El testamento de Ann Lee no es una película fácil, por muchas razones. Y probablemente ahí resida su mayor valor: en su condición de apuesta singular y poco convencional. El nuevo proyecto de la guionista y realizadora noruega Mona Fastvold, coescrito junto a su pareja, el actor y cineasta Brady Corbet —con quien ya colaboró en el guion de El Brutalista, solo que allí quien dirigía era él— apuesta por un cine ambicioso y personalísimo, que se mueve lejos de los códigos narrativos del cine más comercial.
Ambientada en el turbulento siglo XVIII, marcado por la revolución industrial y el éxodo de los primeros colonos europeos que llegaron al nuevo mundo a poner los cimientos de lo que después serían los Estados Unidos de América, la película narra la vida de Ann Lee interpretada por una intensísima Amanda Seyfried (la estrella de Mamma Mia y Los Miserables, en una actuación sorprendentemente ignorada por la Academia de Hollywood).
Nacida en el seno de una familia humilde y analfabeta de Manchester, la joven inglesa acabará convirtiéndose en la líder espiritual de los Shakers, como se conoce popularmente a los seguidores de la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo. Grupo religioso de tintes sectarios –hoy virtualmente extinto– que procedían de una escisión de los cuáqueros protestantes y defendía que el Mesías volvería a la tierra, esta vez encarnado en una mujer y cuyos seguidores parecen entrar en trance en medio de sus plegarias.
Dedicados al cultivo y a la carpintería, los fieles cantan, bailan y convulsionan, y Fastvold transforma esas sacudidas físicas en el corazón estético de la película: filmando largas secuencias coreográficas de sudorosos cuerpos que tiemblan y se agitan, mientras rezan a Dios, para exorcizar sus pecados.
La música de Daniel Blumberg (el premiado compositor de El Brutalista) y las coreografías de Celia Rowlson-Hall transforman esos peculiares rituales de oración colectiva en secuencias de una gran potencia visual y física. Lo que hace que, más que un biopic al uso, la película sea toda una experiencia sensorial, donde el movimiento y la puesta en escena buscan transmitir al espectador una intensidad mística similar a la que experimentan sus personajes.
Esos números funcionan como una expresión de sus visiones, sus miedos o sus deseos, haciendo que la película se sitúe a medio camino entre el drama histórico, el musical experimental y una reflexión sobre la fe que, en el caso de Ann Lee funciona como un estigma de nacimiento.
«La Madre Ann» -como la bautizan sus acólitos- es una mujer que ha vivido perturbada por el «pecado original» desde que era niña, tras haber sorprendido accidentalmente a sus padres teniendo sexo y haber interpretado aquella confusa visión como un maltrato violento (origen de su futura aversión a la “fornicación”)
Desde muy joven, Ann se consagra a la obra de Dios, pero le cuesta encontrar una religión que se ajuste a sus creencias, hasta que asiste a una reunión en la casa de Jane Wardley (Stacy Martin), quien dirige una sesión de purificación y alabanza, junto a su esposo James (Scott Handy). A partir de ese momento se suma entusiasta, junto a su hermano William (Lewis Pullman) y su sobrina Nancy, al grupo de oración. Allí conoce a Abraham (Christopher Abbott), un apuesto y joven herrero con un apetito sexual insaciable, muy distinto al suyo. Pese a su carácter lujurioso y agresivo, se casa con él y, durante un tiempo, accede a sus bruscas exigencias sexuales: azotes con ramas de abedul en las nalgas y órdenes como «Tómame en la boca», a las que ella se niega. Esto ocurre hasta que fallece el último de los cuatro bebés que engendran («Algunos murieron durante el parto. Ninguno llegó a vivir un año”, narra la voz en off de la joven Mary (Thomasin McKenzie), una de sus asistentes más cercanas) dejando a Ann al borde de la muerte. Ella cree que es un castigo, que las tragedias que le han sobrevenido son consecuencia de que Abraham y su padre la convencieran de casarse y someterse al pecado del sexo.
Su vida cambia cuando asume el liderazgo espiritual de la secta y comienza a predicar una doctrina demasiado revolucionaria y radical para su tiempo, diciendo cosas como que Dios carece de género (“es hombre y mujer a la vez”), el matrimonio y el sexo deben abolirse y el trabajo duro —acompañado de canto y danza— es el camino para purificar el alma. Ideas que desatan el resentimiento de Abraham, celoso del mismísimo Dios por el voto de castidad de su esposa; y le acarrean el repudio de la Iglesia y la persecución de las autoridades británicas. A resulta de lo cual es internada en un manicomio y posteriormente procesada y encarcelada.
Sus experiencias místicas en prisión y sus decisiones dogmáticas, como la imposición del celibato absoluto, acabarán empujando a Lee y a sus seguidores a emigrar a Nueva Inglaterra en busca de un lugar donde poder ejercer la libertad religiosa, experiencia que será compleja y brutal, desde el mismo viaje en barco que los lleva a cruzar el Atlántico hasta su arribo al Nuevo Mundo, esa nación joven y vigorosa que aún permanece bajo el yugo británico, justo en los días previos al estallido de la Guerra de Independencia.
Los Shakers, a los que Fastvold retrata como personas devotas, sensibles, creyentes y humanistas, intentarán fundar allí una comunidad basada en el trabajo colectivo, la igualdad y la devoción.
Lejos de ridiculizar o desmontar sus creencias, la directora parece interesada en comprender su lógica interna: su organización igualitaria, su rechazo a la esclavitud o su estrecha relación con la tierra y la naturaleza, lo que hace que, por momentos, estos cuáqueros parezcan una suerte de utópica comuna hippie.
Aunque la película reconoce el carácter excéntrico y el delirio místico de algunas de sus creencias: como la pureza espiritual y física, la purga colectiva del pecado con una especie de exorcismo epiléptico y la representación no binaria de Dios, evita juzgarlas manteniendo un tono respetuoso, sin llegar a lo devocional.
Rodada en 35mm, con una Seyfried casi poseída, que entona con voz angelical más de una docena de himnos y cánticos tradicionales de agradecimiento y alabanza de los Shakers, “El testamento de Ann Lee” es un objeto extraño, rebosante de energía y espiritualidad, que resulta por momentos fascinante y en otros roza lo incomprensible.
Sin embargo, su potencia visual es innegable y termina funcionando como un gran musical al estilo Broadway, y como una reflexión sobre el liderazgo espiritual, la necesidad humana de creer y la fanatización de la fe, y la saña con la que las sociedades persiguen a quienes se atreven a profesar una espiritualidad distinta a la doctrina dominante.
























Título original: The Testament of Ann Lee
Año: 2025
Duración: 137 min.
País: Reino Unido
Dirección: Mona Fastvold
Guion: Brady Corbet, Mona Fastvold
Reparto: Amanda Seyfried, Thomasin McKenzie, Lewis Pullman, Stacy Martin, Tim Blake Nelson, Christopher Abbott
Música: Daniel Blumberg
Fotografía: William Rexer
Compañías: Kaplan Morrison, Intake Films, Proton Cinema
Género: Biográfico, Drama Histórico, Musical

