LOS QUE SE QUEDAN

“Los que se quedan” (‘The Holdovers’) no es “¡Qué bello es vivir!” ni su director Alexander Payne pretende emular la sensiblería de Frank Capra. De parecerse a alguien, sería más bien a Billy Wilder, por esa calculada mezcla de moralismo y humor cáustico, y esa misantropía antropológica contra la que el director de “A propósito de Schmidt”, “Los descendientes”, “Entre copas”, “Una vida a lo grande” y “Nebraska” vuelve a rebelarse en su último trabajo, en el que la Navidad es solo un pretexto temporal y la tradición familiar asociada a estas fiestas decembrinas un revulsivo, el eficaz desencadenante de una catarsis psicológica y social que tiene que ver con la soledad y el abandono, con la amargura de los perdedores para quienes la vida es “sucia y corta, como la escalera que lleva al gallinero”, pero también con la fe en el género humano y en su potencial de superación.

Más que un nuevo clásico navideño, “Los que se quedan” es un formidable alegato humanista, ambientado en los años 70, con la apocalíptica guerra de Vietnam como telón de fondo, que roza el tópico sin caer de lleno en él, para hablarnos de la amistad y la salud mental, de cómo la raza y la clase social condicionan la vida que llevaremos, de que la educación puede hacernos mejores y la empatía nos permite superar ciertos prejuicios y etiquetas reduccionistas, dejándonos claro que los ricos también lloran aunque sea por causas diferentes a los pobres.

Como observa Randy Meeks en Espinof “en tiempos de un feliz y copioso deambular del «eat the rich» que hemos visto en películas como ‘Saltburn‘ o ‘Glass Onion. Puñales por la Espalda‘, Payne decide señalar que el dinero, per se, no define necesariamente a una persona. Es un punto de vista arriesgado, pulido y complejo, diferente a algunas simplezas que hemos visto últimamente. Y, francamente, se agradece”.

David Hemingson, guionista y productor de comedias televisivas y de la vitriólica y políticamente incorrecta serie de animación “Padre Made in USA”, se basa en la película “Merlusse” (1935) y la novela homónima del escritor y cineasta francés Marcel Pagnol, a la que añade nuevas situaciones y personajes para componer un emotivo argumento sobre tres náufragos con el alma en carne viva, que conforman una improbable e improvisada familia circunstancial al verse obligados a pasar las vacaciones de invierno juntos, en el desierto campus de la Barton Academy, un internado masculino para “niños bien”, de Massachusetts (Nueva Inglaterra) –similar a la Academia Welton, de “El club de los poetas muertos”–  especializado en pulir sus modales y perpetuar sus privilegios de clase.

Estas tres personas son Paul Hunham (Paul Giamatti, actor infalible, relegado gran parte de su carrera a roles secundarios), al que sus alumnos llaman “Ojopipa”, un estrábico y maloliente profesor de Historia de las Civilizaciones Antiguas, estudioso de los cartagineses, demasiado íntegro, recto y exigente para sucumbir al poder y la presión de las élites benefactoras de la prestigiosa institución académica, a quien tanto sus alumnos como sus colegas catedráticos detestan, siendo el desprecio mutuo; el joven y desgarbado Angus Tully (Dominic Sessa, en un papel revelación que debería ser el primer paso de una larga carrera de éxitos), un alumno de tercer año de la escuela preparatoria, tan brillante como problemático, expulsado antes de varios internados, cuyos planes de pasar las vacaciones de Navidad esquiando se ven frustrados en el último minuto por el inesperado viaje de luna de miel de su madre, casada en segundas nupcias con un millonario tras internar a su esquizofrénico primer marido (el padre de Agnus) en un psiquiátrico; y la amable y taciturna cocinera del colegio, Mary Lamb, una mujer afroamericana que vive el duelo por la pérdida de su hijo, muerto en combate tras haberse alistado con la esperanza de hacerse merecedor de una beca que le permitiera ir a la universidad, a quien da vida la actriz Da’Vine Joy Randolph, en una actuación memorable por los registros que ofrece en un ejercicio de contención que deviene en momentos de gran intensidad dramática.

Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Toronto 2023 y nominada a tres Globos de Oro (incluyendo Mejor Película) que la convierten en un valor seguro en la carrera por los Oscar de este año, el octavo largometraje de Alexander Payne es tan simple en su estructura como conmovedor en sus resonancias. Se acerca la Navidad y los estudiantes de Barton se disponen a volver a casa para pasar las fiestas con los suyos. Pero un puñado de ellos, por distintas razones, no tiene donde ir y debe permanece en el campus las dos semanas de periodo vacacional bajo la tutela del profesor Hunham, a quien el director encomienda su tutela como “castigo” por haber suspendido al hijo de uno de sus mecenas.

Hunham es un solitario cascarrabias que fuma en pipa y se complace en torturar a sus alumnos con suspensos masivos, exámenes sorpresa y ácidas alusiones a su escasa inteligencia y nula capacidad de esfuerzo y sacrificio, pues en el fondo siente un profundo desprecio de clase hacia la mayoría de ellos, a quienes considera indignos de la educación que reciben en la que también fue su Alma Mater, a la que tuvo que volver como docente, tras una traumática incursión por un mundo que desde entonces considera hostil, en el que “los chicos pobres son carne de cañón, la integridad es un chiste y la palabra confianza solo un slogan para bancos”.

En el relato integrista y algo sectario que ha construido para disimular sus propias frustraciones e inseguridades, el profesor se tiene por un asceta que huye de ese mundo corrompido que se desmorona sin remedio y se refugia en su soledad, bebiendo más de la cuenta en su habitación, un espacio seguro entre su pomada para las hemorroides y las “Meditaciones” de Marco Aurelio, al que recurre una y otra vez recordándonos algunas de sus máximas, como cuando dijo que “el universo es cambio y la vida no es más que una opinión”. Pero, cuando se ve forzado a convivir en un espacio más doméstico y más íntimo, con otros seres humanos sumidos en la misma tristeza agónica, estas salen sin remedio a la luz y nos enteramos de cosas, como que la hiperhidrosis que mantiene sus manos húmedas de sudor o el síndrome de olor a pescado (trimetilaminuria) que lo aqueja ha supuesto siempre un freno a su inexistente vida amorosa.

Su relación con Agnus (el único de los cuatro chicos que finalmente se queda a pasar las Navidades en Barton) y con Mary (destinada a ejercer de mediadora y de brújula moral entre ambos) servirá para que aflore su verdadera naturaleza, más allá de sus buenos modales y su exquisito respeto por las normas, y lo que se inicia como un desafío del alumno a la autoridad del profesor, cristalizará en una relación de amistad y de confianza genuinas, en la que ambos tendrán que aprender a tolerarse, consolarse e incluso protegerse mutuamente, siguiendo la máxima de Cicerón de que “no nacemos solo para nosotros mismos”, consiguiendo demostrar que enseñar es saber entender y ponerse en el lugar del otro para transmitirle, no solo conocimiento, sino sabiduría y experiencia útil. Y es también un acto de amor que, a veces, se sustancia simplemente en acompañarlo en su desamparo.

Filmada en celuoide, con los recursos visuales de las cintas de la época: imágenes granuladas, fundidos transicionales y lentos travellings de exploración por las estancias del colegio y las calles de la ciudad (al parecer Payne hizo ver a su equipo películas de Hal Hashby, Peter Bogdanovich, Mike Nichols y Allan Pakula) la película busca recrear la estética setentera de aquellos dramas hiperrealistas del cine americano, donde los rostros de Gene Hackman y Dustin Hoffman poblaban la pantalla, con una banda sonora que desde los créditos iniciales nos introduce en una atmósfera melancólica a la que contribuye el paisaje nevado, en la destacan temas como “Silver Joy” de Damien Jurado y “The Wind” de Cat Stevens. También hay, por supuesto, canciones de Navidad: “Jingle Bells” de Herb Alpert, “White Christmas” de The Swingles, “Silent Night” de The Temptations o “The Most Wonderful Time of the Year” de Andy Williams.

“Cada generación cree que inventó la depravación, el sufrimiento o la rebeldía, pero no se puede comprender el presente sin conocer el pasado. Ni el ayer tiene por qué decretar el hoy o el mañana”, le dice el profesor de Historia al alumno cuando este le recomienda modernizar sus clases haciendo hincapié en temas como el sexo. Partiendo de esa premisa, Payne y Hemingson construyen una comedia de notable factura humorística, hecha con una inteligencia y una sensibilidad enormes, a ratos amarga y en última instancia optimista, en la que sus personajes establecen vínculos intergeneracionales salvíficos, a medida que confían los unos en los otros.

Habría sido más sencillo convertir «Los que se quedan» en un cínico alegato contra la Navidad y a su excéntrico protagonista en un malhumorado Grinch que aprende a dejarse llevar por el noble espíritu de estas fiestas. Un clásico del género. Pero Payne disecciona a sus criaturas hasta captar su esencia más allá de las apariencias. Y de pronto el estudiante rebelde y caradura, cuya mente parece ir más rápida que su sentido de la cortesía o de la prudencia, no lo es tanto; el profesor cínico tiene un aura de amabilidad y humanidad que no permite que nadie vea y la cocinera triste solo quiere volver a ejercer su instinto maternal.

No es vano el director greco-estadounidense es, junto a Ira Sachs, uno de los realizadores norteamericanos que mejor entiende el universo íntimo (sus limitaciones y traumas, pero también el potencial) de sus personajes. Desde su debut enA propósito de Schmidt y tal como ocurría en “Entre copas” –su hasta ahora mejor película– en “Los que se quedan” se empeña en demostrarnos que la vida puede estar hecha de pequeños momentos y que lo más cercano a la felicidad puede ser compartir una botella de whisky o de brandy cada noche ante el televisor, viendo un anodino concurso de parejas. Su película nos anima a escuchar al otro sin prejuzgarle y apuesta por la empatía que nos hermana y nos protege del desconsuelo y la agonía vital que en una nueva encrucijada histórica vuelve a hacer estragos, haciéndonos sentir que todavía hay esperanza.

Título original: The Holdovers

Año: 2023

Duración: 133 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Alexander Payne

Guion: David Hemingson

Reparto: Paul Giamatti, Dominic Sessa, Da'Vine Joy Randolph, Carrie Preston, Gilian Vigman, Tate Donovan...

Música: Mark Orton

Fotografía: Eigil Bryld

Compañías: CAA Media Finance.

Distribuidora: Focus Features

Género: Comedia dramática. Años 70. Navidad. Colegios & Universidad. Enseñanza

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