No se sabe cuánto se echa de menos el buen cine hasta que se vuelve a disfrutar de él. Y “The Brutalist” lo es. Cine de primera calidad. Una inusual, fascinante y majestuosa epopeya cinematográfica, de dimensiones colosales, escrita y dirigida por Brady Corbet, un actor y cineasta de 36 años y natural de Scottsdale (Arizona) que, desde que estrenó su primera película (“La infancia de un líder”) en la que imaginaba la infancia de un futuro líder fascista y por la que se llevó el premio a la mejor ópera prima en el Festival de Venecia en 2015, apunta maneras y ambición de convertirse en un autor consagrado.
Filmada en VistaVision (el formato de 35 mm patentado por la Paramount) y escrita junto a la actriz, guionista y directora noruega Mona Fastvold, su pareja y también coguionista de sus dos anteriores películas, el que es su tercer trabajo da testimonio del malogrado sueño americano de un no menos malogrado arquitecto judío de origen húngaro, Lászlo Tóth, superviviente del holocausto quien, al finalizar la II Guerra Mundial, consigue llegar a Nueva York, puerta de entrada a los Estados Unidos de América. Lo sabemos porque la primera imagen que vemos cuando László emerge de la abarrotada bodega del barco de refugiados que lo lleva hasta allí es la de la Estatua de la Libertad. Solo que está boca abajo, lo que presagia un cambio radical de perspectiva respecto de la iconografía nacional establecida.
Corbet se toma su tiempo (tres horas y media, con intermedio incluido) para narrar la historia que quiere contarnos de forma operística, estructurándola en una,obertura, dos actos y un epílogo o -si se prefiere- a la manera de “La Gran Novela Americana” que en este caso transcurre entre los años 1947 y 1980. Una narrativa propia de otra época, de la que se derivan varias líneas de reflexión.
Una de sus más valiosas aportaciones, según el crítico de la revista Fotogramas, es “que entendamos que el sueño americano, con sus promesas de ascensión social y su elogio al individualismo superlativo, se alimentó de los fascismos europeos para hipervitaminar su homilía en favor del éxito sin límites”. Yo, en cambio, encuentro que hay otros mensajes en la película a poner en valor. Como el de que el arte es un vehículo para la libertad que el poder (económico o político) a menudo intenta poner a su servicio y acaba queriendo controlar, subyugar y hasta sodomizar, inicialmente atraído por su belleza y acomplejado por el talento creativo que no posee y que nunca llegará a poseer. Porque la creación es ante todo la rebelión de la imaginación que no se deja doblegar ni encorsetar y que, en ocasiones, nos ayuda a seguir vivos.
Esa tensión entre el espíritu indómito del creador y su caprichoso mecenas (inmenso Guy Pearce en la piel del fanfarrón Harrison Lee Van Buren, un tonto lo suficientemente rico para convencerse de lo contrario que le hace a Tóth el encargo de su vida: construir un centro cultural comunitario en los suburbios de Pensilvania. Una obra faraónica que se convierte en una especie de maldición) es el núcleo de “The Brutalist” que toma su metafórico título del movimiento artístico liderado por Le Corbussier, caracterizado por el uso del hormigón, materiales industriales inacabados y elementos estructurales fuertes y rígidos, para hablarnos, en realidad, de la brutalidad que anida en el ser humano y su afán de trascendencia.
Formidablemente protagonizada por un sobresaliente Adrien Brody y su no menos prominente y aguileña nariz (“El pianista”), según Carlos Boyero: “el actor que mejor sabe sufrir en el cine”, felizmente secundado en esta ocasión por la actriz Felicity Jones (“La teoría del todo”), la película parece un biopic, pero en realidad no lo es. La historia de su protagonista podría ser la de muchos arquitectos o artistas judíos huidos de Europa, como Walter Gropius, Marcel Breuer o Moholy-Nagy, cuyo talento era considerado degenerado e inmoral por el III Reich y, en muchos casos, acabó siendo reducido a cenizas o a pastillas de jabón, por duro que pueda sonar.
Formado en la innovadora escuela de la Bauhaus, Lászlo Tóth (Brody) era un prometedor arquitecto, creador de algunos edificios emblemáticos de Budapest, cuando los nazis lo enviaron al campo de concentración de Buchenwald, separándolo de su esposa Erzsébet (Jones) y su sobrina Zsófia (Raffey Cassidy), quienes fueron enviadas a Dachau.
Devastado por el sufrimiento físico y psicológico en esos años de cautiverio, y transformado en una versión distorsionada de sí mismo, Tóth se convierte en un genio atormentado y un ser humano resentido que, sin embargo, no es capaz de defenderse ni de alzar la voz frente ante quienes sistemáticamente le agreden y humillan. Al menos en la primera parte de la película, Lászlo no pelea, pide las cosas por favor, da constantemente las gracias y se resigna cuando es falsamente acusado de propasarse con ella por Audrey (Emma Laird), la mujer de su primo Attila (Alessandro Nivola), que es quien lo acoge a su llegada a América y acaba echándolo de su casa y de su vida, por lo que se ve obligado a recurrir a la beneficencia.
La película explora desde primera hora la cuestión del antisemitismo y la asimilación de la identidad judía en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial. Desde que llega a las costas americanas, Tóth se da cuenta de los cambios a los que obliga la inmigración. Su primo se ha casado con una mujer gentil y se ha convertido al catolicismo. La tienda que regenta se llama “Miller & Sons”, aunque su apellido es (o era) Molnár y ha decidido no tener descendencia. «Siempre estás vendiendo algo», le dice Lászlo, mientras Attila se burla de su acento húngaro al hablar inglés.
Mención aparte merece la ambientación de esas primeras secuencias, el escaparate de la tienda de muebles, las monumentales obras del desarrollismo americano, la mina de carbón en la que se acaba empleando de peón quien en otra vida había sido un brillante y reputado arquitecto y la funcional y moderna biblioteca que diseña por encargo.
Brady Corbet quería que la película se viera y se sintiera como si se hubiera realizado en el Hollywood de los años 50 y a fe que lo consigue. Es imposible verla sin evocar “Gigante” de George Stevens, “America, America” de Elia Kazan, “El manantial” de King Vidor, “El Padrino” de Francis Ford Coppola o “Érase una vez América” de Sergio Leone… incluso se da cierto aire a la tragedia orwelliana por excelencia, “Ciudadano Kane”, en la manera de componer ciertos encuadres, la perspectiva de los espacios monumentales, el clima de suspense y la utilización de la luz. Por no hablar de la suntuosa banda sonora de Daniel Blumberg y de la inteligente mezcla de sonidos atmosféricos y música ensordecedora que contribuye a subrayar la emoción de cada secuencia: el caos de la llegada a Ellis Island, la distorsión del jazz cuando las drogas hacen su efecto…
En un intento por evadirse y aliviar el dolor ante un destino tan adverso, Lászlo se sumerge en una espiral autodestructiva marcada por su adicción a los narcóticos y el alcohol. Lo que hace que la película cobre un decadente realismo sin hacer concesiones a la sensiblería o el maniqueísmo.
Desde su llegada a Nueva York, con esa primera visita a un burdel para apaciguar -sin éxito- sus urgencias fisiológicas, Corbet nos deja claro que esta historia no va de épica, sino de seres humanos en ruinas, capaces de reconocer su propia fealdad o de flaquear sin perder la vergüenza ni el pundonor, como demuestra el sigilo con el que Lászlo lleva su adicción a la heroína o la escena donde le asegura a su negro compañero de fatigas Gordon (Isaach De Bankolé) que no está dispuesto a que los suyos le vean mendigando.
Lászlo es un soñador indoblegable y tenaz, con la visión de construir estructuras sólidas, que puedan soportar los estragos causados por el hombre y la naturaleza. Como alguien que no tuvo más opción que huir de su país, después de la Shoah, entiende que la verdadera libertad y el sentido de pertenencia a una cultura, una religión o una comunidad no puede limitarse a fronteras nacionales arbitrarias. El hogar no está garantizado a través de la migración ni tampoco del impulso sionista de su familia por la repatriación a Israel.
Hay aquí un aspecto que no podemos pasar por alto y que tiene que ver con la intensa (y yo diría que hasta desafiante) reivindicación que la película hace de una cultura y una religión que no pasa por su mejor momento de popularidad en los Estados Unidos ni en el resto del mundo. Por lo que no sería descabellado suponer que los poderosos lobbies del sionismo estadounidense pudieran estar detrás de este proyecto cinematográfico, en el que su autopercepción del pueblo judío como un pueblo masacrado, humillado y despreciado por todos, que tiene derecho a defenderse de las agresiones foráneas, sobrevuela muchas de las reflexiones de sus protagonistas. Como en la escena del coche, en la que Lászlo estalla contra el antisemitismo y le dice a su mujer que América no es la tierra de oportunidades que ellos pensaban, sino un lugar donde anidan el egoísmo y la inmoralidad, en donde se humilla y se desprecia a los judíos, casi tanto como en la Alemania nazi. “Os toleramos”, le dice el prepotente y viscoso Harry Lee Van Buren (Joe Alwyn), uno de los hijos de su benefactor, quien encarna el lado más salvaje e inhumano del sistema capitalista en contraposición a los valores del judaísmo, religión, familia, ética del trabajo, lealtad a la palabra dada y respeto hacia otras minorías raciales o religiones (en concreto la católica y la protestante), sin hacer mención alguna al islam. Por lo que, para algunos, estaríamos ante un nuevo ejercicio de blanqueamiento y autojustificación histórica.
Sin embargo, para ser justos, habrá que decir que Corbet empezó a escribir el guion de la película en 2017, seis años antes de que Hamás cometiera el terrible atentado que dio lugar a la guerra de Gaza.
Interrogado sobre el asunto y quizá temeroso de enfrentar la controversia, el director ni afirma ni desmiente: “Me han preguntado mucho por mi herencia cultural y, muy remotamente, tengo antepasados askenazíes (judíos oriundos de Europa central y oriental) pero fui educado en un colegio católico irlandés y en mi vida adulta soy ateo. Hago películas sobre acontecimientos históricos, pero no son políticas. Entiendo el argumento de que todo es político, pero no sé si estoy de acuerdo. Trato de no dar muchas explicaciones al espectador para que genere él sus conversaciones”.
Sea como fuere, sería necio reducir el valor de una película que es casi un acontecimiento a esta cuestión. Hay tanto y tan bueno que decir de ella… momentos de una intensidad dramática y emocional memorable, como el reencuentro de la familia en la estación de tren y el descubrimiento de los efectos que la separación forzada durante tantos años ha producido en la pareja. Lázslo y Erzsébet son dos seres humanos adoloridos y destrozados por fuera y por dentro, que intentan recomponer los pedazos de su relación, aprovechando la nueva oportunidad que les ofrece la vida. Lo cual resulta más fácil de decir que de hacer. El amor los une, pero las secuelas del horror vivido condicionan su convivencia y su intimidad.
Brody y Jones no pueden estar mejor en sus respectivos papeles (especialmente él). Sus expresiones, sus miradas, su desgarro y su suficiencia creativa… sus abrazos son como tablas de salvación en medio de un océano de desdicha, el anhelo de ella por sentirse nuevamente deseada, la precaución de él por no causarle más daño físico, la angustiosa forma de reestablecer el contacto sexual, tras lo ocurrido en una cantera de mármol del pueblo de Carrara. Una de las secuencias más turbias de la película, cargada de violencia emocional y física, que sirve de catarsis a la furia y el dolor hasta ese momento contenidos. Es, por así decirlo, la gota que hace que derrame el vaso de lo humanamente soportable, desencadenando un impulso de rebelión en quien hasta ahora había aprendido a aguantar estoicamente los envites de la vida por adversa que esta fuera.
“No importa lo que te digan, lo importante es el destino. No el viaje”, se dice al final de la película, en lo que algunos interpretarán como un acto de auoundulgencia o una reafirmación de que el fin justifica los medios. Quizá sea ambas cosas. O ninguna de ellas. Es la magia del cine que propone temas para la reflexión. Cine del que ya no se hace. El que, como las obras de Lászlo Tóth, está creado para perdurar en el tiempo.
























Título original: The Brutalist
Año: 2024
Duración: 215 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Brady Corbet
Guion: Brady Corbet, Mona Fastvold
Reparto: Adrien Brody, Felicity Jones,
Guy Pearce, Joe Alwyn, Stacy Martin,
Alessandro Nivola, Isaach De Bankolé,
Raffey Cassidy, Emma Laird...
Música: Daniel Blumberg
Fotografía: Lol Crawley
Compañías: Brookstreet Pictures, Carte Blanche, Andrew Lauren Productions (ALP), Intake Films, Killer Films, Yellow Bear Films, Protagonist, Three Six Zero Group, Proton Cinema. Focus Features, A24
Género: Drama. Arquitectura. Inmigración. Antisemitismo. Años 50. Nazismo.

