Aunque la temática sea la misma (la muerte, la enfermedad y el derecho a decidir cuándo poner fin a la propia vida) hay una distancia sideral entre la película “Le dernier souffle (El último suspiro)” de Costa-Gavras y “La habitación de al lado” de Pedro Almodóvar. Y es que, tratándose en ambos casos de cine político (las películas de Almodóvar hace tiempo que no son otra cosa), el director greco-francés aborda la cuestión de la eutanasia y los cuidados paliativos, desde una visión bastante más profunda y menos panfletaria que el manchego, haciéndose las preguntas que corresponden desde el punto de vista social, humano y existencial, como hacía la magnífica “Mar adentro” de Alejandro Amenábar. Porque sí, el cine español ya ha tratado sobre el acompañamiento y el derecho a una muerte digna, centrando la cuestión en lo que toca y no utilizando el tema como pretexto para recitar, sin venir a cuento, el nuevo catecismo de la cultura globalista.
Si no me creen, solo tienen que asomarse al insufrible diálogo que se inventa el más internacional y sobrevalorado de los cineastas españoles entre los personajes que interpretan los oscarizados John Turturro y Julianne Moore, dos ex amantes y sin embargo amigos que se encuentran para comer en un restaurante y comienzan a hablar, como quien no quiere la cosa, del fracaso del neoliberalismo, los peligros del cambio climático y el avance de la ultraderecha a nivel mundial, así como de la enorme irresponsabilidad que supone traer hijos a este mundo que agoniza.
A estas alturas no es que me sorprenda semejante salmo responsorial, pues Almodóvar no pierde ocasión de predicar en el desierto e intentar adoctrinarnos en su falso nihilismo pseudo progre, poniendo consignas ideológicas en boca de sus personajes, de manera forzada y antinatural. Lo que hace es aburrirme. Mucho. Tanto como para haber esperado a que su película se estrenara en Movistar +, reacia a malgastar mi dinero para asistir a tan majadero mitin cinematográfico, en una sala de proyección.
El hecho de que la película esté rodada en Nueva York (en pleno corazón del imperio capitalista) y en inglés (el sueño de cualquier creador de la izquierda caviar española) ya es de suyo una contradicción de principios. Pero es que todo en Almodóvar es desde hace tiempo contradictorio e impostado. Convertido en sumo sacerdote del wokismo más cool y cultureta, sus personajes viven en un mundo imaginario pequeño burgués y pseudo intelectual y se dedican a oficios igual de pequeño burgueses y pseudo intelectuales: son escritores, artistas, gente versada en cine de autor, literatura clásica y arte de vanguardia, con un status socioeconómico y profesional que les permite comprar un apartamento con vistas al skyline de Manhattan en la 5ª Avenida, alquilar un casoplón con piscina equipado con domótica en las afueras de la gran manzana y pagar un buen seguro médico que cubre el tratamiento oncológico en una clínica privada. No son periodistas que trabajen para un modesto diario, sino (¡qué menos!) corresponsables de guerra del New York Times. Una fantasía.
Tanta que esta vez no ha convencido a quienes deciden las nominaciones a los Oscars, descartándola para formar parte de la terna de películas extranjeras que compiten este año por la preciada estatuilla. Y eso que la progresía Hollywoodense adora a Almodóvar. Aunque es seguro que, tras ganar el León de Oro a la mejor película en el Festival Internacional de Cine de Venecia y estar nominada en nueve categorías, incluyendo las de Mejor Dirección y Mejor Actriz, le lluevan los Premios Goya en la edición de este año.
Basada en la novela homónima de la escritora estadounidense Sigrid Nuñez (de madre alemana y padre chino-panameño) la historia que cuenta podría ser muy potente de no estar tan desaprovechada. Se trata de dos viejas amigas, Ingrid (Julianne Moore) y Martha (Tilda Swinton) que, a pesar de haber estado muy unidas en el pasado y haber compartido incluso (aunque no simultaneado en el tiempo) el mismo amante (Damian, John Turturro), se reencuentran después de años de haberse perdido la pista. Ingrid es autora de éxito y acaba de publicar un libro de autoficción donde, por estas casualidades de la vida, se duele de la inexorabilidad de la muerte. Martha ha sido reportera de guerra, pero le han diagnosticado un cáncer de útero y está internada participando en un ensayo clínico experimental, por lo que, al enterarse por casualidad a través de una amiga común, Ingrid no duda en ir a verla.
Desafortunadamente, el ensayo no da resultado y el cáncer hace metástasis. Lo que reduce dramáticamente las probabilidades de que Martha sobreviva a él, situándola en un estadio terminal, aunque los médicos insisten en que vuelva a internarse para someterse a un tratamiento de inmunoterapia. Pero Martha decide que ha llegado el momento de poner fin al dolor acabando con su vida, antes de que sea la enfermedad quien lo haga.
Lo tiene todo pensado. Ha comprado una pastilla letal en la deep web para llevar a cabo su propósito y anímicamente ha asumido que lo mejor será abandonar este mundo, sin encomendarse a Dios ni al resto de la humanidad. Ni siquiera a la hija que tuvo siendo muy joven, con la que guarda un gran parecido físico (ambos personajes están interpretados por la andrógina Tilda Swinton) aunque no tiene apenas relación ni tiene intención de recuperarla, pese a que reconoce que el único miedo que siente es a estar sola cuando se decida a dar el paso de dejar este mundo. Y ahí es donde entra Ingrid, a quien el pide que la acompañe en su último viaje, como dos amigas que se van de vacaciones y que, llegado el momento, le regale la tranquilidad de saber que alguien estará en la habitación de al lado, cuando de el paso de quitarse la vida.
El comprensible dilema moral que se abre para Ingrid ante semejante propuesta es esbozado y resuelto con una precipitación y una falta de profundidad decepcionantes. Ingrid no lo duda. Simplemente accede a la petición de Marta, se supone que como un magnánimo gesto de amistad y generosidad. Aunque está preocupada por las consecuencias que ello puede acarrearle con la justicia al ser la eutanasia algo ilegal. Al principio de mudarse juntas a una casa de diseño vanguardista en las afueras de la ciudad (que en realidad está en El Escorial), parece albergar una vaga esperanza de poder hacer que Marta entre en razón y abandone la idea de dejarse ir. Pero, al ver que está resuelta a hacerlo, se dedica a brindarle compañía y afecto en sus últimos días que transcurren plácidamente entre paseos por el bosque, películas de cine mudo, gestos de cariño entre ambas y recuerdos de juventud, en un escenario en el que predominan los colores primarios del universo almodovariano y en el que todo luce tan artificioso, tan prefabricado y tan gélido como las conversaciones entre ambas y la nieve que “cae sobre los vivos y los muertos”, como en “Los Dublineses” de John Huston, gran testamento cinematográfico basado en el soberbio relato de Joyce, que el director de «La reina de África» rodó en silla de ruedas y con máscara de oxígeno, y que a diferencia de la última película de Almodóvar no deja helado, sino profundamente conmovido al espectador.
Como recordaba Eva Peydró: “Las historias de amistad entre dos mujeres, que el tiempo separa y pone a prueba, han dado al cine magníficas películas como Julia (1977), donde Jane Fonda y Vanessa Redgrave atravesaban la pantalla con su afecto y desesperación, o Ricas y famosas (1981), donde Jacqueline Bisset y Candice Bergen transmitían verdad, pero Almodóvar no es Fred Zinneman ni George Cukor, incluso en su hora crepuscular”. Y no será por falta de talento de esas dos grandes actrices que consiguen brillar con luz propia, pese a lo encorsetado de la situación. Sino porque, una vez más, a Almodóvar parece importarle más la estética que la lógica y la profundidad de la narración.
“El melodrama debe basarse en el pathos y no en el papel charol ni los vestidos caros; la amenaza de la pérdida, la muerte del otro que es también de algún modo la nuestra porque se convierte en virtual por su cercanía, el sacrificio de una ética personal por respeto a quien amamos, son temas mayores que no necesitan una brutal seriedad para hacernos sentir la congoja o la duda. Pero aquí no hay nada de eso. El cine de Almodóvar hace ya tiempo que perdió la espontaneidad para pasar a ser un cliché”, escribe Peydró. Todo en él resulta falso. Demasiado teatralizado. Un celofán de color arcoíris que casi siempre envuelve la nada. Repetición de la fórmula que lo convirtió en un mito universal. Un producto precocinado de consumo rápido. Puro fast food.
Cuando un autor consagrado pretende ponerse serio para hablar de las grandes cuestiones de la vida aparcando su irrefrenable y manifiesta frivolidad, debe demostrar que esa pretendida solemnidad es fruto de la introspección, del miedo o de la resignación. Pero nada de esto sucede en “La habitación de al lado”, donde pareciera que la pareja protagonista simplemente se dedica a hacer tiempo, hasta acabar de una vez por todas con la crónica de esa muerte anunciada y salir de esa casa en medio del bosque (un Woodstock de pega), en donde ni el talento de dos soberbias actrices consigue despertar en el espectador una mínima y auténtica emoción, ni siquiera de conmiseración.






























Título original: La habitación de al lado
Año: 2024
Duración: 106 min.
País: España
Dirección: Pedro Almodóvar
Guion: Pedro Almodóvar. Novela: Sigrid Nunez
Reparto: Tilda Swinton, Julianne Moore, John Turturro, Alessandro Nivola, Juan Diego Botto.
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: Eduard Grau
Compañías: El Deseo, Movistar Plus+. Warner Bros. España, Sony Pictures
Género: Drama. Amistad. Cáncer. Eutanasia.

