PEAKY BLINDERS: EL HOMBRE INMORTAL

“Nunca fui padre, fui una forma de gobierno. Y ya no creo en ningún gobierno”, le dice Tommy Shelby a su hermana Ada Thorne (Sophie Rundle), cuando va a verle y le pide que regrese a Birmingham para salvar a su primogénito de convertirse en un matón sin escrúpulos, recordándole que aún tiene familiares que no son los fantasmas que lo visitan en la vieja casa de campo donde se ha recluido para exorcizar su dolor y su culpa, a través de un libro que está escribiendo y que ha titulado: “El hombre inmortal”.

Así comienza la última estación del particular vía crucis del Rom Baro (en romaní: rey de los gitanos). El hombre que se perdió a si mismo cuando empezó a perder a los que amaba. Un precio demasiado alto por ceñirse una corona que comenzó siendo de oro y acabó siendo de espinas.

La película, que funciona a modo de epílogo de la última y espectral entrega de la serie Peaky Blinders, se adentra en la dimensión crepuscular del mito de Tommy Shelby. Uno de los personajes más carismáticos y con mayor magnetismo de los creados por la ficción en las últimas décadas.

Tom Harper (un director que entiende a la perfección el universo de la serie, responsable de algunos de sus primeros episodios) firma una puesta en escena elegante y sombría, donde se respeta cada una de las señas de identidad de la marca original: el pub Garrison, el paseo a caballo por las calles de Birmingham precedido del tañir de las campanas de una nueva versión ralentizada de Red Right Hand, el tema original de Nick Cave; los carromatos funerarios en llamas; las barcazas navegando por el canal; la pipa de opio que le hace ver a Tommy el fantasma de su difunta hija, la bufanda roja de esta o el traje de tres piezas, los tirantes abotonados, los gemelos, el reloj de bolsillo, el abrigo de cachemire de amplias hombreras, con aroma a tabaco y a whisky, y la icónica gorra de panadero de tweed calada hasta los ojos que, a estas alturas, funciona ya como la capa del superhéroe. Todo está ahí para deleite del fandom. Fiel a la estilizada silueta que definió la estética de los Peaky Blinders, pero acentuando su carácter legendario y su vocación de cierre. Puesto al servicio de su creador, el gran Steven Knight, para permitirle escribir una última historia a mayor gloria de su criatura (Tommy Shelby) donde el poder, la lealtad y la violencia adquieren una resonancia fatalista. Una elegía shakesperiana sobre el hombre que quiso dominar su destino y terminó enfrentándose a su propia leyenda.

La película arranca con fuerza y estruendo con el bombardeo por parte de la fuerza aérea alemana de una fábrica de armas en Birmingham, donde solo trabajan mujeres en el turno de noche al estar los hombres luchando en el frente, mientras vemos como en un campo de concentración los prisioneros son obligados por los nazis a falsificar decenas de millones de libras esterlinas con la idea de introducir ese dinero apócrifo de contrabando y así hacer colapsar la economía inglesa (hecho inspirado en lo que fue la Operación Bernhard). Escena que sirve de presentación a nuestro villano: un tal John Beckett, tesorero de la Unión Británica de Fascistas, deseoso de ayudar a los nazis a ganar la guerra, al que interpreta un Tim Roth de aire burlón que murmura un desganado «¡Heil, maldito Hitler!» mientras escapa en un tren cargado con los 350 millones de libras esterlinas en billetes falsificados por los alemanes.

Para ayudar a distribuir el dinero falso en Inglaterra, Beckett ofrece 70 millones de libras al nuevo jefe de los Peaky Blinders, personaje interpretado por Barry Keoghan (quien toma el relevo de Conrad Khan como Erasmus «Duke» Shelby) el hijo ilegítimo que Tommy concibió en su juventud con una gitana de nombre Zelda y en cuyas manos dejó la dirección de la banda a su retiro.

Duke es un joven temerario, desalmado y sin principios que, de algún modo (aunque por distintas razones), comparte el nihilismo de su padre, a quien siempre sintió ausente. «Al mundo nunca le he importado yo, a mí no me importa el mundo», le dice al malvado Beckett tratando de ganarse su confianza.

La sexta temporada de la serie terminaba en el año 1934, cuando los Peaky empezaban a enfrentarse a fascistas cómo Oswald Mosley (Sam Clafin) y hasta Inglaterra llegaban rumores sobre el ascenso de Hitler al poder. Y la película se ubica temporalmente seis años después, en plena Segunda Guerra Mundial, un marco temporal que eleva la escala del conflicto y coloca al protagonista frente a desafíos aún más complejos, cerrándose así el círculo que se inició cuando conocimos a los hermanos Shelby, como tres jóvenes que volvían a casa traumatizados por su experiencia como zapadores en Flandes durante la Primera Gran Guerra.

La biografía de su protagonista discurre entre esos dos grandes conflictos bélicos, retratando con un sin fin de interesantes matices cómo el jefe del clan de los Shelby se las ingeniaba para ir ganando fortuna, reputación, poder e influencia política saltándose la ley, completando un proceso de ascenso social que en realidad era un descenso a los infiernos. Pues a cambio le supuso el sacrificio de su único punto de anclaje a este mundo: la familia, donde residía toda su fuerza, su determinación y su equilibrio mental. («Pesada es la corona»)

Al menos así lo siente él ahora, mientras vaga por su mansión en ruinas, vistiendo cárdigans de punto y gafas de montura metálica, escribiendo sus memorias, fumando opio y viendo los fantasmas de toda la gente que murió por su culpa. Aunque no sea de la misma opinión su hermana Ada, quien intenta sacarlo de su misantropía apelando a la posibilidad de que aún quede algo de humanidad en él. Porque aceptar salvar a su hijo significaría admitir que todavía hay algo que merece ser salvado. El retiro de Tom la ha dejado sola tratando de mantener el honor de la familia, como diputada y representante local, pero otro Shelby, su sobrino bastardo, lo está arrastrando literalmente por el fango.

En un primer momento, Tommy se resiste a hacerse cargo de la situación, pero al perderla también a ella por las “malas compañías” de su hijo, cae en la cuenta de que se impone un último acto de servicio.

Algo tiene que ver también en su decisión la inesperada visita de una atractiva y misteriosa médium y hechicera gitana (Rebecca Ferguson) que responde al nombre de Kaulo Chiriclo (Mirlo Negro), quien dice ser la hermana gemela de la difunta madre de Duke y la portadora de su mensaje desde el más allá, que no es otro que la petición de que Tommy salve al hijo de ambos, prometiéndole a cambio la paz que ansía.

“Hace mucho tiempo Polly Gray me dijo que si un mirlo negro entra en tu casa, la muerte está cerca. Nunca pensé que conocería a otra Polly Gray”, le dice este adivinando sus intenciones, tras pedirle que le lea las líneas de la mano, resignado a su destino que no es otro sino el de ceder el testigo a su hijo para que sea el nuevo Rom Baro.

Pero antes tendrá que ir a verlo para comprobar la clase de persona en la que se ha convertido. Keoghan es un Shelby creíble. Tiene el porte, el arrojo y la «mirada», como dice Ada, pero no tiene los valores del clan original de corredores de apuestas. A imagen y semejanza de Tommy es capaz de matar a sangre fría y deshacerse del cadáver ofreciendo su cuerpo como comida a los cerdos, pero es un mercenario que no duda en venderse al mejor postor, regentar un burdel o robar morfina a los enfermos de la comunidad. Algo que los Peaky originales jamás harían en atención a su propia y peculiar escala de valores.

Padre e hijo se enzarzan en una pelea en el espeso lodo de una pocilga y termina cubiertos de barro de pies a cabeza. Aunque es el hijo el que acaba humillado, con la cara hundida en el fango. “Yo no mato a los míos”, se defiende ante los reproches de su padre, con otros de similar calibre: “¿Qué esperabas? Si solo me has enseñado el pecado”. Tras lo cual, aceptará unir sus fuerzas a él para derrotar al fascismo.

“De este mal saldrá algún bien”, promete Tommy a sus muertos. “No ganaremos medallas ni nadie sabrá lo que hemos hecho pero esta vez será por una buena causa”, le dice al rey de los muelles de Liverpool, Hayden Stagg (Stephen Graham), un viejo aliado, al reclutarle para que le ayude a frustrar los planes de Beckett de desestabilizar la economía de Gran Bretaña. “Oí que habías dicho que esta no era tu guerra, pero son nazis y tu gitano, llevan años aniquilando a tu pueblo, siempre ha sido tu guerra”, le hace notar este.

Steven Knight ha dicho en alguna entrevista durante la promoción de la película que para él era importante que el último acto de servicio de Tommy fuera algo que lo dignificara como ciudadano y como ser humano porque siempre había pensado que era un buen hombre. Pero más que una historia de redención, “El hombre inmortal” es una historia de liberación. No hay épica en el regreso de Tommy Shelby ni hay gloria en la transmisión de su legado. Lo que queda del mito es un hombre cansado que peina canas, vive en una mansión embrujada con la única compañía de su fiel amigo de la infancia Johnny Dogs (Packy Lee) y pasa sus días drogándose e intentando intelectualizar su trastorno de estrés postraumático (en la época se llamaba neurosis), mientras lidia con las visiones de su hija Ruby y habla con las tumbas de sus familiares enterrados. Alguien que ha sobrevivido a todos sus enemigos y también a todos los motivos que tenía para seguir viviendo y ahora se halla atrapado en una especie de limbo.

Cabe destacar aquí la forma en la que Murphy transmite el estado anímico del personaje. Su interpretación es más contenida y se percibe un desgaste en su mirada, en cómo habla, en su forma de moverse y hasta de mirar al vacío. Ya no es aquel hombre frío e impenetrable de las primeras temporadas de la serie.

Tras haberlo conseguido “casi” todo, aquel hijo de las callejuelas más míseras de Birmingham regresa a Small Heath, al Garrison, a los túneles de una ciudad bombardeada, siendo un espectro del pasado, consumido por el remordimiento y martirizado por su mala conciencia. Es un hombre que cree estar maldito y entiende la inmortalidad —que da título al libro que escribe a modo de testamento para sus hijos— como una condena.

“Todos muertos salvo el que quiere estarlo”, se lamenta plantado ante el cadáver de su hermana, última superviviente del clan de los Shelby original, confesándole haber matado a un Arthur enloquecido por el alcohol y la furia, no por piedad sino porque quería liberarse de él.

La película se construye desde ese vacío existencial: el de un imperio criminal reducido a cenizas cuyo líder, atormentado por la culpa shakesperiana de haber matado a su hermano, ya no cree en el poder que lo sostuvo. Y la historia avanza cargada de silencios, con una violencia que ya es sello de la casa.

A mitad de “El hombre inmortal”, el venerable y caballeroso Tommy Shelby entra en el pub Garrison y se enfrenta a un joven y estúpido soldado que tiene la osadía de no saber quién es. Shelby gana la discusión de forma bastante contundente: le mete una granada de mano en la camisa al pobre tipo y lo echa del local, segundos antes de que explote en mil pedazos fuera de cámara. Como castigo, resulta bastante desproporcionado, pero fue recibido con vítores y aplausos en la proyección a la que asistió este crítico. El heroísmo siempre ha tenido un toque sádico en el aclamado drama de gánsteres de Steven Knight, y como Shelby, Cillian Murphy siempre ha encontrado el tono justo para mantener al público de su lado: es un psicópata, pero con alma”, escribe Guy Lodge en Variety. Y algo de eso sí que hay.

Como dice Janire Zurbano en Cinemanía: “Murphy encuentra una nueva capa de desesperanza y desgarro en un personaje al que siempre sabe sacar algo más. La contención y el misterio con los que siempre envuelve a Tommy surten un efecto embriagador, y se elevan en la atmósfera solitaria y escapista que lo acompaña. El protagonista arranca la película empequeñecido, renegando del gánster que fue, pero cuando vuelve a ponerse su abrigo, se sube al caballo y suena Red Right Hand, su presencia imponente resurge”. 

Sin embargo, cada nueva decisión del personaje parece tomada ya no desde la ambición, sino desde la inercia de quien ha vivido demasiado tiempo siendo el mismo hombre. Uno que confiaba sus decisiones más difíciles al sabio consejo de su tía, Polly Gray (Helen McCrory) o al cara y cruz de una moneda lanzada al aire. (¡Qué bien resuelto el dilema final al que se enfrenta el personaje de Keoghan! “Salió cara, pero desobedecí a la moneda y decidí hacer lo que debía hacer”).

Y ahí es donde la cinta encuentra su mayor acierto: en desmontar la leyenda que la propia serie ayudó a construir. El “hombre inmortal” no es invencible. Es más bien un muerto en vida, un caballo herido que suplica un último tiro de gracia que libere su alma atormentada, para reunirse al fin con los suyos “in the bleak midwinter” (“en pleno sombrío invierno…”), donde quiera que los acepten.

La película está espléndidamente filmada en celuloide por el director de fotografía habitual de la serie, George Steel, capaz de texturizar el barro, el ladrillo, la lluvia y la niebla haciéndolos casi palpables a la vista; y cuenta con una magnífica recreación de la Inglaterra del Blitz reducida a escombros, donde todo luce sucio y ruinoso, a cargo de la diseñadora de producción Jacqueline Abrahams; además de tener una banda sonora que sigue siendo un portento, donde esta vez se incluyen temas de los irlandeses Fontaines D.C. (A Hero’s Death y Romance), y composiciones originales de Amy Taylor (Amyl and the Sniffers), de Mclusky (People person) y de Massive Attack a cargo de Grian Chatten (Angel) y de Terdrop Girl In The Year Above.

Aunque sea un digno homenaje y despedida al personaje de Tommy Shelby, probablemente a quienes hemos sido amantes de la serie desde el principio este regalo nos sepa a poco. Sin embargo, “El Hombre Inmortal” cumple con creces su cometido de servir de puente entre la edad dorada de los Peaky Blinders protagonizada por alguien tan formidablemente talentoso como Cillian Murphy y una nueva generación que ya ha encontrado a su sucesor natural en Barry Keoghan, otro actor irlandés con un carisma salvaje, cuya inquietante y aniñada presencia lo hace parecer un maníaco sociópata, como salido de La Naranja Mecánica, lo que hace que resulte perfecto para el papel.

Si los rumores se confirman será él quien protagonice el spin off de la legendaria serie, ambientado en la Birmingham de 1953. Veremos si consigue estar a la altura de la leyenda o si la sombra del padre es demasiado alargada.

Cillian Murphy, actor y productor, y Steven Knight, creador y guionista de la serie Peaky Blinders y de la película The Inmortal Man
Título original: Peaky Blinders: The Immortal Man

Año: 2026

Duración: 112 min.

País: Reino Unido

Director: Tom Harper

Guion: Steven Knight

Reparto: Cillian Murphy, Rebecca Ferguson, Tim Roth, Barry Keoghan, Stephen Graham, Sophie Rundle, Packy Lee, Jay Lycurgo, Ned Dennehy, Ian Peck, Andy M Milligan, Sammy John Heaney, Kasper Hilton-Hille, Jasna Anderson.

Fotografía: George Steel.

Música: Antony Genn, Martin Slattery

Género: Thriller. Drama. Serie Peaky Blinders. Gánsters. Irlanda.

Distribuidor: Netflix

Deja un comentario