Aproximarse al “Napoleón” de Ridley Scott con las expectativas de la promoción rebajadas, tras haber pasado por el tamiz de todas las objeciones que la crítica especializada ha puesto a la película, tiene sus ventajas. Y no porque ya no se espere gran cosa de ella, pues al fin y al cabo estamos hablando del último trabajo de uno de los directores más consagrados del panorama cinematográfico a nivel mundial, creador de clásicos como “Alien, el octavo pasajero” “Thelma & Louise” o “Blade Runner”, sino porque el ánimo está preparado para la decepción de antemano.
En mi caso, debo decir que no hubo mucho margen de mejora pues, aunque la épica de sus batallas, la opulencia de sus palacios y el salvaje magnetismo de Vanessa Kirby me siguen pareciendo motivo suficiente para ir a ver la película en pantalla grande, como casi todo el mundo, esperaba más de ella y de su encumbrado protagonista Joaquin Phoenix, quien vuelve a ofrecernos una interpretación demasiado intensa, sobreactuada y superficial que hace honor a su trabajada fama de “rara avis” del star system, reduciendo la compleja personalidad del general corso a una burda, exagerada y estereotípica caricatura que parece inspirada en un tratado de psicología y que se hace casi insoportable por la reiteración de su recital de tics. Dicho de otro modo, una cosa es que todos los locos se crean Napoleón y otra que el legendario emperador francés fuese el bicho raro que tanto Phoenix como Scott parecen querernos hacer ver.
Si he de resumir mi impresión general al término de dos horas y media de visionado, debo coincidir con sus críticos en que la película resulta tediosa, gris e inconexa a nivel narrativo. Los saltos temporales son tantos y tan atropellados que el relato pierde concatenación y coherencia y deviene en un salpicón cronológico de algunos acontecimientos históricos que no se explican convenientemente. Lo que no resta un ápice de mérito a la espectacularidad de la producción que resulta tan apabullante como insuficiente para articular una línea argumental convincente.
Desde la frase introductoria que nos adentra en los albores de la Revolución Francesa (“La miseria condujo al pueblo a la revolución… y la revolución devolvió al pueblo a la miseria”) hasta su epílogo final, en el que se contabilizan los muertos en las guerras napoleónicas como si el gran estratega militar fuese una especie de asesino en serie, cuando su misión consistió en defender a su patria del ataque combinado de los ejércitos imperiales de Inglaterra, Prusia, Austria y Rusia (salvo en la brutal invasión de España que retratan los siniestros cuadros y grabados de Goya, a la que la película no hace por cierto ni mención ), se aprecia que el octogenario director británico no solo no se lleva bien con el personaje que tiene entre manos, sino que pretende ajustar cuentas con él, en una especie de juicio histórico descontextualizado, en el que se omiten cuestiones políticas y aspectos de su acción de gobierno que explicarían por si solas la trascendencia histórica de Napoleón, así como el fervor que le profesaba el pueblo francés.
El pequeño corso, descendiente de una familia de la nobleza provinciana, derrotó a los ejércitos que estaban bajo el mando de reyes y aristócratas, y fue adorado por ello por las clases populares francesas y de otros países europeos que se identificaban con sus orígenes humildes. Fue un hombre nacido de la Revolución que terminó convirtiéndose en un soberano similar a los monarcas absolutistas, forjando una nueva línea sucesoria (el clan de los Bonaparte) que soñaría con conquistar y gobernar toda Europa como antes habían querido dominar Córcega, supeditando su autoridad incluso a la religión católica.
Conocida es la anécdota de un Beethoven republicano que le dedicó la tercera sinfonía para después borrar la dedicatoria decepcionado de que Napoleón se coronase emperador a sí mismo.
Una de las cosas más asombrosas del personaje y en las que la película incurre en uno de sus mayores fallos es lo joven que era cuando alcanzó la gloria.
Todo arranca en 1789. El caos de la Revolución Francesa y el posterior “Reinado del Terror” bajo Maximilien Robespierre, donde la brutalidad y la guillotina eran el castigo ante cualquier sospecha de traición, sirve de plataforma de lanzamiento a un desconocido militar destinado a cambiar el curso de la historia. Entonces Napoleón tenía apenas 20 años y, sin embargo, en la película vemos a un actor de 50 pretendiendo ser ese joven capitán ascendido a general tras la exitosa toma del fuerte de Toulon, una especie de Gibraltar en poder de los ingleses en 1793. Cuestión que hubiera sido fácilmente resoluble utilizando a un actor más joven para interpretar al personaje durante esos años de su más tierna juventud, pues lo cierto es que a Napoleón no le dio tiempo a envejecer. Cincuenta y un años es la edad a la que Bonaparte murió en 1821, se dice que lentamente envenenado por los británicos durante su reclusión en el islote de Santa Elena. Una vida corta para los parámetros actuales, pero de una intensidad y una influencia decisivas a fines del siglo XVIII y principios del XIX.
En el caso de su mujer, Josefina de Beauharnais, (nacida en la caribeña isla de Martinica y bautizada como Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie) es al revés: en todo momento parece mucho más joven que Napoleón, cuando en realidad era seis o siete años mayor que él. Esa diferencia de edad aparejada a la esterilidad de la emperatriz a causa de una menopausia precoz debida al estres que le produjo su paso por la cárcel durante los años del terror), quien aportaba dos hijos de un matrimonio anterior y de la que se sugiere un pasado disoluto, fue el motivo del posterior divorcio de la pareja que, pese a su separación, nunca dejó de tener un fuerte vínculo y dependencia emocional, como quedó de manifiesto en su incesante intercambio epistolar. Unas cartas que vieron la luz gracias a que fueron robadas y vendidas por sus sirvientes a la muerte de esta.
“Las cartas son muy elocuentes. Nos hablan de un hombre deslumbrado por los encantos de Josefina, esa «selva negra» cuya capacidad de atracción ella revela en la película, pero también limitado por la «pequeña espada» con la que el joven general trata torpe e inútilmente de poseerla, Ridley Scott narra con precisión ese juego del amor (Napoleón) y de la recepción pasiva (Josefina), por parte de una mujer que no le quiere, pero entiende lo que el general victorioso representa para su propio estatus y el de sus hijos”, escribe Antonio Elorza en El Correo.
Y es que, más allá de la ambición de poder, la película de Scott pretende reflejar que la verdadera motivación de la vida de Napoleón residió siempre en su apasionada y conflictiva relación con su mujer que se vio truncada por la imposibilidad de ella de concebir ese heredero que él tanto necesitaba para asegurar su descendencia, una vez entronizado como rey y emperador. La suya fue una relación tóxica, llena de altibajos emocionales e infidelidades mutuas, sexualmente pasivo-agresiva, a medio camino entre el sometimiento, el deseo y el desprecio, lo que otorga cierta capa de vulnerabilidad al héroe militarmente invencible, un hierático, ególatra y a menudo ridículo Napoleón que sucumbe al secreto de la vagina de Josefina desde el momento en que esta se abre de piernas para mostrárselo en una de las escenas más memorables de la película que recurre a un humor satírico y por momentos algo sórdido para esborzar esta dependencia de ambos, pero se queda a medio camino de desarrollar.
El Napoleón de Phoenix es un «bruto», un personaje ensimismado e inexpresivo, alguien que apenas habla, infantil y enmadrado, de apetito voraz. Mientras los historiadores refieren que Bonaparte era un líder extremadamente carismático e intelectualmente inquieto, que dejó frases memorables (ninguna de las cuales se recoge en el guion de Scott) y se ocupó personalmente de diversos aspectos de su gobierno, desde los asuntos de la guerra hasta la apertura de museos o el mecenazgo de toda clase de artistas y científicos de diversas disciplinas, desplegando una política civilizadora e ilustrada; o la redacción del famoso Código Napoleónico —Código Civil aprobado en 1804 que propició un duro golpe al feudalismo— monumental compendio jurídico que muchos consideran lo mejor de su legado al mundo moderno, ya que se encuentra todavía en vigor, aunque con numerosas e importantes reformas, en cuya confección participó personalmente.
200 millones de dólares se han empleado en la recreación de célebres batallas, como las de Austerlitz, Waterloo o la catastrófica invasión de una Moscú reducida a cenizas por las tropas del Zar Alejandro antes de que la ciudad fuese ocupada por las tropas francesas. En la película hay caballos, cañones y cientos de miles de solados moviéndose en formación y luchando sobre el terreno, lo que la convierte en una epopeya histórica a la manera de los grandes clásicos. Pero el tema que realmente obsesiona a Scott es la forma en que se construye, se sostiene y se pierde el poder.
En ese sentido, «Napoleón» resulta una obra llena de claroscuros y altibajos, mucho menos provocadora y audaz de lo que prometía, pero con algunos pasajes memorables, como la cruenta escena en la que los jacobinos amenazan con restaurar la monarquía y el General Bonaparte no duda en reprimir a las masas de manifestantes a cañonazo limpio en plena ciudad de París, o el rocambolesco golpe de estado perpetrado junto a su hermano Lucien, para alumbrar una sociedad asentada sobre nuevos principios de organización y jerarquía, en superación del Antiguo Régimen.
Que Napoleón no haya bombardeado jamás las pirámides de Egipto pues se sabe que la batalla tuvo lugar a kilómetros de allí, ni mucho menos haya desertado del ejército para pillar a su mujer con otro en la cama o haya escapado de su exilio en la isla de Elba por amor a Josefina que para entonces llevaba ya dos años muerta; que le haya sido imposible asistir a la decapitación de la reina María Antonieta, esposa de Luis XVI, el 16 de octubre de 1793, pues se encontraba planeando in situ la captura de Fort Mulgavre, cuyo control era indispensable para rendir la ciudad de Toulon; o que jamás haya ordenado bombardear un lago helado bajo los pies del ejército enemigo en la Batalla de Austerlitz, recreada por Ridley Scott a la manera de Eisenstein, son algunas de las imprecisiones que los historiadores han observado en la película. Por no hablar de la escena en la que Napoleón abofetea a Josefina durante la firma de su divorcio, algo que sus biógrafos consideran inverosímil o que lo retraten como un hábil jinete cuando, en realidad, no era particularmente bueno montando a caballo.
Un tanto a la defensiva, el director de “Gadiator” (que también fue criticada por sus errores históricos) se defiende diciendo que “una película no puede ser una lección de historia” y ha decidido mandar a paseo a quienes critican su falta de rigor histórico empleando expresiones como: “Búscate una vida” o “¿Estuviste allí para saber cómo fue?”. Pero la soberbia es la base de la ignorancia. Es evidente que no se trata de un documental y que un creador de ficción puede adaptar su relato a las necesidades del espectáculo, pero no es menos cierto que existen límites para no transformar la realidad en un esperpento. Y en este caso no puede decirse que no se hayan traspasado ciertas líneas rojas.





















Título original: Napoleon
Año: 2023
Duración: 158 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Ridley Scott
Guion: David Scarpa
Reparto: Joaquin Phoenix, Vanessa Kirby, Rupert Everett, Edouart Philipponnat, Miles Jupp, Ian McNeice, Ben Miles, Tahar Rahim...
Música: Martin Phipps
Fotografía: Dariusz Wolski
Compañías: Apple Studios, Scott Free Productions, Columbia Pictures, Apple TV+
Género: Drama histórico. Biográfico. Siglo XVIII. Guerras Napoleónicas. Cine épico

