Estamos en la Navidad de 1985, en New Ross, condado de Wexford, un pequeño y deslucido pueblo obrero de Irlanda. Aunque, si no fuera por los destellos de un televisor encendido en una sala de estar, con la emisión de la serie de dibujos animados Danger Mouse, la favorita de los niños de la época, o la música de «Come On Eileen» de Dexys Midnight Runners en un pub local, bien podrían ser los años 30. Da la sensación de que este lugar ha cambiado muy poco en décadas.
Bill Furlong (Cillian Murphy) dirige un pequeño negocio familiar y se pasa los días cargando sobre sus hombros y repartiendo pesados sacos de carbón a hogares y negocios locales para que puedan encender sus estufas. Al llegar a casa tras la dura jornada de trabajo, se lava concienzudamente el hollín que se le ha pegado en la cara y en las manos restregándoselas vigorosamente con un cepillo, antes de reunirse para cenar con su mujer y sus cinco hijas (la centralidad de las mujeres a lo largo de su vida no es insignificante para la historia) que siempre están en la cocina, horneando un pastel de Navidad, haciendo los deberes del colegio o jugando a las cartas. El suyo es un hogar lleno de amor y alegría, y aunque Bill a menudo parece que lleva el peso del mundo encima, está agradecido por ello.
La ruta de reparto lo lleva regularmente hasta el cobertizo de un asilo cercano, el Convento del Buen Pastor, regentado por la congregación de la Hermana Mary, una influyente figura local (interpretada con aterradora eficacia por la actriz Emily Watson, con su voz amable y su mirada gélida, símbolo de la hipocresía institucionalizada).
La institución es una de las infames “lavanderías” de la Magdalena, donde las «mujeres caídas» eran enviadas para la llamada «penitencia y rehabilitación» que consistía en ser utilizadas como jornaleras y sometidas a crueles castigos corporales que, en ocasiones, las llevaban hasta la muerte.
Hasta donde hoy se tiene noticia, entre 1922 y 1996, la Iglesia Católica fue responsable de retener y esclavizar a decenas de miles de mujeres (a menudo madres solteras, víctimas de abuso sexual o de un desliz amoroso, que no podían mantener a sus hijos, etiquetadas como promiscuas en un país y una época de férrea religiosidad). Estas mujeres sufrían abusos físicos, psicológicos y sexuales, en un sistema carcelario sostenido por la Iglesia y tolerado por el Estado. En esas «lavanderías», las reclusas trabajaban siete días a la semana y no se les permitía salir. Cuando daban a luz, les arrebataban a sus bebés y los vendían en adopción. Se estima que en ellas murieron alrededor de 1600 mujeres, muchas de las cuales fueron enterradas sin nombre, y un número similar de bebés.
La terrible tragedia de esos escalofriantes sucesos fue el secreto mejor guardado de Irlanda durante décadas. La forma en que la nación miró hacia otro lado y se lavó las manos como Poncio Pilatos o como hace simbólicamente cada noche el bueno de Bill al volver a casa habiendo visto cosas que le avergüenzan y que moralmente rechaza, pero que no se siente capaz de cambiar por las represalias que ello acarrearía para su negocio y su familia, han inspirado a muchos escritores y cineastas -Peter Mullan (Las hermanas de la Magdalena), Joe Murtagh (La mujer en la pared)- pero pocos han conseguido llevar a la pantalla grande con tanta precisión, la cruel dominación y el férreo control que la Iglesia ejercía en aquellos años sobre la vida de los católicos irlandeses, como el director belga Tim Mielants, al adaptar al cine junto a la guionista Enda Walsh (coautora de Hambre, de Steve McQueen), la novela homónima de Claire Keegan, escritora irlandesa que ha demostrado tener una sensibilidad excepcional para retratar lo no dicho, lo reprimido, lo que late por debajo de la superficie de las vidas más humildes y discretas. Lo que ha dado pie a una de las adaptaciones cinematográficas más delicadas y celebradas del cine reciente: The Quiet Girl, dirigida por Colm Bairéad.
Nacido a las afueras de Bruselas, Mielants (quien ya dirigió a Murphy en seis episodios de la serie Peaky Blinders) merece crédito por contar una parte tan vergonzosa de la historia irlandesa, con una puesta en escena sobria y un tono contenido, sin amarillismos ni sensiblería, apoyándose en el excelente trabajo del director de fotografía Frank van den Eeden, quien captura el color cenizo y el ambiente sombrío y opresivo de la historia, acorde con la perpetua grisura del lluvioso invierno irlandés, replicando el bajo contraste, ligeramente granulado, de las películas de los años 80. Lo que otorga al conjunto un toque dickensiano.
Small Things Like These se estrenó en la apertura de la 74º edición del Festival de Cine de Berlín y es la primera película en la que el oscarizado Cillian Murphy, tan convincente en su interpretación del melancólico y taciturno Bill Furlong, como lo estuvo en el papel de J. Robert Oppenheimer en el filme de Christopher Nolan o en el personaje de Tomy Shelby que lo catapultó a la fama mundial, actúa como coproductor.
Bill, un padre de familia decente, tranquilo y reservado, que arrastra sus propios traumas de la infancia como muchos hombres de su generación, es testigo involuntario de la difícil situación que vive una interna en uno de esos centros de acogida, una joven desaliñada a la que se encuentra encerrada en la carbonera, un día de reparto, temblando de frío y de miedo, lo que le lleva a sufrir un dilema moral, no solo por ser padre de cinco hijas, sino porque él mismo fue hijo de una joven madre soltera que habría corrido la misma suerte que esa chica cuyo nombre es Sarah (Zara Devlin), de no haber sido por la bondad de la Sra. Wilson (Michelle Fairley), una viuda adinerada que no solo permitió a Bill y a su madre (Agnes O’Casey) vivir bajo su mismo techo, sino que ayudó a criar al chico (Louis Kirwan) después de la prematura y repentina muerte de ésta, lo que le hizo desarrollar un espíritu protector y una sensibilidad especial para los niños vulnerables.
Casi al comienzo de la película, le vemos detener su destartalado camión de reparto en medio de la carretera, para ver cómo está el hijo de un granjero, cuya familia sospecha que pasa apuros económicos. Lo que le vale el reproche de su esposa, la pragmática Eileen (Eileen Walsh) que le recuerda que no debe meterse en asuntos ajenos. Sabe que Bill es un blando y cuando le cuenta que le ha dado al chico una propina, lo regaña y le dice: «Ese hombre siempre está borracho», a lo que Bill responde: «No lo sabemos, cariño. Puede que lo esté intentando».
De ese modo empezamos a comprender todo lo que necesitamos saber sobre él: su forma de dirigir su negocio, generoso y empático con sus empleados, al punto de ponerse a sí mismo en una situación financiera complicada para que sus trabajadores puedan disfrutar de unas fiestas un poco más cómodas; la importancia del dinero del convento para su sustento, por no hablar de lo considerado y cariñoso que se muestra hacia su familia (Eileen no tiene más que pedirle los zapatos que quiere de regalo por Navidad) y la prudencia y contención de la que hace gala al ser amenazado por la gélida e imperturbable Hermana Mary cuando esta le recuerda, en tono de advertencia, que cuatro de sus cinco hijas acuden al colegio de su congregación religiosa.
No es el único aviso que recibe. En el pueblo se rumorea que Bill ha tenido algunos desencuentros con las hermanas del convento y podría estar ayudando a una chica, y la dueña del pub, la Sra. Kehoe (Helen Behan), lo lleva aparte y le dice: «No es asunto mío, pero mejor ten cuidado con lo que dices… Esas monjas están metidas en todo, Bill. De eso podemos estar seguros».
Sin embargo, Bill es un hombre que se rige por su propia conciencia y por los auténticos valores de la fe cristiana, aunque ello suponga desafiar la estrechez de miras de su mujer, de sus vecinos, de su nación y de su religión en general. A lo largo de toda la película, hay una pequeña guerra librándose en su cabeza. La cuestión que lo atormenta es si intervenir o no hacer nada. Y acaba haciéndolo, en una escena final que nos recuerda que los actos verdaderamente heroicos rara vez son épicos: suelen ser pequeños, privados, y sumamente arriesgados. Pero mientras nos quede un resquicio de dignidad humana, merece la pena correr el riesgo. Como dice su mujer, Eileen: no se puede rescatar a todos en ese convento, pero tal vez haya espacio para una niña más en su mesa de la cocina.































Título original: Small Things Like These
Año: 2024
Duración: 96 min.
País: Irlanda
Dirección: Tim Mielants
Guion: Enda Walsh. Novela: Claire Keegan
Reparto: Cillian Murphy, Louis Kirwan (Bill niño), Eileen Walsh, Michelle Fairley, Emily Watson, Clare Dunne, Helen Behan, Liadán Dunlea, Agnes O'Casey, Mark McKenna, Zara Devlin…
Fotografía: Frank van den Eeden
Música: Senjan Jansen
Compañías: Big Things Films, Artists Equity, Wilder Content
Género: Hechos reales. Drama. Religión. Familia.

