Se llama “body horror”. Un subgénero cinematográfico que utiliza la experiencia física del horror para provocar sentimientos negativos, como asco, repugnancia o rechazo, en el espectador, mediante la plasmación de una violencia explícita que va desde la amputación de miembros, hasta mutaciones genéticas o enfermedades degradantes. El efecto es inmediato. Dan ganas de vomitar. Y aunque este año se ha puesto de moda gracias a la película “La sustancia” que le ha valido a su protagonista, Demi Moore, el reconocimiento como Mejor Actriz en los Globo de Oro, lo cierto es que, desde el “Frankenstein” de Mary Shelley, novela publicada en 1818, existe un amplio repertorio de películas, libros y cómics que han echado mano de este recurso narrativo antes que su directora, la francesa Coralle Fargeat, de 58 años.
“La mosca”, “Rabia” o «El hombre elefante» son algunos ejemplos de este siglo. Y, aun estando a años luz de la sofisticación visual de los efectos empleados en “La sustancia”, no le van a la zaga en cuanto a la repulsa que provoca esta sátira sobre el absurdo de los estándares de belleza contemporáneos y las inseguridades que estos generan en la mujer madura que no sabe cómo enfrentarse a su propia decadencia física.
¿Alguna vez has soñado con ser una mejor versión de ti misma? ¿Más joven, más hermosa, perfecta? Partiendo de una premisa bastante explorada por el séptimo arte: ¿cuál es el precio que estamos dispuesto a pagar por la eterna belleza y juventud? «La sustancia» elabora una historia cuyo atractivo engancha de entrada, mantiene cierto interés en su desarrollo y, como suele ocurrir a menudo en este tipo de cine que raya lo gore, desbarra -pero muy mucho- en su previsible y delirante final, que acaba siendo una carnicería y un baño de sangre, en sentido literal.
Aunque la certera metáfora de la fugacidad de la fama que se establece de inicio con la instalación de la estrella con el nombre de la protagonista, en el paseo de Hollywood Boulevard, es quizá en exceso elocuente (al principio resplandece, pero el paso de las estaciones y el continuo ir y venir de peatones comienzan a resquebrajar y deslucir la placa), la película contiene los elementos propios de un thriller de ciencia ficción: una misteriosa empresa desarrolla un protocolo farmacológico innovador que desbloquea el ADN y provoca una división celular, lo que permite crear una versión mejorada de ti misma, siguiendo los pasos de un método tan fácil y discreto, como ilegal, que puede ser administrado en casa. Una estrella de cine en declive será su cobaya.
Elisabeth Sparkle (irónico que sparkle signifique brillar) es una actriz de cine devenida en ícono del fitness televisivo que comienza a ver su caída en desgracia el día que cumple 50 años y el director del canal para el que trabaja (un Dennis Quaid algo sobreactuado en el papel del histérico Harvey), uno de esos hombres del show business, hortera y sin escrúpulos, que ve en las mujeres un objeto decorativo y desechable, decide reemplazarla por una jovencita de glúteos, senos y muslos turgentes que resulta ser su «alter ego», la guapísima, adorable y temible Sue (Margaret Qualley), carne de su carne.
En realidad, ya se lo había sugerido en una comida de trabajo en la que el ejecutivo televisivo se zampa ante sus ojos un cuenco entero de gambas mientras le habla a Elisabeth de la necesidad de mantenerse joven y bella para triunfar en este negocio. Una de las escenas más memorables y repugnantes de la película, en la que el sonido amplificado de la masticación refuerza la potente imagen en primerísimo primer plano de las sucias manos de Harvey descabezando los langostinos, llevándoselos a la boca y de los dientes que los trituran con glotonería escatológica.
Elisabeth queda trastornada al escucharle hablar de su despido accidentalmente, en el baño del canal, mientras micciona, sintiéndose desplazada por la gente que en algún momento la adoró. Y esa misma tarde choca su automóvil. Aunque consigue salir ilesa del accidente, en el hospital alguien se pone en contacto con ella para ofrecerle el remedio a sus problemas: una fantástica sustancia inyectable que altera el ADN generando una mitosis celular. Lo que hace que su cuerpo (la matriz) se divida en “dos que son una”. Pero el kit viene con una advertencia: para que se respete el equilibrio, original y copia deberán intercambiar funciones cada siete días. Cuando una descanse, la otra volverá a la vida. De lo contrario, podría tener consecuencias letales para ambas.
Sin prever lo que supone traer a este mundo a una doble que la supera en encanto y capacidad de seducción, y la suplanta arrebatándole su vida y su éxito televisivo, Elisabeth pone en marcha un experimento que no podrá controlar y que se le irá de las manos.
El intercambio entre ambos especímenes, una suerte de Dr. Jekyll y Mr Hyde, va ganando en crueldad y perversión. Hasta que sucede lo que desde el principio se venía venir. La más joven ansía el control y reclama para sí más días de vida, aunque eso signifique fagocitar e ir devorando a su versión original, por la que siente cada vez más desprecio y repulsión, a medida que se degrada físicamente.
En esa disociación y en el duelo entre ambas mujeres radica el terror de la historia, siendo una especie de metáfora de la lucha de la mujer consigo misma para mantenerse joven y atractiva a los ojos de un mundo que normaliza la gerontofobia, en el que llegar a cierta edad te convierte en un ser invisible y despreciable.
“La sustancia” en cuestión es el elixir mágico de la eterna juventud con el que han soñado las personas y la literatura desde tiempos inmemoriales. Solo que ahora los avances tecnológicos y la cirugía estética están a punto de hacerlo realidad. La propia Demi Moore es un ejemplo paradigmático de ello. A sus 62 años se ha sometido a múltiples intervenciones para lucir como una treintañera.
La película nos propone una reflexión al respecto de los peligros que entraña desafiar a la biología, a la naturaleza y (para aquellos que crean en él) al propio Dios. Quizás no resulte muy original en su planteamiento, pero en su confección sin duda lo es. Desde esa primera secuencia del huevo transgénico hasta la escena final en la que el experimento se sale de madre. Hay en ella trazas de David Cronenberg (“Shivers”), de David Lynch («El hombre elefante«), de Nicholas Winding Refn («The neon demon«), Guillermo del Toro («El laberinto del fauno«), Julia Ducornau (“Titane”) y hasta de Hitchcock («Psicosis«), pero la directora parisina consigue llevarla a su terreno, en complicidad con Demi Moore que no duda en parodiarse a sí misma, y de Margaret Qualley («Pobres criaturas«) cuya actuación aquí es sublime, para advertirnos de que las posibilidades que ofrece la alteración genética podrían acabar produciendo el mismo efecto adictivo de consecuencias indeseables que observamos ahora con la cirugía estética.
Como si de una fábula o un cuento con moraleja se tratara, Fargeat conduce al espectador a través de un terrorífico, trágico y sanguinolento relato, plagado de vómitos verdes, heridas purulentas, alimentos putrefactos, pieles corroídas por la erosión del tiempo, monstruos con malformaciones y desnudos degradantes.
Tan sólo esta descripción sería suficiente para advertir al público que se prepare para vivir una experiencia incómoda, pero la verdad es que la cinta es mucho más que sólo asco y desgrado visual. De hecho, hay un gran cuidado por la estética, con la utilización de colores muy saturados o el uso de planos cenitales…
«La sustancia trata sobre los cuerpos de las mujeres y cómo todo a nuestro alrededor, anuncios publicitarios, películas, revistas muestran una versión falsa de nosotras mismas. Siempre hermosas, delgadas, jóvenes y sexys. La versión de la ‘mujer ideal’ que merece el amor, el éxito y la felicidad», decía su directora cuando se estrenó el que es su segundo y más perturbador trabajo hasta ahora, de dos horas y cuarenta minutos de duración, reconociendo que la idea nació a partir de su propio temor a ser rechazada tras alcanzar la madurez. «Pensaba que había llegado a la edad en la que ya no iba a ser útil ni interesante para nadie”, confesó a Vogue en una entrevista en septiembre de 2024.
Lo que hizo al respecto fue rodar una película en la que sus peores y más grotescas pesadillas sobre el paso del tiempo se cumplen. Una sátira valiente, aunque predecible, sobre la encarnizada lucha entre la autoaceptación y las exigencias de una sociedad obsesionada con la eterna juventud, en la que aprovecha el viaje para criticar duramente a la industria del entretenimiento y abordar otros temas, como los desórdenes alimenticios o el significado del éxito.
La sustancia no es apta para estómagos débiles y en muchos momentos peca de exageración, pero al menos tiene claro lo que quiere contarnos: que la vanidad produce monstruos.





































Título original: The Substance
Año: 2024
Duración: 140 min.
País: Reino Unido-Francia-Estados Unidos
Dirección: Coralie Fargeat
Guion: Coralie Fargeat
Reparto: Demi Moore, Margaret Qualley, Dennis Quaid, Gore Abrams...
Música: Raffertie
Fotografía: Benjamin Kracun
Compañías: Working Title Films, 21st Century Film France, Blacksmith
Género: Ciencia ficción. Body Horror. Thriller psicológico. Comedia negra. Sátira. Vejez/Juventud/Belleza/Fama

