LA ZONA DE INTERÉS

Resulta imposible no sentir cierta incomodidad al ver “La zona de interés”, aunque la película que logró el Gran Premio del Jurado en Cannes y representa al Reino Unido en los Oscar en la categoría de Mejor Película Internacional, se sitúe a una prudente distancia de los horrores que le sirven de pretexto y telón de fondo.

Y es que el último largometraje del peculiar (y poco prolífico) director británico Jonathan Glazer está concebido justamente para incomodar. Más que una película, es un aldabonazo a nuestra conciencia. Una nueva y original mirada cinematográfica a una de las barbaridades más execrables de la historia que estremece sin insistir en mostrarnos el sufrimiento de sus víctimas, porque lo que a Glazer le interesa contarnos diez años después de ‘Under the skin‘ (su anterior trabajo, con Scarlett Johansson como seductora “mantis religiosa” alienígena) no es la tragedia de sobra conocida del Holocausto judío, sino la dimensión humana y familiar de quienes lo llevaron a cabo.

“Nunca tuve la intención de recrear ninguna atrocidad visualmente”, decía el director durante su promoción. “Quería hablar de la capacidad humana para la violencia, la que tenemos como especie, y de la familiaridad de los perpetradores. Se trataba de ver a estas personas no como anomalías, sino como a nuestros vecinos, personas normales que acabaron convirtiéndose en asesinos en masa y estaban tan disociados de sus crímenes que no los veían como tales”.

En línea con el pensamiento de Hannah Arendt y Theodor Adorno, quienes teorizaron mucho antes sobre la “banalidad del mal”, el cineasta británico nos abre la puerta para que nos asomemos a una realidad abyecta y sobrecogedora. La de cómo se puede llevar una vida aparentemente normal cerrando los ojos y los oídos al espanto que te rodea y del que formas parte de manera proactiva. La pregunta que se hace es la misma que se hizo su compatriota, Martin Amis, en la novela homónima que le ha servido de inspiración: ¿cómo sería la vida cotidiana del comandante Rudolf Höss (Christian Friedel, el protagonista de «La cinta blanca«, impecable en su hierática interpretación del jerarca nazi que trabajó directamente a las órdenes de Himmler y declaró en los juicios de Nuremberg), su esposa Hedwig (una algo histriónica Sandra Hüller en el año de su consagración, nominada al Oscar a Mejor Actriz por “Anatomía de una caída”), sus cinco rubísimos hijos y sus amigos y familiares, durante los años (1940-1945) en los que el Obersturmbannführer de las SS dirigió el campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau, en Cracovia (Polonia), delante de cuyo crematorio murió ahorcado sin llegar a entender por qué, pensando que tan solo había hecho bien su trabajo?

‘La zona de interés’ es la constatación de cómo se puede llegar a normalizar el envilecimiento extremo, cuando la violencia y la crueldad se convierten en un quehacer rutinario y cotidiano.

Lo que hace de ella algo terrorífico no es que tengamos presente en todo momento lo que no vemos pero sabemos que ocurrió, sino la evidencia de lo que su director quiere poner ante nuestros ojos con la más gélida crudeza, la participación consciente y la falta de empatía e indiferencia con la que quienes sirvieron de engranaje a esa maquinaria de la muerte a escala industrial que fue la Solución Final al problema judío, hicieron de ello una forma de lograr sus objetivos aspiracionales, sin el menor atisbo de remordimiento.

“Se trata de nuestra capacidad de ser violentos y de la complicidad hacia ella. De cómo hacemos una disociación del mundo para proteger nuestro propio estado mental, nuestra seguridad, nuestro lujo y nuestras elecciones”, explicaba Glazer. Una especie de inconsciencia autoimpuesta.

Resulta inquietante pensar que cualquiera de nosotros, movido por su propia mezquindad o por la ideología que sea, pudiera acabar cometiendo crímenes atroces sin inmutarse, mientras fantasea con ganarse un ascenso, planea sus próximas vacaciones en un balneario en Venecia con su mujer o lee cuentos a sus hijos antes de dormir. Hasta que vemos a Rudolf Höss hacerlo.

La película da inicio con dos inquietantes minutos en los que la pantalla permanece a oscuras, mientras la música electrónica de Mica Levi suena de fondo creando un ambiente sonoro fabril, que da paso a un trinar de pájaros tan pronto como vemos la primera escena.

Conocemos a la familia Höss en una bucólica, apacible y soleada tarde de verano, mientras disfrutan de una merienda campestre a orillas de un precioso lago. Al anochecer, padres e hijos regresan a casa en tres coches negros, tras un perfecto día de picnic. Una casa de diseño arquitectónico funcional-racionalista que bien podría llevar la firma de la Bauhaus, rodeada por un coqueto jardín, con parterres de lilas y azaleas sobre las que revolotean las mariquitas, un fértil huerto con patatas y colinabos, y un invernadero a medio construir.

Pasará un tiempo hasta que nos percatemos de que el muro con el que colinda la propiedad es, en realidad, una valla de seguridad ribeteada de alambre de espino o para que caigamos en la cuenta de que ese molesto ruido que permanece inalterable, como un zumbido de fondo, procede de los hornos crematorios cuyas chimeneas ensucian el cielo de humo y de ceniza. Y es que, los Höss disfrutan de una acomodada existencia burguesa en una casa aledaña al lugar donde se calcula que más de un millón de judíos perdieron la vida.

“Home, sweet home”. La pareja ha logrado construir, de espaldas al horror, su casita de campo ideal, con piscina y tobogán para los niños, que corretean por la parcela vestidos de pequeños tiroleses con esvásticas bordadas en el antebrazo y juegan a las canicas con piezas dentales de oro, mientras su madre supervisa el trabajo de la hacendosa servidumbre, un ejército de criados salvados de morir gaseados que se esmeran en llevar a cabo con diligencia sus funciones, conscientes de que el más mínimo fallo puede costarles la vida.

Cuando el disciplinado Comandante (un burócrata sin alma que se jactaba de poder eliminar a 25.000 personas en un solo día) entra en casa para recibir, como si fuera un hombre de negocios, la visita de unos ingenieros que le ofrecen la última tecnología en exterminio: un horno crematorio que alcanza los mil grados en pocos minutos, con una enorme capacidad de carga (humana) y que se enfría muy rápido para reanudar su funcionamiento, un sirviente se apresura a limpiarle las botas de cuyas suelas emana un hilo de sangre y barro.

Lo que sucede en Auschwitz sólo está sugerido por ese tipo de elementos visuales (como el incesante trasiego de trenes de prisioneros) o sonoros (los gritos de terror, las órdenes de los guardias, ladridos de perros, fugaces disparos…) Pero los Höss no parecen verlo ni oírlo. No es que ignoren el infierno que les rodea. De vez en cuando, Hedwig recibe abrigos de pieles y labiales de rojos vibrantes extraídos de las pertenencias de los judíos que eran enviados a las cámaras de gas, que se prueba ante el espejo con la misma ilusión con la que haría un unboxing una influencer de nuestros días.

El personaje que compone Sandra Hüller despierta casi tanto o más rechazo de el de su marido. Es una mujer arribista y vulgar incluso en su forma de estar y de andar, que presume de su ascenso social. “Mi marido siempre está trabajando”, les dice a las mujeres de otros funcionarios de las SS, calificándolo de “perfeccionista”. Las mismas con las que bromea sobre el ingenio de los judíos porque una de ellas encontró un diamante dentro de un tubo de pasta dentífrica. Y, en un gesto de magnanimidad, reparte camisones y ropa interior entre las criadas, con las que, a menudo, se muestra irascible y despótica, especialmente cuando Höss recibe la orden de su traslado a Berlín, en virtud de un ascenso por el que se le nombra supervisor de todos los campos de concentración del Reich.

La pareja, que no parece tener ningún tipo de relación afectiva o sexual (no se besan ni se abrazan y duermen en camas separadas), sufre una pequeña crisis cuando Hedwig se niega a abandonar el que considera su reino y la vida familiar que hasta entonces transcurre en una idílica armonía disfuncional se va enrareciendo de forma progresiva. Una de las niñas empieza a sufrir sonambulismo y la madre de Hedwig, que ha venido a pasar unos días con su hija y su yerno, ve por la ventana las columnas de fuego de los hornos crematorios a pleno rendimiento que tiñen de rojo el cielo al anochecer y desaparece a la mañana siguiente sin dejar rastro.

A diferencia de su mujer que delega en las criadas el cuidado de sus hijos, Rudolf es un padre paciente y cariñoso que les lee el cuento de “Hänsel y Gretel” (recreándose en el pasaje en el que queman a la bruja metiéndola de cabeza en el horno), jamás levanta la voz y apaga las luces de la casa antes de irse dormir. También es un gran amante de los animales, en especial de los perros y de los caballos, al que le gusta ir a pescar y bañarse en los hermosos lagos y arroyos de la campiña polaca, hasta que un día descubre lo que parecen ser fragmentos de huesos y partículas oscuras en el río que baja del campo y ordena a sus hijos que salgan del agua para volver corriendo a casa a lavarse a conciencia. Igual que hace con su miembro viril tras haber mantenido relaciones sexuales con una prisionera judía.  

Durante su estancia en Berlín, habla por teléfono con su mujer y le cuenta que ha estado en una fiesta para oficiales en Budapest, sin poder satisfacer la curiosidad de esta por saber quién estaba en ella. “No pensaba en quién estaba y quién no estaba, solo podía pensar en cómo gasearlos a todos… los techos eran muy altos”, le dice como quien no tiene reparos en confesar cierta deformación profesional.

De ahí el carácter ‘revulsivo’ y también repulsivo de esta sorprendente película y magistral película. Un estudio sobre la banalización del mal o sobre la tolerancia que desarrollamos a él, que huye de lo explícito bajo la premisa de que «sugerir es mejor que mostrar», en la confianza de que el público cuenta con el contexto histórico que se precisa para rellenar los huecos que se le niegan desde la sala de montaje.

Glazer solo necesita nuestro conocimiento del Holocausto para hacerse entender, y vaya si lo hace. Su modo de hablar de lo que no se ve, convierte su película en una de las propuestas cinematográficas más interesantes, originales y lúcidas de todas cuantas se han hecho hasta ahora sobre cómo es que aquello pudo suceder.

Título original: The Zone of Interest. 

Duración: 106 minutos.

País: Reino Unido-Estados Unidos-Polonia.

Dirección: Jonathan Glazer.

Guion: Jonathan Glazer (Novela: Martin Amis).

Música: Mica Levi.

Fotografía: Lukasz Zal.

Reparto: Christian Friedel, Sandra Hüller, Medusa Knopf, Daniel Holzberg, Sascha Maaz, Max Beck, Wolfgang Lampl, Ralph Herforth y Freya Kreutzkam.

Productoras: A24, Film4 Productions, JW Films, Extreme Emotions, House Productions.

Drama Histórico. II Guerra Mundial. Nazismo. Fuera de Foco.

1 Comentario

  1. Excelente crítica, Amaia. Tu punto de vista siempre invita a ver las películas para introducirnos en la realidad-ficcion-realidad. MIla-mila esker!

    Carmen Peñafiel Saiz

    Irakaslea

    Catedrática / Full Professor

    Vicepresidenta de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación (AE-IC) https://ae-ic.org/

    Junta Directiva del Colegio Vasco de Periodistas y de la Asociación Vasca de Periodistas https://kazetariak.eus/

    ‘Gureikerhttp://gureiker.info/ ‘ Ikerketa Talde Kontsolidatua /Grupo Consolidado Eusko Jaurlaritza-Gobierno Vasco

    carmen.penafiel@ehu.euscarmen.penafiel@ehu.eus

    Departamento de Periodismo

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