UNABOMBER

¿Puede una sociedad fabricar al monstruo que después necesita perseguir? Esa es la pregunta que sobrevuela Unabomber, la película dirigida por Janus Metz, que Netflix acaba de incluir en su catálogo. La historia de Theodore Kaczynski, el prodigio de las Matemáticas que había estudiado en Harvard y poseía un IQ superior al resto pero acabó convertido en uno de los terroristas más buscados de Estados Unidos, contiene suficientes elementos para alimentar un thriller psicológico de primer nivel. El problema es que la película parece más interesada en encontrar una explicación para el nacimiento de un asesino en serie que en enfrentarse a las revelaciones de su pensamiento.

A los 16 años, Ted Kaczynski (Jacob Tremblay) tenía un cociente intelectual de 167, más que Einstein, pero la CIA destruyó su mente. Durante tres años, lo sometieron a brutales experimentos psicológicos secretos. El terrorista que atemorizó al país durante dos décadas. se aisló en una cabaña sin luz ni agua corriente, en Montana, y durante dieciocho años envió dieciséis cartas bomba. El FBI llegó a ofrecer un millón de dólares por su cabeza. Pero al final lo cazaron por su propio ego. Su propio hermano lo desenmascaró y lo delató a las autoridades al reconocer su forma de escribir.

La película alterna dos épocas. Por un lado, la juventud de Kaczynski, su paso por Harvard y los experimentos dirigidos por el profesor Henry Murray, que sometió a un grupo de estudiantes a pruebas de estrés y confrontación intelectual. Y, por otro, la investigación del FBI que, después de años de desconcierto, acabaría conduciendo hasta el autor de una campaña de atentados que dejó tres muertos y 23 heridos.

Unamomber pretende mostrarnos cómo un adolescente superdotado, socialmente aislado y sometido a una experiencia de manipulación psicológica terminó abrazando una ideología radical y el planteamiento tiene interés en la medida en que logra demostrar que la inteligencia no inmuniza contra el resentimiento social y que el progreso científico no está necesariamente acompañado de un progreso moral. Además recupera una pregunta que sigue vigente: ¿hasta dónde puede llegar el poder cuando convierte al individuo en objeto de experimentación? Sin embargo, entre señalar los abusos de la investigación psicológica y presentar aquellos experimentos como la clave del nacimiento de un terrorista hay una distancia que el guion no siempre sabe salvar.

Y es que Kaczynski no fue únicamente el resultado de una infancia difícil o de una experiencia universitaria perturbadora. Fue un hombre que elaboró una doctrina, eligió la violencia y decidió que su causa justificaba matar. Sus ideas estaban supeditadas a las consecuencias perjudiciales que trajo el desarrollo tecnológico y recogidas en un extenso manifiesto que tituló «La sociedad industrial y su futuro» que fue publicado en 1995 en varios periódicos estadounidenses, entre ellos The Washington Post y The New York Times, el mismo día.

Ahí reside la principal debilidad de Unabomber cuyo guion termina reduciendo la complejidad de su protagonista a una sucesión de heridas que conducen, casi inevitablemente, al desastre. Comprender los mecanismos que pueden alimentar una conducta criminal no equivale a establecer una relación causal entre una experiencia traumática y el terrorismo. Mucho menos cuando el personaje real negó que aquellos experimentos explicaran sus acciones posteriores. El riesgo de este tipo de biografías es convertir la infancia en un expediente de culpabilidad y al asesino en la víctima de una historia que parece escrita de antemano por otros.

Tremblay afronta el reto de interpretar a un joven asocial que todavía no ha descubierto hasta dónde puede llevarle su desprecio por el mundo. Su personaje se construye a partir de la rigidez, el aislamiento y la dificultad para relacionarse con los demás, aunque el guion no siempre le proporciona la profundidad necesaria para que esa transformación resulte convincente. Russell Crowe, en cambio, aporta carácter a Henry Murray, un personaje que encarna la arrogancia intelectual de quienes creen que el conocimiento les concede el derecho a manipular a los demás. Shailene Woodley interpreta a la agente del FBI Joanne Miller, encargada de seguir las huellas que dejó el terrorista. Su línea narrativa introduce el suspense policial, pero también desplaza la atención hacia los mecanismos de la investigación sin conseguir que ambas historias alcancen siempre la misma intensidad.

Donde la película encuentra su material más interesante es en el enfrentamiento entre Kaczynski y la sociedad que desprecia. Su crítica a la civilización industrial emplea argumentos que cobran hoy una inusitada vigencia en la medida en que el desarrollo tecnológico transforma nuestras vidas, condiciona nuestras decisiones y crea nuevas dependencias al mismo tiempo que multiplica nuestras posibilidades. La cuestión es qué hacemos con esa constatación. Kaczynski convirtió su diagnóstico en una coartada ideológica para el asesinato. Mandaba bombas porque pensaba que era la única forma de que su mensaje llegara hasta un público masivo. Sus víctimas solían ser personas vinculadas con la tecnología, la ciencia o la industria: académicos, ejecutivos, empleados de aerolíneas, un publicista o el dueño de una tienda de computadoras. De ahí le vino el apodo de ‘Unabomber’ (por university and airline bomber). Los veía como representantes o promotores del sistema que combatía. Su manifiesto podía discutir el precio del progreso; pero sus bombas no demostraban nada sobre la superioridad de la naturaleza ni sobre la libertad del individuo. Solo imponían el terror a personas que nada tenían que ver con sus obsesiones.

¿Era entonces Kazynski un hombre adelantado a su tiempo? Claramente sí. Recordemos que en esa época Internet recién nacía para el gran público. Las tesis principales de su manifiesto son que el avance tecnológico reduce la libertad y la autonomía de las personas, pues obliga a adaptarse a sus exigencias lo que genera angustia, alienación y problemas psicológicos y plantea que los seres humanos necesitan metas reales y esfuerzo para alcanzarlas, algo que la sociedad moderna reemplaza con actividades sustitutas. Por último, contiene una severa crítica al «izquierdismo moderno» que describe como «un producto de sentimientos de inferioridad y sobresocialización». Algo que no se menciona en la película de Metz.

Kazynski no se queda, sin embargo, en la crítica. Lanza una propuesta alternativa que desde la pandemia del Covid-19 muchos han abrazado: volver a una vida más cercana a la naturaleza.

En ese sentido, Unabomber desaprovecha parte de la potencia de una historia que permitiría cuestionar tanto la fe ciega en la tecnología como la tentación de encontrar en la violencia una respuesta definitiva a sus efectos. Janus Metz construye un relato que mantiene el interés, pero su afán por establecer una conexión entre los experimentos de Harvard y los atentados acaba estrechando el campo de reflexión. Allí donde cabía una exploración de la inteligencia, el poder, el aislamiento y la radicalización, aparece una explicación demasiado ordenada para una trayectoria tan difícil de reducir a una sola causa.

Porque el verdadero interrogante no es si la sociedad tecnológica produce individuos descontentos. Es qué lleva a uno de ellos a concluir que tiene derecho a decidir quién debe morir para que su idea de la libertad prevalezca. Unabomber se acerca a esa pregunta, pero no termina de llegar al fondo. Y en la historia de Ted Kaczynski, entender el origen de una obsesión importa; pero entender por qué alguien decide convertirla en una sentencia de muerte importa mucho más.

Título original: Unabomber

Año: 2026

Duración: 97 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Janus Metz Pedersen

Guion: Sam Chalsen, Nelson Greaves. Biografía Theodore Kaczynski

Reparto: Russell Crowe, Jacob Tremblay, Annabelle Wallis, Shailene Woodley, Alexander Ludwig, Marc Menchaca, Steven Ogg...

Música: Marco Beltrami

Fotografía: Yves Bélanger

Compañías: 2.0 Entertainment, IM Global, MRC Film. Distribuidora: Netflix

Género: Thriller. Terrorismo. Biopic. Basado en hechos reales

Deja una respuesta