A REAL PAIN

Probablemente su cara le suene, pues Jesse Eisenberg ha sido “cocinero antes que fraile”. Actor en numerosas películas de entretenimiento, como “Historias de familia”, “Adventureland”, “Red Social”, “Nada es lo que parece” o “Tierra de zombies”, hace tres años decidió ponerse detrás de la cámara y empezar a rodar sus propias películas, debutando sin demasiada repercusión con la anémica “Cuando termines de salvar el mundo”, protagonizada por el jovencísimo Finn Wolfhard y la oscarizada Julianne Moore.

A sus 41 años, vuelve a intentarlo con “A real pain” (Un dolor real), una película en la que habla de un tema que genealógicamente le toca más de cerca y que ha merecido una nominación a los Oscar de la Academia de Hollywood en la categoría de Mejor Guion Original.

Se trata de una “dramedia” (mezcla de drama y comedia) ingeniosa, fluida y mordaz, que en su desarrollo se comporta como una “road movie”. Un viaje de autoconocimiento. El que emprenden dos primos de Nueva York siguiendo el rastro de sus antepasados judíos.

Porque sí. Esta película también tiene como telón de fondo el Holocausto (tema recurrente cuando se cumplen 80 años de la liberación de Auschwitz y el judaísmo no pasa por su mejor momento de popularidad, debido a la guerra de Gaza), centrándose en el intento de la tercera generación de judío-estadounidenses de enfrentarse a la memoria del horror que sus padres y abuelos encontraron necesario olvidar para poder seguir viviendo. Pero, sobre todo, trata sobre la familia y el amor fraterno.

Perteneciente a ese grupo social en la vida real, el propio Eisenberg encarna a uno de sus protagonistas, David Kaplan, vendedor de anuncios de publicidad online, marido y padre responsable, quien le propone a su primo Benji (un Kieran Culkin en estado de gracia), al que no ha visto en mucho tiempo, hacer juntos un viaje de una semana a Polonia para conocer la casa de la infancia de su abuela recientemente fallecida, una superviviente del exterminio nazi que pudo crearse una nueva vida en los Estados Unidos.

Que la personalidad antagónica de ambos primos será la base sobre la que pivote la película queda claro desde la secuencia inicial. Si David llega al aeropuerto horas antes para tener todo bajo control (llamando a Benji muchas veces durante el camino para asegurarse de que llegará a tiempo), este le sorprende a su llegada diciéndole que lleva todo el día allí, sentado en la sala de espera, donde “se conoce a gente muy pirada”, seguramente -intuimos, aunque no lo diga- porque no tiene otro lugar a dónde ir.

David es un hombre prudente, pragmático y ubicado en la vida, a quien un exceso de responsabilidad hace que esté siempre demasiado tenso, como si cargase con cierta culpa o frustración a sus espaldas que a duras penas logra esconder tras su apego a las reglas y los modales. Mientras Benji funciona justo al revés. Es despreocupado y anárquico, totalmente irrespetuoso de las normas. Podría decirse que, mientras el primero se ha resignado a entrar en la edad adulta, con la cesiones que ello implica, el segundo se resiste a hacerlo, comportándose como un eterno Peter Pan.

A su llegada a Varsovia, ambos se suman a un tour organizado, junto a un reducido grupo de personas, dirigido por el concienzudo guía británico James (Will Sharpe), apasionado por la cultura judía aunque no practicante del judaísmo quien, tras una ronda de reconocimiento a pie por los lugares de interés histórico de la ciudad, los llevará a visitar la ciudad de Lublin y el campo de concentración de Majdanek. En el viaje en tren hasta allí, Benji tendrá su primer brote, mostrándose indignado ante la contradicción histórica que supone que un grupo de turistas del Holocausto se desplace sobre las mismas vías de ferrocarril que llevaron a sus antepasados a su brutal destino, viajando en primera clase, con todo tipo de comodidades, haciendo una dura crítica a Will en la posterior visita al cementerio judío, sobre la forma en la que ha concebido el tour, su falta de autenticidad emocional, cuestionando su fijación por ofrecer todo tipo de datos históricos y estadísticas, sin buscar la interacción con los lugareños. Para pasarse todo el camino de vuelta llorando como un niño.

La película, que avanza a un ritmo pausado, en base a pequeños gags que combinan lo trivial, lo históricamente relevante y lo emocionalmente devastador, nos propone así una reflexión ética y moral sobre ese “turismo de la memoria” y el riesgo de acabar banalizando lo que se quiere homenajear. Si bien ofrece una mirada alejada de cualquier tipo de complacencia sobre la identidad y el judaísmo, que es tratado con cierta ironía desmitificadora, como ocurre en la obra de Woody Allen.

Desde el primer momento, Eisenberg cede el protagonismo a Culkin, cuya interpretación resulta tan entretenida, como desgarradora, imprimiendo a su personaje mucho de la actitud ácida, irreverente y socialmente disruptiva de Roman Roy, el personaje que le hizo saltar a la fama en la serie “Succesion”, un niño traumatizado que, como Benji, se rehúsa a crecer.

Desempleado, consumidor habitual de drogas y alcohol, al igual que Roman, Benji lleva a gala ser la oveja negra de su familia. Y, por algún motivo, ha decidido que su abuela fue la única persona que lo entendió en este mundo, utilizando la tragedia histórica de la que esta fue víctima para cauterizar su propia ansiedad. Pero pronto queda claro que la opinión que ella tenía sobre él era más complicada y menos favorable de lo que él se piensa y que sus recuerdos pueden estar idealizados o ser una distracción para dejar de sufrir por su propia crisis personal, que incluye un intento de suicidio en el pasado reciente y un presente en el que sigue mostrando cierta tendencia autodestructiva, algo que preocupa profundamente a David.  

Sin que se mencionen términos como «bipolar» o «TDAH», sabemos que algo en este personaje no funciona como es debido porque sus cambios de humor son constantes. Manipulador, majadero, impulsivo y neurótico, Benji es hilarantemente franco, carece de todo tacto y tiene la mala costumbre de aleccionar a la gente desde una cierta superioridad moral, diciéndole cómo debe comportarse. Sin embargo, su excentricidad y franqueza, lejos de resultar ofensivas, le hacen parecer adorable, pues es a la vez increíblemente honesto, sensible, afable y empático.

Su carisma es tan potente que convence a sus compañeros de expedición para que pose haciendo payasadas ante el monumento al Levantamiento del gueto de Varsovia, mientras el tímido David, que piensa que se trata de algo de mal gusto, se ve involuntariamente envuelto en la situación.

Su presencia en el filme crece y se refuerza por la actitud compasiva del resto de miembros del grupo, quienes se sienten conmovidos por su honestidad emocional. He conocido a personas así, que no encajan en el mundo, que viven atormentados y a la vez son las personas más encantadoras que te podrías topar. Personas que iluminan y destruyen todo a su paso. Personas que deambulan sin rumbo fijo, ni motivación aparente, que se crean problemas imaginarios para poder compartir aunque sea su dolor con alguien más.

Lo frustrante es que nunca lo descubramos del todo, que no podamos llegar a conocerlo de verdad. Y ello porque, contrariamente a lo que parece, la película no está narrada desde el punto de vista de Benji. Esta no es su historia, sino la de David y su frustración culposa de que todos prefieran al primo carismático.

En este sentido quizá se pueda considerar “A Real Pain” como una película inconclusa. Los 90 minutos que dura pasan rapidísimo sin que lleguemos a saber de dónde viene y a dónde va Benji, apalancado en la sala de espera de un aeropuerto, qué es realmente lo que le atormenta, eso que le produce un dolor tan real que es incapaz de exteriorizar, aunque es fácil aventurarse a deducir que puede tratarse de la soledad.

Título original: A Real Pain

Año: 2024

Duración: 90 min.

País: Estados Unidos-Polonia

Dirección: Jesse Eisenberg

Guion: Jesse Eisenberg

Reparto: Kieran Culkin, Jesse Eisenberg, Will Sharpe y Jennifer Gray, Kurt Egyiawan, Liza Sadovy y Daniel Oreskes.

Fotografía: Michał Dymek

Música: Piezas para piano escritas por el compositor polaco Frédéric Chopin, interpretadas por el pianista judío-canadiense Tzvi Erez.

Compañías: First Look, Extreme Emotions, Fruit Tree. 20th Century Studios

Género: Dramedia. Familia. Holocausto.

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