MAESTRO

De todas las escenas que mueven a la reflexión en “Maestro”, me quedo con el plano final en el que su protagonista, cigarro en mano como en prácticamente toda la cinta (hacía décadas que no se fumaba tanto en una película de Hollywood) interpela a su entrevistador: “¿alguna pregunta?”. Malo sería que, tras haber presenciado durante dos horas semejante demostración de genuino talento artístico, no las tuviéramos. Porque, a fin de cuentas, ¿para qué sirve el arte sino es para cuestionarnos la vida?

La película que confirma a Bradley Cooper como director tras su prometedor estreno en el magnífico remake de “A Star is Born” (“Ha nacido una estrella”), protagonizado junto a Lady Gaga, donde se dejaba algunos jirones de su propio desgarro personal vinculados a su adicción al alcohol y a las drogas, es un ejercicio intelectual de estilismo cinematográfico que destila elegancia, sensibilidad cultural e inteligencia emocional al repasar la vida del gran pianista, director, compositor y divulgador musical Leonard Bernstein, hijo de inmigrantes judío-rusos nacido en Massachusetts. El primer director de orquesta de los Estados Unidos que obtuvo fama mundial. Un músico de una versatilidad excepcional que compuso para el teatro, el cine y las salas de concierto, quien fuera espiado por el FBI de J. Edgar Hoover obsesionado con la penetración comunista en Estados Unidos a mediados de los años 40, debido a sus origenes familiares (su familia procedía del óblast de Rivne, Ucrania), a su declarada bisexualidad y vida disoluta y a su conexión con organizaciones de izquierda, pese a pertenecer y ser una celebridad de referencia de la más cool y selecta burguesía neoyorquina.

La película recrea la relación entre Lenny (como le llamaban sus más íntimos) y su esposa, Felicia Montealegre, quien fuera el gran amor de su vida, como reconoce el propio Bernstein en la escena inicial de la cinta cuando, sumido en la introspección del piano hacia el final de sus días, confiesa entre lágrimas que su existencia hubiese sido imposible sin el apoyo, los cuidados y la compañía esa mujer que lo amó de un modo incondicional, casi maternal (algo acorde al espíritu de la época, los años 50 y 60), interpretada con enorme acierto por la actriz Carey Mulligan.

Tal y como lo describe Luciano Monteagudo en Página 12, a partir de ese prólogo, la pantalla ancha se vuelve casi cuadrada, la portentosa fotografía de Matthew Libatique pasa del color al blanco y negro y, “en la mejor tradición del cine clásico, la película se convierte en un enorme flashback que dará cuenta no sólo de los sucesivos e incontables triunfos de “Lenny” sino también de esa historia de amor no exenta de turbulencias, propias de un personaje que parece haber sido un pionero de lo que hoy se entiende por poliamor. “Amo tanto a la gente que me cuesta estar solo”, será su explicación para compartir sus días y sus noches con hombres y mujeres por igual”.

Y es que, “Maestro” es un retrato melancólico de alguien que es el alma de la fiesta, no solo porque ama la compañía, sino porque le da pavor la soledad. De ahí que el propio Bernstein se refiera al acto de componer y al de interpretar música como “dos personalidades” en colisión, pues “el intérprete lleva una vida más bien pública, extrovertida. Mientras el creativo trabaja a solas y se comunica con el mundo de una manera muy reservada. Vive volcado hacia dentro más que hacia fuera. Si vives con esas dos personalidades te vuelves esquizofrénico”, confiesa durante una entrevista televisiva. Lo que nos llevaría al dilema que comparten tanto el propio director como el personaje que le sirve de inspiración: ¿es posible tenerlo todo? ¿Se puede ser un director de orquesta de fama mundial, amante de Mahler y de los autores clásicos, y al mismo tiempo componer musicales de éxito en Broadway? ¿Puedes ser aceptado por la crema y nata de la alta sociedad neoyorquina siendo hijo de un comerciante judío de origen ruso? ¿Puedes estar felizmente casado y formar una familia convencional, mientras mantienes abiertamente relaciones con hombres? O, en el caso de Cooper, ¿puedes ser uno de los actores más deseados de Hollywood y a la vez ser tomado en serio como director, guionista y productor? La respuesta parece ser que sí. Pese a que nunca falten las voces críticas.

En el caso de “Maestro”, se le ha criticado que el guion se centre casi exclusivamente en la bisexualidad del compositor tratada desde una mirada en el fondo conservadora y heterosexual, y que apenas se mencionen de pasada, a modo de pretexto argumental, los grandes hitos de su trayectoria profesional, como sus legendarios musicales “West Side Story” y “On the town” o sus “Conciertos para jóvenes”, en los que un magnético Leonard Bernstein hacía que la música clásica fuera accesible para la gran audiencia televisiva. Cuando es evidente que lo que a Cooper le interesa mostrarnos es otra cosa. No tanto la grandeza del músico, ni su talento como compositor, ni su histrionismo como director de orquesta o su inagotable energía, ni siquiera su narcisismo y su dandismo (algo que, sin embargo, consigue con singular sofisticación gracias a un cuidado trabajo de maquillaje y vestuario y a una puesta en escena deslumbrante desde un punto de vista estético), sino las contradicciones del hombre y sus emociones más íntimas en relación al amor y a la familia.

La historia comienza la mañana del 14 de noviembre de 1944, cuando Bernstein, de apenas 26 años, se despierta junto a su amante (de quien no vemos más que un cuerpo de hombre tendido en la cama de espaldas), cuando recibe una inesperada llamada telefónica en la que le proponen dirigir esa misma noche un concierto de la Orquesta Filarmónica de Nueva York en el Carnegie Hall, en sustitución de su director titular, Bruno Walter, que se encontraba indispuesto. Sin tiempo para ensayar, Lenny lleva la batuta con brillantez y genialidad. Lo que supone su gran salto a la fama. A la mañana siguiente, ya era una estrella a la que le llovían ofertas de trabajo. Una trepidante etapa creativa que comparte con quien era su amor por aquel entonces, el clarinetista David Oppenheim (Matt Bomer), hasta que, en una fiesta en casa de su hermana Shirley (Sarah Silverman), Lenny conoce a Felicia Montealegre (Carey Mulligan), joven actriz chilena-costarricense, de buena familia, que conecta de inmediato con su forma de ver la vida y el arte, con quien inicia un romance que acaba en matrimonio, pese a conocer ella de sus inclinaciones homosexuales.

Desde el primer momento se nos deja claro que la de Lenny y Felicia es una de esas relaciones malditas que nace de la admiración de ella hacia “el don” de él y de la aparente convicción de ambos de que el arte, como la vida de la que se nutre, no debe estar sujeto a convenciones sociales o morales que limiten la libertad creativa. Pero lo cierto es que su relación no estuvo exenta de rupturas y altibajos, debidos principalmente a las dificultades de Bernstein para equilibrar su exigente carrera y sus responsabilidades familiares con su pulsión homosexual, que le hacía sentirse atraído por hombres más jóvenes, como su asistente Tommy Cothran (Gideon Glick) el director musical de una estación de radio clásica de San Francisco de quien se había enamorado en 1971, con quien Lenny acabó mudándose a California al abandonar a Felicia tras 25 años de casados. A pesar de ese distanciamiento, ambos forjaron un vínculo de lealtad, confianza y soporte mutuo, que Cooper sintetiza a nivel visual en la preciosa escena que se repite al inicio y hacia el final de la relación (cuando a ella le detectan el cáncer de pulmón que acabará con su vida, haciendo que Lenny reconsidere sus prioridades y se vuelque en su cuidado hasta su muerte el 16 de junio de 1978), en la que ambos apoyan la espalda de uno en la del otro, intentando establecer entre bromas un vínculo telepático.

Ese lazo indestructible e indispensable que, al parecer, existió entre la pareja tiene su máxima expresión en la escena en la que Bernstein dirige apasionadamente la Segunda Sinfonía de Mahler en la catedral de Ely, en Inglaterra. Un concierto de 1973 del que hay registro en video y en cuya recreación Cooper/el actor agita espasmódicamente los brazos, como si estuviera dirigiendo de manera enérgica a una orquesta que prescinde por completo de sus indicaciones, sin que sus exagerados movimientos (calcados por otro lado a los del no menos histriónico Bernstein), correspondan a lo que estamos escuchando. Tras su apoteósico final, la cámara se vuelve hacia el rostro encandilado de su mujer, que observa conmovida a su Lenny, con idéntica expresión de orgullo y admiración a cómo lo miraba al inicio de su noviazgo, entre bambalinas. Una escena, como tantas otras en la película, en la que el Cooper/cineasta conecta con la matriz narrativa de los grandes melodramas de Hollywood. Lo que hace que algunos hayan querido ver en “Maestro” el pretencioso ejercicio académico de un director novel ansioso por ganar un Oscar y pasar a la historia del séptimo arte.

“Excesivo es lo que transmite desde su elección de título, pasando por la prótesis nasal de Cooper, la extensión biográfica del guion, la martirización de la esposa de Bernstein, y la insinuación de que su infidelidad crónica respondía a una bisexualidad insaciable. Su intento por concebir un nuevo “Ciudadano Kane” (1941) entre aspavientos dramáticos y cinematográficos es respetable, pero Cooper nunca ofrece el equivalente de un “Rosebud” para comprender o terminar de conocer al hombre detrás de la eminencia musical”, escribe Gustavo Herrera Taboada, Máster en Estudios de Cine en la Universidad de Columbia, para quien “a nivel actoral, Cooper interpreta a Bernstein como si fuese el último rol de su carrera, desplegando un carisma desbordado, un acento peculiar y una agitación física que alcanza su punto álgido durante la secuencia del concierto en la catedral”.

Otros se han ensañado aún más al decir que la suya es “una película hipertrófica, desmesurada y grandilocuente que no puede tranquilizar su ansia de excesos visuales: un ballet de marineros, un plano subrayado de una muerte subrayada, una dirección de arte pantagruélica, y más y más, hasta que uno termina la proyección extenuado y con la sensación de que era complicado rodar una película tan estrepitosamente fea”. (Aaron Rodriguez Serrano, Profesor Titular de Narrativa Audiovisual en la Universitat Jaume I).

Sin embargo, algo debe tener el agua cuando la bendicen dos productores de la talla de Martin Scorsese y Steven Spielberg. Tras su estreno en Venecia, Manu Yáñez escribía su crítica para Fotogramas y definía a “Maestro” como un «magistral biopic» destacando que «entre sus suntuosos travellings, sus majestuosos besos a contraluz y sus veloces diálogos, la película de Cooper logra capturar el romanticismo de una era, la de la inmediata posguerra, en la que Estados Unidos navegaba entre el ardiente deseo de celebrar la vida y la imposición de un régimen patriarcal conservador. Y, por si lo anterior no fuera suficiente, en su salto a la década de 1970, la película entabla un diálogo con los cineastas del Nuevo Hollywood para explorar, cámara en mano, el arduo camino hacia la plenitud artística y la libertad sexual del protagonista”.

En mi opinión, si algún defecto puede achacársele es que no sea un producto para todos los públicos, dado que se requiere una mínima sensibilidad cultural y conocimiento de la vida y obra del excepcional músico para poder apreciarla en todos sus matices. Especialmente su magnífica banda sonora, compuesta por una selección de las mejores composiciones de Bernstein.

Más allá de lo cual, encuentro que es un trabajo elegante, original y conmovedor, cuyos diálogos y situaciones responden a un naturalismo casi documental, que pivota sobre las brillantes actuaciones de dos grandísimos intérpretes, Cooper y Mulligan, absolutamente comprometidos con la historia de esta pareja para la que “desafiar” las convenciones sociales, al menos en su esfera más íntima y en un ámbito (el de la cultura) y en unas circunstancias socioeconómicas muy favorables, no estuvo sin embargo exento de humanas contradicciones, ni de dificultades y sufrimiento. Algo que se siente particularmente en la escena en la que Lenny se ve obligado a iniciar una difícil conversación con su hija mayor Jamie (Maya Hawke) acerca de los rumores que circulan sobre su doble vida sentimental, sin atreverse a desvelarle su bisexualidad, de lo que más adelante vuelve a querer hablarle en una conversación telefónica en la que la hija se niega a escuchar su confesión. O en su encuentro casual con su primer amante en Central Park, al que se siente obligado a tratar en público como un amigo más, tras haber contraído matrimonio con Felicia.

En este sentido, el personaje de la mujer de Bernstein es quizá el que sale peor parado. Pues incomprensiblemente pasa de ser una joven y ambiciosa actriz de ideales libertarios, a convertirse en una esposa sobreprotectora y dependiente del afecto de su adúltero marido. Su reacción es compresible, aunque hasta cierto punto cuestionable, no solo por su pasividad y posterior frustración, sino por situarse en el papel de la mujer detrás del genio que, debido a su destino trágico, acabará siendo la mártir propiciatoria para que se critique la aparente perversión bisexual de Bernstein, cuando existía un acuerdo entre ambos por el que ella se comprometía a aceptar las inclinaciones homosexuales de su marido. Pero nadie dijo que la vida y las relaciones fuesen fáciles ni que pudiesen dosificarse o planificarse de antemano.

Volviendo al inicio de esta reseña, de todos los comentarios que ha inspirado la película, me quedo con los de Rafael Sánchez Casademont en Esquire, con quien coincido en que “Maestro no da respuestas, pero nos deja muchas preguntas”. Algunas de las cuales pueden hacerse incómodas para la sensibilidad del momento empeñada en hacernos creer que el amor es inocuo.

Título original: Maestro

Año: 2023

Duración: 120 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Bradley Cooper.

Guion: Bradley Cooper y Josh Singer.

Fotografía: Matthew Libatique.

Música: Leonard Bernstein.

Intérpretes: Bradley Cooper, Carey Mulligan, Matt Bomer, Maya Hawke, Sarah Silverman, Sam Nivola, Alexa Swinton.

Compañías: Sikelia Productions, Amblin Entertainment, Netflix, Fred Berner Films, 22 & Indiana Pictures.

Productor: Martin Scorsese, Steven Spielberg, Bradley Cooper, Todd Phillips.

Distribuidora: Netflix

Género: Drama Biográfico. Musical.

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