CIEN AÑOS DE SOLEDAD. PRIMERA PARTE

Prometí compartir mis impresiones sobre la serie basada en “Cien años de soledad” que ha producido Netflix con la bendición de los hijos de Gabriel García Márquez, Rodrigo García y Gonzalo García Barcha. Y, aún a riesgo de ser ajusticiada en un paredón de fusilamiento similar al que un día se enfrentó el coronel Aureliano Buendía por quienes, nada más estrenarse, se han apresurado a despreciarla curiosamente por arriesgar poco y ser demasiado fiel al texto original, he de decir que, lo visto hasta ahora, a mí me ha gustado.

Dudé mucho antes de decidirme a verla, por temor a que la decepción del resultado mancillara el grato recuerdo que guardo del libro leído en mi adolescencia, dado el enorme desafío y la dificultad de adaptar una obra literaria tan compleja e inabarcable como la que, con todo merecimiento, ha sido catalogada como “El Quijote” latinoamericano, y desalentada por la experiencia fallida de otros intentos previos de adaptar al cine algunas de las mejores novelas de Gabo, como “El amor en los tiempos del cólera”, “Crónica de una muerte anunciada” o El coronel no tiene quien le escriba”. Pero, al fin pudo más en mi la curiosidad y decidí que, para no pecar de injusticia ni de excesiva indulgencia en mi juicio, la vería intentando abstraerme de mis recelos y prejuicios como lectora de una novela tan reverenciada y referencial, tomando la serie como lo que pretende ser: un homenaje audiovisual a la gran obra que impulsó el “boom” de la literatura latinoamericana en los años 60, de la que se vendieron más de 50 millones de ejemplares en el mundo.

“Cien años de soledad” no solo es la biblia del realismo mágico traducida a 46 idiomas, es el vademécum de los escritores latinoamericanos y un compendio antropológico de las raíces, la cultura, la mitología y la historia de las distintas tribus humanas que han poblado las costas del Mar Caribe desde el siglo XIX. Lo cual queda patente en la serie de Netflix, a través de las distintas tonalidades de piel de los personajes que pueblan la pantalla (interpretados por actores y actrices en su mayoría colombianos, sin proyección internacional) y de los variados dialectos indígenas y acentos hispanos en los que estos se expresan. Lo que viene a ser la prueba de algo que el propio García Márquez se cansó de reivindicar desde que fuera encumbrado por el Premio Nobel hasta lo más alto de la academia y la Literatura universal: que el castellano que se habla en aquellas tierras tiene vida propia más allá del español de Cervantes, al que tan solo se le asemeja.

Quizá ello haya influido en la negativa valoración que han hecho algunos críticos españoles de la serie, superados acaso por el esfuerzo de intentar entender sus diálogos que, aunque se anuncian en español, se expresan en una jerga casi desconocida por estos lares.

Fiel a las palabras escritas por García Márquez y respetuosa de la idiosincrasia que definió su éxito y alimentó su magia, la epopeya audiovisual de los Buendía, nacida de un vasto anecdotario de leyendas y supersticiones recolectado por el autor en su Aracataca natal a lo largo de su infancia y adolescencia, recorre el norte colombiano, desde La Guajira hasta los bordes del río Magdalena, retratando la aridez de su páramo y el humedal de sus ciénagas, donde el hombre vive a merced del abrasador calor tropical y de las lluvias torrenciales que tantas metáforas preñadas de fantasía empleó Gabo en hacernos sentir con su prosa descriptiva de ecos poéticos.

La que fuera su obra cumbre es sobre todo una experiencia sensorial y pasional estimulada por una serie de licencias creativas que se ponen al servicio de la imaginación y la belleza, alumbrando escenas tan surrealistas, sublimes y cautivadoras, como la peste del insomnio que deja a todo un pueblo sin dormir hasta que sus habitantes enloquecen  olvidándose hasta de su nombre; el constante revoloteo de mariposas alrededor de Mauricio Babilonia; el saco de huesos de los antepasados de la indómita Rebeca que tiemblan sin explicación alguna, mientras ella aplaca su ira, su tristeza y su frenético deseo comiendo tierra a puñados; el etéreo espíritu de Remedios la bella (Cristal Aparicio), la que de niña recorría los pasillos de la casa de los Moscote desnuda, dibujando extraños animales en las paredes con sus propios excrementos, elevándose a los cielos; el fantasma de Prudencio Aguilar que mortifica a su asesino siguiéndole a todas partes; el serpenteante hilo de sangre que atraviesa el pueblo para anunciarle a Úrsula Iguarán la muerte de su primogénito o la lluvia de flores amarillas que alfombra las calles de Macondo a la muerte de José Arcadio, el patriarca, quien pasa sus últimos años atado a un castaño en el patio de la casa familiar, profiriendo incomprensibles latinajos…

De todos es sabido que leer es una espoleta que dispara la imaginación y que esta es personal e intransferible. Pero he de decir que, tanto la recreación que la serie hace de Macondo, como de la mansión colonial de los Buendía, no sólo están a la altura de mis ensoñaciones como lectora de la novela, sino que reproducen fielmente los escenarios descritos por Gabo.

La evolución que, con el paso del tiempo que todo lo convierte en ruina, se produce en ambos espacios marca el ritmo de la historia con precisión de relojero suizo, desde la ilusionante creación del mítico pueblo de pioneros y su progresivo desarrollo, hasta su destrucción a manos de la guerra y las fuerzas de la naturaleza.

Pero “Cien años de soledad” no es una novela histórica en sentido estricto, sino una novela río en la que la historia de un país (Colombia) tiene su reflejo en la vida de siete generaciones de una misma familia. Y quieren los guionistas de la serie que sea el último de sus descendientes, Aureliano Babilonia, quien cuente la vida de los Buendía, leyendo los manuscritos de Melquíades en la preciosa voz del colombiano Jesús “Chucho” Reyes, preservando así la impronta del narrador omnisciente que estructura el relato de la novela siguiendo una lógica circular.

“Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio”, dice Úrsula mientras Macondo naufraga tras un periodo de prosperidad milagrosa. Siguiendo esa lógica, el primer episodio de la serie comienza por el final: vemos la silueta ensangrentada de un cadáver bajo una sábana y un ejército de hormigas coloradas colonizando cada superficie de la casa de los Buendía devastada, luego de que el viento y el tiempo arrasaran Macondo para siempre… para sumergirnos en el pasado al rememorar aquel instante decisivo en el que, “frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Los ocho episodios de la primera temporada de la serie se ocupan de las dos primeras generaciones, antes que a los Aurelianos y a los Arcadios haya que ponerles número para saber quién es cuál y el lector se vea obligado a dibujar el árbol genealógico de la familia, en la contratapa del ejemplar de la novela que está leyendo, para no perderse.

La intrincada estirpe de los Buendía hunde sus raíces en una maldición que, como los nombres de pila, pasa de padres a hijos. El peso del pecado original que arrastra su linaje desde que José Arcadio quiso yacer con su prima Úrsula (temerosa de que se cumplieran los siniestros presagios que le hizo su madre de que sus hijos nacerían con cola de cerdo) se impone como un maleficio sobre sus descendientes, proclives a copular con sus propios parientes e incapaces de escapar a su trágico destino.

Acosados por el fantasma de Prudencio Aguilar (Helbert Sepúlveda), un vecino bocazas asesinado por José Arcadio por burlarse de su matrimonio incestuoso, la pareja emprende un viaje en busca del mar que los lleva a perderse entre los humedales de la selva tropical.

Tras años de vagar, a veces en círculo, los Buendía y algunos de los amigos y familiares que les acompañan en su travesía deciden parar y fundar allí mismo un pueblo aislado del mundo, en donde conviven lo real y lo sobrenatural y en el que no existen el concepto de propiedad (la tierra es de quien la trabaja) ni el de autoridad política o religiosa. Ni curas ni gobernantes, en este lugar que sus fundadores bautizan con el nombre de Macondo, nadie decide por los demás, sus habitantes se rigen por su propia conciencia y por los valores de igualdad y de libertad. Demasiado bueno para durar eternamente.

El libro dice que “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas…” y que, atraídos por su leyenda, un día llega hasta allí una feria de gitanos liderados por un extraño hombre al que todos llaman Melquíades (el español Borja Moreno), experto en alquimia y prestidigitación, que hechiza a José Arcadio con sus artilugios y sus relatos sobre los imanes y el hielo, estimulando su interés por la invención y el conocimiento hasta tal punto que improvisa un taller/laboratorio en su casa y, a la muerte de quien considera su maestro, mejor amigo y mentor, llega a perder la cabeza.

Con el tiempo, es Úrsula (interpretada por Susana Morales en su versión más joven y por la gran Marleyda Soto en su versión adulta) cuyo pragmatismo, rectitud moral y ética del trabajo la convierten en el complemento perfecto del testarudo y desobligado José Arcadio (Marco Antonio González y después Diego Vásquez), entregado a sus obsesiones científicas y pseudocientíficas, quien se convierte en el pilar y el sustento de su familia y de la comunidad macondina.

Para entonces ha dado a luz y a criado ya a tres niños sanos, José Arcadio (Thiago Padilla), Aureliano (Jerónimo Echeverria) y Amaranta (Luna Ruíz), todos con traseros perfectamente humanos y, gracias a su espíritu emprendedor, a medida que la familia crece y prospera, va ampliando las dependencias de la pequeña casa con techo de paja hasta transformarla en una mansión colonial de estilo victoriano.

Macondo también se desarrolla con gran pujanza, desde la aldea con casas de barro iluminadas por el fuego, hasta el pueblo con luz eléctrica y calles por donde pasan los carros. Lo que llega a oídos del gobierno de la nación, para entonces de signo conservador, que decide enviar hasta allí a Apolinar Moscote (Jairo Camargo) y nombrarlo gobernador civil, quien termina abriendo las puertas a la Iglesia católica, encarnada en el Padre Nicanor (Álvaro García), en su empeño evangelizador. La política y la religión imponen sus normas y, con ellas, llegan los problemas y enfrentamientos.

Decía García Márquez que Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo. La Macondo de la novela va creciendo, desarrollándose, desarmándose y rearmándose con el paso del tiempo, y de las generaciones, de las enfermedades y las guerras, de las vidas improbables y las muertes impensables, de la ciencia, de la alquimia y de eso que llamamos realismo mágico que hace temblar los huesos de los muertos, genera una “llovizna de minúsculas flores amarillas” o permite que los vivos negocien con los fantasmas.

Esa idea fundacional de Macondo («El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo») es la base de arranque de una historia que, en principio, se centrará en las acciones y aflicciones de los hijos de Úrsula y José Arcadio, los propios, los adoptivos y los bastardos, todos con diferentes personalidades, con sus romances, peleas, pulsiones y extraños hábitos. Desde el aventurero José Arcadio (Leonardo Soto/Edgar Vittorino) dotado de un miembro viril descomunal que, en plena adolescencia, un día decide desaparecer misteriosamente y al cabo de los años regresa hecho todo un hombre sin dar explicaciones, como si en sus viajes por los siete mares se le hubiera perdido el alma; hasta el apocado Aureliano (Jerónimo Barón/Santiago Vasquez/Claudio Cataño) que nació con los ojos bien abiertos y un don para los presagios, dueño de un carácter contenido y enigmático, o la oscura Amaranta (Loren Sofía Paz) que mitiga sus celos y su frustración autolesionándose y la extravagante Rebeca (Nicole Montenegro/Laura Sofía Grueso “Akima”), la niña huérfana que un día llega a casa de los Buendía con los huesos de sus padres metidos en un saco de arpillera, comportándose como una salvaje y que desarrolla un insaciable y telúrico apetito sexual a medida que se hace mujer; a los que habrán de sumarse Arcadio (Juan Eduardo Florido/Janer Villareal) y Aureliano José (Carlos Suárez), los hijos no reconocidos que los dos hermanos Buendía engendran con la sensual y sensitiva, Pilar Ternera (Viña Machado), encargada de su iniciación en las artes amatorias.

En esta primera entrega de la vida de los Buendía hay bodas realizadas, bodas postergadas y bodas frustradas, hijos “bastardos” que intentan tener sexo con la mujer que les dio la vida, enfrentamientos trágicos, obsesiones, secretos y descubrimientos, profecías cumplidas, conflictos políticos y cruentas guerras civiles entre rojos y azules (liberales y conservadores).

Con el paso del tiempo la cada vez más caótica y poblada Macondo que alguna vez fue una aldea sin cementerio, pues nadie era mayor de 30 años y nadie había muerto aún, se volverá un lugar en donde la muerte se vive a diario, con problemas ligados al abuso de poder que acompañan a la institucionalización de la vida en comunidad, similares a los de otros pueblos colombianos.

Cada uno de los ocho episodios de la primera temporada de la serie corresponde a un capítulo de la novela que es resuelto con ingenio por Laura Mora, nacida en Medellín y ganadora de la Concha de Oro del Zinemaldi donostiarra por su película “Los reyes del mundo”, y el argentino Alex García López, radicado en Reino Unido, encargados de dirigir tres y cinco episodios respectivamente. Se nota que ambos cineastas se han tomado el encargo con la seriedad y profesionalidad de quienes saben que caminan sobre brasas, tratando de no dar un paso en falso, conscientes del elevado riesgo de caer en el ridículo, algo que por fortuna no sucede.

Como escribe Julieta Greco en Rebelión, “En la gran novela de América, Gabriel García Márquez inventa un idioma, una sintaxis, un modo de decir: rotundo, asertivo, profético. El sonido de lo divino. Sus fanáticos repiten sus frases devotamente como plegarias”. La nueva producción de Netflix asume el riesgo de profanar lo sagrado y, en ese gesto, obra el milagro de hacer que la experiencia de ver la serie no anule la experiencia literaria, más bien lo contrario. Miramos la tele con el libro latiendo entre las manos, buscando las fugas, lo omitido, lo adaptado, y nos preguntamos por qué José Arcadio Buendía le dice a Úrsula “no habrá más muertes en este pueblo por culpa nuestra”, en lugar de decirle “por tu culpa”, o si es moralmente correcto que Remedios Moscote se case con Aureliano Buendía, nada más tener su primera regla, a los diez u once años.

El libro custodia y audita la serie. Siempre estamos inspeccionando al recién nacido, esperando que aparezca ese hijo humano con cola de gorrino. Pero no ocurre. Lo que tenemos ante nosotros no es una iguana sino una criatura estéticamente adorable, el resultado de un respetuoso, esforzado y laborioso trabajo de parto, que si bien nunca podrá alcanzar la genialidad ni el estremecimiento que se siente ante la obra original, procura no desmerecer la belleza del legado de su autor.

Título original: Cien años de soledad

Año: 2024

Duración 8 episodios x 60 min.

País: Colombia-USA

Dirección: Rodrigo García, Alex García López, Laura Mora Ortega

Guion: José Rivera, Maria Camila Arias, Camila Bruges, Albatros González, Natalia Santa. Bas. novela: Gabriel García Márquez.

Reparto: Marco Antonio González, Diego Vásquez, Susana Morales, Marleyda Soto, Edgar Vittorino, Leonardo Soto, Thiago Padilla, Claudio Cataño, Santi Vásquez,
Jerónimo Echeverría, Jerónimo Barón,
Loren Sofía Paz, Luna Ruiz Jiménez, Juan Eduardo Florido, Janer Villarreal, Nicole Montenegro, Laura Grueso "Akima", Cristal Aparicio, Borja Moreno, Viña Machado, Ruggero Pasquarelli, Jairo Camargo, Álvaro García, Fernando Bocanegra, Dairis Van Grieken, Andris Pana Iguarán...

Fotografía: Paulo Pérez, María Sarasvati Herrera

Musica: Camilo Sanabria

Compañías: Netflix, Dynamo Producciones. Productores ejecutivos: Rodrigo García y Gonzalo Garcia Barcha.

Género: Serie de TV. Drama. Realismo mágico. Familia

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