Truman Capote ha vuelto a hacerlo. Treinta y siete años después de dejar este mundo, el gran entreteiner de la alta sociedad neoyorquina, vuelve a ser el alma de la fiesta o al menos a dar de qué hablar, gracias a un meritorio y revelador documental (disponible en Filmin), que se vale de un material inédito: cintas de video, fotos y grabaciones en donde podemos escuchar la peculiar voz del autor de “A sangre fría” y “Desayuno en Tiffany´s”, así como de una serie de entrevistas a personas que lo conocieron en su esfera íntima y familiar, para indagar en la faceta más desconocida del escritor y socialité, sin duda una de las figuras más icónicas del siglo XX.
Y es que, contrariamente a lo que se pudiera pensar, documentar la vida de un individuo de tan alta exposición mediática como fue Truman Capote no es pan comido, ni mucho menos está todo dicho con lo que hay publicado sobre el mito en la hemeroteca. Especialmente si lo que se pretende es mostrar al ser humano y no a la celebridad.
Saber si realmente esa persona existió, más allá del personaje que le otorgó el éxito y la fama, y qué clase de sentimientos, traumas y motivaciones albergaba su atormentado y vulnerable espíritu, es el propósito de “The Capote tapes”, un magnífico trabajo de investigación de Ebs Burnough (antiguo asesor de Michelle Obama) acerca de la vida del polémico escritor y enfant terrible. El niño rubio de Nueva Orleans (Louisiana, 1924) que había soñado con ser bailarín de claqué y que, llegado ya al último acto de su vida, se desnudó ante sus lectores, utilizando la vieja fórmula de Alcohólicos Anónimos, para reivindicarse a sí mismo: “Me llamo Truman Capote y soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, sin temor a sonar presuntuoso, cualidad de la que hacía gala.
Desde que ganara el premio O’ Henry (un galardón literario de ámbito nacional) a los diecinueve años, hasta que se dejó morir en casa de Joanne Carson (ex esposa del popular presentador Johnny Carson y una de sus mejores y más leales amigas, al punto de yacer juntos en el mismo panteón, bajo el epitafio: “Beloved friends”), en su odiada California, ingiriendo un cóctel imposible de fármacos a los cincuenta y nueve años de edad, Truman Capote fue el «niño prodigio» de la literatura norteamericana. Aunque tuvo una faceta menos intelectual, convirtiéndose en precursor de la crónica rosa. Amado, temido y finalmente odiado y repudiado por quienes antes decían adorarle.
De hecho, podría afirmarse que su gran leyenda se construye (y se destruye) a medio camino entre la épica literaria y la frivolidad del papel couché. Algo que ilustra muy bien uno de los pasajes del documental donde se explica que Capote se hizo famoso casi de manera instantánea, tanto por el indudable talento de su prosa, como por la impactante fotografía que aparecía en la contraportada de su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, publicada a los veintitrés años. Una imagen sugerente de un joven rubio y afeminado, de mirada felina y labios carnosos, como extraída de la portada de una revista gay. Tal impresión causó, que el mismísimo Andy Warhol, recién llegado a Nueva York, se sentaba a la puerta de su casa solo para verlo salir, hasta que la madre de Truman lo echó de allí.
Poco antes de su muerte, en 1984, el periodista George Plimpton, editor de “Paris Review”, grabó sus conversaciones con Truman Capote, en cintas magnetofónicas. Conversaciones extraordinariamente reveladoras de su excéntrica y camaleónica personalidad que ahora salen a la luz, intercaladas con el testimonio de grandes celebridades, como el escritor Norman Mailer (a quien odiaba) o la actriz Lauren Bacall, quien dijo de él que “su inteligencia le hacía totalmente único”.
Pero si hay un testimonio clave en este documental, por el que desfilan algunos amigos y bastantes enemigos, es el de Kate Harrington, quien fuera su hija adoptiva y asistente personal, cuyo nombre no figura en sus biografías oficiales.
“Más allá de su legado literario, el verdadero descubrimiento del filme es esa exploración del Capote más familiar”, explica Burnough, quien considera que “Truman no solo fue un pionero por no esconder su “pluma” cuando no resultaba fácil mostrarla, sino también por querer formar una familia cuando ni sus amigos más cercanos consideraban esa posibilidad”. De ahí que uniera su vida a la de un padre soltero, empleado de banca, y al morir éste, decidiera “adoptar” a su hija de 13 años a quien, por lo que cuenta en el film, le tocó ejercer más con él de madre que lo que el caótico escritor, inmerso en una vida hedonista y desenfrenada, pudo ejercer de padre.
Probablemente sea este el dato más novedoso y sorprendente que aporta este trabajo, junto a la amarga constatación de que Truman Capote vivió convencido de que nadie le quiso nunca.
“La gente no me quiere. Soy un bicho raro. Les entretengo, les fascino, pero no me quieren”, se le escucha decir en una de esas grabaciones y uno puede percibir toda la tristeza y la resignación que encierran esas palabras, corroboradas por quienes le conocieron. Era cierto. Nadie quería al personaje que él mismo se había inventado precisamente para hacerse querer: el bufón estridente, procaz y chismoso, de voz chillona, pluma y lengua afiladas, y verbo cruel y venenoso, que se esmeraba por amenizar la aburrida vida de sus emperifolladas amigas, un atajo de “señoras de…”, casadas con hombres poderosos que las tenían demasiado desatendidas y a las que procuraba entretener, agasajar y complacer, como un perfecto chico de compañía (pero sin favores sexuales, por razones obvias). Poco a poco, se fue ganando la simpatía y la confianza de aquellas mujeres, convirtiéndose en su confidente.
Como dice Burnough, a Capote “le encantaba ser el centro de atención y el niño mimado de la alta sociedad. Le encantaba que al entrar en una habitación todos se giraran a mirarle y soltar nombres de famosos en sus conversaciones de forma casual. Sentía la necesidad de estar en esos áticos y en esos yates enormes tanto como respirar. Pero, en un nivel más profundo -explica el ex asesor de la Casa Blanca- hay que mirarlo del siguiente modo: si siempre eres el invitado en casa de alguien, tendrás que cantar para que te den de cenar. Creo que él sabía que ese era el precio que tenía que pagar por estar ahí. Valoraba estar sentado a la misma mesa que todos esos ricos y famosos y comer con cubiertos de plata, pero siempre tuvo claro que él no pertenecía a ese mundo y que, probablemente, nunca le acabarían de aceptar como uno de los suyos”.
De hecho, si alguna conclusión puede extraerse del visionado del documental es que Truman Capote se sintió siempre un intruso, un figurante desubicado, alguien que nunca llegó a encajar del todo en las escenas de su propia vida. Una sensación de desarraigo que probablemente se gestó en su infancia cuando, teniendo apenas dos años, su madre (Lillie Mae Faulk, mujer de vida disoluta) se va de fiesta y lo deja solo, encerrado en una oscura habitación de hotel, con la única compañía de su propio llanto. Es, de hecho, el primero de un rosario de abandonos y desencantos que se prolongaron hasta el momento en que su carrera cayó en desgracia y su popularidad declinó.
Nacido como Truman Streckfus Persons, fruto de la relación de dos padres divorciados que nunca debieron serlo, a los cuatro años su madre lo envía a vivir con sus tías a Monroeville (Alabama) donde crece junto a sus primos y primas, teniendo por vecina a la también escritora Harper Lee, que le serviría como inspiración para uno de los personajes de su novela “Matar a un ruiseñor”.
Como muchos niños prodigio, el pequeño Truman era un mal estudiante, víctima de bulling por su evidente amaneramiento y manifiesta homosexualidad. Quizá para sobrevivir a ese rechazo y fracaso escolar, aprende a leer y, ya desde los nueve años, empieza a escribir sobre los laberintos de la soledad, la marginalidad, la fugacidad de las relaciones y los sentimientos de orfandad y desconsuelo amoroso.
Es entonces cuando su madre, contrae matrimonio en segundas nupcias con el magnate cubano José García Capote, del que Truman adoptaría legalmente el apellido, y se lo lleva a Nueva York, donde su maestra de literatura inglesa, Catherine Wood, ve algo en él y le anima a presentarse al citado concurso literario que a los diecinueve años consigue ganar. Por esos años trabaja como corrector en The New Yorker, su revista favorita, de donde es despedido por criticar al poeta Robert Frost. A los veintitrés publica su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, en la que plantea abiertamente el tema de la homosexualidad, lo que supone su inmediato salto a la fama.
Durante la década de los cincuenta empezó a coquetear con Broadway y Hollywood, codeándose con algunas de sus más glamourosas celebridades, como Marilyn Monroe o Liza Minelli. Pero el nuevo divorcio y posterior suicidio de su madre, con una sobredosis de seconal, supone un duro golpe para él, que consigue superar con la publicación, en 1958, de su novela “Desayuno en Tiffany’s” adaptada al cine por Blake Edwards, con Audrey Hepburn en el enternecedor papel de Holly Golightly, una heroína poco convencional que ejerce de escort en la Gran Manzana y que guarda más de una semejanza con su madre. Incluso el nombre real del personaje, Lulamae Barnes, se parece al de Lillie Mae, quien también se lo cambió (por el de Nina) al llegar a NY.
La versión cinematográfica de “Desayuno con diamantes” (como se titula en español) cosechó gran éxito, llegando a conseguir dos premios Oscar en las categorías de mejor música y mejor canción original, por la famosa «Moon River», de cinco nominaciones que tuvo en total, entre ellas las de mejor guion adaptado. Lo que le supuso a su autor estar en el candelero, una vez más. Pero aún faltaba por llegar la que para muchos sería su gran obra maestra: “A sangre fría”, por la que es considerado, junto a Norman Mailer y Tom Wolfe, uno de los padres del «nuevo periodismo» que combina la ficción y el reportaje.
Contra todo pronóstico, sin estar especialmente atraído por el realismo social, ni implicado en política, Truman Capote consigue escribir “la gran novela americana”, en la que narra un crimen real cometido por dos marginados que asesinan a cuatro miembros de una familia modélica al sur de Kansas, con el psicodrama de la pena de muerte como telón de fondo.
Para poder hacerlo, se trasladó al lugar de los hechos y recogió en primera persona el testimonio del principal imputado, con el que llegó a entablar una relación afectiva. Fueron años de investigación solitaria, de desesperación y reclusión, hasta presenciar la ejecución de los asesinos en directo, algo de lo que algunos aseguran que jamás se recuperó. Sin embargo, hay quien duda de sus verdaderas motivaciones, llegando a sugerir en el documental que, lejos de intentar salvarles de la inyección letal, Capote utilizó su influencia para garantizar que fuesen ejecutados, pues le convenía a su estrategia comercial, y que había mucho de impostura en su supuesto abatimiento. Una sospecha que encaja con el retrato que algunos de sus enemigos hacen de él, como un hombre de mente retorcida que buscaba herir y escandalizar a cualquier precio y que consiguió condicionar al jurado del Premio Pulitzer de ese año, siéndole denegado bajo el pretexto de que el libro se había convertido en un controvertido best-seller, como si su repercusión y difusión desmereciera la calidad de su contenido.
Es en ese tiempo cuando empieza su adicción a los tranquilizantes y otras drogas que, junto con el alcohol, le servían para aliviar la ansiedad que le producía escribir un libro tan perturbador para él. Y es que hay quien afirma que “A sangre fría” lo destruyó en más de un sentido, devolviéndolo de golpe a aquella habitación de hotel de Nueva Orleans en la que lloraba siendo niño, mientras su madre follaba con un amante indio o se divertía en el barrio francés.
El caso es que llegaron los años setenta y, con ellos, su etapa de mayor desenfreno. El documental está repleto de imágenes de archivo del escritor en los ambientes que frecuentaba en aquella época, en la que prácticamente vivía de fiesta, en la discoteca “Studio 54”. Hasta el día en que, quién sabe si por el envalentonamiento propio de estar bajo los efectos del alcohol y otros estimulantes, por necesidad económica o por puro resentimiento, decide autoinmolarse publicando por entregas, en la revista Esquire, varios capítulos sueltos de «Plegarias atendidas» (titulada así en alusión a la frase atribuida a Santa Teresa: «Se vierten más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas»), su novela más publicitada y jamás acabada.
Capote se refirió a la ella como su «libro póstumo». «O lo mato yo o me mata él a mi”, bromeaba en uno de los tantos late shows a los que solía acudir, cuyos espectadores fueron testigos de su progresivo deterioro. Y, en algún sentido, así fue.
La gran novela inacabada prometía ser una especie de testamento literario y una venganza contra la élite progresista de Manhattan, ésa que le había acogido en su seno, pero no dudaba en humillarlo refiriéndose a él como al bufón de la corte, por su descarada actitud ante la vida.
Su crueldad, desafección y sarcasmo al revelar los más íntimos secretos de la alta sociedad neoyorquina le convierten, de la noche a la mañana, en un personaje proscrito y odiado por quienes antes decían adorarle.
«Remover la mierda, eso es lo que hacía», dice en el documental una de esas mujeres que se sintieron traicionadas, alguna de las cuales incluso se llegó a suicidar ante la gravedad de lo que Truman contaba sobre ella en su libro. “Fue una puñalada trapera a los que decían ser sus amigos. No había necesidad de ser tan directo”, considera su director.
Para Lola Sampedro, columnista y periodista, con la publicación por entregas de los secretos y miserias de la alta sociedad neoyorquina, “Capote volvió a expatriarse a sí mismo”.
“Lo peor de ser un paria -escribe en ABC- es saber que lo eres. Capote lo sabía. Hay personas que, por más que lo intenten, se sienten siempre fuera de sitio. Primero cortan con esmero las raíces de su infancia y luego buscan un lugar, un sueño en el que nunca llegan a encajar del todo. Una niñez tan infeliz como la suya, con la herida del abandono de su madre siempre abierta, puede ser la excusa perfecta para renegar de tus raíces. Fue precisamente en esa huida donde Capote se inventó a sí mismo. Confeccionó a la perfección su disfraz de éxito y consiguió llegar a ese cielo del que acabó renegando porque, como él mismo diría: “Es mejor mirarlo que habitar en él””.
Su conclusión es que Truman Capote “se esforzó tanto en dinamitar esos cimientos de su infancia que necesitó volver a romperlo todo ya de adulto”, como quien se boicotea una y otra vez a sí mismo, alimentando inconscientemente la insatisfacción perpetua y el desarraigo que finalmente es lo que define su vida.
Ese gesto de osadía marcó el principio de su fin como personaje público y como escritor.
Acosado por la polémica y devastado por sus adicciones, consiguió publicar, en un último esfuerzo, “Música para camaleones”, dedicada a su amigo Tennesse Williams, que había muerto meses antes. Y después, se fini. El eterno niño prodigio que había soñado que podría despegar con su avión de juguete, se despertó de repente viejo y enfermo, aquejado de un cáncer de hígado, y se resignó a morir en Bel Air, un lugar que siempre detestó.



























Título original: The Capote Tapes Año: 2019 Duración: 91 min. País: Estados Unidos Dirección: Ebs Burnough Guión: Holly Whiston, Ebs Burnough Fotografía: Antonio Rossi Intervenciones de: Truman Capote, George Plimpton, Norman Mailer, Jay McInerney, Lauren Bacall. Productora: Hatch House Media Production, Mville Films (Distribuidora: Endeavor Content) Género: Documental | Literatura. Biográfico


Una reseña muy completa y documentada.
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Gracias hermana!
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Maravillosas tus críticas! Mejor descrito imposible!
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Mil gracias Mari!!!
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