A COMPLETE UNKNOWN

Empezaré confesando que no pertenezco a la legión de admiradores de Bob Dylan, de cuya ingente producción musical soy capaz de tararear apenas un puñado de sus temas más conocidos: “Blowin’ in the Wind”, “The Times They Are a-Changin”, “Like a Rolling Stone”… Sin embargo, me acerqué a su biopic con gran expectativa y curiosidad, tomando el último trabajo de James Mangold como una oportunidad de asomarnos a la persona real, más allá de la leyenda del personaje, considerado una de las figuras más prolíficas e influyentes de la música popular del siglo XX, que tuvo el extraño honor de ser el primer cantautor premiado con el Nóbel de Literatura por la calidad poética y profundidad de la letra de sus canciones (galardón que no se dignó a recoger).

Erróneamente deduje que Mangold estaba en condiciones y en disposición de desvelarnos quién es el verdadero Dylan. Ese “completo desconocido” al que alude el título de su película (incluso para aquellos que durante décadas han conectado con su música), al que vemos cantar con la voz de Timothée Chalamet, nada menos que 17 temas, durante los 141 minutos que dura la cinta.

Pero “A Complete Unknown” no busca resolver el enigma de Dylan, que es parte de su esencia. En su lugar, nos hace partícipes de su gran momento de transformación artística, que discurre en paralelo a la evolución que experimenta su música del dulce sonido del folk al estruendo del rock, desatando una tormenta eléctrica de guitarras y poesía, en medio de las acusaciones de traición de los mismos que le arroparon en su ascenso a la fama que tanto parece incomodarle.

De tanto esforzarse en homenajear al mito y preservar intacta su leyenda, Mangold renuncia a indagar en la persona, para componer un relato bastante superficial y esquemático de la constante pulsión de transformación que mueve al artista, en el que todo está tratado con pinzas, cuando no recatada y convenientemente rebajado (baste mencionar lo curioso que resulta que las escenas de sexo no existan y que veamos a Dylan fumar compulsivamente, pero siempre tabaco, pese a ser el sexo y la marihuana dos de las drogas de uso corriente en los revueltos años 60, tiempos en que todo estaba cambiando, como dice una de sus canciones).  De ahí que el biopic no aporte demasiadas pistas sobre los origenes familiares o la infancia de este Robert Allen Zimmerman (su verdadero nombre judío); nacido en Duluth (Minnesota) el 24 de mayo de 1941. Y que el joven “Bobby”, de 19 años, que llega a Nueva York haciendo autostop con la esperanza de visitar a uno de sus máximos ídolos, Woody Guthrie (Scoot McNairy), celebridad de la música folk que para entonces ya estaba recluido en el hospital psiquiátrico de Greystone Park debido a la enfermedad de Huntington que padecía, no tenga nada que ver con el que vemos desafiar al público, cuando este le pide que cante “Blowin in the wind” una y otra vez, o durante la clausura del Newport Folk Festival de 1969.

Centrado en los primeros años de su carrera artística que lo catapultaron hasta lo que es hoy: una leyenda viva del folk y el rock americano, el biopic de Mangold es una adaptación de la novela de Elijah Wald, “Dylan goes electric!” (2015), que narra el momento en el cantautor estadounidense, al que el joven Chalamet consigue imitar de forma meticulosa y convincente, en su forma de hablar, de mirar, de caminar, de tocar la guitarra y la armónica e incluso de cantar, dotando a su doble de Dylan de la dosis exacta de petulancia, rebeldía y ensimismamiento (el hastío propio de quien se sabe un genio y le aburre que lo admiren por ello), decide abandonar la guitarra acústica y electrificar su sonido haciéndose acompañar por una banda de músicos, lo que fue tomado como alta traición por los puristas del folk, entre ellos el activista Pete Seeger (Edward Norton), quien no solo le abrió las puertas de su casa a su llegada a Nueva York, sino que es quien lo invita a cantar en algunos clubs underground, donde rápidamente se corre la voz de que una joven promesa del género ha llegado a la ciudad.

Al escucharle y ver las letras que escribe, las compañías discográficas se acercan a él, aunque no para ofrecerle grabar sus propias canciones, sino para hacer covers de temas ya conocidos. Lo cual coincide con el inicio de sus amoríos con la joven Sylvie Russo (Elle Fanning), personaje de ficción inspirado en Suze Rotolo, la verdadera novia de Dylan por aquel entonces, y con la cantante Joan Baez (Monica Barbaro, nominada al Oscar por este papel), con quien mantendrá una relación “tormentosa” (definida así por la propia Baez en un libro de  memorias), dentro y fuera de los escenarios que a menudo les toca compartir.

Sin duda se trata de dos mujeres que fueron fundamentales en la vida de Bob Dylan, aunque no tanto como su música, en la que el joven Bobby parece estar totalmente absorto, componiendo día y noche, antes, durante y después de lanzamiento del disco que lo catapultó a la fama en 1963, con apenas 20 años, “The Freewheelin’”.

Baez se convirtió en su mejor carta de presentación mientras eran amantes al interpretar numerosas versiones de sus composiciones e invitarle a tocar juntos en sus conciertos. En cuanto a Rotolo, fallecida en 2011, al parecer el verdadero Bob Dylan le pidió al director que no apareciera en el filme porque “ella no era una figura pública”, por lo que el personaje de Sylvie está bastante desaprovechado. Aunque la relación triangular que mantiene en paralelo con ambas, sin comprometerse con ninguna, ni hacerse cargo en ningún momento de lo que ellas sienten por él, ofrece algunas pistas sobre la personalidad del artista que ha huido siempre de ataduras y convencionalismos, se echa en falta algo más de calidez en las escenas románticas que resultan demasiado frías, tal vez por la propia personalidad de Dylan.

A mediados de los años 60, tanto él como Baez eran figuras prominentes en el movimiento por los derechos civiles, llegando a cantar juntos en la marcha sobre Washington el 28 de agosto de 1963. Su visión política quedó reflejada en “The Times They Are a-Changin”, su tercer álbum de estudio, con canciones que a menudo aludían a sucesos reales, como “Only a Pawn in Their Game”, que habla del asesinato de Medgar Evers, activista por los derechos civiles que luchó contra la segregación racial y por el derecho de voto de la población afroamericana; “The Lonesome Death of Hattie Carroll”, sobre la muerte de una camarera de hotel negra a manos de un chico blanco de la alta sociedad; o “Ballad of Hollis Brown” y “North Country Blues”, donde denunciaban la descomposición de las comunidades agrícola y minera.

Pero, a finales de 1963, Dylan se sentía manipulado y encorsetado dentro del folk y la canción protesta, desarrollando un profundo malestar que se hizo evidente cuando, al aceptar el premio Tom Paine de manos del Comité de Derechos Civiles, en avanzado estado de ebriedad, cuestionó públicamente el papel de la comisión y reivindicó ver algo de sí mismo en Lee Harvey Oswald, el asesino de Kennedy, poco después del asesinato de JFK.

El Dylan de entonces ya no es el inocente “Bobby” que llegó a Nueva York con su guitarra acústica a la espalda. El éxito le ha convertido en un tipo controvertido y antipático, que aborrece la fama, no soporta a los fans, ni las fiestas en las que siempre le piden que cante algo. Un artista que no quiere ser reconocido, que oculta su mirada de día y de noche tras unas gafas oscuras y que resulta tan insufrible como indescifrable a los ojos del mundo.

Mangold enfatiza el dilema que definió a Dylan: la elección entre ser la voz de una generación o atreverse a ser simplemente su propia voz (aún sin tener muy claro lo que eso significa), con la amistad epistolar que mantiene en la ficción con otro de sus ídolos, Johnny Cash (Boyd Holbrook), quien ya había desafiado las etiquetas de la industria, convirtiéndose en una de las figuras clave en su evolución. Su apoyo y su visión del músico como un ente en constante transformación refuerzan su decisión de electrificar su sonido, desafiando a los puristas del folk. Las escenas en las que «la lía» durante la clausura del Newport Folk Festival de 1969, cuando, guitarra eléctrica en mano, arranca su metamorfosis, como una crisálida que rompe su capullo, y emerge el Dylan que anhelaba ser: impredecible, revolucionario e irreverente, son un terremoto en la historia de la música.

Al final, triunfa el espíritu rebelde del rockero que lleva dentro y Dylan, fiel a sí mismo, se monta en su moto y decide seguir su propio camino, dejando a todos los demás atrás, para seguir siendo lo que ha sido hasta hoy: ese hombre hermético y malhumorado, de pasado misterioso, que no parece estar nunca satisfecho.

Aunque menor en relación a “En la cuerda floja” (biopic sobre Johnny Cash dirigido por el mismo Mangold y protagonizado por Joaquin Phoenix) estamos pues ante un filme entretenido que, a pesar del magnetismo de su dirección de arte y selección musical que hacen que el Greenwich Village de los años 60 cobren vida, es sin duda una de las apuestas más débiles entre las nominadas a mejor película en los Oscar de este año.

Los seguidores de Dylan al menos saldrán satisfechos de disfrutar de las canciones de su ídolo que suenan durante toda la película prácticamente de forma ininterrumpida. Y los fans de Timothée Chalamet rezarán porque se lleve el Oscar al Mejor Actor, una nominación muy merecida. Por lo demás, seguiremos sin saber quién es realmente Bob Dylan, ese completo desconocido al que Mangold ha querido aproximarse como artista, pero no ha tenido la valentía de exponer como ser humano.

Título original: A Complete Unknown

Año: 2024

Duración: 141 min.

País: Estados Unidos

Dirección: James Mangold

Guion: Jay Cocks, James Mangold. Libro: Elijah Wald

Reparto: Timothée Chalamet, Mónica Barbaro, Elle Fanning, Edward Norton,
Boyd Holbrook, P.J. Byrne, Scoot McNairy,
Dan Fogler, Will Harrison, Norbert Leo Butz, Eriko Hatsune,​ Charlie Tahan, Ryan Harris Brown...

Música: Canciones de Bob Dylan

Fotografía: Phedon Papamichael

Compañías: The Picture Company, Veritas Entertainment Group, Fox Searchlight, Walt Disney Pictures

Género: Drama Musical. Biopic. Años 60

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