, en el que se desvela la suerte que corrieron en la vida real tanto los asesinos como las víctimas de este truecrime, en medio de un show musical con efectos sonoros. Hay incluso un cameo del propio realizador contándonos el trágico y prematuro final de Mollie Kyle. Acaso un guiño a modo de sátira para un capítulo de la historia estadounidense que nunca como hasta ahora estuvo bajo los focos.

Título original: Killers of the Flower Moon

Año: 2023

Duración: 206 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Martin Scorsese

Guion: Eric Roth, Martin Scorsese. Libro: David Grann.

Reparto: Leonardo di Caprio, Robert De Niro, Lily Gladstone, Jesse Plemons, Brendan Fraser, Louise Cancelmi, Larry Sellers, John Lithgow, Tantoo Cardinal...

Música: Robbie Robertson

Fotografía: Rodrigo Prieto

Compañías: Appian Way, Apple TV+, Imperative Entertainment, Sikelia Productions, Paramount Pictures.

Género: Western. Thriller. Drama. Truecrime. Basado en hechos reales. 

GOLPE DE SUERTE

No creo que “Golpe de suerte” pueda compararse, como se ha pretendido en su promoción, a la soberbia odisea criminal de “Match Point”, en la que el genio neoyorquino se tutea con Dostoievski y remata la faena en un final inesperado: el de la pelota de tenis susceptible de caer a cualquiera de ambos lados de la red. En mi opinión, uno de los trabajos más lúcidos, críticos y filosóficos de Woody Allen, cuyo cine lleva ya varios años en franca decadencia, debido a una variedad de factores que seguramente tengan más que ver con la dificultad para no repetirse tras haber rodado 50 películas a su provecta edad (en noviembre cumplirá 88 años), que con la cancelación que ha sufrido en los Estados Unidos tras las acusaciones de abuso sexual de su hija adoptiva, Dylan, y de la madre de ésta, Mia Farrow, que le han convertido en un indeseable en su propia tierra, lo que le ha obligado a ubicar sus historias en otros escenarios distintos a su querida y confortable Nueva York.

Subyugado por el viejo continente europeo, cuyo público ha resultado serle más fiel que sus desmemoriados, puritanos y censores compatriotas estadounidenses, y decidido a morir con las botas puestas, los últimos años de su actividad creativa son, como el propio Allen confiesa, una mezcla de exilio forzoso y de turismo de lujo, mezclando trabajo y placer al pasearse junto a su prole por lo más exclusivo de Londres, Roma, Barcelona o París… para filmar, no ya una película al año, como solía hacer, pero sí una cada dos o tres años, el tiempo transcurrido desde el rodaje y estreno de “Rifkin’s Festival” en el marco del Zinemaldia en San Sebastián. Lo que no siempre ha sentado bien a su cine que ha sucumbido al entusiasmo del viajero por inmortalizar los escenarios más emblemáticos de aquellas ciudades que visita, casi a modo de postal, siendo el guion a veces un mero pretexto para ello.

En “Golpe de suerte”, en cambio, Allen ha querido volver a París, una ciudad que conoce casi tan bien como Nueva York, pues es donde pasa cada Navidad y donde ya rodó antes la comedia musical “Todos dicen I Love You” o “Midnight in Paris”, otro de los mejores títulos de su filmografía reciente, para atreverse a rodar por primera vez en francés, idioma que no domina, lo que no parece haberle impedido extraer lo mejor del talentoso elenco de actrices y actores galos del que se ha rodeado en esta película, en la vuelve a contarnos una de esas historias de la alta sociedad que tanto le gustan y que le permiten mostrar el estilo de vida urbano y burgués en el que él mismo se ha movido durante toda su vida adulta, en un nuevo intento de desnudar la frivolidad y el ensimismamiento de la fauna que la habita, en la que se mezclan los llamados “ricos de cuna” con los self made man, adinerados hombres de negocios capaces de casi todo por mantener el elevado estatus social que tanto les ha costado alcanzar.

“Golpe de Suerte” es la historia de uno de ellos, Jean Fournier (Melvil Poupaud) y de su mujer Fanny (radiante Lou de Laâge), una pareja ideal, guapa, pudiente y bastante esnob que vive en un elegante y espacioso piso en un selecto barrio de París y acude a fiestas en las que corre tanto el champán como las conversaciones insustanciales. Ella trabaja como responsable de subastas de una galería de arte y disfruta de una vida acomodada gracias a su marido, algunos años mayor, de quien apenas sabe que se dedica “a hacer más ricos a los ricos”.

Ambos parecen estar tan enamorados como el día en que se conocieron, aunque Fanny, quien estuvo casada antes con un fracasado músico de jazz y conoció a Jean en un momento de gran vulnerabilidad sentimental, en pleno proceso de divorcio, se queja ahora de la rutina y de que Jean la considere “un trofeo” más en su larga lista de triunfos, por ser el prototipo de mujer —bella, inteligente y encantadora—a la que todos desean, lo que hace de él un marido patológicamente celoso y controlador que pone en ella el mismo interés posesivo que en su preciada colección de trenes eléctricos.

Un día Fanny se topa accidentalmente en la calle con Alain (Niels Schneider), uno más de sus muchos admiradores en el instituto francés de Nueva York, donde durante la adolescencia estudiaron juntos, quien le confiesa que siempre estuvo enamorado de ella, lo que sin quererlo la devuelve a una vida anterior más excitante que la que lleva ahora. Alain es un escritor de vida bohemia y está en París de paso hasta terminar el manuscrito de una novela en la que está trabajando, pues la mayor parte del tiempo vive en Londres. Quedan en verse algunos días más para comer, pero desde ese primer encuentro la llama del deseo prende entre ambos, lo que los lleva a iniciar una relación adúltera en la buhardilla parisina de alquiler de Alain, que todo escritor bohemioburgués que se precie aspira a habitar. Y es que todo en este relato obedece al cliché de una realidad idealizada.

En palabras de Marta Medina en El Confidencial, «Golpe de Suerte» es “una historia de amor parisina con personajes que visten gabardina y jersey rayado, comen bocadillos en los parques, viven en buhardillas bohemias y leen a Proust. El París que construye Allen es esa arcadia del refinamiento estético e intelectual, con personajes que no son humanos, sino estereotipos conscientes que permiten al director meterse de lleno en la comedia romántica primero, después en el suspense y por último en el enredo, al servicio de un guion en el que prima el golpe de efecto, la ironía y el humor frente a un desarrollo de personajes realista”.

Desde ese primer encuentro fortuito Fanny se debate entre «el pragmatismo y la ambición de Jean y el romanticismo iluso de Alain» quien «le ofrece un mundo callejero, intenso y romántico». Su infidelidad es un secreto a voces de la que su marido acaba sospechando, urdiendo un plan siniestro para no perder a su mujer. A partir de lo cual la película se precipita hacia una segunda parte en la que ganan peso la intriga y el humor negro. Una mezcla de “La regla del juego” de Renoir y “Misterioso Asesinato en Manhattan”, aunque con mucho menos paciencia y suspense, en donde la madre de Fanny (Valerie Lemercier), de paso en la “ciudad de la luz” para visitar a su hija y al marido de ésta, por quien en principio siente gran estima y afinidad, se convierte en la catalizadora de un ingenioso e inesperado giro narrativo, al empeñarse en investigar la repentina desaparición del amante de Fanny, valiéndose de su experiencia como ávida lectora de novela negra.

Fiel a la icónica puesta en escena a la que nos tiene tan acostumbrados: la inconfundible tipografía Windsor de los créditos, la musica de Herbie Hancock de banda sonora (siempre el jazz) y los buenos oficios de Vittorio Storaro al iluminar con la paleta otoñal parisina una serie de localizaciones seleccionadas con esmero (en especial las soleadas escenas de la casa de campo), el viejo director y guionista neoyorquino se niega a salir de su zona de confort y se vale de este ligero divertimento argumental basado en un triángulo amoroso, en donde, como también es habitual en él, abundan las referencias artísticas y literarias (al “David con la cabeza de Goliath” de Caravaggio, a los poemas de “El Jardín de los Secretos”, a “Madame Bovary”, a la novela negra de Simenon o al cine de Chabrol), para construir un sólido drama moral en el que vuelve a hablarnos sobre las mismas cosas: el amor romántico que exonera de cualquier culpa, los celos y la forma en la que opera la mente criminal, con la tranquilidad de quien ya no tiene nada que demostrar pero aún disfruta haciendo películas, en las que intenta hacernos partícipes de lo que ha averiguado de la existencia humana, para advertirnos de cómo nuestras vidas, incluso las de aquellos que exhiben una desafiante seguridad en sí mismos y presumen de fabricar su propio destino, como Jean Fournier, dependen, a menudo fatalmente, del azar, de la inevitabilidad del absurdo y, a veces, si hay suerte, hasta de la justicia poética. Y, aunque la fórmula no sea novedosa, «Golpe de suerte» funciona, manteniendo viva la esencia de ese antiguo genio narrador de tramas enrevesadas e ingeniosas que fue -y sigue siendo- Woody Allen, antes de que una inesperada jugarreta del destino le hiciera caer a él mismo en desgracia.

Título original: Coup de chance

Año: 2023

Duración: 96 min.

País: Francia

Guion: Woody Allen

Dirección: Woody Allen

Reparto: Melvil Poupaud, Lou de Laâge, Niels Schneider, Valerie Lemercier.

Fotografía: Vittorio Storaro

Compañías: Coproducción Francia-Estados Unidos; Petite Fleur Productions, Gravier Productions, Perdido Productions, Dippermouth

Género: Romance. Drama. Thriller. Comedia romántica

BANDS OF BROTHERS

A finales de la década de los 90, Tom Hanks encontró una nueva salida creativa como productor de miniseries de televisión basadas en películas que él mismo había protagonizado en el cine y que tocaban su fibra patriótica de ciudadano estadounidense. La primera fue “De la Tierra a la Luna” (1998), inspirada en «Apolo 13» (1995), que se centraba en la carrera espacial entre rusos y americanos en los años 60. Pero el éxito llegó en 2001, con “Band of Brothers”, inspirada en la oscarizada “Salvar al Soldado Ryan” (1998) de Steven Spielberg, quien terminó entusiasmándose con el proyecto y siendo productor asociado de esta secuela televisiva, originalmente concebida para HBO, que acaba de entrar en el catálogo de Netflix.

Valorada con justicia por la crítica como una de las mejores series de guerra de todos los tiempos, narra la epopeya de los soldados de una unidad del Segundo Batallón de paracaidistas de la División 506 Aerotransportada del ejército de los Estados Unidos que entró en combate contra los nazis, junto a las fuerzas aliadas, durante la Segunda Guerra Mundial, ensalzando valores como la camaradería y la nobleza de un puñado de jóvenes que estuvieron dispuestos a jugarse la vida por defender, no tanto los colores de su bandera, cuanto los valores de nuestra civilización. Pero deja ver también las profundas cicatrices físicas y emocionales que la guerra les dejó.

A lo largo de diez episodios de cerca de una hora de duración en los que hay acción, emoción, momentos entrañables y desgarradores, y un sinfín de diálogos inteligentes, acompañamos a este grupo de hombres desde su durísimo entrenamiento como soldados en el Campo de Toccoa, Georgia, bajo las órdenes del temible capitán Herbert M. Sobel (David Schwimmer), marchando al trote a diario hasta la cima del Currahee, hasta su bautismo de fuego al descender en paracaídas tras las líneas enemigas en las inmediaciones de la playa de Normandía en horas previas al Día D, teniendo que librar las contiendas más feroces -de algunas de las cuales el cine ya ha dado cuenta hasta ahora- como la Batalla de las Ardenas en Francia, el asedio en mitad del crudo invierno en el bosque nevado de Bastogne (Bélgica) o la liberación de un campo de concentración, ya en territorio alemán.

Los personajes están creados a partir de la biografía de los heroicos excombatientes de la legendaria “Compañía Easy”, quienes tuvieron la misión de cortar las vías de comunicación y reabastecimiento de los nazis durante el desembarco aliado, algunos de los cuales aún vivían al momento de rodar la serie, por lo que los vemos ofrecer su testimonio al inicio de cada capítulo. Se trata de soldados estadounidenses, pero bien podrían ser milicias de la resistencia francesa, escuadrones nazis o pelotones soviéticos avanzando hacia Berlín. Cada palabra atragantada, cada mirada vidriosa de esos veteranos de guerra es sólo un preámbulo de lo que viene a continuación.

Sin heroísmos ni épica. Cruda como la guerra misma, la serie recorre los distintos perfiles psicológicos del hombre que se enfrenta a ella: la fuerza del soldado que acaba de perder a su hermano motivado por la sed de venganza, la angustia del médico que atiende a los caídos en el mismo frente de batalla, al que le falta morfina y se le amontonan los heridos, las dudas del estratega militar, la valentía y la lealtad del soldado raso hacia su superior al mando, siempre y cuando éste le demuestre fortaleza y seguridad, el miedo a volver a una vida en paz…. Cada personaje aporta su particular mirada, dando como resultado un trágico relato de las diferentes caras de la confrontación bélica, en el que la exaltación nacional queda en un segundo plano para remarcar el trauma y la degradación que la guerra supone a nivel humano, lo que nos permite centrarnos en un análisis más complejo, digno y profundo de la misma.

Pese a que la historia pivota en torno a la amistad que se forja entre Richard Winters (Damien Lewis) y Lewis Nixon (Ron Livingstone), dos jóvenes oficiales en ascenso y estrategas militares al mando de su unidad, “Bands of brothers” es un relato coral, construido sobre todo a partir de los personajes secundarios que encarnan un grupo de excelentes actores (la mayoría de ellos británicos, aunque hagan de soldados estadounidenses) entre los que se encuentran algunos de quienes hoy son figuras reconocidas, como Michael Fassbender, Tom Hardy, Dexter Fletcher,  Simon Pegg, Donnie Wahlberg, Michael Cudlitz, Scott Grimes, Neal McDonough, James Madio, Ross McCall, Matthew Settle, Frank John Hugues, Eion Bailey, Stephen Graham, Andrew Scott, James McAvoy, Ben Capla y, como curiosidad, el presentador Jimmy Fallon o Colin Hanks, el propio hijo de Tom Hanks, entre otros, quienes dan vida a los soldados de la Compañía Easy, rotándose el protagonismo de cada capítulo y generando una gran empatía con el espectador, al punto de llegar a preocuparnos la suerte de todos y cada uno de ellos, y eso es lo que dota de máxima emoción a la serie pues, antes del décimo capítulo, la mitad de estos personajes habrá muerto o habrá sido mutilado en combate, y los que sobrevivan arrastrarán profundas heridas, viendo amenazado en ocasiones su equilibrio mental.

De la historia emana un sentimiento de camaradería auténtico entre este grupo de hombres, dando especial relevancia a la preocupación de los oficiales por sus subalternos, con los que terminan estableciendo una relación paterno-filial. A fuerza de vivir al límite, con frío, hambre y el enemigo siempre al acecho, interactúan entre ellos con pequeños gestos de una gran nobleza. “La nobleza que se forja entre guerreros y hermanos de sangre”, como reza la frase shakespeariana que da título a la serie.

Y es que Tom Hanks y Steven Spielberg saben lo que se hacen. Si en “Salvar al Soldado Ryan”, un cuerpo especial del ejército estadounidense desembarcaba en Normandía con la misión de recuperar a uno de sus paracaidistas y, con ese pretexto, la película ofrecía una espectacular panorámica de la brutalidad bélica. “Band of Brothers” es un nuevo recordatorio de las vergüenzas perpetradas con impunidad durante la gran guerra europea, con una vuelta de tuerca más de introspección y autocrítica, y una factura tanto o más excepcional a nivel técnico, donde la condición humana sale reforzada a pesar de los pesares.

Aunque lo hayamos visto mil veces, resulta imposible no conmoverse en el penúltimo capítulo, en donde los miembros de la Easy descubren un campo de concentración y contemplan con horror la miseria humana desatada por la locura racial nazi. Y es que uno termina viviendo y sintiendo a través de estos personajes, de los que cuesta despedirse, mientras van cayendo irremediablemente uno a uno y los cadáveres se apelotonan en las esquinas, y las iglesias se transforman en hospitales teñidos de sangre.

En “Bands of brothers” la tierna mirada entre un soldado y una enfermera no termina en un beso con música de violines, sino en un cuerpo sepultado entre los escombros. Vivimos la alegría de las victorias aliadas y descubrimos con impotencia la barbarie. Pero también vemos a ciudadanos holandeses humillando públicamente a las mujeres de su pueblo que se habían acostado con militares nazis y a soldados americanos fusilando a prisioneros desarmados. La tesis que alienta su relato es simple. En la guerra, incluso los vencedores salen perdiendo. Todos luchan, todos sufren, todos enloquecen y todos perecen. Hasta aquellos que se libran de la muerte para vivir atormentados por el recuerdo.

Título original: Band of Brothers

Año: 2001

Duración: 705 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Stephen Ambrose (Creador), David Frankel, Mikael Salomon, David Leland, Tom Hanks, Richard Loncraine, David Nutter, Phil Alden Robinson...

Guion: Erik Jendresen, Tom Hanks, John Orloff, E. Max Frye...

Reparto: Damian Lewis, Ron Livingston, Michael Fassbender, Tom Hardy, Dexter Fletcher,  Simon Pegg, Donnie Wahlberg, Michael Cudlitz, Scott Grimes, Neal McDonough, James Madio, Ross McCall, Matthew Settle, Frank John Hugues, Eion Bailey, Stephen Graham, Andrew Scott, James McAvoy, Ben Caplan, Jimmy Fallon, Colin Hanks...

Música: Michael Kamen

Fotografía: Remi Adefarasin, Joel Ransom

Compañías: HBO, DreamWorks SKG, DreamWorks Television, Playtone. 

Productor: Steven Spielberg, Tom Hanks. 

Distribuidora: HBO

Género: Miniserie de TV. Bélico. Drama. II Guerra Mundial. Basado en hechos reales

BABYLON

No tuve ocasión de verla en el cine, pero ahora que se ha estrenado en Prime Video, me alegro de haber podido ver al fin “Babylon”. Una película extravagante, tragicómica y algo turbia, con un ostentoso despliegue de medios, que reproduce el ecosistema de las grandes producciones de Hollywood de los alocados años veinte, cuando las rutilantes estrellas del celuloide eran verdaderos dioses y hubo de producirse la difícil transición del cine mudo al sonoro que dejaría a muchas de ellas en paro, por su incapacidad de adaptarse a los cambios que exigía una industria que vuelve a estar hoy en profunda transformación, con todo lo que ello conlleva de selección natural.

Acentos marcados, mala dicción, voces gangosas o demasiado aflautadas… todo lo que en el cine silente carecía de importancia, resultaba de pronto invalidante. Tal es el paradigma del que parte Damien Chazelle en su último trabajo, cuyo visionado adquiere una nueva dimensión en tiempos de huelgas y de revueltas sindicales con guionistas y actores en pie de guerra por la reivindicación de los derechos de propiedad intelectual frente a los corsarios del streaming. Mientras en la época en la que este se ambienta eran los extras y los figurantes el colectivo capaz de paralizar un rodaje en protesta por sus precarias condiciones laborales. Y es que el de los intérpretes y trabajadores de Hollywood ha sido siempre un gremio de armas tomar.

Pese a su opulenta espectacularidad, la taquilla la despreció y la crítica la maltrató en su estreno a principios de año, acusándola de ser narrativamente poco consistente y dedicándole adjetivos como desmesurada, excesiva, frenética, caótica, salvaje, grotesca, decadente o, lo que es peor, superficial. Sin embargo, después de verla, creo que “Babylon” merece una mayor indulgencia, aunque solo sea por reconocer el sentido homenaje que su joven y oscarizado director rinde en ella al séptimo arte, aun queriendo mostrarnos el lado más pervertido y más ruin de una industria creadora de sueños y demoledora de vidas.

Porque esa es la dicotomía sobre la que Chazelle construye su relato que es, según propia confesión, una carta de amor-odio al cine. La misma que inspiró sus anteriores trabajos, “Whiplash” y “La La Land”.

Mucho más ambiciosa en su concepción global que estos, “Babylon” es una delirante hipérbole visual, de ritmo desenfrenado, cuyo aparente descontrol se adivina artificiosamente controlado, con un reparto de actores y actrices en estado de gracia en el que destaca la ya consagrada Margot Robbie, que aparece aquí como una verdadera fuerza de la naturaleza, y Brad Pitt, a quien Chazelle obsequia su mirada más indulgente, otorgándole un papel en el que casi se interpreta a sí mismo. Un actor elegante y carismático en la cúspide de su carrera, enamorado del cine y entusiasta de su evolución (hay que recordar que, además de actuar, Pitt es productor ejecutivo de varias películas) aunque ello implique acabar siendo una superestrella eclipsada por los nuevos destellos de la modernidad.

Se trata de tres horas de pura euforia cinematográfica con una técnica de rodaje muy depurada que se pone de manifiesto desde su enloquecida secuencia inicial, en la que asistimos al complejo traslado de un elefante de circo hasta una mansión en las colinas de Bel Air, en la desértica y polvorienta Los Ángeles de 1926, donde se celebra una orgía festiva plagada de excesos. Un mosaico de degradación y de lujuria. Sodoma y Gomorra, en su sentido menos bíblico. Una situación inspirada en los pasajes que describía el autor del best seller “Hollywood Babilonia”.

“El Dios de Hollywood quería elefantes blancos y los tuvo”, escribía Kenneth Anger en referencia a las enormes estatuas levantadas por exigencia de David W. Griffith para la escenografía de su monumental y fallida “Intolerancia”. Solo que, a diferencia de los elefantes de D.W. Griffith, el de Chazelle no es de yeso, sino un enorme paquidermo de carne y hueso, remolcado por un desgraciado inmigrante mexicano, a bordo de un desvencijado camión, a cambio de la promesa de una jugosa propina.

La monumental e inesperada defecación de la bestia circense sobre el pobre mexicano que se esfuerza en conducirlo a su destino es, además de un anticipo de lo que nos queda por ver, una metáfora facilona y premonitoria de cómo “Hollywood te cubre de mierda, y más cuando eres latino o una minoría, porque aquí todas las minorías étnicas (y sexuales) son pisoteadas”, como escribía acertadamente Javier Zurro en su reseña en Diario.es Y no será esta la única secuencia escatológica de la película de Chazelle.

Hacia el final, será el personaje de Robbie quien vomitará sobre uno de los invitados a una elegante reunión, mucho más formal e hipócrita que la imponente y desenfrenada bacanal que sirve de prólogo a la historia, en la que coinciden por primera vez el ya citado Jack Conrad (Brad Pitt), galán por excelencia de la MGM y sinécdoque de John Gilbert o de Douglas Fairbanks, enredado permanentemente en escándalos que alimentan a la prensa rosa, quien encadena fracasos matrimoniales y esconde su creciente inseguridad por el legado artístico que construye en su adicción al alcohol, atisbando que se acerca el fin de una era; Manny Torres (Diego Calva), un emigrante mexicano que trabaja de chico de los recados o, lo que es lo mismo, como ayudante de producción y parece dispuesto a todo para formar parte de ese nuevo Hollywood que comienza a configurarse, y la electrizante, enérgica y algo pirada Nellie LaRoy (Margot Robbie), una aspirante a actriz enganchada al juego y a la cocaína, poseedora de un talento natural para la actuación y un espíritu desenfrenado e indómito que la catapultan al estrellato como la nueva «it girl» de los Kinoscope Studios. La vulnerabilidad, libertinaje y audacia de este personaje, aparejados a la gran belleza de Robbie, hacen que su presencia sea totalmente hipnótica cada vez que aparece en pantalla.

Los sueños y anhelos de estas tres figuras centrales, unos en ascenso y otros en declive, pues ya se sabe que todo lo que sube tiende a bajar, su perseverancia por alcanzarlos y el alto precio que están dispuestos a pagar por la notoriedad vuelven a ser el leit motiv de Chazelle quien insiste en advertirnos de cómo la obsesión por alcanzar el éxito y la fama puede conducirnos a la autodestrucción, empleando aquí la fórmula de la tragicomedia para mostrarnos el lado más despiadado de ese Hollywood que ha visto nacer, brillar y desaparecer a artistas de enorme talento, reemplazados por simples exigencias del guion, por un cambio de modas o por su propia incapacidad de adaptación a una industria cada vez más exigente que se convierte en una trituradora de seres humanos.

En sus extensas tres horas de duración, hay escenas sublimes como el rodaje del beso final de una película de trasfondo bélico al filo del atardecer, cuando ya apenas hay luz para filmar; así como las que hablan de una industria machista, concebida casi como una picadora de carne (aunque la directora sea mujer) que sexualiza a sus actrices y las condena a rivalizar por ganar el favor de la audiencia masculina, ya sea pasándose un hielo por los pezones o recurriendo a la cirujía estética; aquella en la que Robbie muestra todo su talento al controlar y modular sus lágrimas durante la repetición de una secuencia con solo activar el mecanismo de sus propias vivencias personales o la otra en la que su personaje tiene que rodar la primera película con sonido en estudio, parodia de los inconvenientes técnicos que suscitó la aparición del cine sonoro que acaba en tragedia con un camarógrafo caído en combate.

Sacar a la luz toda la miseria moral que se esconde tras bambalinas y solo se muestra cuando los focos se apagan sirve al director de “Babylon” para recordarnos que las películas no son más que un engaño, una fantasía producida por una maquinaria que está muy lejos de poner en práctica los valores que promueve.

La película realiza una dura crítica a una industria que pisoteó a latinos, asiáticos y afroamericanos a cambio de defender a las estrellas blancas, como las que interpretan Robbie y Pitt al que se le da muy bien reírse de sí mismo. Pero sin querer incurre en sus mismos vicios. De ahí que uno quisiera saber más de Sidney Palmer, ese trompetista que interpreta Jovan Adepo y que el director de “Whiplash” convierte en alter ego de músicos como Louis Armstrong o Duke Ellington, leyendas de la música que fueron parte de la historia del cine cuando el racismo estaba (más) institucionalizado en las grandes producciones. Pero al igual que ocurría en ellas, Chazelle infrautiliza a esos personajes limitando su recorrido dramático a la humillante escena en la que le piden al trompetista que se cubra de betún porque no es lo suficientemente negro. Lo mismo pasa con la asiática (y lesbiana) Lady Fay Zhu a quien da vida Li Jun Li, que solo parece servir para ambientar las fiestas con su halo de misterio androgino o con la cronista de tabloides, Elinor St. John (Jean Smart), personaje inspirado en Adela Rogers St. Johns, influyente periodista, novelista y guionista estadounidense durante los años 20 y 30, quien tiene uno de los parlamentos más destacados, cuando le explica a Jack con toda crudeza y no menos ternura que, aunque su momento de mayor gloria ha pasado, un actor vive para siempre en sus películas: “Un día, todas esas personas que vemos en ellas estarán muertas. Pero un niño nacido dentro de 50 años tropezará con tu imagen parpadeando en la pantalla y sentirá que te conoce”.

Si en “Erase una vez en Hollywood”, Quentin Tarantino intentaba resarcir la dignidad y humanidad de su star system, “Babylon” se comporta de manera menos piadosa condenando a sus personajes a un destino trágico.

No tiene la inocencia de “El Artista” o de “Cantando Bajo Lluvia”, películas que reflejaron antes la crisis del paso del cine silente al sonoro de manera más graciosa o entrañable, aunque el musical de Stanley Donen y Gene Kelly le sirva de referente. Porque lo que Chazelle persigue no es hacer un relato nostálgico ni edulcorado del Hollywood del cine clásico, sino denunciar que detrás de la perfección de cada uno de sus planos hay una historia que se escribe con sangre, sudor y lágrimas, lanzando la pregunta retórica al espectador de si todo ese esfuerzo y sufrimiento en realidad valió la pena. La respuesta es obvia. De otro modo no estaríamos hablando de ello.

Título original: Babylon

Año: 2022

Duración: 189 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Damien Chazelle

Guion: Damien Chazelle

Reparto: Brad Pitt, Margot Robbie, Diego Calva, Li Jun Li, Jovan Adepo, Jean Smart, P. J. Byrne, Lukas Haas, Olivia Hamilton, Tobey Maguire, Max Minghella...

Música: Justin Hurwitz

Fotografía: Linus Sandgren

Compañías: Paramount Pictures, Material Pictures, Marc Platt Productions. 

Género: Drama. Comedia. Años 20-30. Cine dentro del cine

BARBIE

Existen al menos dos maneras de ver “Barbie”, más allá de la fascinación visual que pueda ejercer en nosotros todo el glitter y el glam que su dirección de arte derrocha. La primera de ellas es dando por bueno el viejo dogma del feminismo de que el mundo podría ser un lugar de ensueño si estuviese regentado en exclusiva por las mujeres. Mujeres hermosas y empoderadas, infinitamente más capaces e inteligentes que los hombres, quienes no sólo pasan a ser el “sexo débil” en ese idílico y rosado Barbieland, donde todo es de pega y donde “todas las noches son noches de chicas” que la película nos propone, sino uno totalmente prescindible (tan invisible y accesorio como lo son algunas señoras para sus parejas en el mundo real), sin morada ni hacienda (¿dónde viven los Ken´s, el novio/pareja sin compromiso de Barbie, se preguntan en la película, si la casa, el coche, la caravana… absolutamente todo es de Barbie?), despojados hasta de su virilidad como Sansón, al no disponer de pene ni de testículos (como ella misma no dispone de vagina) y, lo que es peor, de cualquier atisbo de inteligencia, especialmente emocional.

La segunda forma de verla es desde un punto de vista corrosivo y satírico, entendiendo que el guion hace mofa precisamente de todos esos preceptos, para demostrarnos que la batalla de sexos no tiene ningún sentido y que hombres y mujeres deben aprender a convivir en armonía, respetándose mutuamente, tras “hacer la guerra por su cuenta”, pues “No es Barbie y Ken. Está Barbie y está Ken”, como le dice Margot Robbin (la perfección hecha muñeca) a Ryan Gosslin, su plástico y bronceado partenaire. Ambos deben construir su identidad por separado hasta llegar a entender quiénes son y quiénes quieren ser de forma individual.

En eso consiste, básicamente, el planteamiento de Greta Gerwig (‘Lady Bird’ y ‘Mujercitas’) y Noah Baumbach, coguionistas de la película que, merced a una campaña publicitaria digna de estudio en las escuelas de mercadotecnia, se ha convertido en un fenómeno social logrando atraer a las salas de cine a millones de espectadores en todo el mundo, lo que se traduce en cifras millonarias de recaudación en taquilla para la Warner Bross. Lástima que, como casi siempre, el resultado tienda a defraudar las elevadas expectativas creadas por sus anunciantes. Y ello por varias razones que intentaré explicar aquí y que, en esencia, se resumen en una sola idea: y es que, queriendo abolir el estereotipo, la película de Baumbach y Gerwig resulta demasiado estereotípica e incurre en no pocas contradicciones.

Pese al nivel de intriga generado desde que se anunció el proyecto, “Barbie” no pasa de ser un divertimento veraniego que abusa de su propio argumento. En un intento de capitalizar las grandes inquietudes sociales del momento, incubadas al abrigo de las últimas olas de la marea feminista o de movimientos de nuevo cuño, como el Black Lives Matter o el protagonizado por la comunidad LGTBI+, sus creadores elaboran una ensalada de temas con demasiados ingredientes que resulta de difícil digestión, a pesar (o precisamente por ello) de la forma tan colorida y comercial que han elegido para dar rienda suelta a su fiesta camp, aderezada con toques de humor bastante manidos y algunos números musicales y coreografías totalmente innecesarios, por más que hayan sido creados por Mark Ronson, productor de Miley Cyrus, Lady Gaga o Dua Lipa, los cuales hacen que la película naufrague en su intento de procurar cierta ligereza.

El verdadero leit motiv de su guion (y quizá lo más interesante y novedoso de esta parodia que es, en sí misma, una gran operación de marketing a escala industrial) orbita sobre una marca (la de Mattel, creadores de la muñeca Barbie y productores de la película) que no duda en hacer burla y cuestionarse a sí misma (impagable la imagen de su Consejo de Administración sin una sola mujer, liderado por el absurdo personaje que interpreta Will Ferrell) con el objetivo de blanquear su imagen social corporativa con un ciclo largo de “feminism washing” y reposicionar y revitalizar así su marca algo devaluada en un mundo dominado por la cultura woke.

Con esta pretendida autocrítica, Matell se reivindica como la creadora de esta muñeca que en su día marcó un salto evolutivo dentro de los juguetes destinados al género femenino -cuando aun había juguetes para niñas y juguetes para niños- y que ha sabido hacer los deberes y modernizarse con el paso de los años, rompiendo su propio molde para dar cabida a la imperfección y la diversidad, en sintonía con las minorías sociales y raciales oprimidas por el stablishment -del que ellos mismos forman parte- intentando empoderar a las mujeres del futuro, al demostrarles que “si se puede” (slogan de un conocido partido político de izquierdas español que, sorprendentemente, se cuela en los diálogos de la película en este mismo idioma, incluso en la versión original). Que si su muñeca Barbie puede ser premio nobel de literatura, científica, astronauta, obrera de la construcción o presidenta del Gobierno o del Tribunal Supremo, es decir: cualquier cosa que se proponga, ellas también pueden hacerlo. Lo cual resulta vital de cara a empatizar con las nuevas generaciones de potenciales compradoras, niñas que ya no juegan a muñecas sino a sobreexponer su propia imagen en plataformas como Tik Tok mientras son educadas en los preceptos del nuevo feminismo, para el cual Barbie siempre ha sido un icono hipersexualizado, fruto del machismo opresor y una especie de instrumento de colonización de las mentes infantiles con el que han crecido varias generaciones de niñas desde los años 60, que promueve un canon de belleza frívolo y esclavizante para la mujer, tal y como le expresa Ariana Greenblatt, la niña de la película cuando la muñeca más famosa del mundo se presenta ante ella creyendo ser una fuente de inspiración para las chicas, porque ahora se fabrican barbies de diferentes profesiones, tallas y razas, sin sospechar siquiera que las adolescentes del siglo XXI la odian, por ser un símbolo del consumismo, el capitalismo fascista y hasta la falta de conciencia medioambiental.

Con la excusa de poner a la “Barbie estereotípica” (eufemismo de rubia tonta) tras la pista de su verdadera razón de ser y existir; Gerwig y Baumbach lanzan a su criatura al mundo y la humanizan dotándola de distintas capas emocionales a medida que avanza su viaje en busca de respuestas a sus profundos dilemas morales aterrada como está por la posibilidad de tener los pies planos y no poder volver a usar zapatos de tacón, padecer celulitis, envejecer o morir. Un viaje que va de la inocencia y la ignorancia al empoderamiento, tocando una serie de asuntos que tienen enorme eco social en la actualidad, con el patriarcado opresor, la desigualdad de género y la masculinidad tóxica en primer plano, pero también introduciendo tangencialmente otros temas, como las redes afectivas que construyen las mujeres (sororidad) y los conflictos generacionales, así como el vínculo de amor y de transmisión de conocimiento que se establece entre madres e hijas, y los cambios que se producen en cada etapa de la vida, a medida que vamos asumiendo responsabilidades, la frustración inherente a la madurez y la incertidumbre asociada a la propia existencia, o la necesidad de fortalecer la autoestima y de encontrarse a uno mismo cuando descubres que no eres lo que otros te hicieron creer que eras. Punto este en el que la película conecta con las reivindicaciones de otro colectivo en pie de lucha, la comunidad LGTBI+ representada por Allan, arquetipo del amigo gay que no se identifica con los otros Ken´s y que se siente más seguro y arropado con las Barbies.

Gerwig y Baumbach han puesto especial cuidado en reproducir el amplio abanico morfológico y racial de los muñecos y muñecas de Matell en el reparto de actores y actrices que los encarnan: rubi@s, moren@s, pelirroj@s, afroamerican@s, barbies gordas, flacas, en silla de ruedas, embarazadas o rotas, como esa muñeca con la que todas jugamos de niñas y a la que acabamos destrozando, cortándole el pelo o pintarrajeándole la cara. No es casualidad tampoco que la madre y la niña de la película no sean de raza blanca caucásica sino de origen hispanoamericano, siendo las niñas de latinas unas de las que más juegan con esta muñeca.

Las actuaciones en general están muy bien. Y Margot Robbie no sólo es físicamente la perfecta encarnación de la Barbie estereotípica, sino que logra reproducir con acierto y cierta sorna caricaturesca los movimientos y rutinas de la muñeca, así como los sentimientos de tristeza y las crisis existenciales que afloran en ella. Mientras Ryan Gosling dota al asexuado Ken de una inesperada dimensión, más importante que la que el propio guion le reserva, robándole por momentos cierto protagonismo a Barbie. Del Ken que le dice a esta “no soy nada si tu no me miras” al que exhibe con orgullo el lema «I´m Kenough» en su sudadera, pasando por su errático descubrimiento de las ventajas que otorga el patriarcado, su personaje también tiene un desarrollo y un propósito en la trama, en la que el género masculino no queda demasiado bien parado.

La escena de la playa en la que las barbies utilizan su poder de seducción para desatar una guerra entre los Ken´s a base de darles celos, incurre en una visión contradictoria y estereotípica de ambos sexos: la mujer calculadora que utiliza sus encantos para engatusar a los hombres, quienes reaccionan como neandertales testosterónicos.

Aunque sin duda es el discurso de la madre de la niña (America Ferrera), convertida en una suerte de coach motivacional, capaz de despertar la conciencia y “reeducar” a las barbies que han caído en el hechizo del heteropatriarcado a base de sermonearlas con consignas feministas de nuevo cuño, el que resulta más desconcertante, pues teniendo en cuenta el tono satírico de la película, no queda claro si se trata de una catarsis liberadora o de una crítica a cierto intento de lavado de cerebro.

Al igual que es una incógnita lo que significa exactamente el desenlace de la historia, cuando Barbie decide dejar de ser una muñeca para convertirse en una mujer de carne y hueso, tras solicitar y recibir el beneplácito de la empresaria Ruth Handler, que fue la persona que la creó en el año 1959 bautizándola con el diminutivo del nombre de su hija Bárbara.

Más allá del sentido metafórico con el que Greta Gerwig parece invitarnos a las mujeres a asumir conciencia real de nuestra propia valía y tomar las riendas de nuestra vida, lo que más me gusta de su película es sin duda la secuencia inicial -homenaje al prólogo de «2001: Una odisea del Espacio«- cuando las niñas descubrieron a Barbie y, con ella, que no todas las muñecas tenían por qué ser bebotes rollizos y meones a los que cuidar y dar el biberón, liberándose del rol maternal (la secuencia completa de las niñas arrancándose los delantales y destrozando las pequeñas tazas de sus juegos de té, vinculada a aquella otra de los primates que marcaba el inicio de la evolución humana resulta muy evocadora) y ese final, cuando una Barbie de carne y hueso acude a su ginecóloga vaya usted a saber para qué que se enmarca en la ilusión de romper las barreras que separan la fantasía de la realidad, definición exacta de lo que es jugar. Algo que hemos hecho y de lo que hemos disfrutado enormemente, sin ningún complejo de culpa, cientos de miles de mujeres de mi generación y de generaciones anteriores siendo niñas, gracias a esta muñeca legendaria y preciosa, y a nuestra -por desgracia irrecuperable- infantil inocencia, sin tener que hacernos hasta ahora demasiadas preguntas.

Título original: Barbie

Año: 2023

Duración: 114 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Greta Gerwig

Guion: Greta Gerwig, Noah Baumbach. 

Reparto: Margot Robbie, Ryan Gosling, America Ferrera, Ariana Greenblatt, Kate McKinnon, Will Ferrell, Michael Cera, Simu Liu, Dua Lipa, Connor Swindells, Rhea Perlman, Alexandra Shipp...

Música: Mark Ronson, Andrew Wyatt. Canciones: Dua Lipa, Billie Eilish, Karol G

Fotografía: Rodrigo Prieto

Compañías: Warner Bros., Heyday Films, Mattel, LuckyChap Entertainment. 

Género: Comedia familiar. Sátira. Feminismo.

OPPENHEIMER

Prometeo fue un titán castigado por los dioses a quienes desafió robándoles el fuego para entregárselo a los hombres. El todopoderoso Zeus ordenó a Hefesto que clavara su cuerpo a una roca en el monte Cáucaso, donde un águila le devoraba los lóbulos del hígado cada día, y volvían a crecerle durante la noche.

No es casualidad que Christopher Nolan arranque su monumental biopic sobre el padre de la bomba atómica, aludiendo a esta fábula de la tragedia griega de Esquilo. El mito de “Prometeo encadenado” sirvió ya de inspiración a Kai Bird y Martin Sherwin para glosar la vida del físico J. R. Oppenheimer, cuya biografía “El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer. Prometeo americano” procuró a sus autores el premio Pulitzer y sirve ahora de cuaderno de bitácora al director británico para rodar la más larga, densa, compleja e interesante de todas sus películas. Tres horas de puro acierto cinematográfico en las que combina elementos del thriller psicológico y de la clásica serie de tribunales, y donde la fragmentación del tiempo y el montaje resultan claves para narrar uno de los capítulos más épicos y a la vez dramáticos de la carrera armamentística mundial, que supuso un punto de inflexión en la historia belicista de nuestra civilización.

A través de varios saltos temporales remarcados por el cambio de fotografía del blanco y negro al color que curiosamente se emplea aquí al revés de lo que estamos acostumbrados (utilizando el blanco y negro para las secuencias más recientes y el color para los hechos más lejanos en el tiempo), la película del director de “Memento”, de “Origen”, de la trilogía de “El caballero oscuro” y sobre todo de «Dunkerque» (quizá a la que más se parece) nos cuenta el auge y caída de Julius Robert Oppenheimer, el genio estadounidense de la física nuclear que dirigió el proyecto Manhattan, desde un laboratorio creado en Los Álamos (Nuevo México), donde se fabricó la primera bomba atómica causante de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.

Su intención es la de analizar, desde un punto de vista científico, pero sobre todo moral, filosófico, psicológico y político, tanto las dudas que atormentaron al padre del artefacto más mortífero que se hubiera creado hasta entonces, como las vicisitudes que su invención acarreó para él mismo y para la humanidad en su conjunto.

Interpretado de manera sublime por el irlandés Cillian Murphy (el célebre Tom Shelby de la serie “Peaky Blinders”), un actor de ojos azules y gélidos, bregado en la difícil hazaña de reflejar las contradicciones existenciales de sus personajes que, a menudo suelen ser seres enigmáticos de personalidades poliédricas, como el propio J. R. Oppenheimer, a quien Murphy encarna con una moderación que se adapta como un guante a este personaje carismático. Hay un par de secuencias dignas de mención en la película que aluden directamente a esta cuestión. Como cuando, durante su primer encuentro sexual y en lo que Freud calificaría de una perfecta comunión de Eros y Thánatos, su amante le hace leer al físico nuclear un verso en sánscrito del poema de Bhagavad Guitá, que resultará premonitorio: “ahora he devenido en muerte, el destructor de mundos”. O cuando, abrumado por la presión del interrogatorio al que es sometido, el científico reconoce haber sentido cierto arrepentimiento culposo por poner el arma de destrucción masiva más letal en manos de políticos y militares inescrupulosos, al entender que la carrera nuclear iniciada no iba a ser empleada solo con fines disuasorios, sino que estos utilizarían cualquier arma que la ciencia fuera capaz de proporcionarles para destruir al enemigo, aunque ello acarrease daños colaterales, como así fue.

No es esta, en cambio, la visión que Bird y Sherwin trasladan en su libro para quienes, aun siendo consciente del sufrimiento causado, Oppie no era reo de la culpa. “Aceptaba su responsabilidad, pues no hay poder sin responsabilidad. Pero él, que había detentado el poder más mortífero, nunca se sintió culpable”, escriben. Como si haber participado en la confección de la bomba solo desde un plano teórico le exonerase de las consecuencias de su utilización por parte de otros. Algo que en la película de Nolan le sugiere el propio presidente Truman (Gary Oldman) cuando, en una audiencia privada, le dice textualmente: “a nadie le importa en Hiroshima y Nagasaki quién diablos inventó la bomba, sino quién la lanzó. Y ese fui yo”, aliviando la mala conciencia del físico norteamericano.

Hijo de alemanes de primera y de segunda generación emigrados a EE. UU., educado en una elitista escuela no ortodoxa judía, como la película explica en un breve prólogo en el que repasa sus primeros años de formación en Europa, Oppenheimer fue un niño prodigio y un joven visionario obsesionado en averiguar qué ocurre cuando una estrella se apaga, a quien Bird y Sherwin describen como un “polímata” (persona con conocimientos en diversas materias científicas y humanísticas). Físico y navegante, filósofo y jinete, políglota y amante de la astronomía y de la poesía, que era capaz de leer en inglés, francés, alemán, italiano y sánscrito, el director y guionista británico nos descubre además algunos de los aspectos más íntimos de su personalidad, como que, aparte de ser culto -o quizá por ello- era un gran seductor (tuvo numerosas amantes, aun estando casado) y un fumador impenitente (fumaba cuatro cajetillas diarias y tabaco en pipa). O que era físicamente muy frágil, ya que a menudo se le olvidaba comer. Enternece ver a su colega y amigo Isidor Issac Rabi (David Krumholtz) ofrecerle un gajo de naranja envuelto en una servilleta de papel. De ahí que en el diseño de la que será su propia casa en los Alamos se le olvide incluir la cocina.

Pese a tener dos hijos con su mujer Kitty (Emily Blunt), ambos estaban emocionalmente incapacitados para cuidar de ellos. “Somos despreciables”, reconoce el mismo al pedirles a sus amigos Barbara y Haakon Chevalier que se queden por una temporada con su primogénito, cuando aún era un bebé, pues la maternidad y la paternidad les supera a ambos.

Físico y Químico teórico, poco dotado para los procesos de laboratorio, Oppenheimer estudió en Harvard y amplió sus estudios en Cambridge (Reino Unido) donde tuvo la oportunidad de conocer al danés Niels Bohr (Kenneth Branagh) (galardonado con el Premio Nobel en 1922 por sus trabajos sobre la estructura atómica y la radiación), interesándose vivamente por sus teorías sobre la física cuántica. Tiempo después se trasladó a Gotinga (Alemania), donde apuntaló su reputación científica al publicar un celebrado artículo sobre la molécula. Allí conoció a una nueva generación de jóvenes físicos (muchos de ellos, como él, de origen judío). Y, posteriormente, siguió formándose en Zúrich (Suiza) y en Leiden (Países Bajos), donde aprendió neerlandés en seis semanas para poder impartir sus clases magistrales a los alumnos en su propio idioma. Fueron ellos quienes le bautizaron con el apodo de Oppje, en inglés americano “Oppie”, con el que fue conocido el resto de su vida.

Para entonces, Hitler no había invadido aún Polonia, pero ya se percibía el antisemitismo que diezmaría al pueblo hebreo durante la segunda guerra mundial y que haría que muchos de esos genios -empezando por el viejo Einstein- tuviesen que huir de Alemania, a riesgo de ser enviados a campos de concentración o reclutados por el III Reich para servir a sus propósitos de exterminio. 

Casi de inmediato la película da un salto temporal y nos sitúa en el retorno de Oppenheimer a su país, donde Lewis Strauss (Robert Downey Jr.), abominable hombre de negocios, filántropo y ex oficial de la marina estadounidense, quien llegó a presidir la Comisión de Energía Atómica de los EE.UU. (AEC), le ofrece una cátedra y el puesto de director de departamento de Física Teórica en la Universidad de Berkeley (California), en donde conoce a otras jóvenes promesas, como Ernest Lawrence (Josh Hartnett), químico nuclear estadounidense conocido por su trabajo en la separación isotópica del uranio durante el Proyecto Manhattan y a Haakon Chevalier (Jefferson Hall), profesor asociado de lenguas romances, quien se desempeñó años después como traductor en los Juicios de Nuremberg y que, por aquel entonces, reunía fondos para el patrocinio de distintas causas de izquierda, así como a Jean Tatlock (Florence Pugh), estudiante de Medicina, su primera y más consolidada -aunque emocionalmente algo inestable- relación romántica, hasta el suicidio de esta.

Jean (una mujer que no quería que le regalasen flores) era miembro del Partido Comunista americano, aunque su activismo se limitaba a repartir octavillas en solidaridad con las huelgas de los jornaleros y a asistir a reuniones y debates clandestinos. Suficiente para quedar bajo el radar del FBI y arrastrar con ella a Oppie quien comenzó a engrosar un dossier policial que llegaría a los 7.000 folios y que finalmente resultó ser decisivo para desprestigiarle ante la opinión pública estadounidense, pese a la ilegalidad de las pruebas presentadas en su contra.

Aunque a diferencia de su mujer o de su hermano Frank (Dylan Arnold), Robert nunca militó en el Partido Comunista, Nolan sugiere que Oppenheimer empatizó con la izquierda por oposición al fascismo que, desde su punto de vista, era el real enemigo a combatir, aunque como se le oye decir en un momento del filme “EE.UU. teme más al socialismo que al fascismo”. De ahí que utilizase los canales que sus amigos comunistas le proporcionaban para enviar dinero a la causa española republicana, donde tenía varios conocidos. Y de ahí también que no dudase en enrolarse en el proyecto de creación de una bomba atómica, a propuesta de Leslie Groves (Matt Damon), ingeniero y General del Ejército de los EE.UU., quien supervisó la construcción del Pentágono y fue el alto mando a cargo del ya citado Proyecto Manhattan que tenía por objetivo la fabricación de una bomba nuclear a contrarreloj, temeroso de que los nazis pudieran desarrollar esa tecnología antes que los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, bajo la dirección de Werner Heisenberg (Matthias Schweighöfer), quien fuera uno de los referentes científicos de Oppenheimer durante su estancia en Alemania.

Fueron dos años y medio de intenso y costoso trabajo, para el que hubo que desembolsar 2.000 millones de dólares y reclutar a 130.000 empleados de distintas nacionalidades que se recluyeron, junto con sus familias, en un pueblo creado en mitad de la nada, en pleno desierto de Nuevo México (donde Oppie solía pasar sus vacaciones de niño) para albergar un proyecto de “alto secreto”. Una comunidad científica de altísima cualificación, dividida en distintos grupos de trabajo, cada uno especializado en una parte del proceso de fabricación de la bomba, en la que la información debía estar compartimentada por orden del alto mando militar, temeroso de posibles filtraciones al bando ruso, pese a que en ese entonces Rusia y los Estados Unidos eran ya aliados contra el nazismo.

“El artefacto”, como se referían a ella los agentes implicados en su creación, fue finalmente explosionado en la mañana del 16 de julio de 1945 en un páramo al que los colonizadores españoles llamaron Jornada del Muerto, a cien kilómetros al noroeste de Álamo Gordo. Bautizada en clave por el propio Oppie, con el nombre de Trinity, en alusión a un poema de John Donne, “Golpea mi corazón, Dios trino”, la prueba resultó ser todo un éxito, aunque no estuvo exenta de incertidumbre y contratiempos, no solo porque horas antes de la detonación se desencadenara una gran tormenta sobre el lugar, sino por la duda razonable de que la explosión de una bomba de 16 kilotones, con una intensidad mayor a mil relámpagos, pudiese desatar una reacción en cadena que incendiara la atmósfera y acabase con toda forma de vida en la tierra. En otras palabras, de que su estallido fuese el fin del mundo. Asunto que fue descartado por el grupo de científicos a la luz de sus propios cálculos matemáticos, al que sin embargo Nolan no renuncia en su película, a fin de crear una mayor tensión narrativa, resolviéndolo con singular acierto en la trepidante secuencia sin sonido de la deflagración en la que la película alcanza su clímax y a la que precede una inquietante conversación entre Oppenheimer y el General Groves, donde el científico le explica al militar que los cálculos de George Kistiakowski (Trond Fausa Aurvåg) profesor ucraniano-estadounidense encargado de las cargas y los estudios de implosión de la bomba, arrojaron inicialmente como resultado que su detonación produciría una reacción en cadena imparable en la atmósfera que destruiría todo el planeta, pero que nuevos cálculos redujeron ese riesgo a un índice “cercano a cero”, sin llegar a ser el cero absoluto.

El temor a lo que pudiera suceder cuando la bomba estallase se condensa tan eficazmente en esos instantes de silencio absoluto, (desde que se aprieta el detonador rojo y una luz cegadora se apodera del encuadre hasta que un enorme estruendo desralentiza la imagen de la explosión y estremece las arenas del desierto de Nuevo México) que hacen que el espectador contenga el aliento, pese a conocer de antemano el desenlace histórico.

Lo que ocurrió después de Trinity es lo que ocurre siempre. El genio perdió el control de su obra teniendo que ceder los derechos de explotación a quienes financiaron el proyecto y no dudaron en emplear la bomba atómica de forma indiscriminada contra la población civil, para sus fines nada altruistas.

Inicialmente agasajado y vitoreado por la proeza científica, Oppenheimer que, como todos los genios, tenía multiples altibajos emocionales (como cuando inyectó cianuro en la manzana que debía comerse su profesor en venganza por no permitirle asistir a un seminario) y era esclavo de su propio ego, incurrió en el pecado de la soberbia al maltratar a algunos de sus colegas, especialmente a Edward Teller (Benny Safdie), controvertido físico de origen húngaro. Una especie de prima dona con una personalidad plagada de excentricidades, pero poseedor de una mente brillante, obsesionado con la fabricación de la bomba de hidrógeno; así como al menospreciar a influyentes militares y políticos, especialmente a Lewis Strauss, un hombre vanidoso, acomplejado y rencoroso, a quien osó ridiculizar en público durante una disertación científica sobre los isótopos, con lo que cavó su tumba profesional y social con sus propias manos. 

Strauss guardó el amargo recuerdo de aquella afrenta durante años y, en cuanto tuvo oportunidad, conspiró contra él en la sombra que, en sus propias palabras, “es donde mejor se mueven los políticos”.

Para entonces, el senador McCarthy ya había desatado una caza de brujas contra todo aquel que fuera susceptible de ser acusado de filocomunista y la oposición de Oppie a la fabricación de la bomba termonuclear (Bomba H), mil veces más destructiva que la atómica, en pleno comienzo de la Guerra Fría contra la URSS, fue la excusa perfecta para abrirle una investigación que tenía por objeto, no tanto su condena y expatriación, sino la degradación de su imagen pública, al denegársele la certificación Q que da acceso a las investigaciones atómicas de alto secreto.

Científicos agraviados por Oppenheimer aprovecharon la ocasión para ajustar cuentas con él, prestándose a servir de informadores o testigos de la acusación durante su humillante interrogatorio, que tuvo lugar durante veintiséis sesiones a puerta cerrada, ante un tribunal de funcionarios de tres al cuarto, en el oscuro cuartucho de un ministerio, y que estuvo centrado en tratar de demostrar su vinculación con los servicios de espionaje soviéticos a partir de una conversación informal grabada por el FBI mediante micrófonos ocultos instalados sin autorización judicial en casa de su amigo Chevalier, en la que este le comentó que otro científico involucrado en el proyecto llamado George Eltenton (Guy Burnet) había sido contactado por Peter Ivanov, agente soviético con estatus diplomático, prestándose a trasladar información sobre los avances de la bomba a los rusos, entonces aliados en la lucha contra Hitler.

Sometido a un gran estrés, Oppie acabó desmoronándose, incurriendo en una serie de contradicciones, por lo que finalmente le fueron denegadas sus credenciales de seguridad con el consiguiente castigo reputacional, el rechazo de gran parte de la comunidad científica y el escarnio ante la opinión pública estadounidense que le tachó de mentiroso. Nunca fue llevado ante un tribunal penal ordinario bajo una acusación formal de espionaje, pues sus inquisidores sabían que las “pruebas” habían sido obtenidas ilegalmente y que un eventual juicio acabaría en absolución. De hecho, ocho años después y tal como le advirtiera su viejo amigo Einstein que sucedería en su breve encuentro junto al lago (el brillante “macguffin” que cierra la película), el honor y la figura de Oppenheimer fueron resarcidos por el presidente Kennedy que no pudo entregarle el premio Enrico Fermi a su valía científica, pues fue asesinado diez días antes de la celebración del acto de homenaje, recibiendo la medalla de manos de Lyndon Johnson ante una audiencia en la que se dieron cita sus más leales amigos y enemigos.

Hasta aquí la historia que Nolan ha querido contarnos en su película, valiéndose del buen hacer de un equipo multidisciplinar en el que destacan la dirección de fotografía de Hoyte van Hoytema y la sobrecogedora banda sonora a cargo de Ludwig Göransson, así como el sublime elenco de actores y actrices que arropan a Murphy, en el que destacan infinidad de estrellas consagradas como las que ya hemos mencionado y algunas otras como Jack Quaid, Rami Malek, Tom Conti en el papel de Einstein, Casey Affleck, Jason Clarke como el implacable fiscal encargado de la acusación, Matthew Modine, Louise Lombard o Dane DeHaan, encargados de dar vida a algunas de las mentes mas brillantes del siglo XX.

Por ponerle un pero, se confirma que el director y guionista británico sigue siendo un pésimo escritor de personajes femeninos. El de Florence Pugh, la amante atormentada que tiene un par de apariciones de alto voltaje erótico, resulta residual e inconsistente en la medida en la que nunca llegamos a saber qué es lo que la atormenta y aunque Emily Blunt borde el suyo de mujer de carácter, con varios matrimonios fracasados y una evidente adicción al alcohol a sus espaldas, su papel también carece de desarrollo e importancia, más allá del soporte moral que supone para su marido en las escasas escenas en las que interviene.

Título original: Oppenheimer
Año: 2023
Duración: 180 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan. Bas. Kai Bird, Martin J. Sherwin. 
Reparto: Cillian Murphy, Emily Blunt, Matt Damon, Florence Pugh, Robert Downey Jr.,
Rami Malek, Benny Safdie, Michael Angarano,
Josh Hartnett, Kenneth Branagh, Dane DeHaan,
Dylan Arnold, David Krumholtz, Alden Ehrenreich, Matthew Modine, Jack Quaid,
David Dastmalchian, Jason Clarke, Josh Peck, Devon Bostick, Alex Wolff, Tony Goldwyn, Scott Grimes, Josh Zuckerman, James D'Arcy,
Matthias Schweighöfer, Christopher Denham,
David Rysdahl, Guy Burnet, Danny Deferrari,
Louise Lombard, Gary Oldman, Casey Affleck
Tom Conti...
Música: Ludwig Göransson
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Compañías: Universal Pictures, Atlas Entertainment, Syncopy Production, Gadget Films. Distribuidora: Universal Pictures
Género: Drama Biográfico. Thriller. Años 40. Histórico. Holocausto nuclear.

SUCCESSION. TEMPORADA FINAL

Nos hemos quedado sin “Succession”. La excepcional serie de HBO ha echado el cierre justo cuando estaba en la cima de su popularidad, por aquello de no dejar que decaiga, poniendo el punto y final justo donde había que ponerlo.

Los afanes y enredos de los hermanos Roy por hacerse con el control de la Waystar RoyCo, el gran emporio empresarial y mediático que su padre, el todopoderoso y desalmado Logan Roy (Brian Cox), supo levantar de la nada, valiéndose de todas las artimañas empresariales, corruptelas y tráfico de influencias que se requieren para tales fines, han terminado, como era previsible, en tragedia. No podía haber final feliz, tratándose de una historia inspirada en los mejores dramas shakesperianos (Rey Lear y Lady Macbeth), los mismos que, en su día, inspiraron a Orson Welles para hacer su “Ciudadano Kane”.

Genio precoz y visionario, Welles sabía que el poder y la ambición de controlarlo es un tópico universal y narrativamente atractivo por lo que, ya en 1941, se fijó en un magnate de la prensa estadounidense, William Randolph Hearst, para escribir la historia de su alter ego en la ficción, Charles Foster Kane, quien al igual que el patriarca de los Roy (llegado a América desde la vieja Escocia, como un niño de la guerra, cuando apenas contaba cuatro años de edad) entendía que amasar fortuna no basta y que encabezar un conglomerado de medios de comunicación te aseguraba un grado de influencia sobre la opinión pública y el poder político -al que ambos tratan con desdén y desprecian- que convierte a los dueños de esas grandes corporaciones en un poder fáctico que goza de total impunidad al manejar sus hilos desde la trastienda.

Es sobre esa premisa y sobre la sospecha de que “los ricos (más bien los multimillonarios) también lloran”, sobre la que Jesse Armstrong, CEO de “Succession” -como lo bautizó The New Yorker- un escritor y productor británico que llegó al proyecto tras haber escrito un guion sobre la vida de Rupert Murdoch, fundador de Fox News (el equivalente a la cadena televisiva ATN en la serie) que nunca se llegó a filmar, se propuso crear esta historia sobre una familia disfuncional y carente de escrúpulos, récord Guiness en intrigas y puñaladas traperas, con unos herederos que se disputan el legado del temido y temible páter familias (una mezcla de Murdoch, Hearst y Redstone, por la parte norteamericana y de Robert Maxwell, por la británica), quien no parece dispuesto a ceder a sus descendientes directos el control del emporio familiar. De hecho, prefiere deshacerse de él vendiéndolo a Lukas Matsson (Alexander Skarsgård), CEO de GoJo, gigante sueco del streaming que busca fusionarse con Waystar, antes que legarla a alguno de sus hijos, cuyas capacidades de liderazgo menosprecia pues, a sus ojos, carecen de su inteligencia e instinto asesino y “no son personas serias”.

El estadounidense Adam McKay, director de la sátira apocalíptica “No mires arriba” (2021), es su productor ejecutivo y dirigió el primer episodio de esta exitosa serie que vio la luz en 2018. A diferencia de Armstrong, McKay conocía a fondo los entresijos e intrigas de Wall Street desde que rodó “La gran apuesta” en 2015, una hiperventilada crónica sobre la burbuja inmobiliaria que originó la crisis financiera de 2008, película en la que actuaba un entonces desconocido Jeremy Strong (Kendall Roy). Pero, aunque habla de una familia que reside en el corazón de Manhattan, “Succession” se escribió en Londres, contando con un equipo de guionistas británico-estadounidense, lo cual explica gran parte de su irresistible encanto basado en el sarcasmo de sus diálogos afilados y feroces, especialmente en boca del políticamente incorrecto Roman Roy (Kieran Culkin), pequeño duendecillo pervertido y malvado o en la dinámica, a ratos sadomasoquista, entre el primo Greg (Nicholas Braun), dispuesto a lamerle la suela del zapato a sus parientes para medrar en la compañía y su jefe inmediato, Tom Wambsgans (Matthew Macfadyen), yerno de Logan, arquetipo del ejecutivo trepa, sin pudor ni ética, del que pronto se convierte en alumno aventajado, secuaz y asistente personal.

Casado con Shioban Roy (Sarah Snook), la única hija del dueño de Waystar y entrenado para permanecer a flote aún en medio de la más dura de las tempestades, el personaje de Macfadyen cobra especial relevancia ante la futura fusión, siendo quien al final consigue llevarse el gato al agua. Tom es el candidato perfecto para el futuro nuevo dueño de la compañía, que no busca un CEO competente, sino algo parecido a un perro fiel. Un personaje obediente y sin escrúpulos, capaz de todo con tal de seguir conservando su abultada nómina que le permite llevar un lujoso tren de vida sin tener que pegar sello. Tom se muestra fuerte con el débil y complaciente frente al poderoso, apostando siempre a caballo ganador. Su boda con Shiv es un braguetazo de libro. Ambos se necesitan y se utilizan mutuamente. Sabemos que no es amor, pero nunca sabremos si, detrás de ese matrimonio de conveniencia, había algo más que pudiese salvar una relación que hizo aguas desde el principio. En esta cuarta y última temporada, ella está embarazada y, a la postre, quizá sea eso lo que resulta determinante para que termine traicionando a sus hermanos cuando parecía que los tres habían dejado a un lado sus diferencias a fin de salvar el legado familiar para la siguiente generación.

El cierre de «Succession» es tan brutal como inesperado. Por primera vez vemos a un Kendall genuinamente feliz, al saberse a punto de alcanzar lo único que da sentido a su vida. En la cocina de su madre, los tres hermanos se liberan de la carga de la sucesión entronizándolo por unanimidad y, en ese momento, vuelven a vincularse desde un sentimiento fraternal. Sin embargo, la fraternidad dura poco porque, al llegar a las oficinas de WayStar, (con paredes de cristal traslúcido que todo lo muestran), Shiv advierte que Kendall, al poner los pies sobre el escritorio de su padre, se transforma en él y, haciendo volar su acuerdo por los aires, decide clavarle a su hermano mayor una daga en el corazón, negándole su apoyo ante el Consejo para impedir la fusión. Roman tampoco puede hacer las paces con la humillación que representa para él no ser el elegido. Lo que desata una violencia visceral y descarnada que los define y los deslegitima a la vista de todos. Ken pierde el control, empuja a su hermana embarazada y quiere sacarle los ojos a Roman, mientras este le lanza toda clase de improperios.

Los últimos planos de cada uno de ellos son deprimentes y elocuentes. Vemos a un Kendall muerto por dentro, que deambula como una figura fantasmagórica por un parque, seguido del guardaespaldas de su padre. Una escena similar a aquella en la que el mismo Logan camina por Central Park con el mismo hombre escoltándole , a quien le confiesa que es su verdadero y único amigo. Shiv que maniobró con Matsson a espaldas de sus hermanos para estar al frente de Waystar queda reducida a ser “la esposa del CEO”. Un destino humillante para quien ha luchado tanto por no ser descartada de la carrera por la sucesión por el hecho de ser mujer. Y Roman, tras firmar la fusión con GoJo, lo celebra tomando un martini (el trago favorito de Gerri) esbozando una sonrisa entre irónica y resignada.

La soledad es el denominador común en los tres casos. Perder la empresa es lo de menos, lo peor es que los tres se han perdido a sí mismos y a las únicas personas capaces de entender lo que sienten porque juntos crecieron y compartieron una infancia igual de solitaria, como atestigua la magnífica secuencia de los créditos iniciales, con música de Nicholas Britell. Un resumen de una niñez de lujos, de paseos en elefante, pero también de un padre severo y de una madre ausente, una infancia deficitaria de cariño de la que ya no queda más que el recuerdo melancólico que en este último capítulo sale a flote a raíz del funeral de Logan, donde los tres hermanos muestran, cada uno a su modo, lo rotos que están por dentro y el dolor que, pese a todo, les une tras la pérdida de su padre. Porque a su modo lo quieren y se quieren, con esa forma de querer abusiva y rencorosa que tiene la consanguinidad, capaz de lo peor y lo mejor, mientras el resto del mundo los observa y los juzga como lo que son, unos privilegiados «hijos de papá» a los que nadie respeta y por los que nadie siente compasión, en justa correspondencia al desprecio que ellos muestran por sus semejantes.

En un contexto donde se critica el nepotismo y la ausencia de meritocracia, «Succession» ha conseguido mostrarnos las debilidades de estos niños mimados, solitarios y tristes, sin moral, preparación ni talento, que ocupan cargos de poder gracias a sus apellidos, destinados a perpetuar los mismos términos y condiciones del statu quo que legitima sus privilegios, abonados a narrativas neoliberales y filo fascistas. Para los Roy, “la plebe” es una masa amorfa de vasallos en potencia, servidumbre anónima, gente de quienes abusan, a quienes contratan, sobornan y despiden, sin mayor cargo de conciencia. La trama de la muerte del camarero en Italia, de la que nadie se hace responsable, sintetiza esa visión. La suya es una mirada déspota sobre un mundo que se resquebraja en la escena final donde Roman es literalmente arrollado y aplastado por un grupo de manifestantes antisistema, que lo pisotean ignorando su estatus de príncipe caprichoso.  

Y es que «Succession» es una historia de violencia, violencia física y sobre todo verbal. Una historia de traumas familiares, de abandono y abuso de poder que empieza con Connor (Alan Ruck) el primogénito, ninguneado por ser el hijo no deseado de una relación esporádica con una bailarina; a quien sigue Kendall, el atormentado hijo pródigo, enganchado a las drogas y programado desde niño para suceder al padre al frente de su imperio; Shiv, quien tiene que aprender a disputarle el poder a sus hermanos varones, casada con un hombre que juega con sus propias cartas y mantiene con ella un vínculo de interés, traiciones, desgarros emocionales y humillaciones mutuas y finalmente Roman, golpeado por su padre de niño y víctima de un complejo de Edipo.

Ninguno de ellos tiene amigos ni un refugio al que volver. Dentro de su mundo de jets privados y LandRovers negros con los cristales tintados, lo único que da sentido a sus vidas es conseguir la aprobación de Logan, ya sea mostrándose como sus leales súbditos o tratando de destruirlo, como hace Ken, quien desea que su padre lo ame, pero también anhela superarlo y, por momentos, hasta matarlo. Esa es su tragedia: el nunca será Logan y Logan siempre gana, incluso estando muerto.

El lenguaje de los Roy es el desprecio, el insulto y la humillación. A “los Kids”, como la serie denomina a este trío de tres tristes tigres, los unen los celos, la ambición, la frustración y la paradójica necesidad de buscar constantemente la legitimación del monstruo que les engendró. A medio camino entre Zeus todopoderoso y Saturno devorando a sus crías quien, durante décadas, manipuló a la opinión pública y aupó o dejó caer gobiernos a su conveniencia, el que todo lo pudo en vida, falló en su tarea más crucial: forjar un heredero digno de su trono. Sus tres hijos han vivido predestinados a correr detrás de una zanahoria que, por la lógica de su juego perverso, nunca llegarán a alcanzar. Logan los desprecia cuando se arrastran como gusanos y los aplasta si osan rebelarse. En Matsson encuentra lo que no halla en ellos: un igual.

El único que parece adecuado para sucederle es Tom que, como él mismo, tiene un origen proletario y demuestra ser un verdadero superviviente, el que más alto consigue escalar, aún a costa de vivir de rodillas que, como queda de manifiesto en la serie, es la mejor forma de reptar hasta la cima del mundo.

Hay quien ha dicho que la serie está sobrevalorada. A mi me parece una fiel crónica de nuestro tiempo.

Título original: Succession

Año: 2018

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jesse Armstrong (Creador), Adam McKay, Mark Mylod, Andrij Parekh, Adam Arkin, Miguel Arteta, S.J. Clarkson, Shari Springer Berman.

Guion: Jesse Armstrong, Susan Soon He Stanton, Georgia Pritchett, Jon Brown...

Música: Nicholas Britell

Fotografía: Andrij Parekh, Patrick Capone, Chris Norr.

Compañías: Gary Sanchez Productions, Hyperobject Industries. HBO

Género: Serie de TV. Drama Familiar. Poder. Negocios

BEAU TIENE MIEDO

“Beau tiene miedo” no es un psico thriller ni una película de terror en sentido estricto. Tampoco es un trabajo cinematográfico emparentado con la obra de Buñuel, Lynch o Fellini, como su director, Ari Aster, ha pretendido hacernos creer. Le faltan muchas millas de recorrido para eso. Más bien parece una broma que se hace demasiado pesada. La broma de un niñato que se ha consagrado como uno de los mayores “vende humos” de Hollywood desde que sorprendiera, en 2018, con “Hereditary” y al año siguiente, experimentara una vez más con el terror en “Midsommar” un ritual expiatorio de radiantes colores, tan críptico como para dividir a la crítica y la audiencia, al igual que consigue hacer en este último despropósito creativo que, a diferencia de sus trabajos anteriores, carece del atractivo del misterio.

En su lugar, Aster naufraga en el “terror existencialista”. Tres horas de infumable comedia del horror que parecen no tener fin y que hacen que los espectadores huyan de las salas de cine a mitad de película, cansados de que les tomen el pelo.

Y es que resulta muy difícil descifrar qué clase de desorden mental puede impulsar a un cineasta a rodar semejante desbarajuste pesadillesco. Una homérica odisea que se anuncia como una metáfora sobre la opresión y el abuso matriarcal y que su director malogra casi desde el primer minuto, incurriendo en un burdo y exagerado efectismo, para acentuar la sensación de delirio que padece su personaje principal (Joaquin Phoenix en su registro más histriónico, alelado e insufrible), atrapado en un mundo hostil que podría o no ser real, una experiencia inmersiva y sin sentido como la propia enfermedad mental, que consigue que andemos a ciegas, totalmente perdidos, los 180 minutos que dura la tortura audiovisual, intentando armar un puzle en el que, o faltan, o más bien sobran, demasiadas piezas.

Decidido a reinventar el surrealismo, el director neoyorquino, de 36 años, que cursó estudios de Arte y Diseño en la Universidad de Santa Fe, empieza su película con una perturbadora y traumática visión del parto, desde el punto de vista del aún nonato. Es Beau llegando a este mundo, en el que, desde el primer minuto del nacimiento, es obligado a llorar mediante el empleo de la violencia y no por puro instinto. A partir de lo cual, estará predestinado a ser víctima del maltrato. Primera analogía que se cae de madura.

Acto seguido, le vemos ya convertido en un hombre de unos 40 años que padece una grave esquizofrenia paranoide, acude a terapia y vive -o más bien sobrevive- a base de los tranquilizantes que le receta su enigmático y sonriente psiquiatra. Avecindado en un edificio en pésimas condiciones de habitabilidad, en el centro de un barrio multicultural, donde la violencia, la miseria y la degradación moral campan a sus anchas y llegan al punto de encontrarte cadáveres abandonados sobre la calzada y asesinos enajenados que se pasean desnudos, cuchillo en mano, profiriendo amenazas y juramentos a los viandantes ante la indolencia de los cuerpos policiales, Beau es un ser solitario y víctima del pánico, un ciudadano que se siente amenazado por ese entorno que recuerda a los mundos demenciales de Terry Gilliam y evita salir de casa para no tener que enfrentarse con tal variedad de peligrosas tribus urbanas. Sólo se comunica con el mundo exterior a través de su teléfono móvil y su ordenador.

Durante la primera hora y media de la película, Aster juega con la prometedora idea de ese individuo frágil y temeroso que está a punto de iniciar un tortuoso trayecto hacia la expiación de un trauma que viene de la infancia. O al menos, eso intenta. La víspera de emprender el viaje para visitar a su controladora y sobreprotectora madre, se queda dormido y pierde el avión. Lo que desencadena una disparatada cadena de acontecimientos que se suceden de manera inexplicable e inexplicada, con abundancia de momentos gore, que incluyen apuñalamientos, explosiones, cabezas aplastadas, agujas, cuchillos, escrotos gigantes, penes en erección y arañas venenosas.

Es entonces cuando empezamos a perdernos en los laberintos paranoides del personaje o del director, que ya no sabemos si de lo que quiere hablarnos es de la obsesión y la manipulación emocional de una madre castradora que ha convertido a su hijo en un pusilánime, sin voluntad ni capacidad de decisión y agobiado por la culpa, o de las ciento y un mil situaciones disparatadas que se le presentan a este en su trayecto, real o imaginario.

Atropellado accidentalmente por una extraña pareja que vive el duelo de un hijo muerto en combate, Beau acaba durmiendo en la habitación decorada de rosa de una adolescente drogadicta y autodestructiva, en una casa donde además vive en acogida un marine enajenado e igualmente sobremedicado que prestó sus servicios en la Venezuela comunista durante una presunta invasión militar, de donde escapa para asistir al funeral de su madre que, según le anuncia una voz que nunca llegamos a conocer, ha muerto en extrañas circunstancias, decapitada por una lámpara de araña que se desprendió del techo.

En su huida, atraviesa un bosque en el que se encuentra a un grupo de teatro ambulante que interpreta una obra que se parece mucho a su propia vida, en la que sale a relucir su complejo de Edipo y la mentira en la que se crió respecto a la muerte de su padre. Un camino de losas amarillas, parecido al del Mago de Oz, lo lleva de vuelta a casa, donde finalmente descubrimos que su madre en realidad no ha muerto y que es una especie de “bruja del este”, un personaje envillanado y poco creíble, que el director decide plantear de una manera tan caricaturesca que resulta narrativamente ofensiva. Los demás personajes no gozan de mejor suerte, siendo meros esbozos de una proyección imaginaria del personaje sin ninguna razón de ser aparente. Así descubrimos a su gemelo encadenado en un ático junto a un enorme falo y una gran bolsa testicular (proyección egocéntrica y grotesca de su propia tragedy porn) que sin venir a cuento es apuñalado de forma salvaje por un comando guerrillero que aparece de la nada, en lo que alguien ha querido interpretar como la rabia contenida o la parte más agresiva de su personalidad deseosa de matar al padre ausente. Porque, a lo que teme Beau, no es a los monstruos o las criaturas que habitan en esquinas polvorientas. Es a la lucidez, la autoconciencia y la búsqueda de su propia identidad, a medida que avanza torpemente por un camino cada vez más siniestro.

Ni la fotografía, ni las actuaciones, ni la música, ni los incomprensibles diálogos, ni la edición (el montaje es una calamidad) consiguen salvar los muebles de esta historia que comienza con el grito de un bebé horrorizado y culmina dejando docenas de cabos sueltos. Una metáfora demasiado predecible y un amasijo de símbolos inexplicables acerca de la maternidad, la desesperación y el miedo, para justificar tres horas de algo que se puede explicar en diez minutos con mucho mayor acierto y menor aspaviento.

Título original: Beau Is Afraid

Año: 2023

Duración: 179 min.

País: Canadá

Dirección: Ari Aster

Guion: Ari Aster

Música: The Haxan Cloak

Fotografía: Pawel Pogorzelski

Reparto: Joaquin Phoenix, Nathan Lane, Amy Ryan, Kylie Rogers, Armen Nahapetian, Parker Posey, Patti LuPone, Stephen Henderson, Michael Gandolfini, Zoe Lister Jones, ver 8 más

Compañías: Coproducción Canadá-Finlandia-Estados Unidos; A24, Square Peg, IPR.VC, Access Industries. Distribuidora: A24

Género: Drama Familiar. Comedia del horror. Drama psicológico.

20.000 ESPECIES DE ABEJAS

La grandeza de las películas pequeñas es que son capaces de plantear los temas más conflictivos sin necesidad de recurrir a encendidas proclamas ni sonoros golpes de pecho, abordándolos con serenidad, desde una mirada limpia y transparente a escenas cotidianas de la vida real, con la intención de hacernos pensar en ello y, en el mejor de los casos, llegar a conmovernos.

“20.000 especies de abejas” hace eso. Prescinde del ruido mediático que en los últimos meses ha generado la aprobación de la Ley Trans, para hablarnos de uno de sus aspectos más controvertidos, el de la identidad de género en la infancia, desde la tercera persona del singular, acercándonos al drama de una criatura de ocho años que no se siente identificada con su cuerpo ni con la manera en la que el resto de las personas la ve y se dirige a ella, lo que hace que viva angustiada y confusa.

Esa criatura es Aitor (Sofía Otero, Oso de Plata a mejor actriz en la última Berlinale a sus nueve años y sin haberse puesto nunca antes delante de una cámara), a quien no le gusta su nombre ni tampoco le gusta que le llamen Coco, mote que sus hermanos han acuñado para referirse a ella/él, aunque lo prefiere al que le fue asignado al nacer.

Aitor es el hijo pequeño de Ane (Patricia López Arnaiz, una de las más creíbles y mejores actrices del momento), una artista que atraviesa también su propia crisis de identidad personal, creativa y familiar, quien ha pasado los últimos meses preparando unas oposiciones para dar clases de Bellas Artes en un instituto de Baiona, donde reside junto a su actual pareja Gorka (Martxelo Rubio) y sus tres hijos: Nerea (Andere Garabieta Oribe), una adolescente en plena eclosión hormonal que es fruto de una fallida relación anterior; Eneko (Unax Hayden), un niño algo trasto que se identifica con la figura del padre y Aitor, de ocho años, que sueña con ser una sirena, se niega a que le corten la melena, hace pis sentado y no de pie como el resto de los chicos y finge que le duele la tripa para no tener que ir al colegio donde sus compañeros le hacen bulling por su indefinición de género.

La familia no atraviesa por su mejor momento económico, por lo que Ane decide cruzar la muga en tren, para pasar el verano con sus tres hijos en Hegoalde, concretamente en Llodio (localidad de donde es natural la directora de la película), en casa de su madre Lita (Itziar Lazkano) y de su tía Lourdes (la veterana Ane Gabarain, a la que hemos visto en la serie “Patria”), quien se dedica a la apicultura para la producción de miel y de cera, y para su aplicación en terapias medicinales alternativas basadas en el poder curativo de la picadura de abeja. Su intención es utilizar el taller de su padre, ya fallecido y también escultor como ella, para crear la pieza que le exigen como requisito para obtener la plaza de profesora a la que se ha presentado. Pero nada saldrá como esperaba.

Escrita y dirigida por Estibaliz Urresola Solaguren, la hasta ahora cortometrajista llodiotarra («Cuerdas«) aborda en su opera prima un íntimo y emotivo retrato de la familia y de la infancia, profundamente enraizado en la cultura euskaldun, lo que aporta una importante carga costumbrista y simbólica al relato.

El hecho de que la luz solar (eguzki, el astro rey de nuestra mitología) ilumine bucólicamente la mayoría de las escenas de la película; la insistencia en el poder benéfico del contacto con la naturaleza, con esos baños en el río que tienen un carácter catártico y a la vez purificador; el descubrimiento de la religión a través de la vida de los santos que le relata a Aitor/Coco su amama, devota creyente dedicada al cuidado de su iglesia, quien le cuenta el tormento de Santa Lucía que murió por defender su fe, haciendo que a partir de ese momento el niño/niña quiera que le llamen así; las explicaciones de la tía Lourdes acerca de cómo se comportan las abejas, su forma de organización social y el rol de cada uno de sus miembros en la colmena, con alusiones a la abeja reina y al zángano, asimilable al papel de Lita como administradora de los bienes de la familia y albacea de la obra de su marido, el escultor que se acostaba con sus modelos, como un claro referente a la recia naturaleza del matriarcado vasco; o las leyendas y canciones en euskera que Urresola va introduciendo con delicadeza en el guion, conforman un universo de tradición oral, basado en el respeto a lo ancestral, que para quienes hemos nacido y crecido en esta cultura resulta entrañable y claramente reconocible. Una tradición que sin embargo no es estática, que evoluciona e incorpora nuevas creencias, nuevos valores y formas de vida.

La familia de la que Ane procede y la que forma junto a su actual pareja no se parecen demasiado. Ella no practica la religión como su madre, no ha bautizado a sus hijos y la forma de educarles (“no hay cosas de chicos o de chicas”), poco tiene que ver con lo que esta le aconseja que haga (“le consientes demasiado”). Sin embargo, ambas son capaces de transmitir a sus crías el cariño y la confianza necesarios para reforzar su autoestima. Entre el “Dios nos ha hecho perfectos” de amama (abuela) Lita y las caricias de la amatxu (madre) recordándole a su peque lo precioso que son los dedos de sus pies y de sus manos y lo guapísimo o guapísima que es, sin forzarlo a definirse como niño o niña, defendiendo que se encuentra en una etapa de exploración, no hay tanta distancia. Todo se reduce al amor incondicional y la tolerancia que solo se da en ese núcleo de intimidad familiar.

Como advertía Pepa Blanes, hay una idea interesante en el filme que refuerza la idea de la identidad como algo que se construye, no determinado por la la biología, los genes o la tradición. “Las dos hermanas mayores, abuelas y madres, una católica y conservadora y la otra moderna y atea, tienen hijas completamente diferentes. La atea ve como la suya (Sara Cozar) bautiza a sus nietos. Mientras la conservadora se dará cuenta de que su hija va a divorciarse de nuevo y de que su nieta es trans”.

En este mismo sentido, hay algunas escenas, de marcado cariz costumbrista, que abundan en esta idea evolutiva, como la de las vecinas del pueblo que lo controlan todo, en la que hablan del cambio físico que se produce de año en año en los pequeños, donde de pronto se incurre casi de manera natural en una confusión de género, allá donde los roles han estado siempre perfectamente establecidos de generación en generación; o la de Coco jugando con su nueva amiga, a la que se ha presentado como niña, en la que se bañan juntas en el río e intercambian sus bañadores, sin extrañeza ni preguntas, pues los genitales no son el problema ni tampoco la ropa. Lo importante es llevarse bien y ser jatorra (majo o maja).

La película se apoya, constantemente, en una serie de metáforas. La escultura que modela los cuerpos y es reflejo de aquello que queremos proyectar; la imaginería religiosa presente de forma anecdótica con la desaparición del santo patrón, pero también con un goteo incesante de valores y creencias, el bautismo como la primera vez que nos asignan un nombre y la esperanza en la resurrección como posibilidad de volver a nacer; y, finalmente las abejas, garantes de la biodiversidad.

«20.000 especies de abejas defiende que somos tan diversos como esos insectos con cuya cera elabora esculturas la protagonista y se fabrican las ‘argizaiolas’ para velar a los muertos», escribe Oskar Belategui en El Correo.

La propia película en la que escuchamos hablar en euskera (idioma que por cierto tiene un montón de adjetivos de omiten el género), castellano y francés a sus protagonistas está concebida, según su directora, como «un canto a la diversidad» al intentar contarnos muchas de las cosas que ocurren dentro de la «colmena familiar«. La familia -y sobre todo la madre- como el lugar donde se forja nuestra personalidad y al que acudimos en busca de protección cuando nos sentimos desvalidos. La familia como ancla, como refugio y también como infierno, donde sufrimos algunas de las heridas que nos marcarán de por vida. Un lugar en el que cada miembro tiene su función, con sus propias leyes y sus dinámicas. Lo que hace que, cuando algo las altera, todo se desestabilice.

La idea del guion surgió, como pasa muchas veces, leyendo las páginas de sucesos de un periódico en el que se informaba del suicidio de Ekai, un joven trans, de 16 años, que puso fin a su vida mientras esperaba un tratamiento de terapia hormonal. El adolescente, natural de Ondarroa, dejó una carta en la que vislumbraba un futuro más fácil para quienes vinieran tras él.

Esa fue la motivación a partir de la cual Urresola se propuso realizar un exhaustivo trabajo de campo hablando con familias que habían transitado por esa realidad con sus hijos e hijas. “Una de las cosas que más me llamó la atención era que no eran los niños y las niñas, sino ellos, como padres y madres, quienes habían tenido que cambiar, a raíz de ese tránsito«, explicaba en una entrevista.

Y es que, en “20.000 especies de abejas” no solo sufre el hijo. También lo hace la madre (López Arnáiz, haciendo gala una vez más de una desgarradora naturalidad) que está a punto de divorciarse por segunda vez, de cambiar de trabajo y que no acaba de entender qué le sucede a esa criatura sensible, que no está cómodo en su cuerpo ni con la identidad que socialmente le ha sido asignada, sintiéndose culpable por no poder ayudarle. Y sufre por extensión toda la familia. Aunque el mensaje último de la película sea claramente esperanzador pues no es otro que la idea de que volver a nacer es posible. Solo depende de nuestra valentía.

Título original: 20.000 especies de abejas

Año: 2023

Duración: 127 min.

País: España

Dirección: Estibaliz Urresola Solaguren

Guion: Estibaliz Urresola Solaguren

Fotografía: Gina Ferrer

Reparto: Sofía Otero, Patricia López Arnaiz, Ane Gabaraín, Itziar Lazkano, Martxelo Rubio, Sara Cózar, Miguel Garcés, Unax Hayden, Andere Garabieta

Compañías: Gariza Films, Inicia Films, ETB, ICAA, Movistar Plus+, RTVE

Género: Drama. Transexualidad. Transgénero. Infancia. 

EL IMPERIO DE LA LUZ

“Una película no es solo su guion”, dijo alguna vez François Truffaut, advirtiendo de que su valor no pasa por lo que cuenta sino por cómo lo hace. En el caso de Sam Mendes, director de auténticas joyas de la narración cinematográfica, como “American Beauty”, “1917” o “Revolutionary Road”, no cabía esperar otra cosa de su último trabajo que no fuese una película como mínimo bien contada. Quizá por ello sorprende tanto que “El Imperio de la Luz” naufrague en un relato confuso y grandilocuente que pretende abarcar demasiados temas y que incurre en no pocos lugarcomunes y topicazos.

Ambientada en la década de los ochenta, en pleno auge de la música Punk y Ska, tiempo de estreno de películas míticas como “The blues brothers”, “Carros de fuego” y “All that jazz”, aunque la promoción nos la haya vendido como “la Cinema Paradiso de Sam Mendes, un tributo al séptimo arte”, de un primer vistazo se diría que el cine no es aquí lo primordial, ya que, en una primera lectura de su argumento, “El Imperio de la Luz” no pasa de ser un discreto y poco verosímil melodrama. El inesperado idilio interracial e intergeneracional entre una mujer madura de piel blanca y un joven negro, que sirve de excusa para referirse a otros variados asuntos (los problemas de salud mental y la soledad, la violencia racista de los skinheads, las agresivas políticas neoliberales de Margaret Thatcher y el acoso y abuso sexual en el ámbito laboral), sin demasiado orden ni concierto y, sobre todo, sin demasiada profundidad.

El cineasta británico asume por primera vez la autoría del guion en solitario y se inspira en su propia madre para construir el personaje central, Hilary Small (Olivia Colman, que recuerda cada vez más a Bette Davis, llevando sus emociones a ebullición, con el rímel corrido y la dignidad anulada), una mujer de mediana edad que sufre un trastorno bipolar, lo que le ha hecho perder el control en alguna ocasión, teniendo que ser ingresada por los servicios sociales en un psiquiátrico. Cuando la conocemos, Hilary está ya de vuelta en su trabajo y se mantiene serena, aunque emocionalmente vulnerable, gracias a la supervisión médica y al preceptivo tratamiento de Litio que la deja algo anestesiada pero que no le impide realizar cabalmente sus funciones como encargada del que, en tiempos, fuera el mejor cine de estreno del suroeste de Inglaterra.

Regentado por el depravado John Elis (Colin Firth) un jefe que abusa de su superioridad con fines sexuales, el “Empire Cinema” es un majestuoso edificio art decó, un espacio esplendoroso con impresionantes vistas a la bahía de Margate, en la costa de Kent, que permanece abierto al público a duras penas, pese a tener varias salas de proyección cerradas y un inmenso salón piano-bar medio en ruinas. Una joya de la arquitectura vintage, que gracias a la gran dirección de arte y la fotografía de Roger Deakins, se transforma en un lugar de ensueño y en uno de los mayores aciertos de la película (la escena de Nochevieja en la azotea, mientras estallan los fuegos artificiales, es de una cuidada belleza).

En ese mágico lugar transcurre la mayor parte de la vida de los personajes, los trabajadores del cine, limpiadores, taquilleros, vendedores de palomitas… entre quienes brilla con luz propia Norman (Toby Jones), el proyeccionista, aunque sus intervenciones recuerden en exceso a las del Alfredo (Philippe Noiret), con su amor a los proyectores de 35mm y la instrucción del joven aprendiz incluidos. Es una lástima que las escenas en las que interviene parezcan sacadas de contexto, como si pertenecieran en realidad a otra película (a la de Tornatore, para ser más precisos).

Hilary compensa su soledad con la camaradería de sus compañeros de trabajo y asiste a clases de baile, mientras mantiene a desgana relaciones sexuales con su jefe pese a saber que está casado. A su frágil vida en reconstrucción llega la ilusión amorosa de la mano de Stephen Murray (Micheal Ward, la estrella revelación de “Blue Story”), un joven negro que aspira a ir a la universidad para estudiar arquitectura y que sufre el segregacionismo racial y la violencia de los skinheads. Casi de inmediato, se embarcan en una historia de amor basada en la empatía entre dos seres que se sienten marginados y que no llega sin embargo a percibirse nunca como algo real. No solo por la notable diferencia de edad entre ambos, sino por la ausencia total de química entre Colman y Ward, y la frialdad con la que el director aborda su relación, más sustentada en la compasión mutua que en el romanticismo.

Hilary no parece tener problemas para salir con un hombre negro, pero Stephen conoce los peligros y retira el brazo del hombro de ella cuando un hombre blanco sube al autobús en el que viajan de regreso de un día de playa en el que ella acaba destrozando el castillo de arena que construyen juntos, en uno de sus episodios coléricos, que regresan tras haber dejado la medicación.

Es sobre esa inusual relación en la que se mezclan la amistad y el sexo (en escenas pudorosamente rodadas, siempre con ropa y a oscuras) sobre la que Mendes construye el caótico argumento de su película que hace referencia, entre otros asuntos, a las tensiones raciales que se vivieron en la Inglaterra de 1981, una época en la que el Reino Unido se enfrentaba a una fuerte recesión económica y social, con disturbios y turbas en algunas de las principales ciudades que el “El Imperio de la Luz” pretende recrear cuando llega a su clímax atrapando a los personajes principales dentro del vestíbulo del Empire Cinema que queda destrozado por el ataque de los skinheads que envían a Stephen de una brutal paliza al hospital.

Hilary prefiere la poesía al cine y no tiene amigos ni familiares cercanos de los que hablar, mientras que Stephen aún vive con su madre enfermera (Tanya Moodie) y recuerda con nostalgia su primer amor, Ruby (Crystal Clarke). “Nadie te va a dar la vida que quieres”. “Tienes que salir y conseguirlo”, le dice ella intentando animarle a que persiga su sueño de ir a la universidad. Mientras él intenta convencerla de que algún día entre a la sala de cine y se siente entre los espectadores a ver alguna película.

Al final, ambos deciden seguir el consejo del otro. Y mientras él se marcha a Bristol para convertirse en arquitecto, Hilary le pide a Norman que le ponga una película en el Empire. Y es ahí, en esa última escena a oscuras, con el haz de luz del proyector desenmascarando las motas de polvo que flotan en el ambiente, donde todo cobra sentido y donde finalmente “El imperio de la luz” alcanza su mayor brillo y esplendor. Lo único que queda en el recuerdo tras sus dos horas de visionado es la imagen de ese majestuoso cine a pie de playa, azotado por el viento y corroído por el salitre marino, un último bastión de un arte en peligro de extinción que se niega a desaparecer y que es algo más que una experiencia visual más o menos satisfactoria. El recordatorio de que el cine cumple una labor social. Que puede ser sanador y salvador. Un refugio ante la soledad y la crueldad del mundo y una forma de escapar del tormento que nos tiene reservado la vida.

Título original: Empire of Light

Año: 2022

Duración: 119 min.

País: Reino Unido

Dirección: Sam Mendes

Guion: Sam Mendes

Música: Trent Reznor, Atticus Ross

Fotografía: Roger Deakins

Reparto: Olivia Colman, Micheal Ward, Colin Firth, Toby Jones, Tanya Moodie, Crystal Clarke, Tom Brooke, Hannah Onslow, Adrian McLoughlin, Ashleigh Reynolds...

Compañías: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; Neal Street Productions, Searchlight Pictures. Distribuidora: Searchlight Pictures

Género: Drama. Romance. Años 80. Racismo