EL ARMA DEL ENGAÑO

“El arma del engaño” es una excelente película británica cuyo argumento empieza con una frase que resulta una obviedad y que hace referencia a que toda guerra que se precie se libra en dos campos de batalla: el de la contienda física propiamente dicha (el fuego real) y el de la contrainformación y el espionaje que pretende anticiparse a las acciones del enemigo y calibrar su fuerza destructiva real, más allá de los faroles que habitualmente se marcan los contendientes (el fuego de artificio).

“En cualquier historia de guerra está lo que se ve y lo que se esconde”, nos advierte de entrada una voz en off y, a partir de ahí, la película dirigida por John Madden (Shakespeare enamorado”, “La deuda”, “El caso Sloane”), recrea con gran precisión narrativa y exquisita elegancia expositiva una de las más asombrosas hazañas del Servicio Secreto de Su Majestad durante la Segunda Guerra Mundial, la ‘Operation Mincemeat’, una ocurrencia novelesca, con la que las fuerzas de inteligencia británicas consiguieron engañar a los generales de Hitler, haciéndoles creer que los aliados preparaban un inminente desembarco en Grecia, cuando en realidad se proponían tomar las costas de Sicilia.

Al mando de tan delicada misión está Ewen Montagu (Colin Firth) abogado y oficial de la inteligencia naval británica, cuya esposa de origen judío se ve obligada emigrar a Estados Unidos junto a sus hijos. En una de las primeras escenas de la película, vemos al Coronel Montagu leer a uno de sus vástagos una novela de misterio antes de dormir. “Los 39 escalones” de John Buchan, trepidante novela negra llevada al cine por Alfred Hitchcock, en la que un turista canadiense se ve atrapado en una intriga que requiere descifrar un código secreto. La referencia a dicho relato sitúa al espectador ante el hecho de que lo que nos disponemos a ver no es un drama bélico, sino una peli de espías, a la vez que sirve de inspiración a su protagonista para la que será su encomienda: trazar un plan sencillo y efectivo, elaborado a la vista de todos, para distraer a la maquinaria de guerra más poderosa de la época, la de la Alemania nazi.

Bautizada inicialmente en castellano como “Caballo de Troya” y luego como “Carne Picada”, por razones que tienen que ver con las peculiaridades del humor inglés, la acción se desarrolla a mediados del año 1943, cuando se había corrido la voz de que los aliados planeaban desembarcar en la isla de Sicilia y desde allí emprender su ofensiva contra el ejército alemán avanzando hacia el interior del continente europeo, cosa que era cierta por lo que, alertados ante la posibilidad de que esa filtración llegase a oídos del enemigo, los británicos deciden poner en marcha un plan de distracción que debe ser aprobado por el pragmático Winston Churchill  (Simon Russell Beale) y cuyas líneas maestras se recogen en un libro titulado “Memorando de la Trucha”, celosamente custodiado por el Comité XX -alto mando de la inteligencia militar- del que se dice que inspiró muchas de las estrategias de esa “otra guerra” paralela que se libra fuera del campo de batalla, en los humeantes sótanos del servicio secreto, y que define el rumbo de las acciones a tomar en el frente.

La “Operación Carne Picada” consistía básicamente en “lanzar un anzuelo al mar” o, lo que es lo mismo, difundir una pista falsa que hiciera creer a los nazis que el ejército aliado tenían planes de iniciar su expansión por Grecia, para facilitar y hacer más seguro su desembarco en Sicilia.

El comandante Montagu fue uno de los artífices de la idea, junto al capitán Charles Cholmondeley, magistralmente interpretado por Matthew Macfadyen (“Orgullo y Prejuicio”, “Succession”), un discreto y disciplinado estratega militar, cuyo sueño de ser aviador se vio truncado por su excesiva altura, su mala vista y sus pies planos que le impidieron luchar en el frente, como sí lo hizo su hermano menor, cuyo cuerpo sin vida espera a ser repatriado.

Más allá de la inevitable trama romántica que los convierte en rivales por el amor de una mujer, entre ambos oficiales surge una gran complicidad y admiración mutua, alimentada por su ingenio e intuición, su elevado sentido del deber y por la animadversión de sus superiores que, en el caso de Montagu, recelan de las simpatías de su hermano con los comunistas. El buen equipo que forman constituye la mejor garantía de éxito para el plan que se traen entre manos que, a grandes rasgos, consiste en hacer aparecer un cadáver flotando en las costas españolas, país que se mantuvo neutral durante la gran guerra y en el que, sin embargo, existía una nutrida red de espionaje fascista que colaboraba con los alemanes, bajo los auspicios del franquismo.

El cadáver en cuestión sería el de un alto oficial de la Armada Real, que presuntamente habría muerto ahogado en aguas del Golfo de Cádiz cuando hacía de correo portando un maletín con documentos de alto secreto en los que se habla de los falsos planes de desembarco aliado en Grecia. Pero, para llevarlo a cabo, no solo necesitan un cuerpo sin vida que lanzar al mar, sino dotarlo de una historia personal y vital que haga verosímil su propia existencia y, consecuentemente, la veracidad de los papeles que porta. Así que Montagu y Cholmondeley se ponen manos a la obra, formando un esmerado equipo de trabajo que incluye a Miss Hester Laggett, la siempre magnífica Penélope Wilson («Downtown Abbey«, «After Life«), leal asistente de Montagu e instructora del célebre “Círculo de Bletchley” -que jugó un papel esencial durante la guerra al descifrar los mensajes en clave de los nazis- y a la hermosa y joven viuda Jean Leslie (Kelly Macdonald/»No es país para viejos«), una de las secretarias del Comité XX, en quien Cholmondeley -un solterón que vive con su anciana madre- habría puesto sus ojos y que termina convirtiéndose en la novia ficticia del fiambre, al ceder una fotografía suya para que éste la lleve encima, y en el inalcanzable objeto de deseo de ambos oficiales, en el triángulo amoroso que plantea la película.

Siendo una cinta de impecable factura audiovisual, maravillosamente ambientada e interpretada por magníficos actores y actrices, con una fotografía cálida y sugerente que aprovecha cada plano para crear esa atmósfera propia de la novela negra, plagada de claroscuros, donde abundan las escenas nocturnas en las que los transeúntes alumbran sus pasos con linternas ante la ausencia de alumbrado público, sin duda lo más interesante de “El arma del engaño” es la forma en la que estos cuatro hombres y mujeres se compenetran uniendo sus conocimientos de inteligencia militar, pero también su sensibilidad, sus propias vivencias personales y su capacidad de fabulación, para construir una identidad falsa que a su vez se alimenta de los anhelos, las frustraciones y las verdades más íntimas de cada uno de los miembros del grupo de trabajo.

A la manera en la que se construyen las grandes novelas en la literatura, “Montegu y Cholmondeley trabajaron conjuntamente para crear un mundo totalmente imaginario”, afirmaba el historiador Ben Macintyre, autor del libro homónimo en la que está basado el guion de la película, en una entrevista con la BBC. Y ese mundo no es otro que la biografía del Mayor William Martin, cuyo cadáver es en realidad el de un indigente que habría muerto tras ingerir veneno para ratas. Al convertirlo en uno de los miembros de la Armada Real, el desdichado homeless, un hombre sin identidad, sin pasado y sin familia -o al menos eso pensaban al dar con él en la morgue- no solo se hizo con un nombre, un rango y una hoja militar de servicios en el ejército de SM, sino con una historia de vida, un lugar de nacimiento, una personalidad propia y una prometida que no se resignaba a dejar de esperarlo.

Montegu, Cholmondeley, Laggett y Leslie se ocuparon de llenar sus bolsillos y su billetera con una nota del gerente de su banco diciendo que estaba sobregirado; recibos de varios teatros y clubes que habitualmente solían ser un nido de espías; y, lo más conmovedor, una carta de amor y una desgastada foto de su amada ‘Pam’, en la que prometía esperarlo hasta el final de la contienda. ¡Hasta un anillo de compromiso le compraron en su afán porque el personaje resultara creíble!

“Estas eran personas que no pudieron participar en la guerra real, en el campo de batalla, ya sea porque eran demasiado altas, como Cholmondeley, estratégica e intelectualmente valiosas, como Montagu, o porque eran mujeres como Leslie; y se imaginaban a sí mismas en una especie de combate paralelo, una guerra clandestina”, explicaba Macintyre en su entrevista en la BBC.

Lo curioso del caso es que, al tener que inventar una vida para este oficial ficticio, el pequeño grupo de trabajo se inspirase en la literatura antes que en el código militar. No solo en las novelas de Buchan sino en las de Basil Thompson que, a su vez, se nutre el universo de Ian Fleming -creador del personaje de James Bond- de quien se sospecha que es el verdadero autor del “Memorando de la Trucha”. Y es que se da la circunstancia de que el joven Fleming (a quien encarna el actor John Flynn) fue asistente del Almirante James Godfrey (Jason Isaacs), oficial al mando del Comité XX y uno de los grandes escépticos del éxito de la “Operación Carne Picada”. Es su voz la que escuchamos al inicio y al final en la película a manera de narrador en off.

“Creo que no es una casualidad que algunos de los más grandes novelistas del siglo XX también fueran espías: Somerset Maugham, Graham Greene, John Buchan, John Le Carré. Porque lo que hacen en realidad los espías es crear un mundo falso y convencer a los demás de que es verdad”, decía Macintyre. Y es precisamente sobre esa idea, sobre la que pivota el guion de “El arma del engaño”, abundando en la leyenda de los grandes éxitos de la inteligencia británica, clave en las operaciones aliadas, basada en el discreto heroísmo de hombres grises de traje y corbata y abnegadas secretarias y taquígrafas, dispuestos a ofrecer su sangre, sudor y lágrimas por Inglaterra, como sintetizó Winston Churchill.

Pequeñas historias individuales y colectivas que han sido ampliamente glosadas en la literatura pues, como en varias ocasiones se dice durante la película, eran muchos -quizá demasiados- quienes aprovechaban para escribir un libro influidos por la magnitud y trascendencia del contexto histórico.

En lo que a “El arma del engaño” se refiere, el atractivo de su historia es tal que ha habido varias versiones de la misma antes de llegar a esta película. Primero fue Duff Cooper, jefe de gabinete del Primer Ministro, quien escribió ‘Operation Heartbreak’, una interpretación novelada de los hechos. Cuando se le preguntó si estaba divulgando secretos oficiales, Cooper se justificó diciendo que “Churchill contaba la historia todas las noches después de cenar”. Incluso el propio Montagu contó su versión en “El hombre que nunca existió”, novela publicada en 1953, adaptada al cine tres años más tarde por Ronald Neame, donde llegó a afirmar que la familia del difunto les dio autorización para utilizar su cuerpo, lo cual nunca ocurrió, tal y como se explicita en la cita de John Madden.

La elección de Glyndwr Michael -nombre real del hombre cuyo cadáver fue utilizado como anzuelo en el engaño- se basó en que no tenía -o al menos eso creían- una familia que reclamase su cuerpo. Su verdadera identidad no fue revelada hasta 1996, cuando el historiador Roger Morgan la halló en documentos desclasificados a partir de los cuales rastreó su historia: era un joven galés cuya única familia viva era una hermana que vivía en King’s Cross, como revela la película. Por lo que se decidió entonces grabar su verdadero nombre en la lápida del nicho en donde está enterrado en Huelva bajo una identidad falsa, ‘Mayor William Martin’, su doble fantasmal y heroico, cuya aparición flotando en aguas del Golfo de Cádiz cambió el curso de la guerra consiguiendo salvar algunas vidas.

Título original: Operation Mincemeat

Año: 2021

Duración: 128 min.

País: Reino Unido

Dirección: John Madden

Guion: Michelle Ashford. Bas.Ben Macintyre

Música: Thomas Newman

Fotografía: Sebastian Blenkov

Reparto: Colin Firth, Matthew Macfadyen, Kelly MacDonald, Penelope Wilton, Jason Isaacs, Mark Gatiss, Johnny Flynn, Hattie Morahan, Simon Russell Beale, Paul Ritter, Lorne MacFadyen, Pedro Casablanc, Markus von Lingen...

Productora: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; See-Saw Films, Cohen Media Group, Filmnation Entertainment, Archery Pictures. 

Distribuidora: Warner Bros.

Género: Histórico. Bélico. Drama basado en hechos reales. II Guerra Mundial. Espionaje. 

TOP GUN: MAVERICK

Un giro inesperado del azar (y algún despiste al consultar los horarios de la cartelera) hicieron que acabase viendo ayer, en la última sesión nocturna, la secuela de “Top Gun”, cosa que me había prometido a mi misma que no haría por una doble razón. En primer lugar, porque nunca he sido demasiado fan de Tom Cruise, un actor sobrevalorado, bastante narcisista y más bien justito a nivel dramático, a quien reconozco el mérito de haber sabido cultivar y conservar su tableta de abdominales y el encanto de su sonrisa de eterno galán, pese a las arrugas que pliegan ya la comisura de sus labios, así como su pericia como actor especialista, en el supuesto de ser cierta su publicitada insistencia en rodar él mismo las escenas de riesgo que caracterizan sus películas más taquilleras.

La segunda razón obedece a cierto hartazgo provocado por esta manía de Hollywood de hacer de la nostalgia un gran negocio produciendo en los últimos años un verdadero rosario de remakes, precuelas, spin off y segundas partes que, como todo el mundo sabe, nunca (o casi nunca) fueron buenas. O, al menos, no tanto como las ideas originales y originarias que cimentaron el éxito de títulos míticos. Y, si no, que se lo pregunten a los creadores de “Blade Runner 2049”, “Matrix, el regreso” o, las próximas a estrenarse, “Jurassic World Dominion” y la penúltima de “Indiana Jones 5” que promete ser más de lo mismo, pero con más artrosis y más canas.

En el caso de “Top Gun: Maverick”, secuela de uno de los grandes blockbusters de la década de los 80´s (a cuyo estreno asistí siendo adolescente pero que, como ya he dicho, no logró cautivarme debido a mi falta de feeling por su estrella principal, cuyo rostro jamás sirvió de forro a ninguna de mis carpetas escolares), sigo sin encontrarle sentido a darle continuidad a una historia que ya en su día me pareció más bien insulsa. Una película de entretenimiento (equiparable a las del universo Marvel-Avengers) con un guion endeble, que no era mucho más que una serie de videoclips ágilmente hilvanados y cuyo argumento se basaba en todos los tópicos de inspiración castrense y moralina patria estadounidense de sobra conocidos, en la que el gran héroe americano completaba su hazaña y se quedaba con la chica, la entonces explosiva rubia Kelly McGillis, con quien por lo visto no se ha contado para esta nueva entrega por razones “de peso” que, más que con su tormentosa vida posterior marcada por una violación, su adicción a las drogas y un outing a los 51 años, tienen que ver con su apariencia física actual.

De ahí que el papel protagónico femenino, además del de la teniente Phoenix que interpreta Mónica Barbaro (imagino que introducido por aquello de que han pasado 36 años y toca ya visibilizar que también hay mujeres entre los pilotos de élite de la armada estadounidense, aunque el gesto no disipe la bruma testosterónica que impregna toda la peli), haya recaído en la actriz Jennifer Connelly, de quien se nos cuenta que es un viejo amor de juventud (Penny Benjamin), pese a que nadie recuerda que se la mencionara en la película original, quien no tiene mayor relevancia ni misión en esta nueva entrega que la de querer incondicionalmente a su protagonista absoluto, el veterano piloto Pete «Maverick» Mitchell (Cruise), quien vuelve a surcar los cielos a bordo de los aviones de combate más veloces y sofisticados del mundo, enfundado en su chupa de cuero con parches de aviador a sus 60 años, con las mismas Ray-Ban Aviator y conduciendo la Kawasaki Ninja de gran cilindrada que pilotaba en la cinta de 1986, a gran velocidad y, por cierto, siempre sin casco.

Y es que “Top Gun: Maverick” resulta ser más de lo mismo, pero con un cierto aire de decadencia, por la inevitable acción del paso del tiempo que se convierte, de hecho, en leit motiv de la propia película, en la medida en que, para Maverick los años parecen no haber transcurrido. Se siente joven, sigue siendo un soltero de oro y ostentando el rango de capitán (pues su rebeldía impidió su ascenso). De hecho, aún le gusta desafiar a sus superiores, que lo tratan ahora como a un prejubilado. “Tu tiempo ya pasó”, le dicen advirtiéndole de que los aviones del futuro estarán pilotados por drones. Sin embargo, un viejo amigo intercede por él, antes de que se ordene su retiro definitivo. Tom Iceman Kazansky, el viejo “Ice”, su antiguo rival en la academia y ahora alto mando de la armada estadounidense, personaje interpretado por Val Kilmer, afectado desde hace años por un cáncer de garganta, a quien el propio Cruise ha querido rendir homenaje en la película. Aquejado de la misma enfermedad que el actor que lo encarna, el ahora Almirante y Comandante de la Flota del Pacífico, Ice Kazansky se comunica con su viejo amigo Maverick a través de la pantalla de un ordenador y una empresa británica ha recreado la voz de Kilmer mediante inteligencia artificial para hacer audibles las pocas palabras que pronuncia en una escena cargada de emotividad.

Es él quien consigue que lo envíen de vuelta como instructor a la unidad de Top Gun, donde el Capitán Mitchell deberá entrenar a un grupo de pilotos de élite recién graduados, llamados a acometer una misión casi suicida: atacar una fábrica de armamento nuclear, con un importante alijo de uranio enriquecido, que el gran enemigo de los Estados Unidos está a punto de poner en funcionamiento en un país extranjero. Curiosamente, en ningún momento se nos dice ni se nos da indicios de qué país se trata: ¿Rusia, Corea del Norte, China…? Da igual. Lo único reseñable es que el ejército estadounidense está invariablemente llamado a salvar el mundo en una nueva y delicada misión para la que se requieren habilidades especiales.

Así que Maverick (al igual que Cruise) vuelve a sus orígenes, la academia de Top Gun, de donde salió hace tres décadas, teniendo que ganarse el respeto de una nueva generación de jóvenes aviadores que desconoce sus hazañas y se comporta de una manera tan arrogante y rebelde como él mismo en su día. Especialmente el alumno Bradley “Rooster” Bradshaw (Miles Teller), hijo de Carol Bradshaw (Meg Ryan) y de su excompañero Goose (Anthony Edwards), de cuya muerte en un trágico accidente se sigue culpando el capitán Mitchell.

«Ha llegado la hora de pasar página», escribe en su ordenador Iceman en el reencuentro con su amigo. Pero Maverick se resiste. Tom Cruise, también. Al igual que Brad Pitt en la escena del tejado en Érase una vez… en Hollywood”, el actor y abanderado de la Cienciología ha querido aprovechar una de las últimas oportunidades que le brinda el cine de acción al que ha dedicado casi por entero su carrera para dejar claro que es un “sugar daddy”, por lo que no duda en montarse una escena al más puro estilo de “El Club de los Poetas Muertos, en la que maestro y discípulos confraternizan, generando espíritu de equipo, en un partido de fútbol americano improvisado a orillas de la playa, lo que le ofrece a Cruise la excusa perfecta para lucir su trabajado torso desnudo, sin complejo alguno, pese a estar rodeado de otros especímenes masculinos mucho más jóvenes, pero igual de fibrosos y cachas que él, intentando demostrarnos que a sus sesenta años (retoques aparte) sigue en plena forma.

Huelga decir que la secuela está repleta de referencias a la película original, al punto de que resulta difícil entender una sin haber visto la otra. Desde el arranque (la música, la fotografía, el diseño de los títulos) la estética ochentera se impone y hay constantes (tal vez demasiados) guiños a la película dirigida por Tony Scott, quien falleció en 2012. Pero sin profundizar demasiado ni ir mucho más allá en la historia.

Dirigida por Joseph Kosinski, que ya había trabajado con Cruise en “Oblivion: El tiempo del olvido”, el productor es por expreso deseo de éste el mismo de la primera (el famoso y ultra millonario Jerry Bruckheimer) y entre los guionistas figura Christopher McQuarrie («Sospechosos habituales”, “Jack Reacher” y la saga de “Misión imposible”). Un equipo humano que ha respetado en todo momento las exigencias de la superestrella de Hollywood (y co-productor de la película), como la de que “Top Gun: Maverick” únicamente se proyecte en las grandes pantallas de cine, aunque ello haya supuesto dos años de retraso en su estreno por la pandemia o la de rodar sin imágenes generadas por ordenador, incluidas las escenas de mayor acción, que incluyen toda clase de acrobacias aéreas.

Cruise empieza volando prototipos de aviones supersónicos ultraveloces, para ponerse después a los mandos de un F-18 y terminar pilotando un F-14 Tomcat, el caza que pilotaba en la película original. A Cannes, en cambio, llegó pilotando él mismo un helicóptero. Una entrada triunfal para presentar su película por todo lo alto, con una Palma de Oro Honorífica en mano y autoerigiéndose como el gran valedor de las salas de cine frente a las plataformas de streaming.

Begoña Piña lo contaba así en el diario Público: “Allí, en la sala Debussy, ante las preguntas del periodista Didier Allouch —nadie tiene la más mínima duda de que estaban pactadas— Tom Cruise interpretó perfectamente su papel. «No tiene nada que ver escribir para el cine que para la televisión. Y yo hago películas para la gran pantalla. Hago películas para el gran público, porque yo también formo parte de él. Pertenezco al viejo Hollywood, he aprendido a bailar, a cantar, a pilotar helicópteros…» presumió en el festival, donde no perdió la oportunidad, siempre pensando en la promoción de su película, de visitar a la Patrulla Aérea francesa y, como reluciente abanderado del cine americano de las grandes superproducciones, arrebató todo el espacio que pudo al cine de autor, que hasta no hace mucho había reinado en la tierra de Cannes”.

No en vano “Top Gun” fue un enorme éxito comercial que catapultó a Tom Cruise a la categoría de estrella global y, con el tiempo, la película se fue convirtiendo en un icono generacional. Otra cosa es que el original o la secuela tengan algún valor en términos de arte cinematográfico. Cuestión esta que dependerá de lo que cada cual entienda por tal cosa. En lo que a mi respecta, siento haber perdido algo más de dos horas de mi vida viendo esta película que, incluso sin renunciar a la intención lúdica, podría haber empleado en un entretenimiento intelectualmente algo más enriquecedor.

Título original: Top Gun: Maverick 

Año: 2022

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Joseph Kosinski

Guion: Ehren Kruger, Eric Singer, Christopher McQuarrie. Jim Cash, Jack Epps Jr.. Historia: Peter Craig, Justin Marks

Música: Harold Faltermeyer, Hans Zimmer, Lorne Balfe

Fotografía: Claudio Miranda

Reparto: Tom Cruise, Miles Teller, Jennifer Connelly, Jon Hamm, Glen Powell, Ed Harris, Val Kilmer, Lewis Pullman, Charles Parnell, Bashir Salahuddin, Monica Barbaro, Jay Ellis, Danny Ramirez...

Productora: Paramount Pictures, Jerry Bruckheimer Films, Skydance Productions. 

Género: Acción. Drama. Ejército. Aviones. Secuela

UN NUEVO MUNDO

Acostumbrados a ver retratadas las penurias de la clase obrera en el cine social del director británico Ken Loach y de otros cineastas europeos, como el finlandés Aki Kaurismäki, el italiano Nanni Moretti o el francés Robert Guédiguian, resulta una interesante novedad ver una película sobre las disfunciones del mundo laboral en la que no se pone el foco en la problemática del trabajador (aunque esta se infiera de la trama, como inevitable daño colateral), sino en el elevado coste personal y familiar, y en el constante dilema ético al que se ven abocados muchos de los altos ejecutivos de las grandes corporaciones empresariales y plantas de producción industrial, sometidas a las dinámicas y exigencias deshumanizadoras de una economía de mercado globalizada, en la que los beneficios e índices de producción son siempre mejorables y el capital humano cada vez más prescindible.

Con un título que abraza la utopía, como quien se aferra a un salvavidas en medio de un naufragio moral, la francesa “Un nuevo mundo” (“Un autre monde”) nos cuenta la vida de Philippe Lesmele, Director General de una de las plantas francesas de fabricación de componentes para electrodomésticos del Grupo Elsonn, cuyo control accionarial pertenece ahora a una multinacional estadounidense que se juega los cuartos en Wall Street. Un honesto hombre de empresa, cercano a la edad de jubilación, cansado y atormentado por su propia mala conciencia, excepcionalmente interpretado por el actor Vincent Lindon (a quien los menos cinéfilos recordarán por haber engrosado la lista de amantes de Carolina de Mónaco), en la que es ya su quinta colaboración con el director galo Stéphane Brizé, y que en poco o en nada se asemeja a la caricatura de “El buen patrón”, tirano y paternalista, de Fernando León de Aranoa, más allá de que ambos directores hayan tenido la ocurrencia de fijarse en quien ejerce responsabilidades de mando.

Tras pasear su cámara por las oficinas de desempleo en “La ley de mercado” (2015) para retratar la dura realidad de un parado en la cincuentena obligado a aceptar cualquier oferta de trabajo, a cual más precarias y ruinosas; y de mostrarnos los entresijos de la lucha sindical en la fabril “En guerra” (2018), Brizé ha querido poner broche de oro a su aclamada “trilogía del mundo laboral” recurriendo nuevamente a su actor fetiche en este realista y austero largometraje en el que advierte acerca de la feroz deriva deshumanizante del capitalismo y de lo que se cuece “al más alto nivel”, en las juntas directivas de los grandes consorcios industriales o empresariales, comandados por ejecutivos de éxito a los que, para llegar a serlo, se les exige convertirse en hombres y mujeres sin alma, que no tengan el menor reparo o escrúpulo a la hora de prescindir, sobornar, chantajear y exigir de sus subalternos lealtades y comportamientos que atentan contra los más elementales principios de la integridad y la decencia, si con ello consiguen mantener contentos a sus jefes superiores y satisfacer a los avariciosos accionistas, en la confianza de que sabrán recompensarles generosamente por los servicios prestados.

Para hacer la película el propio director y su coguionista, Olivier Gorce, se entrevistaron con varios ejecutivos y mandos empresariales intermedios a los que cada vez se les hace más cuesta arriba cumplir con las instrucciones que les llegan de instancias superiores. «Ya no se les pide que piensen, solo que sigan órdenes», advertía el cineasta galo durante la promoción de la película, cuya intención ha sido «mostrar las consecuencias del trabajo de los que están considerados los tenientes primeros de sus empresas, pero que en realidad no son sino personas que se encuentran entre la espada y la pared».

Philippe Lesmele (Lindon) es uno de esos «comandantes» de la alta gerencia, cuya obediencia y lealtad a la firma se ha puesto a prueba durante años, a cambio de una sustanciosa remuneración acorde al cargo que ostenta.

Cuando le conocemos, está en el despacho de un abogado matrimonialista discutiendo los términos del divorcio con su esposa Anne (Sandrine Kiberlain, su expareja en la vida real), quien ya no soporta vivir con un marido y un padre ausentes. Tras varias décadas de matrimonio, en los tres últimos años solo han pasado seis fines de semana juntos debido a la adicción al trabajo de Philippe, tal como le reprocha Anne en una escena de gran realismo donde la tensión, las acusaciones, el resentimiento y las lágrimas van en aumento, rubricando el fracaso de un proyecto personal y familiar en el que se embarcaron siendo una pareja de jóvenes enamorados y que parece haber naufragado a pesar de ambos, por los sacrificios que ha requerido asegurar el bienestar material de la familia.

Pero este no es el único problema al que debe hacer frente el protagonista. La oficina central del grupo, con sede en Estados Unidos, acaba de exigir una reducción de gastos en las operaciones europeas y los jefazos franceses, encabezados por la implacable y arribista Claire Bonnet-Guérin (Marie Drucker), CEO de la compañía, y su lugarteniente y correveidile -siempre tiene que haber uno- Guillaume Draux, anuncian a los directores generales la necesidad de implementar de forma urgente un nuevo plan de despidos para ser más competitivos. “Alemania ya lo ha conseguido”, les dicen en tono ejemplarizante, exigiéndoles mayor valentía y determinación para prescindir de 58 trabajadores en cada una de sus plantas. O de lo contrario, ellos mismos pueden llegar a ser sustituidos por otros a los que no les tiemble el pulso al tener que obedecer órdenes.

Algo que, de hecho, les ocurrió a muchos de los ejecutivos con los que Brizé y Gorce hablaron para escribir el guión, quienes perdieron sus puestos de trabajo pese a tener grandes capacidades intelectuales y de liderazgo y de acatar órdenes sin rechistar durante años, por atreverse a cuestionar la idoneidad o poner reparos en llevar a cabo algunas de las reformas que se les pedían.

Es la perversa (y un tanto mafiosa) lógica del neocapitalismo liberal, basado en las jerarquías de poder y en una extracción insaciable de dividendos, que hace que se comporte como un moderno Saturno que devora sin miramiento a sus hijos. Como escribía Sergi Sánchez en La Razón: “en la pirámide invertida de la voracidad laboral, los cargos intermedios, que para unos son altas esferas y para otros peones con cuentas que cuadrar, sufren tanto como los obreros de a pie, pero con un millón de euros de patrimonio”.

En este sentido, aparentemente la película trasciende el discurso clásico de la lucha de clases, para abordar la cuestión desde un punto de vista postmarxista, más transversal, en el que todos estamos atrapados en la misma tela de araña, tejida por los intereses de quienes detentan en último término el capital, que no son los empleadores ni obviamente los trabajadores, sino los accionistas que exigen cada vez mayores beneficios.

“Tanto el dueño de los medios de producción (o empresario) como el empleado (o proletario), que sólo dispone de su fuerza de trabajo, viven sujetos a un mismo mecanismo exactamente igual de alienante, nocivo y hasta subyugante. Ni tan buenos unos ni tan malos los otros. Nadie escapa a la lógica perversa del afán de consumo. Todos somos esclavos de nuestro deseo de ser amos”, dice Luis Martínez en El Mundo. La única diferencia estriba en que, en esa carrera, hay quien considera ya que todo vale y quien aún se mantiene firme en la creencia de que el fin no justifica los medios, aunque cada vez sean menos quienes se rijan por un criterio moral.

En el caso de Philippe, las cuentas no salen, tal como le hace ver su concienzudo Jefe de Operaciones (y hombre de confianza), Olivier Lefébre (Olivier Lemaire). Aunque en principio se logre reducir gastos con un ERE, prescindir de tal número de empleados, eliminando de la ecuación a los de mayor antigüedad -y experiencia- o a los de aparente menor utilidad con un baremo de rendimiento puramente contable, no sólo causará un gran conflicto sindical inminente, sino que atenta contra la calidad de la producción, amenazando con hacer insoportables las condiciones de trabajo de los demás operarios, lo que a larga terminará afectando al negocio.

Abatido y acorralado por la presión a la que está sometido por parte de sus superiores que lo ponen en disparadero obligándole a tomar una decisión con la que él mismo no está de acuerdo y temiendo una rebelión en su plantilla, Lesmele trabaja con tesón esforzándose por encontrar una alternativa al reto planteado, para lo cual le vemos leyendo y redactando informes repletos de hojas de cálculo. Su semblante taciturno, anudándose la corbata cada mañana, haciendo ejercicio en el gimnasio, al volante de su Volvo o presenciando resignado cómo su mujer enseña a unos posibles compradores su casa, la suya es la viva imagen de la desolación, hasta que la película le ofrece una posibilidad de redención, cuando su hijo Lucas (Anthony Bajon), diagnosticado de TEA, sufre una crisis nerviosa, lo que le obliga a dejar a un lado los problemas de la oficina, para centrarse en el drama familiar.

Especialmente desconcertante y dolorosa resulta la visita que ambos padres hacen a su hijo en el hospital psiquiátrico en el que debe permanecer ingresado, donde se nos muestra al chico haciendo cálculos y elaborando gráficos de manera obsesiva, en base a medidas absurdas, como un espejo enfermizo del trabajo de su padre. O su delirio de creerse una joven promesa de la informática, a quien el mismísimo Mark Zuckerberg estaría interesado en contratar para Facebook.

Pero, curiosamente, es en ese paréntesis en el que Philippe entiende que debe atender y priorizar la salud de su hijo, donde él mismo encuentra la inspiración emocional y el respiro necesario que le permite dar con una solución que considera equitativa y beneficiosa para todas las partes implicadas y que pasa porque los altos ejecutivos de Elsonn estén dispuestos a dejar de cobrar durante un tiempo sus sustanciosas dietas y bonus, a fin de ahorrarle dinero a la empresa para que esta no tenga que despedir a más trabajadores.

La respuesta que recibe de la CEO del grupo y de los otros directores de planta pone de relieve hasta qué punto el cáncer de la ambición personal y el “sálvese quien pueda” ha llegado hasta los huesos de esta sociedad cada vez más despiadada, en la que valores como la lealtad y la generosidad, o conceptos como el éxito y la competitividad han sido convenientemente adulterados o desterrados, haciendo que el trabajo sea para muchos hoy un sucedáneo de la propia vida, convertida en una lucha enfermiza por mantenerse a flote cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Título original: Un autre monde 

Año: 2021

Duración: 96 min.

País: Francia

Dirección: Stéphane Brizé

Guion: Stéphane Brizé, Olivier Gorce

Música: Camille Rocailleux

Fotografía: Eric Dumont

Reparto: Vincent Lindon, Sandrine Kiberlain, Anthony Bajon, Marie Drucker, Olivier Lemaire, Guillaume Draux, Christophe Rossignon, Sarah Laurent, Joyce Bibring, Olivier Beaudet, Didier Bille, Valérie Lamond, Mehdi Bouzaïda...

Productora: Nord-Ouest Films, France 3 Cinéma, Canal+, Ciné+, SofiTVciné 7, Cinéventure

Género: Drama | Trabajo/empleo

COMPARTIMENTO Nº 6

Por más tratados que se hayan escrito y más estudios que se hayan realizado intentando arrojar luz sobre cuál es la verdadera naturaleza del amor, reduciendo la cuestión a un mero trámite bioquímico, aún resulta humanamente inexplicable por qué dos personas de distintas procedencias, idiomas y nacionalidades, con niveles socioeconómicos y expectativas vitales y profesionales e incluso preferencias sexuales aparentemente antagónicas (aunque la bisexualidad es una opción cada vez más normalizada), se sienten de pronto atraídas, y si esa atracción parte de un aspecto puramente sexual o se llega a ella mediante un recorrido previo de carácter sentimental propiciado por la convivencia, el conocimiento, la comprensión, la amistad y hasta la compasión mutuas.

El director finlandés Juho Kuosmanen tampoco consigue desvelar el misterio, pero hace de ello el leit motiv de su película “Compartimento Nº 6”, Gran Premio del Jurado en el último Festival de Cannes. Un intenso, honesto e íntimo viaje físico y emocional que tiene lugar a finales de los años noventa, pese a la cinta de cassette con el ochentero Voyage, voyage de Desireless que suena en el walkman de la protagonista, Laura (Seidi Haarla), una estudiante de antropología finlandesa que está haciendo sus estudios universitarios en Moscú, obsesionada con ver in situ los petroglifos (grabados rupestres) dibujados en un yacimiento arqueológico situado en la gélida región de Múrsmansk -de triste actualidad- en la frontera con Ucrania, Noruega y Finlandia, un inhóspito espacio polar a orillas del mar de Barents, en la región de Laponia, que destacó por ser la ciudad con mayor consumo de vodka por metro cuadrado y el puerto marítimo más grande de la URSS, convertido en cementerio nuclear tras la guerra fría.

Para llegar hasta allí y poder contemplar los petroglifos situados en el Lago Kanozero, más de 1.200 figuras horadadas en la roca con alces, ballenas y seres humanos pintados hace miles de años, la joven finesa se despide de su novia y casera, Irina, y emprende un viaje a bordo del tren transiberiano, sacando un billete para el coche cama que le da derecho a compartir un minúsculo y claustrofóbico habitáculo con un inquietante y malencarado pasajero ruso, de nombre Liojha (Yuri Aleksándrovich Borísov), aficionado al vodka y con habilidades de buscavidas, quien viaja al norte para trabajar en una explotación minera.

Se trata de dos “Extraños en un tren, como en la película de Alfred Hitchcock, que al principio se repelen pero que, una vez superada la desconfianza inicial (sobre todo por parte de ella), irán conociéndose mejor durante la travesía ferroviaria, desarrollándose una inesperada química entre ambos y tejiendo un vínculo sentimental disonante y sin embargo armónico que los mantendrá unidos al menos hasta el final del trayecto. Porque, si algo queda claro en la película del finlandés Kuosmanen es que todo viaje llega a su fin y que las relaciones humanas suelen ser más bien volátiles.

Esta idea del principio y el fin está presente, no sólo en la obsesión de Laura por volver a los orígenes de la tradición eslava visitando los petroglifos de Kanozero en pleno ocaso del siglo XX, casualmente el mismo escenario escogido por Andrei Zviáguintsev para rodar “Leviatán”, la apocalíptica y desgarradora crónica de la descomposición de la humanidad en general y de Rusia en particular; sino también en su fugaz relación con su novia Irina que no parece tener intención de esperarla a su regreso, y en la idea del propio viaje en el tren que los lleva hasta los confines de la tierra.

El mísero y sin embargo hermoso paisaje siberiano cubierto de nieve que por momentos recuerda a las imágenes de “Dr. Zhivago” se abre paso junto al traqueteo de las vías por las ventanillas del vagón a las que Laura se asoma a menudo para grabar con su cámara de video o en busca de un respiro en medio de un viaje que no le gustaría haber tenido que hacer sola y que parece hacérsele demasiado largo y pesado. Pero no será ese su principal descubrimiento durante la travesía. La extraña personalidad de su vecino de compartimento, mezcla de barbarie, ignorancia, atrevimiento, generosidad y lealtad a partes iguales, la conmoverá de tal forma que acabará enganchada a él, aunque ambos sepan que la suya es un relación destinada a naufragar, como la de Rose y Jack en “Titanic”, a la que el propio Liojha hace referencia durante la catártica escena de juegos en mitad de la ventisca de nieve que los alcanza en ese vórtice del fin del mundo, ubicado entre Finlandia, Rusia y Noruega, al que viajan.

Es justo reconocer que, en buena medida, lo mejor de la película se sustenta en la brillante actuación de sus protagonistas, especialmente de Yuri Borísov, quien compone un personaje extraordinariamente complejo y a la vez de una simpleza primaria, que en ocasiones resulta atemorizante y en otras inspira cierta ternura.

Tal vez no se pueda considerar una historia de amor como tal, pues tiene diversos discursos, alguno de ellos de marcado carácter social, y un clima un tanto adolorido, pero si así fuere, sería de las más raras y hermosas que se han contado hasta ahora, con un poso de enigma existencial y de frialdad eslava que la distingue de otros largometrajes sobre encuentros románticos en un tren, como el “Breve Encuentro” de David Lean o “Antes del amanecer de Richard Linklater, con la que quizá comparta más semejanzas a nivel argumental, solo que a diferencia del encanto de las calles de Viena o de París y de la comodidad del interrail de la Europa continental, la película del finlandés Kuosmanen transcurre en un territorio ruinoso, helado y hostil, que los protagonistas recorren a bordo un tren viejo, sucio e incómodo, en el que tanto los pasajeros como los guardias son rudos, ásperos e inexpresivos.

Se trata de un viaje duro y solitario en medio de un invierno que el espectador puede sentir casi en el cuerpo (en ese sentido, la película tiene algo táctil, palpable: el frío se siente pero también los olores a alcohol de destilación casera y a mantas de lana viejas). Y a pesar de ello, hay cierta belleza en sus imágenes que parecen extraídas de una vieja polaroid, como el recuerdo cálido, benéfico y compasivo de alguien que mira atrás y nos cuenta lo mejor de una historia que le ocurrió cuando era joven.

Título original: Hytti nro 6aka 

Año: 2021

Duración: 107 min.

País: Finlandia

Dirección: Juho Kuosmanen

Guion: Andris Feldmanis, Juho Kuosmanen, Livia Ulman. Novela: Rosa Liksom

Fotografía: Jani-Petteri Passi

Reparto: Seidi Haarla, Yuriy Borisov, Dinara Drukarova, Vladimir Lysenko, Galina Petrova, Dmitriy Belenikhin, Yuliya Aug, Tomi Alatalo, Nadezhda Kulakova, Polina Aug

Productora: Coproducción Finlandia-Alemania-Estonia-Rusia; Elokuvayhtiö Oy Aamu, Achtung Panda! Media, Amrion, Kinokompaniya CTB, Eurimages

Género: Drama. Romance | Trenes 

EL HOMBRE DEL NORTE

Aún impactada por la brutalidad y la fuerza visual de la nueva película de Robert Eggers La Bruja«, «El Faro«), “El hombre del norte”. Fastuosa e hipnotizante superproducción, muy publicitada y con un gran presupuesto, que vi anoche y que me ha dejado pensando en cómo hemos evolucionado (o si es que no vamos acaso involucionando) desde (o hacia) aquellas sociedades primitivas, sin normas de convivencia civilizada, en las que reinaba la agresividad y la barbarie, la ignorante superchería y los rituales mágicos, con sangrientas ofrendas a primitivos e implacables dioses que reclamaban venganza dictando el cruel destino de los hombres.

A partir de una historia trágica que tiene lugar en el 895 d.C. y que, con toda probabilidad, pertenece a la leyenda oral escandinava recogida en el libro «Gesta Danorum (Deeds of the Danes)», escrito en el Siglo XII por el historiador y teólogo Saxo Grammaticus, en la que, a su vez, se inspiró William Schakespeare para escribir su “Hamlet, príncipe de las tinieblas”, Eggers -director estadounidense de culto en este género que cada vez va ganando más adeptos, especialmente entre los más jóvenes- construye una película tan bizarra como esquizoide, una fábula épica y sangrienta que nos recuerda que la nórdica fue una sociedad cimentada mental y espiritualmente sobre las bases de la guerra y del ideal guerrero, una epopeya de la era vikinga en la que vemos a hombres devorando el corazón de otros hombres, mutilando sus miembros a mordiscos y rompiendo sus cráneos a cabezazo limpio, esclavizando y grabando a fuego a pueblos enteros, asesinando niños, violando mujeres y dejando salir a todos los demonios que llevan dentro con rabiosos aullidos y gruñidos, como si de perros salvajes se tratara. Comportándose, en definitiva, como auténticas bestias. Lo que parece sintonizar muy bien con las preferencias del gran público actual que, a juzgar por el éxito de taquilla que está teniendo la película desde su estreno, como en el circo romano, cada vez pide más sangre.

Aquí el príncipe de las tinieblas se llama Amleth y está encarnado por el musculoso Alexander Skarsgård («Godzilla vs. Kong«, «La leyenda de Tarzán«, «True Blood«) -actor sueco de sólidos abdominales que da muestras de saber gruñir y fruncir el ceño mirando a cámara como el mejor aunque se haga menos preguntas que el héroe shakespeariano- quien asume el papel del legítimo heredero de una región de Islandia gobernada por el Rey Aurvandil War-Raven (Ethan Hawke) y su consorte, la ambiciosa e incestuosa Reina Gudrún (Nicole Kidman).

Debido a las graves heridas sufridas por el Rey en el campo de batalla, éste prepara a su único hijo para que se convierta en su sucesor en el momento en que pase a mejor vida, sin sospechar que su hermano bastardo Fjölnir (Claes Bang) tiene planeado atentar contra su vida y la de su primogénito para hacerse con el trono y sus pertenencias, reina incluida.

Aterrorizado y traumatizado al presenciar cómo su tío decapita a su padre y rapta a su madre consumando la traición familiar, el joven Amleth (Oscar Novak) consigue escapar en una barca y, mientras rema hacia otras tierras, se hace a si mismo un juramento que repite a manera de mantra: “¡Te vengaré padre! Te salvaré, madre. Te mataré, Fjölnir”.

Lo que sigue no constituye ninguna sorpresa. Está escrito en el oráculo del destino que le va siendo revelado por diversos hechiceros y profetas: Willem Dafoe como Heimir el Loco transfigurado en calavera disecada o Björk en el papel de Seeress, una fantasmagórica y excéntrica vidente a la que han arrancado los ojos, cuya presencia en el film se debe sin duda a la gran amistad que le une a su guionista, el poeta Sjón, habiendo pertenecido ambos en su juventud al movimiento «Medusa» que se propuso introducir el surrealismo francés del Siglo XX en la escena artística islandesa de los años 80 de la que surgieron los primeros grupos musicales de los que la cantante formó parte.

Convertido en el Oso-Lobo que aúlla a la luna clamando venganza, una máquina vikinga de matar, el periplo vital del Amleth adulto que regresa a su reino años más tarde haciéndose pasar por esclavo para acabar con la vida de quienes pretendieron acabar con su dinastía, infiltrándose para ello en una granja islandesa en la que su malvado tío vive ahora con su madre, Gudrún (Kidman), y sus dos vástagos (el menor de ellos concebido después de Amleth, no tan involuntariamente como este desearía), nada tiene que envidiar a las aventuras de Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) o de Conan el Bárbaro (John Milius, 1982). Salvo por el hecho de que Eggers eleva la apuesta, desplegando un delirante imaginario audiovisual que transforma el visionado de la película en una experiencia sensorial perturbadora y casi mística, salpimentada de fuego, acero, sangre, mugre y vísceras, una puesta en escena excesiva que nos remite por momentos al cine de Tarkovski y de Zulawski y que se complementa con una banda sonora compuesta a partir de cánticos tántricos y sonidos guturales monocordes que acentúan la incomodidad del espectador con la ferocidad de lo que está viendo.

Como escribe Daniel Farriol en Noescinetodoloquereluce: “La coreografía mitológica que desfila ante nuestros ojos aúlla como un lobo hambriento. Es difícil resistirse ante un espectáculo anfetamínico que nos lleva a un estado de éxtasis regado con hidromiel y que se alimenta de locura que proporcionan las setas alucinógenas. La violencia salpica constantemente a la pantalla con diversas decapitaciones o mutilaciones, pero Eggers es un maestro creando atmósferas siniestras de las que es imposible huir por muy malsanas que se vuelvan las explícitas imágenes. Para ello, vuelve a confiar en el fotógrafo de sus anteriores trabajos, Jarin Blaschke, que sabe gestionar a la perfección esa oscuridad latente que ensucia cada fotograma estableciendo, en determinados momentos, fugas oníricas durante la escenificación de los ritos mágicos por los que se asoma el surrealismo más vanguardista. La ambientación sonora es aquí tan importante como la imagen. Música y sonido se funden en una melodía hipnotizante, que secuestra tus pensamientos para conducirte al borde de la paranoia”.

Y es que, para su tercera película, el director estadounidense echa mano de la experiencia previa adquirida en sus dos trabajos anteriores, combinando el imaginario nigromante de La bruja (2015) en la que Anya Taylor-Joy persigue a una cabra satánica, con el surrealismo alucinógeno de El faro (2019), en donde Robert Pattinson interpreta a un farero trastornado por sus fantasías sexuales. El resultado es, como dice Farriol: “un trabajo estéticamente mayúsculo que proporciona una experiencia lisérgica y litúrgica a un espectador cada vez menos acostumbrado a toparse con raras avis que le saquen de su zona de confort”.

Aunque ello no es óbice para que la película (cuyo montaje final no ha corrido a cargo del director sino de la productora que, en vista del enorme presupuesto invertido -más de 70 millones de dólares- quería asegurarse un resultado lo más comercial posible) se permita algunas concesiones e incluya una subtrama romántica bastante forzada, en la que el amor se presenta, una vez más, como única posibilidad de redención final.  

En el caso de Amleth es una misteriosa hechicera eslava de cabellos plateados, llamada Olga del Bosque de los Abedules -de nuevo Anya Taylor-Joy («Gambito de Dama«)- quien al principio lo ayuda en sus planes esperando que, a cambio, la libere de su cautiverio (ya que ambos se conocen siendo esclavos, cuando ella le dice eso de «tu fuerza consigue romper los huesos de los hombres, pero yo tengo el ingenio para romper sus mentes») y, al final, casi lo hace desistir de su propósito de venganza ablandando su malherido corazón entre frases místicas e incomprensibles, y proponiéndole escapar juntos. Quieren los dioses desde el principio que sea una mujer quien tenga la llave de su salvación sujetándolo con el hilo eterno del amor, aunque tan noble y desconocido sentimiento para quien confiesa no haberse sentido nunca antes tan cerca de un ser humano, no lo exima de completar su sino, antes de galopar a lomos del caballo de la Valkiria que lo conduce hacia el Valhalla.

Es el deux ex machina nórdico. Una película no apta para estómagos frágiles. Tampoco esperes demasiados momentos de intriga psicológica o que inviten a la reflexión. Los diálogos son escasos (en esta película se gruñe más que se habla) y las motivaciones e intenciones de los personajes están desde el principio bastante claras (matar y descuartizar al enemigo, aunque por sus venas corra la misma sangre) permaneciendo invariables hasta el final.

Título original: The Northman

Año: 2022

Duración: 136 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Robert Eggers

Guion: Robert Eggers, Sjón Sigurdsson

Música: Robin Carolan, Sebastian Gainsborough

Fotografía: Jarin Blaschke

Reparto: Alexander Skarsgård, Nicole Kidman, Anya Taylor-Joy, Claes Bang, Ethan Hawke, Willem Dafoe, Gustav Lindh, Oscar Novak, Björk, Ralph Ineson, Kate Dickie, Murray McArthur, Ian Gerard Whyte...

Productora: Regency Television, Focus Features. 

Género: Aventuras. Acción. Drama. Vikingos. Siglo X. Venganza. Cine histórico épico

ANATOMÍA DE UN ESCÁNDALO

A años luz de la excepcional antología de la BBC que puede verse en Amazon Prime Video y que, bajo el título genérico de A very english scandal se ha dedicado a dramatizar, de forma extraordinariamente documentada, algunos de los más sonados casos de corrupción y dudosa moral que han acabado con la reputación y la carrera ascendente de destacados personajes de la política y la aristocracia británicas -como el del líder del Partido Liberal y miembro de la Cámara de los Comunes Jeremy Thorpe (Hugh Grant), caído en desgracia al destaparse la doble vida que llevaba estando casado y manteniendo a la vez una tórrida relación clandestina con un bello efebo llamado Norma Scott (Ben Whishaw) en la Inglaterra de 1961, cuando la homosexualidad era aún considerada delito; o el escandaloso divorcio de la, tan glamourosa como decadente, pareja formada por el duque y la duquesa de Argyll, Ian y Margaret Campbell (brillantemente interpretados por Claire Foy y Paul Bettany), cuya separación, en 1963, se convirtió en uno de los procesos legales más notorios y comentados del siglo XX, por ser la primera vez que se ventilaba en los juzgados un caso de consumo de drogas, chantaje y adulterio femenino, en el que sus protagonistas eran miembros destacados de la nobleza del Reino Unido- Netflix ha decidido producir su propia serie ad hoc, de ambientación y reparto igualmente ingleses, pero un tanto superficial y estereotipada, sin el atractivo de estar inspirada en hechos reales, como las dos exquisitas miniseries de la BBC a las que hemos hecho referencia.

Protagonizada por la sofisticada actriz, modelo y diseñadora de moda Sienna Miller (pareja del también británico actor Jude Law), Rupert Friend (Orgullo y Prejuicio), Naomy Scott (Lemonade Mouth) y Michelle Dockery (Downton Abbey), dirigida por S.J. Clarkson y desarrollada por Melissa James Gibson (House of cards y The americans) y el veterano David E. Kelley (Ally McBealBig little lies), “Anatomía de un escándalo” es un drama de ficción basado en la novela homónima de la periodista británica Sarah Vaughan (su tercer libro desde que en 2014 decidiera dar el salto a la literatura volcando en sus novelas todo el conocimiento adquirido durante sus años de trabajo como corresponsal política para The Guardian). Una serie con vocación de  thriller político que no llega a ser tal, donde (al igual que sucedía en The Undoing, otra de las creaciones de Kelley con la que esta guarda un singular parecido) se prima la intriga y el suspense, concebida bajo el paraguas de los preceptos del movimiento MeeToo y en la que las mentiras inherentes a la política y las rígidas convenciones de la sociedad inglesa sirven de escenario propicio para intentar poner de relieve -sin excesiva profundidad- el delicadísimo asunto del consentimiento en las relaciones sexuales y ahondar en la reflexión acerca del abuso de poder y el privilegio de las clases adineradas en la reedición ad infinitum del primitivo derecho de pernada.

La historia se centra en los Whitehouse, un matrimonio modélico con dos hijos pequeños, James y Sophie, quienes se conocen desde sus años de estudiantes en Oxford, donde ambos destacaban por su gran atractivo físico, además de por sus cualidades de liderazgo, que en el caso del atlético e irresistible James eran muy notables, incluso dentro del selecto club de “Los libertinos” (¿no había un nombre más obvio?) al que pertenecía y del que eran miembros los chicos de la alta sociedad londinense matriculados en la prestigiosa institución académica, quienes se sentían con tal impunidad para llevar a cabo toda clase de gamberradas dentro del campus, que no se les ocurrió mejor idea que adoptar por lema la frase: “¡Omertá para los libertinos!”.

Ha pasado tiempo de aquello y James (Rupert Friend) es ahora un destacado miembro del Gobierno británico, cuyo primer ministro (Geoffrey Streatfeild) es casualmente uno de sus mejores amigos de aquellos años. La vida parece sonreírle hasta que un periódico sensacionalista publica la noticia de que ha tenido un affaire con una de sus colaboradoras, la investigadora parlamentaria Olivia Lytton (Naomy Scott), que le acusa además de haberla violado en un ascensor de Westminster.

La acusación cae en manos de la fiscal Kate Woodcroft (Michelle Dockery) quien, por razones que se van desvelando según avanza la trama, tiene un especial interés en el caso. Y, aunque en un primer momento su esposa (Sienna Miller) le apoya, a medida que el juicio tiene lugar y se van conociendo nuevos detalles de la infidelidad y de la verdadera personalidad de James, su matrimonio se desequilibra por momentos, levantando en Sophie razonables sospechas hacia el presente y el pasado oculto de su marido.

Si bien es cierto que la historia no tiene grandes complicaciones y que, de entrada, plantea un asunto con un importante trasfondo ético y moral, que podría ser de carácter universal, cual es la impunidad y falta de valores éticos con la que actúan los herederos de las familias más adineradas, predestinados a escalar a lo más alto de la pirámide social y de la escala de mando sin mayor esfuerzo de su parte, hay algo en la serie que no funciona como es debido y que tiene que ver con la manera en la que está narrada, repleta de obviedades y de sonrojantes clichés (como la idea triunfalista que el arrogante y competitivo James intenta inculcar en sus rubios hijos de que “¡los Whitehouse siempre ganan!”, aunque para ello deban hacer trampa al Monopoly) y de una visión estereotipada del carácter y el estilo de vida de la alta sociedad británica (con nanny inmigrante, colegios de élite y vacaciones en Córcega incluidas) recurriendo insistentemente a los saltos temporales lo que, lejos de aportar grandes novedades, recuerda en demasía a los telefilmes convencionales y se regodea en lo ya sabido, alargando más de lo necesario la trama.

Pese al reclamo y la solvencia del reparto de actores y actrices principales, a quienes arropan otros tantos secundarios, todos ellos de la escuela inglesa (la mejor escuela de arte dramático del mundo), estamos ante un producto totalmente intrascendente cuyos diálogos y acciones se sienten encorsetados y poco naturales.

Como diría Laura Martin, articulista de la BBC, quien acusa a la coproducción británico-estadounidense de desconocimiento y de falta de originalidad, “son personas muy inglesas haciendo cosas que los estadounidenses creen que hacen las personas muy inglesas: hombres deambulando con bombines y pajaritas, tomando champán y bebiendo copiosas cantidades de whisky…”, drogándose como mirlos y violando doncellas vírgenes por las esquinas, por lo que resulta difícil empatizar con los personajes, incluso con la presunta víctima, de quien apenas llegamos a saber nada, excepto que estaba totalmente colada por su jefe. Para ser un personaje central, Olivia Lytton tiene muy pocos minutos de pantalla. Tan solo aparece durante el juicio para ofrecer su relato, reviviendo la traumática experiencia de la violación frente a su agresor, quien insiste en que las relaciones sexuales que mantuvieron fueron siempre consentidas. Cuestión que no parece fácil de discernir a juzgar por cómo se ven obligadas la fiscal y la letrada de la defensa (Josette Simon), a retorcer sus argumentos para demostrar que un “aquí no” es realmente un “no”. Y que no parece quedar resuelta en primera instancia.

Personalmente, si tengo que quedarme con algo positivo de esta serie, algo insulsa y nada memorable, únicamente salvaría de la quema al asesor del primer ministro, magistralmente interpretado por Joshua McGuire, un personaje bastante caricaturesco, que bien podría haber salido de “House of Cards” y que ofrece la medida exacta del cinismo y la falta de escrúpulos y empatía que se requiere para trazar una estrategia política victoriosa en Londres o en Katmandú.

Título original: Anatomy of a Scandal

Año: 2022

Duración: 45 min.

País: Reino Unido

Dirección: S.J. Clarkson

Guion: Melissa James Gibson, David E. Kelley. Libro: Sarah Vaughan

Música: Johan Söderqvist

Fotografía: Balazs Bolygo

Reparto: Sienna Miller, Rupert Friend, Michelle Dockery, Naomi Scott, Ben Radcliffe, Josette Simon, Jonathan Coy, Violet Verigo, Rita McDonald Damper, Sophie Jo Wasson, Kathryn Wilder, Missy Malek, David Olawale Ayinde...

Productora: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; 3dot productions, Made Up Stories, David E. Kelley Productions. 

Distribuidora: Netflix

Género: Drama. Thriller | Miniserie de TV. 

PARÍS DISTRITO 13

De todos los vertiginosos cambios que ha experimentado la humanidad en lo que va de siglo, probablemente el más definitorio e inquietante sea la manera en la que las nuevas generaciones conciben las relaciones íntimas. Y digo definitorio, que no definitivo, puesto que si algo caracteriza la forma en la que los millennials -de veinte y hasta de treinta años- se aproximan al sexo hoy es la búsqueda constante y la necesidad de experimentarlo todo en sus propias carnes (nunca mejor dicho), de forma totalmente desprejuiciada, sin excesiva complicación o implicación emocional, para poder elegir -llegado el caso- lo que más les satisfaga con cierto conocimiento de causa, pero asumiendo que el corazón es caprichoso e impredecible, voluble y volátil, y que nada respecto a él está garantizado.

Y es que, la forma en la que los jóvenes entienden hoy en día el sexo y el amor es, en definitiva, una consecuencia lógica de la manera en la que se han visto obligados a entender y aceptar las condiciones de su propia vida, el trabajo, la vocación o las expectativas profesionales (eternamente postergadas) y hasta el sentido de pertenencia, debido a la frustración, la incertidumbre y el desarraigo a los que se han visto generacionalmente abocados por la precariedad laboral. Algo esporádico, transitorio y tremendamente inestable que, sin embargo, constituye uno de sus más apreciados alicientes y recurrentes fuentes de placer, en lo que entra de lleno la evolución tecnológica y las nuevas oportunidades que brindan las redes sociales y los portales de contactos de internet, permitiéndoles evadirse a través del sexo y obtener así una satisfacción inmediata, para una existencia sin sentido ni proyectos a largo plazo, que a menudo no lo es tanto, como queda bien reflejado en la brillante y vibrante película de Jacques Audiard, “París Distrito 13”, estrenada en el pasado Festival de Canes y que ha llegado recientemente a las pantallas comerciales.

En palabras del crítico de El Periódico, Nando Salvá, se trata de “un seductor retrato generacional” (para algunos el de una generación perdida), construido en base a los cómics del dibujante estadounidense Adrian Tomine, y en el que se describe un triángulo amoroso multirracial entre Emilie (Lucile Zhang, premio a la mejor actriz en el Festival de Sevilla), una joven de origen chino que vive apesadumbrada por no haber cumplido sus propias expectativas profesionales y las que su familia tenía depositadas en ella tras cursar los estudios de Ciencias Políticas, aceptando todo tipo de trabajos de ínfima cualificación y sueldos de miseria (como camarera o comercial de un call center) para poder llenar la nevera; Camille (Makita Samba), un profesor de instituto negro, con un prontuario de gran seductor, que huye del compromiso y acepta hacerse cargo de la inmobiliaria de un amigo sin tener ni idea del negocio, mientras prepara unas oposiciones para mejorar su posición académica; y Nora (Noémie Merlant), una enigmática treintañera con un traumático pasado sentimental, recién llegada de Burdeos para estudiar Criminología en la Sorbona, quien guarda sin saberlo un gran parecido físico con Amber Sweet (Jehnny Beth), una porno girl que ofrece sus servicios en un chat para adultos, razón por la que sus compañeros de estudios le hacen bulling, viéndose obligada a abandonar la carrera.

Tres jóvenes cuya inmadurez y desapego existencial les impide conectar con las personas por las que sienten algo,  que tienen sentimientos que rara vez saben identificar y que a duras penas sobreviven en un entorno urbano, que no está situado en Los Ángeles -como los personajes de Tomine- sino en el Distrito XIII de París, conocido también como Les Olympiades, un enjambre de rascacielos idénticos e hiperpoblados, donde cohabitan distintas etnias y que poco o nada se parece a la estampa romántica e idealizada que tenemos de la llamada “ciudad del amor”.

Precisamente la película de Audiard da inicio con una lenta aproximación de cámara a uno de esos edificios del extrarradio parisino, rastreando sigilosamente sus ventanas hasta dar con Emile, quien en ese momento practica sexo con Camille, un perfecto desconocido al que acaba de alquilarle una habitación del apartamento donde vive y que es propiedad de su abuela, interna en una residencia de ancianos.

La relación entre ambos empieza de manera natural y se complica cuando Emile empieza a demandar un mayor grado de fidelidad y de compromiso por parte de Camille, quien decide cortar por lo sano al ver que su casera se está enamorando de él. Por lo que la joven se ve abocada a buscar “nuevos alicientes” abriéndose un perfil de Tinder para obtener al menos la recompensa del sexo, toda vez que el verdadero amor le es esquivo. Y parece que funciona, pues la experimentación del placer sexual la hace levitar y abstraerse de sus problemas, en la que para mi constituye una de las mejores y más inspiradas escenas de la película, cuando Emile llega literalmente danzando a su trabajo de camarera tras haber echado un polvo ocasional de los que hacen época con uno de sus matches.

Aunque Zhang está fabulosa en su desdén y en la amargura con la que parece “vivir sin vivir en ella”, dando muestras de un gran desarraigo cultural y generacional respecto a los miembros de su propia familia con los que apenas se comunica por teléfono y a menudo parecen dejarla sola en los momentos de mayor angustia existencial, otro tanto puede decirse de Noémie Merlant, quien construye un personaje de gran atractivo y cierta frialdad, del que Camille cree haberse enamorado.

Todo el episodio del acoso del que es víctima al ser confundida con una profesional del sexo virtual, entraña una dura crítica hacia el machismo y la hipocresía imperante en nuestra sociedad, que continúa más presente que nunca en las nuevas generaciones, cuya iniciación al sexo y posterior desempeño en ese ámbito se inspira en buena medida en el consumo clandestino de pornografía y en la cosificación de la mujer que se hace en ella. Y sin embargo se atreven a lanzar la primera piedra.

Lejos de victimizarse, Nora se empodera para hacer frente a ese acoso y decide contactar con su doble a través de internet, entablando una relación de amistad que la lleva a reflexionar sobre su propia sexualidad.

En opinión de la crítica especializada, Audiard combina sabiamente elementos de la Nouvelle vague y del anime costumbrista japonés, al narrar situaciones cotidianas del día a día en episodios cortos, algo que recuerda a la narrativa de la noruega La peor persona del mundo”, película con la que no sólo comparte cierta inspiración en el cine de Woody Allen, que se refleja en la forma que tiene Paul Guilhaume de fotografiar la ciudad de París (en el caso de Joachim Trier, Oslo) en un espléndido y rotundo blanco y negro, embelleciendo incluso sus espacios menos atractivos visualmente, sino también la temática social que ambas películas abordan centrada en la juventud contemporánea y en su manera de lidiar con el amor, la frustración y la falta de proyectos estables de futuro.

En definitiva, una película muy bien contada a nivel estético y argumental, con numerosas y apasionadas escenas de sexo explícito que le confieren cierto morbo y un planteamiento sencillo, actual y veraz, en el que muchos se verán reflejados y donde se mezclan sentimientos de ira, zozobra e inquietud, con cierta dosis de esperanza en la humanidad que hace sospechar que Audiard no lo da todo por perdido aún.

Título original: Les Olympiades  

Año: 2021

Duración: 105 min.

País: Francia 

Dirección: Jacques Audiard

Guion: Jacques Audiard, Léa Mysius, Céline Sciamma, Nicolas Livecchi. Historias: Adrian Tomine

Música: Rone

Fotografía: Paul Guilhaume

Reparto: Lucie Zhang, Makita Samba, Noémie Merlant, Jehnny Beth, Geneviève Doang, Lumina Wang, Camille Berthomier, Line Phé, Pol White, Lily Rubens, Anaïde Rozam, Camille Léon-Fucien, Oceane Cairaty...

Productora: Page 114, France 2 Cinema, Canal+, Ciné+, France Télévision

Género: Romance. Drama | Amistad. 

LOS BRIDGERTON. SEGUNDA TEMPORADA

Quienes se han sentido decepcionados por la segunda temporada de “Los Bridgerton” debido a que las escenas de sexo se han visto considerablemente reducidas respecto a la primera, evidentemente ignoran que la pasión no es solo cuestión de exhibir más o menos piel en pantalla y que, a menudo, una mirada anhelante puede contener más lujuria y carga erótica que un fogoso revolcón bien coreografiado. Y esta segunda entrega de la exitosa serie de la factoría Shondaland está llena de ardientes, intensas y sostenidas miradas de deseo y de tensión sexual no resuelta entre sus dos principales protagonistas, que se atraen y sin embargo se repelen como dos polos idénticos, enredados en un amor que les parece imposible, resistiéndose a sucumbir al propio latido de su corazón que forma incluso parte de la banda sonora de la serie en esas excitantes escenas en las que sus manos se rozan y sus miradas se encuentran, enmascarando sus verdaderos sentimientos en una supuesta animadversión mutua que no es tal, a la manera del “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen.

Basada en el segundo libro de Julia Quinn, ‘El vizconde que me amó‘, la serie de “Los Bridgerton” continúa su curso, manteniéndose más o menos fiel a la aclamada saga de novelas románticas en la que se inspira y lo hace centrando la historia esta vez en la figura del hijo mayor, Anthony Bridgerton (notable actuación del atractivo Jonathan Bailey) quien, desde la repentina muerte de su padre, ostenta el título de Vizconde. En esta segunda entrega, conoceremos más acerca de las motivaciones y los traumas de este personaje que se vio obligado a ejercer de cabeza de familia siendo apenas un adolescente y de cómo el peso de esa responsabilidad ha configurado su carácter, hasta convertirse en un caballero altivo, competitivo y extraordinariamente exigente. Un hombre castrado emocionalmente para quien el amor y el deber están claramente disociados.

Amante de notable experiencia adquirida mayormente en lupanares, con artistas y mujeres de mal vivir, la última vez que le vimos quedó herido por un tórrido romance que no llegó a buen puerto y que le hizo decidir que, en adelante, iba a ceñirse a lo que se esperaba de él: cumplir con sus obligaciones familiares como patriarca de la noble casa de los Bridgerton y encontrar una esposa adecuada, digna de llevar el título de Vizcondesa. Por lo que, una vez abierto un nuevo ciclo del “mercado del matrimonio” (como los creadores de la serie han bautizado, con singular acierto, a los afanes casamenteros de la monarquía y la alta sociedad británicas en la época de la Regencia y sus estratagemas para concertar los más prósperos y ventajosos contratos matrimoniales entre sus miembros), Lord Anthony espera ansioso el momento en el que la reina de Inglaterra elija el “diamante de la temporada” para iniciar el cortejo.

Como sucede cada año, quien resulte ser la elegida para ostentar tan codiciado título, será la joven debutante a la que los solteros de la aristocracia londinense intentarán conquistar, en una especie de competición masculina por un trofeo que solo puede estar al alcance del más solvente, honorable y seductor de sus pretendientes, como ya ocurriera con su hermana Daphne (Phoebe Dynevor), convertida en gran Duquesa tras haber contraído felices nupcias con el apuesto Simon Basset, Duque de Hastings (Regé-Jean Page), la temporada pasada. Y esta no es otra que la señorita Edwina Sharma (Charithra Chandran), exótica belleza de origen indio, recién llegada a Londres en compañía de su madre Mary (Shelley Conn) y de su hermana mayor, Kate (Simone Ashley, con sus impresionantes ojos de largas pestañas y su expresiva mirada).

La mayor de las Sharma se ha esmerado en instruir a Edwina, para ser la esposa perfecta, autoimponiéndose el deber de conseguir para ella, no solo el mejor partido, sino alguien que pueda hacerla feliz y asegurar, mediante ese matrimonio, el futuro bienestar de las tres damas. Al menos ese es el plan inicial de la voluntariosa, inteligente y combativa Kate. Lo que no sospecha es que, en ese propósito, será ella misma quien se tope de bruces con el amor verdadero, debiendo rivalizar por él con su propia hermana.

Cuando Edwina es nombrada ‘Diamante de la temporada’, Anthony decide que es la mujer indicada y se propone conquistarla, pese a las objeciones de Kate, quien tras conocer las verdaderas motivaciones del Vizconde Bridgerton -a quien escucha accidentalmente decir que solo quiere cumplir con su deber de casarse, sin que ello le impida continuar con la vida disoluta que ha llevado hasta ahora y que el amor no entra para nada en sus planes- decide impedir esa unión a toda costa. Pero la atracción y la gran química que existe entre Kate y Anthony se hace evidente y sus continuas discrepancias e irritantes enfrentamientos solo consiguen acrecentarla.

La estancia de las Sharma en Aubrey Hall -la casa solariega familiar de los Bridgerton en el campo- organizada por Lady Danbury (Adjoa Andoh), quien parece entender los sentimientos de Kate mejor que ella misma, provoca una mayor cercanía entre Anthony y ésta, tras compartir una reñida partida de pall-mall, una seductora cacería y sus temores más íntimos, algunos de los cuales -como la idea de amar tan intensamente a alguien que la sola posibilidad de perder a esa persona se hace insoportable- guardan cierta relación con las flores y específicamente con los lirios. Pues ése es el aroma del jabón con el que Kate se baña y que embelesa a Anthony. Casualmente el de la flor preferida de su padre, las que se disponía a arrancar el fatídico día en el que una avispa le picó en el cuello provocándole la muerte instantánea por un shock anafiláctico, ante la desesperación de su primogénito que no pudo hacer nada por evitarlo y de su amada y embarazada esposa Violet, quien cayó en una profunda depresión que obligó a Anthony a hacerse cargo de ella y de sus hermanos.

Aunque los planes matrimoniales de Lord Bridgerton con Edwina aturden a Kate, esta no se permitiría nunca arruinar la felicidad de su hermana menor quien, ajena a lo que sucede entre ambos, consigue finalmente llevar al Vizconde al altar. Pero es en ese instante cuando los verdaderos sentimientos de Anthony y de Kate quedan accidentalmente al descubierto y el escándalo social se precipita al darse la novia a la fuga.

Lo que ocurre a partir de ese momento pertenece al terreno del spoiler y, como diría la chismosa Lady Whistledown, prefiero que lo descubra usted por si mismo, “querido lector”. Así que solo diré que el culebrón está servido (“eres la ruina de mi existencia y el objeto de todos mis deseos”). Aunque, por fortuna, más allá del inevitable toque melodramático propio de las novelas románticas de época, “Los Bridgerton” sigue ofreciéndonos un abanico de temas de interés para la reflexión, aprovechando el hecho de que se trata de un relato coral en el que cada uno de los personajes tiene gran peso específico en la trama.

Como escribe Mireia Mullor en la revista Fotogramas, “a ‘Los Bridgerton’ llegamos por el amor, el sexo y el romanticismo, pero nos quedamos porque los personajes avanzan, aprenden y presentan nuevas problemáticas”.

Coincido en que es una pena que el Duque de Hastings (el actor Regé Jean-Page, muy ocupado con sus nuevos compromisos cinematográficos como para aceptar ser un mero secundario en la serie que le ha dado la fama) se haya ido antes de poder ver cómo evolucionaba su personaje, lo que a su vez ha reducido a su esposa, Daphne, a ser un personaje secundario marcado por la ausencia de un marido que entendemos que está muy ocupado como para pasarse por Aubrey Hall para jugar al croquet.

Por suerte, el resto de la familia tiene vida propia. Por un lado tenemos a Colin Bridgerton (Luke Newton), quien aún parece no haber superado su ruptura con Marina Thompson (Ruby Barker) pese a sus emocionantes viajes alrededor del mundo. Y a sus hermanos, Benedict Bridgerton (Luke Thompson), a quien hay que seguir de cerca pues será el protagonista de la tercera temporada, probando por primera vez las hierbas alucinógenas y lidiando con sus sueños de convertirse en un gran artista, lastrados por su posición de privilegio social y económico, pese a que su talento para las bellas artes habla por sí solo. O la joven debutante Eloise Bridgerton (Claudia Jessie), la más díscola del clan, quien se rebela ante las imposiciones de la sociedad de su tiempo, devorando cada libro o panfleto que cae en sus manos y soñando con una vida en libertad, al margen del matrimonio.

En líneas generales, podría decirse que las señas de identidad que marcaron el éxito de la serie creada por Shondra Rimes se mantienen e incluso se intensifican, como la necesidad de proyectar una sociedad donde las distintas razas conviven en total armonía o la de incidir -con más tenacidad si cabe que en la anterior entrega- en el alegato feminista a favor de la igualdad y el libre albedrío, frente a las obligaciones, las limitaciones y el peso de ser mujer en una época en la que la discriminación y la subestimación de sus inquietudes y capacidades intelectuales parecían insalvables. Cuestión que es abordada en esta segunda temporada con insistencia, bajo la misma coartada de cultivar un cierto anacronismo histórico que permite a sus creadores innovadoras licencias, como el hecho de que los dos únicos desnudos de esta segunda entrega de la serie sean el de Anthony y el de su hermano Benedict, incluyendo una escena de “camisas mojadas”, en la que por una vez son las damas -y no ellos- quienes se deleitan contemplando el torso musculado del Vizconde; y esbozando el retrato de una alta sociedad londinense que, si bien ensalza el status privilegiado del varón frente a la mujer que es educada para casarse y tener hijos, está realmente liderada por un grupo de mujeres fuertes y empoderadas en distintos órdenes de la vida. Desde el puramente doméstico, donde las madres y tutoras, como Miss Violet Bridgerton (Ruth Gemmell), Miss Portia Featherington (Polly Walker) o Lady Danbury (quien sigue moviendo los hilos de la alta sociedad británica y atando en corto a la corona) ejercen una notable influencia en el destino de sus hijas e hijos; hasta el empresarial, singularmente representado aquí por dos inteligentes, audaces y emprendedoras féminas, como la jovencísima Penelope Featherington (Nicola Coughlan), quien cobra mayor relevancia si cabe tras haberse desvelado su identidad secreta como la gacetillera Lady Whistledown, y su socia y aliada, la falsa modista francesa, Madame Delacroix (Kathryn Drysdale); pasando por la propia monarquía que, no casualmente, reside también en una “supermujer”, la reina Charlotte (Golda Rosheuvel), obsesionada con descubrir la verdadera identidad de la chismosa Whistledown para poner el poder de su pluma a su servicio. Una mujer tan astuta y vanidosa, como entregada al ideal del amor romántico.

Y es que, si bien el argumento nos habla de una sociedad georgiana clasista y tradicional, opresora de los derechos de la mujer, donde se daba excesiva importancia a su honor e imagen pública, a la cuantía de su dote y al matrimonio que éstas contraían, al igual que el libro original, la serie avanza ya hacia lo que serán los inicios de la lucha feminista y de clase, por romper con ese estilo de vida. Algo que se hace especialmente evidente en el personaje de Eloise Bridgerton, quien se atreve incluso a fantasear con la idea de relacionarse sentimentalmente con un miembro de la clase obrera al que empieza a frecuentar en los barrios bajos, provocando un gran escándalo social que salpica a su familia, y en la propia Kate Sharma quien, como apunta Mullor, es “otro tipo de heroína”: “Mientras en la primera temporada Daphne Bridgerton fue la ingénue, una adolescente descubriéndose a sí misma y viviendo un despertar sexual después de una crianza demasiado puritana, Kate Sharma es una mujer de 26 años que ha aceptado que el romance le queda lejos (no tanto por edad, sino por posición social y responsabilidades familiares), ansía la independencia que ofrece el dinero y odia los límites que la sociedad de la época insiste en imponerle, ya sea a la hora de unirse a las partidas de caza de los hombres o salir a montar a caballo sola a primera hora de la mañana”.

El conflicto entre el sentido del deber y el derecho a luchar por nuestros propios sueños, sean románticos o de otra naturaleza, es la diatriba a la que se enfrentan todos estos personajes arquetípicos que, temporada a temporada, van alcanzando mayores cotas de madurez e interés, para regocijo del numeroso fandom de una de las series más vistas y recomendables de Netflix.

Título original: Bridgerton 2

Año: 2022

Duración: 60 min. x 8 episodios

País: Estados Unidos

Dirección: Chris Van Dusen (Creador), Tricia Brock, Alex Pillai, Tom Verica

Guion: Chris Van Dusen. Historia: Geetika Lizardi. Novela: Julia Quinn

Música: Kris Bowers

Fotografía: Jeff Jur

Reparto: Jonathan Bailey, Simone Ashley, Phoebe Dynevor, Nicola Coughlan, Claudia Jessie, Polly Walker, Luke Thompson, Ruth Gemmell, Charithra Chandran, Adjoa Andoh, Rupert Evans, Golda Rosheuvel, Kathryn Drysdale...

Productora: ShondaLand, Netflix. 

Género: Serie de TV. De época. Siglo XIX. Drama romántico

PRIMAVERA EN BEECHWOOD

Hay películas que, más que cine, son poesía. Le ocurre a “Primavera en Beechwood”, un largometraje británico con un delicado toque de sensualidad francesa, enmarcado en una historia que, por desgracia, adquiere una dolorosa actualidad, al estar en parte inspirada en las heridas que dejó la primera Gran Guerra en Europa y, concretamente, en la angustia de dos familias que pierden a sus hijos en el frente de batalla.

Sugerente y delicada, con una gran hondura emocional, hay quien ha dicho de esta película, dirigida por la francesa Eva Husson, que podría ser uno de los dramas de época más sexys de los últimos tiempos, amén de un relato sobre el duelo y el potencial creativo que subyace en el sufrimiento y la soledad, cuyo argumento inicial se centra en el idilio entre dos jóvenes, condicionado por sus diferencias de clase.

Jane Fairchild (encarnada en esa exquisita criatura desbordante de sensualidad que es la australiana Odessa Young), es una joven sirvienta que trabaja en casa de los Niven, unos aristócratas ingleses cuyo hijo ha muerto en la guerra y, desde entonces, viven sumidos en una autodestructiva depresión, sin poder superar el dolor de su pérdida.

Huérfana desde niña y dotada de una destacada sensibilidad y capacidad de entender el mundo que le rodea, la joven Jane se siente muy bien acogida y considerada por sus amables patronos (Olivia Colman y Collin Firth, dos monstruos de la interpretación, cuya presencia y relevancia en la trama rozan, sin embargo, aquí lo anecdótico). Una situación que no desea poner en riesgo, pese a que desde hace algún tiempo -siete años- mantiene a sus espaldas relaciones íntimas con el hijo de sus vecinos, Paul (el desgarbado y encantador Josh O´Connor), un señorito elegante y melancólico, con el que se inicia en el disfrute del sexo y el placer, siendo ambos adolescentes.

Esos amores furtivos, de los que Husson nos da cumplida cuenta en diversos flashes back durante el primer tramo de la película, son las secuencias que mejor funcionan en ella, en las que se plasma, con gran delicadeza pero sin falsos pudores, la extraordinaria complicidad e intimidad que ambos jóvenes comparten, con una visión reivindicativa de la sexualidad femenina, en un tiempo en el que cosas como la pérdida de la virginidad o el control de la natalidad eran tabúes y la misma se veía limitada y/o condicionada por las “consecuencias indeseadas” de relaciones ilícitas que llenaban el mundo de bastardos.

Se da la circunstancia de que Paul también ha perdido a dos de sus hermanos en el frente de batalla, por lo que -siendo el único hijo que sobrevive- sus padres tienen para él grandes planes que se resumen en que se convierta en un prestigioso abogado y contraiga matrimonio con Emma Hobday (Caroline Harker), una joven casadera de buena condición social, que había sido la enamorada de uno de sus hermanos fallecidos.

El 30 de marzo de 1924, los Niven y sus vecinos se preparan para celebrar el Día del Madre con una comida campestre, en la que está previsto que se haga oficial el compromiso de Paul y Emma. Sin embargo, Paul no se presenta a la cita.  

Inicialmente su demora se debe a que, al saber que la casa iba a estar vacía y considerando que este sería uno de sus últimos días como amantes pues, al contraer matrimonio, su aventura tendría que llegar a su fin, Paul y Jane (a quien sus patronos han dado el día libre) deciden dar rienda suelta a la pasión y se citan, por primera y última vez, en el dormitorio de este. Una secuencia de alto voltaje erótico, mezclado con el amargo sabor que tienen las despedidas cuando intuimos que son definitivas.

Quiere la fatalidad que ésa sea la última vez que se vean, y la vida de Jane da un volantazo inesperado a partir de ese momento. El dolor actúa en su caso como un revulsivo que la impulsará a abandonar la casa de los Niven -lo más parecido a un hogar que ha conocido- para emprender un nuevo camino que la llevará a convertirse en una reputada escritora. No sin tener que sufrir nuevas pérdidas e infortunios asociados a nuevas relaciones amorosas, igual de poco convencionales.

En este sentido, la película pretende poner en valor la importancia del sufrimiento en el aprendizaje y el crecimiento personal, y nos habla de cómo una tragedia personal se convierte, llegado el caso, en acicate de la creatividad; de cómo compartir el propio dolor puede ser lo que mejor nos conecta con los demás, una vía de sanación. Y finalmente, de cómo el destino se ensaña con determinadas personas haciéndoles vivir en una especie de duelo eterno.

En resumen, “Primavera en Beechwood” es un drama de época inteligente y conmovedor que cuenta además con un magnifico envoltorio de grandes mansiones y elegantes decorados al más puro estilo de «Downtown Abbey«, en el que, si bien no faltan las desgracias, no se busca la lágrima fácil y donde prima un enfoque intimista y sensual frente al clásico melodrama romántico.

Por ponerle un pero, para ser el personaje central y alguien con quien la historia pretende que empaticemos y nos identifiquemos a nivel emocional, al personaje de Jane le falta recorrido, especialmente en la segunda parte de la película, cuando emprende una vida independiente de los Niven y conoce a quien será su segundo gran amor. Mi sensación es que conocemos poco de esa segunda parte de su vida y de esa nueva relación, que además tiene la peculiaridad de ser interracial y que parece estar supeditada en todo momento a sus traumáticos recuerdos de la primera; y, en definitiva, que sabemos en realidad poco de ella, más allá de la historia de resiliencia y de superación personal que nos cuenta en su novela homónima Graham Swift y que sirve de argumento a la película.

Título original: Mothering Sunday

Año: 2021

Duración: 110 min.

País: Reino Unido

Dirección: Eva Husson

Guion: Alice Birch. Bas. Graham Swift

Música: Rob Moose

Fotografía: Jamie Ramsay

Reparto: Odessa Young, Josh O'Connor, Colin Firth, Olivia Colman, Glenda Jackson, Sope Dirisu, Alfredo Tavares, Caroline Harker, Forrest Bothwell, Deano Mitchison, Craig Crosbie, Nathan Chester Reeve, Charlie Oscar, Sarita Gabony, Georgina Frances Hart.

Productora: Number 9 Films, British Film Institute, Film4 Productions, Lipsync Productions. 

Género: Años 20. Drama romántico

LA PEOR PERSONA DEL MUNDO

Tal vez el título de la última película de Joachim Trier no deje mucho lugar a la imaginación. Pero, en realidad, “La peor persona del mundo” no hace referencia a la perversión de un solo sujeto o a su reprochable conducta. Con lo que sí se relaciona es con la necesidad de la película de hacerse preguntas acerca de cómo la confusión existencial y el equívoco inherente a nuestra propia y errática evolución personal puede generar efectos devastadores en otros y en nosotros mismos, de manera involuntaria.

Con este nuevo largometraje nominado al Oscar al mejor guion y mejor película de habla no inglesa, el director noruego completa su trilogía «sobre el dolor de un mundo sin ideales ni alicientes para sostener a los pocos que consiguen sobrevivir al desánimo», interesado en mostrar lo que se oculta bajo la piel de una sociedad “sepultada en una falsedad obligatoria”. Una sentencia demoledora teniendo en cuenta que hablamos de un realizador que durante la última década no ha dejado de explorar algunos de los aspectos más oscuros de la condición humana.

Sin embargo, si en su exitosa “Reprise” (Vivir de nuevo, 2006) analizó la rivalidad y las miserias de la avaricia y la ambición modernas en la lucha por el éxito; y en “Oslo, 31 de agosto” (2011) indagó sobre la indiferencia, la desidia y el pesimismo; en este tercer y último trabajo, Trier se muestra especialmente benévolo con sus personajes. No los juzga. Tampoco los compadece. Simplemente los expone en toda su humana imperfección, como queriendo advertirnos de que todos podemos ser la peor persona del mundo llegado el caso.

Después de todo, lo que pasa en la película no es ni más ni menos que la vida, con sus complejidades y sus incertidumbres, sus amores y desamores, sus temores y sus expectativas…  La vida de Julie (la cautivadoramente risueña Renate Reinsve). Una mujer que recién alcanza la treintena y está sumida en un mar de dudas acerca de qué hacer con su existencia porque sabido es que, a esa edad, los caminos se bifurcan en mil direcciones posibles y las personas se enfrentan a su primera gran encrucijada existencial.

¿A qué dedicarse profesionalmente? ¿A quién amar? ¿Tener hijos o no? Son tantas las decisiones trascendentales a tomar a esa edad, que la vida se nos hace bola y a veces cuesta digerirla, sin poder siquiera sospechar que no es la única ni la última crisis vital que nos queda por experimentar y que la cosa, lejos de mejorar con el paso de los años, se agrava a medida que uno va siendo consciente de tener menos futuro que pasado y de que, por consiguiente, le queda menos tiempo para equivocarse y para volver a empezar.

Compuesta de doce capítulos, un prólogo y un epílogo, más que una comedia romántica al uso, “La peor persona del mundo” es una mirada generacional a diversos temas, como las relaciones de pareja, el sentido de la identidad personal, la maternidad, la infidelidad, el compromiso, la culpa, los convencionalismos, la responsabilidad, o la corrección política asociada a nuevas narrativas sociales, como el discurso medioambientalista o el feminista… desde un punto de vista original, transgresor y muy actual.

Nada más empezar, Trier nos presenta a Julie como una estudiante modelo de medicina que pronto entiende que lo suyo no son las operaciones a corazón abierto sino la exploración del alma, por lo que decide matricularse en psicología, hasta que se da cuenta de que más que entenderla le interesa retratarla, por lo que acaba estudiando fotografía. Es llamativo el cambio físico (indumentaria, adornos, color y extensión del cabello) que experimenta el personaje con cada nueva decisión en ese tiempo y cómo el estereotipo acompaña cada caso, trazando el perfil de esa joven insatisfecha e inestable, culturalmente inquieta, al tiempo que algo pasota, que es Julie. Una voz en off femenina que va narrando sus constantes cambios de humor, de carreras universitarias y de amantes ocasionales, esboza el retrato de alguien que está en continuo movimiento y en constante búsqueda, hasta que conoce a Aksel (Danielsen Lie, un habitual en el cine de Trier), artista de cómics underground, algunos años mayor (él 44, ella 29), quien parece saber de antemano que el affaire entre ambos no terminará bien, razón por la que intenta distanciarse “a tiempo” de la caótica “millenial” quien, sin embargo, acaba robándole el corazón e instalándose en su piso.

A partir de ese momento, la convivencia de Julie con Aksel va cimentando el conflicto. Su diferencia de edad, de mentalidad (él es excesivamente analítico, ella más emocional) y de expectativas de vida (él quiere ser padre, ella no tiene claro si quiere o puede asumir la maternidad) no representan un gran problema al principio de la relación, en la que el sexo ocupa un lugar predominante y Julie (quien escribe esporádicamente acerca de él) parece alimentarse intelectualmente de las interesantes disertaciones de Aksel acerca del arte y la cultura. Pero su propia inseguridad y falta de autoestima la llevan a boicotear su relación, precisamente cuando parece estar más consolidada.

Todo ocurre a partir de una noche en la que Aksel celebra su último éxito editorial y Julie, visiblemente agobiada por la sensación de no ser la protagonista del evento (ni, metafóricamente, de su propia vida), se marcha de la fiesta y acaba colándose en una boda, donde conoce a Eivind (Herbert Nordrum), un joven comprometido con otra mujer, pero de similar edad, con el que conecta de manera casual, iniciándose entre ambos un peligroso flirteo y juego de atracción mutua, que no conlleva sexo (por no poner los cuernos a sus respectivas parejas), pero sí un grado de intimidad tal que, a la larga, genera un enganche definitivo, sin necesidad de haber traspasado esa línea roja.

Quizá porque Eivind -que trabaja como camarero en una cafetería- es de su misma generación y opera con sus mismos códigos e inquietudes (de hecho, tampoco él quiere tener hijos), Julie –que para entonces se gana la vida como dependienta en una librería– se siente a gusto con él, ambos se divierten stalkeando a su exnovia yogui en Instagram, experimentando con drogas psicodélicas y haciendo actividades menos burguesas que las que tenía con Aksel. Pero otra vez la vida, que siempre se empeña en hacer otros planes, hará que nuestra protagonista caiga en el desasosiego al tener que ir al reencuentro con su viejo amor, en un momento especialmente delicado para ambos.

La película se toma su tiempo para hablar de temas como la nula relación que Julie tiene con su padre quien, a raíz de su separación de la madre de Julie, ha rehecho su vida y ha formado una nueva familia junto a otra mujer; o la acalorada discusión que Aksel mantiene con dos periodistas feministas, en un programa de radio, ofendidas por la misoginia de los personajes de sus cómics, algo que derivará en un interesante pero tenso debate público acerca del valor del arte y la «cultura de la cancelación» que Julie contempla atónita través de Youtube.

Y es que, pese a la forma tan abrupta en la que cortó su relación con él, con ese «yo te quiero, pero no te quiero» que deja al descubierto su incesante búsqueda del amor ideal, el dibujante siempre será alguien importante en su vida. Un apoyo incondicional, la única persona capaz de racionalizar sus miedos e intentar insuflarle un poco de autoestima, haciéndole ver lo que ella no es capaz de ver en si misma: lo mucho que vale y la extraordinaria persona que es.

Especialmente conmovedores resultan en este sentido los últimos capítulos de la película, en donde ambos se sinceran mutuamente. Sobre todo él, quien le confiesa a Julie que ha sido el gran amor de su vida y se muestra vulnerable y temeroso ante la proximidad de la muerte, sin resignarse a la desaparición física, por más que siempre se diga que el artista vive eternamente a través de su obra. En ese tiempo de descuento, el se aferra a lo material y tiende a mirar al pasado. Mientras ella no consigue proyectar su futuro.

El monólogo en el que Aksel rememora su juventud, sin internet ni smartphones, explicando la importancia que tiene para él que los objetos culturales (libros, discos, cómics, revistas) sean físicos y no solo digitales, subraya esa diferencia generacional entre ambos que el guionista finlandés Eskil Vogt aborda, no sin cierto convencionalismo. Aunque es lo suficientemente «nórdico» como para no pasarse de frenada emitiendo un juicio sumarísimo.

Lo central aquí es la vida de Julie que puede no ser «la peor persona del mundo», pero poco a poco va siendo consciente de que muchas de las decisiones que tome dañarán inevitablemente a sus seres queridos. Es el precio de vivir. Y la vida de Julie es una constante negociación consigo misma. Aun cuando tome decisiones erróneas, da la impresión de que no se arrepiente de nada. Tan solo corre hacia adelante, propulsada por la volatilidad del presente.

En este sentido, Julie no es la heroína de comedia romántica, ni un símbolo del drama moderno o una ingeniosa reinvención cinematográfica del carácter femenino. Es una mujer real, un producto de su tiempo. A lo sumo una anti-heroína estrafalaria en un Oslo melancólico de espíritu quebrantado que observa el mundo con ojos cansados pese a estar recién estrenados. Julie es una criatura que, a sus treinta años, mira al futuro desde la atalaya de una generación descreída y confusa. “Soy la persona que este mundo aburrido creó” dice en una de las tantas frases de la película que dejan claro que es una grieta más en un paisaje quebradizo.

Título original: Verdens verste menneskeaka 

Año: 2021

Duración: 121 min.

País: Noruega 

Dirección: Joachim Trier

Guion
: Joachim Trier, Eskil Vogt

Música: Ola Fløttum

Fotografía: Kasper Tuxen

Reparto: Renate Reinsve, Anders Danielsen Lie, Herbert Nordrum, Silje Storstein, Maria Grazia Di Meo, Hans Olav Brenner, Marianne Krogh, Vidar Sandem, Sofia Schandy Bloch, Anna Dworak, Eia Skjønsberg, Thea Stabell, Mina Elise Friesl-Stavdal...

Productora: Coproducción Noruega-Francia-Dinamarca; Oslo Pictures, Snowglobe Films, arte France Cinéma

Género: Comedia. Drama. Romance