LOS QUE SE QUEDAN

“Los que se quedan” (‘The Holdovers’) no es “¡Qué bello es vivir!” ni su director Alexander Payne pretende emular la sensiblería de Frank Capra. De parecerse a alguien, sería más bien a Billy Wilder, por esa calculada mezcla de moralismo y humor cáustico, y esa misantropía antropológica contra la que el director de “A propósito de Schmidt”, “Los descendientes”, “Entre copas”, “Una vida a lo grande” y “Nebraska” vuelve a rebelarse en su último trabajo, en el que la Navidad es solo un pretexto temporal y la tradición familiar asociada a estas fiestas decembrinas un revulsivo, el eficaz desencadenante de una catarsis psicológica y social que tiene que ver con la soledad y el abandono, con la amargura de los perdedores para quienes la vida es “sucia y corta, como la escalera que lleva al gallinero”, pero también con la fe en el género humano y en su potencial de superación.

Más que un nuevo clásico navideño, “Los que se quedan” es un formidable alegato humanista, ambientado en los años 70, con la apocalíptica guerra de Vietnam como telón de fondo, que roza el tópico sin caer de lleno en él, para hablarnos de la amistad y la salud mental, de cómo la raza y la clase social condicionan la vida que llevaremos, de que la educación puede hacernos mejores y la empatía nos permite superar ciertos prejuicios y etiquetas reduccionistas, dejándonos claro que los ricos también lloran aunque sea por causas diferentes a los pobres.

Como observa Randy Meeks en Espinof “en tiempos de un feliz y copioso deambular del «eat the rich» que hemos visto en películas como ‘Saltburn‘ o ‘Glass Onion. Puñales por la Espalda‘, Payne decide señalar que el dinero, per se, no define necesariamente a una persona. Es un punto de vista arriesgado, pulido y complejo, diferente a algunas simplezas que hemos visto últimamente. Y, francamente, se agradece”.

David Hemingson, guionista y productor de comedias televisivas y de la vitriólica y políticamente incorrecta serie de animación “Padre Made in USA”, se basa en la película “Merlusse” (1935) y la novela homónima del escritor y cineasta francés Marcel Pagnol, a la que añade nuevas situaciones y personajes para componer un emotivo argumento sobre tres náufragos con el alma en carne viva, que conforman una improbable e improvisada familia circunstancial al verse obligados a pasar las vacaciones de invierno juntos, en el desierto campus de la Barton Academy, un internado masculino para “niños bien”, de Massachusetts (Nueva Inglaterra) –similar a la Academia Welton, de “El club de los poetas muertos”–  especializado en pulir sus modales y perpetuar sus privilegios de clase.

Estas tres personas son Paul Hunham (Paul Giamatti, actor infalible, relegado gran parte de su carrera a roles secundarios), al que sus alumnos llaman “Ojopipa”, un estrábico y maloliente profesor de Historia de las Civilizaciones Antiguas, estudioso de los cartagineses, demasiado íntegro, recto y exigente para sucumbir al poder y la presión de las élites benefactoras de la prestigiosa institución académica, a quien tanto sus alumnos como sus colegas catedráticos detestan, siendo el desprecio mutuo; el joven y desgarbado Angus Tully (Dominic Sessa, en un papel revelación que debería ser el primer paso de una larga carrera de éxitos), un alumno de tercer año de la escuela preparatoria, tan brillante como problemático, expulsado antes de varios internados, cuyos planes de pasar las vacaciones de Navidad esquiando se ven frustrados en el último minuto por el inesperado viaje de luna de miel de su madre, casada en segundas nupcias con un millonario tras internar a su esquizofrénico primer marido (el padre de Agnus) en un psiquiátrico; y la amable y taciturna cocinera del colegio, Mary Lamb, una mujer afroamericana que vive el duelo por la pérdida de su hijo, muerto en combate tras haberse alistado con la esperanza de hacerse merecedor de una beca que le permitiera ir a la universidad, a quien da vida la actriz Da’Vine Joy Randolph, en una actuación memorable por los registros que ofrece en un ejercicio de contención que deviene en momentos de gran intensidad dramática.

Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Toronto 2023 y nominada a tres Globos de Oro (incluyendo Mejor Película) que la convierten en un valor seguro en la carrera por los Oscar de este año, el octavo largometraje de Alexander Payne es tan simple en su estructura como conmovedor en sus resonancias. Se acerca la Navidad y los estudiantes de Barton se disponen a volver a casa para pasar las fiestas con los suyos. Pero un puñado de ellos, por distintas razones, no tiene donde ir y debe permanece en el campus las dos semanas de periodo vacacional bajo la tutela del profesor Hunham, a quien el director encomienda su tutela como “castigo” por haber suspendido al hijo de uno de sus mecenas.

Hunham es un solitario cascarrabias que fuma en pipa y se complace en torturar a sus alumnos con suspensos masivos, exámenes sorpresa y ácidas alusiones a su escasa inteligencia y nula capacidad de esfuerzo y sacrificio, pues en el fondo siente un profundo desprecio de clase hacia la mayoría de ellos, a quienes considera indignos de la educación que reciben en la que también fue su Alma Mater, a la que tuvo que volver como docente, tras una traumática incursión por un mundo que desde entonces considera hostil, en el que “los chicos pobres son carne de cañón, la integridad es un chiste y la palabra confianza solo un slogan para bancos”.

En el relato integrista y algo sectario que ha construido para disimular sus propias frustraciones e inseguridades, el profesor se tiene por un asceta que huye de ese mundo corrompido que se desmorona sin remedio y se refugia en su soledad, bebiendo más de la cuenta en su habitación, un espacio seguro entre su pomada para las hemorroides y las “Meditaciones” de Marco Aurelio, al que recurre una y otra vez recordándonos algunas de sus máximas, como cuando dijo que “el universo es cambio y la vida no es más que una opinión”. Pero, cuando se ve forzado a convivir en un espacio más doméstico y más íntimo, con otros seres humanos sumidos en la misma tristeza agónica, estas salen sin remedio a la luz y nos enteramos de cosas, como que la hiperhidrosis que mantiene sus manos húmedas de sudor o el síndrome de olor a pescado (trimetilaminuria) que lo aqueja ha supuesto siempre un freno a su inexistente vida amorosa.

Su relación con Agnus (el único de los cuatro chicos que finalmente se queda a pasar las Navidades en Barton) y con Mary (destinada a ejercer de mediadora y de brújula moral entre ambos) servirá para que aflore su verdadera naturaleza, más allá de sus buenos modales y su exquisito respeto por las normas, y lo que se inicia como un desafío del alumno a la autoridad del profesor, cristalizará en una relación de amistad y de confianza genuinas, en la que ambos tendrán que aprender a tolerarse, consolarse e incluso protegerse mutuamente, siguiendo la máxima de Cicerón de que “no nacemos solo para nosotros mismos”, consiguiendo demostrar que enseñar es saber entender y ponerse en el lugar del otro para transmitirle, no solo conocimiento, sino sabiduría y experiencia útil. Y es también un acto de amor que, a veces, se sustancia simplemente en acompañarlo en su desamparo.

Filmada en celuoide, con los recursos visuales de las cintas de la época: imágenes granuladas, fundidos transicionales y lentos travellings de exploración por las estancias del colegio y las calles de la ciudad (al parecer Payne hizo ver a su equipo películas de Hal Hashby, Peter Bogdanovich, Mike Nichols y Allan Pakula) la película busca recrear la estética setentera de aquellos dramas hiperrealistas del cine americano, donde los rostros de Gene Hackman y Dustin Hoffman poblaban la pantalla, con una banda sonora que desde los créditos iniciales nos introduce en una atmósfera melancólica a la que contribuye el paisaje nevado, en la destacan temas como “Silver Joy” de Damien Jurado y “The Wind” de Cat Stevens. También hay, por supuesto, canciones de Navidad: “Jingle Bells” de Herb Alpert, “White Christmas” de The Swingles, “Silent Night” de The Temptations o “The Most Wonderful Time of the Year” de Andy Williams.

“Cada generación cree que inventó la depravación, el sufrimiento o la rebeldía, pero no se puede comprender el presente sin conocer el pasado. Ni el ayer tiene por qué decretar el hoy o el mañana”, le dice el profesor de Historia al alumno cuando este le recomienda modernizar sus clases haciendo hincapié en temas como el sexo. Partiendo de esa premisa, Payne y Hemingson construyen una comedia de notable factura humorística, hecha con una inteligencia y una sensibilidad enormes, a ratos amarga y en última instancia optimista, en la que sus personajes establecen vínculos intergeneracionales salvíficos, a medida que confían los unos en los otros.

Habría sido más sencillo convertir «Los que se quedan» en un cínico alegato contra la Navidad y a su excéntrico protagonista en un malhumorado Grinch que aprende a dejarse llevar por el noble espíritu de estas fiestas. Un clásico del género. Pero Payne disecciona a sus criaturas hasta captar su esencia más allá de las apariencias. Y de pronto el estudiante rebelde y caradura, cuya mente parece ir más rápida que su sentido de la cortesía o de la prudencia, no lo es tanto; el profesor cínico tiene un aura de amabilidad y humanidad que no permite que nadie vea y la cocinera triste solo quiere volver a ejercer su instinto maternal.

No es vano el director greco-estadounidense es, junto a Ira Sachs, uno de los realizadores norteamericanos que mejor entiende el universo íntimo (sus limitaciones y traumas, pero también el potencial) de sus personajes. Desde su debut enA propósito de Schmidt y tal como ocurría en “Entre copas” –su hasta ahora mejor película– en “Los que se quedan” se empeña en demostrarnos que la vida puede estar hecha de pequeños momentos y que lo más cercano a la felicidad puede ser compartir una botella de whisky o de brandy cada noche ante el televisor, viendo un anodino concurso de parejas. Su película nos anima a escuchar al otro sin prejuzgarle y apuesta por la empatía que nos hermana y nos protege del desconsuelo y la agonía vital que en una nueva encrucijada histórica vuelve a hacer estragos, haciéndonos sentir que todavía hay esperanza.

Título original: The Holdovers

Año: 2023

Duración: 133 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Alexander Payne

Guion: David Hemingson

Reparto: Paul Giamatti, Dominic Sessa, Da'Vine Joy Randolph, Carrie Preston, Gilian Vigman, Tate Donovan...

Música: Mark Orton

Fotografía: Eigil Bryld

Compañías: CAA Media Finance.

Distribuidora: Focus Features

Género: Comedia dramática. Años 70. Navidad. Colegios & Universidad. Enseñanza

MAESTRO

De todas las escenas que mueven a la reflexión en “Maestro”, me quedo con el plano final en el que su protagonista, cigarro en mano como en prácticamente toda la cinta (hacía décadas que no se fumaba tanto en una película de Hollywood) interpela a su entrevistador: “¿alguna pregunta?”. Malo sería que, tras haber presenciado durante dos horas semejante demostración de genuino talento artístico, no las tuviéramos. Porque, a fin de cuentas, ¿para qué sirve el arte sino es para cuestionarnos la vida?

La película que confirma a Bradley Cooper como director tras su prometedor estreno en el magnífico remake de “A Star is Born” (“Ha nacido una estrella”), protagonizado junto a Lady Gaga, donde se dejaba algunos jirones de su propio desgarro personal vinculados a su adicción al alcohol y a las drogas, es un ejercicio intelectual de estilismo cinematográfico que destila elegancia, sensibilidad cultural e inteligencia emocional al repasar la vida del gran pianista, director, compositor y divulgador musical Leonard Bernstein, hijo de inmigrantes judío-rusos nacido en Massachusetts. El primer director de orquesta de los Estados Unidos que obtuvo fama mundial. Un músico de una versatilidad excepcional que compuso para el teatro, el cine y las salas de concierto, quien fuera espiado por el FBI de J. Edgar Hoover obsesionado con la penetración comunista en Estados Unidos a mediados de los años 40, debido a sus origenes familiares (su familia procedía del óblast de Rivne, Ucrania), a su declarada bisexualidad y vida disoluta y a su conexión con organizaciones de izquierda, pese a pertenecer y ser una celebridad de referencia de la más cool y selecta burguesía neoyorquina.

La película recrea la relación entre Lenny (como le llamaban sus más íntimos) y su esposa, Felicia Montealegre, quien fuera el gran amor de su vida, como reconoce el propio Bernstein en la escena inicial de la cinta cuando, sumido en la introspección del piano hacia el final de sus días, confiesa entre lágrimas que su existencia hubiese sido imposible sin el apoyo, los cuidados y la compañía esa mujer que lo amó de un modo incondicional, casi maternal (algo acorde al espíritu de la época, los años 50 y 60), interpretada con enorme acierto por la actriz Carey Mulligan.

Tal y como lo describe Luciano Monteagudo en Página 12, a partir de ese prólogo, la pantalla ancha se vuelve casi cuadrada, la portentosa fotografía de Matthew Libatique pasa del color al blanco y negro y, “en la mejor tradición del cine clásico, la película se convierte en un enorme flashback que dará cuenta no sólo de los sucesivos e incontables triunfos de “Lenny” sino también de esa historia de amor no exenta de turbulencias, propias de un personaje que parece haber sido un pionero de lo que hoy se entiende por poliamor. “Amo tanto a la gente que me cuesta estar solo”, será su explicación para compartir sus días y sus noches con hombres y mujeres por igual”.

Y es que, “Maestro” es un retrato melancólico de alguien que es el alma de la fiesta, no solo porque ama la compañía, sino porque le da pavor la soledad. De ahí que el propio Bernstein se refiera al acto de componer y al de interpretar música como “dos personalidades” en colisión, pues “el intérprete lleva una vida más bien pública, extrovertida. Mientras el creativo trabaja a solas y se comunica con el mundo de una manera muy reservada. Vive volcado hacia dentro más que hacia fuera. Si vives con esas dos personalidades te vuelves esquizofrénico”, confiesa durante una entrevista televisiva. Lo que nos llevaría al dilema que comparten tanto el propio director como el personaje que le sirve de inspiración: ¿es posible tenerlo todo? ¿Se puede ser un director de orquesta de fama mundial, amante de Mahler y de los autores clásicos, y al mismo tiempo componer musicales de éxito en Broadway? ¿Puedes ser aceptado por la crema y nata de la alta sociedad neoyorquina siendo hijo de un comerciante judío de origen ruso? ¿Puedes estar felizmente casado y formar una familia convencional, mientras mantienes abiertamente relaciones con hombres? O, en el caso de Cooper, ¿puedes ser uno de los actores más deseados de Hollywood y a la vez ser tomado en serio como director, guionista y productor? La respuesta parece ser que sí. Pese a que nunca falten las voces críticas.

En el caso de “Maestro”, se le ha criticado que el guion se centre casi exclusivamente en la bisexualidad del compositor tratada desde una mirada en el fondo conservadora y heterosexual, y que apenas se mencionen de pasada, a modo de pretexto argumental, los grandes hitos de su trayectoria profesional, como sus legendarios musicales “West Side Story” y “On the town” o sus “Conciertos para jóvenes”, en los que un magnético Leonard Bernstein hacía que la música clásica fuera accesible para la gran audiencia televisiva. Cuando es evidente que lo que a Cooper le interesa mostrarnos es otra cosa. No tanto la grandeza del músico, ni su talento como compositor, ni su histrionismo como director de orquesta o su inagotable energía, ni siquiera su narcisismo y su dandismo (algo que, sin embargo, consigue con singular sofisticación gracias a un cuidado trabajo de maquillaje y vestuario y a una puesta en escena deslumbrante desde un punto de vista estético), sino las contradicciones del hombre y sus emociones más íntimas en relación al amor y a la familia.

La historia comienza la mañana del 14 de noviembre de 1944, cuando Bernstein, de apenas 26 años, se despierta junto a su amante (de quien no vemos más que un cuerpo de hombre tendido en la cama de espaldas), cuando recibe una inesperada llamada telefónica en la que le proponen dirigir esa misma noche un concierto de la Orquesta Filarmónica de Nueva York en el Carnegie Hall, en sustitución de su director titular, Bruno Walter, que se encontraba indispuesto. Sin tiempo para ensayar, Lenny lleva la batuta con brillantez y genialidad. Lo que supone su gran salto a la fama. A la mañana siguiente, ya era una estrella a la que le llovían ofertas de trabajo. Una trepidante etapa creativa que comparte con quien era su amor por aquel entonces, el clarinetista David Oppenheim (Matt Bomer), hasta que, en una fiesta en casa de su hermana Shirley (Sarah Silverman), Lenny conoce a Felicia Montealegre (Carey Mulligan), joven actriz chilena-costarricense, de buena familia, que conecta de inmediato con su forma de ver la vida y el arte, con quien inicia un romance que acaba en matrimonio, pese a conocer ella de sus inclinaciones homosexuales.

Desde el primer momento se nos deja claro que la de Lenny y Felicia es una de esas relaciones malditas que nace de la admiración de ella hacia “el don” de él y de la aparente convicción de ambos de que el arte, como la vida de la que se nutre, no debe estar sujeto a convenciones sociales o morales que limiten la libertad creativa. Pero lo cierto es que su relación no estuvo exenta de rupturas y altibajos, debidos principalmente a las dificultades de Bernstein para equilibrar su exigente carrera y sus responsabilidades familiares con su pulsión homosexual, que le hacía sentirse atraído por hombres más jóvenes, como su asistente Tommy Cothran (Gideon Glick) el director musical de una estación de radio clásica de San Francisco de quien se había enamorado en 1971, con quien Lenny acabó mudándose a California al abandonar a Felicia tras 25 años de casados. A pesar de ese distanciamiento, ambos forjaron un vínculo de lealtad, confianza y soporte mutuo, que Cooper sintetiza a nivel visual en la preciosa escena que se repite al inicio y hacia el final de la relación (cuando a ella le detectan el cáncer de pulmón que acabará con su vida, haciendo que Lenny reconsidere sus prioridades y se vuelque en su cuidado hasta su muerte el 16 de junio de 1978), en la que ambos apoyan la espalda de uno en la del otro, intentando establecer entre bromas un vínculo telepático.

Ese lazo indestructible e indispensable que, al parecer, existió entre la pareja tiene su máxima expresión en la escena en la que Bernstein dirige apasionadamente la Segunda Sinfonía de Mahler en la catedral de Ely, en Inglaterra. Un concierto de 1973 del que hay registro en video y en cuya recreación Cooper/el actor agita espasmódicamente los brazos, como si estuviera dirigiendo de manera enérgica a una orquesta que prescinde por completo de sus indicaciones, sin que sus exagerados movimientos (calcados por otro lado a los del no menos histriónico Bernstein), correspondan a lo que estamos escuchando. Tras su apoteósico final, la cámara se vuelve hacia el rostro encandilado de su mujer, que observa conmovida a su Lenny, con idéntica expresión de orgullo y admiración a cómo lo miraba al inicio de su noviazgo, entre bambalinas. Una escena, como tantas otras en la película, en la que el Cooper/cineasta conecta con la matriz narrativa de los grandes melodramas de Hollywood. Lo que hace que algunos hayan querido ver en “Maestro” el pretencioso ejercicio académico de un director novel ansioso por ganar un Oscar y pasar a la historia del séptimo arte.

“Excesivo es lo que transmite desde su elección de título, pasando por la prótesis nasal de Cooper, la extensión biográfica del guion, la martirización de la esposa de Bernstein, y la insinuación de que su infidelidad crónica respondía a una bisexualidad insaciable. Su intento por concebir un nuevo “Ciudadano Kane” (1941) entre aspavientos dramáticos y cinematográficos es respetable, pero Cooper nunca ofrece el equivalente de un “Rosebud” para comprender o terminar de conocer al hombre detrás de la eminencia musical”, escribe Gustavo Herrera Taboada, Máster en Estudios de Cine en la Universidad de Columbia, para quien “a nivel actoral, Cooper interpreta a Bernstein como si fuese el último rol de su carrera, desplegando un carisma desbordado, un acento peculiar y una agitación física que alcanza su punto álgido durante la secuencia del concierto en la catedral”.

Otros se han ensañado aún más al decir que la suya es “una película hipertrófica, desmesurada y grandilocuente que no puede tranquilizar su ansia de excesos visuales: un ballet de marineros, un plano subrayado de una muerte subrayada, una dirección de arte pantagruélica, y más y más, hasta que uno termina la proyección extenuado y con la sensación de que era complicado rodar una película tan estrepitosamente fea”. (Aaron Rodriguez Serrano, Profesor Titular de Narrativa Audiovisual en la Universitat Jaume I).

Sin embargo, algo debe tener el agua cuando la bendicen dos productores de la talla de Martin Scorsese y Steven Spielberg. Tras su estreno en Venecia, Manu Yáñez escribía su crítica para Fotogramas y definía a “Maestro” como un «magistral biopic» destacando que «entre sus suntuosos travellings, sus majestuosos besos a contraluz y sus veloces diálogos, la película de Cooper logra capturar el romanticismo de una era, la de la inmediata posguerra, en la que Estados Unidos navegaba entre el ardiente deseo de celebrar la vida y la imposición de un régimen patriarcal conservador. Y, por si lo anterior no fuera suficiente, en su salto a la década de 1970, la película entabla un diálogo con los cineastas del Nuevo Hollywood para explorar, cámara en mano, el arduo camino hacia la plenitud artística y la libertad sexual del protagonista”.

En mi opinión, si algún defecto puede achacársele es que no sea un producto para todos los públicos, dado que se requiere una mínima sensibilidad cultural y conocimiento de la vida y obra del excepcional músico para poder apreciarla en todos sus matices. Especialmente su magnífica banda sonora, compuesta por una selección de las mejores composiciones de Bernstein.

Más allá de lo cual, encuentro que es un trabajo elegante, original y conmovedor, cuyos diálogos y situaciones responden a un naturalismo casi documental, que pivota sobre las brillantes actuaciones de dos grandísimos intérpretes, Cooper y Mulligan, absolutamente comprometidos con la historia de esta pareja para la que “desafiar” las convenciones sociales, al menos en su esfera más íntima y en un ámbito (el de la cultura) y en unas circunstancias socioeconómicas muy favorables, no estuvo sin embargo exento de humanas contradicciones, ni de dificultades y sufrimiento. Algo que se siente particularmente en la escena en la que Lenny se ve obligado a iniciar una difícil conversación con su hija mayor Jamie (Maya Hawke) acerca de los rumores que circulan sobre su doble vida sentimental, sin atreverse a desvelarle su bisexualidad, de lo que más adelante vuelve a querer hablarle en una conversación telefónica en la que la hija se niega a escuchar su confesión. O en su encuentro casual con su primer amante en Central Park, al que se siente obligado a tratar en público como un amigo más, tras haber contraído matrimonio con Felicia.

En este sentido, el personaje de la mujer de Bernstein es quizá el que sale peor parado. Pues incomprensiblemente pasa de ser una joven y ambiciosa actriz de ideales libertarios, a convertirse en una esposa sobreprotectora y dependiente del afecto de su adúltero marido. Su reacción es compresible, aunque hasta cierto punto cuestionable, no solo por su pasividad y posterior frustración, sino por situarse en el papel de la mujer detrás del genio que, debido a su destino trágico, acabará siendo la mártir propiciatoria para que se critique la aparente perversión bisexual de Bernstein, cuando existía un acuerdo entre ambos por el que ella se comprometía a aceptar las inclinaciones homosexuales de su marido. Pero nadie dijo que la vida y las relaciones fuesen fáciles ni que pudiesen dosificarse o planificarse de antemano.

Volviendo al inicio de esta reseña, de todos los comentarios que ha inspirado la película, me quedo con los de Rafael Sánchez Casademont en Esquire, con quien coincido en que “Maestro no da respuestas, pero nos deja muchas preguntas”. Algunas de las cuales pueden hacerse incómodas para la sensibilidad del momento empeñada en hacernos creer que el amor es inocuo.

Título original: Maestro

Año: 2023

Duración: 120 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Bradley Cooper.

Guion: Bradley Cooper y Josh Singer.

Fotografía: Matthew Libatique.

Música: Leonard Bernstein.

Intérpretes: Bradley Cooper, Carey Mulligan, Matt Bomer, Maya Hawke, Sarah Silverman, Sam Nivola, Alexa Swinton.

Compañías: Sikelia Productions, Amblin Entertainment, Netflix, Fred Berner Films, 22 & Indiana Pictures.

Productor: Martin Scorsese, Steven Spielberg, Bradley Cooper, Todd Phillips.

Distribuidora: Netflix

Género: Drama Biográfico. Musical.

THE CROWN. SEXTA TEMPORADA (GRAN FINAL)

Los cuatro últimos capítulos de “The Crown” son una especie de “coche escoba” que recoge lo ocurrido en la vida de la familia Windsor entre la muerte de Lady Di (Elizabeth Debicki) y el matrimonio de Carlos de Inglaterra (Dominic West) y Camila Parker Bowles (Olivia Williams), dedicando una especial atención al trauma que la trágica muerte de su madre supuso para los príncipes William y Harry, y que marcó de distinta forma su problemática adolescencia.

En el caso de Guillermo (Ed McVey), se nos cuentan sus últimos días en Eton College, mientras intenta superar el duelo por la pérdida de Diana. Lo que hizo que rechazara a su padre, a quien culpaba de que esta se hubiese acercado a los Al Fayed en su intento de huir de Londres, para no estar presente mientras Carlos organizaba una fiesta para su amante, Camila. Es interesante el enfrentamiento que se produce por ello entre padre e hijo en el episodio 5 (Pasión por Guillermo), así como el papel que jugó el abuelo, Felipe de Edimburgo (Jonathan Pryce), en la reconciliación de ambos.

Las acusaciones de Mohamed Al Fayed de que la familia real y los servicios secretos británicos estuvieron detrás del trágico accidente vuelven a poner la muerte de Lady Di de actualidad y William no duda en encarar a su padre a propósito del tema: «¿No crees que hay una relación entre esta situación y tu papel?». «Espero que no estés insinuando lo que creo», le responde el entonces Príncipe de Gales.

También asistimos al crecimiento de la popularidad del hijo mayor de Diana (con quien guarda un gran parecido físico), sobre todo entre las féminas, y al acoso mediático que sufre al cumplir la mayoría de edad coincidiendo con su acceso a la universidad en Escocia y con el inicio de su relación con la que entonces era su compañera de clase y hoy es la madre de sus hijos, Kate Middleton (Meg Bellamy).

Mientras, en el caso de Harry (Luther Ford), el príncipe que se disfrazó de nazi, sus gamberradas de adolescente son de algún modo también reflejo de ese trauma por la pérdida materna, a lo que se añade la frustración de ser “el segundo” en la línea sucesoria, “alguien de quien se espera que la pifie”. 

La tensa relación entre ambos hermanos, así como sus diferencias de carácter y los motivos que subyacen en su todavía incipiente enfrentamiento están bastante bien explicados y enlazan con la historia de la princesa Margarita (Lesley Manville) quien, pese a haber pasado por la misma situación que Harry (o incluso peor, pues al ser mujer quedaba prácticamente fuera de la línea sucesoria), mantuvo hasta el final de sus días su lealtad hacia su hermana, la reina Isabel II, que encontró en ella siempre un pilar en el que apoyarse.

La muerte de esta tras sufrir varias embolias, así como la de la reina madre a una avanzada edad, y la decisión de su marido, el Príncipe Felipe, de ocuparse personalmente de los preparativos de su propio funeral, así como su insistencia en que la reina también dejase instrucciones precisas sobre sus exequias reales (operación bautizada como “Puente de Londres”) hacen que Isabel II (Imelda Staunton) se enfrente por primera vez a la idea de su propia muerte y se plantee abdicar en favor de su hijo al cumplir los 80 años. Sin embargo, finalmente no llegará a hacerlo al recordar el juramento que hizo al acceder al trono de servir fielmente al pueblo inglés hasta el último de sus días.

Isabel convence a los representantes de la iglesia anglicana de que permitan a Carlos casarse con Camila, porque “un futuro rey no puede vivir en pecado”. Mientras se debate internamente sobre la conveniencia de ceder la Corona antes de convertirse en una monarca anciana. Previamente había llegado a pedir consejo al entonces primer ministro, el laborista Tony Blair, sobre cómo mejorar la imagen pública de la institución monárquica y aumentar así su grado de aceptación, en vista de su enorme popularidad. Descartando finalmente sus consejos de “hacer recortes” a costa de sacrificar el protocolo real, por entender que “la modernidad no siempre es la respuesta y que a veces la antigüedad también lo es”.

“El embrujo que proyectamos desde hace siglos es nuestra inmutabilidad. La tradición es nuestra fuerza”, explica la monarca al primer ministro en audiencia privada, convencida de que la gente no quiere ver en la monarquía lo mismo que tiene en casa.

Del mismo modo, Isabel II se convence a sí misma de que “el reino está mejor con ella a cargo” (o por lo menos, eso piensa Peter Morgan) pues considera que ni su hijo Carlos, ni el resto de la familia están preparados aun para sucederle. “La monarquía es algo que eres, no lo que haces. La Corona es un símbolo de permanencia. De estabilidad. De continuidad. Si abdicas, simbolizarás la inestabilidad y la falta de permanencia», le dice su propia voz interior, en un intenso momento de zozobra interior y vacilación ante la responsabilidad del futuro, recordándole las advertencias de su abuela, la Reina María.

Isabel se asoma a su último otoño, conocedora de que el destino le tiene reservada una última y enorme responsabilidad, la de preparar concienzudamente su legado para salvaguardar su propia posteridad. Porque, como se remarca en el último episodio de la serie, la corona es un símbolo… y los símbolos trascienden a las personas, porque tienen una vocación atemporal.

Lo demás es historia reciente. Incluido el melancólico lamento de “sleep deare sleep” la melodía interpretada por Paul Burns, el gaitero del Real Regimiento de Escocia que la despertaba cada mañana, a quien la reina pidió personalmente que la tocase en su funeral que finalmente tuvo lugar en 2022, uno de los momentos más conmovedores del servicio religioso. Con 92 años, Isabel II concluía así el reinado femenino más longevo de la historia.

La escena de cierre de ‘The Crown’ está magistralmente bien concebida. Si en la primera parte de esta temporada resultaba sorprendente el regreso de Lady Di en forma fantasmal, ahora el impacto es doble pues las actrices Claire Foy y Olivia Colman que interpretaron el papel de la monarca en anteriores etapas de su vida regresan en pequeños encuentros para dialogar con su versión de la tercera edad, interpretada por Imelda Staunton.

Como describe la revista Fotogramas, tras celebrar la boda de su hijo, la reina conversa con su marido en la Abadía de Westmister, bajo la que yacen los restos de antiguos monarcas. «Aquí es donde estaremos tú y yo», le advierte él mientras señala la losa bajo sus pies, antes de dejarla a solas junto al féretro, la corona y el cetro. Una réplica casi exacta de la que, años después, se convertiría en una de las imágenes más icónicas del funeral de Isabel II, con lo que la serie consigue llegar así, aunque sea de forma metafórica, a los últimos días de la monarca inglesa que escucha la gaita entonar su sentencia final, mientras camina hacia la puerta de salida o, mejor dicho, hacia la luz. Pero no está sola. A sus pasos no tardan en sumarse los de Foy y Colman, tres facetas de una misma mujer que para su familia nunca dejó de llamarse Lilibet. A pesar de los pesares y de los últimos altibajos, un merecido y bello final para una gran serie.

Título original: The Crown

Año: 2016

Duración: 60 min. x 10 episodios

País: Reino Unido

Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen
Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron, Jessica Hobbs, Alex Gabassi, May el-Toukhy...


Guion: Peter Morgan, Tom Edge, James Graham, Edward Hemming...

Reparto: Imelda Staunton, Jonathan Pryce, Lesley Manville, Dominic West, Olivia Williams, Bertie Carvel, Claudia Harrison, Marcia Warren, Khalid Abdalla, Salim Daw, Elizabeth Debicki, Ed McVey, Luther Ford, Meg Bellamy.

Música: Rupert Gregson-Williams, Martin Phipps, Lorne Balfe

Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt Birkeland, Stuart Howell, Frank Lamm, Rasmus Videbæk, Fabian Wagner

Compañías: Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International

Género: Serie de TV. Drama Histórico. Biográfico. Política. Monarquía británica

NAPOLEÓN

Aproximarse al “Napoleón” de Ridley Scott con las expectativas de la promoción rebajadas, tras haber pasado por el tamiz de todas las objeciones que la crítica especializada ha puesto a la película, tiene sus ventajas. Y no porque ya no se espere gran cosa de ella, pues al fin y al cabo estamos hablando del último trabajo de uno de los directores más consagrados del panorama cinematográfico a nivel mundial, creador de clásicos como “Alien, el octavo pasajero” “Thelma & Louise” o “Blade Runner”, sino porque el ánimo está preparado para la decepción de antemano.

En mi caso, debo decir que no hubo mucho margen de mejora pues, aunque la épica de sus batallas, la opulencia de sus palacios y el salvaje magnetismo de Vanessa Kirby me siguen pareciendo motivo suficiente para ir a ver la película en pantalla grande, como casi todo el mundo, esperaba más de ella y de su encumbrado protagonista Joaquin Phoenix, quien vuelve a ofrecernos una interpretación demasiado intensa, sobreactuada y superficial que hace honor a su trabajada fama de “rara avis” del star system, reduciendo la compleja personalidad del general corso a una burda, exagerada y estereotípica caricatura que parece inspirada en un tratado de psicología y que se hace casi insoportable por la reiteración de su recital de tics. Dicho de otro modo, una cosa es que todos los locos se crean Napoleón y otra que el legendario emperador francés fuese el bicho raro que tanto Phoenix como Scott parecen querernos hacer ver.

Si he de resumir mi impresión general al término de dos horas y media de visionado, debo coincidir con sus críticos en que la película resulta tediosa, gris e inconexa a nivel narrativo. Los saltos temporales son tantos y tan atropellados que el relato pierde concatenación y coherencia y deviene en un salpicón cronológico de algunos acontecimientos históricos que no se explican convenientemente. Lo que no resta un ápice de mérito a la espectacularidad de la producción que resulta tan apabullante como insuficiente para articular una línea argumental convincente.

Desde la frase introductoria que nos adentra en los albores de la Revolución Francesa (“La miseria condujo al pueblo a la revolución… y la revolución devolvió al pueblo a la miseria”) hasta su epílogo final, en el que se contabilizan los muertos en las guerras napoleónicas como si el gran estratega militar fuese una especie de asesino en serie, cuando su misión consistió en defender a su patria del ataque combinado de los ejércitos imperiales de Inglaterra, Prusia, Austria y Rusia (salvo en la brutal invasión de España que retratan los siniestros cuadros y grabados de Goya, a la que la película no hace por cierto ni mención ), se aprecia que el octogenario director británico no solo no se lleva bien con el personaje que tiene entre manos, sino que pretende ajustar cuentas con él, en una especie de juicio histórico descontextualizado, en el que se omiten cuestiones políticas y aspectos de su acción de gobierno que explicarían por si solas la trascendencia histórica de Napoleón, así como el fervor que le profesaba el pueblo francés.

El pequeño corso, descendiente de una familia de la nobleza provinciana, derrotó a los ejércitos que estaban bajo el mando de reyes y aristócratas, y fue adorado por ello por las clases populares francesas y de otros países europeos que se identificaban con sus orígenes humildes. Fue un hombre nacido de la Revolución que terminó convirtiéndose en un soberano similar a los monarcas absolutistas, forjando una nueva línea sucesoria (el clan de los Bonaparte) que soñaría con conquistar y gobernar toda Europa como antes habían querido dominar Córcega, supeditando su autoridad incluso a la religión católica.

Conocida es la anécdota de un Beethoven republicano que le dedicó la tercera sinfonía para después borrar la dedicatoria decepcionado de que Napoleón se coronase emperador a sí mismo.

Una de las cosas más asombrosas del personaje y en las que la película incurre en uno de sus mayores fallos es lo joven que era cuando alcanzó la gloria.

Todo arranca en 1789. El caos de la Revolución Francesa y el posterior “Reinado del Terror” bajo Maximilien Robespierre, donde la brutalidad y la guillotina eran el castigo ante cualquier sospecha de traición, sirve de plataforma de lanzamiento a un desconocido militar destinado a cambiar el curso de la historia. Entonces Napoleón tenía apenas 20 años y, sin embargo, en la película vemos a un actor de 50 pretendiendo ser ese joven capitán ascendido a general tras la exitosa toma del fuerte de Toulon, una especie de Gibraltar en poder de los ingleses en 1793. Cuestión que hubiera sido fácilmente resoluble utilizando a un actor más joven para interpretar al personaje durante esos años de su más tierna juventud, pues lo cierto es que a Napoleón no le dio tiempo a envejecer. Cincuenta y un años es la edad a la que Bonaparte murió en 1821, se dice que lentamente envenenado por los británicos durante su reclusión en el islote de Santa Elena. Una vida corta para los parámetros actuales, pero de una intensidad y una influencia decisivas a fines del siglo XVIII y principios del XIX.

En el caso de su mujer, Josefina de Beauharnais, (nacida en la caribeña isla de Martinica y bautizada como Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie) es al revés: en todo momento parece mucho más joven que Napoleón, cuando en realidad era seis o siete años mayor que él. Esa diferencia de edad aparejada a la esterilidad de la emperatriz a causa de una menopausia precoz debida al estres que le produjo su paso por la cárcel durante los años del terror), quien aportaba dos hijos de un matrimonio anterior y de la que se sugiere un pasado disoluto, fue el motivo del posterior divorcio de la pareja que, pese a su separación, nunca dejó de tener un fuerte vínculo y dependencia emocional, como quedó de manifiesto en su incesante intercambio epistolar. Unas cartas que vieron la luz gracias a que fueron robadas y vendidas por sus sirvientes a la muerte de esta.

“Las cartas son muy elocuentes. Nos hablan de un hombre deslumbrado por los encantos de Josefina, esa «selva negra» cuya capacidad de atracción ella revela en la película, pero también limitado por la «pequeña espada» con la que el joven general trata torpe e inútilmente de poseerla, Ridley Scott narra con precisión ese juego del amor (Napoleón) y de la recepción pasiva (Josefina), por parte de una mujer que  no le quiere, pero entiende lo que el general victorioso representa para su propio estatus y el de sus hijos”, escribe Antonio Elorza en El Correo.

Y es que, más allá de la ambición de poder, la película de Scott pretende reflejar que la verdadera motivación de la vida de Napoleón residió siempre en su apasionada y conflictiva relación con su mujer que se vio truncada por la imposibilidad de ella de concebir ese heredero que él tanto necesitaba para asegurar su descendencia, una vez entronizado como rey y emperador. La suya fue una relación tóxica, llena de altibajos emocionales e infidelidades mutuas, sexualmente pasivo-agresiva, a medio camino entre el sometimiento, el deseo y el desprecio, lo que otorga cierta capa de vulnerabilidad al héroe militarmente invencible, un hierático, ególatra y a menudo ridículo Napoleón que sucumbe al secreto de la vagina de Josefina desde el momento en que esta se abre de piernas para mostrárselo en una de las escenas más memorables de la película que recurre a un humor satírico y por momentos algo sórdido para esborzar esta dependencia de ambos, pero se queda a medio camino de desarrollar.

El Napoleón de Phoenix es un «bruto», un personaje ensimismado e inexpresivo, alguien que apenas habla, infantil y enmadrado, de apetito voraz. Mientras los historiadores refieren que Bonaparte era un líder extremadamente carismático e intelectualmente inquieto, que dejó frases memorables (ninguna de las cuales se recoge en el guion de Scott) y se ocupó personalmente de diversos aspectos de su gobierno, desde los asuntos de la guerra hasta la apertura de museos o el mecenazgo de toda clase de artistas y científicos de diversas disciplinas, desplegando una política civilizadora e ilustrada; o la redacción del famoso Código Napoleónico —Código Civil aprobado en 1804 que propició un duro golpe al feudalismo— monumental compendio jurídico que muchos consideran lo mejor de su legado al mundo moderno, ya que se encuentra todavía en vigor, aunque con numerosas e importantes reformas, en cuya confección participó personalmente.

200 millones de dólares se han empleado en la recreación de célebres batallas, como las de Austerlitz, Waterloo o la catastrófica invasión de una Moscú reducida a cenizas por las tropas del Zar Alejandro antes de que la ciudad fuese ocupada por las tropas francesas. En la película hay caballos, cañones y cientos de miles de solados moviéndose en formación y luchando sobre el terreno, lo que la convierte en una epopeya histórica a la manera de los grandes clásicos. Pero el tema que realmente obsesiona a Scott es la forma en que se construye, se sostiene y se pierde el poder.

En ese sentido, «Napoleón» resulta una obra llena de claroscuros y altibajos, mucho menos provocadora y audaz de lo que prometía, pero con algunos pasajes memorables, como la cruenta escena en la que los jacobinos amenazan con restaurar la monarquía y el General Bonaparte no duda en reprimir a las masas de manifestantes a cañonazo limpio en plena ciudad de París, o el rocambolesco golpe de estado perpetrado junto a su hermano Lucien, para alumbrar una sociedad asentada sobre nuevos principios de organización y jerarquía, en superación del Antiguo Régimen.

Que Napoleón no haya bombardeado jamás las pirámides de Egipto pues se sabe que la batalla tuvo lugar a kilómetros de allí, ni mucho menos haya desertado del ejército para pillar a su mujer con otro en la cama o haya escapado de su exilio en la isla de Elba por amor a Josefina que para entonces llevaba ya dos años muerta; que le haya sido imposible asistir a la decapitación de la reina María Antonieta, esposa de Luis XVI, el 16 de octubre de 1793, pues se encontraba planeando in situ la captura de Fort Mulgavre, cuyo control era indispensable para rendir la ciudad de Toulon; o que jamás haya ordenado bombardear un lago helado bajo los pies del ejército enemigo en la Batalla de Austerlitz, recreada por Ridley Scott a la manera de Eisenstein, son algunas de las imprecisiones que los historiadores han observado en la película. Por no hablar de la escena en la que Napoleón abofetea a Josefina durante la firma de su divorcio, algo que sus biógrafos consideran inverosímil o que lo retraten como un hábil jinete cuando, en realidad, no era particularmente bueno montando a caballo.

Un tanto a la defensiva, el director de “Gadiator” (que también fue criticada por sus errores históricos) se defiende diciendo que “una película no puede ser una lección de historia” y ha decidido mandar a paseo a quienes critican su falta de rigor histórico empleando expresiones como: “Búscate una vida” o “¿Estuviste allí para saber cómo fue?”. Pero la soberbia es la base de la ignorancia. Es evidente que no se trata de un documental y que un creador de ficción puede adaptar su relato a las necesidades del espectáculo, pero no es menos cierto que existen límites para no transformar la realidad en un esperpento. Y en este caso no puede decirse que no se hayan traspasado ciertas líneas rojas.

Título original: Napoleon

Año: 2023

Duración: 158 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ridley Scott

Guion: David Scarpa

Reparto: Joaquin Phoenix, Vanessa Kirby, Rupert Everett, Edouart Philipponnat, Miles Jupp, Ian McNeice, Ben Miles, Tahar Rahim...

Música: Martin Phipps

Fotografía: Dariusz Wolski

Compañías: Apple Studios, Scott Free Productions, Columbia Pictures, Apple TV+

Género: Drama histórico. Biográfico. Siglo XVIII. Guerras Napoleónicas. Cine épico

THE CROWN. SEXTA TEMPORADA (1ª PARTE)

“The Crown, el épico drama de Netflix sobre la familia real británica que alguna vez fue un placer ver, llega a su dramática temporada final sin haber logrado corregir los terribles defectos de la última temporada”, analiza Caryn James para la BBC.

Y es que, Peter Morgan, creador de la serie, continúa reescribiendo la historia para intentar resarcir la figura del actual rey, Carlos III de Inglaterra (encarnado en su edad adulta por un poco convincente y nada principesco Dominic West), a quien no solo se presenta en las dos últimas temporadas de la serie como un padre amoroso y ex esposo leal a la memoria de Diana (mimetizada por Elizabeth Debicki hasta el punto de que debe sufrir una tortícolis de tanto inclinar la cabeza para mirar hacia arriba por encima de las pestañas), sino también como un futuro monarca responsable y sensible al sentir del pueblo británico, capaz de trascender los rencores mundanos, para hacerse perdonar por este por no haber sabido o podido amar a la “princesa de corazones” siguiendo el guion de un cuento de hadas, como ella misma y todos los demás esperaban que hiciese.

Según Morgan, quien se permite especular y jugar con la realidad por encima de sus posibilidades en esta última entrega de la serie, imaginando cómo hubiesen sido las últimas 24 horas de Diana y lo que la Familia Real británica pudo haber dicho y hecho al respecto, no hubo un “sí quiero” de Lady Di al empresario y productor de cine Dodi Al-Fayed, en su viaje a París antes del trágico accidente en el Puente del Alma, donde ambos morirían el 31 de agosto de 1997. Y el entonces todavía Príncipe de Gales, padre de William y Harry, lloró desgarradora y desconsoladamente, lleno de remordimiento, al conocer la trágica noticia.

Ya en las primeras horas tras hacerse pública, Carlos fue capaz de intuir el devastador impacto que la muerte de Diana tendría en la sociedad británica y mundial que, desconsolada por la pérdida, empezaba a culpar a los Windsor, si no de su desaparición física, sí del trato que le habían dispensado en vida. Lo que amenazó gravemente la ya para entonces maltrecha imagen de la Corona y su estabilidad (“Esto es casi una revolución”, llega a decir la reina Elizabeth al ver por televisión las flores y los mensajes de condolencia que se amontonan a las puertas del palacio de Buckingham, en recuerdo y homenaje a Lady Di). Por lo que decidió hacerse cargo personalmente de la repatriación de los restos de la princesa a Londres e instó a su madre a abandonar su real y no se sabe si prudente o rencoroso silencio y a mostrarse empática con el dolor de su pueblo, diciéndole que debía actuar como «madre de la nación». Algo a lo que la reina encarnada en Imelda Stauton respondió hierática: «preferiría que no me sermoneen sobre cómo o cuándo llorar o mostrar mis emociones».

Sin embargo, tras mantener una surrealista conversación con el fantasma de Diana, a quien no duda en reprochar el «poner a esta familia patas arriba» antes de hacer las paces con su espíritu, la monarca cambia de opinión y decide interrumpir sus vacaciones en Escocia y regresar a Londres antes de lo previsto para llorar públicamente la pérdida de Lady Di en un mensaje a la nación que ya es historia, así como permitir que se celebre un funeral de Estado en homenaje a la madre del futuro rey, a la altura del que recibiría cualquier miembro de la institución monárquica, aunque Diana Spencer ya estuviese oficialmente fuera de la familia real británica.

El cambio de criterio de la reina es tan repentino como la apreciación de Carlos de lo que su exmujer significó para el país. Lo que hace que este nuevo relato resulte bastante forzado y precipitado, con el único fin de llevarnos en volandas hasta la dura e inolvidable escena del cortejo fúnebre en la que los dos hijos de Diana caminan tras su féretro, escoltados por su padre y su abuelo, el Príncipe Felipe (Jonathan Pryce), quien instruye al primogénito y futuro heredero de la Corona para aguantar el tipo, manteniendo la cabeza baja y concentrándose en la marcha, aclarándole que el pueblo no llora por Diana (a quien no conocía), sino que lo hace por él.

La serie es escrupulosamente respetuosa con las escenas de la muerte de Lady Di, de la que hace un relato elegante, sin caer en el morbo y sin ofrecer imágenes reales ni recreadas del accidente. Aunque no se resiste a utilizar material de archivo para ilustrar cómo el pueblo británico se echó a las calles para llorar la muerte de Diana con toda clase de muestras de afecto a su figura.

Aunque igualmente rotos de dolor, el momento del reconocimiento del cadáver de su hijo del millonario egipcio Mohamed Al-Fayed (Salim Dau) en la morgue y el de Carlos de Inglaterra ante el cuerpo de Diana, se abordan de forma diametralmente opuesta. El primero retira la sábana y besa el rostro inerte de Dodi invocando el poder de Alá. Mientras de Carlos solo vemos el rostro lloroso y desencajado de West cuando entra a la morgue de París, con la cámara fija en él y no en lo que está viendo.

El primogénito del dueño de Harrod´s (interpretado de forma bastante anodina por Khalid Abdalla) aparece retratado como un casanova poco convincente y casi a su pesar, un ser pusilánime a quien mueve el deseo de resultar digno a ojos de su exigente padre, este sí obsesionado con emparentar con la Casa Real británica para deshacerse del estigma de su origen árabe y hacerse respetar por occidente, quien amenaza con “cortarle el grifo” a su hijo si no consigue conquistar a Diana, a quien se presenta como una mujer vulnerable y confusa que intenta retomar el control de su vida tras su traumática separación, y a la vez como una mujer inquieta que se fue despojando de las presiones y esclavitudes protocolarias de la monarquía para encontrar su propia voz

Si en la temporada 5 nos habíamos quedado en el viaje de la Princesa de Gales a tierras francesas, donde conocía a «Mou-Mou», quien la invitaba a pasar el verano junto a sus hijos en su villa de Saint Tropez. Al inicio de esta sexta, Diana decide aceptar su hospitalidad para alejarse de Londres, donde Carlos planea ofrecer una gran fiesta para celebrar los 50 años de Camilla. Momento a partir del cual, la serie recrea multitud de escenas ya míticas de ese último verano de Diana, como el robado que la muestra enfundada en un bañador azul sentada en la punta del trampolín del espectacular yate de los Al-Fayed.

Sin embargo, la escena más reveladora e íntima (aunque nunca haya sido real), es cuando la vemos hablando por teléfono con su supuesta terapeuta sobre el abrumador cortejo de Dodi, quien acaba de regalarle un poema de amor mal rimado grabado en una placa de plata. Por consejo de esta, Diana decide poner fin a la relación y volver a Londres para no volver a incurrir en lo que su psicóloga llama “su adicción al drama”. Morgan se inventa entonces un último día para Lady Di en el que se masca la tragedia que se avecina y donde se incluye una última conversación telefónica con sus hijos, en la que les asegura que no se casará con Al-Fayed y promete estar en casa al día siguiente para reunirse con ellos.

Ese verano la popularidad de Lady Di estaba por las nubes, no sólo por su activismo contra las minas antipersona, sino porque su rostro está en todas las portadas de la prensa rosa, convirtiéndose en objetivo preferente de los paparazzi que la siguen a todas partes para dar testimonio gráfico de sus posibles andanzas amorosas, mientras sus hijos pasan sus vacaciones junto a su padre y al resto de la familia Windsor, en el castillo de Balmoral. Lo que los asesores de Carlos aprovechan para “contraatacar” proponiéndole que se retrate con estos, para ofrecer a la opinión pública una imagen de estabilidad y tradición familiar frente a los escándalos de la princesa díscola.

Pese a los esfuerzos por dulcificar su personaje, Carlos emerge a ratos como un ser malcriado y calculador, lleno de ira y frustración, que explota contra su secretario privado, Mark Bolland (Ben Lloyd Hughes), el experto en relaciones públicas a quien vimos en la temporada anterior orquestando un plan para blanquear la imagen de Camilla (“la otra” en discordia) que ha terminado permitiendo que se convirtiera en Reina.

Carlos grita a sus subalternos y exige que la cobertura informativa sobre Camilla desplace los titulares sensacionalistas de Diana retozando con Dodi Al-Fayed en St Tropez. Una relación encantadora y feliz, pero no el gran romance que muchos quisieron vender, que empieza y acaba como una amistad entre dos seres atrapados por las presiones familiares.

Lo que se nos cuenta ahora es que Lady Di habría iniciado una relación sentimental con Dodi casi por matar el aburrimiento de su primer verano como mujer divorciada. La idea que Morgan nos quiere trasladar es la de que, más allá del consuelo y la diversión del momento, esa relación no significó gran cosa pues Diana siempre estuvo enamorada de Carlos, quien a pesar de los pesares guardaba cierto cariño y admiración hacia ella, así como un enorme sentimiento de culpabilidad, debido a su traición con Camila Parker Bowles (Olivia Williams), el gran, verdadero y único amor de su vida al que ha guardado eterna lealtad.

En cuanto a sus hijos, William y Harry, la serie no incide demasiado hasta ahora en cómo les afectó la muerte de su madre, aunque sí apunta al temor y rechazo que acabaron desarrollando hacia los paparazzi y la prensa sensacionalista que supusieron una amenaza constante para la vida de Diana, a menudo sumida en picos de ansiedad por el acoso mediático, a quien vemos luchar por deshacerse de ellos, en las calles o en alta mar, llegando a pactos o dándose a la fuga, protagonizando persecuciones dignas de «Fast&Furious«, como la que acabó provocando el accidente que acabó con su vida cuando un enjambre de decenas de fotógrafos motorizados se dieron a la caza de la princesa por las calles de París. Fue tal el impacto de aquel triste suceso, que en 2010 se aprobó una ley para impedir que los paparazzi conduzcan imprudentemente en busca de una fotografía.

William y Harry tendrán mucho más protagonismo en la segunda parte de esta sexta temporada de la que todavía nos falta por ver seis entregas más, que verán la luz el 14 de diciembre, poniendo el broche final al relato con la boda de Carlos y Camilla. Así que, de momento, continuará…

Título original: The Crown
Año: 2016-2023
Duración: 60 min. cada episodio
País: Reino Unido
Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron, Jessica Hobbs, Alex Gabassi, May el-Toukhy, Christian Schwochow, Paul Whittington, Philippa Lowthorpe, Erik Richter Strand, Samuel Donovan...
Guion: Peter Morgan, Tom Edge, James Graham, Edward Hemming, Laura Deeley, Jon Brittain, Duncan Macmillan, Amy Jenkins, David Hancock, Malcolm McGonigle, Nick Payne, Meriel Baistow-Clare, Daniel Marc Janes
Reparto: Imelda Staunton, Elizabeth Debicki,
 Jonathan Pryce, Dominic West, Khalid Abdalla,
Olivia Williams, Lesley Manville, Salim Dau, Bertie Carvel...
Música: Rupert Gregson-Williams, Martin Phipps, Lorne Balfe
Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt Birkeland, Stuart Howell, Frank Lamm, Rasmus Videbæk, Fabian Wagner
Compañías: Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International
Género: Serie de TV. Drama Histórico. Biográfico. Corona británica

LA LUZ QUE NO PUEDES VER

Sin haber leído la laureada novela de Anthony Doerr que da origen a su argumento, la adaptación del best seller literario “La luz que no puedes ver” resulta un ejercicio más bien simplón y previsible, plagado de bellos tópicos acerca del valor de la vida y el esfuerzo de superación, que toma como excusa un periodo negro de la historia para hacer de él una caricatura más próxima a las aventuras de Indiana Jones que a cualquiera de las excelentes películas acerca del nazismo y la resistencia francesa que se han hecho desde 1943 hasta ahora.

Esta tierra es mía” de Jean Renoir, “La mano del diablo” de Maurice Tourneur, “Calle Madeleine Nº 13” de Henry Hathaway, “Un condenado a muerte se ha escapado” de Robert Bresson, “¿Arde París?” de René Clément, “Lacombe Lucien” o más recientemente “Adiós, muchachos”, ambas de Louis Malle; o incluso la sarcástica “Malditos bastardos”, de Quentin Tarantino. La historia de la miniserie de cuatro capítulos estrenada por Netflix carece por completo de la profundidad de cualquiera de estas grandes obras, reduciendo toda la complejidad que anida en la frase de promoción de la novela: “un corazón puro puede brillar aún en la noche más oscura y en el más terrible de los tiempos” a un puro fuego de artificio.

Ese corazón del que nos habla Doerr en su historia es el de Marie-Laure LeBlanc (personaje insulsamente interpretado por la debutante Aria Mia Loberti), una joven francesa invidente que vive con su padre, Daniel LeBlanc (Mark Ruffalo) en París, cerca del Museo de Historia Natural, donde él trabaja como responsable de seguridad. Desde que era niña, Monseuir LeBlanc se ha ocupado de hacer de su hija ciega un ser humano independiente, construyendo un mundo a su medida al replicar en una maqueta a escala las calles del barrio en el que habitan, para que pudiera reconocerlas al tacto y ubicarse al recorrerlas con ayuda de su bastón, sin perder el camino a casa.

La niña cumple doce años el mismo día en que las tropas nazis entran en la ciudad de la luz y padre e hija deciden huir a la ciudad costera de Saint-Malo, donde tienen parientes, llevando consigo la que se nos dice es la joya más preciada de toda Francia, el “mar de tormentas”, un gigantesco diamante que los nazis codician, al igual que el resto de los tesoros y obras de arte que arrebataron a sus legítimos dueños.

Cuando la serie da inicio, asistimos ya al cerco de Saint-Maló por las tropas aliadas, con constantes bombardeos nocturnos, que están reduciendo la ciudad a cenizas. Los nazis están a punto de perder II Guerra Mundial y, sin embargo, resisten atrincherados junto a la población civil tras las puertas de la ciudad amurallada que custodian para que nadie entre o salga. Entre ellos está Werner Pfennig (interpretado por la estrella de «Dark», Louis Hofmann), un joven soldado, encargado de captar las retransmisiones de radio que la resistencia lleva a cabo para guiar a las tropas enemigas emitiendo mensajes cifrados por onda corta.

Huérfano de padre y madre, Werner es una especie de genio precoz, que ha crecido junto a su hermana en un orfanato de Alemania, donde destaca por sus habilidades para fabricar un rudimentario artefacto radiofónico a partir de piezas de deshecho, con el cual consigue escuchar emisoras del extranjero, especialmente una que emite desde Francia, pese a estar expresamente prohibido por las leyes del III Reich. Sus habilidades llegan a oídos de un oficial de las SS que lo recluta para su ingreso inmediato en la Academia donde se forma a las Juventudes Hitlerianas. Allí, Werner se convierte en un soldado y un operario experto en construir y reparar estos aparatos que resultan ser cruciales para la guerra.

Al igual que Marie-Laure, desde niños, ambos viven cautivados por las ondas catódicas que les permiten acceder a otro mundo menos hostil, cada vez que sintonizan en su transistor la misma frecuencia, la 13.10, en la que una voz que se hace llamar “el profesor” les instruye cada noche acerca del valor de la belleza, la cultura, la ciencia y la vida. Hay en este sentido en la serie un homenaje a este medio que fue y sigue siendo actor clave en situaciones de conflicto, capaz de crear invisibles lazos de unión entre personas que en principio no tienen nada en común, excepto su deseo de ponerse a salvo de tanto odio y miseria moral. Un medio de información y de resistencia, de extraordinario valor para quien cultiva el deseo de hallar la verdad en los hechos y no en las opiniones. Una visión muy periodística que justifica el que la novela haya sido premiada en 2015 con el Premio Pullitzer, en la categoría de Ficción.

Al servicio del ejército alemán, Werner atraviesa el corazón en guerra de Europa siendo protagonista a su pesar de las mayores atrocidades perpetradas por el ejército nazi, hasta que, en la última noche antes de la liberación de Saint-Malo, su camino se cruza con el de Marie-Laure, la voz de mujer que ahora emite desde la misma frecuencia que ambos escuchaban de niños. A quien el sargento mayor Reinhold von Rumpel (un más que sobreactuado Lars Eidinger haciendo su mejor imitación de Christoph Waltz), un oficial nazi enloquecido por su propia desgracia persigue, para que le entregue la piedra preciosa que es símbolo de toda Francia y sobre la que, según dicen, pesa una maldición que asegura vida eterna a quien la posea a cambio de la desgracia de quienes le rodeen. Daniel la trajo con ellos desde París y permanece a buen recaudo en la casa familiar que Marie recorre de memoria, sin conocer cuál es su paradero exacto. A la muerte sus familiares más cercanos, la joven ciega ahora está sola en esa casa desde cuyo ático sigue retransmitiendo ilegalmente cada noche, enviando mensajes en clave a los aliados a través de la lectura de los capítulos de “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne que le indica su tío Etiene (Hugh Laurie, una de las interpretaciones más convincentes, junto a la de la gran Marion Bailey que encarna a Madame Manec), ex combatiente en la primera Gran Guerra y ahora activista de la resistencia francesa, con la esperanza de que sus palabras y su voz lleguen hasta su padre que se halla en paradero desconocido tras haber sido capturado por la Gestapo.

Fiel a su costumbre de reducir a la mediocridad casi todo lo que toca, quienes han leído la novela original de Anthony Doerr aseguran que Netflix la destroza con una adaptación decepcionante, vacua y superficial, transformando todo lo trascendente y lo lírico que da valor al texto original en una trama pueril, donde lo importante es la acción y el suspense.

En general, la serie resulta forzada y poco creíble, pese a contar con un reparto con nombres de cierta relevancia que constituye sin duda su mayor atractivo, un ejercicio audiovisual inocuo e intrascendente, que se deja ver sobre todo por la espectacularidad de las imágenes con abundantes explosiones y una lograda ambientación en la Segunda Guerra Mundial, pero cuyos diálogos resultan empalagosos e indigestos, por las elevadas dosis de sensiblería que destila el guion. Una fábula simplista del bien contra el mal, donde lo que debería ser profundo se convierte en banal y lo que debería ser sutil resulta en extremo evidente.

Título original: All the Light We Cannot See

Año: 2023

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Knight (Creador), Shawn Levy

Guion: Steven Knight, Shawn Levy. Novela: Anthony Doerr

Reparto: Aria Mia Loberti, Louis Hoffman, Lars Eidinger, Hugh Laurie, Mark Ruffalo, Marion Bailey, Nell Sutton, Jakob Diehl...

Música: James Newton Howard

Fotografía: Tobias A. Schliessler

Compañías: 21 Laps Entertainment, Pioneer Stilking Films. 

Distribuidora: Netflix

Género: Miniserie de TV. Drama. II Guerra Mundial. Años 30. Nazismo

GOLPE DE SUERTE

No creo que “Golpe de suerte” pueda compararse, como se ha pretendido en su promoción, a la soberbia odisea criminal de “Match Point”, en la que el genio neoyorquino se tutea con Dostoievski y remata la faena en un final inesperado: el de la pelota de tenis susceptible de caer a cualquiera de ambos lados de la red. En mi opinión, uno de los trabajos más lúcidos, críticos y filosóficos de Woody Allen, cuyo cine lleva ya varios años en franca decadencia, debido a una variedad de factores que seguramente tengan más que ver con la dificultad para no repetirse tras haber rodado 50 películas a su provecta edad (en noviembre cumplirá 88 años), que con la cancelación que ha sufrido en los Estados Unidos tras las acusaciones de abuso sexual de su hija adoptiva, Dylan, y de la madre de ésta, Mia Farrow, que le han convertido en un indeseable en su propia tierra, lo que le ha obligado a ubicar sus historias en otros escenarios distintos a su querida y confortable Nueva York.

Subyugado por el viejo continente europeo, cuyo público ha resultado serle más fiel que sus desmemoriados, puritanos y censores compatriotas estadounidenses, y decidido a morir con las botas puestas, los últimos años de su actividad creativa son, como el propio Allen confiesa, una mezcla de exilio forzoso y de turismo de lujo, mezclando trabajo y placer al pasearse junto a su prole por lo más exclusivo de Londres, Roma, Barcelona o París… para filmar, no ya una película al año, como solía hacer, pero sí una cada dos o tres años, el tiempo transcurrido desde el rodaje y estreno de “Rifkin’s Festival” en el marco del Zinemaldia en San Sebastián. Lo que no siempre ha sentado bien a su cine que ha sucumbido al entusiasmo del viajero por inmortalizar los escenarios más emblemáticos de aquellas ciudades que visita, casi a modo de postal, siendo el guion a veces un mero pretexto para ello.

En “Golpe de suerte”, en cambio, Allen ha querido volver a París, una ciudad que conoce casi tan bien como Nueva York, pues es donde pasa cada Navidad y donde ya rodó antes la comedia musical “Todos dicen I Love You” o “Midnight in Paris”, otro de los mejores títulos de su filmografía reciente, para atreverse a rodar por primera vez en francés, idioma que no domina, lo que no parece haberle impedido extraer lo mejor del talentoso elenco de actrices y actores galos del que se ha rodeado en esta película, en la vuelve a contarnos una de esas historias de la alta sociedad que tanto le gustan y que le permiten mostrar el estilo de vida urbano y burgués en el que él mismo se ha movido durante toda su vida adulta, en un nuevo intento de desnudar la frivolidad y el ensimismamiento de la fauna que la habita, en la que se mezclan los llamados “ricos de cuna” con los self made man, adinerados hombres de negocios capaces de casi todo por mantener el elevado estatus social que tanto les ha costado alcanzar.

“Golpe de Suerte” es la historia de uno de ellos, Jean Fournier (Melvil Poupaud) y de su mujer Fanny (radiante Lou de Laâge), una pareja ideal, guapa, pudiente y bastante esnob que vive en un elegante y espacioso piso en un selecto barrio de París y acude a fiestas en las que corre tanto el champán como las conversaciones insustanciales. Ella trabaja como responsable de subastas de una galería de arte y disfruta de una vida acomodada gracias a su marido, algunos años mayor, de quien apenas sabe que se dedica “a hacer más ricos a los ricos”.

Ambos parecen estar tan enamorados como el día en que se conocieron, aunque Fanny, quien estuvo casada antes con un fracasado músico de jazz y conoció a Jean en un momento de gran vulnerabilidad sentimental, en pleno proceso de divorcio, se queja ahora de la rutina y de que Jean la considere “un trofeo” más en su larga lista de triunfos, por ser el prototipo de mujer —bella, inteligente y encantadora—a la que todos desean, lo que hace de él un marido patológicamente celoso y controlador que pone en ella el mismo interés posesivo que en su preciada colección de trenes eléctricos.

Un día Fanny se topa accidentalmente en la calle con Alain (Niels Schneider), uno más de sus muchos admiradores en el instituto francés de Nueva York, donde durante la adolescencia estudiaron juntos, quien le confiesa que siempre estuvo enamorado de ella, lo que sin quererlo la devuelve a una vida anterior más excitante que la que lleva ahora. Alain es un escritor de vida bohemia y está en París de paso hasta terminar el manuscrito de una novela en la que está trabajando, pues la mayor parte del tiempo vive en Londres. Quedan en verse algunos días más para comer, pero desde ese primer encuentro la llama del deseo prende entre ambos, lo que los lleva a iniciar una relación adúltera en la buhardilla parisina de alquiler de Alain, que todo escritor bohemioburgués que se precie aspira a habitar. Y es que todo en este relato obedece al cliché de una realidad idealizada.

En palabras de Marta Medina en El Confidencial, «Golpe de Suerte» es “una historia de amor parisina con personajes que visten gabardina y jersey rayado, comen bocadillos en los parques, viven en buhardillas bohemias y leen a Proust. El París que construye Allen es esa arcadia del refinamiento estético e intelectual, con personajes que no son humanos, sino estereotipos conscientes que permiten al director meterse de lleno en la comedia romántica primero, después en el suspense y por último en el enredo, al servicio de un guion en el que prima el golpe de efecto, la ironía y el humor frente a un desarrollo de personajes realista”.

Desde ese primer encuentro fortuito Fanny se debate entre «el pragmatismo y la ambición de Jean y el romanticismo iluso de Alain» quien «le ofrece un mundo callejero, intenso y romántico». Su infidelidad es un secreto a voces de la que su marido acaba sospechando, urdiendo un plan siniestro para no perder a su mujer. A partir de lo cual la película se precipita hacia una segunda parte en la que ganan peso la intriga y el humor negro. Una mezcla de “La regla del juego” de Renoir y “Misterioso Asesinato en Manhattan”, aunque con mucho menos paciencia y suspense, en donde la madre de Fanny (Valerie Lemercier), de paso en la “ciudad de la luz” para visitar a su hija y al marido de ésta, por quien en principio siente gran estima y afinidad, se convierte en la catalizadora de un ingenioso e inesperado giro narrativo, al empeñarse en investigar la repentina desaparición del amante de Fanny, valiéndose de su experiencia como ávida lectora de novela negra.

Fiel a la icónica puesta en escena a la que nos tiene tan acostumbrados: la inconfundible tipografía Windsor de los créditos, la musica de Herbie Hancock de banda sonora (siempre el jazz) y los buenos oficios de Vittorio Storaro al iluminar con la paleta otoñal parisina una serie de localizaciones seleccionadas con esmero (en especial las soleadas escenas de la casa de campo), el viejo director y guionista neoyorquino se niega a salir de su zona de confort y se vale de este ligero divertimento argumental basado en un triángulo amoroso, en donde, como también es habitual en él, abundan las referencias artísticas y literarias (al “David con la cabeza de Goliath” de Caravaggio, a los poemas de “El Jardín de los Secretos”, a “Madame Bovary”, a la novela negra de Simenon o al cine de Chabrol), para construir un sólido drama moral en el que vuelve a hablarnos sobre las mismas cosas: el amor romántico que exonera de cualquier culpa, los celos y la forma en la que opera la mente criminal, con la tranquilidad de quien ya no tiene nada que demostrar pero aún disfruta haciendo películas, en las que intenta hacernos partícipes de lo que ha averiguado de la existencia humana, para advertirnos de cómo nuestras vidas, incluso las de aquellos que exhiben una desafiante seguridad en sí mismos y presumen de fabricar su propio destino, como Jean Fournier, dependen, a menudo fatalmente, del azar, de la inevitabilidad del absurdo y, a veces, si hay suerte, hasta de la justicia poética. Y, aunque la fórmula no sea novedosa, «Golpe de suerte» funciona, manteniendo viva la esencia de ese antiguo genio narrador de tramas enrevesadas e ingeniosas que fue -y sigue siendo- Woody Allen, antes de que una inesperada jugarreta del destino le hiciera caer a él mismo en desgracia.

Título original: Coup de chance

Año: 2023

Duración: 96 min.

País: Francia

Guion: Woody Allen

Dirección: Woody Allen

Reparto: Melvil Poupaud, Lou de Laâge, Niels Schneider, Valerie Lemercier.

Fotografía: Vittorio Storaro

Compañías: Coproducción Francia-Estados Unidos; Petite Fleur Productions, Gravier Productions, Perdido Productions, Dippermouth

Género: Romance. Drama. Thriller. Comedia romántica

BANDS OF BROTHERS

A finales de la década de los 90, Tom Hanks encontró una nueva salida creativa como productor de miniseries de televisión basadas en películas que él mismo había protagonizado en el cine y que tocaban su fibra patriótica de ciudadano estadounidense. La primera fue “De la Tierra a la Luna” (1998), inspirada en «Apolo 13» (1995), que se centraba en la carrera espacial entre rusos y americanos en los años 60. Pero el éxito llegó en 2001, con “Band of Brothers”, inspirada en la oscarizada “Salvar al Soldado Ryan” (1998) de Steven Spielberg, quien terminó entusiasmándose con el proyecto y siendo productor asociado de esta secuela televisiva, originalmente concebida para HBO, que acaba de entrar en el catálogo de Netflix.

Valorada con justicia por la crítica como una de las mejores series de guerra de todos los tiempos, narra la epopeya de los soldados de una unidad del Segundo Batallón de paracaidistas de la División 506 Aerotransportada del ejército de los Estados Unidos que entró en combate contra los nazis, junto a las fuerzas aliadas, durante la Segunda Guerra Mundial, ensalzando valores como la camaradería y la nobleza de un puñado de jóvenes que estuvieron dispuestos a jugarse la vida por defender, no tanto los colores de su bandera, cuanto los valores de nuestra civilización. Pero deja ver también las profundas cicatrices físicas y emocionales que la guerra les dejó.

A lo largo de diez episodios de cerca de una hora de duración en los que hay acción, emoción, momentos entrañables y desgarradores, y un sinfín de diálogos inteligentes, acompañamos a este grupo de hombres desde su durísimo entrenamiento como soldados en el Campo de Toccoa, Georgia, bajo las órdenes del temible capitán Herbert M. Sobel (David Schwimmer), marchando al trote a diario hasta la cima del Currahee, hasta su bautismo de fuego al descender en paracaídas tras las líneas enemigas en las inmediaciones de la playa de Normandía en horas previas al Día D, teniendo que librar las contiendas más feroces -de algunas de las cuales el cine ya ha dado cuenta hasta ahora- como la Batalla de las Ardenas en Francia, el asedio en mitad del crudo invierno en el bosque nevado de Bastogne (Bélgica) o la liberación de un campo de concentración, ya en territorio alemán.

Los personajes están creados a partir de la biografía de los heroicos excombatientes de la legendaria “Compañía Easy”, quienes tuvieron la misión de cortar las vías de comunicación y reabastecimiento de los nazis durante el desembarco aliado, algunos de los cuales aún vivían al momento de rodar la serie, por lo que los vemos ofrecer su testimonio al inicio de cada capítulo. Se trata de soldados estadounidenses, pero bien podrían ser milicias de la resistencia francesa, escuadrones nazis o pelotones soviéticos avanzando hacia Berlín. Cada palabra atragantada, cada mirada vidriosa de esos veteranos de guerra es sólo un preámbulo de lo que viene a continuación.

Sin heroísmos ni épica. Cruda como la guerra misma, la serie recorre los distintos perfiles psicológicos del hombre que se enfrenta a ella: la fuerza del soldado que acaba de perder a su hermano motivado por la sed de venganza, la angustia del médico que atiende a los caídos en el mismo frente de batalla, al que le falta morfina y se le amontonan los heridos, las dudas del estratega militar, la valentía y la lealtad del soldado raso hacia su superior al mando, siempre y cuando éste le demuestre fortaleza y seguridad, el miedo a volver a una vida en paz…. Cada personaje aporta su particular mirada, dando como resultado un trágico relato de las diferentes caras de la confrontación bélica, en el que la exaltación nacional queda en un segundo plano para remarcar el trauma y la degradación que la guerra supone a nivel humano, lo que nos permite centrarnos en un análisis más complejo, digno y profundo de la misma.

Pese a que la historia pivota en torno a la amistad que se forja entre Richard Winters (Damien Lewis) y Lewis Nixon (Ron Livingstone), dos jóvenes oficiales en ascenso y estrategas militares al mando de su unidad, “Bands of brothers” es un relato coral, construido sobre todo a partir de los personajes secundarios que encarnan un grupo de excelentes actores (la mayoría de ellos británicos, aunque hagan de soldados estadounidenses) entre los que se encuentran algunos de quienes hoy son figuras reconocidas, como Michael Fassbender, Tom Hardy, Dexter Fletcher,  Simon Pegg, Donnie Wahlberg, Michael Cudlitz, Scott Grimes, Neal McDonough, James Madio, Ross McCall, Matthew Settle, Frank John Hugues, Eion Bailey, Stephen Graham, Andrew Scott, James McAvoy, Ben Capla y, como curiosidad, el presentador Jimmy Fallon o Colin Hanks, el propio hijo de Tom Hanks, entre otros, quienes dan vida a los soldados de la Compañía Easy, rotándose el protagonismo de cada capítulo y generando una gran empatía con el espectador, al punto de llegar a preocuparnos la suerte de todos y cada uno de ellos, y eso es lo que dota de máxima emoción a la serie pues, antes del décimo capítulo, la mitad de estos personajes habrá muerto o habrá sido mutilado en combate, y los que sobrevivan arrastrarán profundas heridas, viendo amenazado en ocasiones su equilibrio mental.

De la historia emana un sentimiento de camaradería auténtico entre este grupo de hombres, dando especial relevancia a la preocupación de los oficiales por sus subalternos, con los que terminan estableciendo una relación paterno-filial. A fuerza de vivir al límite, con frío, hambre y el enemigo siempre al acecho, interactúan entre ellos con pequeños gestos de una gran nobleza. “La nobleza que se forja entre guerreros y hermanos de sangre”, como reza la frase shakespeariana que da título a la serie.

Y es que Tom Hanks y Steven Spielberg saben lo que se hacen. Si en “Salvar al Soldado Ryan”, un cuerpo especial del ejército estadounidense desembarcaba en Normandía con la misión de recuperar a uno de sus paracaidistas y, con ese pretexto, la película ofrecía una espectacular panorámica de la brutalidad bélica. “Band of Brothers” es un nuevo recordatorio de las vergüenzas perpetradas con impunidad durante la gran guerra europea, con una vuelta de tuerca más de introspección y autocrítica, y una factura tanto o más excepcional a nivel técnico, donde la condición humana sale reforzada a pesar de los pesares.

Aunque lo hayamos visto mil veces, resulta imposible no conmoverse en el penúltimo capítulo, en donde los miembros de la Easy descubren un campo de concentración y contemplan con horror la miseria humana desatada por la locura racial nazi. Y es que uno termina viviendo y sintiendo a través de estos personajes, de los que cuesta despedirse, mientras van cayendo irremediablemente uno a uno y los cadáveres se apelotonan en las esquinas, y las iglesias se transforman en hospitales teñidos de sangre.

En “Bands of brothers” la tierna mirada entre un soldado y una enfermera no termina en un beso con música de violines, sino en un cuerpo sepultado entre los escombros. Vivimos la alegría de las victorias aliadas y descubrimos con impotencia la barbarie. Pero también vemos a ciudadanos holandeses humillando públicamente a las mujeres de su pueblo que se habían acostado con militares nazis y a soldados americanos fusilando a prisioneros desarmados. La tesis que alienta su relato es simple. En la guerra, incluso los vencedores salen perdiendo. Todos luchan, todos sufren, todos enloquecen y todos perecen. Hasta aquellos que se libran de la muerte para vivir atormentados por el recuerdo.

Título original: Band of Brothers

Año: 2001

Duración: 705 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Stephen Ambrose (Creador), David Frankel, Mikael Salomon, David Leland, Tom Hanks, Richard Loncraine, David Nutter, Phil Alden Robinson...

Guion: Erik Jendresen, Tom Hanks, John Orloff, E. Max Frye...

Reparto: Damian Lewis, Ron Livingston, Michael Fassbender, Tom Hardy, Dexter Fletcher,  Simon Pegg, Donnie Wahlberg, Michael Cudlitz, Scott Grimes, Neal McDonough, James Madio, Ross McCall, Matthew Settle, Frank John Hugues, Eion Bailey, Stephen Graham, Andrew Scott, James McAvoy, Ben Caplan, Jimmy Fallon, Colin Hanks...

Música: Michael Kamen

Fotografía: Remi Adefarasin, Joel Ransom

Compañías: HBO, DreamWorks SKG, DreamWorks Television, Playtone. 

Productor: Steven Spielberg, Tom Hanks. 

Distribuidora: HBO

Género: Miniserie de TV. Bélico. Drama. II Guerra Mundial. Basado en hechos reales

BARBIE

Existen al menos dos maneras de ver “Barbie”, más allá de la fascinación visual que pueda ejercer en nosotros todo el glitter y el glam que su dirección de arte derrocha. La primera de ellas es dando por bueno el viejo dogma del feminismo de que el mundo podría ser un lugar de ensueño si estuviese regentado en exclusiva por las mujeres. Mujeres hermosas y empoderadas, infinitamente más capaces e inteligentes que los hombres, quienes no sólo pasan a ser el “sexo débil” en ese idílico y rosado Barbieland, donde todo es de pega y donde “todas las noches son noches de chicas” que la película nos propone, sino uno totalmente prescindible (tan invisible y accesorio como lo son algunas señoras para sus parejas en el mundo real), sin morada ni hacienda (¿dónde viven los Ken´s, el novio/pareja sin compromiso de Barbie, se preguntan en la película, si la casa, el coche, la caravana… absolutamente todo es de Barbie?), despojados hasta de su virilidad como Sansón, al no disponer de pene ni de testículos (como ella misma no dispone de vagina) y, lo que es peor, de cualquier atisbo de inteligencia, especialmente emocional.

La segunda forma de verla es desde un punto de vista corrosivo y satírico, entendiendo que el guion hace mofa precisamente de todos esos preceptos, para demostrarnos que la batalla de sexos no tiene ningún sentido y que hombres y mujeres deben aprender a convivir en armonía, respetándose mutuamente, tras “hacer la guerra por su cuenta”, pues “No es Barbie y Ken. Está Barbie y está Ken”, como le dice Margot Robbin (la perfección hecha muñeca) a Ryan Gosslin, su plástico y bronceado partenaire. Ambos deben construir su identidad por separado hasta llegar a entender quiénes son y quiénes quieren ser de forma individual.

En eso consiste, básicamente, el planteamiento de Greta Gerwig (‘Lady Bird’ y ‘Mujercitas’) y Noah Baumbach, coguionistas de la película que, merced a una campaña publicitaria digna de estudio en las escuelas de mercadotecnia, se ha convertido en un fenómeno social logrando atraer a las salas de cine a millones de espectadores en todo el mundo, lo que se traduce en cifras millonarias de recaudación en taquilla para la Warner Bross. Lástima que, como casi siempre, el resultado tienda a defraudar las elevadas expectativas creadas por sus anunciantes. Y ello por varias razones que intentaré explicar aquí y que, en esencia, se resumen en una sola idea: y es que, queriendo abolir el estereotipo, la película de Baumbach y Gerwig resulta demasiado estereotípica e incurre en no pocas contradicciones.

Pese al nivel de intriga generado desde que se anunció el proyecto, “Barbie” no pasa de ser un divertimento veraniego que abusa de su propio argumento. En un intento de capitalizar las grandes inquietudes sociales del momento, incubadas al abrigo de las últimas olas de la marea feminista o de movimientos de nuevo cuño, como el Black Lives Matter o el protagonizado por la comunidad LGTBI+, sus creadores elaboran una ensalada de temas con demasiados ingredientes que resulta de difícil digestión, a pesar (o precisamente por ello) de la forma tan colorida y comercial que han elegido para dar rienda suelta a su fiesta camp, aderezada con toques de humor bastante manidos y algunos números musicales y coreografías totalmente innecesarios, por más que hayan sido creados por Mark Ronson, productor de Miley Cyrus, Lady Gaga o Dua Lipa, los cuales hacen que la película naufrague en su intento de procurar cierta ligereza.

El verdadero leit motiv de su guion (y quizá lo más interesante y novedoso de esta parodia que es, en sí misma, una gran operación de marketing a escala industrial) orbita sobre una marca (la de Mattel, creadores de la muñeca Barbie y productores de la película) que no duda en hacer burla y cuestionarse a sí misma (impagable la imagen de su Consejo de Administración sin una sola mujer, liderado por el absurdo personaje que interpreta Will Ferrell) con el objetivo de blanquear su imagen social corporativa con un ciclo largo de “feminism washing” y reposicionar y revitalizar así su marca algo devaluada en un mundo dominado por la cultura woke.

Con esta pretendida autocrítica, Matell se reivindica como la creadora de esta muñeca que en su día marcó un salto evolutivo dentro de los juguetes destinados al género femenino -cuando aun había juguetes para niñas y juguetes para niños- y que ha sabido hacer los deberes y modernizarse con el paso de los años, rompiendo su propio molde para dar cabida a la imperfección y la diversidad, en sintonía con las minorías sociales y raciales oprimidas por el stablishment -del que ellos mismos forman parte- intentando empoderar a las mujeres del futuro, al demostrarles que “si se puede” (slogan de un conocido partido político de izquierdas español que, sorprendentemente, se cuela en los diálogos de la película en este mismo idioma, incluso en la versión original). Que si su muñeca Barbie puede ser premio nobel de literatura, científica, astronauta, obrera de la construcción o presidenta del Gobierno o del Tribunal Supremo, es decir: cualquier cosa que se proponga, ellas también pueden hacerlo. Lo cual resulta vital de cara a empatizar con las nuevas generaciones de potenciales compradoras, niñas que ya no juegan a muñecas sino a sobreexponer su propia imagen en plataformas como Tik Tok mientras son educadas en los preceptos del nuevo feminismo, para el cual Barbie siempre ha sido un icono hipersexualizado, fruto del machismo opresor y una especie de instrumento de colonización de las mentes infantiles con el que han crecido varias generaciones de niñas desde los años 60, que promueve un canon de belleza frívolo y esclavizante para la mujer, tal y como le expresa Ariana Greenblatt, la niña de la película cuando la muñeca más famosa del mundo se presenta ante ella creyendo ser una fuente de inspiración para las chicas, porque ahora se fabrican barbies de diferentes profesiones, tallas y razas, sin sospechar siquiera que las adolescentes del siglo XXI la odian, por ser un símbolo del consumismo, el capitalismo fascista y hasta la falta de conciencia medioambiental.

Con la excusa de poner a la “Barbie estereotípica” (eufemismo de rubia tonta) tras la pista de su verdadera razón de ser y existir; Gerwig y Baumbach lanzan a su criatura al mundo y la humanizan dotándola de distintas capas emocionales a medida que avanza su viaje en busca de respuestas a sus profundos dilemas morales aterrada como está por la posibilidad de tener los pies planos y no poder volver a usar zapatos de tacón, padecer celulitis, envejecer o morir. Un viaje que va de la inocencia y la ignorancia al empoderamiento, tocando una serie de asuntos que tienen enorme eco social en la actualidad, con el patriarcado opresor, la desigualdad de género y la masculinidad tóxica en primer plano, pero también introduciendo tangencialmente otros temas, como las redes afectivas que construyen las mujeres (sororidad) y los conflictos generacionales, así como el vínculo de amor y de transmisión de conocimiento que se establece entre madres e hijas, y los cambios que se producen en cada etapa de la vida, a medida que vamos asumiendo responsabilidades, la frustración inherente a la madurez y la incertidumbre asociada a la propia existencia, o la necesidad de fortalecer la autoestima y de encontrarse a uno mismo cuando descubres que no eres lo que otros te hicieron creer que eras. Punto este en el que la película conecta con las reivindicaciones de otro colectivo en pie de lucha, la comunidad LGTBI+ representada por Allan, arquetipo del amigo gay que no se identifica con los otros Ken´s y que se siente más seguro y arropado con las Barbies.

Gerwig y Baumbach han puesto especial cuidado en reproducir el amplio abanico morfológico y racial de los muñecos y muñecas de Matell en el reparto de actores y actrices que los encarnan: rubi@s, moren@s, pelirroj@s, afroamerican@s, barbies gordas, flacas, en silla de ruedas, embarazadas o rotas, como esa muñeca con la que todas jugamos de niñas y a la que acabamos destrozando, cortándole el pelo o pintarrajeándole la cara. No es casualidad tampoco que la madre y la niña de la película no sean de raza blanca caucásica sino de origen hispanoamericano, siendo las niñas de latinas unas de las que más juegan con esta muñeca.

Las actuaciones en general están muy bien. Y Margot Robbie no sólo es físicamente la perfecta encarnación de la Barbie estereotípica, sino que logra reproducir con acierto y cierta sorna caricaturesca los movimientos y rutinas de la muñeca, así como los sentimientos de tristeza y las crisis existenciales que afloran en ella. Mientras Ryan Gosling dota al asexuado Ken de una inesperada dimensión, más importante que la que el propio guion le reserva, robándole por momentos cierto protagonismo a Barbie. Del Ken que le dice a esta “no soy nada si tu no me miras” al que exhibe con orgullo el lema «I´m Kenough» en su sudadera, pasando por su errático descubrimiento de las ventajas que otorga el patriarcado, su personaje también tiene un desarrollo y un propósito en la trama, en la que el género masculino no queda demasiado bien parado.

La escena de la playa en la que las barbies utilizan su poder de seducción para desatar una guerra entre los Ken´s a base de darles celos, incurre en una visión contradictoria y estereotípica de ambos sexos: la mujer calculadora que utiliza sus encantos para engatusar a los hombres, quienes reaccionan como neandertales testosterónicos.

Aunque sin duda es el discurso de la madre de la niña (America Ferrera), convertida en una suerte de coach motivacional, capaz de despertar la conciencia y “reeducar” a las barbies que han caído en el hechizo del heteropatriarcado a base de sermonearlas con consignas feministas de nuevo cuño, el que resulta más desconcertante, pues teniendo en cuenta el tono satírico de la película, no queda claro si se trata de una catarsis liberadora o de una crítica a cierto intento de lavado de cerebro.

Al igual que es una incógnita lo que significa exactamente el desenlace de la historia, cuando Barbie decide dejar de ser una muñeca para convertirse en una mujer de carne y hueso, tras solicitar y recibir el beneplácito de la empresaria Ruth Handler, que fue la persona que la creó en el año 1959 bautizándola con el diminutivo del nombre de su hija Bárbara.

Más allá del sentido metafórico con el que Greta Gerwig parece invitarnos a las mujeres a asumir conciencia real de nuestra propia valía y tomar las riendas de nuestra vida, lo que más me gusta de su película es sin duda la secuencia inicial -homenaje al prólogo de «2001: Una odisea del Espacio«- cuando las niñas descubrieron a Barbie y, con ella, que no todas las muñecas tenían por qué ser bebotes rollizos y meones a los que cuidar y dar el biberón, liberándose del rol maternal (la secuencia completa de las niñas arrancándose los delantales y destrozando las pequeñas tazas de sus juegos de té, vinculada a aquella otra de los primates que marcaba el inicio de la evolución humana resulta muy evocadora) y ese final, cuando una Barbie de carne y hueso acude a su ginecóloga vaya usted a saber para qué que se enmarca en la ilusión de romper las barreras que separan la fantasía de la realidad, definición exacta de lo que es jugar. Algo que hemos hecho y de lo que hemos disfrutado enormemente, sin ningún complejo de culpa, cientos de miles de mujeres de mi generación y de generaciones anteriores siendo niñas, gracias a esta muñeca legendaria y preciosa, y a nuestra -por desgracia irrecuperable- infantil inocencia, sin tener que hacernos hasta ahora demasiadas preguntas.

Título original: Barbie

Año: 2023

Duración: 114 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Greta Gerwig

Guion: Greta Gerwig, Noah Baumbach. 

Reparto: Margot Robbie, Ryan Gosling, America Ferrera, Ariana Greenblatt, Kate McKinnon, Will Ferrell, Michael Cera, Simu Liu, Dua Lipa, Connor Swindells, Rhea Perlman, Alexandra Shipp...

Música: Mark Ronson, Andrew Wyatt. Canciones: Dua Lipa, Billie Eilish, Karol G

Fotografía: Rodrigo Prieto

Compañías: Warner Bros., Heyday Films, Mattel, LuckyChap Entertainment. 

Género: Comedia familiar. Sátira. Feminismo.

OPPENHEIMER

Prometeo fue un titán castigado por los dioses a quienes desafió robándoles el fuego para entregárselo a los hombres. El todopoderoso Zeus ordenó a Hefesto que clavara su cuerpo a una roca en el monte Cáucaso, donde un águila le devoraba los lóbulos del hígado cada día, y volvían a crecerle durante la noche.

No es casualidad que Christopher Nolan arranque su monumental biopic sobre el padre de la bomba atómica, aludiendo a esta fábula de la tragedia griega de Esquilo. El mito de “Prometeo encadenado” sirvió ya de inspiración a Kai Bird y Martin Sherwin para glosar la vida del físico J. R. Oppenheimer, cuya biografía “El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer. Prometeo americano” procuró a sus autores el premio Pulitzer y sirve ahora de cuaderno de bitácora al director británico para rodar la más larga, densa, compleja e interesante de todas sus películas. Tres horas de puro acierto cinematográfico en las que combina elementos del thriller psicológico y de la clásica serie de tribunales, y donde la fragmentación del tiempo y el montaje resultan claves para narrar uno de los capítulos más épicos y a la vez dramáticos de la carrera armamentística mundial, que supuso un punto de inflexión en la historia belicista de nuestra civilización.

A través de varios saltos temporales remarcados por el cambio de fotografía del blanco y negro al color que curiosamente se emplea aquí al revés de lo que estamos acostumbrados (utilizando el blanco y negro para las secuencias más recientes y el color para los hechos más lejanos en el tiempo), la película del director de “Memento”, de “Origen”, de la trilogía de “El caballero oscuro” y sobre todo de «Dunkerque» (quizá a la que más se parece) nos cuenta el auge y caída de Julius Robert Oppenheimer, el genio estadounidense de la física nuclear que dirigió el proyecto Manhattan, desde un laboratorio creado en Los Álamos (Nuevo México), donde se fabricó la primera bomba atómica causante de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.

Su intención es la de analizar, desde un punto de vista científico, pero sobre todo moral, filosófico, psicológico y político, tanto las dudas que atormentaron al padre del artefacto más mortífero que se hubiera creado hasta entonces, como las vicisitudes que su invención acarreó para él mismo y para la humanidad en su conjunto.

Interpretado de manera sublime por el irlandés Cillian Murphy (el célebre Tom Shelby de la serie “Peaky Blinders”), un actor de ojos azules y gélidos, bregado en la difícil hazaña de reflejar las contradicciones existenciales de sus personajes que, a menudo suelen ser seres enigmáticos de personalidades poliédricas, como el propio J. R. Oppenheimer, a quien Murphy encarna con una moderación que se adapta como un guante a este personaje carismático. Hay un par de secuencias dignas de mención en la película que aluden directamente a esta cuestión. Como cuando, durante su primer encuentro sexual y en lo que Freud calificaría de una perfecta comunión de Eros y Thánatos, su amante le hace leer al físico nuclear un verso en sánscrito del poema de Bhagavad Guitá, que resultará premonitorio: “ahora he devenido en muerte, el destructor de mundos”. O cuando, abrumado por la presión del interrogatorio al que es sometido, el científico reconoce haber sentido cierto arrepentimiento culposo por poner el arma de destrucción masiva más letal en manos de políticos y militares inescrupulosos, al entender que la carrera nuclear iniciada no iba a ser empleada solo con fines disuasorios, sino que estos utilizarían cualquier arma que la ciencia fuera capaz de proporcionarles para destruir al enemigo, aunque ello acarrease daños colaterales, como así fue.

No es esta, en cambio, la visión que Bird y Sherwin trasladan en su libro para quienes, aun siendo consciente del sufrimiento causado, Oppie no era reo de la culpa. “Aceptaba su responsabilidad, pues no hay poder sin responsabilidad. Pero él, que había detentado el poder más mortífero, nunca se sintió culpable”, escriben. Como si haber participado en la confección de la bomba solo desde un plano teórico le exonerase de las consecuencias de su utilización por parte de otros. Algo que en la película de Nolan le sugiere el propio presidente Truman (Gary Oldman) cuando, en una audiencia privada, le dice textualmente: “a nadie le importa en Hiroshima y Nagasaki quién diablos inventó la bomba, sino quién la lanzó. Y ese fui yo”, aliviando la mala conciencia del físico norteamericano.

Hijo de alemanes de primera y de segunda generación emigrados a EE. UU., educado en una elitista escuela no ortodoxa judía, como la película explica en un breve prólogo en el que repasa sus primeros años de formación en Europa, Oppenheimer fue un niño prodigio y un joven visionario obsesionado en averiguar qué ocurre cuando una estrella se apaga, a quien Bird y Sherwin describen como un “polímata” (persona con conocimientos en diversas materias científicas y humanísticas). Físico y navegante, filósofo y jinete, políglota y amante de la astronomía y de la poesía, que era capaz de leer en inglés, francés, alemán, italiano y sánscrito, el director y guionista británico nos descubre además algunos de los aspectos más íntimos de su personalidad, como que, aparte de ser culto -o quizá por ello- era un gran seductor (tuvo numerosas amantes, aun estando casado) y un fumador impenitente (fumaba cuatro cajetillas diarias y tabaco en pipa). O que era físicamente muy frágil, ya que a menudo se le olvidaba comer. Enternece ver a su colega y amigo Isidor Issac Rabi (David Krumholtz) ofrecerle un gajo de naranja envuelto en una servilleta de papel. De ahí que en el diseño de la que será su propia casa en los Alamos se le olvide incluir la cocina.

Pese a tener dos hijos con su mujer Kitty (Emily Blunt), ambos estaban emocionalmente incapacitados para cuidar de ellos. “Somos despreciables”, reconoce el mismo al pedirles a sus amigos Barbara y Haakon Chevalier que se queden por una temporada con su primogénito, cuando aún era un bebé, pues la maternidad y la paternidad les supera a ambos.

Físico y Químico teórico, poco dotado para los procesos de laboratorio, Oppenheimer estudió en Harvard y amplió sus estudios en Cambridge (Reino Unido) donde tuvo la oportunidad de conocer al danés Niels Bohr (Kenneth Branagh) (galardonado con el Premio Nobel en 1922 por sus trabajos sobre la estructura atómica y la radiación), interesándose vivamente por sus teorías sobre la física cuántica. Tiempo después se trasladó a Gotinga (Alemania), donde apuntaló su reputación científica al publicar un celebrado artículo sobre la molécula. Allí conoció a una nueva generación de jóvenes físicos (muchos de ellos, como él, de origen judío). Y, posteriormente, siguió formándose en Zúrich (Suiza) y en Leiden (Países Bajos), donde aprendió neerlandés en seis semanas para poder impartir sus clases magistrales a los alumnos en su propio idioma. Fueron ellos quienes le bautizaron con el apodo de Oppje, en inglés americano “Oppie”, con el que fue conocido el resto de su vida.

Para entonces, Hitler no había invadido aún Polonia, pero ya se percibía el antisemitismo que diezmaría al pueblo hebreo durante la segunda guerra mundial y que haría que muchos de esos genios -empezando por el viejo Einstein- tuviesen que huir de Alemania, a riesgo de ser enviados a campos de concentración o reclutados por el III Reich para servir a sus propósitos de exterminio. 

Casi de inmediato la película da un salto temporal y nos sitúa en el retorno de Oppenheimer a su país, donde Lewis Strauss (Robert Downey Jr.), abominable hombre de negocios, filántropo y ex oficial de la marina estadounidense, quien llegó a presidir la Comisión de Energía Atómica de los EE.UU. (AEC), le ofrece una cátedra y el puesto de director de departamento de Física Teórica en la Universidad de Berkeley (California), en donde conoce a otras jóvenes promesas, como Ernest Lawrence (Josh Hartnett), químico nuclear estadounidense conocido por su trabajo en la separación isotópica del uranio durante el Proyecto Manhattan y a Haakon Chevalier (Jefferson Hall), profesor asociado de lenguas romances, quien se desempeñó años después como traductor en los Juicios de Nuremberg y que, por aquel entonces, reunía fondos para el patrocinio de distintas causas de izquierda, así como a Jean Tatlock (Florence Pugh), estudiante de Medicina, su primera y más consolidada -aunque emocionalmente algo inestable- relación romántica, hasta el suicidio de esta.

Jean (una mujer que no quería que le regalasen flores) era miembro del Partido Comunista americano, aunque su activismo se limitaba a repartir octavillas en solidaridad con las huelgas de los jornaleros y a asistir a reuniones y debates clandestinos. Suficiente para quedar bajo el radar del FBI y arrastrar con ella a Oppie quien comenzó a engrosar un dossier policial que llegaría a los 7.000 folios y que finalmente resultó ser decisivo para desprestigiarle ante la opinión pública estadounidense, pese a la ilegalidad de las pruebas presentadas en su contra.

Aunque a diferencia de su mujer o de su hermano Frank (Dylan Arnold), Robert nunca militó en el Partido Comunista, Nolan sugiere que Oppenheimer empatizó con la izquierda por oposición al fascismo que, desde su punto de vista, era el real enemigo a combatir, aunque como se le oye decir en un momento del filme “EE.UU. teme más al socialismo que al fascismo”. De ahí que utilizase los canales que sus amigos comunistas le proporcionaban para enviar dinero a la causa española republicana, donde tenía varios conocidos. Y de ahí también que no dudase en enrolarse en el proyecto de creación de una bomba atómica, a propuesta de Leslie Groves (Matt Damon), ingeniero y General del Ejército de los EE.UU., quien supervisó la construcción del Pentágono y fue el alto mando a cargo del ya citado Proyecto Manhattan que tenía por objetivo la fabricación de una bomba nuclear a contrarreloj, temeroso de que los nazis pudieran desarrollar esa tecnología antes que los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, bajo la dirección de Werner Heisenberg (Matthias Schweighöfer), quien fuera uno de los referentes científicos de Oppenheimer durante su estancia en Alemania.

Fueron dos años y medio de intenso y costoso trabajo, para el que hubo que desembolsar 2.000 millones de dólares y reclutar a 130.000 empleados de distintas nacionalidades que se recluyeron, junto con sus familias, en un pueblo creado en mitad de la nada, en pleno desierto de Nuevo México (donde Oppie solía pasar sus vacaciones de niño) para albergar un proyecto de “alto secreto”. Una comunidad científica de altísima cualificación, dividida en distintos grupos de trabajo, cada uno especializado en una parte del proceso de fabricación de la bomba, en la que la información debía estar compartimentada por orden del alto mando militar, temeroso de posibles filtraciones al bando ruso, pese a que en ese entonces Rusia y los Estados Unidos eran ya aliados contra el nazismo.

“El artefacto”, como se referían a ella los agentes implicados en su creación, fue finalmente explosionado en la mañana del 16 de julio de 1945 en un páramo al que los colonizadores españoles llamaron Jornada del Muerto, a cien kilómetros al noroeste de Álamo Gordo. Bautizada en clave por el propio Oppie, con el nombre de Trinity, en alusión a un poema de John Donne, “Golpea mi corazón, Dios trino”, la prueba resultó ser todo un éxito, aunque no estuvo exenta de incertidumbre y contratiempos, no solo porque horas antes de la detonación se desencadenara una gran tormenta sobre el lugar, sino por la duda razonable de que la explosión de una bomba de 16 kilotones, con una intensidad mayor a mil relámpagos, pudiese desatar una reacción en cadena que incendiara la atmósfera y acabase con toda forma de vida en la tierra. En otras palabras, de que su estallido fuese el fin del mundo. Asunto que fue descartado por el grupo de científicos a la luz de sus propios cálculos matemáticos, al que sin embargo Nolan no renuncia en su película, a fin de crear una mayor tensión narrativa, resolviéndolo con singular acierto en la trepidante secuencia sin sonido de la deflagración en la que la película alcanza su clímax y a la que precede una inquietante conversación entre Oppenheimer y el General Groves, donde el científico le explica al militar que los cálculos de George Kistiakowski (Trond Fausa Aurvåg) profesor ucraniano-estadounidense encargado de las cargas y los estudios de implosión de la bomba, arrojaron inicialmente como resultado que su detonación produciría una reacción en cadena imparable en la atmósfera que destruiría todo el planeta, pero que nuevos cálculos redujeron ese riesgo a un índice “cercano a cero”, sin llegar a ser el cero absoluto.

El temor a lo que pudiera suceder cuando la bomba estallase se condensa tan eficazmente en esos instantes de silencio absoluto, (desde que se aprieta el detonador rojo y una luz cegadora se apodera del encuadre hasta que un enorme estruendo desralentiza la imagen de la explosión y estremece las arenas del desierto de Nuevo México) que hacen que el espectador contenga el aliento, pese a conocer de antemano el desenlace histórico.

Lo que ocurrió después de Trinity es lo que ocurre siempre. El genio perdió el control de su obra teniendo que ceder los derechos de explotación a quienes financiaron el proyecto y no dudaron en emplear la bomba atómica de forma indiscriminada contra la población civil, para sus fines nada altruistas.

Inicialmente agasajado y vitoreado por la proeza científica, Oppenheimer que, como todos los genios, tenía multiples altibajos emocionales (como cuando inyectó cianuro en la manzana que debía comerse su profesor en venganza por no permitirle asistir a un seminario) y era esclavo de su propio ego, incurrió en el pecado de la soberbia al maltratar a algunos de sus colegas, especialmente a Edward Teller (Benny Safdie), controvertido físico de origen húngaro. Una especie de prima dona con una personalidad plagada de excentricidades, pero poseedor de una mente brillante, obsesionado con la fabricación de la bomba de hidrógeno; así como al menospreciar a influyentes militares y políticos, especialmente a Lewis Strauss, un hombre vanidoso, acomplejado y rencoroso, a quien osó ridiculizar en público durante una disertación científica sobre los isótopos, con lo que cavó su tumba profesional y social con sus propias manos. 

Strauss guardó el amargo recuerdo de aquella afrenta durante años y, en cuanto tuvo oportunidad, conspiró contra él en la sombra que, en sus propias palabras, “es donde mejor se mueven los políticos”.

Para entonces, el senador McCarthy ya había desatado una caza de brujas contra todo aquel que fuera susceptible de ser acusado de filocomunista y la oposición de Oppie a la fabricación de la bomba termonuclear (Bomba H), mil veces más destructiva que la atómica, en pleno comienzo de la Guerra Fría contra la URSS, fue la excusa perfecta para abrirle una investigación que tenía por objeto, no tanto su condena y expatriación, sino la degradación de su imagen pública, al denegársele la certificación Q que da acceso a las investigaciones atómicas de alto secreto.

Científicos agraviados por Oppenheimer aprovecharon la ocasión para ajustar cuentas con él, prestándose a servir de informadores o testigos de la acusación durante su humillante interrogatorio, que tuvo lugar durante veintiséis sesiones a puerta cerrada, ante un tribunal de funcionarios de tres al cuarto, en el oscuro cuartucho de un ministerio, y que estuvo centrado en tratar de demostrar su vinculación con los servicios de espionaje soviéticos a partir de una conversación informal grabada por el FBI mediante micrófonos ocultos instalados sin autorización judicial en casa de su amigo Chevalier, en la que este le comentó que otro científico involucrado en el proyecto llamado George Eltenton (Guy Burnet) había sido contactado por Peter Ivanov, agente soviético con estatus diplomático, prestándose a trasladar información sobre los avances de la bomba a los rusos, entonces aliados en la lucha contra Hitler.

Sometido a un gran estrés, Oppie acabó desmoronándose, incurriendo en una serie de contradicciones, por lo que finalmente le fueron denegadas sus credenciales de seguridad con el consiguiente castigo reputacional, el rechazo de gran parte de la comunidad científica y el escarnio ante la opinión pública estadounidense que le tachó de mentiroso. Nunca fue llevado ante un tribunal penal ordinario bajo una acusación formal de espionaje, pues sus inquisidores sabían que las “pruebas” habían sido obtenidas ilegalmente y que un eventual juicio acabaría en absolución. De hecho, ocho años después y tal como le advirtiera su viejo amigo Einstein que sucedería en su breve encuentro junto al lago (el brillante “macguffin” que cierra la película), el honor y la figura de Oppenheimer fueron resarcidos por el presidente Kennedy que no pudo entregarle el premio Enrico Fermi a su valía científica, pues fue asesinado diez días antes de la celebración del acto de homenaje, recibiendo la medalla de manos de Lyndon Johnson ante una audiencia en la que se dieron cita sus más leales amigos y enemigos.

Hasta aquí la historia que Nolan ha querido contarnos en su película, valiéndose del buen hacer de un equipo multidisciplinar en el que destacan la dirección de fotografía de Hoyte van Hoytema y la sobrecogedora banda sonora a cargo de Ludwig Göransson, así como el sublime elenco de actores y actrices que arropan a Murphy, en el que destacan infinidad de estrellas consagradas como las que ya hemos mencionado y algunas otras como Jack Quaid, Rami Malek, Tom Conti en el papel de Einstein, Casey Affleck, Jason Clarke como el implacable fiscal encargado de la acusación, Matthew Modine, Louise Lombard o Dane DeHaan, encargados de dar vida a algunas de las mentes mas brillantes del siglo XX.

Por ponerle un pero, se confirma que el director y guionista británico sigue siendo un pésimo escritor de personajes femeninos. El de Florence Pugh, la amante atormentada que tiene un par de apariciones de alto voltaje erótico, resulta residual e inconsistente en la medida en la que nunca llegamos a saber qué es lo que la atormenta y aunque Emily Blunt borde el suyo de mujer de carácter, con varios matrimonios fracasados y una evidente adicción al alcohol a sus espaldas, su papel también carece de desarrollo e importancia, más allá del soporte moral que supone para su marido en las escasas escenas en las que interviene.

Título original: Oppenheimer
Año: 2023
Duración: 180 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan. Bas. Kai Bird, Martin J. Sherwin. 
Reparto: Cillian Murphy, Emily Blunt, Matt Damon, Florence Pugh, Robert Downey Jr.,
Rami Malek, Benny Safdie, Michael Angarano,
Josh Hartnett, Kenneth Branagh, Dane DeHaan,
Dylan Arnold, David Krumholtz, Alden Ehrenreich, Matthew Modine, Jack Quaid,
David Dastmalchian, Jason Clarke, Josh Peck, Devon Bostick, Alex Wolff, Tony Goldwyn, Scott Grimes, Josh Zuckerman, James D'Arcy,
Matthias Schweighöfer, Christopher Denham,
David Rysdahl, Guy Burnet, Danny Deferrari,
Louise Lombard, Gary Oldman, Casey Affleck
Tom Conti...
Música: Ludwig Göransson
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Compañías: Universal Pictures, Atlas Entertainment, Syncopy Production, Gadget Films. Distribuidora: Universal Pictures
Género: Drama Biográfico. Thriller. Años 40. Histórico. Holocausto nuclear.