UNA BATALLA TRAS OTRA

La revista Fotogramas definía la última película de Paul Thomas Anderson como: “un descarnado thriller sobre las dinámicas de poder, la fuerza de los ideales y el amor paternofilial”. Aunque yo salí del cine con la sensación de haber asistido a una feroz proclama política. El grito furioso y casi desesperado de un cineasta progre de 55 años -padre de cuatro hijos- que, consciente del carácter cíclico de la Historia, ha decidido recordarles a los jóvenes que la lucha por “un mundo de cuerpos, fronteras y decisiones libres” no se ha acabado y que serán ellos quienes deberán tomar el testigo de la revolución que sus mayores no consiguieron llevar a término.

Escrita por el propio cineasta californiano a partir de una adaptación de la novela «Vineland” (1990) de su buen amigo Thomas Pynchon, Una batalla tras otra es, claramente, la película más política de la filmografía de Anderson quien anteriormente nos había hablado en su cine sobre su fascinación por la industria porno de los 70’s (Boogie Nights, 1997), el duelo por la muerte de su padre (Magnolia, 1999), la vida en pareja (El hilo invisible, 2017) o el primer amor (Licorice Pizza, 2021). Y no parece ser casual ni inocente que se estrene justo ahora, cuando Estados Unidos vuelve a estar gobernado por Donald Trump y nos hallamos ante los últimos estertores de ese ensayo de control social totalitario, populista y hegemónico que ha sido la Internacional wokista. Un explosivo cóctel de marxismo, feminismo radical, ideología de género, derechos LGBTQ+, renacimiento de la lucha de clases, lucha sindical y racial, conciencia medioambiental (el Green New Deal), revolución tecnológica y conflicto intergeneracional… inoculado en el cuerpo social a base de un concentrado de consignas moralistas que el mundo entero se ha visto obligado a ingerir, bajo los dictámenes uniformadores de la agenda globalista que han conseguido consagrar el pensamiento único en los últimos años de gobiernos socialdemócratas.

Espoleado por los movimientos sociales que cobraron fuerza durante la administración Biden (MeeToo, Black Lives Matter, Sunrise, Gen-Z for Change…) y que no se resignan a detener su avance, ni mucho menos a tener que desandar lo andado, Hollywood se prepara para la resistencia ideológica. Y lo hace a sabiendas de que “el cine es un soberbio y gran manipulador que (…) no cambiará el mundo, pero lo trastorna”, como demostraron ya los hermanos Griffith, Eisenstein o Riefenstahl… y sabiamente recordaba Begoña del Teso en su reseña de La voz de Hind, el documental sobre Gaza proyectado en el último Zinemaldi. 

Una batalla tras otra dialoga con otras películas de estreno reciente -como Civil War o Eddington– que desde la ficción nos advierten de lo que está en juego ante el avance de las fuerzas reaccionarias que vuelven a reclamar su turno en el péndulo de la Historia. Y nos invita a la acción, normalizando la violencia y la desobediencia civil como forma legítima de lucha.

Uno de sus personajes advierte que “La revolución no será televisada”. Por lo que más nos vale levantar el culo del sofá y empezar a movernos al ritmo funky setentero de Gil Scott-Heron que suena en los créditos finales del filme. La advertencia es para el ciudadano medio estadounidense que permanece impasible frente al televisor, viendo cómo su país se desliza hacia el autoritarismo.

Aunque en la película jamás se menciona la palabra MAGA ni se nombra directamente a Trump, Anderson se hace eco de la descomposición social y el incendio en las calles que provoca la polarización política actual, poniendo el foco en la batalla que se libra entre “la migra” y los “espaldas mojadas” en Baja California, donde la represión policial y militar fronteriza se ha institucionalizado y las detenciones y deportaciones masivas de inmigrantes ilegales se suceden a diario, mientras grupos supremacistas armados hasta los dientes (como “Red Dawn Security”), milicias antifascistas y extremismos de todo tipo ganan terreno. Su intención es mostrarnos la realidad de un país en el que la violencia represiva del Estado y la del ciudadano portador de armas de curso legal ya no se distingue. Y ese país es el suyo, Estados Unidos, al filo hoy de una guerra civil.

La historia comienza años antes de la línea narrativa principal, con una serie de flashbacks que nos sitúan en la época en que una célula insurgente y clandestina, liderada por la carismática y temeraria Perfidia Beverly Hills -personaje que encarna esa fuerza negra de la naturaleza que es la actriz Teyana Taylor- operaba en la costa californiana. Sus métodos y proclamas recuerdan a los de las guerrillas urbanas de los años 60 y 70 (de hecho, la propia frase que da título a la película “One battle after another” está extraída del manifiesto de Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS) publicado en 1969 en el semanario New Left Notes, cuyo título procedía, a su vez, de un verso del Subterranean Homesick Blues, de Bob Dylan: “You Don’t Need a Weatherman to Know Which Way the Wind Blows”/“No hace falta un meteorólogo para saber en qué dirección sopla el viento”).

Conocida como el “75 Francés”, esta organización subversiva, radical y antisistema se dedica a combatir al Estado represor asaltando bancos, colocando bombas en edificio oficiales y liberando a inmigrantes indocumentados de los campos de detención fronterizos. Las causas a las que se opone se mantienen plenamente vigentes: la restrictiva política migratoria del gobierno de los EE.UU. y su negativa a despenalizar el aborto, el racismo, el capitalismo, la represión policial… como si la acción se sucediera en una suerte de presente continuo, un eterno retorno a los mismos abusos cometidos por las mismas personas con los mismos argumentos.

La voluptuosa y feroz Perfidia se topa en una de esas acciones con el coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn), a quien decide humillar obligándole a masturbarse delante de ella, mientras apunta un arma a su cabeza. Lo que despierta en el militar un morbo enfermizo por la curvilínea revolucionaria a la que, valiéndose de su poder, obligará más adelante a mantener con él una morbosa y tóxica relación sexual que acabará por dar sus frutos.

Pero Perfidia ha puesto sus ojos en un atractivo camarada llamado Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio), alias “Ghetto Pat”, encargado de la logística de explosivos, a quien vemos en la primera escena de la película viendo en VHS La batalla de Argel. Y lo que empieza siendo un juego de violencia y sexo desenfrenado entre ellos se transforma en pareja estable cuando se queda embarazada. Algo que acaba por dinamitar su relación, pues la brava guerrillera ha nacido para ser “un espíritu libre” y no para jugar a las casitas (no hay imagen más potente en toda la película que la de la líder revolucionaria embarazadísima descargando con rabia su fusil hacia el horizonte).

Agobiada por las responsabilidades de la maternidad, Perfidia deja a su hija recién nacida en brazos de Bob y desaparece del mapa para seguir haciendo la revolución. Pero es capturada durante una operación fallida y obligada a revelar la identidad y el paradero de sus compañeros a cambio de su libertad. A resultas de lo cual desaparece en un programa de protección de testigos convirtiéndose en una chivata para sus camaradas; la célula guerrillera se dispersa y la mayoría acaban muertos; Bob se hunde emocionalmente y huye con su bebé buscando refugio en una remota ciudad santuario en la frontera con México, a donde la acción se traslada dieciséis años después.

Bob es ya para entonces un héroe derrotado. Cuando murmura: “We’ve been fighting for a long time”, uno no escucha a un excombatiente, sino a una generación entera que se cansó de luchar. Bastante tiene con criar solo a Willa (Chase Infiniti) esa niña que se ha convertido en una determinada y rebelde adolescente que resiente la falta de madre y a duras penas consigue sobrellevar la sobreprotección y las adicciones de su paranoico padre.

Sin tiempo para quitarse la percudida bata roja de cuadros que lleva a cuestas durante toda la película y que convierte a Di Caprio en el hermano gemelo del Jeff Bridges en El gran Lebowski, Bob se verá obligado a volver a empuñar las armas para salvar a su hija, cuando el obsesivo Lockjaw vaya a por ellos, decidido a averiguar si la mestiza es en realidad su hija biológica y a “borrar”, de ser así, toda impureza de un pasado que le avergüenza frente a un puñado de viejos blancos decrépitos, racistas y supremacistas, reunidos en la hermandad de los “Aventureros de la Navidad” a la que aspira pertenecer.

Con la ayuda de viejos aliados, como “Deandra” (Regina Hall) -antigua miliciana del “75 francés” que ahora vive como enfermera en la clandestinidad- y el Sensei de su hija, Sergio St. Carlos (Benicio del Toro), un maestro de las artes marciales que da refugio a inmigrantes ilegales en su dojo, Bob emprende una carrera contrarreloj para salvar a su hija, sin reparar en que Willa no necesita que su padre la salve (se salva sola)… aunque sí que la abrace tras la batalla. Porque Una batalla tras otra es también -cómo no- una película feminista, en la que la revolución está comandada en su mayoría por mujeres con “nombres de guerra” tan peculiares como Juglepussy o Mae West, y en la que no faltan aliadas, como las “Hermanas de la Nutria Valiente” (esas monjas revolucionarias que se dedican a cultivar y a fumar marihuana en el convento).

Anderson ha filmado una película carnavalesca donde conviven varios géneros cinematográficos que se complementan, se superponen y, a veces, hasta se sabotean conscientemente. Un thriller político y una road movie de acción con la mejor persecución automovilística filmada en años, montada con una languidez hipnotizante, en la que (valiéndose del recurso de la cámara subjetiva) consigue que naveguemos por el ondulante asfalto de esas carreteras desérticas, llenas de cambios de rasante, mientras la tensión crece a través de los espejos retrovisores. Pero también un drama familiar y una divertida y disparatada comedia de costumbres, llena de momentos insensatos, como la desternillante conversación desde una cabina telefónica en la que Bob, con el cerebro frito por el abuso del alcohol y las drogas, se ve incapaz de recordar las palabras en clave que confirmen su identidad a sus antiguos camaradas, que ilustra el desconcierto de los “viejos rockeros” ante el automatismo de una nueva generación de activistas juveniles 2.0.

El gusto por la sátira y el absurdo es asimismo lo único que justifica que Anderson haya tenido dos excelentes ideas para matar al villano y no haya querido prescindir de ninguna, de modo que lo revive y lo desfigura, para que luego se vuelva a morir.

Sean Penn resplandece en el papel de ese militar unineuronal de mandíbula bloqueada, que parece salido del campamento de M.A.S.H. o poseído por el espíritu del general Ripper de Dr. Insólito. Envarado en sus ridículas aspiraciones y convertido en marioneta de ese círculo de poder al que aspira a pertenecer, sus torpes andares, mezcla de rigidez castrense y represión emocional (“¡Sufrí de una violación inversa!”), lo hacen parecer casi ridículo. No tiene sentido del humor, pero sí un deseo de control infinito. Y, cuando finalmente se enfrenta con Willa, no hay diálogo ni reconciliación paterno-filial, sino violencia simbólica, la de una niña nacida de la resistencia confrontando al patriarca de la represión.

DiCaprio, por su parte, vuelve a tirar de esa vis cómica que le hizo célebre en películas como Atrápame si puedes, No mires arriba o El lobo de Wall Street encarnando a este “padre coraje” fumeta y caótico, un antihéroe en batín que ha perdido el tren del idealismo. Nada de lo que hace cambia el devenir de lo que sucede. Pero Bob sabe que es menos importante ser un buen revolucionario que ser un buen padre (pese a todos sus defectos).

Tras 160 minutos de fugas y persecuciones disparatadas, derrotado pero redimido, no le entrega a Willa un futuro resuelto, sino la historia que nadie le quiso contar. Un legado de activismo, de grandes ideales y grandes renuncias, a través del cual esta adquiere una nueva conciencia de su identidad como heredera de una estirpe de combatientes.

En sus últimos minutos, la película se llena de preguntas sobre qué significa ser libre y qué herencias son las que debemos aceptar o cuestionar. Y una única certeza resplandece: la de que la batalla por la libertad no termina nunca. “¿Cuántas veces hay que pelear la misma pelea?” se pregunta agotado el viejo ex guerrillero. Y la respuesta parece ser: todas las que haga falta.

Título original: One battle after another

Año: 2025

Duración: 161 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Paul Thomas Anderson

Guion: Paul Thomas Anderson. Basada en la novela 'Vineland' de Thomas Pynchon.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Teyana Taylor, Chase Infiniti, Benicio del Toro, Regina Hall, Wood Harris, Alana Haim, Shayna McHayle, Paul Grimstad, John Hoogenakker, Starletta DuPois, Tony Goldwyn, D. W. Moffett, Kevin Tighe, Jim Downey, Dijon Duenas, Eric Schweig, Jena Malone…

Música: Jonny Greenwood

Fotografía: Michael Bauman

Compañías: Warner Bros., Ghoulardi Film.

Género: Thriller de acción. Drama. Comedia negra. Violencia. Inmigración.

3 Comentarios

      1. Kaixo Amaia, de esta situación estoy más o menos informada y la situación es muy preocupante. Sigo muy de cerca la actualidad en USA porque he estado en muchas ocasiones y temporadas largas (3 meses), además tengo buenos amigos con los que tengo una estrecha relación comunicativa. Un abrazo y feliz día,

        Carmen Peñafiel Saiz

        Irakaslea

        Catedrática / Full Professor

        Presidenta de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación (AE-IC) https://ae-ic.orghttps://ae-ic.org//

        Secretaria General del Colegio Vasco de Periodistas y de la Asociación Vasca de Periodistas https://kazetariak.eus/

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