EL CAUTIVO

Pese al revuelo y la polémica interesadamente azuzada por el propio director durante la promoción de su estreno, llevan razón quienes apuntan a que, en el nuevo trabajo de Alejandro Amenábar, hay elementos para generar hoy una controversia aún mayor que lo que la película sugiere (o se inventa) con relación a la presunta orientación homosexual de Miguel de Cervantes. Como el retrato que hace de los musulmanes como seres compasivos y civilizados, bellos y hedonistas, mientras los cristianos se muestran como un atajo de resentidos, clasistas y cainitas, sexual y moralmente castrados por frailes y curas inquisidores que practican la delación y la intriga.

“El Cautivo” ofrece, en ese sentido, una visión tan fantasiosa como diletante del mundo musulmán, al presentárnoslo como un exótico oasis de libertad para el disfrute de los placeres y los sentidos, inspirado en los relatos de “Las mil y una noches”, muy alejado de los preceptos de la Sharía (código de conducta islámico basado en las enseñanzas del profeta Mahoma y el Corán), cuyas expresas prohibiciones (beber alcohol, yacer o practicar sexo con personas del mismo sexo) se violan en la película a plena luz del día, sin consecuencias aparentes.

Como ya hiciera en “Ágora”, al explorar el conflicto entre ciencia y religión a través de una figura femenina como Hipatia de Alejandría, o en “Mientras dure la guerra”, donde intentaba ofrecer una visión ecuánime de la Guerra Civil española, explicando cómo un intelectual de referencia, como Miguel de Unamuno, termina por renegar de ambos bandos, apostando por la razón frente a la barbarie en un durísimo enfrentamiento dialéctico con Milán-Astray (cuya veracidad histórica hizo también correr ríos de tinta), Amenábar se vale de nuevo de un personaje histórico, como el autor de ‘El Quijote’ (gran referente de las letras hispanas), para romper estereotipos y volver sobre un tema que le obsesiona: la esclavitud a la que nos somete la ignorancia y el fanatismo, esta vez enfrentada al poder liberador de la palabra y la imaginación.

En ese sentido, ‘El cautivo’ pretende ser un ejercicio de reivindicación de la ficción como bálsamo ante la adversidad, cuyo argumento se centra en los cinco años de cautiverio de Miguel de Cervantes en Argel, tras ser capturado por corsarios otomanos en 1575, justo después de la batalla de Lepanto, donde perdió el uso de su mano izquierda.

Cervantes, fabula Amenábar, procede de una familia sin un real y sus intentos de hacerse caballero de armas se saldaron con un brazo inútil, lo que le valió una dispensa real. Durante su cautiverio en Argel descubrirá su poder para engatusar con la magia de la palabra cuando, tras un primer intento frustrado de fuga, consigue salvar su vida y la de sus compañeros contando historias que fascinan al Bajá o gobernador (Alessandro Borghi), jefe supremo de la prisión. Un personaje temible y hedonista, veneciano convertido al islam por quienes fueron sus propios captores, los turcos, quien vigila a los prisioneros escondido tras la celosía de su ventana en lo alto de su palacio, llegando a desarrollar una fuerte e indisimulada atracción por el joven contador de cuentos que va más allá del interés literario.

Amenábar recrea las historias que cuenta Cervantes, mezclando realidad y ensoñación a modo de muñecas rusas. Sobre el papel la idea es sugerente: mostrar cómo, transformado en una especie de Scheherazade, descubre el poder salvífico de su habilidad para inventar y contar historias en medio del encierro, algo que le hace ser admirado y respetado por el resto de los prisioneros. Uno de ellos le califica como «el impostor más grande que conozco». Otro le susurra al oido: «Tú vales más que todos nosotros». Pero la película dista mucho de ser perfecta en su ejecución.

Las peripecias del autor del Quijote y sus compañeros de cautiverio carecen de la épica, intriga y emoción suficientes para ser catalogada como una película de aventuras (incluso aquellas que pudieran resultar más brutales, desagradables o crueles, están suavizadas al máximo. Se cuenta pero no se ve), por lo que se diría que “El Cautivo” es más bien un drama carcelario soft con toques de melodrama homoerótico, o viceversa, cuya acción se desarrolla mayormente en espacios cerrados: el patio de la prisión donde viven hacinados y ociosos los caballeros hidalgos capturados, “principales” de sus respectivos reinos; una barbería regentada por un castellano converso, al que da vida Roberto Álamo, que sirve a la vez de bar y prostíbulo, en donde los musulmanes retozan con sus mancebos o garzones (los chaperos de hoy) viviendo la homosexualidad con absoluta naturalidad; un par de pintorescas calles de Argel, por las que deambulan diversas criaturas transgénero; y los baños y jardines de la Alhambra, con fuentes de agua, frutos exóticos, masajes con aceites relajantes y perfumados inciensos, donde Cervantes se rinde al poder de seducción del Bajá, mientras éste le habla de “i piccoli piaceri” y se supone que se deja sodomizar por él, aunque tampoco esto llega a ser visualmente explícito.

No estamos hablando por tanto de un episodio de violación o abuso de poder, sino de “una historia de amor homosexual resuelta con pudor y contención en una breve escena de baño”, tal y como apunta Oskar Belategui en su crítica, donde elogia a Alessandro Borghi, diciendo que “dota de fascinación a un gobernador brutal y despiadado, que habla cinco lenguas y luce aspecto de Sandokán con sus turbantes, pendientes y ojos pintados de kohl. Tan cruel como para rebanar la oreja de un desdichado y hacérsela comer, pero también tan sabio como para reconocer el talento del autor de Alcalá de Henares y llevárselo a la bañera”.

Ciertamente, se trata de un actor de belleza felina, cuyo personaje se mueve entre la crueldad y el refinamiento, aunque en mi opinión, la actuación de Broghi, al igual que la de prácticamente todo el elenco, por momentos roza lo folclórico y sus diálogos y expresiones suenan anacrónicos (lo mismo dicen “vuesa merced” que utilizan el sistema métrico decimal) haciendo que los personajes no resulten creíbles.

En cuanto al protagonista, el joven y enjuto Julio Peña, ofrece una interpretación bastante anodina y bisoña como Cervantes, aunque el guion tampoco le permite construir un personaje con demasiada complejidad.

Aunque la historia que cuenta data de mucho antes de que Cervantes fuese el autor consagrado que todos conocemos, la película de Amenábar introduce -como era de esperar- guiños a la novela que lo hará inmortal. Los «Redentores» (César Sarachu y Jorge Asin), frailes trinitarios que pagan el rescate de algunos prisioneros son clavados a Don Quijote y Sancho Panza, en la barbería encontramos una bacía como la que el hidalgo utilizaba de yelmo y el joven Miguel siente nostalgia por el crujir de los molinos de la Mancha al rotar contra el viento.

El resultado es una película con momentos inspirados, pero sin un verdadero pulso dramático, algo a lo que tampoco ayuda la voz en off del cabal Padre Sosa (el gran Miguel Rellán), quien narra los acontecimientos en tercera persona, intentando conferirles un tono de leyenda que termina funcionando como un recurso algo forzado.

La puesta en escena es correcta, aunque algo fría, con un claro contraste entre el irreductible orgullo y carácter adusto de los cautivos que muestran un gran desprecio hacia la cultura de sus captores y la sensualidad y hospitalidad de los musulmanes. Una contraposición que se apunta pero que no llega a desarrollarse, como casi todo en la película cuya intención de invertir la mirada eurocentrista incurre en una simplificación que resta matices a ambas culturas.

Lo mismo ocurre con su denuncia del catolicismo. Pese a que, en este caso, Amenábar se esfuerza por ofrecernos una visión moralmente ambivalente, con la caricatura del detestable y envidioso inquisidor del Santo Oficio que interpreta Fernando Tejero, alcahuete cobarde y rastrero que prepara un informe sobre Cervantes para procesarlo por sodomía y depravación a su vuelta a España, cuya figura como representante del clero se contrapone a la del Padre Sosa, un sacerdote medio ciego que carga con el peso de sus propios pecados, lo que lo hace ser sensible a las debilidades humanas. Como el catolicismo y el cristianismo, ambos representan las dos caras de una institución que a lo largo de su historia siempre ha tenido un lado más compasivo y otro más intransigente e institucional.

Finalmente, la homosexualidad de Cervantes parece más un elemento destinado a generar ruido que ser algo que tenga un peso dramático real. Ya que, aunque se sugiere una relación afectiva entre este y el Bajá, la película apenas profundiza en ella. Sabemos de la pasión que despierta en el gobernador el joven Miguel de Cervantes, de quien se niega a desprenderse y a quien paradójicamente promete la libertad si permanece a su lado, pero no llegamos a conocer cuáles son los sentimientos que llevan a este a rechazar finalmente su oferta de irse juntos a Constantinopla ni si se arrepiente de haber tenido sexo con su captor. ¿Era solo sexo o había sentimientos implicados? ¿afecto o simple atracción, sumisión o síndrome de Estocolmo?

El escritor Álver Vázquez lo explica así:

Cuando vas a ver Salvar al soldado Ryan, esperas que el tema de la película sea la brutalidad de la guerra y no la diversidad botánica de Normandía. Y no porque la flora normanda no merezca atención, sino debido a que, ante un tema mayúsculo, uno no se puede sustraer. Sucede lo mismo con El cautivo, de Alejandro Amenábar. No puedes rodar una película sobre el Argel del siglo XVI y que el tema principal no sea el inmenso drama que decenas de miles de españoles y cristianos sufrieron en él. Es, incluso, insultante que no lo sea. La esclavitud de cristianos blancos existió y miles y miles de españoles la sufrieron. Flotillas norteafricanas llegaban a desembarcar en playas de poblaciones mediterráneas y secuestraban a hombres, mujeres y niños para llevárselos como esclavos.

Sin embargo, a Amenábar este drama no le interesa, salvo como excusa para contar otra historia, que es la que sí le importa. Y ahí es cuando entra en juego su derecho a crear el artefacto de ficción que le plazca. Pero grandes apuestas exigen grandes resultados. Y podría haberlo logrado. Un personaje lo advierte: «Esto es Babilonia». Bien, pues que lo sea. El espectador moderno no se va a espantar fácilmente. ¿Quieres retratar a un Cervantes homosexual? Hazlo, pero hazlo con todas las consecuencias y convierte tu aspiración en un espectáculo cinematográfico fabuloso. Sin embargo, nada de esto sucede en la película porque Amenábar es, en último término, un mojigato. Su historia de amor homosexual —sí, Amenábar retrata un Cervantes abiertamente gay— es la propia de unos adolescentes en el patio de un colegio: pequeñita, sosita y pacatita. Ya puestos a transgredir , transgrede: muéstrame la Sodoma que seguro que fue Argel en el siglo XVI. Narra el drama completo con todas las consecuencias. Narra la brutalidad en todo su esplendor. Amenábar no lo hace —renuncia a ello expresamente— y firma una película que podría haber sido espléndida pero que no lo es porque el autor ha preferido ser conscientemente cursi”. Y concluye: “Amenábar es otro creador más al que le da miedo la historia de España, no vaya a ser que narre algo grande y le quede fascista. No hay forma humana de que, en el cine de época español, seamos indiscutiblemente los buenos de la película”.

En resumen, “El Cautivo” es una película con algunos elementos de interés que pretende hablarnos de tolerancia entre culturas, del poder de la palabra y del amor entre dos hombres, pero que se queda en la superficie de todos esos temas. Lo que podría haber sido una poderosa reflexión sobre la imaginación en tiempos de oscuridad, se reduce a un ejercicio de autoafirmación de su director, en sus preferencias sexuales y sus posiciones ideológicas, algo timorato y superficial pues, ni la crítica a la iglesia católica, ni la reivindicación de la cultura musulmana, ni siquiera el retrato del supuesto Cervantes más desconocido -elaborado con la expresa y manifiesta pretensión de “servir de termómetro a la homofobia española”, en palabras del propio Amenábar- alcanzan la profundidad ni la transgresión que sus creadores prometen.

Título original: El cautivo

Año: 2025

Duración: 133 min.

País: España-Italia

Dirección: Alejandro Amenábar

Guion: Alejandro Amenábar, Alejandro Hernández

Reparto: Julio Peña, Alessandro Borghi, Miguel Rellán, Fernando Tejero, José Manuel Poga, Luis Callejo, Roberto Álamo, Albert Salazar César Sarachu, Mohamed Said, Jorge Asin, Juanma Muniagurria...

Música: Alejandro Amenábar

Fotografía: Alex Catalán

Compañías: Mod Producciones, Himenóptero, Misent Producciones, Propaganda Italia, RTVE, Rai Fiction

Género: Drama histórico carcelario. Siglo XVI. Homosexualidad. Literatura española.

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