CUMBRES BORRASCOSAS

Hace ya tiempo, cuando estaba en la escuela secundaria, escribí una crítica literaria sobre “Cumbres Borrascosas” sin haber visto ninguna de sus versiones cinematográficas. Y hoy, después de haberlas visto todas -incluida la más reciente de Emerald Fennell- confirmo ese mantra que rara vez falla: los libros casi siempre son mejores.

Pero también he visto el suficiente cine para llegar a comprender que no todas las adaptaciones aspiran a competir con su origen literario. Algunas simplemente buscan funcionar en la gran pantalla haciendo pasar un buen rato (o uno malo) al espectador, aportando belleza, creatividad y entretenimiento. Y en ese terreno, la película de Fennell al menos llega al aprobado.

Tal vez sea porque, a diferencia de sus críticos, no esperaba menos (ni tampoco más) de la directora de “Promising Young Woman” y de “Saltburn” (donde ya se le veían las hechuras y ese gusto por la provocación estética), pero a mí su versión libre y personalísima de la única novela escrita por Emily Brontë, publicada en 1847 (un año antes de la muerte de la autora a los 30 años, víctima de la tuberculosis) bajo el seudónimo masculino Ellis Bell -una historia de amor decimonónica, que en su romanticismo gótico albergaba un agudo retrato social de la sociedad victoriana- no me disgustó del todo. Es más, consiguió distraerme sin que me diera por mirar el reloj durante los 136 minutos que dura la cinta, lo que ya es todo un logro en los tiempos que corren.

La experiencia resulta disfrutable si la tomas como lo que es: un producto cinematográfico comercial bien construido. Y lo primero que habrá que reconocerle es que el trabajo del fotógrafo sueco Linus Sandgreny y el de la diseñadora de producción Suzie Davies resulta inmejorable.

Pese a ciertos detalles —como esas gafas de sol en una escena concreta— que rompen la coherencia temporal, la atmósfera está muy lograda. Los opulentos decorados interiores y los vestidos detallados y suntuosos, así como la fantasía de los maquillajes, más que trasladar al espectador al siglo XIX, cuentan su propia historia y resultan un festín para los ojos. Y los exteriores, ambientada en los parajes de Yorkshire —con la fuerza de su paisaje agreste y su bruma persistente— aportan una dimensión estética que eleva visualmente el conjunto, al igual que la composición de los planos y el tratamiento de la luz que alcanzan momentos de suma belleza. Al punto de que hay escenas que se sostienen por la sola potencia de la imagen, como la escena en la que Cathy encuentra a su padre, el Sr. Earnshaw (Martin Clune), fallecido por su alcoholismo, rodeado de multitud de botellas verdes de gran tamaño apiladas.

En ese sentido, Fennell no solo adapta una historia: la reinterpreta a través de una mirada muy cuidada. Si bien es cierto que hace ostentación de una plasticidad algo artificiosa y un deliberado anacronismo, un punto surrealista, que recuerda por momentos al estilo visual de Sofia Coppola en “María Antonieta” o, salvando las distancias, al cine de Yorgos Lanthimos.

Pero yendo a lo importante, habrá que insistir en que hablamos de una “nueva versión” en toda regla que poco tiene que ver con la novela de Brontë, aunque el núcleo argumental siga siendo el mismo.

Heathcliff, un miserable huérfano de Liverpool destinado a vivir en condiciones de semi esclavitud como mozo de cuadra, se enamora perdidamente de Catherine Earnshaw, única hija de su supuesto benefactor, el Señor de Cumbres Borrascosas: un terrateniente viudo que dilapida su fortuna y su reputación por su carácter violento y su afición al juego y al alcohol, en la Inglaterra del siglo XVIII. Allí vive también Nelly Dean (Hong Chau), la hija bastarda y secreta de otro noble, que ejerce de dama de compañía de Cathy.

El criado Heathcliff, encarnado aquí en el apolíneo y caucásico actor australiano Jacob Elordi (icono juvenil por su papel en la serie “Euphoria”, el entrañable monstruo de “Frankenstein” y actor fetiche de Fennell) y la caprichosa Cathy (Margot Robbie haciendo de la Barbie victoriana, con su corsé, sus enaguas y toda clase de accesorios) crecen juntos y se vuelven inseparables. Ella hace de él “su mascota” y él la sigue, como un perro fiel, siempre a la espera para protegerla del frío y la lluvia, sintiendo devoción hacia ella y jurando acompañarla y amarla hasta el fin de sus días.

Con el paso del tiempo y el despertar de las hormonas su relación fraternal da paso a una tensión sexual no resuelta y su romance, prohibido por razones de clase, se transforma en una obsesión para ambos, dando lugar a un relato de deseo, amor y locura.

De manera legítima, Fennell renuncia a la severidad, la contención y el pudoroso recato de la novela (propios de las convenciones de la época en que fue escrita) y propone una aproximación más ligera y actual al drama de los amantes. Pero resulta demasiado superficial como para que su amor trágico acabe emocionando.

Como escribe Marta Medina del Valle, “no puedes prometer tomate y después vender kétchup” y Fennell, que arranca su adaptación al cine de Cumbres borrascosas -la énesima desde que William Wyler la rodara en 1939- con la erección de un hombre ahorcado y la oferta de una transliteración sexi, descarada y algo procaz del clásico de las letras inglesas, se queda a mitad de camino, optando por un relato demasiado plano y convencional, aunque revestido de mucho color y excesiva mercadotecnia, elaborado para el despreocupado disfrute de las nuevas generaciones, consumidoras de imágenes en Tik Tok e Instagram que, no habiendo leído la novela, no echan en falta lo omitido del texto original ni perciben las alteraciones como traiciones, sino como decisiones narrativas propias.

La crítica de El Confidencial lo tiene claro: la película es un quiero y no puedo. “Aunque al principio se arriesga a incorporar pinceladas y pequeñas reflexiones sobre el deseo femenino y el sufrimiento tanto pasional como carnal, haciendo guiños a prácticas BDSM (bondage y sadomasoquismo), Cumbres borrascosas se disuelve como una pastilla de viagra en la boca, pero sin el efecto lúbrico.”

Y ello porque Fennell tiende a romantizarlo todo. El Heathcliff literario no es un héroe romántico al uso, ni siquiera es blanco. Es un personaje racializado, marcado por el resentimiento y por sus tendencias autodestructivas y por el resentimiento. Aquí, en cambio, se suavizan las aristas y se enfatiza la dimensión erótico festiva.

Un ahorcado con una erección lleva a un pueblo a un frenesí bacanal y una mujer lleva un collar de perro y ladra. Pero estas escenas carecen de capacidad transgresora cuando se interpretan tan expresamente como una broma. Y el “salvaje” Heathcliff nunca le hace nada a Cathy que no pudiera verse en cualquier episodio de los Bridgerton (sobre todo, le mete los dedos en la boca).

La historia se vulgariza, se sexualiza y se simplifica, para hacerla más digerible, acorde a la sensibilidad contemporánea. Y en el camino se suprimen episodios clave de la novela —como el encuentro de Heathcliff y Catherine con los Linton— y se tiende a caricaturizar la complejidad psicológica de algunos personajes. Especialmente el de Edgar e Isabella Linton (Shazad Latif y Alison Oliver). O el del ama de llaves convertida en una villana vengativa y envidiosa, despojándola de su papel de narradora y desvirtuando por completo la intención original de Brontë, pues en el libro es Nelly Dean quien cuenta en retrospectiva al Sr. Lockwoodla historia de las familias Earnshaw y Linton.

La segunda parte, donde emerge con mayor crudeza el Heathcliff más devastado y vengativo, consumido por el desprecio de clase, que regresa habiendo hecho fortuna, decidido a vengarse de quienes le hicieron daño como el Conde de Montecristo, apenas tiene peso en la versión de Fennell. Todo lo que en la novela era áspero, turbio e inquietante se cubre con una gruesa capa de edulcorada estética moderna, que actúa a modo de disolvente, lo que merma la profundidad trágica del conjunto.

Y sin embargo la película se disfruta. Hay algo en ella que funciona. Quizá porque logra hacer realidad la fantasía de muchos lectores de la novela original: escuchar a los protagonistas verbalizar su amor y dar rienda suelta a su pasión, en la novela apenas sugerida, debido al pudoroso recato de la época. En el libro no hay ni un triste beso. Y, sin embargo, el amor tórrido y devastador de Heathcliff y Cathy late en cada página con una intensidad que no necesita palabras. Se percibe. Ellos lo saben. El lector lo sabe.

Emily Brontë creó un universo de pasión desmedida, tormento y frustración, un amor áspero e insatisfecho, que inquieta y desasosiega escribiendo una de las novelas más apasionadas y emocionalmente violentas jamás escritas. Fennel, en cambio, no busca perturbar sino seducir al espectador, como si desconfiara de su inteligencia y fuera necesario subrayarlo todo, explicarlo todo, hacerlo más evidente para garantizar su comprensión. Quizá sea el sino de los tiempos…

Muchos análisis han señalado la eliminación de cualquier alusión a la raza, el colonialismo, el ostracismo, la crueldad, el abuso, la rigidez de la moral victoriana y la culpa, cuestiones fundamentales denunciadas en la narración de la codependencia destructiva de los pseudohermanos Cathy y Heathcliff. Ese tono más político de Brontë no sobrevivió a su adaptación cinematográfica.

Como ya hizo en «Saltburn», Fennell se centra en el envoltorio (dedos en gelatina de pescado, yemas de huevo manoseadas de forma libidinosa, hierba seductoramente metida en la boca y mucha lluvia empapa camisas) y hace que Robbin y Elordi copulen como si no hubiera un mañana (para sus personajes efectivamente no lo habrá). Lo que casa con que la música original sea de Charli XCX, artista ultrapop con una impronta muy vinculada a la sexualidad moderna.

En definitiva, si deseas disfrutar plenamente de la película quizá sea mejor no haber leído la novela. Pero si lo que buscas es comprender la intensidad, la oscuridad y la complejidad del amor que imaginó Emily Brontë, entonces acude al libro… y no esperes demasiado de ella.

Título original: Wuthering Heightsaka 

Año: 2026

Duración: 136 min.

País: Reino Unido-Estados Unidos

Dirección: Emerald Fennell

Guion: Emerald Fennell. Novela: Emily Brontë

Reparto: Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau, Shazad Latif, Alison Oliver, Martin Clune...

Música: Charli XCX

Fotografía: Linus Sandgren
Compañías: Lie Still, MRC Film, LuckyChap Entertainment. Warner Bros.

Género: Romance. Drama romántico de época. Siglo XIX.

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